25 de diciembre 2013
La Natividad del Señor (A)
Jn 1, 1-18: Homilía de san Agustín (S. 117, 3)
«No nos ocupamos ahora, hermanos, de cómo se ha de entender lo que está escrito: En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios (Jn 1, 1). Lo podemos definir como algo inefable, es decir, que no es posible que lo podamos expresar con palabras humanas. Consideramos al Verbo de Dios, y decimos por qué no podemos comprenderlo. No decimos esto ahora para que se entienda, sino que decimos sólo qué es lo que nos impide entenderlo. El Verbo es una cierta forma, forma no formada, y que es la forma de todas las cosas que son formadas: una forma inmutable, perfecta, sin defecto, eterna, inespacial, que supera todo lo creado, que subsiste en todas las cosas, y es el fundamento en que subsisten y la cumbre bajo la que se hallan.
Si afirmas que todo lo existente se halla en Él, no mientes, pues se ha dicho que el mismo Verbo es la Sabiduría de Dios. Encontramos escrito: Todas las cosas las hiciste con la Sabiduría (Sal 103, 24). Por tanto, todas las cosas están en Él y, sin embargo, por ser Dios, todas las cosas están bajo Él. Hemos advertido cuán incomprensible es lo que se nos ha leído, y que, sin embargo, se ha leído no para que sea comprendido por el hombre, sino para que se aflija al no comprenderlo, y encuentre el impedimento por el que no lo comprende, para removerlo, y para anhelar con ardor el conocimiento del Verbo, que es inmutable, mientras que él cambia de peor a mejor. En efecto, el Verbo nada gana ni crece por ser conocido, sino que permanece el mismo su tú permaneces, el mismo si te retiras, el mismo cuando vuelves; permanece el mismo, renovando todas las cosas. Así pues, Él es la forma de todas las cosas, forma no fabricada, eterna, como hemos dicho, e inespacial… Haga Dios que lo entendáis».
(Trad. de Javier Ruiz, oar)
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