Dos clarificaciones necesarias: el virus Zika y la unión de las "Iglesias"

Una de las características de nuestro tiempo es la valoración de la inmediatez sobre la precisión. Lo importante es la últimísima noticia, que se consume y traga a toda prisa, para pasar con rapidez a la siguiente, sin tiempo para evaluar su veracidad o su error, digerirla y asimilarla con tranquilidad.

En este contexto, me ha parecido oportuno reflexionar sobre dos declaraciones recientes del Papa que algunos no entienden bien, sino que las interpretan en el peor de los sentidos posibles, de manera ajena a la enseñanza de la Iglesia. La primera de las intervenciones corresponde, además, a una entrevista, un género literario que se presta mucho a la imprecisión de lo que dice el entrevistado y a una comprensión superficial por parte de los lectores.

En su último viaje en avión, un periodista preguntó al Papa Francisco acerca del virus Zika y la doctrina católica sobre la anticoncepción.  Por supuesto, el periodista sabía perfectamente que la doctrina católica sobre ese tema está contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica, pero, tristemente, ya estamos acostumbrados a que lo único que busquen los periodistas sea un titular sensacionalista.

En su respuesta, el Papa comenzó muy didácticamente, señalando que no es lo mismo el aborto que la anticoncepción. Evidentemente, el aborto es algo mucho más grave, al tratarse del homicidio de un niño inocente por parte de aquellos encargados por Dios de protegerlo especialmente: sus padres, los médicos y las autoridades del Estado.

Como es lógico, que el aborto sea aún más grave no quita que la anticoncepción también sea grave (Pablo VI habló literalmente de “gravísimo deber”, “grave cuestión”, “graves motivos” y “graves consecuencias”; cf. Humanae Vitae 1.6.10.17). La diferencia con el aborto tampoco quiere decir que la maldad de la anticoncepción sea un precepto meramente religioso, como no comer carne en viernes de cuaresma. La maldad de la anticoncepción corresponde a la ley natural, que es, simplemente, el camino querido por Dios para el hombre, para todo hombre, y no sólo para los católicos. Juan Pablo II mostró claramente esto, al resaltar que el anticoncepcionismo era contrario al sentido fundamental del propio amor conyugal humano y no a una norma ritual religiosa:

“Al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal” (Familiaris Consortio 32).

También debe entenderse bien un ejemplo que puso el Papa: el de monjas que, en tiempo de disturbios sociales pensaban que podían ser violadas y tomaron anticonceptivos para evitar que esas posibles violaciones dieran lugar a embarazos. Como es lógico, un caso de violación nada tiene que ver con la doctrina católica sobre la anticoncepción, que presupone una relación sexual consentida. En caso de violación, la mujer violada no está teniendo una relación sexual en sentido propio, sino que está sufriendo abusos criminales que le impone el violador, así que no existe ningún tipo de relación conyugal, ni siquiera análogamente, que se pueda desvirtuar de forma inmoral o pecaminosa. De ese caso excepcional, por lo tanto, no se puede sacar ninguna conclusión sobre las relaciones entre esposos, que son algo esencialmente diferente.

Finalmente, hay que recordar que, según enseña la doctrina católica, la anticoncepción en una relación conyugal es un mal intrínseco, es decir, no es buena en ningún caso, ni siquiera con un fin bueno. No sería posible, por lo tanto, apelar a los (aún no probados) riesgos para la salud del niño como consecuencia del virus Zika para justificar el uso de anticonceptivos.

El Papa Francisco, muy acertadamente, hizo referencia al beato Pablo VI, que dejó clarísimo el carácter de mal intrínseco de la anticoncepción en su encíclica sobre el tema (como también recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica 2730):

“no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda” (Humanae Vitae 14)

En segundo lugar, me ha parecido oportuno mencionar un tema diferente pero también necesitado de clarificación: en la declaración conjunta firmada el sábado pasado por el Papa Francisco y el Patriarca Kiril de Moscú se hace una referencia a las Iglesias católicas orientales, que, si no se entiende bien, podría dar lugar a confusión sobre este tema y, de hecho, ha despertado cierto malestar entre los ucranianos católicos.

Para evitar esos posibles malentendidos, conviene hacer de nuevo lo que siempre hace un católico: permitir que la fe católica arroje luz sobre el tema para entenderlo correctamente y disipar cualquier confusión. Como señaló la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Dominus Iesus y como confesamos en el Credo, existe solamente una única Iglesia de Cristo, que es la Católica. Cristo no tiene dos Cuerpos místicos o dos Esposas, así que no pueden existir dos “Iglesias”:

“Por eso, en conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: una sola Iglesia católica y apostólica” (Dominus Iesus 16)

En ese sentido, la fe enseña que no existe una Iglesia Ortodoxa y una Iglesia Católica porque eso sería como decir que hay dos Iglesias, contra lo que enseña el Credo. La Iglesia Católica, presidida por el Papa como Vicario de Cristo, es la única Iglesia universal.

En cambio, sí que existen muchas Iglesias locales dentro de la única Iglesia Católica universal. Es lo que, en Occidente, llamamos diócesis y en Oriente recibe el nombre de eparquías, es decir, porciones del único Pueblo de Dios reunidas en torno a su obispo, como sucesor de los Apóstoles. Además de las Iglesias locales católicas, en plena comunión con Roma, pueden existir también otras Iglesias locales en comunión dañada con la Iglesia universal, es decir, Iglesias locales cismáticas (cf. Dominus Iesus 17). Son las Iglesias locales (cismáticas) de Atenas, Kiev, Lvov, San Petersburgo, etc., es decir, básicamente obispos ortodoxos (o precalcedonianos) con su clero y sus fieles.

Así pues, no hay que entender la declaración en sentido propio cuando el documento habla de comunidades que se separan de “su Iglesia”. Como hemos visto en los párrafos anteriores, un obispo no católico que, con sus fieles, vuelve a la comunión con Roma, no se está separando de ninguna “Iglesia”, porque la única Iglesia es la Católica. De hecho, lo que está haciendo es unirse a esa única Iglesia que confesamos en el Credo. Es lo que, de una manera u otra, ha hecho el llamado “uniatismo” de cristianos orientales que se unen plenamente a la Sede de Roma. Ningún católico podría oponerse a algo así, porque lo cierto es que no hay otra forma de sanar las heridas de la unidad de la Iglesia.

Además, por supuesto, es imposible olvidar que esas Iglesias locales que volvieron a la comunión con la única Iglesia universal Cristo en muchas ocasiones han tenido que sufrir terribles persecuciones por su fidelidad. Mártires como San Josafat, San Andrés Bóbola o San Teodor Romzha dan fe de ello. En Ucrania, por ejemplo, durante la época soviética las iglesias católicas de rito oriental fueron confiscadas en su totalidad y los clérigos católicos vivieron en la clandestinidad, de modo que, cuando eran descubiertos, se les condenaba a un campo de concentración o a algo peor. Recuerdo que, cuando visité el país, me impresionó mucho que prácticamente cualquier católico con el que uno hablaba podía contarle historias de esa persecución que había presenciado o sufrido en persona.

¿Cómo hay que entender entonces lo que dice la declaración con respecto a las iglesias católicas orientales? Evidentemente, en sentido amplio y no definitorio. Es una afirmación ecuménica, de amistad con el Patriarca de Moscú y los ortodoxos rusos, a los que se les asegura que los católicos no estamos siguiendo una estrategia maquiavélica de “divide y vencerás”, que no deseamos acabar con ellos como si nos alegráramos por sus desgracias, sino que genuinamente deseamos la unidad con ellos. Los ortodoxos no son enemigos a vencer, sino hermanos separados y deseamos con todas nuestras fuerzas volver a estrecharlos en nuestros brazos.

Nada de eso puede restar el más mínimo valor a las Iglesias orientales católicas, que son un regalo del cielo, una gloria del catolicismo y un testimonio de la enorme riqueza de la Tradición católica.

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