Les conviene que yo me vaya

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Fernando Torre, msps.

¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
en soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

y los ahora tristes y afligidos,
de ti desposeídos,

¿a dónde volverán ya sus sentidos?
Ay, nube envidiosa,

¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

Es casi imposible conciliar el tono melancólico de algunos himnos litúrgicos (como el de fray Luis de León, arriba citado), con el testimonio bíblico que nos dice que los Apóstoles, después de la ascensión de Jesús, «se volvieron a Jerusalén llenos de alegría» (Lc 24,52).

Muchos cristianos viven con un permanente sentimiento de orfandad: se quejan de no ver a Jesús; quisieran experimentar a Dios y sólo encuentran el vacío de su ausencia; como no sienten una constante presencia de Jesús, piensan que él los ha abandonado. Para ellos, todo se reduce a desamparo, aridez y tristeza. ¿De veras creerán en la promesa de Jesús: «No los dejaré huérfanos»? (Jn 14,18).

Durante la última cena, Jesús anuncia a sus apóstoles: «Ahora me voy al que me ha enviado, y ninguno de ustedes me pregunta: “¿A dónde vas?” Sino que sus corazones se han llenado de tristeza por haberles dicho esto» (Jn 16,5 6).
La primera reacción de los apóstoles ante esta noticia ha brotado espontáneamente del modo más humano.
La tristeza y preocupación de los discípulos tiene una explicación. Desean seguridad: tener siempre junto a ellos a Cristo para que les resuelva los problemas o, al menos, les indique el camino seguro para encontrar la solución. Es la tentación de vivir la fe de manera protegida, infantil e irresponsable.

Para ayudarles a superar esta primera reacción, Jesús les dice: «¡Les conviene que yo me vaya!» (Jn 16,7). Antes de afirmar apresuradamente que esto es falso y pensar que hubiera sido mejor que se quedara con nosotros, hay que tratar de comprender el sentido profundo de la ascensión. Jesús no nos engaña. ¿En dónde está pues esa conveniencia?

Al ascender al cielo, Jesús no nos ha abandonado. Sigue presente entre nosotros. Nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles que Jesús «fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a su vista» (Hch 1,9). Jesús ha desaparecido, es decir, ha perdido visibilidad: no podemos verlo con nuestros ojos. Pero esto no significa que se haya alejado de nosotros ni menos todavía que nos haya abandonado. «No hemos de confundir la desaparición con la partida. La partida lleva consigo una ausencia. La desaparición provoca una “presencia escondida”, casi podríamos decir “disfrazada”».
Jesús está presente entre nosotros. Antes de ascender hacia su Padre, nos dijo: «yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Esta es una afirmación categórica; ¿tendremos aún necesidad de más pruebas?

Muchas veces los cristianos nos quedamos sólo en la resurrección, como si ésta fuera la última fase de la vida de Jesucristo. Y hemos olvidado que el misterio pascual incluye también la ascensión, la glorificación de Jesús a la derecha del Padre y el envío del Espíritu Santo.

Decía Jesús a sus apóstoles: «yo les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si me voy, se lo enviaré» (Jn 16,7).

La conveniencia de que Jesús ascendiera al cielo está en relación al don del Espíritu Santo. Jesucristo glorificado envía sobre los discípulos el Espíritu prometido (cf. Hch 2,33).

Los hombres de todos los tiempos, de manera consciente o inconsciente, siguen repitiendo a los discípulos: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Pero Jesús, por su ascensión, ha perdido visibilidad. Esta súplica (¿o será una orden?) debería calarnos hondo. Los hombres quieren ver a Jesús. ¿Seremos los cristianos capaces de mostrárselo?
Por su parte, Jesús quiere manifestarse a todos, pero ahora no mediante su carne, como en otro tiempo, sino que desea hacerlo a través de nosotros: de la Iglesia y de cada cristiano. El Concilio ha afirmado que la Iglesia es sacramento de Jesucristo.  Cada cristiano, por su bautismo, es una presencia viva y visible de Jesús. Él dijo: «el que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9); de la misma manera, quien ve a la Iglesia o a un cristiano ve -debería ver- a Jesucristo (cf. Jn 13,20; Lc 10,16; Mt 10,40 42).

Hoy (este “hoy” abarca desde la ascensión de Jesús hasta su retorno glorioso al final de los tiempos) la Iglesia no puede quedarse solamente «mirando al cielo» (Hch 1,11) y gritando: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20). La Iglesia tiene una tarea ineludible: continuar la misión de Jesús: «Como el Padre me envió, también yo los envío» (Jn 20,21). La ascensión de Jesús es una llamada a la misión. «Como si el viaje de Cristo hacia el Padre, hacia el cielo, hubiera sido un requisito previo al comienzo de los viajes apostólicos por toda la tierra […]. La desaparición del Señor supone también la aparición de la Iglesia sobre la tierra.»

Marcos termina su evangelio con el envío misionero. Dice Jesús a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15). De igual modo, en la conclusión del evangelio de Mateo, Jesús les ordena: «Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (Mt 28,19).
El verdadero discípulo acoge responsablemente la misión que se le confía y asume el desafío de llevar a todos la Buena Nueva y de suscitar en ellos el deseo de seguir a Jesús.

La ascensión de Jesús a los cielos

  • No es en modo alguno el misterio de la ausencia del Señor sino la fiesta de su presencia y de su mayor proximidad;
  • No es motivo de tristeza y desaliento sino el umbral del gozo y el amanecer de la esperanza;
  • No es causa de orfandad para nosotros sino el preludio de la efusión del Espíritu Santo, que estará con nosotros para siempre (cf. Jn 14,16);
  • No es signo de que Jesús se aleje de nosotros o nos abandone sino la afirmación contundente de su presencia invisible, que adquiere visibilidad a través de los discípulos;
  • No es el término de la misión de Jesús sino el principio de una nueva etapa en la que él, por medio de la Iglesia, continúa su obra de salvación de los hombres.

N.B.:
  «Si ustedes me amaran, se alegrarían de que me fuera al Padre».
Jesús de Nazaret (Jn 14,28).

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