El ingenio de Millás y la sabiduría de Arsuaga unidos para contar la vida como la mejor de las historias. «Una maravilla. Un libro lleno de humor y de bondad. Sí, bondad. Un lib...
Sinopsis de: "La vida contada por un sapiens a un neandertal"
El ingenio de Millás y la sabiduría de Arsuaga unidos para contar la vida como la mejor de las historias. «Una maravilla. Un libro lleno de humor y de bondad. Sí, bondad. Un libro que busca entender el misterio de la vida.»Manuel Vilas «-Tú y yo podríamos asociarnos para hablar de la vida; levantaríamos un gran relato sobre la existencia. ¿Lo hacemos? -dijo el escritor.-Lo hacemos -contestó el paleontólogo.» Hace años que el interés por entender la vida, sus orígenes y su evolución resuena en la cabeza de Juan José Millás, de manera que se dispuso a conocer, junto a uno de los mayores especialistas de este país en la materia, Juan Luis Arsuaga, por qué somos como somos y qué nos ha llevado hasta donde estamos. La sabiduría del paleontólogo se combina en este libro con el ingenio y la mirada personal y sorprendente que tiene el escritor sobre la realidad. Porque Millás es un neandertal (o eso dice), y Arsuaga, a sus ojos, un sapiens. Así, a lo largo de muchos meses, los dos visitaron distintos lugares, muchos de ellos escenarios comunes de nuestra vida cotidiana, y otros, emplazamientos únicos donde todavía se pueden ver los vestigios de lo que fuimos, del lugar del que venimos. En esas salidas, que al lector pueden recordarle a las de don Quijote y Sancho, el sapiens trató de enseñar al neandertal cómo pensar como un sapiens y, sobre todo, que la prehistoria no es cosa del pasado: las huellas de la humanidad a través de los milenios se pueden encontrar en cualquier lugar, desde una cueva o un paisaje hasta un parque infantil o una tienda de peluches. Es la vida lo que late en este libro. La mejor de las historias. Reseñas:«La fiesta de la inteligencia.»David Broncano «Se une la erudición brutal de Arsuaga a la capacidad interpretativa y narrativa de Millás.»Andreu Buenafuente «Un diálogo socrático entre homínidos curiosos, [...] un libro en el que se mezcla la divulgación científica con la literatura costumbrista y de viajes. La sapiencia, la chispeante manera de explicar las cosas y la gran cultura transversal del maestro encajan a la perfección con el ingenio y la curiosidad de Millás, que, como ya conocen sus lectores, adopta una mirada deliberadamente ingenua y entrañable sobre lo que le rodea.»Fernando Díaz de Quijano, El Cultural «Un portento de originalidad que mezcla ciencia, divulgación e imaginación con toneladas de ironía para entender de dónde venimos, quiénes somos y a dónde vamos. Han inventado un género para el que no tienen nombre.»Miguel Lorenci, La Verdad «Una extraña pareja, una suerte de Walter Matthau y Jack Lemmon a la española. Dos mentes inquietas que se han unido para escribir [...], cuestionar y traer al lenguaje del común de los mortales planteamientos y reflexiones.»Pilar Martín, EFE «Un fascinante viaje por la existencia humana, donde el humor pilota la nave.»César Suárez, Telva «Dos mentes inquietas que se han unido para escribir: [...] un paseo por la vida, desde que nacemos hasta ser ya adultos.»El Correo Gallego «Una obra que se engulle rápido en una primera lectura, pero requiere tiempo para su posterior digestión y más aún para un aprovechamiento completo de todos los nutrientes intelectuales que contiene.»Marta Maldonado, La Razón «Millás es uno de los escritores con más verdad por centímetro cuadrado de página.»Antonio Iturbe, Qué Leer «Nos gusta que los sabios nos expliquen cosas y que se entiendan. Es lo que hace de maravilla Arsuaga.»Víctor M. Amela, La Vanguardia «Una obra deliciosa, una obra culta que provoca más curiosidad a medida que avanzas en su lectura porque no sabes qué te van a contar en las siguientes páginas. Y además te ríes.»Salomón Hachuel, Hoy por Hoy Sevilla (Cadena SER) «Juan Luis Arsuaga ha contado ese arranque prodigioso de la vida humana con toda la fuerza de las grandes crónicas de viajes y descubrimientos, con su talento doble de narrador y de científico.»Antonio Muñoz Molina
El Santo Padre pide rezar para que el progreso tecnológico esté al servicio del ser humano
El ‘Vídeo del Papa’ de noviembre sale a la luz con un mensaje sobre el progreso que suponen los avances de la robótica y la inteligencia artificial. Francisco pone el acento en la necesidad de orientarlos “al respeto de la dignidad de la persona y de la Creación”.
Texto completo del Papa
«La inteligencia artificial está en la raíz del cambio de época que estamos viviendo. La robótica puede hacer posible un mundo mejor si va unida al bien común. Porque si el progreso tecnológico aumenta las desigualdades, no es un progreso real. Los futuros avances deben estar orientados al respeto de la dignidad de la persona y de la Creación. Recemos para que el progreso de la robótica y de la inteligencia artificial esté siempre al servicio del ser humano… podemos decir “sea humano”».
Conmovedora ópera prima que bucea en la amistad y solidaridad de tres mujeres. La historia de Abla, una mujer que dirige una modesta panadería local desde su casa en Casablanca, donde vive sola con su hija Warda, de 8 años. Su rutina se ve alterada por la llegada de Samia, una joven mujer que busca trabajo y un techo bajo el que dormir. Warda inmediatamente acoge a la recién llegada pero su madre inicialmente se niega a permitir a una extraña en su casa. Poco a poco, sin embargo, las reticencias de Abla se suavizan y la llegada de Samia comienza a ofrecerles la posibilidad de una nueva vida.
Feminismo de verdad, sin postureos, que aborda con enorme humanidad y no menos grande sensibilidad los problemas que afectan a las mujeres. No hay espacio aquí para facilonas banderas al viento y brindis al sol que enseguida obtienen la respuesta de la ola mediática ideológica afín. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ
Nápoles, 1946. El Partido Comunista italiano consigue trasladar a setenta mil niños con el fin de que se alojen temporalmente con familias del norte y conozcan una vida diferente l...
Nápoles, 1946. El Partido Comunista italiano consigue trasladar a setenta mil niños con el fin de que se alojen temporalmente con familias del norte y conozcan una vida diferente lejos de la miseria que los rodea. El pequeño Amerigo se ve forzado a abandonar su barrio y sube a un tren junto a otros niños del sur.Con la mirada acerada de un chico de la calle, Amerigo nos sumerge en una Italia fascinante que vuelve a levantarse en la posguerra y nos confía el relato conmovedor de una separación, de un dolor que marca a fuego, al tiempo que nos obliga a reflexionar, con delicadeza y maestría, sobre las decisiones que acaban convirtiéndonos en lo que somos.Viola Ardone firma una de las novelas más sobresalientes de los últimos años: ha seducido a cientos de miles de lectores y a la crítica, cautivada ante una historia insólita, auténtica y universal que recuerda a las de grandes nombres como Elsa Morante o Elena Ferrante. Inspirada en hechos reales, la fuerza de esta red de solidaridad en tiempos difíciles ha hecho que esta novela se convierta además en un fenómeno internacional en veinticinco países.
Más sobre
Ardone, Viola
Viola Ardone nació en Nápoles en 1974. Es licenciada en Literatura y durante un tiempo trabajó en el sector editorial. En la actualidad ejerce como profesora de latín e italiano en un instituto. Con El tren de los niños ha conseguido un éxito sin precedentes en Italia, donde ha cautivado a cientos de miles de lectores y permanece desde hace meses en las listas de libros más vendidos, a la vez que se ha convertido en uno de los fenómenos internacionales más llamativos de los últimos años con su publicación en veinticinco países y el respaldo unánime y entusiasta de editoriales de prestigio detodo el mundo.
Extraordinaria película en la que el arte y la vida, lo divino y lo humano bailan con una belleza deslumbrante. Olavi, un viejo comerciante de obras de arte, siempre ha antepuesto los negocios a su familia. Sin embargo, el encuentro con un antiguo icono le permitirá volver a conectar con su nieto rebelde, Otto, y ambos emprenderán una investigación por descubrir la autoría de una obra que les obligará a sacrificar cualquier cosa por hacerse con ella.
El artista anónimo combina a la perfección el tratamiento de la dedicación profesional de Olavi y el amor por el arte, con los problemas familiares derivados del enrarecimiento de su carácter; y ello con su punto de intriga, la investigación acerca del cuadro atrapa la atención del espectador.
Podemos conectar con el deseo del protagonista de dar con una obra maestra sin paliativos, y verdaderamente con su ojo de conocedor, y un trabajo concienzudo revisando fichas y catálogos, vemos a un profesional como la copa de un pino, pero que, tipo honrado, puede chocar con personas mezquinas, que no soporten que les ha ganado la partida en buena lid.
Y también con la obsesión con el trabajo que lleva a descuidar las obligaciones familiares, entendemos los reproches de Lea, y la aproximación en una tarde de paseo, o la conexión con el joven Otto, apuntan a lo que podría haber sido una familia unida. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ
Es natural al hombre que su convivencia en sociedad necesite de una dirección, para garantizar la unidad y para procurar en la medida de lo posible el bien común
La presencia de los gobernantes en una colectividad no constituye un mal necesario, sino un bien. Ya que no es posible el logro de unas metas supraindividuales si no hay quien oriente los planes y los esfuerzos hacia los logros que afectan a todos. “Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes, investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país” (San Juan XXIII. Enc. Pacem in terris, n. 46).
Hay en los gobernantes un auténtico derecho, del que han sido investidos para dirigir a los ciudadanos. “Se llama «autoridad» la cualidad en virtud de la cual personas e instituciones dan leyes y órdenes a los hombres y esperan la correspondiente obediencia” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1897).
Es natural al hombre que su convivencia en sociedad necesite de una dirección, para garantizar la unidad y para procurar en la medida de lo posible el bien común. Tiene que haber personas que se encarguen por oficio de gerenciar el bien común, que se ocupen especialmente de él, ya que si cada persona se ocupa solamente de su bien particular, por legítimo que esto pueda ser, la dispersión de las energías hará que no se alcancen unas metas sociales, que a todos favorecen.
No es, pues, la autoridad fruto del capricho ni del azar, ni siquiera de un simple pacto o consenso de los ciudadanos, sino que responde al orden que el Creador ha establecido para el progreso de los hombres en sociedad. “Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación” (Romanos 13, 1-2). Es ésta una práctica que han seguido los cristianos desde hace veinte siglos. “El deber de obediencia impone a todos la obligación de dar a la autoridad los honores que le son debidos, y de rodear de respeto y, según su mérito, de gratitud y de benevolencia a las personas que la ejercen” (Catecismo..., n. 1900).
Recordemos, por ejemplo, una oración de San Clemente Romano, el tercer Papa después de San Pedro: “Concédeles, Señor, la salud, la paz, la concordia, la estabilidad, para que ejerzan sin tropiezo la soberanía que tú les has entregado. Eres tú, Señor, rey celestial de los siglos, quien da a los hijos de los hombres gloria, honor y poder sobre las cosas de la tierra. Dirige, Señor, su consejo según lo que es bueno, según lo que es agradable a tus ojos, para que ejerciendo con piedad, en la paz y la mansedumbre, el poder que les has dado, te encuentren propicio” (Carta a los Corintios 61, 1-2).
El origen remoto o último de toda autoridad es el orden fijado por Dios. Pero esto no equivale a una teocracia. En el Antiguo Testamento los Jueces de Israel y posteriormente los primeros Reyes fueron expresamente designados por Dios. No ocurre así en la Nueva Alianza, donde hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, de modo que “la determinación del régimen y la designación de los gobernantes han de dejarse a la libre voluntad de los ciudadanos” (Conc. Vaticano II. Const. Gaudium et spes, n. 74).
Los regímenes políticos pueden ser muy diversos, según las peculiaridades de los pueblos y de los tiempos, pero siempre deben promover el bien de la comunidad. Si se oponen a la ley natural, a los derechos humanos o al bien público pierden su razón de ser. No bastan que sean legítimos por su origen, sino que han de serlo también en su ejercicio. “La autoridad no saca de sí misma su legitimidad moral. No debe comportarse de manera despótica, sino actuar para el bien común como una «fuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia de la tarea y obligaciones que ha recibido» (Const. Gaudium et spes, n. 74).
Las leyes humanas no deben nunca oponerse a las exigencias naturales que la justicia tiene para cada hombre y para la entera comunidad. En la medida en que una ley positiva humana se aparta de la recta razón, del orden establecido por Dios, debe ser declarada injusta, y más que ley sería una forma institucional de violencia (cfr. Santo Tomas de Aquino. Suma Teológica I-II, q. 93, a. 3 ad 2).
La autoridad es legítima en el ejercicio del poder si tiene como fin el bien común de la sociedad, y si emplea medios lícitos y honestos para alcanzarlo. Si las leyes o las medidas de gobierno fueren contrarias al orden moral, no obligarían en conciencia a los ciudadanos. “En semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa” (San Juan XXIII, Enc. Pacem in terris, n. 51).
En la práctica es una gran ayuda para el logro del bien común el que los ciudadanos participen ampliamente en las diversas instancias del poder, de tal modo que éste no se concentre en unas pocas manos, sino que todos colaboren en la medida de sus posibilidades, sin monopolios ni discriminaciones. “Es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia que lo mantengan en su justo límite. Es éste el principio del «Estado de derecho» en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres” (San Juan Pablo II. Enc. Centesimus annus, n. 44).
“En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos; y Él se pudo a hablar enseñándolos: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la Tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mateo 5,1-12).
I. Alegrémonos todos en el Señor, al celebrar este día de fiesta en honor de todos los santos: de esta solemnidad se alegran los ángeles y alaban al Hijo de Dios.
La fiesta de hoy recuerda y propone a la meditación común algunos componentes fundamentales de nuestra fe cristiana señalaba el Papa Juan Pablo II. En el centro de la liturgia están sobre todo los grandes temas de la Comunión de los Santos, del destino universal de la salvación, de la fuente de toda santidad que es Dios mismo, de la esperanza cierta en la futura e indestructible unión con el Señor, de la relación existente entre salvación y sufrimiento y de una bienaventuranza que ya desde ahora caracteriza a aquellos que se hallan en las condiciones descritas por Jesús. Pero la clave de la fiesta que hoy celebramos «es la alegría, como hemos rezado en la antífona de entrada: Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos; y se trata de una alegría genuina, límpida, corroborante, como la de quien se encuentra en una gran familia donde sabe que hunde sus propias raíces...». Esta gran familia es la de los santos: los del Cielo y los de la tierra.
La Iglesia, nuestra Madre, nos invita hoy a pensar en aquellos que, como nosotros, pasaron por este mundo con dificultades y tentaciones parecidas a las nuestras, y vencieron. Es esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, según nos recuerda la Primera lectura de la Misa. Todos están marcados en la frente y vestidos con vestiduras blancas, lavadas en la sangre del Cordero. La marca y los vestidos son símbolos del Bautismo, que imprime en el hombre, para siempre, el carácter de la pertenencia a Cristo, y la gracia renovada y acrecentada por los sacramentos y las buenas obras.
Muchos Santos de toda edad y condición han sido reconocidos como tales por la Iglesia, y cada año los recordamos en algún día preciso y los tomamos como intercesores para tantas ayudas como necesitamos. Pero hoy festejamos, y pedimos su ayuda, a esa multitud incontable que alcanzó el Cielo después de pasar por este mundo sembrando amor y alegría, sin apenas darse cuenta de ello; recordamos a aquellos que, mientras estuvieron entre nosotros, hicieron, quizá, un trabajo similar al nuestro: oficinistas, labriegos, catedráticos, comerciantes, secretarias...; también tuvieron dificultades parecidas a las nuestras y debieron recomenzar muchas veces, como nosotros procuramos hacer, y la Iglesia no hace una mención nominal de ellos en el Santoral. A la luz de la fe, forman «un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles laicos a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividad de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices por la potencia de la gracia, ciertamente del crecimiento del Reino de Dios en la historia». Son, en definitiva, aquellos que supieron «con la ayuda de Dios conservar y perfeccionar en su vida la santificación que recibieron» en el Bautismo.
Todos hemos sido llamados a la plenitud del Amor, a luchar contra las propias pasiones y tendencias desordenadas, a recomenzar siempre que sea preciso, porque «la santidad no depende del estado soltero, casado, viudo, sacerdote, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede». La Iglesia nos recuerda que el trabajador que toma cada mañana su herramienta o su pluma, o la madre de familia dedicada a los quehaceres del hogar, en el sitio que Dios les ha designado, deben santificarse cumpliendo fielmente sus deberes.
Es consolador pensar que en el Cielo, contemplando el rostro de Dios, hay personas con las que tratamos hace algún tiempo aquí abajo, y con las que seguimos unidos por una profunda amistad y cariño. Muchas ayudas nos prestan desde el Cielo, y nos acordamos de ellas con alegría y acudimos a su intercesión.
Hacemos hoy nuestra aquella petición de Santa Teresa, que también ella misma escuchará, en esta Solemnidad: «¡Oh ánimas bienaventuradas, que tan bien os supisteis aprovechar, y comprar heredad tan deleitosa...! Ayudadnos, pues estáis tan cerca de la fuente; coged agua para los que acá perecemos de sed».
II. En la Solemnidad de hoy, el Señor nos concede la alegría de celebrar la gloria de la Jerusalén celestial, nuestra madre, donde una multitud de hermanos nuestros le alaban eternamente. Hacia ella, como peregrinos, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y animados por la gloria de los Santos; en ellos, miembros gloriosos de su Iglesia, encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad.
Nosotros somos todavía la Iglesia peregrina que se dirige al Cielo; y, mientras caminamos, hemos de reunir ese tesoro de buenas obras con el que un día nos presentaremos ante nuestro Dios. Hemos oído la invitación del Señor: Si alguno quiere venir en pos de Mí... Todos hemos sido llamados a la plenitud de la vida en Cristo. Nos llama el Señor en una ocupación profesional, para que allí le encontremos, realizando aquella tarea con perfección humana y, a la vez, con sentido sobrenatural: ofreciéndola a Dios, ejercitando la caridad con las personas que tratamos, viviendo la mortificación en su realización, buscando ya aquí en la tierra el rostro de Dios, que un día veremos cara a cara. Esta contemplación trato de amistad con nuestro Padre Dios podemos y debemos adquirirla a través de las cosas de todos los días, que se repiten muchas veces, con aparente monotonía, pues «para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras. A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas».
¿Qué otra cosa hicieron esas madres de familia, esos intelectuales o aquellos obreros..., para estar en el Cielo? Porque a él queremos ir nosotros; es lo único que, de modo absoluto, nos importa. Esta santa decisión tiene mucha importancia para los demás. Si, con la gracia de Dios y la ayuda de tantos, alcanzamos el Cielo, no iremos solos: arrastraremos a muchos con nosotros.
Quienes han llegado ya, procuraron santificar las realidades pequeñas de todos los días; y si alguna vez no fueron fieles, se arrepintieron y recomenzaron el camino de nuevo. Eso hemos de hacer nosotros: ganarnos el Cielo cada día con lo que tenemos entre manos, entre las personas que Dios ha querido poner a nuestro lado.
III. Muchos de los que ahora contemplan la faz de Dios quizá no tuvieron ocasión, a su paso por la tierra, de realizar grandes hazañas, pero cumplieron lo mejor posible sus deberes diarios, sus pequeños deberes diarios. Tuvieron quizá errores y faltas de paciencia, de pereza, de soberbia, tal vez pecados graves. Pero amaron la Confesión, y se arrepintieron, y recomenzaron. Amaron mucho y tuvieron una vida con frutos, porque supieron sacrificarse por Cristo. Nunca se creyeron santos; todo lo contrario: siempre pensaron que iban a necesitar en gran medida de la misericordia divina. Todos conocieron, en mayor o menor grado, la enfermedad, la tribulación, las horas bajas en las que todo les costaba; sufrieron fracasos y éxitos. Quizá lloraron, pero conocieron y llevaron a la práctica las palabras del Señor, que hoy también nos trae la Liturgia de la Misa: Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os aliviaré. Se apoyaron en el Señor, fueron muchas veces a verle y a estar con Él junto al Sagrario; no dejaron de tener cada día un encuentro con Él.
Los bienaventurados que alcanzaron ya el Cielo son muy diferentes entre sí, pero tuvieron en esta vida terrena un común distintivo: vivieron la caridad con quienes les rodeaban. El Señor dejó dicho: en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros. Ésta es la característica de los Santos, de aquellos que están ya en la presencia de Dios.
Nosotros nos encontramos caminando hacia el Cielo y muy necesitados de la misericordia del Señor, que es grande y nos mantiene día a día. Hemos de pensar muchas veces en él y en las gracias que tenemos, especialmente en los momentos de tentación o de desánimo.
Allí nos espera una multitud incontable de amigos. Ellos «pueden prestarnos ayuda, no sólo porque la luz del ejemplo brilla sobre nosotros y hace más fácil a veces que veamos lo que tenemos que hacer, sino también porque nos socorren con sus oraciones, que son fuertes y sabias, mientras las nuestras son tan débiles y ciegas. Cuando os asoméis en una noche de noviembre y veáis el firmamento constelado de estrellas, pensad en los innumerables santos del Cielo, que están dispuestos a ayudarnos...». Nos llenará de esperanza en los momentos difíciles. En el Cielo nos espera la Virgen para darnos la mano y llevarnos a la presencia de su Hijo, y de tantos seres queridos como allí nos aguardan.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
(Ap 7,2-4.9-14) "Apareció en la visión una muchedumbre inmensa"
(1 Jn 3,1-3) "Veremos a Dios tal cual es"
(Mt 5,1-12) "Vuestra recompensa será grande en el cielo"
Homilía a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Nos alegramos hoy con toda la Iglesia en una fiesta entrañable y consoladora porque “una muchedumbre inmensa que nadie podría contar” y que en su mayoría llevó una vida parecida a la nuestra, disfruta ya de la visión de Dios por toda una eternidad. Una multitud cuyos nombres no conocemos, que pasó inadvertida a quienes les trataron y, en ocasiones, incomprendidos o despreciados y maltratados, pero conocidos y amados por Dios.
Es esta una Solemnidad alentadora porque muchos de esos santos tendrían un carácter similar al nuestro, parecido temperamento, idéntica inclinación a la pereza, la sensualidad, el amor propio, y experimentaron los mismos sinsabores y penas, y, sin embargo, han superado con la ayuda de Dios esas dificultades. Es posible que más de un centenar de ellos y ellas pudiera decirnos: no te desanimes, también yo he pasado por esas pruebas. Sí, también tú puedes llevar una vida cristiana plena, una vida santa.
Esta Solemnidad que comenzó a celebrarse en toda la Iglesia a partir del s. IX, nos recuerda la llamada universal a la santidad. Podemos y debemos ser santos. “El Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que Él es iniciador y consumador: Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48)” (C. Vaticano II, L.G., 40).
Hay quienes cuando oyen hablar que Dios les quiere santos, piensan que eso no es para ellos, que no tienen madera de santo. La santidad es una llamada de Dios a cada uno que, en esencia, consiste en amarle con todas nuestras fuerzas, sinceramente, en amar a quienes nos rodean con igual intensidad, y amar la fatiga de cada día, nuestro trabajo. Parece lógico que si la llamada procediera del Comité Olímpico para participar en las próximas Olimpiadas, más de uno pudiera excusarse diciendo que él no reúne las condiciones para el deporte de alta competición. Si la llamada viniera de un partido político para que militemos activamente en sus filas, de una cadena de televisión, de una emisora de radio o de una empresa editorial o periodística, podríamos también declinar esa llamada diciendo que no reunimos las condiciones para la política, la comunicación, las letras. Pero para amar todos tenemos condiciones. Todos podemos amar a Dios que es nuestro Padre y hacer caso de sus indicaciones.
En el Evangelio de hoy, el Señor va enumerando las características de la santidad que permiten la entrada en la gran fiesta del cielo: los pobres de espíritu, esto es, los que no adoran el becerro de oro; los limpios de corazón; los sufridos; los que trabajan por la paz; los que van contra corriente, perseguidos por causa de la justicia... “Son santos los que luchan hasta el final de su vida: los que siempre se saben levantar después de cada tropiezo, de cada día, para proseguir valientemente el camino con humildad, con amor, con esperanza” (S. Josemaría Escrivá).
Encaminemos nuestros pasos por la senda de la santidad guiados por la fe y estimulados por el ejemplo de una multitud tan numerosa y variada con la certeza de que no nos faltará tampoco la ayuda de Santa María, Reina de Todos los Santos.
«Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas.» (Mateo 22, 34-40)
I. El Señor nos ha creado para la alegría. Sin embargo es imposible conseguirla si no buscamos a Dios. La tristeza nace del egoísmo, del afán de compensaciones, del descuido de las cosas de Dios y de las de nuestros hermanos los hombres, paraliza los mejores propósitos de santidad y apostolado, y oscurece el ambiente. La tristeza no se origina por dificultades o sufrimientos más o menos graves, sino por dejar de mirar a Jesús. Es como una raíz enferma que sólo produce frutos amargos, origina muchas faltas de caridad e impide, con frecuencia, que el alma luche con prontitud en las tentaciones que provienen de la sensualidad. “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Surco), pues la alegría es el primer efecto del amor. Si buscamos realmente al Señor en nuestra vida, nada podrá quitarnos la paz y la alegría. El dolor purificará el alma, y las mismas penas se transformarán en gozo.
II. El Evangelio de la Misa de este domingo (Mateo 22, 34-40) invita a la alegría, porque es una llamada al amor. El mandamiento del amor es a la vez el de la alegría, pues esta virtud “no es distinta de la caridad, sino cierto acto y efecto suyo” (SANTO TOMÁS, Suma Teológica). De aquí que el índice de nuestra unión con Dios venga señalado por la alegría y el buen humor que ponemos en el cumplimiento del deber, en el trato con los demás, en el modo como llevamos el dolor y las contradicciones. Muchos piensan que van a ser más felices cuando posean más cosas, cuando sean más admirados…, y se olvidan de que sólo necesitamos “un corazón enamorado”. Y ningún amor puede llenar nuestro corazón, que fue hecho por Dios para alcanzar su plenitud en los bienes eternos, sin el Amor. Los demás amores limpios –los otros no son amores- adquieren su sentido cuando buscamos al Señor sobre todas las cosas.
III. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte… Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza (Salmo responsorial, Sal 17, 2-4; 34-40). En Él encontramos la seguridad y todo lo que necesitamos, también la alegría y la paz en cualquier situación por la que estemos pasando. Por eso, no dejaremos nunca de tratarlo personalmente, con intimidad, cada día. La alegría y la paz que bebemos en esa fuente inagotable que es Cristo, hemos de llevarlas a quienes Dios ha puesto más cerca de nosotros, a nuestros hogares, que no han de ser en ningún momento tristes, ni oscuros, ni tensos por las incomprensiones y los egoísmos, sino “luminosos y alegres”(J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa), como aquel donde vivió Jesús con María y José. Nuestra Madre Santa María nos permitirá encontrar fácilmente el camino de la paz y el gozo verdadero, si alguna vez lo perdemos.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Domingo de la semana 30 de tiempo ordinario; ciclo A
(Ex 22,20-26) "No oprimirás ni vejarás al forastero"
(1 Tes 1,5c-10) "Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca"
(Mt 22,34-40) "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"
Homilía a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
“Amarás al Señor tu Dios...” El deber primero y lo mejor que hay en nosotros debe ser para Dios que nos ha dado la vida, ha salido a nuestro encuentro haciéndose Hombre, perdona una y otra vez nuestras ofensas y olvidos, y se ha quedado con nosotros y como alimento en la Eucaristía. La Sagrada Escritura equipara la solicitud de Dios por nosotros a la de una madre por su hijo. “¿Puede la madre olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, yo no te olvidaría” (Is 49,14-15).Dios se muestra a sí mismo, como aquel que estará siempre atento a las necesidades de su pueblo (Cfr Ex 6,2-8).
Ese amor de Dios por cada uno que se remonta a la noche de los tiempos y culmina en la prematura noche del Gólgota, donde Jesús lleva a cabo lo que le aseguró a los suyos: “nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” (Jn 15,13), está pidiendo a gritos algo más que un aguado interés por nuestra parte. Hay que acorralar al amor propio y a la comodidad y decidirse a caer de rodillas ante este Dios bueno, paciente y tenaz, afortunadamente inevitable. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón...”.
Es preciso sacudirse la tibieza. “Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor...” (San Josemaría Escrivá, Camino, 313). Preguntémonos: ¿En qué pienso habitualmente o cuál es el motivo profundo de mi actuación? ¿En mi comodidad? ¿En mi prestigio? ¿En el qué dirán? ¿En mi salud? ¿En mi sensualidad o en mi soberbia y vanidad heridas? “Conozco tus obras y que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!, mas porque eres tibio..., estoy para vomitarte de mi boca” (Ap 3,15-16). La tibieza es tan desagradable a Dios, que le produce náuseas. ¿Merece esta respuesta ese Dios que nos ha creado a su imagen, libres, y constituye ese arcano capaz de colmar las aspiraciones humanas? ¡Que nos conste! ¡Que nos lo repitamos en esas ocasiones en que se está fraguando una resolución poco generosa: Dios no se merece eso!
“El segundo es semejante a él: ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’”. Estamos invitados a querer a quienes nos rodean “con obras y de verdad” (1 Jn 3,18) “pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amara Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20). Este amor hecho de servicio afectivo y efectivo se podría concretar en decenas de incidencias diarias: Ese hablar sin herir, por ejemplo. La sonrisa a tiempo que desdramatiza una situación. La paciencia y la serenidad en las horas difíciles. El buen humor en los momentos de tensión. El no querer tener siempre razón... ¡Y tantos detalles más!
Toda invitación a amar a los demás puede parecer lírica y vaporosa ante la sólida realidad de los conflictos familiares, laborales, académicos, sociales, políticos... Pero esta impresión está lastrada por una falta de sentido cristiano que no ve a Dios en los demás, o que trata bien tan sólo a aquellos que le aprecian y le tratan bien, esto es: que busca una recompensa humana y no la promesa divina. Recordemos que el amor es la razón suprema de todo lo que en este mundo existe de bueno y grande, y que S. Pablo asegura que, quien ama, no morirá jamás (Cfr 1 Cor 13,8).
(Is 5,1-7) "Espero justicia, y ahí tenéis: lamentos"
(Fil 4,6-9) "Y el Dios de la paz estará con vosotros"
(Mt 21,33-43) "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra angular"
Homilía a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Tomando la imagen de la viña con la que en el AT los profetas comparaban al pueblo de Dios, la Iglesia, Jesús nos dice que este mundo es como una viña entregada por Dios a unos labradores en un país lejano para que la cultiven y recoger el fruto a su tiempo. Como el dueño está lejos, los viñadores acaban por considerarse propietarios. Todos los que son enviados por Dios para pedir cuentas son maltratados e incluso asesinados. Por fin, es enviado el Hijo al que matan con la ilusión de ser los únicos dueños.
Éste es también nuestro pecado, muchas veces. Creemos que la vida es nuestra y que podemos diseñar nuestro futuro sin injerencias, apartando de nuestra vista las indicaciones divinas. Hay quienes ven a Dios, que es nuestro Padre, Sabiduría y Bondad infinita, que no quiere sino el bien de sus hijos, no como el garante de nuestro bienestar sino como el que lo impide o lo torna difícil al tener que estar sujeto a sus mandamientos. Se olvida así aquella lúcida afirmación de S. Agustín que, al hablar de la Ley de Dios, decía que Él “escribió en las Tablas de la Ley lo que los hombres no leían en sus corazones” (In Salm 57, 1).
No deberíamos olvidar la facilidad que tenemos los humanos para divinizar lo que no es Dios: el poder, el dinero, el éxito, el sexo... Dios, con sus indicaciones, quiere librar al hombre del peligro de esa adoración desviada que es la idolatría. Estar en las manos de Dios, comprender que somos suyos, es un consuelo porque “si es cierto que la vida del hombre está en las manos de Dios −recuerda Juan Pablo II−, no lo es menos que sus manos son cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño: “mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre” (Ps 131/130, 2) (Ev. Vitae, 39).
Pero todos llevamos dentro un dictador orgulloso que antepone con frecuencia su criterio y su voluntad a las instancias divinas. ¡A mí nadie me tiene que decir lo que debo o no hacer! ¡En mi vida mando yo! Y junto a él, un ser regalón y holgazán siempre atento a eliminar todo lo que supone esfuerzo. Depongamos esa tendencia a apartar de nuestra vista lo que Dios y la Iglesia nos piden “Aprendamos a servir: no hay mejor servicio que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que no, de decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad” (S. Josemaría Escrivá).
¡Dar fruto! ¡Hacer rendir los talentos recibidos! Esto pide el Señor. “Servir al Señor con alegría” (S. 92), especialmente en el hogar y en todos esos lugares que frecuentamos. ¡Cuántas ocasiones en la vida del hogar para servir al Señor, que nos hacen agradable a sus ojos y contribuyen a ese bienestar íntimo tan necesario para hacer más llevadero el peso de los días! Ese olvidarnos de nosotros mismos y esforzarnos por hacer grata la convivencia con pequeños servicios: adelantándonos a responder al teléfono, a abrir la puerta, cambiar una bombilla, limpiar un cenicero... El procurar que nadie se sienta solo. El conocer los gustos de los demás para, con naturalidad, hablar de temas de su agrado. El ceder con elegancia y hasta con sentido del humor cuando surja un roce sin excesiva importancia, pero que el egoísmo y la falta de inteligencia convierten en una montaña... Todo esto y tantas cosas más es posible cuando no sofocamos lo que de más cálido y mejor hay en nosotros y, sobre todo, cuando no vivimos en una atmósfera dominada por el egoísmo.
No somos los propietarios de nuestra vida sino sus cultivadores. Si la vivimos como Jesucristo quiere, “la paz de Dios que sobrepasa todo juicio −nos dice S. Pablo en la 2ª Lectura de hoy− custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.
Videomensaje del Santo Padre con ocasión de la 75 Asamblea general de las Naciones Unidas
Texto del videomensaje del Santo Padre
Señor presidente:
¡La paz esté con Ustedes!
Saludo cordialmente a Usted, Señor presidente, y a todas las Delegaciones que participan en esta significativa septuagésima quinta Asamblea General de las Naciones Unidas. En particular, extiendo mis saludos al Secretario General, Sr. António Guterres, a los Jefes de Estado y de Gobierno participantes, y a todos aquellos que están siguiendo el Debate General.
El Septuagésimo quinto aniversario de la ONU es una oportunidad para reiterar el deseo de la Santa Sede de que esta Organización sea un verdadero signo e instrumento de unidad entre los Estados y de servicio a la entera familia humana[1].
Actualmente, nuestro mundo se ve afectado por la pandemia del COVID-19, que ha llevado a la pérdida de muchas vidas. Esta crisis está cambiando nuestra forma de vida, cuestionando nuestros sistemas económicos, sanitarios y sociales, y exponiendo nuestra fragilidad como criaturas.
La pandemia nos llama, de hecho, «a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección […]: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es»[2]. Puede representar una oportunidad real para la conversión, la transformación, para repensar nuestra forma de vida y nuestros sistemas económicos y sociales, que están ampliando las distancias entre pobres y ricos, a raíz de una injusta repartición de los recursos. Pero también puede ser una posibilidad para una “retirada defensiva” con características individualistas y elitistas.
Nos enfrentamos, pues, a la elección entre uno de los dos caminos posibles: uno conduce al fortalecimiento del multilateralismo, expresión de una renovada corresponsabilidad mundial, de una solidaridad fundamentada en la justicia y en el cumplimiento de la paz y de la unidad de la familia humana, proyecto de Dios sobre el mundo; el otro, da preferencia a las actitudes de autosuficiencia, nacionalismo, proteccionismo, individualismo y aislamiento, dejando afuera los más pobres, los más vulnerables, los habitantes de las periferias existenciales. Y ciertamente será perjudicial para la entera comunidad, causando autolesiones a todos. Y esto no debe prevalecer.
La pandemia ha puesto de relieve la urgente necesidad de promover la salud pública y de realizar el derecho de toda persona a la atención médica básica[3]. Por tanto, renuevo el llamado a los responsables políticos y al sector privado a que tomen las medidas adecuadas para garantizar el acceso a las vacunas contra el COVID-19 y a las tecnologías esenciales necesarias para atender a los enfermos. Y si hay que privilegiar a alguien, que ése sea el más pobre, el más vulnerable, aquel que normalmente queda discriminado por no tener poder ni recursos económicos.
La crisis actual también nos ha demostrado que la solidaridad no puede ser una palabra o una promesa vacía. Además, nos muestra la importancia de evitar la tentación de superar nuestros límites naturales. «La libertad humana es capaz de limitar la técnica, orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral»[4]. También deberíamos tener en cuenta todos estos aspectos en los debates sobre el complejo tema de la inteligencia artificial (IA).
Teniendo esto presente, pienso también en los efectos sobre el trabajo, sector desestabilizado por un mercado laboral cada vez más impulsado por la incertidumbre y la “robotización” generalizada. Es particularmente necesario encontrar nuevas formas de trabajo que sean realmente capaces de satisfacer el potencial humano y que afirmen a la vez nuestra dignidad. Para garantizar un trabajo digno hay que cambiar el paradigma económico dominante que sólo busca ampliar las ganancias de las empresas. El ofrecimiento de trabajo a más personas tendría que ser uno de los principales objetivos de cada empresario, uno de los criterios de éxito de la actividad productiva. El progreso tecnológico es útil y necesario siempre que sirva para hacer que el trabajo de las personas sea más digno, más seguro, menos pesado y agobiante.
Y todo esto requiere un cambio de dirección, y para esto ya tenemos los recursos y tenemos los medios culturales, tecnológicos y tenemos la conciencia social. Sin embargo, este cambio necesita un marco ético más fuerte, capaz de superar la «tan difundida e inconscientemente consolidada “cultura del descarte”»[5].
En el origen de esta cultura del descarte existe una gran falta de respeto por la dignidad humana, una promoción ideológica con visiones reduccionistas de la persona, una negación de la universalidad de sus derechos fundamentales, y un deseo de poder y de control absolutos que domina la sociedad moderna de hoy. Digámoslo por su nombre: esto también es un atentado contra la humanidad.
De hecho, es doloroso ver cuántos derechos fundamentales continúan siendo violados con impunidad. La lista de estas violaciones es muy larga y nos hace llegar la terrible imagen de una humanidad violada, herida, privada de dignidad, de libertad y de la posibilidad de desarrollo. En esta imagen, también los creyentes religiosos continúan sufriendo todo tipo de persecuciones, incluyendo el genocidio debido a sus creencias. También, entre los creyentes religiosos, somos víctimas los cristianos: cuántos sufren alrededor del mundo, a veces obligados a huir de sus tierras ancestrales, aislados de su rica historia y de su cultura.
También debemos admitir que las crisis humanitarias se han convertido en el statu quo, donde los derechos a la vida, a la libertad y a la seguridad personales no están garantizados. De hecho, los conflictos en todo el mundo muestran que el uso de armas explosivas, sobretodo en áreas pobladas, tiene un impacto humanitario dramático a largo plazo. En este sentido, las armas convencionales se están volviendo cada vez menos “convencionales” y cada vez más “armas de destrucción masiva”, arruinando ciudades, escuelas, hospitales, sitios religiosos, e infraestructuras y servicios básicos para la población.
Además, muchos se ven obligados a abandonar sus hogares. Con frecuencia, los refugiados, los migrantes y los desplazados internos en los países de origen, tránsito y destino, sufren abandonados, sin oportunidad de mejorar su situación en la vida o en la de su familia. Peor aún, miles son interceptados en el mar y devueltos a la fuerza a campos de detención donde enfrentan torturas y abusos. Muchos son víctimas de la trata, la esclavitud sexual o el trabajo forzado, explotados en labores degradantes, sin un salario justo. ¡Esto que es intolerable, sin embargo, es hoy una realidad que muchos ignoran intencionalmente!
Los tantos esfuerzos internacionales importantes para responder a estas crisis comienzan con una gran promesa, entre ellos los dos Pactos Mundiales sobre Refugiados y para la Migración, pero muchos carecen del apoyo político necesario para tener éxito. Otros fracasan porque los Estados individuales eluden sus responsabilidades y compromisos. Sin embargo, la crisis actual es una oportunidad: es una oportunidad para la ONU, es una oportunidad de generar una sociedad más fraterna y compasiva.
Esto incluye reconsiderar el papel de las instituciones económicas y financieras, como las de Bretton-Woods, que deben responder al rápido aumento de la desigualdad entre los súper ricos y los permanentemente pobres. Un modelo económico que promueva la subsidiariedad, respalde el desarrollo económico a nivel local e invierta en educación e infraestructura que beneficie a las comunidades locales, proporcionará las bases para el mismo éxito económico y a la vez, para renovación de la comunidad y la nación en general. Y aquí renuevo mi llamado para que «considerando las circunstancias […] se afronten −por parte de todos los Países− las grandes necesidades del momento, reduciendo, o incluso condonando, la deuda que pesa en los presupuestos de aquellos más pobres»[6].
La comunidad internacional tiene que esforzarse para terminar con las injusticias económicas. «Cuando los organismos multilaterales de crédito asesoren a las diferentes naciones, resulta importante tener en cuenta los conceptos elevados de la justicia fiscal, los presupuestos públicos responsables en su endeudamiento y, sobre todo, la promoción efectiva y protagónica de los más pobres en el entramado social»[7]. Tenemos la responsabilidad de proporcionar asistencia para el desarrollo a las naciones empobrecidas y alivio de la deuda para las naciones muy endeudadas[8].
«Una nueva ética supone ser conscientes de la necesidad de que todos se comprometan a trabajar juntos para cerrar las guaridas fiscales, evitar las evasiones y el lavado de dinero que le roban a la sociedad, como también para decir a las naciones la importancia de defender la justicia y el bien común sobre los intereses de las empresas y multinacionales más poderosas»[9]. Este es el tiempo propicio para renovar la arquitectura financiera internacional[10].
Señor presidente:
Recuerdo la ocasión que tuve hace cinco años de dirigirme a la Asamblea General en su septuagésimo aniversario. Mi visita tuvo lugar en un período de un multilateralismo verdaderamente dinámico, un momento prometedor y de gran esperanza, inmediatamente anterior a la adopción de la Agenda 2030. Algunos meses después, también se adoptó el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático.
Sin embargo, debemos admitir honestamente que, si bien se han logrado algunos progresos, la poca capacidad de la comunidad internacional para cumplir sus promesas de hace cinco años me lleva a reiterar que «hemos de evitar toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias. Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos»[11].
Pienso también en la peligrosa situación en la Amazonía y sus poblaciones indígenas. Ello nos recuerda que la crisis ambiental está indisolublemente ligada a una crisis social y que el cuidado del medio ambiente exige una aproximación integral para combatir la pobreza y combatir la exclusión[12].
Ciertamente es un paso positivo que la sensibilidad ecológica integral y el deseo de acción hayan crecido. «No debemos cargar a las próximas generaciones con los problemas causados por las anteriores. […] Debemos preguntarnos seriamente si existe —entre nosotros— la voluntad política […] para mitigar los efectos negativos del cambio climático, así como para ayudar a las poblaciones más pobres y vulnerables que son las más afectadas»[13].
La Santa Sede seguirá desempeñando su papel. Como una señal concreta de cuidar nuestra casa común, recientemente ratifiqué la Enmienda de Kigali al Protocolo de Montreal[14].
Señor presidente:
No podemos dejar de notar las devastadoras consecuencias de la crisis del Covid-19 en los niños, comprendiendo los menores migrantes y refugiados no acompañados. La violencia contra los niños, incluido el horrible flagelo del abuso infantil y de la pornografía, también ha aumentado dramáticamente.
Además, millones de niños no pueden regresar a la escuela. En muchas partes del mundo esta situación amenaza un aumento del trabajo infantil, la explotación, el maltratado y la desnutrición. Desafortunadamente, los países y las instituciones internacionales también están promoviendo el aborto como uno de los denominados “servicios esenciales” en la respuesta humanitaria. Es triste ver cuán simple y conveniente se ha vuelto, para algunos, negar la existencia de vida como solución a problemas que pueden y deben ser resueltos tanto para la madre como para el niño no nacido.
Imploro, pues, a las autoridades civiles que presten especial atención a los niños a quienes se les niegan sus derechos y dignidad fundamentales, en particular, su derecho a la vida y a la educación. No puedo evitar recordar el apelo de la joven valiente Malala Yousafzai, quien hace cinco años en la Asamblea General nos recordó que “un niño, un maestro, un libro y un bolígrafo pueden cambiar el mundo”.
Los primeros educadores del niño son su mamá y su papá, la familia que la Declaración Universal de los Derechos Humanos describe como «el elemento natural y fundamental de la sociedad»[15]. Con demasiada frecuencia, la familia es víctima de colonialismos ideológicos que la hacen vulnerable y terminan por provocar en muchos de sus miembros, especialmente en los más indefensos −niños y ancianos− un sentido de desarraigo y orfandad. La desintegración de la familia se hace eco en la fragmentación social que impide el compromiso para enfrentar enemigos comunes. Es hora de reevaluar y volver a comprometernos con nuestros objetivos.
Y uno de esos objetivos es la promoción de la mujer. Este año se cumple el vigésimo quinto aniversario de la Conferencia de Beijing sobre la Mujer. En todos los niveles de la sociedad las mujeres están jugando un papel importante, con su contribución única, tomando las riendas con gran coraje en servicio del bien común. Sin embargo, muchas mujeres quedan rezagadas: víctimas de la esclavitud, la trata, la violencia, la explotación y los tratos degradantes. A ellas y a aquellas que viven separadas de sus familias, les expreso mi fraternal cercanía a la vez que reitero una mayor decisión y compromiso en la lucha contra estas prácticas perversas que denigran no sólo a las mujeres sino a toda la humanidad que, con su silencio y no actuación efectiva, se hace cómplice.
Señor Presidente:
Debemos preguntarnos si las principales amenazas a la paz y a la seguridad como, la pobreza, las epidemias y el terrorismo, entre otras, pueden ser enfrentadas efectivamente cuando la carrera armamentista, incluyendo las armas nucleares, continúa desperdiciando recursos preciosos que sería mejor utilizar en beneficio del desarrollo integral de los pueblos y para proteger el medio ambiente natural.
Es necesario romper el clima de desconfianza existente. Estamos presenciando una erosión del multilateralismo que resulta todavía más grave a la luz de nuevas formas de tecnología militar[16], como son los sistemas letales de armas autónomas (LAWS), que están alterando irreversiblemente la naturaleza de la guerra, separándola aún más de la acción humana.
Hay que desmantelar las lógicas perversas que atribuyen a la posesión de armas la seguridad personal y social. Tales lógicas sólo sirven para incrementar las ganancias de la industria bélica, alimentando un clima de desconfianza y de temor entre las personas y los pueblos.
Y en particular, “la disuasión nuclear” fomenta un espíritu de miedo basado en la amenaza de la aniquilación mutua, que termina envenenando las relaciones entre los pueblos y obstruyendo el diálogo[17]. Por eso, es tan importante apoyar los principales instrumentos legales internacionales de desarme nuclear, no proliferación y prohibición. La Santa Sede espera que la próxima Conferencia de Revisión del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP) resulte en acciones concretas conformes con nuestra intención conjunta «de lograr lo antes posible la cesación de la carrera de armamentos nucleares y de emprender medidas eficaces encaminadas al desarme nuclear»[18].
Además, nuestro mundo en conflicto necesita que la ONU se convierta en un taller para la paz cada vez más eficaz, lo cual requiere que los miembros del Consejo de Seguridad, especialmente los Permanentes, actúen con mayor unidad y determinación. En este sentido, la reciente adopción del alto al fuego global durante la presente crisis, es una medida muy noble, que exige la buena voluntad de todos para su implementación continuada. Y también reitero la importancia de disminuir las sanciones internacionales que dificultan que los Estados brinden el apoyo adecuado a sus poblaciones.
Señor presidente:
De una crisis no se sale igual: o salimos mejores o salimos peores. Por ello, en esta coyuntura crítica, nuestro deber es repensar el futuro de nuestra casa común y proyecto común. Es una tarea compleja, que requiere honestidad y coherencia en el diálogo, a fin de mejorar el multilateralismo y la cooperación entre los Estados. Esta crisis subraya aún más los límites de nuestra autosuficiencia y común fragilidad y nos plantea explicitarnos claramente cómo queremos salir: mejores o peores. Porque repito, de una crisis no se sale igual: o salimos mejores o salimos peores.
La pandemia nos ha mostrado que no podemos vivir sin el otro, o peor aún, uno contra el otro. Las Naciones Unidas fueron creadas para unir a las naciones, para acercarlas, como un puente entre los pueblos;usémoslo para transformar el desafío que enfrentamos en una oportunidad para construir juntos, una vez más, el futuro que queremos.
[13]Mensaje a los participantes en el XXV período de sesiones de la Conferencia de los Estados Parte en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, 1 de diciembre de 2019.
Un profesor interino asume la tarea de ser tutor de sexto de primaria en un pueblo completamente desconocido para él. Cuando descubre que tiene que reintegrar a un alumno enfermo en el aula, se encuentra con un problema aún mayor: ninguno de sus compañeros quiere que vuelva a clase.
La cinta ofrece una visión realista y ello sin quitar hierro a problemas que puede encontrarse un profesor en el aula, como el acoso escolar; y muestra que un buen profesional sabe evaluar las opciones, y poner en práctica soluciones imaginativas que funcionen. Homenaje sentido a los docentes, acierta al reflejar que éste no sólo tiene la misión de inculcar conocimientos, sino que debe transmitir valores, como la necesidad de perdonar. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ