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TALLER DE ORACIÓN: "PAZ INTERIOR Y MISERICORDIA" para señoras

  • Predicadores: P. Evaristo Sada, L.C. y P. Ignacio Camarena, L.C.
  • Fechas: 27 de septiembre (10:00 am) -29 de septiembre (12:30 pm)
  • Lugar: CIDEM - Amecameca, Edo. de México
  • Informes: Carola Grove y Everardo González (cursos@caesc.com - (55) 55201366)

 

RENOVACIÓN MATRIONIAL Y TALLER DE ORACIÓN: "PAZ INTERIOR Y MISERICORDIA" para matrimonios

  • Predicadores: P. Evaristo Sada, L.C. y P. Ignacio Camarena, L.C.
  • Fechas: 30 de septiembre (10:00 am) -2 de octubre (12:30 pm)
  • Lugar: CIDEM - Amecameca, Edo. de México
  • Informes: Carola Grove y Everardo González (cursos@caesc.com - (55) 55201366)

 

TALLER DE ORACIÓN: "PAZ INTERIOR Y MISERICORDIA" para señoras

  • Predicadores: P. Evaristo Sada, L.C. y P. Ignacio Camarena, L.C.
  • Fechas: 27 de septiembre (10:00 am) -29 de septiembre (12:30 pm)
  • Lugar: CIDEM - Amecameca, Edo. de México
  • Informes: Carola Grove y Everardo González (cursos@caesc.com - (55) 55201366)

 

RENOVACIÓN MATRIONIAL Y TALLER DE ORACIÓN: "PAZ INTERIOR Y MISERICORDIA" para matrimonios

  • Predicadores: P. Evaristo Sada, L.C. y P. Ignacio Camarena, L.C.
  • Fechas: 30 de septiembre (10:00 am) -2 de octubre (12:30 pm)
  • Lugar: CIDEM - Amecameca, Edo. de México
  • Informes: Carola Grove y Everardo González (cursos@caesc.com - (55) 55201366)

 

5:40 p.m. ,
Meditación: La piedad de Dios

IV Domingo de Cuaresma

(Jos 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2 Cor 5, 17-21; Lc 15, 1-3. 11-32)

"Q

uienes anunciaron la verdad y fueron ministros de la gracia divina; cuantos desde el comienzo hasta nosotros trataron de explicar en sus respectivos tiempos la voluntad salvífica de Dios hacia nosotros, dicen que nada hay tan querido ni tan estimado de Dios como el que los hombres, con una verdadera penitencia, se conviertan a él. (…) Consideró como padre excelente a aquel hombre que esperaba el regreso de su hijo pródigo, al que abrazó porque volvía con disposición de penitencia, y al que agasajó con amor paterno, sin pensar en reprocharle nada de todo lo que antes había cometido” -San Máximo el Confesor.

¿Quién no conoce alguna representación del pasaje evangélico que narra el retorno a casa del hijo menor? Se ha convertido en el icono de la misericordia y de la conversión. Y la revelación del amor entrañable de Dios.

Texto bíblico: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. (Lc 15, 20)

El Papa Francisco, se refiere al texto evangélico, cuando comenta: “La parábola ofrece una profunda enseñanza a cada uno de nosotros. Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas deviene la expresión más evidente del amor misericordioso y para nosotros cristianos es un imperativo del que no podemos prescindir” (MV 9).

Pensamiento

Desde las parábolas del Evangelio de San Lucas, no hay excusa para no volver al abrazo entrañable de la misericordia. Nadie podrá decir a mí no me alcanza el abrazo de Dios, su perdón.

Oración

«No insistas en que te abandone y me separe de ti, porque donde tú vayas, yo iré, donde habites, habitaré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios” (Rut 1, 16).

Propuesta

Vuelve al Señor, no te justifiques nunca en tu debilidad. Él es más que tu posible pecado y se conmueve cuando nos reconocemos menesterosos.

 

  • oración
  • meditación
  • misericordia

10:22 a.m. ,
Silencios malos y silencios buenos II

Los silencios positivos

M

encionamos anteriormente todo un conjunto de silencios negativos. Sin embargo, también existen silencios positivos, que proceden y son consecuencia de la vivencia plena de alguna virtud cristiana.

¿Quién, por ejemplo, no se conmueve al ver a una mamá ante la cuna de su hijo? Mira el don de su hijo en absoluto silencio y su mirada expresa todo el amor que lleva en el corazón. Lo mismo ocurre con esos ancianos que tras años de fidelidad matrimonial están el uno junto al otro en silencio pero con una aureola de amor que es admiración de tantos jóvenes. En la medida que el amor se convierte en comunión, surge el silencio, ámbito que respeta, protege y asegura el amor mutuo.

Silencio de Jesús

El amor, además de crear unión con el amado, genera paz interior y armonía en las relaciones con los demás. Y esta paz se convierte también en silencio. Así lo vivió Cristo ante las acusaciones falsas que padeció durante los juicios con los sumos sacerdotes. Su paz y serenidad interior, aunadas al amor hacia todos los hombres, incluso a sus enemigos y a quienes le hacían mal, se convierte en silencio paciente, en silencio que intercede por aquellos que le culpan falsamente.

Silencio de asombro

Otro silencio, quizá más sencillo pero que el mundo va olvidando, es el que procede del asombro, de la admiración, de la alegría ante las cosas, las circunstancias y las personas. ¡Quién no se queda extasiado, en silencio, ante la grandeza y belleza de un paisaje natural, ante la calma e inmensidad de un mar, ante la variedad de líneas, fruto de la alternancia de valles y montañas con su rica vegetación, ante los variados colores que forman las sombras de las nubes y la luminosidad del sol! ¡Quién no admira, también, embelesado en su silencio, el buen obrar de una persona! Era el silencio de Jesús que descubría en todas las criaturas -en las flores del campo, en las aves del cielo- el guiño cariñoso de su Padre de Dios. Y su admiración ante la hermosura espiritual de aquel joven que había cumplido siempre los mandamientos se convierte en mirada silenciosa y llena de amor.

Silencio de fe

Si el silencio es fruto de la admiración ante la grandeza de la creación y de las personas, la virtud de la fe es el asombro ante el misterio de Dios. Por eso, la fe y el contacto con Dios generan silencio. Fue el silencio en la fe de María de Nazaret ante el misterio de que todo un Dios se hiciera morada en su seno; el silencio en la fe de María del Calvario ante el amor inmenso que veía en su Hijo Dios ante las injusticias del pueblo y del mundo. Es el silencio del alma creyente al percibir el insondable amor que Dios la tiene.

Silencio de humildad

En fin, hablemos también del silencio de la humildad. Es decir, del silencio que produce la propia verdad, inmensa por ser don de Dios pero mísera al lado de Dios mismo. Es el silencio que esconde toda la grandeza divina en un corazón humano como el de María. Es el silencio de un Dios amor que se oculta en la sonrisa del Niño de Belén. Es el silencio de la misericordiosa humilde y divina de Dios en el momento abominable de la cruz. Es el silencio del anonadamiento total de un Dios mismo cuando es puesto en la oscuridad del sepulcro.

Ejercitemos los silencios positivos pero, para ello, cultivemos las virtudes cristianas del amor, de la paz, del asombro, de la fe, de la humildad. Huyamos del mal, en sus manifestaciones silenciosas y nocivas para nuestra vida cristiana.

¡Virgen del silencio, ayúdanos!

(Ir a la primera parte: los silencios negativos)


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  • silencio
  • oración

4:26 p.m. ,
Consagración a la divina misericordia

A

provechando la iniciativa del Papa Francisco para convocar el Jubileo de la Misericordia, proponemos hacer una Consagración a la Divina Misericordia, basada en el modelo de la Consagración a María de San Luis Grignon de Montfort.

Estos 33 días de preparación de nuestro corazón a dicha consagración, pretenden hacernos más conscientes del amor que Dios nos tiene, enseñarnos a confiar cada día menos en nosotros mismos y nuestras propias fuerzas, y más en Dios y su amor omnipotente, para poder así ser nosotros mismos imagen del amor misericordioso con los demás; especialmente en este año de gracia, pues así dijo Cristo a Santa Faustina: “las gracias de mi Misericordia se toman con un solo recipiente y este es la confianza”. (Diario La Divina Misericordia en mi Alma. Núm. 1578)

Cuando ejercitamos la docilidad y el abandono a la voluntad de Dios, basados en la fe y la confianza, dejaremos a Dios actuar en nuestras vidas y en nuestro corazón reinará la serenidad, la alegría y la paz de saber que somos todos de Él.

El mundo tiene necesidad de la misericordia. Respondamos al llamado del Santo Padre que nos dice “¡Ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros”. (Misericordiae vultus 5)

Te invitamos a hacer tu Consagración al Amor misericordioso del Padre. ¿Nos acompañas?

Puedes descargar aquí la consagración a la Divina Misericordia.


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  • oración
  • divina misericordia

8:09 p.m. ,
Meditación: La paciencia divina

Tercer domingo de Cuaresma

(Ex 3,1-8ª.13-15; Sal 102; 1Cor 10, 1-6.10-12; Lc 13, 1-9)

Año de la misericordia

"P

ara llegar a una vida perfecta, es necesario imitar a Cristo, no sólo en los ejemplos que nos dio durante su vida, ejemplos de mansedumbre, de humildad y de paciencia, sino también en su muerte, como dice Pablo” (San Basilio Magno)

La paciencia divina

En la Biblia la higuera significa la sinagoga, y Jesús, después de tres años de vida pública, denuncia, de alguna manera, la esterilidad del judaísmo, pero en la parábola Jesús apuesta por alargar el plazo, a ver si por fin la higuera da fruto. Y esto mismo hace con nosotros.

Texto bíblico: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?" Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas"».

El papa Francisco en la Bula nos ofrece una forma actual de practicar las obras de misericordia, entre ellas la paciencia. “… se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; (…) si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de odio que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas” (MV 15).

Pensamiento

Si la cólera dura un instante, la misericordia de Dios dura por siempre.

Oración

“Nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, 5 y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5, 3-5).

Propuesta

Si Dios tiene tanta paciencia, tenla tú contigo mismo.


Agradecemos esta aportación a Don Ángel Moreno de Buenafuente.

  • oración
  • cuaresma

1:00 a.m. ,
Meditación: Año de la misericordia

II Domingo de Cuaresma

(Gén 15, 5-12.17-18; Sal 26; Fip 3,17-4,1; Lc 9, 28b-36)

"E

n efecto, ya se trate de cumplir los mandamientos o de tolerar las adversidades, nunca debe dejar de resonar en nuestros oídos la palabra pronunciada por el Padre: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadle” (San León Magno).

El secreto de la vida de Jesús es la relación con su Padre Dios, manifestado en el Monte Alto, con la declaración: “Este es mi Hijo, el amado”. El mosaico del Monte Tabor representa la Transfiguración de Jesús, quien se reviste de luz, al mismo tiempo que anticipa su Pasión, clara alusión al Misterio Pascual.

Texto bíblico

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz, desde la nube decía: -«Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»

El papa Francisco alude al Misterio Pascual: “En la muerte y resurrección de Jesucristo, Dios hace evidente este amor, que es capaz incluso de destruir el pecado de los hombres. Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia”.

Pensamiento

Vivimos una Pascua continua y sucesiva. La experiencia de debilidad y de misericordia nos permite gustar la muerte y la vida; la oscuridad y la luz; el peso y la liberación de nuestras culpas.

Oración

No hemos recibido un espíritu de siervos, para recaer en el temor. Este mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos también heredero, coherederos con Cristo, herederos de Dios.

Propuesta

No te olvides nunca de que Dios te reconoce, en Jesucristo, como su propio hijo, a quien siempre puedes acudir e invocar como Padre. Dice el texto evangélico: ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?» (Lc 11, 11-13).


Agradecemos esta aportación a Don Ángel Moreno de Buenafuente.

  • oración
  • Año de la misericordia

1:04 a.m. ,
Silencios malos y silencios buenos I

Los silencios negativos

Hasta ahora hemos expuesto, lo que se podría llamar, la espiritualidad del silencio y, más importante aún, la pedagogía formativa para alcanzar esta virtud tan necesaria en la vida espiritual. En los siguientes capítulos expondremos algunos temas conclusivos sobre el silencio.

En la vida, también en la vida de la persona consagrada, hay muchos momentos de silencio. Pero no todos tienen la misma importancia y valor. Incluso algunos silencios pueden ser negativos y manifiestan falta de virtud.

Silencio por timidez

Entre los silencios, que podríamos denominar negativos, uno que se advierte con frecuencia en el apóstol, o entre religiosos y religiosas, es el provocado por la timidez. Nos quedamos callados por considerarnos incapaces, sin cualidades, no aptos para tantas posibles encomiendas. El miedo de hacer algo mal, de equivocarnos, de fracasar, de errar, de que los demás nos puedan señalar como incapaces, de poca valía… nos atenaza y amedrenta. Paraliza nuestra lengua, nuestro pensar. No nos atrevemos a hablar. Hacemos silencio. Indudablemente éste no es un silencio virtuoso, no es un silencio que proceda de virtud alguna, sino que hunde su raíz, precisamente en una falta de virtud. Ya Cristo nos lo advirtió en sus sentidas palabras a los apóstoles al afirmar que los hijos de las tinieblas y de mal son más astutos que los hijos de la luz y al invitar a ser sagaces a la vez que sencillos como palomas.

Silencio por miedo

Un parecido silencio es el provocado por el miedo. Si la timidez era fruto de la visión que uno tiene de sí mismo, el miedo, en cambio es generado por elementos externos que fungen como amenazas para nuestra vida. Un ejemplo evangélico típico de miedo es el silencio de Pilatos ante las amenazas de los sumos sacerdotes. En nuestras comunidades ocurren escenas similares. No son pocos los católicos que interesados por la verdad, como el procurador romano, callan y silencian para no ser malinterpretados o para que no piensen de él que es demasiado piadoso, u ocultan su pensar y dudas interiores para no ser acusado de rebeldía o de poco fervor.

Silencio por envidia

Pero hay silencios peores. Uno de ellos es el que tiene por origen la envidia. Este vicio capital silencia las cualidades ajenas, no sabe alabar, ponderar ni reconocer los méritos de los demás. Las personas envidiosas no pueden admirar y reconocer el bien que hay en el otro. Nuestras comunidades no están exentos de esta debilidad, como lo experimentaron también los discípulos de Jesús cuando impidieron predicar y hacer milagros en nombre del Mesías a aquellos que no eran de los suyos. Jesús, con la bondad que le caracterizaba, invitó a sus seguidores a reconocer que todo lo que es bueno procede de uno modo u otro del Padre.

Silencio por orgullo

La pasión del orgullo es también padre de silencios negativos. Uno de sus hijos más común es el silencio de la indiferencia, perfectamente descrita por el Señor en aquel sacerdote y levita que, antes del buen samaritano, pasaron junto al peregrino herido por los ladrones. La persona orgullosa se considera más que los demás, los mira por encima del hombro, no se interesan de las necesidades ajenas, no les importa la situación del hermano. En ocasiones así nos pasa en la comunidad o ante la sociedad: somos fríos, indiferentes, guardamos silencio ante el mal de nuestros compañeros.

Silencio por la culpa

Otro silencio, hijo también del orgullo, es el sentido de culpa. El sentirse culpables, con o sin razón, produce uno de los silencios más peligros. Si la indiferencia es el silencio ante las necesidades de los demás, la culpabilidad produce algo mucho más grave: el silencio con Dios. Ese fue el gran defecto de Judas. Él fue consciente del error que había cometido y por ello devolvió las monedas al sinedrio. Pero su orgullo, en vez de invitarle a hablar, arrepentido, con el Maestro, lo llevó al silencio de la culpabilidad y de ahí a la desesperación. Evitemos este falso silencio ante los propios errores, debilidades, caídas y pecados.

El odio por rencor

Pero el silencio más negativo, el más atroz, es el que vive constantemente el demonio. Es el silencio calculador del odio y del rencor. En el demonio estas pasiones se convierten en silencio. Él vive, como tradicionalmente se dice, escondido, silencioso, camuflado entre las rendijas de los conventos, monasterios y casas religiosas. Su silencio no deja de maquinar tentaciones, observa callado las diversas circunstancias. Espera con un silencio paciente el momento más débil de cada alma; calcula, acecha y actúa, ordinariamente escondido en circunstancias y personas que no podíamos imaginarnos. Y tras cada tentación superada por el hombre, se retira al silencio de su cólera hasta un momento más propicio. Así actúa también el religioso o religiosa que no domina la pasión de la ira, del odio, del rencor… enmudece con el corazón lleno de amargura y calcula el momento más oportuno para salirse con la suya.

(Continuaremos la próxima semana con los silencios positivos)


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  • oración
  • silencio
  • miedo

9:30 p.m. ,
Meditación: El auxilio de la Palabra

I Domingo de Cuaresma: la Palabra

(Dt 26,4-10; Sal 90; Rom 10,8-13; Lc 4,1-13) 

"¡A

y de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! Contienden también mis tristezas malas con mis gozos buenos, y no sé a quién se ha de inclinar el triunfo. ¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! Yo no te oculto mis llagas. Tú eres médico, y yo estoy enfermo; tú eres misericordioso, y yo soy miserable” (San Agustín).

El desierto no es solo el lugar áspero, terrible, donde se experimenta la tentación; es también el lugar de la intimidad con Dios, donde se escucha la Palabra en lo más profundo del ser.

Texto bíblico: "No sólo de pan vive el hombre" (Lc 4,4). “La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón” (Rom 10,8).

El papa Francisco, para este tiempo de Cuaresma, recomienda de manera especial la meditación de las obras de misericordia: “La Cuaresma de este Año Jubilar pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar”.

La tentación se supera al contemplar el testimonio de Jesús, Él nos ha dejado los instrumentos de la oración, el ayuno y la limosna, pero en caso de ser víctima de la propia debilidad, san Bernardo nos enseña: “Si cometo un gran pecado, me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor”.

PROPUESTA: Toma el bordón de la lectura de algún libro que te pueda ayudar, y si te es posible, ten la referencia diaria a los textos litúrgicos.


 Agradecemos esta aportación a Don Ángel Moreno de Buenafuente.

  • oración
  • Escrituras
  • cuaresma

3:26 p.m. ,
El silencio en el apostolado II

Silencio de los frutos

D

e cara al trabajo apostólico hay un silencio muy necesario: el silencio de los méritos y frutos. Como instrumento debo quedar en el anonimato. Es Dios quien hace posible los frutos: a Él pertenece todo el mérito. Y es cada alma la que, después de una gran lucha, se ha dejado modelar por Dios: a ella pertenece el mérito de la respuesta. Y al instrumento, ¿no le pertenece nada del éxito? Sí, pero no el éxito de los frutos o el éxito de la respuesta, sino el éxito de haber sido puente, pasarela. Y ¿cómo saber si ante los frutos apostólicos me limito a ser puente o voy más allá?

Ofrezco dos puntos de respuesta y de examen. En la medida que haga silencio de alabanzas y reconocimientos ¿Espero alabanzas y reconocimientos por el trabajo que realizo? Si es así, significa que usurpo el lugar de Dios al considerarme causa de los frutos alcanzados. En segundo lugar, en la medida que haga silencio de frustraciones y fracasos ¿Cuándo no hay frutos, me siento un apóstol fracasado y frustrado, me desanimo? Si fuera así, significa que tomo el lugar de las almas, pensando que la respuesta a la acción de Dios depende de mí.

Silencio en el afecto

Respecto a la relación con las almas, el apostolado exige otro silencio. Podría llamarlo el silencio de los sentimientos y afectos hacia las almas. A propósito he dicho “podría llamarlo” pues el término “silencio de sentimientos y afectos hacia las almas” requiere ser aclarado. La acción apostólica no debe ser fría y descarnada. El apóstol debe ser instrumento transmisor del amor de Dios; en consecuencia, las almas deben sentir el amor, el afecto y el cariño del apóstol. Pero el apóstol debe hacer silencio de dicho amor, sentimiento y afecto en su corazón ¿Qué quiere decir esto? Que no debe anteponer su amor, su sentimiento y su afecto a la acción divina que se opera por medio de él. Es decir, el apóstol debe ser fiel a la doctrina divina y de la Iglesia, no obstante sangre el corazón al ver un alma sufrir a causa de su pecado y de su obrar errado. El apóstol debe dejar a un lado sus almas cuando Dios le pide orar con Él, atender a los demás miembros de la comunidad o familia, vivir con fidelidad su horario y disciplina religiosa. Cuando el apostolado y las almas crean dificultad en la propia oración, consagración y vida comunitaria, significa que las almas hacen ruido en el interior, significa que no sabemos hacer silencio de ellas, que ellas nos dominan en vez de dejarnos dominar, como instrumentos que somos, por el artista Dios.

Silencio para Dios

Hemos hablado del silencio en relación a nosotros mismos como instrumentos, en relación a las almas a quienes van destinadas nuestra acción apostólica. Pero falta Dios, falta el silencio en relación al artista. ¿Podemos hablar del silencio de Dios en el apostolado? Indudablemente que sí. Más aún, el silencio de Dios es la condición para poder hablar de apostolado. El silencio de Dios, ese Dios que se hace silencio, que se esconde en el apóstol, que actúa, escondido y silencioso, por medio del hombre y la mujer apóstol es la condición indispensable para que pueda existir la acción apostólica.

¡Qué bien lo expresó la Virgen María! “Me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí”. Ésta debe ser la gran oración y profesión de fe de todo apóstol. Profesión de fe que incluye el silencio de uno mismo como instrumento pues sabe que toda la acción apostólica depende de Dios; que incluye el silencio de los frutos apostólicos, pues sabemos que éstos dependen de la respuesta de las almas. Y sobre todo incluye la gran profesión de fe en la humildad de Dios que ha querido encarnarse en el apóstol y, desde la miseria de cada uno de nosotros, amar y salvar a toda la humanidad.

Ver la primera parte


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  • silencio
  • apostolado
  • oración

8:18 p.m. ,
Meditación: Misioneros de la misericordia

V Domingo del tiempo ordinario

(Is 6,1-2a.3-8; Sal 127; 1Cor 15, 1-11; Lc 5, 1-11)

Estamos a punto de entrar en el Tiempo de Cuaresma y el texto bíblico nos propone las vocaciones de Isaías, de Simón Pedro y de su hermano, Andrés. La Palabra de Dios que se proclama este domingo parece que adelanta la intención del papa Francisco de enviar, como signo especial, a los misioneros de la misericordia, el próximo miércoles de ceniza: “Durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar los Misioneros de la Misericordia. Serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia por el Pueblo de Dios” (MV 18).

Aquí estoy, Señor

En ambos casos de las lecturas bíblicas, los elegidos reaccionan con la misma actitud de sorpresa, porque no ven razón personal para tal honor. El profeta, al hacerse consciente de la visión, se siente morir, porque le parece incompatible su identidad de pecador con la experiencia luminosa de gracia. Pero el Señor le responde: -«Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.» Entonces, escuché la voz del Señor, que decía: -«¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?» Contesté: -«Aquí estoy, mándame.»

Simón Pedro, ante la pesca milagrosa, se echa a los pies de Jesús: Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: -«Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» A lo que el Maestro le responde: -«No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»

No nos resistamos al llamado

La llamada es más fuerte que la debilidad, el profeta declina toda resistencia, y de manera abierta y disponible, responde: “Aquí estoy, mándame”. Y Simón Pedro, como gesto comprometido, junto con su hermano, “sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”.

La conclusión parece evidente: si Jesús nos llama, no deberemos resistirnos, ni siquiera escudados en nuestra pobreza y debilidad. Cabe incluso que en la providencia divina, el elegido haya tenido que sufrir la experiencia de su fragilidad, para convertirse en verdadero misionero de la misericordia.

Signos de la misericordia

San Benito, en su Regla, anticipa que el Señor, que comienza en nosotros su obra, Él mismo la lleva a término. “Ante todo, cuando te dispones a realizar cualquier obra buena, pídele con oración muy insistente y apremiante que él la lleve a término” (Prólogo 4). El salmista expresa: “Tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”.

Tú puedes ser un signo de la misericordia divina. No lo rehúses por creerte pecador, la gracia de Dios es mayor que la pobreza de la fragilidad. Deja que a través de ti el Señor prolongue su misericordia.


Agradecemos esta aportación a Don Ángel Moreno de Buenafuente.

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12:15 a.m. ,
Nunca dejes la oración

El camino real de la oración

En el libro que Santa Teresa dedicó a las carmelitas de San José de Ávila para estimularlas en el camino de la perfección religiosa, ella dice que es preciso hacer oración “con una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera me muera en el camino … siquiera se hunda el mundo” (Camino de Perfección 35, 2).

Santa Teresa habla de la oración como del asunto que más importa en la vida, como aquél del que depende lo más importante, que es la misma salvación eterna. Ella conocía muy bien lo necesaria que era la gracia de Dios en la vida espiritual, pero al mismo tiempo, por experiencia propia, era consciente del valor de la oración y de las grandes tentaciones de quien comienza a hacer oración tiene que afrontar en el camino.

Sus implicaciones

Teresa llama la oración el “camino real para el cielo”. Por eso ha comprendido que en la oración se está jugando no sólo la fidelidad a una vocación religiosa sino la misma salvación eterna. Esta misma visión de la realidad espiritual era la que le llevaba a San Alfonso María de Ligorio a afirmar que “quien ora, se salva; quien no ora, se condena”. Quien quiera caminar por la vía de la oración necesita tener, según Santa Teresa, “una determinada determinación” y perseverar en ella costara lo que costase.

La vida de oración no puede quedar a la veleidad del capricho, ni del sentirse bien o mal. Requiere disciplina, fuerza de voluntad, energía y determinación para no abandonarla por más obstáculos que se encuentren en el camino. ¿Hoy me siento más desganado para hacer oración? Haz oración de todos modos. Trata incluso de hacerla con más fervor. ¿Hoy no tengo las condiciones externas para hacer oración? Busca un lugar, un momento, un espacio aunque sea interior para no dejarla. ¿Hoy no me siento bien de salud? Haz el tipo de oración que puedas según tu condición de salud, pero no dejes de orar. La oración debe ser un camino que, una vez iniciado, no se abandona hasta llegar al cielo: es un camino real para el cielo. ¿Hoy he tenido una caída grave en el pecado? Ora para pedir la misericordia divina y poder levantarte.

Nunca dejes la oración

No nos sorprendamos de que casi todos los días encontraremos dificultades para orar. Algunas vendrán de fuera; otras de dentro. No importa. Aunque “se hunda el mundo” no dejes la oración porque abandonarías el camino real para el cielo. ¡Cómo nos ayuda esta determinación en la oración! ¡Y cómo el demonio quiere hacernos huir de ella, debilitando la voluntad y aceptando las mil excusas que tendremos para no orar! Teresa sabía el bien que producía la oración y el demonio también lo sabe, por ello él quiere alejarnos de ella. “Aunque me muera en el camino”, jamás dejar la oración. Aunque caigan a mi lado diez mil como dice el salmo, seguir adelante en el camino de la oración, que es camino seguro para el cielo; no sólo para mí sino también para quien, por voluntad divina, depende de mí en el orden de la salvación. La oración es mucho más que disciplina. Es gracia, pero requiere en nuestra voluntad una decisión, una determinación, una elección que sólo nosotros podemos hacer. Hagámosla, cueste lo que cueste, con la ayuda de la gracia de Dios. ¿Queremos llegar al cielo? Recorramos el camino real de la oración.


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7:12 p.m. ,
El silencio en el apostolado I

¿El apóstol necesita orar?

¿C

uál es la diferencia entre una actividad apostólica y una profesión? ¿Qué diferencia hay entre el trabajo que una monjita realiza en una residencia de ancianos y una asistenta social de la tercera edad? ¿Qué diferencia hay entre un religioso que ejercita su apostolado en un colegio y un maestro del estado? En ocasiones puede dar la impresión que no sabemos responder con claridad y concreción estas preguntas ¿Cuál es la respuesta? La hemos escuchado muchas veces: el apóstol, el consagrado en su apostolado, se sabe y es principalmente instrumento de otro y para otro; el profesional en su trabajo, es y será, ante todo, de y para sí mismo. Profundicemos lo dicho.

Un instrumento

El apóstol, en el ejercicio de su apostolado es un instrumento. El instrumento es algo que está en manos de otros; en nuestro caso, en manos de Dios. Pero el instrumento es, además, algo para el bien de otro. El cincel y el martillo, en manos del escultor, hacen un bien a la roca, pues gracias a ellos va tomando forma hasta convertirse en obra de arte. Al final del trabajo se admira la obra de arte y se reconoce al artista, mientras el cincel y el martillo quedan en el anonimato.

Indudablemente esta imagen es hermosa, pero tenemos que reconocer que el papel que nos toca a nosotros, los consagrados, los apóstoles, no es nada agradable desde el punto de vista humano. Por un lado estamos a merced de la mano artista de Dios, por otro no dejamos de golpear la roca de los corazones humanos y, en consecuencia, de recibir sus quejas. Finalmente todos son aparentemente recompensados menos nosotros. Por todo esto, no nos debe extrañar que la actividad apostólica pueda ser fuente de conflictos, sobre todo, interiores.

El silencio del enviado

En consecuencia, el trabajo apostólico implica una gran dosis de silencio de nosotros mismos. Etimológicamente, apóstol, significa enviado. Somos enviados, es decir, no vamos a dónde nosotros queremos sino a dónde otro quiere. De ahí la necesidad de hacer silencio de destinos. El buen apóstol, si hace silencio en su interior, no le importa uno u otro destino, sino el saberse destinado. Más aún, el silencio de destinos aplica también al trabajo que hoy se desempeña, no apegándose a él ni tampoco rechazándolo. Hoy se sabe destinado a este lugar, pero está dispuesto a ser destinado mañana a otro lugar. Lo único que le interesa es tener un destino, el destino que Dios quiere en cada momento. Hacer silencio de destinos significa también hacer silencio de todos los motivos humanos que pueden o han podido influir en los cambios que se efectúan. El religioso apóstol sabe que Dios está por encima de todo. Sólo a Él escucha, haciendo silencio de las circunstancias que rodean las decisiones humanas.

No es suficiente con acoger con fe y alegría el destino recibido. Es necesario actuar en el apostolado tal como Dios nos pide. Esto implica silencio de los propios modos de pensar y de ver las cosas para acoger los modos de actuar y obrar del carisma del instituto.

El silencio del instrumento

El saberse instrumento implica otro gran silencio en nuestra vida consagrada y de apostolado. El cincel y el martillo son siempre instrumentos, incluso cuando están colgados, serenos, en el estante. No estar en las manos del artista no significa que dejan de ser instrumentos. Así ocurre con el apóstol. Su auténtica misión no es hacer apostolado, sino ser apóstol. El consagrado apóstol necesita el silencio de hacer apostolado para vivir en verdad como lo que es: ser apóstol, instrumento de Dios, pues se es apóstol en la oración, en la vida comunitaria, en la fidelidad a la consagración, en los momentos de formación y de recreación. Siempre se es apóstol.

Silencio por las almas

El apóstol no solo debe hacer silencio por el hecho de ser instrumento. También debe callar en relación a los destinatarios de su apostolado. El apostolado no me pertenece, pertenece a Dios. Es Él quien escoge la materia que cincelar (piedra, bronce, madera…). En consecuencia, el apóstol deberá hacer silencio respecto a las almas confiadas. Éstas no son mejores o peores, son las que son, las que Dios concede para acercarlas a Él. En ese sentido, no hay un apostolado mejor o peor, sino almas que salvar y acercar al Señor.

Se requiere también silencio de nuestras previsiones con cada alma. El buen apóstol está para servir a las almas, para acompañarlas en su ritmo, en el ritmo de Dios, obedeciendo la acción que Él realiza en cada una de las almas.

(Continuará la próxima semana...)


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3:59 p.m. ,
Meditación: Declaración del amor de Cristo

IV Domingo del tiempo ordinario

(Jer 1, 4-5; Sal 70; 1Cor 12, 31-13, 13; Lc 4, 21-30)

E

ste Año de Misericordia, de Gracia del Señor, en el que se proclama de manera especial el Evangelio de San Lucas, llama a nuestra puerta, de manera insistente, la declaración de amor de Jesucristo.

Pocas expresiones llegan al corazón y modifican la relación personal con uno mismo, a pesar de verse menesteroso como las que se encuentran hoy en el profeta Jeremías. Si se da fe a la declaración del profeta, todo cambia: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré”.

Es verdad que el texto se refiere a Jeremías, pero cada uno podemos personalizar la Palabra de Dios, y sentir con el salmista: “Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías”.

A medida que se va cruzando el desierto de la existencia, más se puede acreditar la misericordia divina, la tutela permanente de Dios tiene para sus criaturas. Si a alguien se le puede aplicar la expresión paulina “el amor no pasa nunca”, es a Dios mismo. Él no se retracta de su palabra, y si se demuestra su voluntad amorosa en la existencia de cada criatura, porque todo existe en razón de la voluntad del Creador, ¡cuánto más permanece su amor en aquellos por los que su propio Hijo ha dado su vida!

Jesús de Nazaret, en la sinagoga de su pueblo, proclamó el Año de Gracia del Señor, y desde entonces hasta hoy se puede escuchar: -«Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»
Si cada uno damos crédito a la Palabra de Dios, descubriremos el realismo de su expresividad. Hoy, cada momento está abierto a la experiencia de la providencia divina, más allá de toda contingencia humana.

Intenta por un momento escuchar dentro de tí lo que te dice el Señor:
“Yo te he escogido desde antes de nacer. Yo te he puesto nombre cuando estabas en las entrañas de tu madre. Yo te he dado una vocación única, expresión de mi amor por ti”.

Hoy se cumple en tí toda la profecía. Hoy, si quieres, puedes sentir el abrazo de la gracia.
"Tú podrás resistirte. Podrás hacer la pirueta mental de ponerte a reflexionar sobre el significado de mis palabras pero, mientras tanto, lo más cierto es que yo te sigo amando”.


Agradecemos esta aportación a Don Ángel Moreno de Buenafuente.

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11:49 p.m. ,
El silencio en comunidad

El silencio en la caridad fraterna

H

ace unos meses, supe de un religioso que, al regresar de su visita familiar, expresó en comunidad la siguiente queja: “Decimos que la comunidad es nuestra familia, pero nada de eso. Acabo de estar en mi casa. ¡Qué ambiente! El amor y caridad que he recibido de mis familiares ha sido algo totalmente diverso de lo que recibo en comunidad. Ahora, al volver a la comunidad, la experimento como algo totalmente diferente de lo que viví en mi casa”.

No sé, cuantos de ustedes, consagrados y consagradas que leen estas líneas, se identifican con esa queja. Yo, debo decirlo, sentí una gran tristeza al conocer estas palabras.

La comunidad: mi familia de Dios

Como religioso que tuve que alejarme de mi casa y familia, siempre me ha interpelado la pregunta de Cristo sobre su madre y sus hermanos. Y he encontrado gran luz en la respuesta que Él mismo ofrece: “el que haga la voluntad de mi Padre, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Entendí que el seguimiento de Cristo no rompía mi corazón al alejarme de mis seres queridos sino, por el contrario, me impelía a ensancharlo para amar, como padre y hermano, a todos los que buscan al Señor.

Para vivir en comunidad, antes que nada, es necesario hacer silencio a tantas ideas desvirtuadas de comunidad que pueden pulular a nuestro alrededor. La comunidad no es, ciertamente, mi familia de origen. La comunidad es mi familia de Dios. Pero para vivir como familia de Dios hay que hacer muchos silencios.

Aprender en silencio a descubrir a Dios en sus miembros

Si la comunidad es familia de Dios, debo descubrir al Dios que hay en cada uno de sus miembros. Cada miembro es bueno pues tiene a Dios como creador; cada miembro es hijo de Dios pues el Padre lo ha acogido como adoptivo por medio del bautismo; cada miembro es esposo de Dios pues con Él, por medio de la profesión religiosa, ha creado una alianza de comunión. ¡Cuánto amor de Dios depositado en cada uno de los miembros de mi comunidad!

No soy ingenuo ni idealista. Soy consciente de los errores, descuidos, pasiones e, incluso, malicia que hay también en ellos, como lo hay en mí. Ante esta verdad, silencio, silencio. Es necesario hacer silencio en mi memoria, en mis sentimientos y, por que no, en mi imaginación, de todas esas exterioridades reales que acompañan la personalidad de mis compañeros; hacer silencio de prejuicios, fundados o no, para descubrir y tener siempre presente en la mente y el corazón la presencia divina en cada uno de mis hermanos religiosos.

Aprender en silencio a ser padre, madre y hermano

Tras esta visión sobrenatural, es necesario preguntarnos con qué actitud nos ponemos ante ellos. Es fundamental nuestra actitud para no caer en la queja del religioso que comenté al inicio. Cuando yo, religioso, visito mi familia, siempre soy el hijo o, al menos, el hermano huésped que viene de fuera. Y como tal soy tratado y me dejo tratar para no desairar a mis padres y hermanos. ¿Y cuándo regreso a la comunidad? ¡Qué triste sería que mi comunidad me tratara como huésped o como hijo! ¡Qué poca responsabilidad, por mi parte, si me dejara tratar de ese modo! Sería como un padre de familia que tras visitar a sus padres y recibir de ellos cariño y antojos, regresara a la familia, que él ha formado, exigiendo a la esposa y a los hijos el mismo trato que recibe de sus padres.

La comunidad es una familia, sí, lo es. Pero mi lugar en esa familia no es ser hijo, sino padre, madre y hermano de todos los demás miembros. A ellos me debo, soy responsable de ellos, pues de Dios he recibido a cada uno. Como unos padres reciben como don cada uno de los hijos indistintamente de sus cualidades o defectos, así cada religioso debe colocarse en comunidad con un corazón de padre y madre para acoger a los miembros de comunidad que Dios le regale, con sus cualidades y defectos, sus simpatías y antipatías. Pero esto requiere un gran silencio. Silencio de mis gustos, de mis opiniones, de mis planes y puntos de vista para acoger los gustos, opiniones, planes y puntos de vista de los demás. La comunidad, como mi familia de Dios, no es para recibir sino para dar, más aún, para darme a los demás.

Aprender en silencio a hacerse don

Demos un paso más. Cada miembro comunitario, incluido yo mismo, tenemos nuestras cualidades de personalidad o de formación. Todas ellas son dones de Dios. Todo don, además de beneficiar a quien lo recibe es don para los demás. ¡Qué triste el refrán acuñado en la vida de convento: “en comunidad no muestres tu cualidad”! No, este dicho no tiene nada que ver con el religioso que sabe hacer silencio de sus propias pretensiones para hacerse don para los demás. Será necesario hacer silencio del propio cansancio y pereza, silencio de falsas humildades para ser servidor de todos; será necesario hacer silencio de una justicia minimalista y con medida, para hacerse don al servicio de todos y cada uno de mis hermanos de comunidad.

Pero también están los dones de los demás. Dones, sí, que están al servicio mío y que de ellos me beneficiaré. Pero, también, como padre que pondera las cualidades y habilidades de sus hijos, así yo seré pedestal que ensalce los dones que mis hermanos han recibido. Para ello será necesario hacer silencio de envidias, vanidades y comparaciones.

Aprender en silencio a perdonar

No podemos olvidar los defectos. Siempre están ahí. En los demás y en uno mismo. Sería un idealismo pensar o pretender que en la vida comunitaria no existiera esta realidad con todas sus diversas manifestaciones y consecuencias: errores, fallos, perezas, equivocaciones, individualidades, malos entendidos, descuidos, olvidos, susceptibilidades, despistes, egoísmos, irresponsabilidades, comparaciones, y un largo etcétera. ¿Qué hacer con esta larga lista de defectos y dificultades que aparecen en la convivencia? Lo mismo que hay que hacer en cualquier otro tipo de convivencia humana pues ninguna está exenta de estas situaciones.

Recuerdo una joven que en una ocasión se me describió como una rosa. “Soy, decía, una joven con cualidades, con hermosos pétalos, forma y fragancia, pero también ¡con unas espinas!”. Así es, la comunidad es un manojo de rosas que juntas ofrecen una imagen hermosa y gustosa, pero que encierra frecuentes roces, pinchazos y heridas. ¿Qué hacer?

Silencio para aceptarnos

Considero necesarias dos actitudes personales. En primer lugar, de cara a los propios defectos se requiere una actitud de trabajo y superación junto con un sano realismo. Es decir, hay que reconocer que los defectos personales, sobre todo si son de temperamento pero también si son adquiridos, no son superables en su totalidad. Esto implica trabajo serio y exigente por formar hábitos contrarios al defecto, pero también hacer silencio de nuestras ínfulas de perfeccionismo con el fin de aceptarnos como somos, no obstante el mal que podamos hacer a los demás, con nuestras espinas personales.

Silencio para aceptar y crecer

¿Y de cara a los defectos ajenos? Si la otra persona fuera, en verdad, una rosa, la primera recomendación sería evitar coger la rosa por donde tiene una espina. ¿Qué significa esto en la práctica del trato personal? Pues significa hacer silencio de todas las circunstancias negativas enumeradas hace poco. Hacer silencio no significa ignorarlas sino acallarlas en el interior, no darles vueltas, no estar constantemente pensando en ellas, sobre todo si no está en nuestras manos, como ocurre frecuentemente, la solución y superación de tales hechos. Muchas veces, ciertos miembros de la comunidad parece que les encanta volver y volver sobre lo negativo que hay en la convivencia religiosa.

Pero hay otro modo de enfrentar los defectos ajenos. Se trata de acogerlos como retos y posibilidad de crecer en la caridad. Cada defecto o circunstancia negativa que surja en la convivencia comunitaria es una oportunidad para ensanchar el propio corazón de modo que en él pueda entrar también las personas con ese defecto. Es necesario hacer silencio de las quejas pues quejarse del modo de ser del otro es no querer superarse a sí mismo. Por el contrario mantenerse en el respeto y la caridad cuando se experimenta las deficiencias ajenas es tomar en serio el amor a los enemigos y la caridad universal que Cristo enseñó.

Conclusión. Formar la virtud del silencio, además de ayudar en la relación con Dios, nos ayudará también para promover la vida de caridad en la comunidad.

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5:32 p.m. ,
Meditación: El año de la misericordia

III Domingo del tiempo ordinario

(Neh 8,2-4ª.5-6.8-10; Sal 18; 1 Cor 12, 12-30; Lc 1, 1-4.14-21)

El papa Francisco nos lo viene recordando copiosamente: este Año de Gracia, año de Misericordia. Fundándose en el Evangelio que hoy se proclama, anunció este Año de Gracia, Año Santo. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.»

El tiempo del Adviento y de la Navidad es suficientemente fuerte, y las celebraciones litúrgicas se han centrado en los misterios del advenimiento, nacimiento y manifestación de Jesucristo.

Al llegar el Tiempo Ordinario, la Palabra de este domingo nos recuerda de manera más viva la doble invitación que nos ha hecho el Papa: mediante las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales a lucrarnos de las gracias especiales del Año Santo, y a ser mediación y mano alargada de la bondad de Dios para los que más puedan necesitar ayuda.

La Palabra de Dios nos invita a aprovechar el año de la misericordia

Como si la liturgia quisiera mantenernos en clima festivo a pesar de haber vivido, tan recientemente, la Navidad, nos invita, en clave del Año de Gracia, a gustar de la bondad del Señor: «Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.»

¡Cómo consuelan las palabras de Francisco, que no son sino eco de la alegría del Evangelio! El salmista nos hace repetir: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.” La vida que se experimenta cuando nos dejamos consolar por Jesucristo, quien en la sinagoga de Nazaret proclama sus señas de identidad, que son la ternura, la compasión, la proximidad a todos los que sufren.

Hay un gozo que se desprende de nuestra identidad de bautizados, por sabernos miembros de la familia de Dios. San Pablo afirma algo que en su tiempo era verdaderamente revolucionario: “Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”.

La dignidad de la persona viene ofrecida por el don bautismal, y originalmente por la voluntad del Creador de hacernos a todos a imagen de su Hijo.

No dejemos pasar el Año de Gracia del Señor. Las circunstancias sociales, familiares y personales nos ofrecen tanto la posibilidad de para acogernos a la misericordia del Señor, como de ser signo de su amor en nuestro entorno.


Agradecemos esta aportación a Don Ángel Moreno de Buenafuente.

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2:41 p.m. ,
Orar con María

Necesitamos a una madre que nos enseñe a orar

Muchas cosas no nos salen si las hacemos solos. Necesitamos a los demás. Necesitamos aprender. Y la oración es un arte que requiere una profunda humildad porque parece que necesita un volver a empezar, un aprender siempre de nuevo, una conquista que hay que realizarla cada día.

Precisamente el mérito de la oración es que nos devuelve el alma de niños, que nos hace siempre tener un corazón dispuesto a maravillarse por la vida, por lo bello, por la luz, por el aire, por la bondad; que nos devuelve la capacidad de sorprendernos, de tener el estupor de que hablaba Juan Pablo II. Pero esto requiere un reconocerse niño, un saberse siempre necesitado, un reconocerse mendigo, un corazón contrito y humillado. Y por eso es que necesitamos en la oración la presencia y la compañía de María.

Es más fácil orar con Ella. Con Ella orar sale espontáneo porque con Ella nos podemos dirigir a su Hijo en toda confianza, sin rodeos inútiles, sin palabras que sobran. Podemos dejar que el corazón se exprese con ese lenguaje que es inteligible a todo ser que ama y que desea ser amado.
Por eso orar al lado de María es un atajo para penetrar en el castillo interior de la oración. Ella no te molesta. Ella te deja ser como eres. Ella te alienta, te apoya, te estimula, te da esa forma ligera de hacer las cosas que viene del corazón que ama.

La oración de María

María vivía en continua oración, en continuo diálogo interior con su Hijo. Ella captaba los latidos del corazón de su Hijo como ningún ser humano lo ha hecho ni podrá hacer porque era el amor de Madre que iluminaba su vida, que era capaz de conocer lo que la mente no podía penetrar, por ser demasiado grande. Y Jesús se acostumbró también a este diálogo. Él vivió arropado del calor y de la luz del Corazón de María y entre ellos se instauraba una armonía que los teólogos llaman “alianza de corazones”.

Eso es la oración: restaurar esa alianza entre Dios y el hombre, rota por el pecado; restaurar la confianza, recuperar la capacidad de amor sin límites; hacerse vulnerable hacia el otro, dejarse conquistar por el amor del otro, dejarse amar sin miedos y amar sin límites.

Y María hacía esto “con todo el corazón, con toda el alma, con todo su ser, con todas sus fuerzas”, como el mandamiento divino pide que amemos a Dios; no con un esfuerzo titánico, inalcanzable al ser humano, sino con la misma naturalidad con que una madre es capaz de querer al fruto de sus entrañas.

Vayamos a la escuela de oración con María. Ella no nos enseñará teoremas difíciles ni fórmulas complicadas. No se expresará con pensamientos abstractos, sino que usará ese lenguaje del corazón que usa razones que la razón misma no conoce, pero las conocen los que aman y los quieren amar. Con María se te abre el corazón, con María se descubre la esperanza, con María amar a Dios y ser amados por Él es algo tan sencillo como vivir, ser y existir. María enséñanos a orar. María, enséñanos a amar. Amen.


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7:42 a.m. ,
Silencio, llamado y vocación II

Castidad, obediencia y silencio

En el artículo anterior, introdujimos el tema de de los consejos evangélicos y su relación con el silencio. Hablé, incluso, de la pobreza y cómo podemos vivir mejor el silencio y el consejo de la pobreza. En esta ocasión, continuaremos reflexionando sobre el silencio y los consejos de la obediencia y castidad.

Obediencia y silencio

Muy similar es la acción del silencio en el consejo evangélico de la obediencia. Sería ligero considerar este voto como la simple renuncia a poder decidir qué hacer o cómo obrar. Este sería el punto de partida, lo visible y externo de nuestra obediencia. La verdadera obediencia es silencio de nosotros mismos y de nuestras facultades.

“He aquí que vengo a cumplir tu voluntad”. Apenas Cristo inicia su camino en este mundo y Él ya ha hecho silencio pleno a su propia voluntad, quedando solo la voluntad del Padre. Éste es el punto de partida del consejo evangélico de la obediencia: silencio de la propia voluntad y del propio querer. Solamente con este silencio podremos buscar, conocer, querer y vivir la voluntad de Dios.

Y si éste es el inicio, ¿qué más sigue? “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió”, y “el que me envió está conmigo porque yo hago siempre lo que le agrada”. Me atrevería llamar esta actitud obediencial de Cristo como silencio de la autoridad del Padre. Es decir, no es suficiente obedecer por amor. El religioso virtuoso no vive la obediencia como sumisión porque silencia la visión de una voluntad que se impone. ¡Cuánto silencio debe hacer la persona consagrada en su interior para no ver las normas y las expresiones de los superiores como caprichos, gustos, opiniones o modos de ser de la autoridad! Por el contrario descubrir en esas indicaciones y expresiones divinas, al igual que hizo Jesús, su alimento, su vida, el bien que nuestro Padre del cielo regala a diario. Paralelamente, ¡cuánto silencio debe hacer el consagrado en su obediencia para no buscar principalmente el quedar bien ante los demás, la fidelidad a las normas o la propia perfección! Todo esto es bueno, pero hay que hacer silencio de todo ello para buscar solamente agradar a Dios por todo el bien que nos concede.

Y este silencio obediencial de Cristo no estuvo exento de dificultades, tentaciones y dudas: “aparta de mí este cáliz”. De inmediato, Jesús hace silencio de sus sentimientos, temores y quejas para abrazar totalmente la voluntad del Padre: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. En los frecuentes momentos de dificultad de la vida consagrada, el religioso necesita hacer silencio en su interior para escuchar y acoger solamente la voluntad de Dios.

De este modo se llega al grado sumo de obediencia, con su correspondiente silencio: “todo está cumplido”. Se ha cumplido todo lo que el Padre había deseado: eso es obediencia, que exige un silencio pleno a uno mismo. Cuando el religioso vive el silencio a sus propios planes y proyectos nunca experimenta fracaso o frustración. Humanamente se podrá decir que se ha hecho poco o mucho, pero, como se ha cumplido el plan de Dios, se puede afirmar con certeza que “todo se ha cumplido”.

Castidad y silencio

¿Qué decir del voto de castidad? También sería ligero o superficial reducirlo al celibato o virginidad. En verdad esto: es un mínimo de gran valor, pues expresa la plenitud de ser totalmente de Dios.

El ser de Dios, que comporta este consejo evangélico, implica, en primer lugar, que la castidad no es algo que damos a Dios sino un don que de Él hemos recibido. La persona casta ha de hacer silencio de sus propias pretensiones de pureza para dejar paso a la acción y don de Dios. Cristo nos advirtió que “no todos entienden esto, solo los que han recibido ese don”.

El consejo de castidad es un don que produce en nosotros una alianza de amor con el Señor. Desde el momento que se realiza y se acepta dicha alianza ya no nos pertenecemos, pertenecemos al Otro, como el Otro pertenece a nosotros. No es una alianza cualquiera, es una alianza de amor. En consecuencia, por pertenecer al Otro, el amor pide silenciar nuestros gustos para realizar los gustos ajenos; por pertenecerme el Otro, el amor exige silenciar mis necesidades para preocuparme de las necesidades del Otro. Así, en el silencio de los propios gustos y necesidades la castidad hace del consagrado un ser todo para Dios.

Por último la virtud de la castidad implica también comunión, es decir, unión de Dios todo entero con el ser humano todo entero. La comunión de corazones y de vida implica un silencio pleno. Silencio de todo lo bueno propio para asumir todo lo bueno que su amor nos da. Pero también silencio de todo lo malo (errores, defectos, descuidos, omisiones, etc.), que no somos capaces de dar, conscientes de que, gracias a la comunión con Él, su amor suple y completa lo que uno no es capaz de dar.

Queridos hermanos y hermanas consagradas al Señor, el seguimiento de Cristo por medio de los tres consejos evangélicos requiere de la virtud del silencio. Solamente así, nuestro seguimiento corresponderá con la invitación recibida: “ven y verás”, “ven y sígueme”.


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9:32 a.m. ,
Meditación: La revelación de Cristo en Caná

II Domingo del tiempo ordinario

(Is 62, 1-5; Sal 95; 1Cor 12, 4-11; Jn 2, 1-11)

Aunque ya hemos comenzado el llamado Tiempo Ordinario, la Liturgia nos ofrece los ecos de la manifestación del Señor, y este domingo nos propone el primer signo que hizo Jesús en Caná de Galilea, como muestra de su divinidad.

El día de Epifanía, el canto de Vísperas tiene como antífona del Magnificat la referencia a tres acontecimientos que se unen para expresar la divinidad de Jesucristo. “Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: hoy, la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy, Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos. Aleluya”.

Las bodas de Caná

En este contexto, el evangelio de las “Bodas de Caná”, colocado por el evangelista San Juan al inicio de la vida pública de Jesús y proclamado por la Iglesia al comienzo del Tiempo Ordinario, nos sugiere una revelación programática de la misión que ha recibido Jesús. Él viene a celebrar el amor de Dios y lo hará, dando su vida por su esposa, la Iglesia.

No es casual que el Cuarto Evangelio nos narre una fiesta nupcial como punto de partida de la acción pastoral del que ha venido a restaurar las relaciones de la humanidad con Dios. El texto narra: “En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda”.

Tan solo te indico que compares el relato de la “Boda de Caná” con el de la muerte del Señor, y contemples el paralelismo entre ambos. Precisamente, la Iglesia ha escogido como primera lectura el cántico de Isaías, que anuncia los desposorios de Dios con su pueblo: “Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo”. Y el salmista nos invita a expresar la alegría: “Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre”.

¿De qué boda se trata? ¿Cuáles son las nupcias que se anuncian? Sin duda que no son otras que las que se celebran con la entrega total de Cristo, cuando en la Cruz mane de su costado agua junto con la sangre y entregue su Espíritu; Espíritu que nos une a todos en un solo cuerpo: “Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”.


Agradecemos esta aportación a Don Ángel Moreno de Buenafuente.

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