Artículos por "Reforma o Apostasia"
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Niña de 12 años

Una niña cristiana de 12 años, Inés, da en favor de Cristo un testimonio que sella con su sangre. Esto sucedió en Roma hacia el año 304, en los años del emperador Diocleciano (284-305), y  despues de 1700 años seguimos recordando en la Iglesia siempre la firmeza de su fe y el heroísmo de su amor a Cristo. Faltaban unos pocos años para que el emperador Constantino cesara la persecución anticristiana (edicto de Milán, 313). Y ya durante su imperio se edificó una basílica en honor de Santa Inés, en la vía Nomentana, donde se conservaba su sepulcro. Poco después se invocaba su santo nombre durante la Misa en el Canon romano, cuya formulación, muy semejante a la actual, se inicia en la segunda mitad del siglo IV.

Entre tantos miles de cristianos, de toda edad y condición, que hasta entonces habían padecido el martirio, concretamente en Roma, algo tuvo que haber en el martirio de Santa Inés que fomentara una devoción tan pronta y grande en la Iglesia.

El papa San Dámaso (304-366), nacido el año de su muerte, le dedica un epitafio largo y precioso en dieciséis versos, que se conservan grabados en mármol en el sepulcro de la basílica Nomentana: «… ¡Oh digno objeto de mi veneración, santa gloria de la pureza, excelsa mártir, muéstrate benigna a las súplicas de Dámaso». Este santo Papa poeta, tan devoto de los mártires, se informaba muy cuidadosamente de los casos de martirio que cantaba en sus poesías, y esa alusión a la «santa gloria de la pureza» de Inés confirma la tradición conservada por varios autores de que Inés murió mártir por rechazar los requerimientos de un alto dignatario de Roma. Mártir de la pureza y de la virginidad. 

Aurelio Prudencio (318-413), poeta, en el Peristephanon, le dedica uno de los catorce poemas, basándose en las Actas martiriales. Y no pocos Santos Padres le dedicaron homilías y escritos. Destaca entre ellos

San Ambrosio de Milán (340-397), en su tratado De virginibus, que recoge un conjunto de sus homilías, trata con especial admiración de Santa Inés, dando por supuesto que su auditorio conoce los gloriosos detalles de su martirio. Y aludiendo a la etimología de su nombre (en latín agnes, de agnus, cordero; en griego agnos, pura), escribe: «¿Qué podemos decir nosotros que sea digna de aquella cuyo nombre mismo entraña un elogio?… Esta mártir tiene tantos heraldos que la alaban como personas que pronuncian su nombre». Extracto del texto ambrosiano que nos ofrece hoy la Liturgia de las Horas:

Celebramos hoy el nacimiento para el cielo de una virgen, imitemos su integridad [de pureza]; se trata también de una mártir, ofrezcamos el sacrificio. Es el día natalicio de santa Inés. Sabemos por tradición que murió mártir a los doce años de edad. Destaca en su martirio, por una parte, la crueldad que no se detuvo ni ante una edad tierna; por otra, la fortaleza que infunde la fe, capaz de dar testimonio en la persona de una niña.

¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna? Y, con todo, aunque en ella no encontraba la espada donde descargar su golpe, fue ella capaz de vencer a la espada. Y eso que a esta edad las niñas no pueden soportar ni la severidad del rostro de sus padres, y si distraídamente se pinchan con una aguja, se poner a llorar como si se tratara de una herida.

Pero ella, impávida entre las sangrientas manos del verdugo, inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorante aún de lo que es la muerte, pero dispuesta a sufrirla. Al ser arrastrada por la fuerza al altar idolátrico, entre las llamas tendía hacia Cristo sus manos [en oración], y así, en medio de la sacrílega hoguera, significaba con esta posición el estandarte triunfal de la victoria del Señor. Intentaban aherrojar su cuello y sus manos con grilletes de hierro, pero sus miembros resultaban demasiado pequeños para quedar encerrados en ellos.

¿Una nueva clase de martirio? No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria. La lucha se presentaba difícil, la corona fácil. Lo que parecía imposible por su poca edad lo hizo posible su virtud consumada. Una recién casada no iría al tálamo nupcial con la alegría con que iba esta doncella al lugar del suplicio, con prisa y contenta de su suerte, adornada su cabeza no con rizos, sino con el mismo Cristo, coronada no de flores, sino de virtudes.

Todos lloraban, menos ella. Todos se admiraban de que, con tanta generosidad, entregara una vida de la que aún no había comenzado a gozar, como si ya la hubiese vivido plenamente. Todos se asombraban de que fuera ya testigo de Cristo una niña que, por su edad, no podía aún dar testimonio de sí misma. Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente [según las leyes del Derecho Romano] de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales.

El verdugo hizo lo posible para aterrorizarla, para atraerla con halagos, muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo: «Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe?…».

Se detuvo, oró, doblegó la cerviz. Hubieras visto cómo temblaba el verdugo, como si él fuese el condenado; como temblaba su diestra al ir a dar el golpe, cómo palidecían los rostros al ver lo que le iba a suceder a la niña, mientras ella se mantenía serena. En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio». Santa Inés, virgen y mártir.

Oración.– Dios todopoderoso y eterno, que eliges a los débiles para confundir a los fuertes de este mundo, concédenos a cuantos celebramos el triunfo de tu mártir santa Inés imitar la firmeza de su fe. Por nuestro Señor Jesucristo.

Gloria a Santa Inés bendita, pero aún más gloria, honor y gratitud a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que la re-creó con su gracia sobrenatural, sobrehumana, y la sostuvo firme y alegre en el martirio. Y como con ella, ha hecho Cristo con muchos, con muchísimos, también hoy.

Gloria tibi, Domine!

José María Iraburu, sacerdote

Papa entrega palio a ArzobispoPost post 1.– El pallium se confecciona con lana de corderos que el Papa bendice en una capilla del Vaticano el día de Santa Inés. Se le presentan dos corderos adornados uno con flores blancas (recordando la virginidad de Santa Inés) y el otro con flores rojas (en honor de su martirio). Luego, los corderos son llevados a la Basílica de Santa Inés, en la Via Nomentana de Roma, donde está su sepulcro. Y son criados en la Abadía trapense de las Tres Fuentes. Una vez confeccionados los palios por las benedictinas de Santa Cecilia, con la lana recién esquilada, son colocados en un cofre sobre la tumba de San Pedro. Y en la Misa de la fiesta de San Pedro y San Pablo (29 de junio) son bendecidos y entregados solemnemente por el Papa a los nuevos Arzobispos nombrados durante el año.

Post post 2.– Filósofos, políticos y juristas romanos –los creadores del Derecho Romano, quizá el más perfecto conocido en la historia–, no impugnaron jamás la eliminación de los cristianos, que de vez en cuando se produjo durante tres siglos, ni siquiera cuando quien sufría el martirio era una niña de 12 años. No movían ni una ceja: lo consideraban perfectamente tolerable. Más o menos como hoy… Esto es lo que da de sí la sabiduría del mundo, cuando no ha recibido a Cristo y a su  Iglesia, Madre y Maestra. O cuando los ha rechazado.

 

 

 

Bautizo católico

–Dice usted que los cristianos son santos… ¿Todos?… A ver, tendrá usted que explicarlo un poco.

–Me propongo explicarlo no un poco, sino plenamente y a la luz de las Escrituras y de la Tradición cristiana.

Cuando se estropea gravemente un motor, por ejemplo, de un auto, hay dos posibilidades: una, arreglar el motor, si es que tiene arreglo; dos, poner en su lugar un motor nuevo. De modo análogo, cuando el ser humano creado por Dios se estropea muy gravemente en alma y cuerpo por el pecado original, Dios puede sanarlo arreglando sus averías mentales, volitivas y corporales, y dejándolo como nuevo, en su ser original; pero también puede crear un hombre nuevo, con nuevas facultades de conocimiento y de querer, la fe y la caridad, haciéndolo participante de la naturaleza divina de un modo sobre-natural, sobre-humano, por la vida de la gracia. Y esta segunda es la opción que Dios elige.

Pero vayamos por partes.

–Sólo Dios es santo

La santidad es condición exclusiva de Dios. La sagrada Escrituraafirma muchas veces que la santidad es la majestuosa condición espiritual propia de la eterna naturaleza divina. Dios es santo, y sólo él es santo (Lev 19,2; Is 6,3; Sal 98).

Es evidente, pues, que la santidad es sobrenatural, y por tanto sobrehumana. Excede no sólo la posibilidad humana de obrar, sino la misma posibilidad de su ser. Todas las criaturas, y el hombre entre ellas, aparecen en la Biblia como lo no-santo (Job 4,17). Pero Dios Santo puede santificar al hombre, que es su imagen, haciéndole participar por gracia sobrenatural de la vida divina. Y así lo confesamos en la misa: «Santo eres, Señor, fuente de toda santidad» (Pleg. euc. II); tú, «con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo» (III). ¿Y cómo Dios santifica al hombre?

–Jesús es santo

Sólo Jesús entre los hombres es santo: «el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios»(Lc 1,35). El es el «santo siervo de Dios» (Hch 3,14s; 4,27.30). Los hombres ante Jesús –como Isaías ante el Santo– conocen y reconocen su condición de pecadores (Is 6,3-6; Lc 5,8). Pero Cristo va a santificar a los hombres por su encarnación, por su pasión y resurrección, por su ascensión y por la comunicación del Espíritu Santo (Jn 17,19).

–Los cristianos somos santos

Somos santificados por «la unción del Santo» (1Jn 2,20; cf. Lc 3,16; Hch 1,5; 1Cor 1,2; 6,19). Al comienzo de la Iglesia se llama «santos» a los cristianos de Jerusalén (Hch 9,13; 1Cor 16,1); pero pronto viene a ser nombre común de todos los fieles (Rm 16,2; 1Cor 1,1; 13,12). Se trata ante todo, está claro, de una santificación ontológica, la que afecta al ser; y es ésta justamente la que hace posible y exige una santificación moral, la que afecta al obrar. El nuevo ser exige un nuevo obrar (operari sequitur esse). «Sed santos, porque yo soy santo» (Lev 19,3; 1Pe 1,16).

Los hombres que han sido «engendrados por la Palabra viva y permanente de Dios» (1Pe 1,23), habiendo nacido de nuevo «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5), han sido hechos «participantes de la naturaleza divina» (2Pe 1,4), y reciben lógicamente la exhortación imperativa del Primogénito: «sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial» (Mt 5,48). Por tanto, «ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1Tes 4,3; cf. 2Cor 7,1; Ap 22,11). Y la gracia de Dios que ha sanado y elevado a un orden sobre-natural la naturaleza del hombre, es la gracia que asiste continuamente al santificado para que pueda vivir santamente. «Santo eres, Señor, fuente de toda santidad»… (Pleg. euc. II).

* * *

–Elevación ontológica

Muchos entienden la santidad cristiana como uno de los caminos morales que se le ofrecen al hombre, quizá el mejor, para que viva la vida humana en su forma más excelente. Grave error. Es mucho más que eso. La santidad cristiana no es simplemente una forma excelente de vivir la vida propia de la naturaleza humana. La santidad es en sí misma una vida sobre-humana, sobre-natural. Es decir, Jesucristo salva al hombre comunicándole por el Espíritu Santo una vida sobre-humana. Por eso la santidad consiste primariamente en una elevación ontológica, en una re-creación de nuestro ser.

Los cristianos somos realmente «hombres nuevos», «nuevas criaturas» (Ef 2,15; 2Cor 5,17), «hombres celestiales» (1Cor 15,45-46), que realmente han vuelto a nacer, esta vez no de la carne y la sangre, sino «nacidos de Dios», «nacidos de lo alto», «nacidos del Espíritu» (Jn 1,13; 3,3-8). Del nacimiento (natus) viene la naturaleza (natura). Y nosotros, que nacimos una primera vez de otros hombres, y de ellos recibimos la naturaleza humana, después en Cristo, renacidos en la Iglesia por el agua y el Espíritu, hemos nacido una segunda vez del Padre celestial, recibiendo de Él una participación nueva en la naturaleza divina (1Pe 1,4).

La santificación obrada por la gracia de Cristo no produce, pues, en el hombre solamente un cambio accidental (como el hombre alcohólico, que ya libre de su adicción, sigue siendo él mismo, pero sobrio). El cambio accidental puede sanar, pero no cambia el ser de la naturaleza humana. Por el contrario, la santificación cristiana no es algo que afecte sólo al obrar (el bebedor que se hace sobrio), sino que es ante todouna transformación ontológica, que afecta a la misma naturaleza del ser humano. Vuelve el hombre a nacer. Recibe por gracia divina una nueva naturaleza, dotada de nuevas facultades de conocer, la fe, y de amar, la caridad, por las que participa de un modo cualitativamente nuevo del conocer y amar del mismo Dios. Ya no se rige el cristiano meramente por la razón y la voluntad, sino por «la fe operante por la caridad» (Gal 5,6). Esas virtudes, por la gracia del Espíritu Santo, perfeccionan la vida humana, elevándola a un orden de ser  nuevo, a una vida sobre-humana, sobre-natural.

El hombre viejo, el terrenal, el que fracasó por el pecado, fue creado de este modo al comienzo del mundo: «formó Yavé Dios al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su rostro aliento de vida, y fue el hombre ser animado» (Gén 2,7). De modo semejante ahorael hombre nuevo, el celestial, en la plenitud de los tiempos, es formado por Jesucristo, el segundo Adán: «sopló sobre ellos y les dijo: “recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20,22). De este modo, «el primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente; el último Adán [Cristo], espíritu vivificante. El primer hombre fue de la tierra, terreno; el segun­do hombre fue del cielo. Cual es el terreno, tales son los terrenos; cual es el celestial, tales son los celestiales» (1Cor 15,45. 47-48). «Vosotros, pues, hermanos santos, que participáis de la vocación celeste, considerad al Apóstol y Pontífice de nuestra confesión (Heb 3,1).

–Ésta es la vocación cristiana en los Santos Padres

Los Padres antiguos fueron muy conscientes de esta maravillosa realidad. San Juan Crisóstomo: Cristo «nació según la carne para que tú nacieras en espíritu; él nació de mujer para que tú dejases de ser hijo de mujer» y vinieras a ser hijo de Dios (MG 57,26). San Agustín: «Dios manda esto: que no seamos hombres. A no ser hombre te llamó el que se hizo hombre por ti. Dios quiere hacerte dios» (ML 38,908-909).

La misma doctrina, aunque en diferente perspectiva, la hallamos en otros Padres, como en San Ignacio de Antioquía, que refiriéndose a la perfecta unión con Cristo en el cielo, dice: «llegado allí, seré de verdad hombre» (Romanos 6,2). El sentido es claro: si el hombre es «imagen de Dios», por el pecado ha desfigurado profundamente su propio ser; ha hecho de sí mismo una caricatura de hombre. Por eso el cristiano, al haberse configurado plenamente a Jesucristo, es quien de verdad llega a ser hombre: inicialmente en la tierra por la vida de la gracia, y plenamente en el cielo por la vida en la gloria (Vat.II, GS 22b; 41a).

* * *

Ningún humanismo autónomo puede producir realmente un «hombre nuevo». Como el mundo está harto de «lo viejo», es decir, de sí mismo (hombres vie­jos, planteamientos, problemas, conductas y vicios viejos, Ef 4,22), prodiga la fascinante terminología de «lo nuevo» (nuevo modelo, nuevo régimen, nueva línea, nuevos filósofos, hombre nuevo, cambio, nueva sociedad, un estilo nuevo, etc.) En realidad son variaciones sobre el mismo tema, son «los mismos perros con dis­tintos collares».

Conozcamos bien que fuera de Cristo no hay en el mundo nada nuevo (Ecl 1,9-10). En la historia de la humanidad la única novedad, la única Buena Nueva, es Jesucristo, nacido de Dios y de María. Y el Espíritu Santo, que Jesucristo comunica desde el Padre, es el único que de verdad renueva la faz de la tierra; el único que en su omnipotencia divina es capaz de crear nuevos seres, modos nuevos de pensar, de obrar y de vivir, nuevos caminos, nuevas formas e instituciones.

El pelagianismo actual afecta hoy con frecuencia a los cristianos, haciéndoles buscar «un nuevo nacimiento» en terapias naturales de muy diversas modalidades psico-somáticas. Ya traté de esto anteriormente (60)((  mmm   )). Es una forma de apostasía, pues «maldito es el hombre que en el hombre poner su confianza y aleja su corazón del Señor» (Jer 17,5). Sin embargo, en algunos Centros Católicos de Espiritualidad, conventos, casas de retiros y de ejercicios, parroquias, se promocionan estos métodos. En los últimos decenios es relativamente frecuente que estos Centros ofrezcan, junto a reuniones bíblicas o ejercicios espirituales, una serie muy variada de terapias naturales: eneagrama, meditación transcendental, reiki, técnicas individuales o comunitarias de autorrealización, yoga, zen, energía positiva, rebirthing, dinámicas de grupo, sofrología, yosoki, libros de autoayuda y de autoliberación interior, etc. etc. etc. New Age. Palitos de incienso, salas con moqueta y luz indirecta, donde a veces quedó colgado un crucifijo o una imagen de la Virgen María –un descuido–… Se aconseja «traer ropa y calzado cómodos».

Y estas ofertas van acompañadas de altísimas promesas, en las que vienen a describirse nuevas maneras de santidad y de nuevo-nacimiento. Transcribo de algunos programas publicitarios:

«Es una técnica liberadora de las tensiones psíquicas y de la dispersión mental como camino que facilita el sereno acceso a la identidad personal. Facilita una paciente y sosegada escucha del lenguaje del cuerpo, como recuperación del silencio y de la unidad. Enseña a escuchar la experiencia, a ver la realidad como es (vispassana)». «Los retiros [les llaman retiros] de yoga, reiki y sofrología caycediana son encuentros de trabajo y profundización personal, así como de iniciación en estos procesos de crecimiento, que generan una profunda paz y bienestar, así como una gran revitalización, equilibrando la energía, despertando la consciencia, serenando la mente, armonizando los chacras [es importante], despertando la vida del ser, elevando el alma, ayudando a crecer y dar los pasos necesarios en el momento de la vida en que cada uno se encuentra… Desomatiza lo negativo, somatiza lo positivo.  Equilibra todo el sistema energético, generando un agradable estado de cálido bienestar y confianza interior. Actualiza las potencialidades dormidas o paralizadas. En un ambiente tranquilo y apacible, como es el monasterio de N. N… Comida vegetariana»… Página web, números de teléfono, e-mail de contacto, y quién sabe si la Misa se incluye en el pack. Organización perfecta. Eso sí, a veces los dichos cursillos son caros. Pero merece la pena: lo que vale, cuesta.

Quienes promueven estos caminos de perfección y participan en ellos, están sirviendo objetivamente en una u otra medida al diablo, al Padre de la Mentira,  aunque en muchos casos no sea ésa su intención.

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Al margen del cristianismo, todo es tremendamente viejo y caduco. Y si el mundo no se derrumba del todo, es por la Iglesia de Cristo. Como decía un cristiano del s. II –cuando los discípulos de Cristo sufrían marginación civil, persecución y catacumbas–, «lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo… Los cristianos están presos en el mundo, como en una cárcel; pero son ellos los que mantienen la trabazón del mundo» (Cta.a Diogneto VI).

Y en este sentido conviene decir de paso que la palabra «aggiornamento» de la Iglesia resulta más ambigua de lo deseable, a no ser que el «oggi» no se refiera al mundo actual, sino a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que «es el mismo ayer y hoy y por los siglos» (Heb 13,8).

Como ya dije hace poco en otro artículo (348), pero déjenme que lo recuerde aquí, los cristianos primeros entienden perfectamente que el mundo está viviendo en «la vieja locura», como dice Clemente de Alejandría (+215, Pedagogo I,20,2), vieja locura de la que ellos han sido felizmente liberados por el Evangelio. Entienden que el mundo es «lo viejo», es lo de siempre; y que el cristianismo es «lo nuevo», la verdad ignorada, liberadora y deslumbrante: la Buena Noticia. Evangelizar es para ellos iluminar con la luz de Cristo a unos hombres «que viven en tinieblas y sombras de muerte» (Lc 1,79).

Y es que «nosotros sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero [el Padre]. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Éste es el Dios verdadero y la vida eterna» (1Jn 5,20-21).

José María Iraburu, sacerdote

Post post.– Aunque lo declarado en este artículo es tan fundamental en la fe, son muchos los cristianos que lo ignoran o que llegan a negarlo; incluso Cardenales de la Santa Iglesia romana. Algunos de éstos hay –lo hemos visto hace poco– que, cuando tratan de la disciplina pastoral más conveniente para matrimonios, adulterios y otras uniones irregulares, pareciera que están pensando en hombres que son meramente hombres; y no en hombres que han vuelto a nacer como hijos de Dios, y que propiamente son cristianos.

Índice de Reforma o apostasía

San Esteban - Juan de Juanes 1579

Recientemente, como informó InfoCatólica, el cardenal Kurt Koch, presidente de la Comisión para las relaciones religiosas con el judaísmo, acompañado del rabino David Rosen, director del International Director of Interreligious Affairs, American Jewish Committee (AJC), presentó Una reflexión sobre cuestiones teológicas en torno a las relaciones entre católicos y judíos en el 50º aniversario de «Nostra ætate» (nº 4).

 El Sr. Cardenal explicó que el documento «no da definiciones doctrinales definitivas», y tampoco es «un documento oficial del Magisterio de la Iglesia, sino un documento de estudio de nuestra Comisión, que intenta profundizar la dimensión teológica del diálogo judío-católico». El largo y erudito documento, en 49 números, acumula una gran cantidad de citas bíblicas, y de exégesis y teorías teológicas sobre el asunto válidas o discutibles. Pocos leerán documento tan largo, reiterativo y farragoso. Pero muchos lectores, informados ligeramente por la prensa, incluso por la católica, sacarán como conclusión que ya los católicos deben frenar definitivamente su intento de evangelizar a los judíos. No es ésta, propiamente, la enseñanza de tal documento, pero algunos de sus párrafos podría ser malinterpretados en tal sentido, como éste:

(40)… La Iglesia se ve así obligada a considerar la evangelización en relación a los Judíos, que creen en un solo Dios, con unos parámetros diferentes a los que adopta para el trato con las gentes de otras religiones y concepciones del mundo. En la práctica esto significa que la Iglesia Católica no actúa ni sostiene ninguna misión institucional específica dirigida a los Judíos. Pero, aunque se rechace en principio una misión institucional hacia los Judíos, los Cristianos están llamados a dar testimonio de su fe en Jesucristo también a los Judíos, aunque deben hacerlo de un modo humilde y cuidadoso, reconociendo que los Judíos son también portadores de la Palabra de Dios, y teniendo en cuenta especialmente la gran tragedia de la Shoah».

En el presente artículo no pretendo analizar el documento citado, sino únicamente rechazar una falsa interpretación del mismo, que eliminaría el misionero empeño católico de evangelizar a los hijos de Abraham, el gran patriarca primero de la historia de la salvación. También los católicos nos consideramos «descendencia de Abraham», y lo declaramos «nuestro padre en la fe» nada menos que en el venerable Canon Romano de la Misa. Pero yo aquí me limito en la fiesta de San Esteban, 26 de diciembre, a recordar su inmensa caridad. Él arriesgó y perdió la vida para procurar la salvación eterna de sus «padres y hermanos» de Israel, predicándoles el Evangelio que lleva a la fe en nuestro Señor Jesucristo, único Salvador del mundo. El «estudio» presentado por el Card. Koch debe ser interpretado a la luz de Jesús, de San Esteban, de San Pablo. Obviamente.

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Martirio de San Esteban, según los Hechos de los Apóstoles

(Hch 6,8-15; 7,1-2; 44-60; 8,1: fragmentos de la Liturgia de las Horas, texto de la nueva Biblia de la CEE).

«Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y el espíritu con que hablaba. Entonces indujeron a unos que asegurasen: “Le hemos oído palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios”. Alborotaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y, viniendo de improviso, lo agarraron y lo condujeron al Sanedrín, presentando testigos falsos que decían: “Este individuo no para de hablar contra el lugar santo y la ley, pues le hemos oído decir que ese Jesús el Nazareno destruirá este lugar [el templo] y cambiará las tradiciones que nos dio Moisés”. Todos los que estaban sentados en el Sanedrín fijaron su mirada en él y su rostro les pareció el de un ángel.

«Dijo el Sumo Sacerdote: “¿Es esto así?”. Él respondió: –Hermanos y padres, escuchad. Nuestros padres tenían en el desierto la Tienda del Testimonio, como mandó el que dijo a Moisés que la construyera, copiando el modelo que había visto. Nuestros padres recibieron como herencia esta tienda y la introdujeron, guiados por Josué, en el territorio de los gentiles, a los que Dios expulsó delante de ellos. Así estuvieron las cosas hasta el tiempo de David, que alcanzó el favor de Dios, y le pidió encontrar una morada para la casa de Jacob. Pero fue Salomón el que le construyó la casa, aunque el Altísimo no habita en edificios construidos por manos humanas, como dice el profeta: “Mi trono es el cielo; la tierra, el estrado de mis pies. ¿ Qué casa me vais a construir –dice el Señor–, o qué lugar para que descanse? ¿No ha hecho mi mano todo esto?” ¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora vosotros lo habéis traicionado y asesinado; recibisteis la ley por mediación de ángeles y no la habéis observado».

«Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: “Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios”. Dando un grito estentóreo se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban que repetía esta invocación: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Luego, cayó de rodillas y clamando con voz potente, dijo: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y, con estas palabras, murió. Saulo aprobaba su ejecución».

Jesucristo mandó a los apóstoles: «id por todo el mundo, y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). También a los judíos, por supuesto, como el propio Jesús lo hizo con riesgo de muerte, y murió crucificado. También San Esteban, consciente de que su predicación del Evangelio le llevaría igualmente al martirio, predicó a sus «padres y hermanos» de Israel, y murió lapidado. Del mismo modo San Pablo, siguiendo el ejemplo de Jesús y de Esteban, en sus viajes apostólicos, al llegar a una población, hacía su primera predicación evangelizadora a los judíos reunidos en la Sinagoga; y en algunos lugares consiguió gran fruto de conversiones (p. ej., Hch 17,10). También lo hizo así, acompañado de Bernabé, en la Sinagoga de Antioquía de Pisidia, llevando a muchos judíos a la fe en Jesús. Pero algunos judíos, al ver esto, se alarmaron y resistieron a Pablo y Bernabé con argumentos e insultos. Hasta que ellos respondieron: «Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicaremos a los gentiles». Éstos se alegraron mucho «y creyeron los que estaban destinados a la vida eterna. La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región». Pero entonces los judíos «provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio. Ellos sacudieron el polvo de sus pies contra ellos y se fueron a Iconio. Los discípulos, por su parte, quedaban llenos de alegría y del Espíritu Santo» (Hch 13). 

* * *

Homilía de San Fulgencio de Ruspe, obispo (+532)

(Sermón 3, 1-3. 5-6: fragmentos de la Liturgia de las Horas en la fiesta de San Esteban)

«Ayer celebramos el nacimiento temporal de nuestro Rey eterno; hoy celebramos el triunfal martirio de su soldado. Ayer nuestro Rey, revestido con el manto de nuestra carne y saliendo del recinto del seno virginal, se dignó visitar el mundo; hoy el soldado, saliendo del tabernáculo de su cuerpo, triunfador, ha emigrado al cielo.

«Nuestro Rey, siendo la excelsitud misma, se humilló por nosotros; su venida no ha sido en vano, pues ha aportado grandes dones a sus soldados, a los que no sólo ha enriquecido abundantemente, sino que también los ha fortalecido para luchar invenciblemente. Ha traído el don de la caridad, por la que los hombres se hacen partícipes de la naturaleza divina […]

«Así, pues, la misma caridad que Cristo trajo del cielo a la tierra ha levantado a Esteban de la tierra al cielo. La caridad, que precedió en el Rey, ha brillado a continuación en el soldado. Esteban, para merecer la corona que significa su nombre, tenía la caridad como arma, y por ella triunfaba en todas partes. Por la caridad de Dios, no cedió ante los judíos que lo atacaban; por la caridad hacia el prójimo, rogaba por los que lo lapidaban. Por la caridad, argüía contra los que estaban equivocados, para que se corrigieran; por la caridad, oraba por los que lo lapidaban, para que no fueran castigados.

«Confiado en la fuerza de la caridad, venció la acerba crueldad de Saulo, y mereció tener en el cielo como compañero a quien conoció en la tierra como perseguidor. La santa e inquebrantable caridad de Esteban deseaba conquistar orando a aquellos que no pudo convertir amonestando. Y ahora Pablo se alegra con Esteban, y con Esteban goza de la caridad de Cristo, triunfa con Esteban, reina con Esteban; pues allí donde precedió Esteban, martirizado por las piedras de Pablo, lo ha seguido éste, ayudado por las oraciones de Esteban.

«¡Oh vida verdadera, hermanos míos, en la que Pablo no queda confundido de la muerte de Esteban, y en la que Esteban se alegra de la compañía de Pablo, porque ambos participan de la misma caridad! La caridad en Esteban triunfó de la crueldad de los judíos, y en Pablo cubrió la multitud de sus pecados, pues en ambos fue la caridad respectiva la que los hizo dignos de poseer el reino de los cielos.

«La caridad es la fuente y el origen de todos los bienes, egregia protección, camino que conduce al cielo. Quien camina en la caridad no puede temer ni errar; ella dirige, protege, encamina. Por todo ello, hermanos, ya que Cristo construyó una escala de caridad, por la que todo cristiano puede ascender al cielo, guardad fielmente la pura caridad, ejercitadla mutuamente unos con otros y, progresando en ella, alcanzad la perfección».

La mayor caridad que un cristiano puede hacer hacia los hombres es predicarles el Evangelio que les lleva a la fe en Jesucristo y a la más plena y cierta salvación temporal y eterna. Ésa es la caridad que movió a Esteban a jugarse la vida, seguro de perderla, dando testimonio de Jesús en el Sanedrín, y tratando de evangelizar a sus «padres y hermanos» de Israel.

* * *

Oración.

–Concédenos, Señor, la gracia de imitar a tu mártir san Esteban y de amar a nuestros enemigos, ya que celebramos la muerte de quien supo orar por sus perseguidores. Por nuestro Señor Jesucristo.

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

Georges la Tour

¿Quién es este niño recién nacido? Pregunto acerca de su «persona». ¿Quién es? Cuando sea mayor también Él hará la misma pregunta a sus discípulos: «¿Quién decís que soy yo?» (Mt 16,15).

–San Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (ib.16).

–San Juan: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios… Por medio de Él se hizo todo, y sin Él no se hizo nada de cuanto se ha hecho» (Jn 1,1.3).

–San Pablo: «Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura; porque en Él fueron creadas todas las cosas, celestes y terrestres, visible e invisibles, Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades, todo fue creado por Él y para Él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él . Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud [divina]. Y por Él y para Él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,15-20).

–Credo de Nicea (325): «Creemos en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho. Que por nosotros, los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre. Y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato: padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos,y su Reino no tendrá fin» (Denz 125).

La tradición y la liturgia mandan que en la recitación del Credo en la Eucaristía «todos se inclinan» en esa frase que he señalado en negrita. Así está ordenado porque todos los misterios confesados en el Credo son grandiosos, pero la Encarnación del Hijo de Dios es el más grande de los misterios de la fe. De él vendrá el Evangelio, la Cruz, la Resurrección, la Ascensión, Pentecostés, la Iglesia, el Bautismo, la Eucaristía. Pero la Encarnación es el misterio máximo, fuente de todos los otros. El Hijo de Dios eterno se ha hecho hombre, sin dejar de ser Dios.

–San Agustín: «Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz” (Ef 5,14, cf. Is 26,19; 60,1). Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre.

«Hubieses muerto para siempre, si Él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si Él no hubiera aceptado la semejanza de la carne del pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si Él no hubiera venido.

«Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve v temporal. Éste se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así –como dice la Escritura–: “El que se gloríe, que se gloríe en el Señor” (2Cor 10,17) […]

«Alegrémonos, por tanto, con esta gracia, para que el testimonio de nuestra conciencia constituya nuestra gloria: y no nos gloriemos en nosotros mismos, sino en Dios. Por eso se ha dicho: “Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza” (Sal 3,4). ¿Pues qué gracia de Dios pudo brillar más intensamente para nosotros que ésta: teniendo un Hijo unigénito, hacerlo hijo del hombre, para, a su vez, hacer al hijo del hombre hijo de Dios? Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia» (Sermón 185).

 

Oremos. Oh Dios, que de modo admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza, y de un modo más admirable todavía elevaste su condición por Jesucristo; concédenos compartir la vida divina de aquél que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana. Que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

(Or. Misa del día de Navidad, 25-XII).

Post post.– Consultados expertos liturgistas y filólogos, todos han coincidido en traducir el «todos se inclinan» en el sentido de que «todos deben inclinarse». Todos. E incluso en la Misa de la Navidad «todos se arrodillan». Todos.

Asamblea de Donantes infocatólicos

–Perdone, pero esa imagen me recuerda mucho a una del presidente Putin entrando en la Sala Grande del Kremlin.

–Es cierto, sí, se parece mucho. Pero, por favor, no se lo diga usted a nadie.

Entre las muchas obras que hay en la Iglesia, lógicamente, debemos ayudar económicamente a las que son buenas, no a las malas. Obvio. Y entre las buenas aquellas que son más pobres, que estén necesitadas de ayuda para subsistir. Hasta aquí el planteamiento me parece indiscutible ¿no?… Pues bien, voy a demostrar bien demostrado que en InfoCatólica somos buenos y pobres. Y que por tanto es muy aconsejable ayudarnos. Me dirijo en este artículo, por supuesto, a nuestros lectores asiduos, entre los cuales están precisamente los potenciales donantes.

* * *

Somos buenos

*No tienen más que recorrer con la vista a esa treintena de blogueros de esta imagen, entre los cuales seguro que tienen ustedes algunos favoritos. Todos son escritores realmente católicos, tanto en su doctrina como en su espíritu apostólico. Veinte son de España, doce de América hispana. Todos son buenos blogueros, y varios son buenísimos. Es un milagro que el Señor nos haya reunido a todos viviendo físicamente tan distantes; más aún, siendo cada uno de su padre y de su madre, quiero decir, teniendo cada uno su propio estilo de pensar y de expresarse, pero coincidiendo todos en su fidelidad a Cristo y a la Iglesia. «Dios los cría y ellos se juntan». Bendigamos al Señor, porque es eterna su misericordia. Esto de reunirse en una misma fe y misión a muchas gentes de diferentes naciones es una especialidad del Espíritu Santo (Hch 2,7-12). Somos buenos.

*Si consideramos los datos cuantitativos,señalo en primer lugar que la media de lectores diarios ha ido creciendo siempre en número desde que comenzamos en 2009: en 2015 un 20% más que en el año anterior; un 96% más que hace tres años, y un 542€ más que hace seis. Publicamos mensualmente unas 225 noticias; tenemos en Facebook 285.347 seguidores, y en Twiter 71.334. La difusión internacional ha ido siempre en aumento, y actualmente un 40% de los lectores son de España, un 60% de no-España. Yo creo que, vistos estos datos, podemos concluir que dentro de los Diarios digitales católicos de lengua española no somos grano anís, ni bostezo de caracol. Estamos entre los grandes. ¿O no?… Somos buenos.

*Mantenemos una línea editorial católica y equilibrada. Ya la conocen bien nuestros lectores habituales. En un artículo mío (257) InfoCatólica.com (4-02-2014) la expuse como pude, con la ayuda del Consejo editorial. Y sobre esta cuestión me parece oportuno citar algunas palabras del discurso del papa Pío XII a los participantes en el I Congreso Internacional de Prensa Católica (Roma 17-II-1950):

 «El mal más temible para el publicista católico sería la pusilanimidad y el abatimiento. Ved la Iglesia: después de casi dos milenios, a través de todas las dificultades, contradicciones, incomprensiones, persecuciones abiertas o solapadas, nunca se ha desanimado, nunca se ha dejado deprimir. Tomadla como modelo. […]

«Finalmente, querríamos todavía añadir una palabra referente a la opinión pública en el seno mismo de la Iglesia (naturalmente, en las materias dejadas a la libre discusión). Se extrañarán de esto solamente quienes no conocen a la Iglesia o quienes la conocen mal. Porque la Iglesia, después de todo, es un cuerpo vivo y le faltaría algo a su vida si la opinión pública le faltase; falta cuya censura recaería sobre los pastores y sobre los fieles. Pero también aquí la prensa católica puede hacer un servicio muy útil. […] El publicista católico sabrá evitar tanto un servilismo mudo como una crítica descontrolada. Ayudará con una firme claridad a la formación de una opinión católica en la Iglesia». 

Infocatólica no ha caído en un servilismo mudo, en un buenismo oficialista, dejándose llevar por ideologías eclesiásticas de moda. Pero tampoco hemos caído en una crítica descontrolada, aplicando este criterio con muy especial cuidado al Vicario de Cristo en la tierra, el Santo Padre, el Obispo de Roma, el Papa… Somos buenos.

*La maquetación de la página-web es espléndida, y siempre ha ido mejorando en estética y en cualidades técnicas, guardando fidelidad a su fisonomía original. Hasta para los nuevos visitantes son fáciles sus exploraciones, sin perderse por las diversas secciones. No se molesta al lector con baners oscilantes, músicas impuestas o cortinillas interruptoras. Por otra parte, introducir comentarios a noticias y blogs es una operación muy sencilla. En bastantes casos los comentarios están sujetos a moderación para evitar que abunden en el portal comentarios absurdos, insultantes, cansinamente reiterativos. Y una buena parte de los blogueros atienden a los comentaristas visitantes con amigable cortesía… Somos buenos.

*La calidad personal de los blogueros y articulistas colaboradores es ya en sí misma un voto favorable a InfoCatólica. Ellos colaboran con nuestro portal porque lo consideran verdaderamente católico, apostólico y romano, bueno para evangelizar, para afirmar verdades de la fe y refutar errores contrarios. Por eso están con nosotros. Ven, y no se equivocan, que somos buenos.

*Nos llegan con frecuencia elogios muy alentadores, en los mismos comentarios, en cartas y en diversos encuentros. Aunque me da un poco de vergüenza –en realidad no me da ninguna– creo oportuno traer algunos testimonios.

–Un obispo: «Aprovecho para decirte que cada vez me gusta más Infocatolica […] la información es veraz, siembra sentido católico, etc. […] Te animo y animo a todos los de la Fundación a seguir por este camino. Otros caminos que son morbosos no construyen». Un infocatólico nos cuenta lo que le dijo –un Obispo: «Ha dicho literalmente: “hay que promover y potenciar Infotcatólica, porque es católica realmente… Adelante con el trabajo. Os lee mucha gente, y hacéis Iglesia”». –Otro Obispo: «Gracias. Haceis un trabajo inmenso y con frutos inimaginables. Yo os estoy muy agradecido, porque leeros es un placer. Y tiene uno a mano las noticias y la orientación católica de lo que decís. Adelante. Dios os bendiga».

Elogios semejantes nos llegan del pueblo cristiano. –Un padre de familia: «Soy padre de 4 hijos, todos los dias hemos tenido que comer y vestir, y su llamado [a hacer algún donativo] me ha conmovido hasta las lágrimas. Ustedes han sido fuente para mi, en mi vocación de esposo y padre. ¿Como permitiré yo que se cierre la fuente? No encuentro en mi idioma donde más se defienda y se enseñe la fe como en infocatolica. […] Tienen junto con ustedes mi oración y mi pequeña donación, como la viuda no tengo más es todo lo que tengo. Quiero ver a mis hijos crecer en la Fe, Fe Católica. Dios les bendiga abundantemente».–Una lectora: «Acabo de abrir el ordenador y leído el llamado del P. Iraburu para ayudar a Infocatólica. ¡Cómo no hacerlo! Se ha convertido en mi única fuente veraz de información católica. Estoy sumamente agradecida a Dios por la existencia de personas tan fieles y tan capaces de transmitir y defender la verdad evangélica y el Magisterio de la Iglesia. Junto con mi donativo –que he hecho esta misma noche–, va mi oración y gratitud por tan luminoso portal. Procuraré dar la orden periódica para empezar ya el año que viene a contribuir mensualmente con Infocatólica. Agradecida de corazón por todo cuanto me estoy formando con Infocatólica, de corazón ruego a Dios que los bendiga a todos». –Un escritor: «Hace un par de horas envié un donativo con paypal. No es mucho… Sería una gran pérdida si Infocatólica no pudiera continuar su labor, porque el contenido y el tono son excelentes. Infocatólica realiza una gran labor. Y no están los tiempos como para que podamos permitirnos el prescindir de impulsos así. Un abrazo en Cristo». Y así, con el favor de Dios, tantos y tantos testimonios.

–«¿Y ustedes se creen todo eso?». Por supuesto que nos lo creemos: a) porque esta buena gente que nos escribe esas cosas no son tipos raros, ni lefebvristas, ni pagólicos, ni kasperitas: son buenos cristianos católicos; y b) nos lo creemos porque nosotros, los que hacemos InfoCatólica –ya nos perdonarán–, pensamos justamente eso mismo que dicen de nosotros. Somos buenos.

* * *

Somos pobres

Los que viven de limosna, porque no tienen otros ingresos, son considerados pobres. Y con toda razón. Pues bien, ésa es justamente nuestra situación. Copio lo que nuestro director técnico, Juanjo Romero, ha dicho en un artículo:

«InfoCatólica existirá mientras los lectores quieran… El 98% de los ingresos provienen de donativos, grandes y pequeños. No hay más. No hay nada, ni nadie detrás… Todo lo que se ingrese se destina a pagar el servidor y licencias y los salarios de una persona a jornada completa y otra a media jornada. El resto del trabajo se realiza por voluntarios», por los miembros del Consejo y el Editor, y por la treintena de blogueros que cuidan cada uno de su blog.

Es un milagro que todo el artefacto amplio y complejo de InfoCatólica sea diariamente sostenido por una plantilla laboral tan mínima y una treintena de voluntarios, cada uno con su familia, su trabajo profesional, sus obligaciones apostólicas, etc. Y así vamos por el séptimo año… El empeño diario, fundamentalmente apostólico, de este grupo de católicos merece ser correspondido adecuadamente por los lectores que diariamente se benefician de su trabajo. Y más si tienen en cuenta que entre los grandes portales católicos de internet no creemos que haya ninguno que económicamente sea tan «pobre», teniendo el volumen y la calidad de nuestro Diario digital infocatólico. Recuérdenlo, por favor: vivimos de limosna.

Si la Fundación InfoCatólica, siendo benéfica y no lucrativa, vive de limosnas, y sostiene así el Diario digital InfoCatólica, rinde ella sus cuentas puntualmente en Hacienda, según las exigencias de la ley, pero no puede hacer públicos los nombres de sus donantes. No tenemos ninguna obligación de dar esa información; es más, no debemos darla. Ni transparencias ni gaitas, con perdón. De todos modos, antes de finalizar el año les daremos información del resultado final de la Campaña del Adviento, que lógicamente se prolonga de hecho en donativos realizados en tiempo de Navidad.

Vivimos de limosna, y por tanto somos pobres. Queda, pues, con lo ya dicho confirmado quod erat demostrandum:

que somos buenos y pobres, y que merecemos ser sostenidos por quienes aprecian nuestra labor.

* * *

La Campaña de Adviento que estamos realizando es la más fuerte y apremiante de cuantas hemos hecho. ¿Y cómo va? Está siendo muy buena, histórica… Ya hemos duplicado lo que recibimos en la primera de nuestras Campañas, en el año 2009, que también fue histórica.

Sin embargo, «no nos va a sacar de pobres». Si InfoCatólica no consigue una cantidad suficiente de donativos periódicos estables, su porvenir es necesariamente incierto. En todo caso, aunque la Campaña de Adviento termine por nuestra parte –dar la lata pidiendo a los lectores– en la Navidad, el 24, por supuesto que no se cierra entonces. No vamos a molestarnos lo más mínimo si después del 24 continúan llegando donativos, como es previsible. Por eso, en un último empeño, me permito sugerirles: ¿y si 50 lectores más pudieran hacer clic en el PayPal haciendo un donativo mensual de 10 euros? ¿Se tambalearía con eso el presupuesto familiar? Si así fuera, no lo hagan, por favor. ¿Y si Dios mueve a media docena de lectores a donar a InfoCatólica anualmente 75 euros? (La misma respuesta que acabo de dar a la anterior pregunta).

Seguiríamos siendo pobres y buenos, pero tendríamos un poco menos de incertidumbre –¡y un poco menos de trabajo con la realización de Campañas de donativos!– si hubiera más donativos periódicos, aunque fueran chicos. Así lo han entendido ya un 10% de donantes, que se han suscrito con una cantidad fija.

* * *

Agradezcamos al Señor todo lo recibido en esta Campaña, y lo que quede por recibir, bien conscientes de que Él es quien por su gracia mueve los corazones y las manos de nuestros benditos donantes. «Es Dios quien actúa en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13).

Agradecemos a los lectores pasados, presentes y futuros el esfuerzo que hacen para que InfoCatólica pueda continuar en su servicio a Dios y al pueblo cristiano. Para nosotros sus donativos son no sólo ayuda económica, sino también moral: son votos favorables a la obra católica que estamos sirviendo. Nos están diciendo: «van bien, sigan adelante, nos hacen mucho bien».

«El que escaso siembra, escaso cosecha. El que siempre con largueza, con largueza cosechará. Cada uno haga según se ha propuesto en su corazón, no de mala gana ni obligado, que Dios ama al que da con alegría. Y poderoso es Dios para acrecentar en vosotros todo género de gracias, para que teniendo siempre y en todo lo bastante, abundéis en toda buena obra» (2Cor 9,6-8).

Dios los bendiga a todos +

José María Iraburu

Presidente de la Fundación InfoCatólica

Post post.– Cuando decimos que somos buenos lo hacemos confiando en que la inteligencia de nuestros lectores lo entienda debidamente. Quienes hacemos cada día InfoCatólica somos quienes más nos damos cuenta de sus innumerables deficiencias, por acción o por omisión, por falta de docilidad al Espíritu Santo que actúa en nosotros, por ignorancias más o menos culpables, por imprudencias, errores y excesos nuestros o de los comentaristas que no han sido debidamente evitados o corregidos. Todo eso, de verdad, lo sabemos perfectamente. Y tratamos de remediar esos males, llevándolos encima como una cruz dolorosa y humillante mientras duren. Pero ya nos perdonarán si, a pesar de todo, seguimos pensando como piensan ustedes, nuestros lectores asiduos: que somos buenos.

 

  Ayuda                 

Queridos lectores, en el día luminoso de la Inmaculada Concepción de María, cuando iniciamos el Año Jubilar de la Misericordia, comenzamos la Campaña de Donativos de Adviento-Navidad en favor de InfoCatólica.

 * * *

–Vamos bien en muchos aspectos, gracias a Dios. Destaco en primer lugar la incorporación de nuevos blogueros muy valiosos. La formación de un equipo de traductores voluntarios ha constituido un gran avance que el Señor nos ha concedido. Con motivo del Sínodo, concretamente, nos ha permitido publicar textos de gran calidad procedentes de medios extranjeros. Desde que nacimos en 2009 el crecimiento de visitas ha sido continuo: este año, concretamente, hemos tenido un 20% más que el anterior. Las mejoras técnicas en el diseño de la página-web, aun manteniéndola en su clásica fisonomía ordenada, simple y atractiva, han logrado mejoras muy notables, sobre todo en su usabilidad –con perdón–desde terminales móviles. En redes sociales estamos haciendo una labor muy amplia. Aumenta nuestra difusión internacional, que ahora es 40% España y 60% no-España. También señalo que noticias, blogs y artículos publicados en InfoCatólica los vemos cada vez citados o reproducidos con más frecuencia en otros medios católicos. Deo gratias!

Somos muy conscientes, quizá más que nadie los que formamos el Equipo directivo de InfoCatólica, de las deficiencias concretas de orientación y de realizaciones que con demasiada frecuencia padecemos. Y sabemos por experiencia que las observaciones, correcciones y consejos de nuestros lectores, sobre todo de los más asiduos, pueden ayudarnos mucho.

Pero en términos generales creo que en este séptimo año InfoCatólica sobresale por la calidad de su doctrina católica –afirma la verdad y combate los errores– y por su espiritualidad. Ustedes mismos, en cartas o en la sección de comentarios, nos expresan su  sincero agradecimiento en términos a veces realmente conmovedores. Y aunque este tipo de elogios eventuales no se nos deben subir a la cabeza, por supuesto, también es cierto que nos hacen pensar que «muy malos no seremos», y que nos dan un empujoncito para arriba, muy valioso en momentos de cansancio o desánimo. Somos muy poca cosa, y hacemos lo que podemos, es decir, lo que el Señor nos da hacer, descontando, eso sí, las muchas gracias que frenamos con nuestras mediocridades espirituales y nuestros apegos personales, más o menos conscientes, pero ciertamente muy numerosos.

 * * *

–El sostenimiento económico de InfoCatólica, sin embargo, no va bien. Este Diario digital ha ido creciendo en ingresos y en gastos, viviendo siempre casi exclusivamente de donativos. Empezamos en 2009  desde cero, y ya en 2010-2012 alcanzamos a contratar a una persona a tiempo completo. Posteriormente, crecidos los donativos, pudimos contratar en media jornada a otra persona para ayudarle y sustituirle en sus vacaciones anuales y descanso semanal. Pero hace unas semanas ha tenido que cesar la fuente que contribuía con una cuarta parte a nuestros ingresos. En consecuencia, si no logramos recibir una mayor ayuda económica por donativos, nos veríamos obligados a replantear lo que actualmente ha venido a ser InfoCatólica: un Diario digital bastante completo.

Pedimos, pues, en primer lugar a nuestros lectores la ayuda de sus oraciones, para que el Señor suscite más donativos en favor de InfoCatólica, y para que a sus directivos nos asista con su gracia para que hagamos en esta situación difícil lo que convenga, que es exactamente lo que Él quiera. Si el Señor, por pura gracia, nos reunió con la misión de trabajar en InfoCatólica, Él tendrá que proveer, por pura gracia, a su subsistencia, si quiere que perdure.

En segundo lugar les pedimos que, en lo que buenamente puedan, contribuyan al sostenimiento de InfoCatólica con sus donativos, y si les es posible, con una ayuda fija. Bien sabemos que no pocos de ustedes ya están ayudando a otras Obras católicas muy buenas, y que en principio no es cosa de «desvestir a un santo para vestir a otro". Pero, pensándolo bien, no siempre los adagios expresan verdades absolutas. Hay Obras católicas excelentes, dedicadas principalmente a fines benéficos materiales, que tienen decenas de miles de donantes. Demos gracias a Dios. Pero piensen que hay otras Obras católicas como la nuestra, que orientadas sobre todo a servir en el campo de la información religiosa y de la formación doctrinal y espiritual, contamos con un número muy reducido de donantes, escandalosamente escaso –con perdón de nuevo–. Podría, pues, darse el caso –cada uno lo vea en su conciencia– de que fuera conveniente «desvestir a un santo para vestir a otro». No olviden que «vestir al desnudo» es una gran obra de misericordia. Y que en ésas estamos, ya me entienden, en InfoCatólica.

También sabemos que otros lectores no están en condiciones de ayudarnos económicamente. Les rogamos que no nos ayuden. Pero en el Consejo hemos pensado que conviene dirigir a todos los lectores de InfoCatólica este S.O.S., pues no queremos que alguno se vea privado de la posibilidad de dar en favor de esta Obra apostólica «el óbolo de la viuda».

Por último, a lectores pobres y a pudientes, a todos pedimos que, si de verdad estiman InfoCatólica, busquen entre sus amigos y conocidos quienes vengan en nuestra ayuda, para que nosotros podamos seguir ayudándoles.

  * * *

–Los distintos modos de concretar los donativos que solicitamos ya vienen expuestos en la pestaña COLABORAR de la cabecera. En todo caso, la vía del PayPal, concretamente la de botones con donativos de 3, 5… 100 € o más, viene a ser especialmente ágil, barata y simple, si la comparamos con los costos y trámites ordinarios de los Bancos.

  Creo yo que colaborar económicamente con InfoCatólica viene a ser una limosna. Y en en el comienzo de este Año de la Misericordia, quiero recordarles aquella exhortación que en la Evangelii gaudium (n. 193) hace el papa Francisco, considerando la limosna como una obra preciosa de la misericordia: «la limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado» (Tob 12,9). El Papa reproduce esa cita de Escritura, y en ese mismo número trae textualmente otras exhortaciones bíblicas semejantes (Mt 5,7; Sant 2,12-13; Dan 4,24; Ecl 3,30; 1Pe 4,8), terminándolo con un texto precioso de San Agustín, representante de esa doctrina clásica en los Padres (De Catechizandis rudibus I, XIV, 22).

   Palabra de Cristo: «Dad y se os dará» (Lc 6,38). «Lo que recibisteis gratis, dadlo gratis (gratis date)» (Mt 10,8). Palabra del Apóstol: «El que siembra abundantemente, con abundancia cosechará. Cada uno haga según se ha propuesto en su corazón, no de mala gana ni obligado, que Dios ama al que da con alegría» (2Cor 9,6-7).

Un cordial saludo en Cristo

José María Iraburu

Presidente de la Fundación InfoCatólica

Índice de Reforma o apostasía

Jesús camina con cristiano

–Es verdad. Se acaba el Año litúrgico en este sábado XXXIV del Tiempo Ordinario. Y comienza el Adviento.

–Acabamos el Año en el Oficio de lectura de la Liturgia de las Horas con este precioso sermón de San Agustín.

 

San Agustín (354-430), Sermón 256,1-3

Cantemos aleluya al Dios bueno que nos libra del mal

Cantemos aquí el Aleluya, aun en medio de nuestras dificultades, para que podamos luego cantarlo allá, estando ya seguros. ¿Por qué las dificultades actuales? ¿Vamos a negarlas, cuando el mismo texto sagrado nos dice: El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio? ¿Vamos a negarlas, cuando leemos también: Velad y orad, para no caer en la tentación? ¿Vamos a negarlas, cuando es tan frecuente la tentación, que el mismo Señor nos manda pedir: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores? Cada día hemos de pedir perdón, porque cada día hemos ofendido. ¿Pretenderás que estamos seguros, si cada día hemos de pedir perdón por los pecados, ayuda para los peligros?

Primero decimos, en atención a los pecados pasados: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdona­mos a nuestros deudores; luego añadimos, en atención a los peligros futuros: No nos dejes caer en la tentación. ¿Cómo podemos estar ya seguros en el bien, si todos juntos pedimos: Líbranos del mal? Mas con todo, hermanos, aun en medio de este mal, cantemos el Aleluya al Dios bueno que nos libra del mal.

Aun aquí, rodeados de peligros y de tentaciones, no dejemos por eso de cantar todos el Aleluya. Fiel es Dios –dice el Apóstol–, y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. Por esto, cantemos también aquí el Aleluya. El hombre es todavía pecador, pero Dios es fiel. No dice: «Y no permitirá que seáis probados», sino: No permitirá que la prueba supere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida. Has entrado en la tentación, pero Dios hará que salgas de ella indemne; así, a la manera de una vasija de barro, serás modelado con la predicación y cocido en el fuego de la tribulación. Cuando entres en la tentación, confía que saldrás de ella, porque fiel es Dios: El Señor guarda tus entradas y salidas.

Más adelante, cuando este cuerpo sea hecho inmortal e incorruptible, cesará toda tentación; porque el cuerpo está muerto. ¿Por qué está muerto? Por el pecado. Pero el espíritu vive. ¿Por qué? Por la justificación. Así pues, ¿quedará el cuerpo definitivamente muerto? No, ciertamente; escucha cómo continúa el texto: Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales. Ahora te­nemos un cuerpo meramente natural, después lo tendre­mos espiritual.

¡Feliz el Aleluya que allí entonaremos! Será un Aleluya seguro y sin temor, porque allí no habrá ningún enemigo, no se perderá ningún amigo. Allí, como ahora aquí, resonarán las alabanzas divinas; pero las de aquí proceden de los que están aún en dificultades, las de allá de los que ya están en seguridad; aquí de los que han de morir, allá de los que han de vivir para siempre; aquí de los que esperan, allá de los que ya poseen; aquí de los que están todavía en camino, allá de los que ya han llegado a la patria.

Por tanto, hermanos míos, cantemos ahora, no para deleite de nuestro reposo, sino para alivio de nuestro trabajo. Tal como suelen cantar los caminantes: canta, pero camina; consuélate en el trabajo cantando, pero no te entregues a la pereza; canta y camina a la vez. ¿Qué significa «camina»? Adelanta, pero en el bien. Porque hay algunos, como dice el Apóstol, que adelantan de mal en peor. Tú, si adelantas, caminas; pero adelanta en el bien, en la fe verdadera, en las buenas costumbres; canta y camina.

Carl Bloch, 1890

–Tengo la impresión de que alguna vez leí en su blog un artículo como éste.

–Y no se equivoca. Con alguno retoques, es el mismo que publiqué hace unos siete años (29) 31-VII-2009 en este mismo blog.

Los poderes de este mundo buscan un Orden Nuevo, alejándose de Cristo y de la Iglesia. «No queremos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19,14). Lo tienen muy claro. Pero ignoran que donde se expulsa a Cristo Rey, entra el reinado del diablo. Éstos «son enemigos de la cruz de Cristo, tienen por dios su propio vientre y ponen su corazón en las cosas terrenas»; en cambio los cristianos nos reconocemos «ciudadanos del cielo, de donde esperamos al Salvador y Señor Jesucristo» (Flp 3,19-21). Y a lo largo de los siglos, por obra del Espíritu Santo, permanecemos en la súplica permanente del Padrenuestro: «Venga a nosotros tu Reino».

«Cristo, ¿vuelve o no vuelve?» Así se titula un libro (1951) del padre Leonardo Castellani, traductor y comentador de El Apokalipsis de San Juan (1963). Pocos autores del siglo XX han hecho tanto cómo él para reafirmar la fe y la esperanza en la Parusía. Se quejaba con razón de que el segundo Adviento glorioso de Cristo, con su victoria total y definitiva sobre el mundo, estuviera tan olvidado en el pueblo cristiano, tan ausente de la predicación habitual, siendo así que esa fe y esa esperanza han de iluminar toda la vida de la Iglesia y de cada cristiano. «No se puede conocer a Cristo si se borra su Segunda Venida. Así como según San Pablo, si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana; así, si Cristo no ha de volver, Cristo fue un fracasado» (Domingueras prédicas, 1965, III dom. Pascua).

Comencemos por recordar que hay muchas esperanzas falsas, y una sola verdadera.

No tienen verdadera esperanza

–aquéllos que diagnostican como leves los males graves del mundo y de la Iglesia. O están ciegos o es que prefieren ignorar u ocultar la verdad. Como están muy débiles en la esperanza, niegan la gravedad de los males, pues consideran irremediable el extravío del pueblo. Y así vienen a estimar más conveniente –más optimista– decir «vamos bien».

–Tampoco tienen esperanza verdadera aquellos que se atreven a anunciar «renovaciones primaverales» de la Iglesia, estilos pastorales profundamente mejorados, si no insisten suficientemente en el reconocimiento humilde de los pecados presentes y en la conversión y penitencia que nos libra de ellos.

–Falsa es la esperanza de quienes la ponen en medios humanos, y reconociendo a su modo los males que sufrimos en la Iglesia, pretenden vencerlos con nuevas fórmulas doctrinales, litúrgicas y disciplinares «más avanzadas que las de la Iglesia oficial», que no teman romper con tradiciones mantenidas durante veinte siglos. Ellos se consideran a sí mismos como un «acelerador», y ven como un «freno» la tradición católica, los dogmas, la autoridad apostólica. Éstos una y otra vez intentan conseguir por medios humanos –grupos de presión, nuevos métodos y consignas, organizaciones y campañas, una y otra vez cambiados y renovados–, aquello que sólo puede lograrse por la fidelidad a la verdad y a los mandamientos de Dios y de su Iglesia. Sus empeños son vanos. Y por eso vienen a ser des-esperantes.

–Los que, no esperando de verdad la victoria «próxima» de Cristo Rey, pactan con el mundo, haciéndose cómplices de sus ideologías vigentes, de los Poderes mundanos que las imponen, de los grandes Organismos Internacionales, empeñados en establecer un Orden Nuevo sin Dios y contra Cristo. Por ejemplo, no viven ciertamente esa esperanza de la Parusía inminente de Cristo aquellos políticos cristianos, que aunque aparenten oponerse a los enemigos de Cristo y de la Iglesia, en el fondo ceden ante ellos, y sometiéndose durante muchos decenios a la norma del mal menor, van llevando al pueblo, un pasito detrás de los enemigos del Reino, a los mayores males.

–No tienen esperanza quienes no creen en la fuerza de la gracia del Salvador, y por eso no llaman a conversión, como no sea en fórmulas muy leves, que excluyen por supuesto la posibilidad del infierno. Y así aprueban, al menos con su silencio, lo que sea: que el pueblo se aleje habitualmente de la eucaristía, que profane normalmente el matrimonio con la anticoncepción, que den su voto a partidos políticos abortistas, etc. No piensan siquiera en llamar a conversión a los propios cristianos –mucho menos aún a los paganos–, porque estiman irremediables los males arraigados en el presente. «¿Cómo les vas a pedir que?»…. Al fallarles la esperanza en Dios, la esperanza en la fuerza de su gracia, y en la bondad potencial de los hombres asistidos por Cristo, ellos no piden nada, y por tanto, no dan el don de Dios a los hombres, a los casados, a los políticos, a los feligreses sencillos, a los cristianos dirigentes, a los no-creyentes. No llaman a conversión, porque en el fondo no creen en su posibilidad: les falta la esperanza. Ven como irremediables los males del mundo y de la Iglesia. ¡Y son ellos los que tachan de pesimistas y carentes de esperanza a los únicos que, entre tantos desesperados y derrotistas, mantienen la esperanza verdadera!

Tienen verdadera esperanza

–los que reconocen los males del mundo y del pueblo descristianizado, los que se atreven a verlos y, más aún, a decirlos. Porque tienen esperanza en el poder del Salvador, por eso no dicen que el bien es imposible, y que es mejor no proponerlo; por eso no enseñan con sus palabras o silencios que lo malo es bueno; y tampoco aseguran, con toda afabilidad y simpatía, «vais bien» a los que en realidad «van mal».

–Los que tienen esperanza predican al pueblo con mucho ánimo el Evangelio de la conversión, para que todos pasen de la mentira a la verdad, de la soberbia intelectual a la humildad discipular, del culto al placer y a las riquezas al único culto litúrgico del Dios vivo y verdadero, de la arbitrariedad rebelde a la obediencia de la disciplina eclesial.

Se atreven a predicar así el Evangelio porque creen que Dios, de un montón de esqueletos descarnados, puede hacer un pueblo de hombres vivos (Ez 37), y de las piedras puede sacar hijos de Abraham (Mt 3,9). Sostenidos por esa viva esperanza, todo ella fundada en la omnipotencia misericordiosa del Salvador del mundo, procuran evangelizar no solamente a los paganos, sino a los mismos cristianos paganizados, lo que exige de Dios un milagro doble.

–Tienen esperanza aquellos que esperan la venida gloriosa de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (Flp 3,20-21), los que saben que «es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies», sometiendo a su autoridad en la Parusía a todo lo que existe, a todo poder mundano y toda realidad, y sujetándolo al Padre celestial, de tal modo que «Dios sea todo en todas las cosas» (1Cor 15,15,25-29).

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«Todos los pueblos, Señor, vendrán a postrarse en tu presencia» (Ap 15,4). El «Salvador del mundo» salvará al mundo y a su Iglesia. ¿Está viva de verdad esta esperanza en la mayoría de los cristianos de hoy? Son muchos los que dan por derrotada a la Iglesia en la historia del mundo. ¿Cuáles son las esperanzas de los cristianos sobre este mundo tan alejado de Dios, tan poderoso y cautivante, y qué esperanzas tienen sobre aquellas Iglesias que están profundamente mundanizadas?…

Nuestras esperanzas no son otras que las mismas promesas de Dios en las Sagradas Escrituras. En ellas los autores inspirados nos aseguran una y otra vez que «todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor, y bendecirán tu Nombre» (Sal 85,9; cf. Tob 13,13; Sal 85,9; Is 60; Jer 16,19; Dan 7,27; Os 11,10-11; Sof 2,11; Zac 8,22-23; Mt 8,11; 12,21; Lc 13,29; Rm 15,12; etc.). El mismo Cristo nos anuncia y promete que «habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10,16), y que, finalmente, resonará grandioso entre los pueblos el clamor litúrgico de la Iglesia: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios, soberano de todo; justos y verdaderos tus designios, Rey de las naciones. ¿Quién no te respetará? ¿quién no dará gloria a tu Nombre, si sólo tú eres santo? Todas las naciones vendrán a postrarse en tu presencia» (Ap 15,3-4).

Siendo ésta la altísima esperanza de los cristianos, no tenemos ante el mundo ningún complejo de inferioridad, no nos asustan sus persecuciones, ni nos fascinan sus halagos, ni ponemos nuestra esperanza en los Grandes Organismos Internacionales que gobiernan el mundo, ni tenemos miedo a las persecuciones –que sin hacer mucho ruido– realizan cada vez más fuertemente contra la Iglesia: son zarpazos de la Bestia mundana, azuzada y potenciada por el Diablo, que «sabe que le queda poco tiempo» (Ap 12,12). Sabemos con toda certeza los cristianos que al Príncipe de este mundo ha sido vencido por Cristo, y por eso mismo no tenemos ni siquiera la tentación de establecer complicidades oscuras con este mundo de pecado.

«Estas cosas os las he dicho para que tengáis paz en mí. En el mundo habéis de tener tribulación; pero confiad: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). «Vengo pronto, mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona» (Ap 3,12). «Vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo, para pagar a cada uno según su trabajo» (22,12). «Sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús» (22,20).

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Una vez más son hoy los Papas principalmente quienes mantienen vivas las esperanzas de la Iglesia. Son ellos los que, fieles a su vocación, «confortan en la fe a los hermanos» (Lc 22,32). Especialmente asistidos por Cristo, son fieles a las Escrituras, a la fe y a la esperanza de la Tradición católica. Y mantienen la fe en las promesas de Cristo con muy pocos apoyos de los predicadores y autores católicos actuales.

León XIII enseña: «Puesto que toda salvación viene de Jesucristo, y no se ha dado otro nombre a los hombres en el que podamos salvarnos (Hch 4,12), éste es el mayor de nuestros deseos: que todas las regiones de la tierra puedan llenarse y ser colmadas del nombre sagrado de Jesús… No faltarán seguramente quienes estimen que Nos alimentamos una excesiva esperanza, y que son cosas más para desear que para aguardar. Pero Nos colocamos toda nuestra esperanza y absoluta confianza en el Salvador del género humano, Jesucristo, recordando bien qué cosas tan grandes se realizaron en otro tiempo por la necedad de la predicación de la cruz, quedando confusa y estupefacta la sabiduría de este mundo… Dios favorezca nuestros deseos y votos, Él, que es rico en misericordia, en cuya potestad están los tiempos y los momentos, y apresure con suma benignidad el cumplimiento de aquella divina promesa de Jesucristo: se hará un solo rebaño y un solo Pastor» (epist. apost. Præclara gratulationis, 1894).

San Pío X, de modo semejante, en su primera encíclica, declara que su voluntad más firme es «instaurar todas las cosas en Cristo» (Ef 1,10). Es cierto que «»se amotinan las naciones» contra su Autor, «y que los pueblos planean un fracaso» (Sal 2,1), de modo que casi es común esta voz de los que luchan contra Dios: «apártate de nosotros» (Job 21,14). De aquí viene que esté extinguida totalmente en la mayoría la reverencia hacia el Dios eterno, y que no se haga caso alguno de la Divinidad en la vida pública y privada. Más aún, se procura con todo empeño y esfuerzo que la misma memoria y noción de Dios desaparezca totalmente. Quien reflexione sobre estas cosas, será ciertamente necesario que tema que esta perversidad de los ánimos sea un preludio y como comienzo de los males que se han de esperar para el último tiempo; o que «el Hijo de perdición», de quien habla el Apóstol, no esté ya en este mundo… «levantándose sobre todo lo que se llama Dios… y sentándose en el templo de Dios como si fuese Dios» (2Tes 2,3-4)».

«Sin embargo, ninguno que tenga la mente sana puede dudar del resultado de esta lucha de los mortales contra Dios… El mismo Dios nos lo dice en la Sagrada Escritura… «aplastará la cabeza de sus enemigos» (Sal 67,22), para que todos sepan «que Dios es el Rey del mundo» (46,8), y «aprendan los pueblos que no son más que hombres» (9,21). Todo esto lo creemos y esperamos con fe cierta» (enc. Supremi Apostolatus Cathedra, 1903).

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Cristo vence, reina e impera. Cada día confesamos en la liturgia –quizá sin apenas enterarnos de ello– que Cristo «vive y reina por los siglos de los siglos. Amén». No sabemos cuándo ni cómo será la victoria final del Reino de Cristo. Pero siendo nuestro Señor Jesucristo el Rey del universo, el Rey de todas las naciones; teniendo, pues, sobre la historia humana una Providencia omnipotente y misericordiosa, y habiéndosele dado en su ascensión «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18), ¿podrá algún creyente, sin renunciar a su fe, tener alguna duda sobre la realidad del actual gobierno providente del Señor y sobre la plena victoria final del Reino de Cristo sobre el mundo?

Reafirmemos nuestra fe y nuestra esperanza. La secularización, la complicidad con el mundo, el horizontalismo inmanentista, la debilitación y, en fin, la falsificación del cristianismo proceden hoy en gran medida del silenciamiento y olvido de la Parusía. Sin la esperanza viva en la segunda Venida gloriosa de Cristo, los cristianos caen en la apostasía. En el Año litúrgico de la Iglesia la solemnidad de Cristo Rey precede a la celebración gozosa de su Adviento: del primero, que ya fue, y del segundo, que se producirá irresistiblemente.

José María Iraburu, sacerdote

Añado como apéndice un formidable texto de Orígenes (185-253), gran teólogo alejandrino, que mientras la Iglesia sufría, y él con ella, la durísima persecución del emperador Decio, escribía este texto tan lleno de esperanza, que hoy reproduce la Liturgia de las Horas como lectura para la solemnidad de Cristo Rey (Sobre la oración, cp. 25).

«Si, como dice nuestro Señor y Salvador, el reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí, sino que el reino de Dios está dentro de nosotros, pues la palabra está cerca de nosotros, en los labios y en el corazón, sin duda, cuando pedimos que venga el reino de Dios, lo que pedimos es que este reino de Dios, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando. Efectivamente, Dios reina ya en cada uno de los santos, ya que éstos se someten a su ley espiritual, y así Dios habita en ellos como en una ciudad bien gobernada. En el alma perfecta está presente el Padre, y Cristo reina en ella, junto con el Padre, de acuerdo con aquellas palabras del Evangelio: Vendremos a él y haremos morada en él.

«Este reino de Dios que está dentro de nosotros llegará, con nuestra cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a él todos sus enemigos, entregue a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos. Por esto, rogando incesantemente con aquella actitud interior que se hace divina por la acción del Verbo, digamos a nuestro Padre que está en los cielos: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino.

«Con respecto al reino de Dios, hay que tener también esto en cuenta: del mismo modo que no tiene que ver la luz con las tinieblas, ni la justicia con la maldad, ni pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo, así tampoco pueden coexistir el reino de Dios y el reino del pecado.

«Por consiguiente, si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos todo lo terreno que hay en nosotros y fructifiquemos por el Espíritu; de este modo, Dios se paseará por nuestro interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo, el cual se sentará en nosotros a la derecha de aquella virtud espiritual que deseamos alcanzar: se sentará hasta que todos sus enemigos que y en nosotros sean puestos por estrado de sus pies, y sean reducidos a la nada en nosotros todos los principados, todos los poderes y todas las fuerzas.

«Todo esto puede realizarse en cada uno de nosotros, y el último enemigo, la muerte, puede ser reducido a la nada, de modo que Cristo diga también en nosotros: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? Ya desde ahora este nuestro ser, corruptible, debe vestirse de santidad y de incorrupción, y este nuestro ser, mortal, debe revestirse de la inmortalidad del Padre, después de haber reducido a la nada el poder de la muerte, para que así, reinando Dios en nosotros, comencemos a disfrutar de los bienes de la regeneración y de la resurrección».

Índice de Reforma o apostasía

Matrimonio anticonceptivo

–No sabía yo que la anticoncepción es hoy uno de los más graves males que padece la Iglesia.

–Bueno, al parecer tampoco el Sínodo lo sabía.

–Status quaestionis

En el artículo anterior, haciendo un poco historia de la cuestión, llegamos a comprobar que en muchas Iglesias locales, la anticoncepción –viene a ser practicada habitualmente sin apenas conciencia de culpa por la mayoría de los matrimonios católicos. Ello se debe principalmente a que –la doctrina católica que la prohibe ha sido resistida y silenciada sistemáticamente por muchos Pastores. De hecho, –la pastoral la fomenta o al menos la tolera, separándose completamente de la doctrina católica, que al menos en forma implícita, y muchas veces explícita, viene a considerarse una doctrina falsa, por excesivamente rigurosa, o que al menos, se considera inviable.

Reproduzco dos comentarios al citado artículo, que vienen a confirmar este diagnóstico de situación, aunque en dos sentidos diversos.

Comentario de Isabel.– Gracias por concretar esa penosa trayectoria pastoral, que me tocó vivir en el colegio de monjas y en los cursillos prematrimoniales. La confusión era bárbara. Se decía que mientras fueran métodos barrera o píldoras anovulatorias no abortivas eran lícitos, que incluso era lo responsable, porque se partía de que era muy difícil , si no imposible, pedir castidad a un matrimonio (o pareja, puesto que algunos ya convivían) e incluso que el amor conyugal estaba por encima de todo eso… Creo que el error pastoral partía de no entender como decía San Juan Pablo II la «gramática de las relaciones conyugales», planteando la castidad como restricción en lugar de como afirmación gozosa.

Comentario de Nacho.– …Por favor, revisen la realidad. Hasta el más católico de los matrimonios tiene sexo con anticonceptivos, salvo que estén realmente enfermos de la cabeza. saludos

Los tres males peores que hoy sufre la Iglesia en muchos lugares son 1) la ausencia a la Eucaristía dominical, 2) la falta de vocaciones sacerdotales y religiosas y 3) la epidemia de los matrimonios anticonceptivos

Los tres males se causan entre sí y se potencian mutuamente. Y son muy suficientes para ir llevando una Iglesia local hacia su extinción. La anticoncepción es hoy la mayor fuerza destructora de los matrimonios, pues los pervierte y degrada, estabilizándolos en un estado de vida objetiva y gravemente pecaminoso; los profana, separando la unión indisoluble entre amor conyugal y apertura a la procreación, que es fin principal del matrimonio; y reduciendo la natalidad hasta extremos demográficamente suicidas, con sumo perjuicio de la Iglesia y de la sociedad. Pablo VI describe en la Humanæ vitæ (17), como en un retrato tomado del natural, Las graves consecuencias de los métodos de regulación artificial de la natalidad. La anticoncepción, cuando se hace crónica, causa grandes destrozos no solo en la relación de los cónyuges, sino en todo lo que es la vida familiar y la educación de los hijos.

Un Sínodo del matrimonio y la familia tendría que haber considerado como uno de los asuntos más urgentes procurar la conversión de los matrimonios anticonceptivos, pues al haberse generalizado la anticoncepción, ha venido a ser una estructura de pecado. Era en el Sínodo urgente reafirmar con toda su fuerza iluminadora y sanante la doctrina de la Iglesia sobre matrimonio y procreación. Pero como veremos, los dos números dedicados a la dimensión generativa de la familia, 62-y 63, tal como quedaron formulados en la Relazione Finale del Sinodo dei Vescovi (24-X-2015), son deliberadamente ambiguos y débiles. No expresan suficientemente la extensión y la gravedad de la anticoncepción en los matrimonios. Y tampoco dan signos de querer combatirla frontalmente y con medios eficaces. Más bien parecen tolerarla como una deficiencia inevitable. Ese combate frontal era, es, especialmente necesario por el hecho de que, como sabemos, para algunos Padres sinodales la anticoncepción debería ser aceptada por la Iglesia, como una conquista irrenunciable de la ciencia y de la cultura del mundo actual. Una atención mucho mayor se prestó en el Sínodo a la comunión eucarística de «los divorciados vueltos a casar»… De la lícita comunión de los matrimonios anticonceptivos ni se trató siquiera. Como si se diera por supuesto que su situación es tolerable.

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Nº 62. La trasmissione della vita

Cumple la Relatio brevemente en este número con la ortodoxia católica, haciendo un elogio de la familia numerosa, confesando que «la apertura a la vida es una exigencia intrínseca del amor conyugal» y recomendando «divulgar mucho más los documentos del Magisterio de la Iglesia que promueven la cultura de la vida». Loables intenciones, incumplidas desde hace medio siglo. Alude apenas a la existencia de una mentalidad no-conceptiva, que lleva a «una grave caída de la natalidad». Pero evita declarar abiertamente la gravedad de la situación. Nada dice de la gravedad mortal de la anticoncepción, ni denuncia que en muchas Iglesias locales una de las plagas peores es hoy la multiplicación innumerable de los matrimonios anticonceptivos, que profanan habitualmente el santo amor de la unión conyugal. Tampoco denuncia la difusión innumerable, casi siempre impune, de errores muy graves sobre la moral del matrimonio en predicaciones y publicaciones, en confesonarios y en cursillos prematrimoniales, errores que en muchos lugares han prevalecido ampliamente sobre la verdadera doctrina católica, rechazando en modo directo o indirecto Humanæ vitæ, la Familiaris consortio, la Veritatis splendor, la Evangelium vitæ, y que llegan a establecer una estructura de pecado en los matrimonios sacramentales profanados.

Es notable. La Relatio sinodal pone gran empeño en «partir de la realidad», y dedica a describirla varios capítulos de la I parte, La Chiesa in ascolto della famiglia, analizando ampliamente la situación social, cultural, económica, etc. de matrimonios y familias. Dos cosas hay que decir a esto. 1ª.–Dando el pomposo nombre de «la realidad» a las cosas tan mudables del mundo presente –«pasa la apariencia de este mundo» (1Cor 7,31)–, y queriendo iniciar en ella la reflexión sinodal, queda en segundo plano la verdadera Realidad, que es Dios, su enviado Jesucristo, el Evangelio, la doctrina de la Iglesia. De ella debe partir toda reflexión sobre las situaciones actuales de lo que sea. Ésta es la verdadera Realidad que debe iluminar, transformar y salvar todas las pobres y cambiantes realidades de la sociedad mundana. Por eso es preciso señalar que ya el punto de partida del Sínodo es equívoca. 2ª.–Pero concediendo que esa reflexión primera del Sínodo pueda ser el pró-logo del Logos de la fe, al menos debemos exigirle que vea y describa la realidad en forma verdadera, sin falsificarla con tantas omisiones y palabras vanas. El examen que la Relatio describe del matrimonio católico actual, en orden a la transmisión de la vida, da un diagnóstico breve, paupérrimo, falso, in-significante. Precisamente por eso –aunque parezca una paradoja– este número obtuvo 259 sí y 0 no.

Al final de mi artículo (342) Sínodo: agua y aceite, advertía yo lo que ya muchos veían: que la Relación final de un Sínodo que congregaba a defensores y agresores de la doctrina católica sobre el matrimonio solamente podría ser aprobada por la mayoría, si los redactores formulaban cuidadosamente el texto final en términos deliberadamente ambiguos, aceptables por una y otra de las partes. Y así fue.

Nº 63. La responsabilità generativa

La Relatio se remite piadosamente a la doctrina del Vaticano II, Gaudium et spes, y al Magisterio apostólico de Pablo VI, Humanæ vitæ, y de Juan Pablo II, Familiaris consortio.

Sin embargo, en la cita de la GS 50, en la que se indica cómo «los cónyuges se abrirán a la vida formándose “un recto juicio"» señala bien una serie de valores que deben ser activados, pero omite lo que la propia GS señala con toda claridad: que «en su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente esa ley a la luz del Evangelio» (50b). Eso no lo cita. 

Esta trampa de la Relatio es la misma que emplea al tratar de la integración de los divorciados recasados en la vida de la Iglesia (85), cuando cita devota y ampliamente las palabras de Juan Pablo II en la Familiaris consortio (84) –acompañar, acoger, discernir las situaciones diversas, etc.–, pero corta la larga cita cuando llega al párrafo conclusivo: «La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez». Esto no lo cita. No le interesa.

Más trampas

Muy bien dice la Relatio del Sínodo (63) que «la encíclica Humanæ vitæ (cf. 10-14) y la exhortación apostólica Familiaris consortio (cf. 14; 28-35) deben ser redescubiertas con el fin de recuperar la disponibilidad a la procreación en contraste con una mentalidad frecuentemente hostil a la vida». Y en este sentido, sigue diciendo, encarece «la formación de la conciencia», la ayuda de «especialistas católicos en materia biomédica», el «acompañamiento espiritual», que libera de un subjetivismo arbitrario y de los condicionamientos del ambiente, y exhorta a que «sea recomendado el recurso a los métodos fundamentados en los “ritmos naturales de la fecundidad” (HV, 11)», al mismo tiempo que rechaza totalmente «las intervenciones coercitivas del Estado en favor de la anticoncepción». Todas éstas son proposiciones verdaderas, que contentando a los sinodales ortodoxos, conseguirán la aprobación final del documento. Pero son muy breves y débiles, y apenas resultan creíbles.

No resultan creíbles porque no van acompañadas de una necesaria confesión de culpas, que reconozca  penitencial y públicamente que con gran frecuencia la «pastoral» se ha hecho contraria en muchas regiones de la Iglesia a la «doctrina» del Magisterio apostólico, y ha orientado a los novios y matrimonios por caminos perdidos. El Sínodo silencia esa infidelidad tan grave y frecuente en la pastoral del matrimonio. Cito dos ejemplos en relación con la encíclica Evangelium vitæ (1995):

–Métodos naturales. «Respecto a los inicios de la vida, los centros de métodos naturales de regulación de la fertilidad han de ser promovidos como una valiosa ayuda para la paternidad y maternidad responsables» (n. 88). Es patente que el apoyo de la Iglesia a su difusión viene siendo mínimo en la gran mayoría de diócesis y parroquias: «no organicemos centros que enseñen los métodos naturales, y dejemos que la regulación de la fertilidad se siga realizando por la anticoncepción. Y ya que ésta se ha establecido activa o pasivamente en la pastoral de gran parte de la Iglesia, no despertemos la discusión doctrinal del asunto, en la que los doctrinarios llevan las de ganar».

–La virtud de la castidad. Dice Juan Pablo II en esta encíclica: «No se nos puede eximir de ofrecer sobre todo a los adolescentes y a los jóvenes la auténtica educación de la sexualidad y del amor, una educación que implica la formación de la castidad, como virtud que favorece la madurez de la persona y la capacita para respetar el significado “esponsal” del cuerpo» (n. 97). Por el contrario, la predicación de la castidad y del pudor, como virtudes necesarias a todo cristiano, y concretamente para vivir dignamente el matrimonio y la paternidad responsable –que requiere abstinencias periódicas–, ha cesado casi totalmente en amplias regiones de la Iglesia. En la propia Relatio se menciona la castidad solamente en dos breves frases (en nn. 31 y 58), en contraste con otros temas que son objeto de desarrollos mucho más amplios.

Este punto recibió en la votación final 237 sí y 21 no. La anticoncepción puede estar tranquila: seguirá y proseguirá como hasta ahora. Por el momento al menos, nadie la va a combatir. Bueno, sí la combaten quienes, fieles al Magisterio apostólico, promueven la paternidad responsable y la enseñanza de los métodos naturales. Pero son cuatro aislados, que rara vez encuentran apoyos fuertes en las diócesis.

San Juan Pablo II, en la misma Evangelium vitæ (97), elogia a quienes enseñan «el recurso a los métodos naturales de regulación de la fertilidad», para favorecer la paternidad responsable, bien consciente de que trabajan contra corriente. «Una consideración honesta de los resultados alcanzados debería eliminar prejuicios todavía muy difundidos y convencer a los esposos, y también a los agentes sanitarios y sociales, de la importancia de una adecuada formación al respecto. La Iglesia está agradecida a quienes con sacrificio personal y dedicación con frecuencia ignorada [cuando no estorbada y resistida] trabajan en la investigación y difusión de estos métodos, promoviendo al mismo tiempo una educación en los valores morales que su uso supone». Si no comunicaran estos valores morales, sus abnegados esfuerzos no estarían sirviendo a la paternidad responsable, sino a la anticoncepción.

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La Relatio final del Sínodo denuncia en forma mínima la difusión y la maldad de la anticoncepción, y también en forma mínima, casi imperceptible, promueve la paternidad responsable mediante los métodos naturales

Afirmar, como afirma, que «el amor conyugal entre un hombre y una mujer y la transmisión de la vida están ordenados el uno a la otra» (63), es una declaración en forma positiva muy loable, que no suscitará mayores resistencias, pero que es sumamente insuficiente si omite las condenas de la anticoncepción hechas en forma negativa. Éstas son mucho más comprometedoras para las conciencias. Con una fuerza inmensamente mayor que la del Sínodo se pronunciaron el Beato Pablo VI y San Juan Pablo II, empleando para ello formas positivas y negativas. En la Familiaris consortio (n. 32) se dice:

«El Concilio Vaticano II afirmó claramente que “cuando se trata de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero. Pero esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal” (GS 51).

Matrimonio-familia«Es precisamente partiendo de la “visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna” (HV 7), por lo que Pablo VI afirmó, que la doctrina de la Iglesia “está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador» (ib. 12). Y concluyó recalcando que hay que excluir, como intrínsecamente deshonesta, “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación” (ib. 14).

«Cuando los esposos, mediante el recurso al anticoncepcionismo, separan estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión sexual, se comportan como “árbitros” del designio divino y “manipulan” y envilecen la sexualidad humana, y con ella la propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación “total". Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce, no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal.

«En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a períodos de infecundidad, respetan la conexión inseparable de los significados unitivo y procreador de la sexualidad humana, se comportan como “ministros” del designio de Dios y “se sirven” de la sexualidad según el dinamismo original de la donación “total", sin manipulaciones ni alteraciones (ib. 13)».

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La anticoncepción ha llegado a ser una «estructura de pecado»

Según ésta, al ser la anticoncepción aceptada por la mayoría de los matrimonios, incluso de los católicos, deja de ser pecado. Así piensan muchos esposos anticonceptivos, y no pocos predicadores y confesores. Una característica propia de la estructura de pecado se da cuando en cierto sector de la vida humana las personas pecan ya sin conciencia de culpa: el mantenimiento, por ejemplo, de la esclavitud, de la poligamia, de la violencia por cuestiones de honor… o la práctica de la anticoncepción. Grave error. De la consideración moral de la estructura de pecado, también llamada «pecado social», San Juan Pablo II en su exhortación apostólica Reconciliatio et poenitentia (2-XII-1984, n. 16) enseña que

«el pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona, porque es un acto libre de la persona individual, y no precisamente de un grupo o comunidad… No se puede ignorar esta verdad con el fin de descargar en realidades externas –las estructuras, los sistemas, los demás– el pecado de los individuos… Hablar de “pecados sociales", aunque sea en sentido analógico, no debe inducir a nadie a disminuir la responsabilidad de los individuos, sino que quiere ser una llamada a las conciencias de todos para que cada uno tome su responsabilidad, con el fin de cambiar seria y valientemente esas nefastas realidades y situaciones intolerables»… Después de todo, los diversos casos de «"pecado social” son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos “pecados personales"».

Esta doctrina de la Iglesia no parece estar integrada en la Relatio final del Sínodo al tratar de la moral conyugal y concretamente de la anticoncepción. Pero es necesario creerla, enseñarla y vivirla. No es lícito a los esposos anticonceptivos excusar su pecado alegando los condicionamientos ambientales muy generalizados que afectan su conducta. Por el contrario, cada cristiano está en el mundo, pero sin ser del mundo (Jn 15,18-19), y precisamente por eso está llamado a ser levadura en la masa (Mt 13,33), luz en medio de las tinieblas mundanas y sal que purifique y dé sabor a todas las realidades temporales (5,13-16). San Pablo mandaba a los cristianos

«no os conforméis a este mundo, sino transformáos por la renovación de la mente (metanoia)», buscando en todo discernir y hacer la voluntad de Dios (Rm 12,2). Así seréis «irreprochables, hijos de Dios sin mancha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como antorchas en el mundo, llevando en alto la Palabra de la vida» (Flp 2,15).

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La anticoncepción es intrínseca y gravemente pecaminosa

Si el Sínodo sobre el matrimonio y la familia quiere combatir y vencer, con la gracia de Cristo Salvador, la grave epidemia de la anticoncepción que degrada los matrimonios; si de verdad lo intenta; si no considera invencible un mal tan grande, tiene que emplear un lenguaje mucho más claro y fuerte, como el de San Juan Pablo II:

«Pablo VI, calificando el hecho de la contracepción como “intrínsecamente ilícito", ha querido enseñar que la norma moral no admite excepciones: nunca una circunstancia personal o social ha podido, ni puede, ni podrá convertir un acto así en una acto de por sí ordenado. La existencia de normas [morales] particulares, con una fuerza tal que obligan a excluir, siempre y sea como fuere, la posibilidad de excepciones, es una enseñanza constante de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia, que el teólogo católico no puede poner en discusión» (12-XI-1988).

«Suponer que existan situaciones en las que no sea de hecho posible a los esposos ser fieles a todas las exigencias de la verdad del amor conyugal, equivale a olvidar esta presencia de la gracia que caracteriza la Nueva Alianza: la gracia del Espíritu Santo hace posible lo que al hombre, dejado a sus solas fuerzas, no le es posible» (17-IX-1983).

Los esposos que se unen en forma anticonceptiva no realizan un acto lícito y bueno de amor conyugal, sino una falsificación gravemente culpable de ese amor matrimonial.

No son pocos hoy en la Iglesia –y en el Sínodo– los que niegan la existencia de actos morales intrínsecamente malos

Mons. Jozef Johan Bonny, Obispo de Amberes, por ejemplo, designado por la Conferencia Episcopal belga para representarla en el Sínodo 2015, en una carta pública bastante larga (1-IX-2014), según nos informaba Bruno Moreno en su serie de Polémicas matrimoniales, criticaba que la encíclica Familiaris consortio de San Juan Pablo II volviera a insistir en que el uso de anticonceptivos es «intrínsecamente inmoral», en lugar de dejar el caso a la conciencia de cada uno. Es más, negaba que hubiera actos intrínsecamente malos «independientemente de las circunstancias personales de cada uno, su experiencia vital o su historia vital». Esta doctrina, siempre enseñada por la Iglesia, él la consideraba «una injusticia contra la universalidad del pensamiento católico». Y pedía en consecuencia que el Sínodo corrigiera la doctrina de la Humanæ vitæy de laFamiliaris consortio.

El mismo Bruno, en un artículo de  la misma serie, El P. Thomasset SJ contra la moral católica, cita lo que este «teólogo» dijo en una reunión semisecreta realizada en la Gregoriana (Roma), dedicada a procurar en el Sínodo 2015 la introducción en la Iglesia del divorcio, la anticoncepción, la comunión de los adúlteros, etc. Afirmó bien claramente en la reunión:

«Creo que la interpretación de la doctrina de los actos denominados “intrínsecamente malos” es una de las fuentes fundamentales de las dificultades actuales de la pastoral de las familias, porque es la que determina en gran parte la condena de los anticonceptivos artificiales, de la relaciones sexuales de los divorciados vueltos a casar y de las parejas homosexuales, aunque sean estables».

Por el contrario, la Iglesia Católica enseña desde siempre que hay actos humanos que son «intrínsecamente malos y pecaminosos»

San Juan Pablo II en su encíclica Veritatis splendor (6-VIII-1993) dedica varios números a reafirmar la doctrina católica acerca de la existencia de actos siempre e intrínsecamente malos (76-83).

80. «La razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos («intrinsece malum»): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia enseña que “existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto» (exhort. apost. Reconciliatio et poenitentia 17)». Cita aquí también al Vaticano II (GS 27) […]

«Sobre los actos intrínsecamente malos y refiriéndose a las prácticas contraceptivas mediante las cuales el acto conyugal es realizado intencionalmente infecundo, Pablo VI enseña: “En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien (cf. Rm 3, 8), es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social» (HV 14).

81. «La Iglesia, al enseñar la existencia de actos intrínsecamente malos, acoge la doctrina de la sagrada Escritura. El apóstol Pablo afirma de modo categórico: “¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el reino de Dios” (1Cor6,9-10)» […] Es doctrina ya claramente formulada en la Iglesia desde antiguo:

«En cuanto a los actos que son por sí mismos pecados (cum iam opera ipsa peccata sunt) –dice san Agustín–, como el robo, la fornicación, la blasfemia u otros actos semejantes, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos (bonis causis), ya no serían pecados o –conclusión más absurda aún– que serían pecados justificados?» (Contra mendacium VII,18. Cf. Sto. Tomás, Quaestiones quodlibetales IX,7,2; Catecismo de la Iglesia Católica, 1753-1755). Por esto, las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección».

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Respondo finalmente a dos preguntas posibles.

–¿Puede recibir la comunión eucarística un cónyuge deliberadamente anticonceptivo? Si no se acerca previamente al sacramento de la penitencia, es decir, si no se convierte de su pecado, si está decidido a persistir en él, ha roto su amistad con Cristo, no está en la gracia de Dios, y no puede, pues, comulgar. «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14).

–¿Peca el cónyuge honesto si se une sexualmente con su cónyuge anticonceptivo? Es lícita esa unión para el cónyuge honesto, según enseña el Pontificio Consejo para la Familia en su Vademecum para los confesores sobre algunos temas de moral conyugal (12-II-1997), si se dan conjuntamente estas tres condiciones: «–la acción del cónyuge cooperante no es en sí misma ilícita; –existen motivos proporcionalmente graves para cooperar al pecado del cónyuge; –se procura ayudar al cónyuge (pacientemente, con la oración, con la caridad, con el diálogo: no necesariamente en aquel momento, ni en cada ocasión) a desistir de tal conducta» (n. 13).

Notemos que la expresión «cooperar al pecado del cónyuge» es inexacta. El cónyuge honesto no coopera al pecado del otro, sino que lo sufre. Valga el ejemplo: es como si se dijera que un turista que en un aeropuerto cede al soborno de un funcionario para poder volver de regreso a su casa, «coopera al soborno» si paga lo que le es exigido. No coopera al soborno, sino que lo padece como víctima, ateniéndose al principio moral del mal menor.

José María Iraburu, sacerdote

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