Artículos por "Razones para nuestra esperanza"
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Portada del libro

Este libro ayuda a los católicos preocupados por la actual crisis de la Iglesia a comprender sus causas principales y a buscar caminos de solución. La obra consta de un prólogo y doce capítulos:                         

  1. La actual crisis de la Iglesia Católica en Uruguay y toda América Latina
  2. Reflexiones sobre el descenso de la participación en la Santa Misa
  3. Algunas reflexiones sobre la apologética, la catequesis y la teología
  4. La religión verdadera y su estructura fundamental
  5. Fe y duda son incompatibles entre sí
  6. La descalificación del lenguaje católico tradicional
  7. La Iglesia es comunión de los santos
  8. El Concilio Vaticano II y el diálogo ecuménico: ¿renovación o ruptura?
  9. La doctrina protestante es insostenible
  10. Controversias varias
  11. Un diálogo revelador sobre los dos Sínodos de la Familia
  12. La familia en la Iglesia y en el mundo de hoy.                                                                                  

Columna y fundamento de la verdad está disponible en dos formatos:

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Uno de los principios fundamentales de la Reforma protestante es el de la sola Escritura (sola Scriptura).El principio protestante de la sola Escritura dice que la Divina Revelación no es transmitida por la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición (como enseña la Iglesia Católica), sino sólo por la Sagrada Escritura. También dice que la Sagrada Escritura es la única autoridad en materia religiosa establecida por Dios en la tierra, lo cual implica el rechazo del Magisterio de la Iglesia (contra lo que enseña la Iglesia Católica).

En este artículo mostraré que siete doctrinas protestantes contradicen el principio protestante de la sola Escritura, basándome sobre todo en argumentos tomados del estupendo libro: Scott y Kimberly Hahn, Roma, dulce hogar. Nuestro camino al catolicismo, Ediciones Rialp, Madrid 2001. Presentaré esas siete doctrinas en el orden en que aparecen en esa narración del dramático camino de conversión al catolicismo del pastor y teólogo presbiteriano Scott Hahn y su esposa Kimberly. Junto al subtítulo de cada una de las siete secciones del artículo indicaré las páginas del libro en las que se trata la doctrina respectiva.

1. El bautismo de los niños (cf. pp. 30-32)

Dentro del protestantismo hay algunas comunidades eclesiales que aceptan y practican el bautismo de los niños pequeños y otras comunidades eclesiales que lo rechazan. La fuerte corriente que niega la validez del bautismo de los niños pequeños tuvo su origen histórico en el movimiento anabaptista del siglo XVI, que se enfrentó a Lutero y sus seguidores. Los protestantes que rechazan el bautismo de los niños pequeños sostienen que ese bautismo es inválido porque los niños que no han alcanzado la edad del uso de razón no pueden creer. También enfatizan que los adultos que fueron bautizados de pequeños ni siquiera recuerdan su bautismo. Sin embargo, la doctrina de la invalidez del bautismo de los niños no es bíblica.

El concepto de Alianza es clave para comprender la Biblia. Dios estableció una Alianza en cada época de la historia de salvación. Durante casi dos mil años, desde el tiempo de Abraham hasta la venida de Cristo, Dios mostró a su pueblo que quería que los niños estuvieran en alianza con Él. El modo era sencillo: bastaba darles el signo de la alianza. En el Antiguo Testamento el signo de entrada a la alianza con Dios era la circuncisión. En el Nuevo Testamento, Cristo sustituyó ese signo por el Bautismo. Pero Cristo nunca dijo que los niños debían ser excluidos de la alianza; en cambio, dijo prácticamente lo contrario: “Dejad que los niños se acerquen a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo 19,14). Los Apóstoles imitaron a Jesús. Por ejemplo, en Pentecostés, cuando Pedro acabó su primer sermón, llamó a todos a aceptar a Cristo, entrando en la Nueva Alianza: “Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es esta promesa y para vuestros hijos” (Hechos 2,38-39).

En resumen, Dios quiere que los niños estén en alianza con Él y, puesto que el bautismo es el único signo para entrar en la Nueva Alianza, los niños de los cristianos deben ser bautizados. Por eso la Iglesia practicó el bautismo de los niños desde que fue instituida por Cristo.

2. La anticoncepción (cf. pp. 42-44 y 49-50)

En la actualidad todas las denominaciones protestantes admiten la anticoncepción y casi todos los protestantes la practican, suponiendo que es un método razonable y responsable de control de la natalidad. Sin embargo, la doctrina moral protestante sobre la anticoncepción no tiene ningún fundamento válido en la Biblia.

El matrimonio no es un mero contrato sobre un intercambio de bienes y servicios. El matrimonio es una alianza que establece una comunión íntima de vida y de amor entre un hombre y una mujer. Toda alianza tiene un acto por el cual se lleva a cabo y se renueva. En el caso del matrimonio, ese acto es el acto sexual de los cónyuges, que Dios utiliza para dar vida. El acto conyugal debe expresar la mutua donación total de los esposos, que incluye entre otras cosas la aceptación de la fecundidad del cónyuge. Por lo tanto, el acto conyugal debe estar abierto a la transmisión de la vida. Renovar la alianza matrimonial usando anticonceptivos es algo análogo a recibir la Eucaristía y luego escupirla. El acto conyugal es algo sagrado. Al frustrar con los anticonceptivos su poder de dar vida, se realiza una profanación.

Hasta 1930 la postura de todas las Iglesias cristianas respecto a la anticoncepción fue unánime: la anticoncepción es moralmente mala en cualquier circunstancia. Hoy, sin embargo, la Iglesia Católica es la única Iglesia cristiana que tiene el valor y la integridad para seguir enseñando esta verdad tan impopular (algo análogo a lo que ocurre con el tema del divorcio).

3. “Sola fe” (pp. 46-48 y 57)

El principio más importante de la Reforma protestante es el de la sola fe (sola fide). El principio protestante de la sola fe dice que el hombre no es justificado por la fe y las obras (como enseña la Iglesia Católica), sino sólo por la fe. Toda la Reforma protestante nació del principio de la sola fe. Lutero y Calvino afirmaron frecuentemente que éste era el motivo por el cual la Iglesia Católica había caído y el protestantismo se había levantado de sus cenizas. Sin embargo, este principio no está presente en ningún lugar de la Escritura, ni siquiera en las cartas de San Pablo.

Martín Lutero impuso sus elucubraciones teológicas personales a la propia Biblia, añadiendo por su cuenta la palabra “solamente” después de la palabra “justificado” en su traducción alemana de Romanos 3,28: “Porque nosotros estimamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley”. En el pensamiento de Pablo, “las obras de la Ley” no equivalen simplemente a “las obras”. Véase, por ejemplo, Gálatas 5,6: “En efecto, en Cristo Jesús, ya no cuenta la circuncisión ni la incircuncisión, sino la fe que obra por medio del amor.”

Más aún, no sólo la Biblia no enseña la doctrina protestante de la justificación por la sola fe, sino que enseña explícitamente la doctrina católica de la justificación por la fe y las obras:“El hombre se justifica por las obras, y no sólo por la fe” (Santiago 2,24); “Aunque tenga una fe capaz de mover montañas, si no tengo caridad, no soy nada” (1 Corintios 13,2). Lutero llegó a negar la inspiración de la Carta de Santiago, porque contradecía su doctrina predilecta.

4. La Eucaristía (cf. pp. 65-66)

Acerca del sacramento de la Eucaristía, Martín Lutero rechazó el dogma católico de la transubstanciación y enseñó la doctrina de la consubstanciación. No obstante, la mayoría de los protestantes actuales niega la presencia real de Cristo en la Eucaristía, interpretando a éstacomo un mero símbolo; un símbolo profundo, pero sólo un símbolo.

Esta doctrina protestante contradice la enseñanza explícita del discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm sobre el pan de vida (cf. Juan 6,25-71). Jesús no habló simbólicamente cuando nos invitó a comer su carne y beber su sangre; los judíos que lo escuchaban no se habrían ofendido ni escandalizado por un mero símbolo. Además, si ellos hubieran malinterpretado a Jesús tomando sus palabras de forma literal mientras Él sólo hablaba en sentido metafórico, le habría sido fácil al Señor aclarar ese punto. De hecho, ya que muchos de sus discípulos dejaron de seguirlo por causa de esta enseñanza (cf. Juan 6,60), Jesús habría estado moralmente obligado a explicar que sólo hablaba simbólicamente. Pero Él no lo dijo. Y está muy claro que a lo largo de casi mil años ningún cristiano negó la Presencia real de Cristo en la Eucaristía.

5. “Sola Escritura” (cf. pp. 69-70)

El principio protestante de la “sola Escritura” se refuta a sí mismo, porque ese principio no está en la Escritura. Ningún texto de la Biblia condena el concepto de Tradición ni dice que la Biblia es la única autoridad para los cristianos en materia de fe. “Sola Scriptura” es la creencia histórica de los reformadores, no una conclusión demostrada. Es sólo una presuposición teológica, un punto de partida asumido generalmente en forma acrítica.

Más aún, no sólo la Biblia no enseña la doctrina protestante de la “sola Escritura”, sino que en muchos puntos enseña la doctrina católica que sostiene que la autoridad religiosa está en la Escritura y, además, en la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Por ejemplo, en 2 Tesalonicenses 2,15: “Por lo tanto, hermanos, manténganse firmes y conserven fielmente las tradiciones que aprendieron de nosotros, sea oralmente o por carta.”

6. El canon de la Biblia (cf. pp. 86 y 92)

El problema del canon bíblico puede enunciarse así: ¿Cuáles son concretamente los libros inspirados por Dios? No se trata de un problema meramente histórico (¿cuáles son los libros que de hecho forman parte de la Biblia?), sino de un problema teológico: ¿cuáles son los libros que tienen derecho a formar parte de la Biblia porque están inspirados por Dios? ¿Cómo podemos saber que realmente es la palabra de Dios infalible la que leemos cuando leemos, por ejemplo, el Evangelio según San Mateo o la Carta de San Pablo a los Gálatas?

El principio protestante de sola Scriptura no está en la Escritura, pero podría haberlo estado si Dios lo hubiera querido así. En cambio, el problema del canon bíblico es metafísicamente insoluble desde el punto de vista protestante. Dado que el protestante no admite ninguna autoridad infalible aparte de la Escritura, no puede estar seguro de que los 27 libros del Nuevo Testamento son la infalible palabra de Dios, porque fueron falibles Papas y falibles Concilios los que le dieron la lista de esos libros. En la perspectiva protestante, todo lo que podemos hacer son juicios probables basados en la evidencia histórica, por lo que al final se tiene una colección falible de documentos infalibles. Pero la simple evidencia histórica es incapaz por sí misma de garantizar la verdad de una doctrina de fe sobrenatural: que determinados escritos transmiten sin error la Palabra de Dios revelada por Cristo. Por lo tanto, para fundamentar la autoridad religiosa de la Biblia, es preciso reconocer la autoridad religiosa de la Iglesia.

7. El “libre examen” de la Biblia (cf. pp. 89-90)

Según la doctrina protestante, cada cristiano debe interpretar la Biblia por su cuenta, contando para ello con la asistencia del Espíritu Santo. Ésta es la doctrina conocida como “libre examen”. En cambio, según la doctrina católica, el cristiano debe interpretar la Biblia en sintonía con la Tradición de la Iglesia y bajo la guía de su Magisterio.

Desde la época de la Reforma, han ido surgiendo más de veinticinco mil diferentes denominaciones protestantes y los expertos dicen que en la actualidad nacen cinco nuevas por semana. Cada una de ellas asegura seguir al Espíritu Santo y el pleno sentido de la Escritura, pero se contradicen entre sí. Algunas denominaciones protestantes aceptan el bautismo de los niños y otras lo rechazan; algunas creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y otras no; etc. Se necesita mucho más que el “libre examen” de la Biblia para que el protestante esté seguro de que su interpretación individual de la Biblia es correcta.

Scott Hahn explica esto con una muy buena analogía. Cuando los padres fundadores de los Estados Unidos de América escribieron la Constitución, no se contentaron sólo con eso. Si lo único que hubieran dejado a los estadounidenses fuera un documento escrito, por muy bueno que fuera, junto con la recomendación “Que el espíritu de George Washington guíe a cada ciudadano”, los Estados Unidos serían hoy una anarquía, que es precisamente lo que ocurre a los protestantes en lo que se refiere a la unidad de la Iglesia. En lugar de eso, los padres fundadores dieron a su país algo más que la Constitución: un gobierno formado por un presidente, un congreso y una corte suprema, todos ellos necesarios para aplicar e interpretar la Constitución. Y si eso es necesario para gobernar un país como los Estados Unidos, ¿qué será necesario para gobernar una Iglesia que abarca el mundo entero?

Es necesario creer que Cristo no nos dejó sólo con su Espíritu y un libro. Es más, en ninguna parte del Evangelio dice nada a los apóstoles acerca de escribir y apenas la mitad de ellos escribieron libros que luego fueron incluidos en el Nuevo Testamento. Lo que Cristo sí dijo a Pedro fue: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo 16,18). Jesús nos ha dejado su Iglesia, constituida por el Papa, los Obispos y los Concilios, todos ellos necesarios para aplicar e interpretar correctamente la Escritura.

Daniel Iglesias Grèzes


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En el dominio de las relaciones temporales, en el orden puramente humano, el Estado debía realizar la solidaridad absoluta de cada uno y de todos representada por la Iglesia en el orden espiritual con la unidad de su sacerdocio, de su fe y de sus sacramentos. Antes de realizar esa unidad era necesario creer en ella; antes de llegar a ser cristiano de hecho, el Estado debía abrazar la fe cristiana. Este primer paso fue dado en Constantinopla, pero toda la obra cristiana del Bajo Imperio se reduce a ese comienzo.

La transformación bizantina del Imperio romano inaugurada por Constantino el Grande, desarrollada por Teodosio y fijada por Justiniano, sólo produjo un Estado cristiano nominal. Las leyes, instituciones y parte de las costumbres públicas conservaban ciertos caracteres del viejo paganismo.

La esclavitud se perpetuó como institución legal y la vindicta de los crímenes (sobre todo de los delitos políticos) era ejercida según derecho con refinada crueldad. Un contraste así entre el Cristianismo profesado y el canibalismo practicado se personifica muy bien en el fundador del Bajo Imperio, aquel Constantino que creía sinceramente en el Dios cristiano, que honraba a los obispos y discutía con ellos sobre la Trinidad y que al propio tiempo ejercía sin escrúpulos el derecho pagano de marido y padre condenando a muerte a Fausta y Crispo.

Tan manifiesta contradicción entre la fe y la vida no podía, empero, durar mucho sin que se produjeran tentativas de conciliación. En vez de sacrificar su realidad pagana, el Imperio bizantino, para justificarse, intentó alterar la pureza de la idea cristiana. Este compromiso entre la verdad y el error es la esencia propia de todas las herejías –a veces inventadas ysiempre, salvo algunas excepciones individuales, favorecidas por el poder imperial– que afligieron a la cristiandad desde el siglo IV hasta el siglo IX.

La verdad fundamental, la idea específica del cristianismo es la unión perfecta de lo divino y de lo humano, cumplida individualmente en Cristo y en vías de cumplirse socialmente en la humanidad cristiana, donde lodivino está representado por la Iglesia (concentrada en el pontificado supremo) y lo humano por el Estado. Tal íntima relación del Estado con la Iglesia supone el primado de ésta, puesto que lo divino es anterior y superior a lo humano. La herejía atacaba, justamente, la unidad perfecta de lo divino y lo humano en Jesucristo para zapar por la base el vínculo orgánico de la Iglesia con el Estado y para atribuir a este último una independencia absoluta. Así se comprende por qué los emperadores de la segunda Roma, que querían conservar en la cristiandad el absolutismo del Estado pagano, se mostraban tan favorables a todas las herejías que sólo eran variaciones múltiples de un tema único: Jesucristo no es el verdadero Hijo de Dios consubstancial al Padre; Dios no se encarnó; la naturaleza y la humanidad están separadas de la Divinidad; no le están unidas; por consiguiente, el Estado humano puede a justo título conservar su independencia y supremacía absoluta. He aquí, para Constancio o para Valente, una razón suficiente para simpatizar con el arrianismo.

–La humanidad de Jesucristo es una persona completa en sí, y sólo unida con el Verbo divino por una relación; conclusión práctica: el Estado humano es un cuerpo completo y absoluto, que sólo se encuentra en una relación exterior con la religión. Ésta es la esencia de la herejía nestoriana, y ya se advierte por qué cuando ella apareció el Emperador Teodosio II la tomó bajo su protección e hizo lo posible por sostenerla.

–En Jesucristo la humanidad está absorbida por la Divinidad. Esta herejía parece precisamente lo contrario de la anterior. No es así, sin embargo; si la premisa es distinta, la conclusión es absolutamente la misma. Puesto que la humanidad de Cristo ya no existe, la encarnación es un hecho pretérito, y la naturaleza y el género humano quedan absolutamente fuera de la Divinidad. Cristo llevó a los cielos todo lo que le pertenecía, dejando la tierra a César. Con un instinto exacto, el mismo Teodosio II, sin detenerse en la aparente contradicción, trasladó todos sus favores del nestorianismo vencido al monofisismo naciente, haciéndolo aceptar formalmente por un concilio casi ecuménico (el pillaje de Éfeso). Y luego que la autoridad de un gran papa hubo prevalecido sobre la del concilio herético, los emperadores, más o menos secundados por la jerarquía griega, no dejaron de intentar nuevos compromisos.

–El henoticon del emperador Zenón (causa de la primera escisión prolongada entre Oriente y Occidente: el cisma de Acacio), los pérfidos intentos de Justiniano y Teodora, fueron seguidos por una nueva herejía imperial, el monotelismo. No hay voluntad ni acción humanas en el Hombre-Dios; su humanidad es puramente pasiva; está exclusivamente determinada por el hecho absoluto de su. Divinidad. Negación de la libertad y de la energía humanas, es el fatalismo y el quietismo; la humanidad no tiene nada que hacer en la obra de su salvación; Dios opera solo. Someterse pasivamente al hecho divino, representado en cuando a lo espiritual por la Iglesia inmóvil y en cuanto a lo temporal por el poder sagrado del divino Augusto: he aquí todo el deber del cristiano. Sostenida durante más de cincuenta años por el Imperio y por toda la jerarquía oriental, a excepción de algunos monjes que tuvieron que buscar refugio en Roma, la herejía monotelita fue vencida solamente en Constantinopla (en 680) para ceder pronto el lugar a un nuevo compromiso imperial entre la verdad cristiana y el anticristianismo.

La unión sintética del Creador y de la criatura no se detiene, en el cristianismo, en el ser racional del hombre, sino que abraza también su ser corporal, y por intermedio de éste, a la naturaleza material del universo entero. El compromiso herético intentó en vano sustraer (en principio) a la unidad divino-humana: primero, la sustancia misma del ser humano, declarándola, ora absolutamente separada de la Divinidad (en el nestorianismo), ora haciéndola desaparecer completamente en ella (en el monofisismo); segundo, la voluntad y la acción humanas, el ser racional del hombre, absorbiéndolas en la operación divina (el monotelismo). Después de esto sólo quedaba, tercero, la corporeidad, el ser exterior del hombre, y mediante él, de toda la naturaleza. Negar toda posibilidad de redención, de santificación y de unión con Dios al mundo material y sensible, he aquí la idea fundamental de la herejía iconoclasta.

Jesucristo resucitado en la carne demostró que la existencia corporal no quedaba excluida de la reunión divino-humana y que la objetividad exterior y sensible podía y debía convertirse en el instrumento real y en la imagen visible de la fuerza divina. De ahí el culto de las santas imágenes y de las reliquias; de ahí la creencia legítima en los milagros materialmente condicionados por esos objetos sagrados. Por lo cual, combatiendo contra las imágenes, los emperadores bizantinos no atacaban solamente una costumbre religiosa, un simple detalle del culto, sino una aplicación necesaria e infinitamente importante de la misma verdad cristiana. Pretender que la divinidad no puede tener expresión sensible o manifestación exterior, que la fuerza divina no puede emplear para su acción medios visibles y representativos, es quitar a la encarnación divina toda realidad. Era eso, más que un compromiso, la supresión del cristianismo. Como en las herejías precedentes, bajo la apariencia de una discusión puramente teológica, se ocultaba una grave cuestión social y política, igualmente el movimiento iconoclasta, so pretexto de reforma ritual, quería trastornar el organismo social de la Cristiandad. La realización material de lo divino, significada en el dominio del culto por las santas imágenes y las reliquias, está representada en el dominio social por una institución. En la Iglesia cristiana hay un punto materialmente fijado, un centro de acción exterior y visible, una imagen y un instrumento del poder divino. La sede apostólica de Roma –ese milagroso icono del cristianismo universal– quedó directamente empeñada en la lucha iconoclasta, porque todas las herejías terminaban por negar la realidad de la encarnación divina, cuya perpetuidad en el orden social y político estaba representada por Roma. Y la historia nos muestra, en efecto, que todas las herejías activamente sostenidas o pasivamente aceptadas por la mayoría del clero griego hallaban un infranqueable obstáculo en la Iglesia romana y venían a deshacerse contra esa roca evangélica. Así ocurrió, sobre todo, con la herejía iconoclasta que, renegando de toda forma exterior de lo divino en el mundo, atacaba directamente a la cátedra de Pedro en su razón de ser como centro objetivo y real de la Iglesia visible.

El imperio seudocristiano de Bizancio debía librar una batalla decisiva contra el papado ortodoxo, que era, no solamente guardián infalible de la verdad cristiana, sino, además, la primera realización de esa verdad en la vida colectiva del género humano. Leyendo las conmovedoras cartas del Papa Gregorio II al Isáurico bárbaro, se siente que estaba allí en juego la existencia misma del Cristianismo. El final de la lucha no era dudoso. La última de las herejías imperiales concluyó como las precedentes, y con ella el círculo de los compromisos teóricos o dogmáticos entre la verdad cristiana y el principio pagano, intentados por los sucesores de Constantino, quedó definitivamente cerrado.

(Vladimiro Solovief, Rusia y la Iglesia Universal, Ediciones y Publicaciones Españolas S.A., Madrid 1946, pp. 66-71).

Miembro angustiado de la Orden de San Agustín, formado en un ambiente europeo en el que destacaban la degradación de la corte papal romana (de la que fue testigo) y la rebeldía antropocéntrica proclamada por el humanismo, Martín Lutero, profeta y padre de la Reforma protestante en el siglo XVI, se está presentando muy recientemente a una luz nueva; es un intocable para la discusión católica (sustituida por el diálogo muchas veces entreguista) pero es también un gnóstico.

Pocas veces he sentido una conmoción interior tan intensa como la que me produjo, en ese doble sentido, el número 53 de la revista 30 Giorni de 1992. Antonio Socci expone en su artículo de ese número bajo el título Lutero no se toca la transformación de Lutero por una reciente escuela de pensadores y teólogos católicos después de Sebastián Merkle y Joseph Lortz. Hasta 1939 Lutero era para los católicos el heresiarca por antonomasia, desde su excomunión por la Santa Sede el 3 de enero de 1521. Desde 1939 empieza a considerárselo, desde el campo intelectual católico, como un gran teólogo, un gran místico y un reformador auténtico al que no se puede ya ni criticar. Y eso que el mismo Lutero manifestaba al final de su vida en carta a Zwinglio su dolor por la agitación y la confusión que sus doctrinas habían sembrado en la Iglesia.

Pero no me preocupa ahora este neoluteranismo de la moda católica –que no debe extrañar a quienes observamos que algunos católicos y especialmente algunos jesuitas interpretan el diálogo como rendición, sin recibir nada a cambio– sino la dimensión gnóstica de Lutero revelada en el reciente libro (1980) de Theobald Beer, máximo especialista de Lutero en nuestro siglo, como lo ha definido el cardenal Ratzinger, que habla a Antonio Socci y Tommaso Ricci en el citado número de 30 Giorni.

Beer expone las concordancias profundas entre los escritos de Lutero y aquel evangelio gnóstico que hemos citado ya, los libros del pseudo-Hermes Trismegisto. Para el cardenal Ratzinger, muy criticado por los católicos filo-luteranos de hoy, la obra de Beer es definitiva al desentrañar las raíces neoplatónicas, herméticas y gnósticas de Lutero. El propio Melanchton acusaba a Lutero de ceder a «delirios maniqueos» por los que Lutero recaía en la herejía de que se había salvado San Agustín; así afirmaba que Dios estaba en contra de Sí mismo, que se debe conceder al diablo una hora de divinidad, que la maldad debe atribuirse a Dios. La cristología de Lutero alberga elementos de la gnosis; como la coexistencia de divinidad y maldición en Cristo, cuya naturaleza humana se identifica con el pecado, con el mal. Para Beer el pseudo-Hermes no ejerció sobre Lutero una influencia superficial sino decisiva «en todos los temas fundamentales» y demuestra esta tesis con textos herméticos que afloran en posiciones luteranas. «Siempre que Lutero se ve perdido se refugia en Hermes», dice. Los ejemplos de afinidad entre Lutero y el pseudo-Hermes son «millares». En su utilización de Hermes Lutero es un precursor del idealismo alemán del siglo XIX, sobre todo de Fichte, Schelling y Hegel. El gnosticismo de Lutero es de signo alejandrino y tiene los esquemas neoplatónicos y neopitagóricos como clave. Toda la teoría de Lutero se basa en una desesperación radical, lo mismo que les sucedía a los gnósticos: la realidad es el infierno y no existe salvación real; ésta es una frase de Lutero, no de Jean-Paul Sartre. Para Lutero, como para los gnósticos, existe una divinidad malvada. El agustino Lutero incurre en una perversión del agustinismo, en una regresión dentro del pensamiento de San Agustín. Y lo más curioso es que mientras muchos teólogos protestantes admiran la penetración de Beer, toda una escuela dominante de pensamiento católico lo silencia –es el método habitual para exaltar a un Lutero falseado. Tal vez porque Lutero les ha contagiado, como veremos, su raíz gnóstica, que Lutero transmitió a la que suele llamarse Modernidad, como acabamos de insinuar en algunas citas de autores ya muy próximos a nosotros.

(Ricardo de la Cierva, Las puertas del infierno –La historia de la Iglesia jamás contada, Editorial Fénix, 1995, pp. 52-53).


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Un amigo ha tenido la bondad de prestarme este excelente libro: John Henry Newman, Cuatro sermones sobre el Anticristo –La idea patrística del Anticristo, Ediciones del Pórtico, Buenos Aires 2006 (2ª edición); traducido por el P. Carlos A. Baliña.

En el Adviento de 1835, durante cuatro domingos consecutivos, John Henry Newman predicó en Oxford cuatro sermones que tratan respectivamente sobre el Tiempo del Anticristo, la Religión del Anticristo, la Ciudad del Anticristo y la Persecución del Anticristo. En estos sermones Newman interpreta los pasajes bíblicos relacionados con el Anticristo bajo la guía de los Padres de la Iglesia.

A continuación haré una síntesis del primero (pp. 21-41) de estos cuatro sermones de ese formidable predicador que fue el Beato Cardenal Newman. Aunque Newman era todavía anglicano (su conversión al catolicismo ocurrió en 1845) este primer sermón es ya católico.

Después de una introducción en la que valora el gran peso de los Padres de la Iglesia como testigos de la Tradición de la Iglesia en materias doctrinales o disciplinares, Newman analiza un amplio conjunto de textos bíblicos relacionados con el tema del Tiempo del Anticristo, considerando sobre todo: Daniel 7; 1 Macabeos 1; Mateo 24; 2 Tesalonicenses 2; 1 Juan; Apocalipsis 13.

El propio Newman resume así los resultados de su exégesis: “la venida de Cristo será inmediatamente precedida por un desencadenamiento del mal terrible y sin precedentes, llamado por San Pablo una Apostasía, una deserción, en medio de la cual aparecerá un cierto y terrible Hombre de pecado e Hijo de perdición, el especial y singular enemigo de Cristo, o Anticristo. En este tiempo las revoluciones prevalecerán, y la presente estructura de la sociedad será desarticulada. Al presente, el espíritu que él encarnará y representará es contenido por ‘los poderes existentes’, pero ante la disolución de éstos, él surgirá de su seno, los reconstruirá a su vil manera, bajo su propia ley, con el propósito de excluir a la Iglesia” (pp. 36-37).

Después de presentar varios “tipos” (=prefiguraciones) del Anticristo, desde Antíoco Epífanes hasta Napoleón Bonaparte, que han aparecido a lo largo de la historia, Newman se plantea los siguientes interrogantes: “¿No hay acaso motivos para temer que dicha apostasía se esté preparando gradualmente, reuniendo, madurando en nuestros mismos días? ¿Acaso no existe en este mismo momento un especial empeño en casi todo el mundo en prescindir de la religión, más o menos evidente en este o aquel lugar, pero más visible y formidablemente en aquellas regiones más civilizadas y poderosas? ¿No existe acaso un consenso creciente de que una nación no tiene nada que ver con la religión, de que [ésta] se trata de algo concerniente sólo a la conciencia individual? (…) ¿No existe un empeño febril y permanente por deshacerse de la necesidad de la Religión en los asuntos públicos? (…) ¿No existe el intento de educar sin religión (…)? ¿No existe la tentativa de reforzar la templanza, y todas las virtudes que brotan de ella, sin religión, por medio de sociedades basadas en meros principios de utilidad; de hacer de la conveniencia, y no de la verdad, el fin y la norma de las decisiones de Estado y de la constitución de las leyes; de hacer de los números, y no de la Verdad, el criterio para sostener o no este o aquel artículo de fe (…)?” (pp. 39-40).

Newman concluye el sermón dando una respuesta general a esos interrogantes y haciendo una fuerte exhortación: “Sin duda, existe actualmente una confederación del mal, que recluta sus tropas de todas partes del mundo, organizándose a sí misma, tomando sus medidas para encerrar a la Iglesia de Cristo como en una red, y preparando el camino para una Apostasía general. (…)

¡Dios nos guarde de contarnos entre aquellos ingenuos que caen en la trampa que se está tendiendo a nuestro alrededor! ¡Dios nos libre de ser seducidos por las bellas promesas en las cuales Satán ha ocultado seguramente su ponzoña! (…)

¿Consentiremos nosotros los cristianos en tener parte en este asunto? ¿Ayudaremos, aun con nuestro dedo meñique, al Misterio de Iniquidad que lucha por nacer, y que convulsiona al mundo con sus dolores? ‘¡Alma mía, no entres en su consejo; no te unas a su asamblea, honra mía’ (Génesis 49,6).

‘¿Qué relación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué unión entre la luz y las tinieblas? […] Por tanto, salid de entre ellos y apartaos’ (2 Corintios 6,14.17), de otro modo seréis cooperadores de los enemigos de Dios, y estaréis abriendo el camino para el Hombre de Pecado, el hijo de perdición.” (pp. 41-42).

Daniel Iglesias Grèzes


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1. Reflexiones sobre culturas que hoy se contraponen

Vivimos una época de grandes peligros y grandes oportunidades para el hombre y para el mundo, un momento de gran responsabilidad para todos nosotros. Durante el siglo pasado, las posibilidades del hombre y su dominio sobre la materia crecieron de manera realmente inimaginable. Pero su capacidad para disponer del mundo ha hecho que su poder de destrucción haya alcanzado unas dimensiones que, a veces, nos causan verdadero pavor. En ese contexto, surge espontáneamente la idea de la amenaza del terrorismo, esa nueva guerra sin límites y sin frentes establecidos.

El temor de que ese fenómeno pueda muy pronto apoderarse de armas nucleares y biológicas no es, ni mucho menos, infundado; de modo que en el seno de los estados de derecho se ha tenido que recurrir a sistemas de seguridad que en épocas precedentes no existían más que en los regímenes dictatoriales. Con todo, se tiene la sensación de que, en realidad, todas esas precauciones jamás serán suficientes, porque no es posible ni deseable un férreo control sobre toda clase de armamento.

Menos visibles, pero no por ello menos inquietantes, son las posibilidades de auto-manipulación que el hombre ha conseguido. Ha logrado sondear los entresijos más recónditos del ser, ha descifrado los códigos más profundos del ser humano y ahora es capaz, por así decir, de «construir» por sí mismo al hombre que, de ese modo, no viene al mundo como don del Creador, sino como producto de una manipulación humana; un producto que, en consecuencia, puede ser seleccionado según las exigencias que nosotros mismos fijamos. Desde esa perspectiva, sobre ese hombre ya no brilla el esplendor de ser imagen de Dios, que es lo que le confiere su dignidad y su inviolabilidad, sino sólo el poder de las capacidades humanas. El hombre ya no es otra cosa que imagen del hombre. Pero, ¿de qué hombre?

Por otro lado, a eso hay que añadir los enormes problemas planetarios: la desigualdad en el reparto de los bienes de la tierra, la pobreza invasora, más aún, el empobrecimiento y la explotación de la tierra y de sus recursos naturales, el hambre, las enfermedades que amenazan al mundo entero, el choque de culturas.

Todo eso demuestra que al crecimiento de nuestras posibilidades no corresponde un desarrollo paralelo de nuestra energía moral. La fuerza moral no ha crecido en paralelo al desarrollo de la ciencia, sino que, más bien, ha disminuido, porque la mentalidad técnica ha relegado la moral al ámbito subjetivo, mientras que lo que se necesita es precisamente una moral pública que sepa responder a las amenazas que pesan sobre la existencia de todos nosotros.

El verdadero peligro, el más grave del momento presente, radica en el desequilibrio entre posibilidades técnicas y energía moral. La seguridad que necesitamos como presupuesto de nuestra libertad y de nuestra dignidad no puede venir, en último análisis, de los sistemas técnicos de control, sino que sólo puede brotar precisamente de la fuerza moral del hombre. Si falta esa fuerza, o si no es suficiente, el poder del hombre se transformará inevitablemente, y cada día más, en un poder de destrucción.

No se puede negar que hoy día existe una nueva moralidad articulada en torno a palabras clave como justicia, paz, conservación de lo creado, etc.; palabras que hacen referencia a valores morales fundamentales que necesitamos imperiosamente. Pero ese moralismo es demasiado vago, de modo que resbala inevitablemente hacia la esfera política y partidista. Ese moralismo es, ante todo y sobre todo, una pretensión dirigida a los otros, y no tanto un deber personal de nuestra vida cotidiana.

De hecho, ¿qué quiere decir «justicia»? ¿Quién la define? ¿Qué es lo que sirve a la paz? En las últimas décadas hemos visto ampliamente en nuestras calles y en nuestras plazas cómo el pacifismo puede desviarse hacia un anarquismo destructivo y hacia un auténtico terrorismo. El moralismo político de los años setenta, cuyas raíces no están del todo muertas, fue un moralismo que logró fascinar incluso a jóvenes pletóricos de ideales. Pero se trataba de un moralismo con objetivos equivocados, por cuanto carecía de una racionalidad serena y porque, en último análisis, colocaba la utopía política por encima de la dignidad del individuo, mostrando incluso que en nombre de grandes objetivos podía llegar a despreciar al hombre.

El moralismo político, como lo hemos vivido y todavía lo vivimos, no sólo no abre camino a una regeneración, sino que la bloquea. Y en consecuencia, eso mismo vale para un cristianismo y para una teología que reducen el núcleo del mensaje de Jesús, el «Reino de Dios», a los «valores del Reino», identificando esos valores con el gran santo y seña del moralismo político y presentándolos al mismo tiempo como síntesis de las religiones, pero olvidándose de Dios, a pesar de que es precisamente Él el sujeto y la causa del Reino de Dios. Lo que queda, en su lugar, son palabras altisonantes y unos valores que se prestan a todo tipo de abusos.

Esta breve panorámica de la situación del mundo nos lleva a reflexionar sobre la situación actual del cristianismo y, por consiguiente, también sobre los fundamentos de Europa. Una Europa de la que podría decirse que en épocas pasadas fue el continente cristiano por excelencia, pero que también ha sido el punto de partida del nuevo racionalismo científico que, a la vez que nos ha regalado enormes posibilidades, nos ha enfrentado con tremendas amenazas.

Es verdad que el cristianismo no ha surgido de Europa y, por tanto, ni siquiera se puede clasificar como religión europea, la religión del ámbito cultural europeo. Pero ha sido precisamente en Europa donde el cristianismo ha recibido su impronta cultural e intelectual más eficaz, y por consiguiente está vinculado de manera especial a Europa. Por otra parte, también es verdad que esta Europa, desde los tiempos del Renacimiento y de un modo más completo desde la época de la Ilustración, ha desarrollado precisamente esa racionalidad científica que en la época de los descubrimientos condujo a la unidad geográfica del mundo y al encuentro feliz de continentes y culturas, y que hoy día, con más profundidad, gracias a la técnica como fruto de la ciencia, ejerce su influjo sobre el mundo entero, más aún, en cierto sentido, hasta lo configura.

Siguiendo la estela de esa forma de racionalidad, Europa ha desarrollado una cultura que, de un modo antes desconocido para la humanidad, excluye a Dios de la conciencia pública, sea negando abiertamente su existencia, o pensando que no se puede demostrar, porque es incierta y, por tanto, pertenece al ámbito de una elección subjetiva.

En cualquier caso, la existencia de Dios es totalmente irrelevante para la vida pública. Ese racionalismo, por así decir, puramente funcional ha traído consigo un trastorno de la conciencia moral desconocido en las culturas precedentes, porque afirma que sólo es racional lo que se puede probar por medio de experimentos. Y como la moral pertenece a una esfera completamente distinta, desaparece como categoría autónoma, de modo que habrá que buscarla por otros caminos, porque en cualquier caso hay que admitir que la moral sigue siendo necesaria.

En un mundo esencialmente calculador, lo que determina qué es lo que hay que considerar como moral es el cálculo de sus consecuencias. De ese modo, la categoría de bien, tal como Kant la había formulado con toda claridad, desaparece completamente. Nada es bueno o malo en sí mismo; todo depende de las previsibles consecuencias que pueda tener una acción concreta.

Si, por una parte, el cristianismo ha encontrado en Europa su manifestación más eficaz, por otra parte hay que decir también que en Europa ha tomado cuerpo una cultura que se presenta como la contradicción absoluta y más radical no sólo del cristianismo, sino también de las tradiciones religiosas y morales de la humanidad.

De aquí se deduce que Europa está experimentando una auténtica «prueba de resistencia»; y así se entiende también el radicalismo de las tensiones a las que tiene que enfrentarse nuestro continente. Pero precisamente aquí surge, sobre todo, la gran responsabilidad que los europeos tenemos que asumir en este momento histórico. En el debate sobre la definición de Europa y de su nueva forma política no se libra una batalla nostálgica en la «retaguardia» de la historia, sino que está en juego una enorme responsabilidad con respecto a la humanidad de hoy.

Consideremos más de cerca esa contraposición entre las dos culturas que han caracterizado a Europa. En el curso del debate sobre el Preámbulo de la Constitución Europea, esa contraposición se ha manifestado en dos puntos controvertidos: el tema de la referencia a Dios en la Constitución, y la mención de las raíces cristianas de Europa. Se afirma que podemos estar tranquilos, porque el artículo 52 de la Constitución garantiza los derechos institucionales de las Iglesias. Pero eso quiere decir que, en la vida de Europa, las Iglesias encuentran su puesto en el ámbito del compromiso político, mientras en el campo de los fundamentos de Europa, la impronta de su contenido no encuentra ningún espacio.

Las razones que se aducen en el debate público para ese rotundo «no» son totalmente superficiales; y así resulta evidente que más que proponer los verdaderos motivos, se disfrazan. La afirmación de que mencionar las raíces cristianas de Europa hiere la sensibilidad de muchos no cristianos que viven en ella es poco convincente, pues se trata, sobre todo, de una realidad histórica que nadie puede negar seriamente. En buena lógica, esa referencia histórica implica también una referencia al presente, desde el momento en que, con la mención de las raíces, se indican las fuentes restantes de orientación moral que constituyen un factor de la identidad de esa formación que es Europa.

¿Quién podría sentirse ofendido? ¿Qué identidad se vería amenazada? Los musulmanes, a los que tantas veces y de tan buena gana se hace referencia en este aspecto, no se sentirán amenazados por nuestros fundamentos morales cristianos, sino por el cinismo de una cultura secularizada que niega sus propios principios básicos. Y tampoco nuestros conciudadanos hebreos se sentirán ofendidos por la referencia a las raíces cristianas de Europa, ya que estas raíces se remontan hasta el monte Sinaí. Los hebreos, que llevan la impronta de la voz que resonó en el monte de Dios, comparten con nosotros las orientaciones fundamentales que el Decálogo ofrece a la humanidad. Y lo mismo vale para la referencia a Dios. Lo que realmente puede ofender a los miembros de otras religiones no es la mención de Dios, sino más bien el intento de construir la comunidad humana prescindiendo de Dios.

Los motivos de ese doble «no» son mucho más profundos de lo que harían pensar las propuestas presentadas. En ellos se presupone la idea de que sólo la cultura radical de la Ilustración, que ha alcanzado su pleno desarrollo en nuestro tiempo, puede constituir la identidad europea. Por eso, junto a ella pueden coexistir diferentes culturas religiosas con sus respectivos derechos, a condición de que respeten los criterios de la cultura de la Ilustración y se sometan a ella.

Sustancialmente, esa cultura se define por el derecho a la libertad, brota de la libertad como valor fundamental, que es la medida de todo: libertad de elección religiosa que incluye la aconfesionalidad del Estado; libertad de expresión de las propias opiniones, a condición de que no se ponga en duda ese principio esencial; ordenamiento democrático del Estado, es decir, control parlamentario de los organismos estatales; libre formación de partidos políticos; independencia de la magistratura; y finalmente, tutela de los derechos humanos y prohibición de cualquier clase de discriminaciones.

En este aspecto, la norma está aún en vías de formación, porque también hay ciertos derechos del hombre que generan conflictos, por ejemplo, el contraste entre el deseo de libertad de la mujer y el derecho del feto a la vida. La discriminación tiene tendencia a ampliarse, de modo que prohibirla puede transformarse progresivamente en una limitación de la libertad de opinión e incluso de la libertad religiosa. Muy pronto no se podrá afirmar que, como enseña la Iglesia Católica, la homosexualidad constituye un desorden objetivo en la estructuración de la existencia humana. Y la convicción de la Iglesia, de que ella no tiene derecho a conferir la ordenación sacerdotal a mujeres, se considera en ciertos círculos como irreconciliable con el espíritu de la Constitución Europea.

Es claro que este exponente de la cultura de la Ilustración, que no posee –ni mucho menos– carácter definitivo, contiene valores importantes de los que el cristiano ni quiere ni puede prescindir; pero también es evidente que la idea de libertad –mal definida o, de hecho, no definida–, que es la base de esa cultura, implica inevitablemente ciertas contradicciones; y también es manifiesto que, precisamente por su práctica –al parecer, tan radical– comporta limitaciones de la libertad que hace sólo unos años eran inimaginables. Una ideología confusa de la libertad conduce inexorablemente a un dogmatismo que cada día se revela más hostil a la propia libertad.

No cabe duda que aún tendremos que volver sobre el tema de las contradicciones internas que reviste la forma actual de la cultura de la Ilustración. Pero antes habrá que terminar de describirla. En cuanto cultura de una razón que por fin tiene plena conciencia de sí misma, su naturaleza la lleva a presumir de universalismo y presentarse como perfecta en sí misma, sin necesidad del complemento que le pueda venir de otros factores culturales.

Esas dos características se perciben con toda claridad cuando se plantea la cuestión sobre quién puede ser miembro de la Comunidad [Europea], especialmente en el debate sobre la incorporación de Turquía. Se trata de un Estado, o quizá mejor dicho, de un ámbito cultural que no tiene raíces cristianas, sino que está bajo el influjo de la cultura islámica. Atatürk se propuso transformar Turquía en un Estado laico, tratando de implantar en un terreno musulmán el laicismo que había ido madurando en el mundo cristiano de Europa. Se puede plantear la cuestión sobre si eso es posible.

Según la tesis de la cultura ilustrada y laica de Europa, sólo las normas y contenidos de esa cultura pueden definir la identidad europea. En consecuencia, cualquier Estado que haga suyos esos criterios podrá pertenecer a Europa. En definitiva, no importa sobre qué trenzado de raíces se implante esa cultura de la libertad y de la democracia. Precisamente por eso se afirma que las raíces no pueden formar parte de la definición de los fundamentos de Europa, porque se trata de raíces muertas que no forman parte de la identidad actual. Por eso, esta nueva identidad, determinada exclusivamente por la cultura de la Ilustración, implica también que Dios no tiene nada que ver con la vida pública ni con los fundamentos del Estado.

Desde esa perspectiva, todo resulta perfectamente lógico y, en cierto modo, hasta plausible. En realidad, ¿podríamos desear algo más espléndido y reconfortante que el hecho de que en todas partes se respeten la democracia y los derechos humanos? Pero, en cualquier caso, se impone la cuestión sobre si esa cultura ilustrada y laica es realmente la cultura –considerada en última instancia como universal– de una razón común a todo el género humano, una cultura abierta a toda la humanidad, aunque sobre una base histórica y culturalmente diferenciada. Por otro lado, uno se pregunta si, en sí misma, esa cultura es de veras autosuficiente, de modo que pueda prescindir de cualquier clase de raíces ajenas a su propio ámbito.

2. Significado y límites de la actual cultura racionalista

Ahora habrá que afrontar esas dos últimas cuestiones. A la primera, es decir, si ya se ha alcanzado la filosofía universalmente válida y plenamente científica en la que pueda expresarse la razón común a todos los hombres, habría que responder que se han hecho adquisiciones importantes que pueden aspirar a una validez universal.

Por ejemplo, el hecho de que la religión no puede ser una imposición del Estado, sino que sólo se puede aceptar en plena libertad; el respeto de los derechos fundamentales de la persona, iguales para todos; la separación de poderes y el control del poder. Sin embargo, es impensable que esos valores fundamentales, reconocidos como universalmente válidos, puedan ponerse en práctica de la misma manera en cualquier contexto histórico. No en todas las sociedades se dan los presupuestos sociológicos para una democracia basada en la existencia de partidos políticos, como ocurre en Occidente. Desde esa perspectiva, la total neutralidad religiosa del Estado deberá considerarse, en la mayor parte de los contextos históricos, como una verdadera utopía.

Y así llegamos a los problemas que suscita la segunda pregunta. Pero antes de nada, habrá que clarificar la cuestión sobre si las modernas filosofías inspiradas en la Ilustración, tomadas en conjunto, se pueden considerar como la última palabra de la razón común a todos los hombres. Estas filosofías se caracterizan por el hecho de ser positivistas y, por consiguiente, anti-metafísicas; y tanto es así que, a fin de cuentas, Dios no puede tener ningún puesto en ellas. Todas se basan en una auto-limitación de la razón positiva, que funciona perfectamente en el ámbito técnico, pero que, si se generaliza, implica una mutilación del hombre. De ahí se sigue que el hombre no admite ninguna instancia moral que esté fuera de sus cálculos y, como ya hemos visto, que el concepto de libertad que a primera vista podría dar la impresión de poseer una expansión ilimitada, termina por llevar a la autodestrucción de esa misma libertad.

No se puede negar que las filosofías positivistas contienen importantes elementos de verdad. Pero esos elementos están fundados en una auto-limitación de la razón específica de una determinada coyuntura cultural –la del Occidente moderno– que, en cuanto tal, no puede ser la última palabra de la razón. Aunque parezcan totalmente racionales, dichos elementos no representan la voz de la razón, sino que ellos mismos están vinculados culturalmente a la situación del Occidente de hoy.

Por eso, no representan en modo alguno la filosofía que un día debería ser válida para todo el mundo. Pero sobre todo habrá que observar que esa filosofía ilustrada y su respectiva cultura son magnitudes incompletas. Es una filosofía que corta conscientemente sus propias raíces históricas y, de ese modo, se priva de las fuentes originarias de las que ella misma ha brotado, es decir, de la memoria fundamental de la humanidad, sin la que la razón pierde su punto de referencia.

En realidad, sigue siendo válido el principio de que la capacidad del hombre es el comienzo de su acción. Lo que se sabe hacer, también se puede hacer. No existe un saber hacer separado del poder hacer, porque iría contra la libertad, que es el valor supremo en absoluto. Pero el hombre, que sabe hacer tantas cosas, siempre sabe hacer más; y si su saber hacer no encuentra su medida en una norma moral, el resultado será inevitablemente, como se puede comprobar, un poder de destrucción.

El hombre sabe hacer hombres; y por eso, los hace. El hombre sabe usar hombres como «banco» de órganos para otros hombres, y por eso lo hace; lo hace porque parece ser una exigencia de su libertad. El hombre sabe fabricar bombas atómicas, y por eso las hace; y en principio está dispuesto también a usarlas. A fin de cuentas, también el terrorismo se basa en esta modalidad de «auto-autorización» que se arroga el hombre, más bien que en los principios del Corán. La separación radical de sus raíces que caracteriza a la filosofía ilustrada no es, en último análisis, otra cosa que un desprecio de las capacidades del ser humano.

Para los portavoces de las ciencias naturales, el hombre, en el fondo, no tiene ninguna libertad; pero eso está en flagrante contradicción con el punto de partida de todo este problema. El hombre no debe creer que es una realidad distinta de los demás seres vivos, por lo que deberá recibir el mismo trato. Así se expresan los representantes más audaces y más avanzados de una filosofía claramente separada de las raíces de la memoria histórica de la humanidad.

Nos habíamos planteado dos cuestiones: si la filosofía racionalista (positivista) es estrictamente racional y, en consecuencia, universalmente válida; y si esa filosofía es completa. Pues bien, ¿se basta a sí misma? ¿Puede, o incluso debe, relegar sus raíces históricas al ámbito del pasado y, por tanto, a lo que puede ser válido sólo subjetivamente? Las dos preguntas sólo admiten como respuesta un rotundo «no». Esa filosofía no expresa la razón total del hombre, sino sólo una parte; y debido a esa mutilación de la razón, no se la puede considerar como plenamente racional. Por eso es también incompleta, y sólo puede recobrar su vigor si restablece de nuevo el contacto con sus raíces. Y es que un árbol sin raíces terminará secándose…

Con estas afirmaciones no se niega lo que esta filosofía encierra de positivo e importante, sino más bien se afirma su necesidad de completar las profundas lagunas de las que adolece. De ese modo nos encontramos una vez más con los dos puntos más controvertidos del Preámbulo de la Constitución Europea. Prescindir de las raíces cristianas no es la expresión de una tolerancia exquisita que respeta todas las culturas de la misma manera, sin privilegiar a ninguna de ellas, sino elevar a la categoría de absoluto unas ideas y unas vivencias que se contraponen radicalmente a las demás culturas históricas de la humanidad.

La verdadera contraposición que caracteriza al mundo presente no es la que se establece entre diversas culturas religiosas, sino entre la emancipación radical del hombre con respecto a Dios y a las raíces de la vida, y por otro lado, las grandes culturas religiosas. Si se llega a un enfrentamiento de culturas, no será por un choque entre grandes religiones –siempre en lucha de unas contra otras, es verdad, pero que siempre han sabido convivir en buena armonía–, sino por el conflicto entre esa emancipación radical del hombre y las grandes culturas históricas.

De esa manera, el rechazo de la referencia a Dios no es expresión de una tolerancia que desea proteger a las religiones no teístas y la dignidad de los ateos y de los agnósticos, sino más bien la expresión de una mentalidad que desearía ver a Dios definitivamente expulsado de la vida pública de la humanidad y relegado al ámbito subjetivo de culturas residuales del pasado. Y así también, el relativismo, que constituye el punto de partida de esta situación, se convierte en un dogmatismo que se cree en posesión del conocimiento definitivo de la razón y con derecho a considerar todo lo demás sólo como un estadio de la humanidad esencialmente superado y que se puede relativizar de manera adecuada.

En realidad, todo eso quiere decir que tenemos necesidad de raíces para sobrevivir y que no debemos perder de vista a Dios, si no queremos que desaparezca la dignidad humana.

3. Significado permanente de la fe cristiana

¿No será todo esto un simple rechazo de la ilustración y de la modernidad? Decididamente, no. Desde el principio, el cristianismo se consideró a sí mismo como la religión del Logos, como la religión según la razón.

En primer lugar, no encuadró a sus precursores en el marco de otras religiones, sino en el iluminismo filosófico que preparó el camino de las tradiciones para dedicarse a la búsqueda de la verdad y orientarse hacia el bien, hacia el único Dios que está por encima de todos los dioses. En cuanto religión de los perseguidos y a la vez religión universal, por encima de los diferentes Estados y pueblos, negó al Estado el derecho a considerar la religión como una parte de la estructura estatal, postulando así la libertad de la fe.

Siempre concibió al hombre, a todos los hombres sin distinción, como creaturas e imágenes de Dios, proclamando en términos de principio, aunque dentro de los límites imprescindibles del ordenamiento social, su propia dignidad. En este sentido, la Ilustración es de origen cristiano y no por casualidad, o a título exclusivo, nació en el ámbito de la fe cristiana, precisamente allí donde el cristianismo, contra su naturaleza, había llegado a convertirse en tradición y religión de Estado (1).

A pesar de que la filosofía como búsqueda de la racionalidad y, por supuesto, de la fe, haya sido siempre patrimonio del cristianismo, la voz de la razón se había visto domesticada en demasía. Fue mérito de la Ilustración, y aún lo es, haber propuesto de nuevo esos valores originales del cristianismo y haber dado voz propia a la razón. El Concilio Vaticano II, en su «Constitución sobre la Iglesia en el mundo de hoy», volvió a poner de relieve esa profunda correspondencia entre cristianismo e Ilustración, tratando de llegar así a una reconciliación de la Iglesia con la modernidad, que es el valioso patrimonio que las dos partes habrán de tutelar.

Por todo eso, es necesario que las dos partes reflexionen sobre sí mismas y estén dispuestas a corregir sus fallos. El cristianismo debe recordar continuamente que es la religión del Logos. Y eso quiere decir que deberá tener fe en el Creator Spiritus, en el Espíritu creador, del que dimana toda la realidad. Esto, precisamente, debería constituir hoy en día su fuerza filosófica, porque el problema está en saber si el mundo proviene del ámbito irracional, de modo que la razón no sería más que un «subproducto», quizá incluso dañino, de esa evolución, o si el mundo procede, más bien, de la razón que, en consecuencia, es su criterio y su meta.

La fe cristiana se inclina por esta segunda hipótesis, de modo que, desde el punto de vista puramente filosófico, dispone de las mejores cartas en el envite, a pesar de que hoy en día hay mucha gente que piensa que la primera hipótesis es la única «racional» y moderna. Y es que una razón nacida del ámbito irracional y que, a fin de cuentas, es en sí misma irracional, no es una solución a nuestros problemas. Sólo la razón creadora, que en el Dios crucificado se ha manifestado como amor, puede realmente mostrarnos el camino. En el diálogo, hoy tan necesario, entre laicos y católicos, los cristianos tenemos que estar atentos a seguir siendo fieles a la línea básica de vivir una fe que procede del Logos, es decir, de la Razón Creadora, y por consiguiente está abierta a todo lo que es verdaderamente racional.

En este punto, y en mi condición de creyente, quisiera hacer una propuesta a los laicos. En la época de la Ilustración se procuró entender y definir las normas morales fundamentales desde la afirmación de que tales normas serían válidas etsi Deus non daretur, aun en el caso de que Dios no existiera. En el enfrentamiento de las diversas confesiones, que tuvo como consecuencia la quiebra de la imagen de Dios, se intentó mantener fuera del debate los valores esenciales de la moral, y buscarles una evidencia que los hiciera independientes de las múltiples divisiones e incertidumbres de las diversas filosofías y confesiones. De ese modo se pretendió asegurar las bases de la convivencia y, de un modo más genérico, las bases de la humanidad.

En aquella época se pensó que eso era posible, ya que las grandes convicciones de fondo creadas por el cristianismo resistían bastante bien, hasta el punto de parecer innegables. Pero ahora, ya no es así. La búsqueda de esa clase de certeza tranquilizadora, que pudiera mantenerse firme por encima de todas las diferencias, no tuvo éxito. Ni siquiera el esfuerzo sobrehumano de Kant pudo crear la necesaria certeza compartida. Kant había negado que se pudiera reconocer a Dios en el ámbito de la razón pura, pero al mismo tiempo había presentado a Dios, la libertad y la inmortalidad como postulados de la razón práctica, sin la cual, dentro de su coherencia, no era posible la acción moral.

Pues bien, la situación actual del mundo, ¿no nos llevará a pensar que Kant podría tener razón? En otras palabras, llevar al extremo nuestro intento de comprender al hombre prescindiendo totalmente de Dios nos conduce cada vez más al borde del abismo, o sea, a prescindir completamente del hombre. En ese caso tendremos que dar la vuelta al axioma de los iluministas y afirmar que aun el que no logra encontrar el camino de la libre aceptación de Dios debería tratar de vivir y organizar su vida veluti si Deus daretur, como si Dios existiera. Ése es el consejo que daba Pascal a sus amigos no creyentes, y ése es el consejo que también nosotros querríamos ofrecer a nuestros amigos no creyentes. De ese modo, nadie se verá limitado en el ejercicio de su libertad, pero todas las cosas encontrarán la razón y el criterio que con tanta urgencia necesitan.

Lo que más necesitamos en este momento de la historia son individuos que, a través de una fe iluminada y vivida, presenten a Dios en este mundo como una realidad creíble. El testimonio negativo de cristianos que hablaban de Dios mientras vivían de espaldas a Él ha oscurecido la imagen de Dios y ha abierto las puertas a la increencia. Necesitamos hombres que tengan su mirada dirigida a Dios para aprender de Él el verdadero humanismo.

Necesitamos hombres cuya mente esté iluminada por la luz de Dios y a los que el propio Dios abra el corazón para que su inteligencia pueda hablar a la inteligencia de los otros y su corazón pueda abrirse a los demás. Sólo a través de hombres tocados por Dios, puede el propio Dios volver a habitar entre nosotros.

Necesitamos hombres como Benito de Nursia, que, en una época de disipación y decadencia, se sumió en la soledad más extrema y, después de todas las purificaciones que tuvo que sufrir, pudo volver a la luz y fundar en Montecasino una ciudad edificada en la cumbre del monte que, a pesar de toda su ruina, aunó las fuerzas de las que surgió un mundo nuevo. De esa manera, Benito, igual que Abrahán, se convirtió en «padre de muchos pueblos». Las recomendaciones a sus monjes, que se recogen al final de su Regla, son indicaciones que nos muestran, incluso a nosotros, el camino que lleva a lo alto, lejos de las crisis y los escombros:

«Igual que hay un celo amargo que aleja de Dios y lleva al infierno, hay un celo bueno que aleja de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna. Éste es el celo en el que los monjes deberán ejercitarse con amor ardiente. Que se superen unos a otros en colmarse de honores, que soporten con suma paciencia sus respectivas enfermedades físicas y morales (…) Ámense unos a otros con amor fraterno (…) Amen a Dios sin olvidar el temor (…) Que no antepongan absolutamente nada a Cristo, que nos conducirá a todos a la vida eterna» (San Benito, La Regla, capítulo 72).

(Conferencia impartida por el Cardenal Joseph Ratzinger en Subiaco el 1° de abril de 2005, en el monasterio de Santa Escolástica, al recibir el «Premio San Benito por la promoción de la vida y de la familia en Europa»). (2)

Fuente: http://www.mercaba.org/Enciclopedia/C/crisis_de_las_culturas.htm 

Notas del Bloguero:

1) La doctrina católica no rechaza la confesionalidad del Estado, sino la violación de la libertad religiosa (cf. Concilio Vaticano II, declaración Dignitatis Humanae, n. 1).

2) Al día siguiente murió San Juan Pablo II. El Cardenal Ratzinger fue elegido Papa el 19 de abril de 2005 y tomó el nombre de Benedicto [=Benito] XVI.


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La doctrina católica sobre la fecundación in vitro está expuesta en cuatro documentos principales del Magisterio supremo de la Iglesia. A continuación citaré los textos pertinentes de esos cuatro documentos, comenzando por los dos más sintéticos y siguiendo por los dos más extensos y especializados.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 499:

“¿Por qué son inmorales la inseminación y la fecundación artificial? La inseminación y la fecundación artificial son inmorales, porque disocian la procreación del acto conyugal con el que los esposos se entregan mutuamente, instaurando así un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Además, la inseminación y la fecundación heterólogas, mediante el recurso a técnicas que implican a una persona extraña a la pareja conyugal, lesionan el derecho del hijo a nacer de un padre y de una madre conocidos por él, ligados entre sí por matrimonio y poseedores exclusivos del derecho a llegar a ser padre y madre solamente el uno a través del otro.”

Catecismo de la Iglesia Católica, 2376-2377:

“2376 Las técnicas que provocan una disociación de la paternidad por intervención de una persona extraña a los cónyuges (donación del esperma o del óvulo, préstamo de útero) son gravemente deshonestas. Estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales heterólogas) lesionan el derecho del niño a nacer de un padre y una madre conocidos de él y ligados entre sí por el matrimonio. Quebrantan “su derecho a llegar a ser padre y madre exclusivamente el uno a través del otro” (Congregación  para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 2, 4).

2377 Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales homólogas) son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que dos personas se dan una a otra, sino que “confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser común a padres e hijos” (cf Congregación  para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 82). “La procreación queda privada de su perfección propia, desde el punto de vista moral, cuando no es querida como el fruto del acto conyugal, es decir, del gesto específico de la unión de los esposos […] solamente el respeto de la conexión existente entre los significados del acto conyugal y el respeto de la unidad del ser humano, consiente una procreación conforme con la dignidad de la persona” (Congregación  para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 2, 4).”

Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum Vitae, II, A, 2; II, B, 5:

“2. ¿Es conforme la fecundación artificial heteróloga con la dignidad de los esposos y con la verdad del matrimonio?

A través de la FIVET [NB: fecundación in vitro con transferencia de embrión] y de la inseminación artificial heteróloga la concepción humana se obtiene mediante la unión de gametos de al menos un donador diverso de los esposos que están unidos en matrimonio. La fecundación artificial heteróloga es contraria a la unidad del matrimonio, a la dignidad de los esposos, a la vocación propia de los padres y al derecho de los hijos a ser concebidos y traídos al mundo en el matrimonio y por el matrimonio.

El respeto de la unidad del matrimonio y de la fidelidad conyugal exige que los hijos sean concebidos en el matrimonio; el vínculo existente entre los cónyuges atribuye a los esposos, de manera objetiva e inalienable, el derecho exclusivo de ser padre y madre solamente el uno a través del otro. El recurso a los gametos de una tercera persona, para disponer del esperma o del óvulo, constituye una violación del compromiso recíproco de los esposos y una falta grave contra aquella propiedad esencial del matrimonio que es la unidad.

La fecundación artificial heteróloga lesiona los derechos del hijo, lo priva de la relación filial con sus orígenes paternos y puede dificultar la maduración de su identidad personal. Constituye además una ofensa a la vocación común de los esposos a la paternidad y a la maternidad: priva objetivamente a la fecundidad conyugal de su unidad y de su integridad; opera y manifiesta una ruptura entre la paternidad genética, la gestacional y la responsabilidad educativa. Esta alteración de las relaciones personales en el seno de la familia tiene repercusiones en la sociedad civil: lo que amenace la unidad y la estabilidad de la familia constituye una fuente de discordias, desórdenes e injusticias en toda la vida social.

Estas razones determinan un juicio moral negativo de la fecundación artificial heteróloga. Por tanto, es moralmente ilícita la fecundación de una mujer casada con el esperma de un donador distinto de su marido, así como la fecundación con el esperma del marido de un óvulo no procedente de su esposa. Es moralmente injustificable, además, la fecundación artificial de una mujer no casada, soltera o viuda, sea quien sea el donador.

El deseo de tener un hijo y el amor entre los esposos que aspiran a vencer la esterilidad no superable de otra manera, constituyen motivaciones comprensibles; pero las intenciones subjetivamente buenas no hacen que la fecundación artificial heteróloga sea conforme con las propiedades objetivas e inalienables del matrimonio, ni que sea respetuosa de los derechos de los hijos y de los esposos.

(…)

5. ¿Es moralmente lícita la fecundación homóloga “in vitro"?

La respuesta a esta pregunta depende estrechamente de los principios recién recordados. Ciertamente, no se pueden ignorar las legítimas aspiraciones de los esposos estériles. Para algunos el recurso a la FIVET homóloga se presenta como el único medio para obtener un hijo sinceramente querido: se pregunta si en estas situaciones la totalidad de la vida conyugal no bastaría para asegurar la dignidad propia de la procreación humana. Se reconoce que la FIVET no puede suplir la ausencia de las relaciones conyugales y que no puede ser preferida a los actos específicos de la unión conyugal, habida cuenta de los posibles riesgos para el hijo y de las molestias mismas del procedimiento. Pero se nos pregunta si ante la imposibilidad de remediar de otra manera la esterilidad, que es causa de sufrimiento, la fecundación homóloga in vitro no pueda constituir una ayuda, e incluso una terapia, cuya licitud moral podría ser admitida.

El deseo de un hijo –o al menos la disponibilidad para transmitir la vida– es un requisito necesario desde el punto de vista moral para una procreación humana responsable. Pero esta buena intención no es suficiente para justificar una valoración moral positiva de la fecundación in vitro entre los esposos. El procedimiento de la FIVET se debe juzgar en sí mismo, y no puede recibir su calificación moral definitiva de la totalidad de la vida conyugal en la que se inscribe, ni de las relaciones conyugales que pueden precederlo o seguirlo.

Ya se ha recordado que en las circunstancias en que es habitualmente realizada, la FIVET implica la destrucción de seres humanos, lo que la pone en contradicción con la ya mencionada doctrina sobre el aborto. Pero aun en el caso de que se tomasen todas las precauciones para evitar la muerte de embriones humanos, la FIVET homóloga actúa una disociación entre los gestos destinados a la fecundación humana y el acto conyugal. La naturaleza propia de la FIVET homóloga debe ser considerada, por tanto, haciendo abstracción de su relación con el aborto procurado.

La FIVET homóloga se realiza fuera del cuerpo de los cónyuges por medio de gestos de terceras personas, cuya competencia y actividad técnica determina el éxito de la intervención; confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad y a la igualdad que debe ser común a padres e hijos.

La concepción in vitro es el resultado de la acción técnica que antecede la fecundación; ésta no es de hecho obtenida ni positivamente querida como la expresión y el fruto de un acto específico de la unión conyugal. En la FIVET homóloga, por eso, aun considerada en el contexto de las relaciones conyugales de hecho existentes, la generación de la persona humana queda objetivamente privada de su perfección propia: es decir, la de ser el término y el fruto de un acto conyugal, en el cual los esposos se hacen “cooperadores con Dios para donar la vida a una nueva persona".

Estas razones permiten comprender por qué el acto de amor conyugal es considerado por la doctrina de la Iglesia como el único lugar digno de la procreación humana. Por las mismas razones, el así llamado “caso simple", esto es, un procedimiento de FIVET homóloga libre de toda relación con la praxis abortiva de la destrucción de embriones y con la masturbación, sigue siendo una técnica moralmente ilícita, porque priva a la procreación humana de la dignidad que le es propia y connatural.

Ciertamente la FIVET homóloga no posee toda la negatividad ética de la procreación extraconyugal; la familia y el matrimonio siguen constituyendo el ámbito del nacimiento y de la educación de los hijos. Sin embargo, en conformidad con la doctrina tradicional sobre los bienes del matrimonio y sobre la dignidad de la persona, la Iglesia es contraria desde el punto de vista moral a la fecundación homóloga “in vitro"; ésta es en sí misma ilícita y contraria a la dignidad de la procreación y de la unión conyugal, aun cuando se pusieran todos los medios para evitar la muerte del embrión humano.

Aunque no se pueda aprobar el modo de lograr la concepción humana en la FIVET, todo niño que llega al mundo deberá en todo caso ser acogido como un don viviente de la bondad divina y deberá ser educado con amor.”

Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Dignitas Personae, 12-13; 17:

“Las técnicas de ayuda a la fertilidad

12. Con referencia al tratamiento de la infertilidad, las nuevas técnicas médicas tienen que respetar tres bienes fundamentales: a) el derecho a la vida y a la integridad física de cada ser humano desde la concepción hasta la muerte natural; b) la unidad del matrimonio, que implica el respeto recíproco del derecho de los cónyuges a convertirse en padre y madre solamente el uno a través del otro; c) los valores específicamente humanos de la sexualidad, que «exigen que la procreación de una persona humana sea querida como el fruto del acto conyugal específico del amor entre los esposos». Las técnicas que se presentan como una ayuda para la procreación «no deben rechazarse por el hecho de ser artificiales; como tales testimonian las posibilidades de la medicina, pero deben ser valoradas moralmente por su relación con la dignidad de la persona humana, llamada a corresponder a la vocación divina al don del amor y al don de la vida».

A la luz de este criterio hay que excluir todas las técnicas de fecundación artificial heteróloga [22] y las técnicas de fecundación artificial homóloga [23] que sustituyen el acto conyugal. Son en cambio admisibles las técnicas que se configuran como una ayuda al acto conyugal y a su fecundidad. La Instrucción Donum vitæ se expresa en este modo: «El médico está al servicio de la persona y de la procreación humana: no le corresponde la facultad de disponer o decidir sobre ellas. El acto médico es respetuoso de la dignidad de las personas cuando se dirige a ayudar al acto conyugal, ya sea para facilitar su realización, o para que el acto normalmente realizado consiga su fin». Y, a propósito de la inseminación artificial homóloga, dice: «La inseminación artificial homóloga dentro del matrimonio no se puede admitir, salvo en el caso en que el medio técnico no sustituya al acto conyugal, sino que sea una facilitación y una ayuda para que aquél alcance su finalidad natural».

13. Son ciertamente lícitas las intervenciones que tienen por finalidad remover los obstáculos que impiden la fertilidad natural, como por ejemplo el tratamiento hormonal de la infertilidad de origen gonádico, el tratamiento quirúrgico de una endometriosis, la desobstrucción de las trompas o bien la restauración microquirúrgica de su perviedad. Todas estas técnicas pueden ser consideradas como auténticas terapias, en la medida en que, una vez superada la causa de la infertilidad, los esposos pueden realizar actos conyugales con un resultado procreador, sin que el médico tenga que interferir directamente en el acto conyugal. Ninguna de estas técnicas reemplaza el acto conyugal, que es el único digno de una procreación realmente responsable.

Para responder a las expectativas de tantos matrimonios estériles, deseosos de tener un hijo, habría que alentar, promover y facilitar con oportunas medidas legislativas el procedimiento de adopción de los numerosos niños huérfanos, siempre necesitados de un hogar doméstico para su adecuado desarrollo humano. Finalmente, hay que observar que merecen ser estimuladas las investigaciones e inversiones dedicadas a la prevención de la esterilidad.

(…)

La Inyección intracitoplasmática de espermatozoides (ICSI)

17. Entre las técnicas de fecundación artificial más recientes ha asumido progresivamente un particular relieve la Inyección intracitoplasmática de espermatozoides. Por su eficacia, esta técnica es la más utilizada, y puede superar diversas formas de esterilidad masculina.

Como la fecundación in vitro, de la cual constituye una variante, la Inyección intracitoplasmática de espermatozoides es una técnica intrínsecamente ilícita, pues supone una completa disociación entre la procreación y el acto conyugal. En efecto, también la Inyección intracitoplasmática de espermatozoides «se realiza fuera del cuerpo de los cónyuges por medio de gestos de terceras personas, cuya competencia y actividad técnica determina el éxito de la intervención; confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad y a la igualdad que debe ser común a padres e hijos. La concepción in vitro es el resultado de la acción técnica que antecede la fecundación; ésta no es de hecho obtenida ni positivamente querida como la expresión y el fruto de un acto específico de la unión conyugal».”

Vale la pena reproducir también las notas 22 y 23 de esta última Instrucción de la CDF:

“[22] Bajo el nombre de fecundación o procreación artificial heteróloga se entienden «las técnicas ordenadas a obtener artificialmente una concepción humana, a partir de gametos procedentes de al menos un donador diverso de los esposos unidos en matrimonio».

[23] Bajo el nombre de fecundación o procreación artificial homóloga se entiende «la técnica dirigida a lograr la concepción humana a partir de los gametos de dos esposos unidos en matrimonio».”


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La drogadicción es un fenómeno que se difunde cada vez más. Plantea graves problemas psicológicos, sociales, espirituales y morales. En esta nota, deseamos abordar la cuestión principalmente desde el punto de vista del individuo y de su familia, porque no olvidamos que “en el centro de la drogadicción se encuentra el hombre, sujeto único eirrepetible, con su interioridad y su personalidad específica” (1).

La drogadicción ha pasado, en el decurso de algunos decenios, de un uso relativamente limitado, reservado a una clase social acomodada e indulgente con respecto a sí misma, a ser un fenómeno de masas, que afecta ante todo a los jóvenes, destruyendo vidas, incumpliendo muchas promesas, y que ningúnpaís hasta hoy ha logrado reducir y ni siquiera frenar. “Gran número de los que consumen droga son jóvenes, y la edad en que se comienza es cada vez menor” (2). Niños y adolescentes no dan importancia al uso de la droga incluso en las escuelas, y sus educadores se sienten impotentes. La droga pone en peligro el futuro mismo de nuestras sociedades. Por este motivo, nuestra preocupación se orienta sobre todo a los jóvenes –adolescentes y adultos– porque ellos son hoy las primeras víctimas de la droga.

Cuando se aducen argumentos en favor o en contra de los proyectos de ley para la legalización de las drogas “ligeras” es preciso evitar las simplificaciones y las generalizaciones, y sobre todo la politización de unacuestión que es profundamente humana y ética. Algunos sostienen que el recurso moderado a algunos productos, clasificados entre las “drogas”, no implicaría ni dependencia bioquímica niefectos secundarios sobre el organismo.

Otros dicen que sería mejor conocer y acompañar a los drogadictos, en vez de dejarlos en la ilegalidad, tanto para poder prestarles ayuda como para proteger a la sociedad. Sobre esa base, se argumenta en favor de la legalización de la droga.

La ciencia y la técnica siempre han tratado de sacar provecho de las sustancias químicas para favorecer la curación de las patologías, para mejorar las condiciones de vida y para incrementar el placerde la convivencia. Los usuarios han constatado que algunas de esas sustancias proporcionan una sensación placentera, eufórica, ansiolítica, sedante, estimulante o alucinógena. Tales “drogas” crean, al mismo tiempo, pérdidas de la atención y una alteración del sentido de larealidad. El consumo de tales sustancias favorece, primero, el aislamiento y, luego, la dependencia, con el paso a productos cada vez más fuertes. En algunos casos el producto crea unadependencia tan grande que el adicto sólo vive para conseguirlo.

Los efectos varían según las diversas drogas, y no se puede distinguir claramente, en el ámbito farmacológico, una clase de “drogas ligeras” y una clase de “drogas duras”. Los factores decisivos en esta materia son la cantidad consumida, el modo de asimilación y las eventuales asociaciones (3). Además,todos los días llegan al mercado nuevas drogas, con nuevos efectos y nuevos interrogantes. Por último, se debería ensanchar razonablemente el ámbito de la drogadicción a muchas sustancias (ansiolíticas, sedantes, antidepresivas, estimulantes) que no son consideradas “drogas”, incluidos el tabaco y el alcohol (4). En efecto, el problema nose plantea simplemente en términos bioquímicos.

Lo que importa no es tanto la droga cuanto los interrogantes humanos, psicológicos y existenciales implicados en esas conductas. Con demasiada frecuencia no se quiere comprender eso y se olvida que la raíz de la drogadicción no estriba en el producto, sino en la persona que llega a sentir su necesidad. Los productos pueden ser diversos, pero las razones básicas siguen siendo las mismas. Por este motivo, la distinción entre “drogas duras” y “drogas ligeras” lleva a un callejón sin salida.
Recurrir a la droga es síntoma de un “malestar” profundo. Como afirma el Pontificio Consejo para la Familia: “La droga no entra en la vida de una persona de forma repentina, sino como una semilla que arraiga en un terreno preparado durante largo tiempo” (5).

Tras estos fenómenos hay una solicitud de ayuda por parte del individuo, que permanece solo con su vida; no sólo siente un deseo de reconocimiento y de valoración, sino también de amor. Por eso, ante todo es preciso remontarse a laraíz del fenómeno, si se quiere intervenir de modo eficaz en las consecuencias personales y sociales que provoca el uso de la droga.

El problema, efectivamente, no estriba en la droga, sino en la enfermedad del espíritu que lleva a la droga, como recuerda el Papa Juan Pablo II: “Es preciso reconocer que se da un nexo entre lapatología mortal causada por el abuso de drogas y una patología del espíritu, que lleva ala persona a huir de sí misma y a buscar placeres ilusorios, escapando de la realidad, hasta tal punto que se pierde totalmente el sentido de la existencia personal” (6).

En la drogadicción juvenil, estos problemas humanos son primordiales. El joven que se deja llevar por la tentación de la droga tiene una personalidad frágil, inmadura, poco estructurada, y eso guarda relación directa con la educación que no ha recibido. La mayoría de los especialistas en ciencias humanas sostiene, desde hace bastantes años, que los jóvenes se ven abandonados por la sociedad, que no se les atiende ni respeta, y que el ambiente no les proporciona todos los elementos sociales, culturales y religiosos necesarios para desarrollar su personalidad.

Nos encontramos en un mundo en que al niño se le abandona demasiado pronto a sí mismo. Se espera que despierte su libertad y que se vuelva autónomo, mientras que, al mismo tiempo, se le hace frágil a largo plazo, porque no se le da la posibilidad de apoyarse en los adultos y en la sociedad para poder madurar. Al faltarles ese apoyo básico, muchos niños llegan al umbral de la adolescencia sinuna verdadera unificación o una estructura interior. Como reacción, frente a un mundo que parece vacío, considerando su futuro inmediato, algunos intentan, a pesar de todo, sentirse vivos. Buscan puntos de apoyo y cultivan diversas relaciones de dependencia con otros, con varios productos o con comportamientos peligrosos.

Los padres de estos jóvenes se sienten, lógicamente, preocupados y a menudo buscan ayuda cuando se enfrentan a lo que les parece un problema grave que, como mínimo, pone en tela de juicio la maduración psíquica, ética y espiritual de sus hijos. Un niño, al igual que un adolescente, no tiene el sentido de los límites, especialmente en un mundo en el que se sostiene la idea de que todo es posible y que cada uno puede hacer lo que quiera. Los padres tratan de enseñar a sus hijos lo que se puede hacer y lo que no se ha de hacer, lo que está bien y lo que está mal. Con frecuencia tienen la impresión de que su actitud educativa queda debilitada e incluso devaluada por las ideas y las imágenes que circulan en la sociedad.

En consecuencia, los padres se sienten a menudo derrotados ante sus hijos, vencidos por algo que, lamentablemente, les parece más fuerte que ellos en el ámbito de los medios de comunicación social. Están inquietos porque no se sienten apoyados por la sociedad. No quieren que sus hijos se droguen, mientras otros se empeñan por lograr que se legalice la venta y el uso de productos que favorecen la drogadicción.

Ante esta escalada de discursos favorables a la legalización, es preciso plantearse los verdaderos interrogantes. Se han hecho muchos intentos en ese sentido y todos han resultado fracasos. ¿Se sabe de verdad por qué convendría legalizar la libre circulación de las drogas? ¿Se quiere también, realmente, seguir luchando contra la droga o ya se ha arrojado la toalla? ¿Se cede a la facilidad y a la demagogia o se trata seriamente de prevenir? ¿Es aceptable crear una subclase de seres humanos vivos, en un nivel infrahumano, como se ve, por desgracia, en las ciudades donde la droga se vende libremente? ¿Se ha tenido suficientemente en cuenta lo que los expertos no dejan de decir desde hace muchos años, esto es, que la drogadicción no depende de la droga, sino de lo que lleva a unindividuo o drogarse? ¿Se ha olvidado que, para vivir, cada uno debe poder responder a algunos interrogantes esenciales de la existencia? ¿La legalización del producto no servirá, más bien, para reforzar ese olvido?

Dado que la drogadicción juvenil depende de una debilidad de nuestro sistema educativo, nose ve cómo la legalización de estos productos puede favorecer un mejor control de los mismos por parte de los jóvenes y, sobre todo, cómo les puede ayudar a comprender lo que buscan a través de estas sustancias. La legalización de las drogas conlleva el riesgo de efectos opuestos a los que se buscan. En efecto, se admite fácilmente que lo que es legal es normal y, por tanto, moral. Cuando se legaliza la droga, lo que queda liberalizado no es el producto; lo que se convalida son las razones que llevan a consumir ese producto. Ahora bien, nadie puede discutir que drogarse es un mal. La droga, adquirida ilegalmente o distribuida por el Estado, siempre contribuye a la destrucción del hombre.
Por lo demás, desde el momento en que la ley reconociera este comportamiento como normal, podríamos preguntarnos cómoactuarían las autoridades públicas para afrontar el deber de educación y de curación de las personas ante los riesgos que esa legislación implicaría. Estamos ante una nueva contradicción del mundo actual, que quita importancia a ese fenómeno y trata, luego, de solucionar sus consecuencias negativas.

También se deben considerar las aplicaciones sociales de esa legalización. ¿Se examinarán sin miedo el desarrollo de la criminalidad, de las enfermedades relacionadas con la dependencia, y el aumento de los accidentes de circulación, que derivarán del fácil acceso a las drogas? ¿Se puede confiar profesionalmente en personas drogadictas? ¿Se les debe garantizar la seguridad de su empleo? Además, ¿el Estado tiene realmente los medios económicos y de personal para afrontar el incremento del problema sanitario que conllevaría inevitablemente la liberalización de la droga?
Frente a estos interrogantes, el Estado tiene ante todo el deber de velar por el bien común. Éste exige que proteja los derechos, la estabilidad y la unidad de la familia. La droga, al destruir al joven, destruye la familia, tanto la actual como la del futuro. Ahora bien, si esta célula vital y primordial de la sociedad se encuentra amenazada, es el conjunto de la sociedad el que sufre. Por lo demás, como subraya el Pontificio Consejo para la Familia, la drogadicción es, en parte, la razón de la debilitación de la familia, de la rotura de los hogares (7): “La experiencia de los que trabajan con especial competencia en el mundo de la drogadicción (…) confirma de modo unánime que el modelo de la familia fundada en el amorauténtico: único, fiel, indisoluble de los cónyuges (…), sigue siendo punto de referencia prioritario en el que se ha de insistir en toda acción de prevención, recuperación y reactivación de la vitalidad del individuo” (8).

Asegurando así el bien común, el Estado tiene también como tarea velar por el bienestar de los ciudadanos. La ayuda del Estado a los ciudadanos debe responder al principio de la equidad y de la subsidiariedad, es decir, ante todo debe proteger, aunque sea contra sí mismo, al más débil y pobre de la sociedad. Por tanto, no tiene el derecho de incumplir su deber de defensa frente a los que aún no hantenido acceso a lamadurez y que son víctimas potenciales de la droga. Además, si el Estado adopta o mantiene una postura coherente y valiente con respecto a la droga, combatiéndola sea cual sea su naturaleza, esta actitud ayudará también a la lucha contra los abusos del alcohol y del tabaco.
La Iglesia quiere recordar las aplicaciones de este fenómeno. Subraya el hecho de que, en la perspectiva de una legalización de la venta y del uso de los productos que favorecen la drogadicción, lo que está en juego es el destino de las personas. Algunos acortarán su vida, mientras que otros, tal vez sin caer en la dependencia propiamente dicha, echarán a perder sus años juveniles sin desarrollar realmente sus potencialidades. No se debe hacer experiencia a costa de la gente. El comportamiento que lleva a la drogadicción no tiene ninguna posibilidad de corregirse si los productos que refuerzan ese comportamiento mismo son puestos a la venta libremente. Al contrario, como ha dicho el Santo Padre (9), “se ha probado concretamente la posibilidad de recuperación y redención de la pesada esclavitud” de la droga con métodos basados en la acogida, la valoración, la educación en la libertad, el amor, “y es significativo que esto se haya conseguido con métodos que excluyen rigurosamente cualquier concesión de drogas, legales o ilegales”, sea que se trate de la droga mismao de un sucedáneo. Y el Papa Juan Pablo II añadía: “La droga no se vence con la droga”.

Se pueden tomar diversas actitudes ante el problema de la droga, y todas tienen su justificación. Sin embargo, a una política de simple “limitación” o “reducción” de los daños, admitiendo como un hecho de civilización que una parte de la población se drogue y vaya hacia su perdición, ¿no sería preferible optar por una política de verdadera prevención, encaminada a construir o a reconstruir una “cultura de la vida” en esta “marginación” de nuestra civilización de la eficacia?

Ciudad del Vaticano, 22 de enero de 1997.


1) Pontificio Consejo para la Familia, De la desesperación a la esperanza, familia y drogradicción, 1992, 1, Librería Editora Vaticana, p. 6.

2) Ib.

3) Cf. Comité consultatif national d’ethique pour les sciences de la vie et de la santé (Paris), Avis n. 43, 23 de noviembre de 1994, Rapport sur les toxicomanies, p. 13.

4) El Santo Padre Juan Pablo II ha subrayado la diferencia entre toxicomanía y alcoholismo con estas palabras: “Existe, ciertamente una clara diferencia entre el recurso a la droga y el recurso al alcohol: en efecto, mientras que un moderado uso de este último como bebida no choca con prohibiciones morales y sólo su abuso es condenable; el drogarse, por el contrario, siempre es ilícito, porque implica una renuncia injustificada e irracional a pensar, querer y actuar como personas libres” (Discurso a la VI Conferencia internacional de pastoral sanitaria, 23 de noviembre de 1991, n. 4: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de noviembre de 1991, p. 10).

5) Pontificio Consejo para la Familia, op. cit., p. 8.

6) Mensaje del Santo Padre al doctor Giorgio Giacomelli, subsecretario general, director ejecutivo del programa internacional de las Naciones Unidas para el control de las drogas, con ocasión de la Jornada Internacional contra el Abuso y el Tráfico Ilícito de Drogas (26 de junio de 1996): L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de julio de 1996, p. 6.

7) “El drogadicto proviene frecuentemente de una familia que no sabe reaccionar ante el estrés por ser inestable e incompleta, o por estar dividida” (Pontificio Consejo para la Familia, op. cit., I, b).

8) Pontificio Consejo para la Familia, op. cit., III, a.

9) Discurso a los participantes en el VIII Congreso Mundial de las Comunicaciones Terapéuticas, Castelgandolfo, 7 de septiembre de 1984, n. 3: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 9 de diciembre de 1984, p. 17.

Fuente: http://humanitas.cl/html/biblioteca/articulos/d0003.html


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