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HOMILÍA
XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
Sab 6, 12-16; 1 Tes 4, 13-18; Mt 25, 1-13.

“Ya viene el esposo, salgan a su encuentro.” (Mt 25, 6)

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maaya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Je’e bix le yáax xóokil yéetel Ma’alob Péektsilo’ ku ya’alik to’on yo’olaj yats’ilil tu’ux na’atal kux óolalil ti’e kuxtala’. Le ka’a p’éel Kili’ich xóokila ku ya’alik to’on u jaajil yo’olaj le kiimeno’obo’ je’e bix tu ya’alaj Jesús.

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo trigésimo segundo del Tiempo Ordinario.

La primera lectura de hoy está tomada del Libro de la Sabiduría, y en este pasaje se hace un elogio a la sabiduría, la cual está al alcance de todos, pues no es una sabiduría que se adquiera en una universidad o en la lectura de muchos libros, sino que la gente más sencilla y sin escuela la puede obtener. Es la sabiduría de la vida, la sabiduría de la prudencia en el actuar, queriendo hacer las cosas bien ante Dios y bien ante los hombres.

Dice el texto: “Con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan” (Sab 6, 12). Porque al querer hacer las cosas de la manera correcta, Dios nos otorga la sabiduría necesaria. Lo contrario significa sólo actuar por impulsos, buscando la comodidad y el provecho propio. Muchos actúan sin medir las consecuencias de lo que están haciendo, sin ponerse a pensar en lo que es correcto y lo que es incorrecto. Y luego dice el texto sobre la sabiduría: “Darle la primacía en los pensamientos es prudencia consumada; quien por ella se desvela pronto se verá libre de preocupaciones” (Sab 6, 15).

Quien actúa al margen de la sabiduría, tal vez obtenga lo que se propone, aunque lo que haga sea algo criminal, pero el que quiera tener una conciencia tranquila, deberá actuar con sabiduría. Sin la sabiduría que viene de lo alto, tal vez podamos tener éxito ante el mundo. Pero para un hombre verdaderamente sabio, no importará tanto el éxito, sino la fidelidad. Los hombres sabios estarán siempre en paz consigo mismos, pues, como dice el texto: La sabiduría “colabora con ellos en todos sus proyectos” (Sab 6, 16).

Hoy proclamamos con el Salmo 62: “Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma. Señor, todo mi ser te añora como el suelo reseco añora el agua”. Pues, en verdad, buscar la sabiduría de Dios, es buscar a Dios mismo, es querer conocer su voluntad para cada momento de nuestra existencia.

Esa sabiduría de la que venimos hablando se refleja en la previsión de cinco de las jóvenes de la parábola del Evangelio, que estaban esperando la llegada del esposo para entrar con él al banquete de bodas. Estas jóvenes tenían preparado cada una un frasco de aceite para encender su lámpara, por si el esposo llegara de noche. Había con ellas otras cinco jóvenes, que no tenían la sabiduría de la previsión y no llevaron un frasco de aceite.

No tomemos al pie de la letra la parábola de las próximas diez esposas, pensemos que en la antigüedad había pueblos que practicaban la poligamia, y de ahí toma Jesús esta parábola. Pensemos, más bien, en esta figura esponsal del Dios que quiere hacer alianza de amor con cada uno de nosotros. La imprudencia, la falta de sabiduría nos podría llevar al pensamiento antiguo y actual que dice: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”; o como otros dicen: “La juventud es para gozarla, ya veremos después”. La verdadera sabiduría la puede tener un joven y hasta un niño, que desde temprana edad vive bajo la guía de este don del Santo Espíritu.

Alguien podría pensar que a las vírgenes prudentes les faltó generosidad, por no querer compartir su aceite con las otras cinco. Pero la enseñanza es que la preparación y la respuesta de sabiduría es totalmente personal. Nos podemos y debemos amonestar unos a otros en vida, pero al enfrentarnos al juicio de Dios, cada uno dará razón de sí mismo.

La conclusión y el mensaje principal que Jesús quiso dejar con esta parábola es este: “Estén pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora” (Mt 25, 13). Creo que la pandemia actual que estamos enfrentando nos debe ayudar a tomar conciencia de que, sin importar la edad y salud que tengamos, debemos estar siempre preparados para nuestro encuentro con Cristo.

El pasado lunes celebramos el día de los fieles difuntos, y lo hicimos de un modo nuevo, que nunca hubiéramos imaginado, porque así nos lo ha impuesto la prevención ante la pandemia: ahora no tuvimos el “Festival de las Ánimas”; ahora muchos no pudieron acudir al panteón a mostrar su amor por sus difuntos; ahora no celebramos la santa misa en casi ningún panteón de Yucatán. No hemos podido honrar nuestras tradiciones, pero el amor por nuestros difuntos está intacto y nadie los quitará de nuestra memoria. Y lo más importante, nadie nos puede quitar la fe en el Resucitado, ni la esperanza de la resurrección de los muertos.

Hoy existen grandes atentados contra nuestra fe, como lo es por ejemplo la creencia en la llamada Santa Muerte; como la creencia en la reencarnación; y peor aún, la creencia de que somos pura materia y que al morir todo acaba para nosotros. Hay otros pensamientos más disfrazados, pero que al fin y al cabo no comulgan con nuestra fe, como los que dicen que los muertos siguen viviendo mientras alguien los recuerda; junto con las historias tontas que a muchos emocionan de las películas de los muertos vivientes (cosa tan absurda y contradictoria).

Por otra parte, hoy escuchamos otro pasaje de la Primera Carta de san Pablo a los Tesalonicenses. Éstos cristianos estaban esperando la segunda venida de Cristo de un momento a otro, pero lamentaban que algunos iban muriendo, y que otros ya habían muerto antes, creyendo que los muertos no tendrían parte en la segunda venida de Cristo. Aquí el Apóstol los instruye sobre el destino de los que han muerto, pues los tesalonicenses estaban tristes por sus difuntos. Les dice: “No vivan tristes, como los que no tienen esperanza… a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con él” (1 Tes 4, 13-14).

Cuando Cristo regrese, primero resucitarán los muertos, y luego vendrá el momento para los que queden aún con vida. Les dice también: “Entonces, los que murieron en Cristo resucitarán primero; después nosotros, los que quedemos vivos, seremos arrebatados, juntamente con ellos entre nubes, por el aire, para ir al encuentro del Señor, y así estaremos siempre con él” (1 Tes 4, 17). Pablo los invitaba a consolarse con estas palabras.

No hemos de acostumbrarnos demasiado a esta vida del mundo, porque nadie la tiene segura y garantizada, ni los más jóvenes, ni los más sanos, ni los más ricos. Estemos más bien siempre preparados para dejar este mundo o para despedir a quienes tanto amamos. La fe en verdad nos consuela, pues si somos creyentes, no diremos adiós a quien muere, sino hasta luego.

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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HOMILÍA
XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
Ciclo A
Apoc 7, 2-4. 9-14; 1 Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12.

“Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos” (Mt 5, 12).

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maaya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’e’ k’íinbensik u k’íimak olal tuláakal kili’cho’ob. U xóokil jach taj ya’abo’ te Iglesia’, yéetel tuláakal le kili’icho’ob betabo’ob te’ ichil u ja’abilo’ob 20 siglos dso’ok ku máana’. Chen bale yáan ya’abach kili’icho’ob ma’ béetab tumen Iglesia, leti’o’be tuláakal le kíimeno’ob dso’ok u jóok’olob te’ purgatorio, yéetel kin tùuklik yáan jun túul a láak’ob ichilo’obi’.

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo trigésimo primero del Tiempo Ordinario, y por ser día primero de noviembre, tenemos hoy la solemnidad de Todos los Santos.

El libro del Apocalipsis del apóstol san Juan, es el último libro de la Biblia, y en él se describen todas las cosas que le fueron reveladas de parte del Señor, mientras se encontraba desterrado en la isla de Patmos. Con sus revelaciones, el apóstol quiso animar a las comunidades cristianas que eran perseguidas, para que supieran que su sufrimiento tendría un fin, y que los malvados que los perseguían a muerte padecerían el castigo de Dios, mientras que ellos pasarían a gozar eternamente en el cielo.

En este pasaje se describe que, en el castigo final, se detiene a los ángeles que traían ese castigo, para que antes se alcanzara a poner en la frente de los que se iban a salvar una marca. Juan dice que pudo contar a los marcados y “eran ciento cuarenta y cuatro mil, procedentes de todas las tribus de Israel” (Apoc 7, 4). Ya sabemos que muchas cosas no las podemos interpretar al pie de la letra, y que en Israel los números tenían un símbolo. Este número en concreto se obtiene multiplicando doce por doce, que nos da ciento cuarenta y cuatro, porque las tribus de Israel eran doce; y mil significa en la Escritura una gran cantidad, y no un número exacto. Así que se trata de todos los redimidos del Antiguo Testamento, que son una enorme cantidad. Es la salvación del pueblo de Israel.

Posteriormente dice que vio “una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas” (Apoc 7, 9). Ahora se trata de todos los redimidos del Nuevo Testamento. Estar de pie delante del Cordero y portar vestiduras blancas significa su santidad. Cuando dice que llevaban palmas en las manos se refiere en particular a los mártires de la Iglesia. Y por si hubiera alguna duda, de quiénes eran todos los hombres y mujeres de aquella multitud, a Juan le explican que “Son los que han pasado por la gran persecución y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero” (Apoc 7, 14).

La Iglesia siempre ha sido perseguida, hasta la actualidad, y muchos siguen muriendo mártires hasta el día de hoy. Pero como dice san Ambrosio, todos somos perseguidos, pues si no tenemos perseguidores externos que atenten contra nuestro cuerpo, todos tenemos perseguidores internos que atentan contra nuestra alma, y esto lo vivimos en cada tentación. Hay dos formas fundamentales en las que un cristiano sufre martirio: Cuando se atenta contra su cuerpo, o cuando el enemigo trata de seducirnos y atraernos al pecado.

Con el Salmo 23 (que en algunas biblias aparece como 24), hemos cantado: “Esta es la clase de hombres que te buscan, Señor”, pues hoy celebramos a toda esa clase de hombres y mujeres que vivieron en este mundo buscando al Señor. El salmo también nos da una pista de cómo son estos hombres, por si alguien no lo supiera, respondiendo a dos preguntas que son: “¿Quién subirá hasta el monte del Señor? ¿Quién podrá entrar en su recinto santo?” Viniendo enseguida la respuesta: “El de corazón limpio y manos puras y que no jura en falso”.

La segunda lectura que está tomada de la Primera Carta del apóstol san Juan, nos hace vernos a nosotros mismos como privilegiados por ser hijos de Dios, y por la revelación que aún está pendiente. Esto significa pues que, la revelación está pendiente, porque aquí en el mundo no se nos puede dar, ya que esto supone haber dejado este mundo y estar frente a Dios, lo cual ahora es algo indescriptible. Dice el apóstol: “Aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2). Nuestros hermanos, los santos, a los que hoy estamos celebrando, ya están contemplando a Dios tal cual es.

El santo evangelio de hoy, según san Mateo, nos presenta el pasaje de las Bienaventuranzas. Es la Buena Noticia que Cristo nos vino a traer. Moisés en su momento subió a la montaña santa él sólo, en medio de signos que aterraban al pueblo, para bajar luego con las tablas de la ley, tablas que eran de piedra, lo cual significa el peso de los mandamientos.

Jesús en cambio, sube al monte acompañado de una muchedumbre y nadie tiene miedo, sino que todos gozan escuchando la buena nueva de Jesús. Las Bienaventuranzas son la ley de Jesús, que nos presentan la promesa de la dicha que se anuncia para todos los que hoy viven en fidelidad al Señor.

No se trata de un discurso de amenazas sino de reconocimiento y de esperanza para todos aquellos que están haciendo las cosas bien, y tienen motivo para alegarse por el premio que les aguarda: Los pobres de espíritu, los que lloran, los sufridos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia y todos los que por causa de Cristo sufren injurias, persecución o difamación.

Para todos, el mensaje es el mismo: “Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos” (Mt 5, 12). Esa alegría viene de estar en paz con la propia conciencia, y cuando se es creyente, viene de experimentar el amor de Dios, viene de la fe y de la esperanza.

La vida de cada santo es la de una alegría que no ofrece el mundo con sus riquezas y placeres, sino que viene del encuentro con Dios. El ejemplo más preclaro de esta alegría de los santos en la tierra es la Mujer más santa de la historia, que es la santísima Virgen María, quien dijo y nos enseñó a decir: “Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador” (Lc 1, 47b).

La Iglesia se divide en tres grupos: La “Iglesia Militante”, la “Iglesia Purgante” y la “Iglesia Triunfante”. La Iglesia Militante somos todos los bautizados que vivimos en este mundo caminando en la fe y la esperanza, entre luces y sombras yendo al encuentro del Señor. Somos los santos de la tierra, pues, aunque todos seamos pecadores, Cristo es nuestra cabeza, vive en nosotros el Espíritu Santo, y todos estamos llamados a la santidad. Es así que cada uno va logrando un cierto grado de santidad, juzgado sólo por Dios. Además, nos nutrimos con la Palabra de Dios, con los sacramentos y la oración, que son instrumentos de santificación.

La Iglesia Purgante son todos los hermanos que se están purificando en el Purgatorio, los que no vivieron para ser condenados, pero que tampoco tienen méritos para pasar directamente al cielo. Por ellos tenemos que pedir diariamente, y en todas las misas oramos por las benditas almas del Purgatorio. El día dos de noviembre está dedicado a ellos. Recordemos que la indulgencia plenaria la podemos aplicar para sacar un alma del Purgatorio.

La Iglesia Triunfante la conforman todos los santos del cielo, esos son los que hoy celebramos, todos los que la Iglesia ha canonizado durante estos veinte siglos, mas todos los que han salido del Purgatorio en ese mismo tiempo: Verdaderamente una muchedumbre que nadie puede contar.

Ojalá que el día de ayer nadie haya celebrado el Halloween, porque esa celebración nos aleja de nuestra cultura, pero sobre todo nos aleja de nuestra fe.

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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INDICACIONES A TOMAR EN CUENTA
EN TORNO A LA CELEBRACIÓN DE
NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
EN TIEMPOS DE LA PANDEMIA DEL COVID-19

A todos los sacerdotes, diáconos, consagrados(as), seminaristas y a todo el Pueblo de Dios de esta amada Iglesia de Yucatán: PAX!

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con afecto y les deseo todo bien en el Señor. Tomando en consideración que la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe convoca a muchísimos fieles y que, incluso meses o semanas antes, comienzan los preparativos y traslados de los peregrinos y antorchistas, se ve la necesidad de instruir a nuestros hermanos acerca de la manera en que pueden participar.

Téngase en cuenta lo siguiente:

– Continuamos en la situación de pandemia, por lo cual no se deben relajar las medidas adoptadas por nuestras autoridades civiles y que hemos asumido en el proceso de reapertura del culto público.

– Permanecen las celebraciones eucarísticas en los templos guardando las medidas sanitarias y con el 30% de aforo.

– Se suspenden, por este año, las peregrinaciones con la antorcha guadalupana y las demás peregrinaciones en torno y en honor a la Virgen de Guadalupe.

– No se realizarán celebraciones litúrgicas en los talleres, fábricas o lugares similares porque el permiso para la reapertura del culto es para los templos y no para otros sitios donde se complicaría el control de las medidas sanitarias que se deben ejercer.

– Se mantiene, así mismo, la suspensión de actividades y celebraciones en los centros pastorales, por los motivos antes mencionados.

– En cuanto a las familias que tradicionalmente ofrecen la novena a la Virgen de Guadalupe convocando a un gran número de gente, se les pide solo lo hagan con la familia nuclear y no soliciten celebraciones especiales con presencia de ministro ordenado, puesto que se podría propiciar un ambiente de alto contagio.

– Se promoverán, desde las Pastorales Familiar, Juvenil y de Adolescentes, los subsidios necesarios para participar en actividades que nos permitan seguir manifestando nuestro cariño y confianza en la maternal cercanía y protección de nuestra Madre de Guadalupe.

Debemos seguir cuidándonos y cuidar a todos los demás. Nadie piense que la Santísima Virgen María de Guadalupe se va a sentir desairada por la falta de las manifestaciones tradicionales de devoción y amor, pues ella es nuestra Madre del cielo y comprende muy bien lo que estamos viviendo.

Si alguien quiere hacer algo más por manifestar su amor a la Guadalupana, tengan en cuenta que la mejor forma de honrarla es con actos de caridad para con los hermanos necesitados.

Desde nuestro Santuario de Guadalupe en San Cristóbal, ofreceré en ese día 12 de diciembre, la santa misa por todos los devotos y por sus seres queridos, la cual será transmitida como lo hemos venido haciendo durante estos siete meses.

Que las fiestas de nuestra Madre de Guadalupe nos encuentren a todos muy unidos en las respectivas familias y cuidando nuestra salud.

Dado en la Residencia Episcopal, a los 16 días del mes de octubre, del Año del Señor 2020.

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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HOMILÍA
XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
Is 55, 6-9; Flp 1, 20-24. 27; Mt 20, 1-16.

“Vayan también ustedes a mi viña” (Mt 20, 4).

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo vigésimo quinto del Tiempo Ordinario.

Hace seis meses nos vimos forzados a cerrar nuestros templos, como medida preventiva indispensable contra el COVID-19; y hoy, bendito sea Dios, es el primer domingo en el cual celebramos la Eucaristía a puertas abiertas y con participación del pueblo. Debemos recordar que a las personas enfermas, en cualquier forma vulnerables o más propensas a contraer esta enfermedad, no les obliga el precepto dominical. Todos los demás recuerden que la santa misa transmitida en redes sociales, televisión o radio es sólo un consuelo para quienes no pueden asistir a misa, pero no una manera de cumplir con el precepto.

Hoy iniciamos, en la segunda lectura, con la carta que escribió san Pablo a los Filipenses, una comunidad cristiana muy querida para el Apóstol y una de las pocas a las que les recibía ayuda económica. En este pasaje Pablo les presenta un dilema que él tiene entre dos deseos muy fuertes para él: Por una parte, el deseo de morir para partir de este mundo y estar ya con Cristo; por otra parte, el deseo de continuar su trabajo apostólico para fortalecerlos en la fe.

¿Quién de nosotros podría compartir con san Pablo el primer deseo de partir para estar ya con Cristo? Si tuviéramos una fe plena, absoluta y total, al estilo de santa Teresa de Ávila, podríamos decir como ella: “Vivo sin vivir en mí y tan alta dicha espero que muero porque no muero”. El Apóstol afirma que este deseo es el mejor, pero mientras el Señor le da la vida, él la cuida para servir a la causa del Evangelio.

El Señor nos ha dado un fuerte instinto de conservación que nos hace amar la vida nuestra y la de los demás, cuidándola hasta donde sea posible. Quien le quita o desea quitarle la vida a otra persona posee un grave desorden moral, pues todos deberíamos tener un enorme respeto por la vida ajena. Quien se quita la vida o atenta contra sí mismo, tiene también un grave desorden en su mente, pero sólo Dios puede juzgar a unos y a otros. En cambio, desear partir de este mundo para estar ya con el Señor, es un deseo propio de quienes han llegado a la plenitud de la fe, de la esperanza y del amor.

Dice el Apóstol: “Porque para mí, la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1, 21). Este testimonio, así como el de tantos mártires y santos, debería iluminarnos y animarnos para que al menos no tengamos tanto miedo a la muerte, y crezcamos en fortaleza para despedir a nuestros seres queridos que nos dejan.

La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, nos prepara y dispone muy bien para escuchar el evangelio de hoy. A través del profeta, Dios nos dice: “Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos” (Is 55, 8). La justicia del hombre es siempre punitiva, siempre vindicativa; si un criminal se arrepiente, de todos modos se le castiga. Cuando en lo personal nos hacen algo malo, existe un impulso de venganza, que a veces creemos justificado.

Nuestra justicia muchas veces resulta verdaderamente injusta. Esta semana un hombre asesinó a otro que presuntamente había abusado de su hija, pero resulta que asesinó a un hombre inocente. Sea la justicia personal o la institucional, con frecuencia suele equivocarse por ser simplemente humana.

En cambio, ante el Señor, basta el arrepentimiento sincero para que todo quede absolutamente perdonado, sin importar el tamaño o cantidad de los pecados. Dice también el texto: “Que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón” (Is 55, 7). Dios que nos creó a su imagen y semejanza, nos puede ayudar si nos lo proponemos, para que nuestros pensamientos y caminos sean semejantes a los de Él.

El evangelio según san Mateo nos trae hoy la hermosa parábola de los trabajadores de la viña. Se trata de un propietario que sale un día al amanecer e invita a algunos hombres para que vayan a trabajar a su viña, acordando con ellos pagarles un denario por día, lo cual debe equivaler a un salario mínimo. Luego sale a media mañana y encuentra a otros que estaban ociosos y también los envía a su viña; igual salió a medio día y a media tarde e hizo lo mismo mandando gente a su viña. Por último, sale al atardecer y se encuentra con otros a los que igualmente contrata.

Al terminar la jornada inicia el pago de los trabajadores comenzando por los últimos, a quienes les paga un denario, lo cual hace pensar a los primeros que ellos recibirían algo más. Pero no fue así, sino que ellos recibieron también un denario y se pusieron muy molestos. El propietario que, por supuesto, representa a Dios, les hace ver que no les ha cometido ninguna injusticia, porque les ha pagado lo convenido, y que él tiene derecho a ser generoso.

Los criterios para ganar el Reino de los cielos son muy distintos a los criterios laborales de una empresa, por más justa que ésta sea en el trato con sus empleados. La justicia humana está muy lejos de la justicia divina, por lo que hemos de esforzarnos por conocer y tratar de imitar la justicia de Dios desde hoy.

Creo que esta parábola la podemos entender mejor si pensamos en el caso de un hombre o una mujer que toda la vida han sido buenos sirviendo a Dios, y también el caso del ladrón arrepentido que estaba en la cruz junto a Jesús, a quien Jesús le prometió: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43). Ante estas situaciones, Jesús nos enseñó con claridad cuál es el criterio de Dios: La misericordia. A nosotros nos toca alegrarnos con el Señor por todos aquellos que se arrepienten y cambian de vida.

Otro ejemplo lo tenemos en el caso de que alguien se haya portado mal con nosotros durante años y en un buen momento reconoce su mal, se arrepiente, nos pide perdón y cambia de actitud; la justicia humana nos diría: “Ojo por ojo y diente por diente” (Mt 5, 38; Ex 21, 24; Dt 19, 21), “ahora te toca a ti corresponderle por todo lo que te hizo”. Sin embargo la justicia divina te invita al perdón y a tener una buena relación.

Dios tiene derecho a ser generoso, nosotros tenemos derecho y deber de imitarlo, pues nos conviene.

Que tengan todos una muy feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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HOMILÍA
XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
Sir 27, 33 – 28, 9; Rom 14, 7-9; Mt 18, 21-35.

“No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 22).

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich Maaya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Le yáax xóok, salmo, u núuka’al yéetel le Ma’alob Péektsil bejla’o’ ku ya’alik ti’ to’one’, Yuumtsile’ ya’ab yatsil yáan Ti’, Leti’e’ ku sa’asik u síipil tuláakal máax ku p’aatik u k’eban, chen ba’ale’ yáan k-sa’asik u sip’il máax u ya’almaj ba’al k’as ti’, je’el bix payalchi’ital k- Yúum. Sa’as síip’il je’el bix to’on sa’asik u síip’il ti’ le máax ku béeto’on k’aas.

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo vigésimo cuarto del Tiempo Ordinario.

La primera lectura de hoy domingo, tomada del libro del Sirácide o Eclesiástico, nos propone que antes de pedir perdón al Señor por nuestras faltas, nosotros perdonemos a quien nos ha ofendido. Dice el pasaje: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados” (Sir 28, 2). Eso es lo mismo que Jesús nos enseñó a decir en la oración del Padre Nuestro, haciendo un compromiso ante el Padre, de estar perdonando a quien nos ofende. En ella decimos: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Realmente es una oración de mucho compromiso, que no hemos de recitar a la ligera.

En este tiempo de pandemia ha habido un gran número de enfermos en el mundo. La enfermedad es, entre otras cosas, la oportunidad para sanar los males espirituales. Dice el texto de este pasaje: “Si un hombre le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir la salud al Señor?” (Sir 28, 3). Un enfermo tiene la oportunidad de reflexionar y de abandonar el rencor que esté cargando, para presentar una oración pura. Claro que, si tiene la oportunidad de confesarse y de recibir la santa Unción de los Enfermos, pues qué mejor. Pero no hay que esperar a la llegada del sacerdote para hasta entonces arrepentirse y perdonar las ofensas recibidas.

Por supuesto que, además, un enfermo creyente tiene la oportunidad de unirse a la pasión de Cristo, y así su enfermedad le traerá el perdón de los pecados, pero también un gran poder de intercesión. Todos hemos de rezar por nuestros enfermos, pero ellos también nos acercan al Señor intercediendo por nosotros. La oración de un enfermo es sumamente valiosa a los ojos de Dios.

Con el salmo 102, hoy todos confesamos y proclamamos: “El Señor es compasivo y misericordioso”. Nadie crea que con sus pecados puede opacar la misericordia infinita de Dios. Basta arrepentirnos, confiar en su misericordia y perdonar a quien nos haya ofendido. Decimos también en el salmo: “El Señor perdona tus pecados y cura tus enfermedades; él rescata tu vida del sepulcro y te colma de amor y de ternura”. Todos los que se han aliviado de su enfermedad, aunque no se vea un milagro de por medio, siempre han sido curados por Dios, que está detrás de cada medicamento, de cada doctor y de cada cuidado de enfermería. Cuando alguien fallece, es porque el Señor ha querido llamarlo a su presencia.

También el pasaje del evangelio de hoy, según san Mateo, nos habla de la necesidad de que perdonemos, para ser perdonados. Pedro le pregunta a Jesús si tienen que perdonar hasta siete veces; y con esto no es que esté pensando en ir contando literalmente hasta siete. Se trata del significado simbólico del número “siete” que es plenitud y perfección en el lenguaje judío. Pero con su respuesta Jesús no sólo le confirma esa manera de perdonar, sino que le presenta algo todavía más exigente. Le responde Jesús: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 22).

Luego Jesús cuenta una parábola que trataba de un rey que llamó a cuentas a sus deudores, y uno que le debía mucho y que estaba a punto de ser castigado, se postra ante el rey pidiéndole que le tenga paciencia y que le pagará todo. El rey se compadeció, no lo castigó, y además le perdonó toda aquella deuda. Pero en cuanto aquel hombre salió de la presencia del monarca, se topó con un compañero que le debía una pequeña cantidad, y cuando el deudor le pidió que tuviera paciencia con él, éste no la tuvo, sino que fue y lo metió en la cárcel. Por eso, cuando el rey se entera de lo que había hecho el hombre a quién le había perdonado su enorme deuda, se encolerizó aplicándole un gran castigo.

Esta parábola que Jesús cuenta, nos da una idea de la gran desproporción que existe entre la gran misericordia de Dios y los grandes rencores que algunas personas acumulan y conservan durante toda su vida. Quien conserva rencores, de alguna forma u otra se daña a sí mismo y daña a todos los que le rodean. Las terribles matanzas que suceden muy frecuentemente en distintos lugares de México, suelen tener de fondo una intención de venganza totalmente injustificada ante Dios, y totalmente desproporcionada, porque en muchas ocasiones se asesina a personas del todo inocentes.

Perdonar es una necesidad personal para conservar la paz y la salud. Contemplando la cruz con seriedad y detenimiento, deberían desaparecer todos los resentimientos.

En mis años de sacerdocio, me tocaron un par de personas que en distinto tiempo se acercaron a la confesión y me describieron en detalle el mal que alguna otra persona les había hecho, y por lo cual estaban resentidos, pero lo hicieron con mucha insistencia, como para que yo les justificara su rencor o su negativa a perdonar a quien les hubiera ofendido. Nadie nos puede justificar el rencor y la negativa del perdón, ni Dios mismo. Recuerdo que a una persona le aconsejaba yo que pidiera a Dios por aquel que la había ofendido, usando las mismas palabras de Cristo en la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”, y aquella persona me rebatió diciéndome: “No, Padre, pero si esta persona sí sabe lo que hacía”.

Les repito que ni Dios puede perdonar a quien no ha perdonado, porque quien no perdona, no tiene verdadero arrepentimiento. Otra cosa es que no olvidemos el mal que nos han hecho porque nos somos desmemoriados. Lo importante es que cada vez que lo recordemos nos haga menos daño, y que siempre sea la ocasión de pedir perdón para esa persona diciendo: “Perdónala, Señor, porque no supo lo que hizo”. Si continuamos rascando la herida del resentimiento nos hacemos daño alimentando el rencor. Veamos mejor a Dios, y desde Dios, todas las faltas se pueden cubrir.

Perdonar es cuestión de amor auténtico. No se trata de tener sentimientos de afecto hacia aquel que nos haya ofendido, sino la convicción desde nuestra fe, de que esa persona también es hija de Dios, y de que amo a esa persona abandonando mis deseos de venganza, rezando por sus necesidades y venciéndome para tratar con educación y respeto a esa persona las veces que debamos encontrarnos.

Por eso la aclamación antes del evangelio de hoy nos ha recordado un versículo del evangelio según san Juan, en el que Jesús nos dice: “Les doy un mandamiento nuevo, dice el Señor, que se amen los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn 13, 34). Entonces, no es como tú y yo sabemos amar, o como creemos amar, sino como Jesús nos ha amado: Ese es el modelo a seguir.

La segunda lectura, tomada de la Carta de san Pablo a los Romanos, lleva su propio ritmo en la lectura continuada que hemos venido haciendo. Hoy nos presenta una verdad fundamental para nuestra vida de cristianos, esto es que tanto en vida como en la muerte le pertenecemos a Cristo. Si somos de esta “arca registrada”, se espera que nos comportemos a la altura de esta pertenencia y calidad. Y si nos hemos desviado, nunca es tarde para corregir el camino. Dice el Apóstol: “Porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos” (Rom 14, 9).

Que tengan una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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DISPOSICIONES LITÚRGICAS
AL REANUDARSE EL CULTO PÚBLICO
EN TIEMPOS DE LA PANDEMIA DEL COVID-19

“Dichosos los que viven en tu casa y te alaban siempre; dichoso el que encuentra en ti su fuerza y peregrina hacia ti con sinceridad de corazón” (Sal 84, 5-6).

A todos los sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas y a todos los fieles laicos de esta amada Arquidiócesis de Yucatán: PAX!

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor.

En sintonía con las orientaciones dadas por la Comisión Episcopal para la Pastoral Litúrgica de la Conferencia del Episcopado Mexicano (16 de mayo de 2020), me dirijo a ustedes para expresarles cuanto sigue y les pido encarecidamente lo tengan en alta consideración.

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DISPOSICIONES LITÚRGICAS
AL REANUDARSE EL CULTO PÚBLICO
EN TIEMPOS DE LA PANDEMIA DEL COVID-19

“Dichosos los que viven en tu casa y te alaban siempre; dichoso el que encuentra en ti su fuerza y peregrina hacia ti con sinceridad de corazón” (Sal 84, 5-6).

A todos los sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas y a todos los fieles laicos de esta amada Arquidiócesis de Yucatán: PAX!

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor.

En sintonía con las orientaciones dadas por la Comisión Episcopal para la Pastoral Litúrgica de la Conferencia del Episcopado Mexicano (16 de mayo de 2020), me dirijo a ustedes para expresarles cuanto sigue y les pido encarecidamente lo tengan en alta consideración.

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CIRCULAR SOBRE EL REINICIO PASTORAL
Y LA REAPERTURA DEL CULTO PÚBLICO
EN TIEMPOS DE LA PANDEMIA DEL COVID-19

“Es el Resucitado quien nos dice, con una potencia que nos llena de inmensa confianza y de firmísima esperanza: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5)”. EG 288.

A todo el querido Pueblo de Dios que peregrina en Yucatán: PAX!

Muy queridos hermanos en Cristo Jesús, todos los que amamos al Señor y hemos puesto nuestra confianza en él, estamos muy entusiasmados con la noticia de la reapertura al público de nuestros templos, que son los espacios que cotidianamente han sido lugares de fe, oración, encuentro y servicio. Todos, en medio de tantas noticias con sabor amargo, recibimos agradecidos esta noticia que nos llena de alegría y confianza en que el Señor no abandona a su rebaño.

He escogido esta cita de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco (2013), que apunta a un fragmento del Apocalipsis de san Juan, porque vislumbro un nuevo amanecer para nuestra Iglesia, así como para toda la Iglesia en general. Sólo la fe y la esperanza puestas en el Señor Resucitado nos permiten pensar y ver la claridad que trae la nueva realidad que se aproxima.

El 15 de septiembre de 2020 será una fecha que se nos quedará grabada en la mente y en el corazón, ya que después de permanecer poco más de seis meses privándonos de vernos, de convivir, conversar, compartir, en medio de tristezas, angustias y temores, así como de ver partir a los amigos o familiares a la Casa del Padre, de nuevo tendremos la oportunidad de reunirnos entorno a Jesús Eucaristía.

Estoy seguro de que todos anhelamos, llenos de esperanza comprometida y solidaria, este retorno; que implica tanto individual como comunitariamente, una mayor responsabilidad, así como el cuidado y la observancia de los protocolos, junto con mucha fe ante lo que nos falta por recorrer.

La nueva realidad que nos espera necesita de nuevas respuestas: Una fe más madura y consciente, la asunción permanente del valor de cuidarnos unos a otros, la percepción adecuada de la persona y su necesidad de relaciones interpersonales, los protocolos en la celebración de los sacramentos, y en general, en el modo de vivir nuestra religiosidad. ¡El Señor Resucitado nos llama a resucitar con él!

Este reinicio de actividades públicas presenciales, nos exige observar muy seriamente algunas acciones de organización y administración parroquiales, así como nuestro empeño en seguir realizando las disposiciones del Gobierno del Estado, que ha considerado a la Iglesia como promotora de acciones conjuntas en favor de la salud de todos.

Agradezco a nuestro Padre Celestial el ejemplo de fe, paciencia y entereza que han demostrado durante este tiempo, dejándose acompañar por sus pastores, fortaleciéndose y animándose mutuamente; por eso ahora les pido encarecidamente guardar la actitud de respeto que ha prevalecido hasta hoy, así como observar atentamente las disposiciones que nos comuniquen nuestras autoridades y seguir colaborando con sus sacerdotes, a quienes siempre han tenido presentes y quienes únicamente desean servirles en nombre del Señor.

Quiero informales que los eventos programados para los meses siguientes, en comunión con los sacerdotes encargados de sus comunidades, se efectuarán de la siguiente manera:

1. Las celebraciones de Primeras Comuniones serán en las fechas oportunas y en pequeños grupos, exhortando a las familias a la austeridad y a la abstención de fiestas que pongan en riesgo a niños o personas vulnerables.
2. Las Confirmaciones durante este semestre al menos, serán celebradas en la primera tanda por un servidor o por mi Obispo Auxiliar, pero las siguientes tandas la realizarán los mismos párrocos de cada comunidad, con nuestra delegación.

Por otro lado, continúa vigente la dispensa de participar en la Celebración Dominical para las personas de la tercera edad, enfermos y personas vulnerables en general, así como del sacramento de la Confesión frecuente para estas personas.

Se puede solicitar y programar la visita o atención de los sacerdotes, para las personas que requieran de algún apoyo espiritual, así como los sacramentos de la Unción de los Enfermos y/o la Reconciliación.

Las celebraciones de la Eucaristía serán con el aforo del 30% de los templos, siguiendo con los protocolos adecuados de higiene que pronto se darán a conocer y necesarios para poder participar. Se formarán equipos parroquiales de apoyo para la implementación de estos protocolos.

Seguramente en este camino nuevo que pronto iniciaremos saldrán muchas otras cuestiones que aún no están contenidas aquí. Ante esto, les pido encarecidamente, asumamos una actitud de humildad, de sincero deseo de recibir los dones de Dios según los tiempos y de mantener un atento diálogo y escucha en comunión con sus pastores.

No quiero terminar este mensaje sin referirme a la venta de alcohol que reinicia este primero de septiembre. Ojalá que este tiempo de abstinencia de los productos alcohólicos, deje la experiencia de que sí es posible prescindir de ellos, y que nadie se permita abusar del alcohol, ya que este exceso suele traer violencia, suicidios, desequilibrio económico y otros muchos males para la persona, la familia y para la sociedad.

Por último, les pido que nos abstengamos de divulgar noticias de las cuales no estemos seguros de su oficialidad. Esperemos que tanto las autoridades religiosas como civiles nos den la pauta para actuar.

Tengamos presente, como se nos decía en nuestro Congreso Eucarístico, que “el camino es largo”, y la situación de pandemia continúa. Sin embargo, recordemos el lema de nuestras acciones pastorales de este semestre “PARTICIPAMOS CON ESPERANZA”, con esperanza activa y responsable, ésa que no defrauda porque viene únicamente del Señor Resucitado, porque él camina con nosotros.

Con el corazón lleno de alegría les saludo, les bendigo en el nombre del Señor y me encomiendo a sus oraciones.

Dado en la Residencia Episcopal, a los 28 días del mes de agosto, del Año del Señor de 2020.

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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HOMILÍA
XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
Is. 22, 19-23; S. 137; Rm. 11, 33-36; A. Mt. 16, 18; Mt. 16, 13-20

“Tú eres Pedro… Yo te daré las llaves del Reino de los cielos”.

U T’aan Yuumtsil te Domingoa’ ku bisiko’on ka k-núuk jun p’éel k’áat chi’ ku beetik Jesús ti’ u aj kanbalo’ob: ti’ teeche’ máax Jesús? Kexi’e ka yalak ti’ tuláakal to’one’ u ojéelil Pedro k ti’al k’aajóoltik Jesús, je’el bix Leti’ u k’aajóolo’on

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este domingo vigésimo primero del tiempo ordinario.

Toda autoridad viene de Dios, así lo afirma san Pablo en su carta a los romanos diciendo: “Que todos se sometan a las autoridades constituidas, porque no hay autoridad que no provenga de Dios” (Rm. 31, 1). Pero claro que san Pablo y todos los Apóstoles aprendieron esta enseñanza del mismo Cristo, que le dijo a Pilatos: “No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no se te hubiera dado de lo alto” (Jn. 19, 11). En realidad, Jesús y todos nosotros, al obedecer a las autoridades, obedecemos a la autoridad del Padre.

Mientras la autoridad no nos mande algo contrario a nuestra fe, a los mandamientos, o a nuestros valores humanos y cristianos, siempre hemos de someternos a sus disposiciones. Cuando las autoridades judías les prohibían a los Apóstoles predicar en nombre de Cristo, ellos respondieron con valor: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech. 5, 29; cf. 4, 19-20).

En algunos lugares del mundo no han faltado sacerdotes y fieles que nos han criticado al Papa y a los obispos por haber cerrado nuestros templos durante la pandemia, en obediencia a nuestras autoridades. Y nos han aplicado el versículo en el que los Apóstoles dicen que “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Pero deben entender ellos y todos que nuestras autoridades no nos han mandado algo contrario a nuestra fe, a los mandamientos, o a nuestros valores, sino que se trata de algo en favor de la vida. Por otra parte, nuestras autoridades nos han dado facilidades para las transmisiones de nuestras Eucaristías y demás momentos de evangelización, así como nos han permitido sumarnos a la obra de visitar a los enfermos, y atender a los necesitados de alimento, medicina y vestido durante esta pandemia. Dentro de poco nos darán en Yucatán la luz verde para abrir nuestros templos y recibir con la debida prudencia y sanitización a un porcentaje de los fieles que caben en los templos.

Más bien hemos de reconocer el gran esfuerzo de los que nos gobiernan para atender a nuestra población en medio de la pandemia y de las tormentas. Y hemos de orar mucho por todos ellos, como lo hemos venido haciendo, para que no les falten los dones de sabiduría y fortaleza que proceden del Espíritu Santo. Oremos como nos enseñaban los Apóstoles desde el origen de la Iglesia diciendo: “Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida pacífica y serena, del todo religiosa y digna. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador” (1Tim. 2, 1-3).

La primera lectura de este domingo, tomada del libro del profeta Isaías, nos narra la declaración de Dios de querer destituir a Sebná como mayordomo del palacio del rey, y colocar en su lugar a Eleacín. En Israel había conciencia clara de que todos los gobernantes del pueblo eran elegidos por Dios y que eran constituidos como representantes de Dios para el pueblo. Dios anuncia que Eleacín será como un padre para los habitantes de Jerusalén. Tal vez a nadie le gustaría escuchar a uno de nuestros gobernantes llamándonos “hijos” a los habitantes de su ciudad o de su estado, pero si un gobernante nos ve en su mente y en su corazón como hijos suyos, imagínense lo que sería capaz de realizar en favor nuestro.

Y las palabras con las que anuncia Dios el poder que le dará a Eleacín fueron proféticas sobre el poder que Jesús le daría a Pedro. Dice el Señor en esta profecía: “Pondré la llave del palacio de David sobre su hombro. Lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá”. Si Dios está detrás de la autoridad de los gobernantes civiles, ¿cómo no lo va a estar detrás de las autoridades religiosas?

Pidamos al Señor sabiduría para poder discernir en medio de toda esta maraña de acusaciones a algunos de nuestros exgobernantes y que podamos conservar el respeto a la investidura de quienes nos gobiernan, sin endiosar a nadie ni dejar de ver la autoridad venida de Dios sobre ellos.

En el Santo Evangelio de hoy, según San Mateo, Jesús interroga a sus discípulos lo que la gente dice sobre Él. Ellos fueron de misión y pudieron escuchar todas las opiniones que se vertían sobre Jesús. Y eso les sirvió para contestarle a Jesús que unos dicen que Él es Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías y otros que era algún otro de los profetas. Y entonces viene la pregunta crucial dirigida a ellos, que han venido conviviendo con Él, y que lo han escuchado predicar, que lo han visto curar a los enfermos, multiplicar los panes, caminar sobre las aguas, y calmar los vientos, y qué es lo que van a responder.

El liderazgo de Simón ya se impone favorablemente sobre sus compañeros, y él se adelanta a contestar diciéndole: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Pero la respuesta de Jesús es estremecedora, porque declara que lo que Simón ha dicho no viene de la enseñanza de ningún hombre, sino de la revelación del Padre; y ahí le cambia el nombre a Simón para darle una nueva misión: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán contra ella”.

Y aquí estamos en nuestra Iglesia, la Iglesia que Cristo fundó. Muchos han querido y quieren acabar con ella, pero no han podido ni podrán, tal como Cristo lo anuncio. Y nosotros, con nuestros pecados, no nos la hemos acabado, porque el poder y la misericordia de Cristo es más grande que nuestras ofensas. Muchos grupos se han separado de la Iglesia a lo largo de la historia, y nosotros a todos ellos los seguimos llamando “hermanos”, si ellos siguen adheridos a Cristo. Pero el sucesor de Pedro está en medio de nosotros: es el Papa Francisco.

Toda la autoridad que Jesús le dejó a Pedro fue en favor de la Iglesia y de la humanidad, y no para que se acabara con la persona de Simón, sino para que continuara en sus sucesores. Y Jesús le dijo a Pedro en aquel momento, y se lo continúa diciendo en este momento: “Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. Sólo que, como Jesús ya murió y resucitó, y ya nos envió al Espíritu Santo, entonces las palabras ya no son “Yo te daré”, sino “Yo te doy”, y así es como se lo dice al Papa Francisco, quien hoy conduce la Iglesia.

Claro que después, en otro momento, Jesús también da a los otros discípulos el poder de atar y desatar, cuando les dice en el capítulo 18, versículo 18: “Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”. Tanto el poder de Pedro, como el de los demás Apóstoles, Jesús lo dio en favor de todos sus discípulos, lo mismo que el poder que el Señor da hoy a nuestro Papa Francisco y a todos los ministros de la Iglesia, es para servir a todos nuestros hermanos.

Quien abuse de su poder, sea el civil o sea el religioso o de cualquier tipo, tendrá un gran castigo de parte de Señor. Porque hay quien, con un pequeño cargo de autoridad, se pervierte y se aprovecha de sus subalternos en cualquier campo: familiar, social, académico, deportivo, cultural, religioso o político. Intercedamos por nuestras autoridades ante el Señor.

Que tengan una feliz semana ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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HOMILÍA
XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
Is 56, 1. 6-7; Rom 11, 13-15. 29-32; Mt 15, 21-28.

“Mujer, ¡qué grande es tu fe!” (Mt 15, 28).

In láak’e’ex ich maaya, kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’e’ Jesús, ku ts’íik ti’ jun túul ko’olel ku tal táaxel lu’umil, jun p’éel taalam tumut, tumen le judíos bey tu beeto’ob yéetel le máako’ob táanxel lu’umilo’obo’. Chen ba’ale’ le ko’olela’ páajchaj u túuch’ik le túunt óolala’, yéetel p’áat bey jun túul ma’alob oksaj óol, ma’ tu lúubul yóol, leti’e’ ku ki’iki’ oltaj tumen Jesús. Bix tan nojchi’ a jach oksaj óolal?

Muy queridos hermanos y hermanas les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo vigésimo del Tiempo Ordinario.

Este domingo celebramos el “Día Nacional de la Juventud Católica Mexicana”, mismo que los obispos de México mandamos celebrar desde el año 2015, marcando el domingo siguiente al 12 de agosto como la fecha de esta jornada. Con este motivo quiero enviar un saludo muy cariñoso a todos los muchachos y muchachas de Yucatán, así como a los demás jóvenes que lean o escuchen esta homilía.

Los jóvenes suelen ser críticos de la realidad que les rodea y se muestran inconformes con muchas costumbres y realidades del mundo en el que viven. Esto es debido a que los jóvenes tienen la gran capacidad de soñar y de imaginarse un mundo más justo, más libre, más lleno de paz, un mundo en el que no haya ninguna discriminación hacia nadie por ser diferente o por haber nacido en otro lugar.

Un joven católico, si es bien encausado, puede hacer mucho bien a la causa del Evangelio. En la Iglesia necesitamos muchos jóvenes valientes y con grandes ideales, especialmente para evangelizar a otros jóvenes. El viernes y el sábado pasados, nos reunimos con muchos de ustedes, jóvenes, vía internet, para celebrar el “Día de la Juventud Católica”. Ustedes son muy hábiles para el uso de las redes sociales, que en este tiempo de pandemia han demostrado toda su potencialidad para evangelizar.

El próximo 10 octubre será beatificado en Roma un jovencito italiano, el cual murió cuando apenas estaba por cumplir quince años. Su nombre es Carlo Acutis, distinguiéndose por su servicio a todos los pobres, migrantes, ancianos y demás necesitados; además se distinguió por su gran habilidad para evangelizar por medio de las redes sociales. Este nuevo beato será proclamado patrono de las redes sociales. Desde ahora encomiéndese a él para que los ayude en todos sus proyectos; pero sobre todo, para que los ayude a crecer en sensibilidad social y en el ánimo evangelizador juvenil. Precisamente en las redes sociales pueden conocer más acerca de él, ya que apenas falleció el año 2006.

Pasemos a la Palabra de Dios de este día. En la segunda lectura de hoy, tomada de la Carta de san Pablo a los Romanos, el Apóstol nos continúa dando muestras del gran amor que él sentía por sus hermanos de raza, los judíos. Él sufría mucho porque su pueblo en general se cerraba a la buena nueva del Evangelio, y eran relativamente pocos los que se convertían del judaísmo al cristianismo. La comunidad cristiana de Antioquía lo envió a ciudades que no eran judías para predicar allá el Evangelio, y Jesús lo confirmó en esa misión.

De todos modos, a donde Pablo llegaba, buscaba siempre la comunidad de judíos que habitaban ahí para predicarles el Evangelio en primer lugar a ellos. En general eran pocos los judíos que se convertían, y el Apóstol terminaba dirigiéndose a los paganos. Sin embargo, en este pasaje Pablo expresa su esperanza de la conversión de Israel, afirmando que, si el rechazo de este pueblo al Evangelio había provocado tantas conversiones entre los paganos, la conversión de los judíos debería ser todavía una causa mayor para que otros se convirtieran.

Hoy en día, los que vivimos en un país católico como el nuestro, podríamos pensar que nuestra misión como bautizados está en ir a tierra lejanas a evangelizar a los paganos; pero aunque las misiones extranjeras sean muy necesarias, también urge evangelizar a los bautizados para que comprendan en plenitud el significado de su identidad cristiana.

Ahora, pasemos al tema de la primera lectura y del santo evangelio. Durante toda la historia de la humanidad los hombres se han movido de un lugar a otro, para un viaje pasajero o incluso para cambiar su domicilio. Migraciones siempre han existido, pero nunca como en el último siglo en el que ha habido grandes movimientos de personas forzadas por la pobreza o por la violencia. Muchas veces el racismo ha llevado a los habitantes de una nación a sentirse superiores a los de otra, y a tratar mal a quienes emigran a su tierra. Esto es en la actualidad un problema gravísimo porque las migraciones se han desbordado.

En la antigüedad, cada nación tenía sus propios dioses, sus propios cultos, y ninguna nación buscaba que vinieran hombres de otros lugares a adorar a sus dioses. El pueblo de Israel era una excepción en cuanto que Dios ya le había anunciado a nuestro padre Abraham que en su descendencia serían bendecidas todas las naciones. También los profetas en muchas ocasiones anunciaban que todos los pueblos vendrían a adorar al Señor en Jerusalén. Podemos decir que la Historia de Israel y el Antiguo Testamento contienen un claro llamado al catolicismo, es decir, a la universalidad de la fe y de la salvación para todos los hombres.

Hoy el profeta Isaías en la primera lectura presenta uno de esos llamados a aceptar a los extranjeros que vengan a Israel a reconocer al único Dios. Dice Isaías: “A los extranjeros que se han adherido al Señor para servirlo, amarlo y darle culto, a los que guardan el sábado sin profanarlo y se mantienen fieles a mi alianza, los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración” (Is 56, 6-7).

También el Salmo 66 que hoy proclamamos, nos habla de esta vocación católica, para que todos los pueblos se unieran en la fe en el único Dios. Dice el Salmo: “Que te alaben, Señor, todos los pueblos, que los pueblos te aclamen todos juntos. Que nos bendiga Dios y que le rinda honor el mundo entero”.

Lamentablemente en la vida práctica muchos judíos despreciaban a los extranjeros, y hasta tenían prohibición de no entrar en la casa de un pagano, tratando a los forasteros de una manera muy despectiva. La misión de Jesús era traer la salvación para toda la humanidad, pero en sus tres años de ministerio público no pretendió ir más allá de las fronteras de Israel; incluso cuando mandó a los Apóstoles a su primera misión les indicó que sólo fueran “en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 10, 6). De todos modos, Jesús en varias ocasiones se topó con extranjeros que creyeron en él, como es el caso del centurión romano (cfr. Mt 8, 8).

En el santo evangelio de hoy, según san Mateo, escuchamos a Jesús exaltando la gran fe de una mujer extranjera, a quien le dice: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” (Mt 15, 28). Pero antes de exaltar la fe de esta mujer desconocida, Jesús primero la pone a prueba, ignorándola, y luego hablándole con el estilo con el que los judíos despreciaban a los extranjeros. Jesús ya sabía hasta dónde iban a llegar las cosas, y se portó como el orfebre que prueba al fuego la pieza de oro para acrisolarlo, para luego poner en alto el ejemplo de la fe de aquella mujer.

Los Apóstoles habían intercedido por ella ante Jesús para que la atendiera, pues venía gritando detrás de ellos, así que su intención no era totalmente pura. La mujer solicitaba la curación de su hija, que estaba gravemente enferma, y aquí se muestra de nuevo como los hijos suelen ser un camino de acercamiento al Señor, sea por su falta de salud, sea por su conducta, o sea incluso por su buen testimonio.

¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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HOMILÍA
XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
1 Re 19, 9. 11-13; Rom 9, 1-5; Mt 14, 22-33.

“Hombre de poca fe, ¿porqué dudaste?” (Mt 14, 31).

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maaya, kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’e’ u T’aan Yuumtsile’ ku ya’alik to’on u láakal oksaj óolil ti’Jesús. Bey xan ku ya’alik to’on bix je’el u kaxantikba’e’ yéetel Yuumtsile’. Yéetel ku dsáik to’on u ki’ikii” t’aan Kili’ich Pablo, yóolal u yaakunaj ti’ israelitas, yéetel ku beetik k’áatik ti’ to’on tu’ux ku kuchul yaakunaj yéetel et láak’o’ob católicos.

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo décimo noveno del Tiempo Ordinario.

En la primera lectura, tomada del Primer Libro de los Reyes, encontramos que el profeta Elías estaba refugiado en una cueva, y que el Señor lo invitó a salir de la cueva para encontrarse con Él. Recordemos que el profeta era perseguido a muerte por su propio pueblo, y que milagrosamente pudo caminar hasta este lugar, gracias al alimento y bebida que el Señor le había dado en el camino, cuando él ya había desmayado.

Cuando salió Elías de la cueva al llamado de Dios, hubo un viento huracanado, pero el Señor no estaba ahí. Luego vino un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Después pasó un fuego y el Señor tampoco estaba en el fuego. Finalmente vino una suave brisa y ahí se le presentó el Señor.

Este texto parece contradecir a nuestro catecismo, el cual nos dice que Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar. Pero no es así, no lo contradice, sino que más bien habla de la necesidad humana de la calma, del silencio, de la tranquilidad, para poder reconocer la presencia de Dios. Desde hace unos cincuenta años para acá, se ha puesto de moda un modo de orar que es comunitario, que es de mucho hablar y de mucho canto. Esto le ha favorecido a un gran número para encontrarse con Dios, sin embargo, otros más reclaman soledad y silencio para escuchar la voz del Señor.

Creo que todos debemos respetar la espiritualidad de cada uno y el modo de orar que más le favorece a cada quien. Definitivamente el auténtico encuentro con Dios es personal, y tenemos que darle oportunidad al Señor para que Él nos hable en el silencio de nuestro corazón.

La vida moderna es de mucho ruido; hay quien hasta le tiene miedo a estar sólo y sin aparatos de comunicación. Para algunos es una tragedia estar un día sin celular. Ojalá que este tiempo de pandemia nos dé oportunidades frecuentes para estar a solas con el Señor, ahí en tu recámara, cuando estés solo en tu hogar o cuando te dirijas a tu trabajo, busca la presencia de Dios y Él te acompañará. Puedes rezar lo que quieras, pero luego quédate callado. Si acaso, repite una y mil veces la misma jaculatoria, pero deja que el Señor te hable.

Como hemos escuchado en el evangelio, los apóstoles pudieron reconocer la divinidad de Cristo, sólo hasta que el viento se calmó. Antes creían que era un fantasma el que venía hacia ellos caminando por las aguas.

En el santo evangelio de hoy, según san Mateo, luego de la multiplicación de los panes, Jesús despide a la gente, mientras los discípulos se adelantan en la barca a cruzar el lago. Jesús permanece en el lugar para cumplir su intención de estar a solas para orar y meditar sobre la muerte del Bautista. Ahí está el ejemplo del mismo Jesús, apartándose de todo y de todos para estar a solas con su Padre. No tengas miedo a la soledad, gózala en la compañía de Aquel que encontrarás en todas partes y a todas horas.

A la madrugada, los discípulos enfrentaban el viento que les era contrario y les sacudía la barca, y ven a Jesús que viene caminando hacia ellos, y lo confunden con un fantasma. Ellos daban gritos de terror, y él trataba de tranquilizarlos diciéndoles: “Tranquilícense y no teman. Soy yo” (Mt 14, 27).

Pedro toma el liderazgo de la confianza en Jesús y le pide: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua. Jesús le contestó: Ven” (Mt 14, 28-29). Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre las aguas hacia Jesús, pero al sentir el viento fuerte sintió miedo y comenzó a hundirse; entonces le gritó al Señor pidiendo que lo salvara, y Jesús le tendió la mano y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14, 31). No sé a ustedes, pero a mí me parece fuerte el reproche que Jesús le hace a Pedro, el cual creo que tuvo mucha fe al bajarse de la barca y caminar hacia Jesús. ¿Quién de nosotros lo hubiera hecho? Ciertamente, ningún otro apóstol lo intentó.

Pero no es que Jesús sea injusto con Pedro, lo que pasa es que él quiere toda la fe, no sólo mucha, sino fe total y perseverante. Esa totalidad y perseverancia en la fe, lo es en bien de nosotros mismos. No basta tener mucha, necesitamos fe total y perseverante. Pedro puso atención al viento fuerte en lugar de perseverar en contemplar el rostro de Jesús. El viento fuerte de esta pandemia del COVID-19 nos puede llenar de pánico, por lo que es necesario seguir mirando a Jesús con confianza.

Cuando se subió a la barca, junto con Pedro, el viento se calmó. Todos los que estaban en la barca estaban asombrados por la multiplicación de los panes, por ver a Jesús caminar sobre las aguas, por hacer caminar a Pedro sobre las aguas y por calmar al viento, por todo esto lo reconocen diciéndole: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios” (Mt 14, 33).

En la segunda lectura, tomada de la Carta a los Romanos, san Pablo nos da un testimonio verdaderamente impresionante del amor que sentía por sus hermanos judíos. Ya sabemos que él dedicó casi la totalidad de su ministerio a predicarle a los paganos, pero eso fue por un llamado especial del Señor. Además, en cada pueblo que llegaba, comenzaba por buscar la sinagoga judía, o el lugar donde los judíos se reunieran para orar, y ahí predicaba a Cristo. La gran mayoría de los judíos rechazaban su predicación, y sólo unos cuantos eran los que se bautizaban. Entonces, sólo entonces, se dirigía a los paganos.

Pero el Apóstol siempre amó a su pueblo, y sufrió al ver que no se abrían al Evangelio. Lo que dice en este pasaje, verdaderamente eriza la piel. Dice: “Hasta aceptaría verme separado de Cristo, si esto fuera para bien de mis hermanos, los de mi raza y de mi sangre, los israelitas” (Rom 9, 3). Esto significa que él preferiría ir eternamente al infierno si eso sirviera a la salvación de los israelitas. Esto es la máxima expresión del sentido comunitario. Todo lo contrario del pensamiento individualista que impera en nuestro tiempo.

Incluso esto supera el pensamiento del mundo de los negocios de hoy, en el que hay una frase en boga, que es el “Ganar-ganar”. En un buen negocio se tienta al competidor proponiéndole un acuerdo en el que ambos salgan ganando. En cambio, Pablo se ofrece a perder, con tal de que ellos, sus hermanos israelitas, sean ganados para Cristo.

Todos sabemos de los enormes sacrificios que un padre o una madre aceptarían por sus hijos, incluso hasta dar la vida; pero estar dispuesto a dar la vida eterna por aquellos que lo habían rechazado, eso sí que es un ejemplo muy difícil de superar. Cabría preguntarnos cada uno de nosotros: ¿Qué tanto amo a mis hermanos católicos, a los miembros de mi Iglesia? ¿Qué sentido de pertenencia tengo? ¿Qué tanto amo a mi patria, a mi estado, a mi ciudad? De un buen cristiano se espera un profundo sentido político, es decir, un gran compromiso por el Bien Común.

¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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HOMILÍA EN LA
JORNADA NACIONAL DEL DIACONADO PERMANENTE
XVIII JUEVES DEL TIEMPO ORDINARIO
FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
Ciclo A
2 Pe 1, 16-19; Mt 17, 1-9.

“Este es mi Hijo muy amado… Escúchenlo” (Mt 17, 5).

Sr. Obispo Auxiliar, Mons. Pedro Sergio de Jesús Mena Díaz, Presidente de la Comisión Episcopal de Vocaciones y Ministerios, Pbro. Rodrigo Santos Sánchez Coordinador Diocesano del Diaconado Permanente, Diác. Omar Efraín Buenfil Guillermo, Coordinador de la Oficina de Pastoral, diáconos de todo México, hermanas Religiosas, hermanos y hermanas todos muy queridos en Jesucristo nuestro Señor.

Hoy que celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor, es un honor y una gran alegría poder participar en estas Jornadas Nacionales de los Diáconos Permanentes en México, Organizadas por el Excmo. Sr. Don Luis Felipe Gallardo Martín del Campo, Obispo Emérito de Veracruz y Responsable de la Dimensión Episcopal del Diaconado Permanente, y por el Pbro. Martín Montalvo Gutiérrez, Secretario Ejecutivo de esta Dimensión.

En esta Jornada nos ha tocado a Yucatán el tema de la “Familia, Principio de Humanidad Nueva”. El Diácono está llamado a servir a la gran Familia de la Iglesia Universal, que vive en cada Iglesia Diocesana, y que se concretiza en cada parroquia. Ojalá que cada diácono, ahí donde ha sido enviado, se sienta responsable ante Dios, de crear un ambiente de familia, ya que eso debe de ser toda comunidad cristiana. No importa cuántos quehaceres te haya encomendado el párroco o el obispo, ojalá que lleves en tu corazón la tarea de la caridad que une los corazones, para superar cualquier posible rivalidad.

La inmensa mayoría de los diáconos permanentes son casados, y ya saben que al recibir el orden del diaconado no te casaste para olvidarte de tu matrimonio o descuidarlo, y muchos menos de la responsabilidad de tus hijos, sobre todo si son menores de edad. Busca con creatividad la posibilidad de darle a tu esposa y tus hijos tiempo de calidad, y sin descuidar a tus padres, si aún tienes la dicha de conservarlos, lo mismo que a tus hermanos.

Cuando fui obispo de Nuevo Laredo, del 2008 al 2015, pedí que las esposas de los diáconos recibieran también una conveniente formación, y que ambos tuvieran formación matrimonial, quizá con el apoyo de algún movimiento católico que tuviera este carisma; y antes de ser ordenados diáconos, y habiendo recibido el Ministerio de Lectores, les pedía que juntos como matrimonio tuvieran una experiencia de apostolado en una parroquia. Una vez ordenados diáconos ya no les obligaba acompañarlos. Algunos fueron en familia con sus hijos a esta experiencia, y algunas esposas y algunos hijos después de ordenados quisieron seguir acompañándolos, para un apostolado en familia.

Hubieran visto ustedes qué contentas se pusieron las esposas de los candidatos al diaconado, cuando les pedí a ellos que no usaran camisa clerical, ni antes ni después de su ordenación. Definitivamente, por más tiempo que le dediquemos al trabajo o al ministerio, el matrimonio y la familia deben continuar conservando el primer lugar para el diácono permanente. No olvidemos el tiempo de calidad.

Por otra parte, la fiesta que hoy celebramos, de la Transfiguración del Señor, nos habla de la experiencia más fuerte de intimidad en la amistad entre Jesús y Pedro, Santiago y Juan. Sólo ellos tres acompañaron a Jesús en la resurrección de la hija de Jairo, y en el huerto de Getsemaní. Pero en el monte Tabor a estos mismos tres Jesús les reveló la gloria de la divinidad de su persona, cuando se transfiguró, y aparecieron junto a él, Moisés y Elías.

Cuando tenemos un amigo, le permitimos que nos vaya conociendo poco a poco; pero hay realidades de nuestra vida que reservamos sin revelar a nuestros amigos, hasta que esa amistad ha sido suficientemente probada y madurada; y al revelar algo más íntimo y personal de nosotros mismos fortalecemos los lazos de amistad.

Así pues, Jesús quiso revelarse a sus mejores amigos, Pedro, Santiago y Juan, y a través de ellos a todos nosotros. Así debe ser en todas las verdaderas amistades, que de la riqueza que comparten los amigos, todos a su alrededor salgan favorecidos. La amistad de Jesús con estos tres y con los demás apóstoles no es cerrada, sino que se ha convertido en una fuente de amistad para los hombres y mujeres de todas las generaciones, que descubrimos que también nosotros podemos gozar de la amistad de Jesús.

Los apóstoles son un instrumento de bendición, tal como le dijo el Señor a nuestro padre Abraham: “En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra” (Gén 22, 18). Por su naturaleza humana, Jesús tuvo unos cuantos amigos; pero por su naturaleza divina, el Hijo de Dios ofrece su amistad a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Los sacerdotes, los diáconos, y todos los buenos cristianos, hemos de significar una bendición para cuantos nos traten.

Luego de anunciar a sus discípulos su pasión, Jesús les había dicho: “Yo les aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no probarán la muerte antes de que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino” (Mt 16, 28). Y la frase inmediata anterior al Evangelio de hoy dice: “Seis días después…”, y así ubica el episodio de la Transfiguración del Señor, donde aparece “su rostro resplandeciente como el sol y sus vestiduras blancas como la nieve”, como el cumplimiento de la profecía dicha por Jesús seis días antes. Muestra la gloria de su Reino, la gloria de su divinidad, atestiguada por la presencia de Moisés y Elías.

Los apóstoles se habían quedado dormidos mientras Jesús estaba en oración, y se despertaron contemplando aquel maravilloso espectáculo que los dejó extasiados, pero Pedro le pudo decir a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando un cristiano vive una experiencia religiosa extraordinaria, un encuentro especial con el Señor en algún retiro espiritual, o en un tiempo de oración, siente el deseo de continuar ahí gozando la experiencia. Mas recordemos lo que el ángel les dijo a los discípulos el día de la Ascensión del Señor, cuando se quedaron parados mirando el cielo, y les preguntó: “¿Qué hacen ahí parados mirando al cielo?” (Hech 1, 11). Quien vive una fe de muchas prácticas de piedad, pero no se preocupa de lo que sucede a su alrededor, cae en un divorcio entre su fe y la vida. En cambio, los creyentes debemos ser los ciudadanos más comprometidos con el bien común.

“Mientras Pedro aún hablaba, los cubrió una nube luminosa, y de ella salió una voz que decía, “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias; escúchenlo”. El mandato que aquel día dio la voz del Padre de escuchar a su Hijo, tiene una vigencia inextinguible. Para escuchar a Jesús es necesario leer el Evangelio, que contiene sus palabras, escucharlo en la comunidad y escuchar la explicación que nos dan los ministros del Evangelio, y meditar sus palabras en todas las circunstancias de la vida. Sólo así daremos vida a nuestro Bautismo.

Los apóstoles se llenaron de temor al escuchar aquella voz, y cayeron rostro a tierra, lo cual es totalmente natural, y comprensible si nos ponemos en su lugar, pero luego son tocados por Jesús que les dice: “Levántense y no teman”. Estas palabras tan reconfortantes de Jesús, debemos tenerlas siempre presentes en nuestro corazón, especialmente cuando estamos caídos por el pecado, por la tristeza o por cualquier otro dolor, para levantarnos una y mil veces y retomar el valor de nuestra fe. Pero también es necesario que nos hagamos propagadores de este mensaje para repetirlo a quien lo necesite: ¡Levántate y no temas! Y durante esta pandemia hay muchos que necesitan estas palabras. Hermanos diáconos, levántense y no teman, y repitan esto a cuantos los rodean.

En la memoria y el corazón de aquellos tres apóstoles, quedó grabada esta maravillosa experiencia, que tuvieron que guardar en secreto hasta después de la resurrección del Señor. Pero luego la contaron llenos de gozo, y la Iglesia no terminará jamás de compartir este testimonio. Pedro da testimonio de esta experiencia vivida en la primera lectura del día de hoy, tomada de su segunda carta, cuando dice: “Y nosotros escuchamos esta voz, venida del cielo, mientras estábamos con él en el monte santo”.

Muchos de nosotros quizá hemos tenido experiencias de monte Tabor, experiencias de Transfiguración, en diversos momentos de nuestro caminar en la fe. Es bueno procurar una experiencia así, para reimpulsar nuestra vida cristiana. Pero todos, si perseveramos en la fe, escuchando la Palabra y esforzándonos por llevarla a la práctica, vamos teniendo paulatinamente una experiencia de Transfiguración, a lo largo de nuestra vida, contemplando más y más la divinidad de nuestro Redentor.

¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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HOMILÍA
XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
Is 55, 1-3; Rom 8, 35. 37-39; Mt 14, 13-21.

“Denles ustedes de comer” (Mt 14, 16).

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maaya, kin tsikeke’ex yéetel ki’ikmak óolal. U a’alaj t’aano’ob Isaías u tial jun túul kue’ ku tséentik le máaxo’ob u dsa’ama’ u yóolo’ob ti’Leti’, ku yéesikto’on te’ Kili’ich Ma’alob Péektsilo’, le ka tu tséenta’ Jesús ti’ jun p’éel chíikulal ya’abach máako’ob.

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en Jesucristo nuestro Señor, en este décimo octavo domingo del Tiempo Ordinario.

El santo evangelio de hoy, según san Mateo, inicia cuando Jesús se entera de la muerte del Bautista y sube a una barca para ir a un lugar apartado y solitario. Pero, ¿por qué hace eso? La muerte de Juan (quien fue asesinado por su valiente predicación), tenía que dolerle a Jesús, pues era su pariente, además de ser un gran hombre, elogiado por él mismo cuando dijo: “Entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie más grande que Juan el Bautista” (Mt 11, 11). Además, él vino a preparar sus caminos para que encontrara un pueblo bien dispuesto.

Jesús necesitaba un tiempo para estar solo, tal vez para llorar la muerte de Juan, pero también y sobre todo, para orar; porque la muerte de Juan era presagio de la propia muerte que le esperaba en Jerusalén; entonces tenía que preparar su espíritu para enfrentarse con la pasión que le esperaba.

La gente lo vio embarcarse y corrieron por tierra, de tal modo que, al desembarcar Jesús, le esperaba una enorme multitud formada por cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. En Judá, sólo los hombres escuchaban a un maestro en la sinagoga, pero a Jesús lo escuchan también mujeres y niños, sin discriminar a nadie. Parece ser que, en general se trataba de familias que seguían a Jesús. Así es que la multitud era realmente enorme.

A Jesús entonces, le interrumpen su proyecto de soledad, muy justificada y necesaria por lo que estaba viviendo su corazón. Sin embargo, él se sobrepone compadeciéndose de la multitud, sin molestarse en absoluto, curando a los enfermos que había entre ellos. Al atardecer los discípulos se preocupan por la gente, porque deberían ir a buscar algo para comer, después de todo lo que caminaron y todas las horas que habían pasado ahí, y por eso le dicen a Jesús: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer” (Mt 14, 15).

La propuesta de los discípulos era justa y lógica, pues por más que la gente gozara de ver y escuchar a Jesús, debían comer. Sin embargo, Jesús los sorprende con su respuesta: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer” (Mt 14, 16). Ese mandato de Jesús permanece por los siglos. Si queremos verdaderamente ser prójimos, es decir, “próximos” al necesitado, hemos de esforzarnos buscando ideas y recursos para apoyarlo.

Desde aquella tarde, junto al lago, el mandato de Jesús continúa resonando en nuestros oídos y en nuestro corazón de discípulos. Entre las obras de caridad que la Iglesia ha practicado, sobresale la de dar de comer al hambriento, que es la necesidad más básica para el ser humano. Muchos son los que se desentienden de los hambrientos, y que en situaciones como ésta de la pandemia piensan que dar de comer a los hambrientos es sólo tarea de las autoridades civiles.

Verdaderamente nuestras autoridades han estado muy empeñadas en la repartición de despensas por todo el Estado. De todos modos, los cristianos no podíamos simplemente cruzarnos de brazos, por lo que nuestra feligresía ha respondido con suma generosidad para que los sacerdotes hayan dado de comer, durante estos cuatro meses, a tantos miles y miles de necesitados, especialmente entre los damnificados por las tormentas recientes. Pero la necesidad continúa, y la voz de Cristo sigue resonando: “Denles ustedes de comer”.

La forma en la que Jesús mira al cielo y pronuncia la bendición sobre los panes y los peces, para luego irlos repartiendo a sus discípulos, a fin de que ellos a su vez los repartan a la gente, es una preciosa figura de la Eucaristía, que pronto iba a celebrar con sus Apóstoles, y nos iba a dejar como prenda para hacer presente su misterio pascual en el caminar de la Iglesia. La Eucaristía es el sacramento de la Caridad; por lo que somos llamados a llevar a ella nuestras obras buenas, y de ella sacar inspiración y fuerza para volver a la vida más comprometidos con los necesitados.

Siglos antes de Cristo, Isaías había profetizado la invitación que Dios hacía, para participar en un banquete destinado a todos, aún a los que no tenían dinero. Esto lo hemos escuchado hoy en la primera lectura. La gratuidad es signo del Reino de Dios. La gratuidad es atributo divino. También el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es capaz de la gratuidad. No todo en la vida es comprar y pagar. La gratuidad nos humaniza. Vivir la gratuidad en la familia o en la amistad, cualquiera podría hacerlo, aunque hay quienes aún en este sector fallan. Vivir la gratuidad con el prójimo, sólo por el hecho de ser hijos de Dios, nos humaniza y diviniza a la vez.

El salmo 144 que hoy proclamamos, exalta la generosidad de Dios con todas sus criaturas al decir: “Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus creaturas”. Pues esa generosidad de Dios no sólo es para agradecerla y aplaudirla, sino también lo es para aprenderla y ponerla en práctica en la medida de nuestras posibilidades.

Todo lo que comemos es bendición de Dios, aunque lo consigamos con el esfuerzo de nuestro trabajo. Por eso no hemos de olvidarnos de bendecir al Señor por nuestros alimentos. En cuanto a lo que Isaías profetizaba, más que un banquete de pan, era un banquete de la Palabra de Dios. Dice el texto: “Escúchenme atentos y comerán bien, saborearán platillos sustanciosos. Préstenme atención, vengan a mí, escúchenme y vivirán” (Is 55, 2-3). De igual modo Jesús, cuando dio de comer milagrosamente a las multitudes, lo hizo después de haber alimentado sus espíritus con la predicación de la Buena Nueva. No siempre hubo pan material, pero siempre hubo el pan espiritual de su Palabra.

Por otra parte, san Pablo en la segunda lectura, tomada de su Carta a los Romanos, nos da el testimonio de que nada puede apartarnos del amor de Cristo. Por supuesto que el pecado nos aparta de su amor, pero lo que él nos transmite es que el Espíritu es capaz de fortalecernos para que, si nos lo proponemos, sigamos a Cristo, cueste lo que cueste.

Por su experiencia personal nos dice que no hay nada que nos pueda separar de su amor: Ni las tribulaciones, ni las angustias, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada, porque él pasó por todas esas experiencias y logró superarlas. Entonces, con toda humildad y sinceridad reconoce que se puede vencer todo, no por nuestra virtud, sino por el amor de Cristo. Al respecto dice: “Ciertamente de todo esto salimos más que victoriosos, gracias a aquel que nos ha amado” (Rom 8, 37).

Llenos de fe y de confianza en el Señor, podemos proclamar también que, ni la pandemia del COVID-19 podrá apartarnos del amor de Cristo Jesús. María, nuestra Madre asunta al cielo, a la que pronto vamos a celebrar en el misterio de su Asunción gloriosa, nos acompaña en nuestro caminar.

Vayamos orando desde hoy por los tres nuevos sacerdotes que, Dios mediante, ordenaré en la víspera de la Solemnidad de la Asunción.

¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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HOMILÍA
XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
1 Re 3, 5-13; Rom 8, 28-30; Mt 13, 44-52.

“Vende cuanto tiene y compra aquel campo” (Mt 13, 44).

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maaya, kin tsikeke’ex yéetel ki’ikmak óolal. U T’aan Yúum Kue’ ku yéesik to’on u ma’alob kíinil anchaj ti’ le xíipal ajawil Salomón u ti’al u k’áatik ti’ Yúum Kue’ le ba’ax u k’áaté; yéetel xan ku ya’alik to’on le ma’alob túukul k’áabet ti’ juntúul papatsilil utial páajtal u bisik ti máalob béel u wotoch.

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este décimo séptimo domingo del Tiempo Ordinario.

Todos conocemos el famoso cuento de “La Lámpara de Aladino”, y se han contado muchos chistes sobre personas que se encuentran una lámpara de la que se aparece un genio que ofrece cumplirle a la persona uno, dos o tres deseos. Lo de hoy no es un cuento, sino que es historia auténtica tomada de la Palabra de Dios, de lo que sucedió con el rey Salomón, así como de lo que sucede en la historia de cada uno de nosotros.

Es la primera lectura, tomada del Primer Libro de los Reyes, la que en este pasaje nos narra una aparición del Señor en sueños, al joven rey Salomón, en la cual el Señor le ofrece a Salomón concederle lo que le pida. Le dice: “Salomón, pídeme lo que quieras, que yo te lo daré” (1 Re 3, 5). ¿Tú qué hubieras respondido?, ¿qué le hubieras pedido a Dios? Muchos, quizá, podrían pedir tonterías, pero la mayor parte de la gente es sensata y sencilla, y los he escuchado decir que les basta tener salud. Tal vez muchos hoy le pedirían al Señor que ya se termine esta pandemia.

Pues Salomón no pidió riqueza, ni tampoco más poder, ni siquiera salud, sino que, lo que pidió, fue en favor de su pueblo. Pidió sabiduría para saber gobernar a su pueblo, para distinguir entre el bien y el mal. Si todos nuestros gobernantes pidieran humildemente al Señor este magnífico regalo de la sabiduría, para poder distinguir entre el bien y el mal, Dios se los otorgaría y este mundo sería maravilloso.

Puede ser que algunos gobernantes pidan este don sinceramente en el silencio de su corazón. Puede ser que otros no lo pidan, que ni siquiera se acuerden de Dios, y que su único objetivo sea conservar el poder o el de su partido, y poder escalar al siguiente peldaño de gobierno. No nos toca juzgar quien sí y quien no se pone bajo la mirada de Dios para gobernar a su pueblo; pero lo que sí nos corresponde es orar por quienes nos gobiernan para que no les falte la sabiduría que viene de lo alto, para que, evitando toda forma de corrupción y de manipulación ideológica, distingan claramente entre el bien y el mal, optando siempre por el primero.

Oremos, pues, por nuestros gobernantes, que siempre necesitan de nuestra oración, pero especialmente ahora en tiempos tan difíciles como éste de la pandemia. En cuanto a la sabiduría, todos la necesitamos para gobernar nuestra vida personal, para saber elegir el bien y rechazar el mal. Sólo un hombre sabio permite ser gobernado y guarda respeto a todas las autoridades. La sabiduría es un don urgente para todos los educadores, pero especialmente la necesitan los padres de familia para conducir su hogar.

En el santo evangelio de hoy, según san Mateo, se nos presentan las últimas tres parábolas del capítulo 13. Además, al final, a manera de conclusión, Jesús se refiere a la sabiduría de un jefe de familia, el cual, a semejanza de un escriba instruido en las cosas del Reino, va sacando de su tesoro cosas antiguas y cosas nuevas.

El escriba es aquel conocedor de la revelación del Antiguo Testamento, que, si se abre al Evangelio del Reino, sabrá sacar riqueza espiritual del Viejo Testamento combinándola con las novedades del Reino; y el padre de familia, por tanto, deberá conservar en su hogar los valores permanentes, abriéndose a las realidades actuales, bajo la guía del don de la Sabiduría que procede del Espíritu Santo.

Las primeras dos parábolas de hoy tienen la misma explicación y mensaje; la primera es la parábola del “Tesoro escondido”, y la segunda es la de una “Perla de gran valor”. En ambos casos, quien encuentra el tesoro o la perla, va y vende todo lo que tiene para luego poder comprar ese terreno o esa perla. Eso es el Reino de los cielos. Una realidad que cuando alguien la descubre en su grandeza y con fe, dedica todo su ser a conseguirlo.

Este “negocio” implica toda la vida, no basta con un poco de nuestro tiempo; y no se trata de dinero, sino de empeñar todas las áreas de vida: Nuestro cuerpo, consagrado al Señor como templo del Espíritu; nuestras relaciones interpersonales, como el matrimonio, el noviazgo, las amistades, el compañerismo, la vecindad; nuestros estudios; nuestro trabajo; nuestras actividades sociales, políticas o económicas; nuestra diversión. De tal modo que nada quede fuera de la mirada y agrado del Señor y de la construcción del Reino. Esto es vender todo lo que tenemos para “comprar” nuestro lugar en el Reino de los cielos.

La tercera parábola se refiere al fin del mundo. Jesús lo representa con la red que los pescadores traen a la playa, para sentarse y separar los peces buenos poniéndolos en canastos, y en cambio los peces malos simplemente tirarlos. Esta parábola nos enseña que mientras el mundo sea mundo, nos tocará convivir a todos con todos, y sólo al final será el juicio que sólo corresponde a Dios. Claro que, al morir, a cada uno le va tocando su juicio particular, pero habrá un juicio final, cuando todo esto que vemos acabe.

Hay una enseñanza muy importante en la segunda lectura, tomada de la Carta a los Romanos. Dice san Pablo que: “Todo contribuye para bien de los que aman a Dios” (Rom 8, 28). Quienes queremos comprar ese tesoro escondido, quienes queremos comprar esa perla preciosa, todo, absolutamente todo lo que tengamos o dejemos de tener, todo lo que nos suceda triste o alegre, todo éxito o fracaso, enfermedad o salud, conociendo el amor de Dios, todo será para bien.

Hay un tema sobre la predestinación que aparece en este pasaje de la Carta a los Romanos, mismo que debemos interpretar con claridad. En la forma en la que muchos entienden la predestinación, se trata de una fatalidad, pues suponen que hagas lo que hagas tu destino ya está marcado. Quienes piensan así, no se pierden la lectura de los horóscopos, e incluso si pueden, acuden a que alguna persona les lea las cartas o les adivine su futuro de alguna manera. Hay quienes gastan toda una fortuna por saber lo que les pasará. Por supuesto que estas prácticas son totalmente contrarias a nuestra fe cristiana, y que una persona de fe auténtica nunca buscará estos recursos, sino que se abandonará en los brazos del Señor lleno confianza.

Si yo estoy en lo alto de un monte y allá abajo corre una carretera, si veo que vienen dos automóviles acercándose a una curva, que uno rebasa y va a chocar contra el que viene, los autos chocan por la imprudencia de uno de los conductores, pero no chocan porque yo lo haya visto desde antes. Así es el conocimiento de Dios, Él sabe todo de todos y cada uno de nosotros. Él conoce presente, pasado y futuro de todo cuanto existe. Pero su conocimiento no condiciona nuestra libre actuación y elección en cada decisión. No somos títeres en las manos de Dios, pues el más precioso don que con amor nos ha dado es la libertad.

Es en este sentido y contexto que se debe entender el mensaje de san Pablo, que dice: “A quienes predestina, los llama; a quienes llama, los justifica; y a quienes justifica, los glorifica” (Rom 8, 30). ¿Quieres saber si tú eres predestinado por Dios? Compórtate como predestinado.

¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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