Artículos por "Conversando sobre la fe"
11-S 3-D Accion ACI Prensa Actualidad y Análisis Actuall Adolescencia Africa Agencia Zenit Agenzia Fides Agustinos Recoletos AICA Aleteia Amistad Animacion Animales Aniversarios Antigua Grecia Antigua Roma Antiguo Egipto Antiguo Testamento Año 1932 Año 1933 Año 1934 Año 1935 Año 1937 Año 1938 Año 1940 Año 1941 Año 1943 Año 1945 Año 1946 Año 1947 Año 1948 Año 1949 Año 1950 Año 1951 Año 1952 Año 1953 Año 1954 Año 1955 Año 1957 Año 1958 Año 1959 Año 1960 Año 1961 Año 1962 Año 1964 Año 1965 Año 1966 Año 1967 Año 1968 Año 1971 Año 1972 Año 1974 Año 1977 Año 1979 Año 1981 Año 1982 Año 1984 Año 1985 Año 1987 Año 1988 Año 1989 Año 1990 Año 1991 Año 1992 Año 1993 Año 1994 Año 1995 Año 1996 Año 1997 Año 1998 Año 1999 Año 2000 Año 2001 Año 2002 Año 2003 Año 2004 Año 2005 Año 2006 Año 2007 Año 2008 Año 2009 Año 2010 Año 2011 Año 2012 Año 2013 Año 2014 Año1993 Años 1910-1919 Años 20 Años 30 Años 40 Años 50 Años 60 Años 70 Años 80 Apologetica para el mundo Arquidiocesis de Durango Arquidiocesis de Guadalajara Arquidiocesis de Monterrey Arquidiocesis de Tijuana Arquidiocesis de Yucatan Arquimedios Arquimedios Guadalajara Artes Marciales Articulos Aventura espacial Aventuras Aventuras marinas Aviones Baloncesto Basado en hecho reales Basado en hechos reales Belico Biblia Biografico Blogueros con el Papa Bolsa y Negocios Boxeo Brujeria Canonizaciones Catastrofes Catequesis Ciencia ficcion Ciencia ficción Cine épico Cine familiar Cine Mexicano Cine religioso Circo Clarisas Coches/Automoviles Colaboradores Colegios y Universidad Colonialismo Comedia Comedia dramatica Comedia Romántica Comic Conferencia Episcopal de Chile Conquista de America Conversando sobre la fe Cor ad Cor Loquitur Cortometraje Crimen Cristo Cuentos Deo omnis gloria Deporte Descargable Desde la Fe Dinosaurios Diocesis de Celaya Diocesis de Matamoros Directorio Discapacidad Documental Dr. Carlos Álvarez Cozzi Drama Drama de epoca Drama romantico Drama social Ecclesia Digital Edad Media Ejercito El Observador de la actualidad El santo del dia El Santo Rosario Encuentra.com Enfermedad Enseñanza Epistolas matritensis Esclavitud Espada de dos filos Eutanasia Evangelio Evangelización en México y América Extraterrestres Familia Fantastico Fátima TV Formación Permanente Franciscanismo Franciscanos Futbol Futbol americano Futuro postapocaliptico Gatos Genio femenino Gore Gran Depresion Guerra Civil de El Salvador Guerra Civil Española Guerra Cristera Guerra de Bosnia Guerra de la Independencia Española Guerra de Secesión Guerra Fria Hebreos Historia de la OFS Historias cruzadas Historico Holocausto Homosexualismo Iglesia en Mexico II Guerra Mundial Imagenes Infancia Infantil Infocatolica InfoRIES InfoVaticana Inmigracion Intriga Juegos olimpicos La Biblia La esfera y la cruz La Oracion La Santa Misa Liturgia de las Horas Lourdes TV Magia Marionetas Marvel Comics Medicina Melodrama Mera defensa de la fe Miniserie de TV Mitologia Mitología Monstruos Musica Musical Naturaleza Navidad Nazismo Noticias Novela Nuevo Testamento O frio o caliente Obispos OFM OFS en Mexico Oraciones Padre Fabian Barrera Padre Heliodoro Mira Garcia-Gutierrez Padre Jose Antonio Fortea Cucurull Pajaros Papas Patinaje sobre hielo Pelicula de culto Peliculas Peliculas Religiosas Pintura Policiaco Politica Precuela Prehistoria Promocion Vocacional Protestantes Provida Racismo Radio Razones para nuestra esperanza Reforma o Apostasia Regnum Christi Religion Religión Remake Revolucion Francesa Revolucion Mexicana Robots Romance Rome Reports Rugby Sacerdotes Sacro y Profano San Juan de Ávila Santa Clara Santoral Satira Sectas Secuela Secuestros Semanario Serie de TV Siglo IV Siglo XII Siglo XIII Siglo XIX Siglo XV Siglo XVI Siglo XVII Siglo XVIII Siglo XX Spin-off Submarinos Superhéroes Supervivencia Surrealismo Telefilm Television Catolica Temas de historia de la Iglesia Terrorismo Thriller Thriller futurista Trabajo/Empleo Trenes Valores Vatican News Vejez Viajes en el tiempo Vida Rural Vida Rural Norteamericana Vidas de Beatos Vidas de Santos Videos Vikingos Virgen Maria Volcanes Western

¿Cómo comulgamos? Una excelente pastoral del Obispo de Jaén

 

Hace unos años, al iniciar un nuevo curso pastoral, un compañero sacerdote me preguntaba cuáles eran mis objetivos prioritarios. Le dije que me alegraría si pudiera obtener dos cosas: Que se redescubriera el inmenso valor del sacramento de la Penitencia y que comulgáramos bien. Si nos confesáramos bien y comulgáramos bien seríamos muy pronto santos.

 

Hoy quisiera reflexionar sobre el segundo aspecto. El motivo de esta reflexión ha sido propiciado por la carta pastoral que ha escrito el Obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez. El simple hecho de plantear el tema me parece muy conveniente y oportuno. Quisiera ofrecer algunos comentarios a lo que ha expuesto este obispo.

 

Me admira que Mons. Amadeo constate que son muchos los gestos y las actitudes que tiene la oportunidad de observar en sus comunidades, especialmente el sentido de adoración que se manifiesta en el momento de la Consagración, cuando “una mayoría de fieles se hincan de rodillas ante el Santísimo Sacramento”. Me congratulo por tan gratificante experiencia que, por desgracia, en otras latitudes brilla por su ausencia. La genuflectofobia y la artrosis espiritual han hecho estragos, pues la eliminación sistemática de los gestos tradicionales de adoración ha comportado la pérdida del sentido del Sagrado, como tantas veces insistía el Papa Benedicto. Dejar de arrodillarse durante la Consagración cuando es posible hacerlo no es un gesto insignificante. Comulgar con cualquier gesto no es anodino. La mejor antropología nos enseña la coordinación y armonías necesarias entre el cuerpo y el espíritu.

 

Con todo, Mons. Amadeo confiesa que le disgusta cómo algunos se acercan a comulgar y cómo vuelven a sus asientos los que han recibido el Cuerpo del Señor. Reconoce una especie de desconcierto en el templo. Yo me preguntaría si tiene algo que ver con este desconcierto el jolgorio en que a menudo degenera una praxis aberrante del rito de la paz. Creo que no hace mucho tiempo la Sede Apostólica dio unas normas precisas sobre cómo practicar correctamente el rito de la paz. Por mi experiencia puedo afirmar que estas normas han caído en saco vacío y que nadie hace el más mínimo caso. A menudo los mismos presbíteros que concelebran  Misa son los primeros en manifestar la mayor ignorancia sobre las disposiciones de la Santa Sede sobre este tema. Considero que una buena preparación para la Comunión sería observar lo que la Iglesia dispone para el rito de la paz. Sobrio y esencial.

 

Oportunas son las reflexiones de Mons. Amadeo sobre el modo de comulgar  y gran verdad es lo que afirma: “No siempre en las manos que reciben al Señor se percibe aquello de que la mano izquierda ha de ser un trono para la mano derecha, puesto que ésta debe recibir al Rey”, citando a San Juan Crisóstomo. Es evidente que Mons. Amadeo da por supuesta la fe y la adoración sin las cuales ningún sentido tendría la Comunión. Ya San Agustín decía que “pecaríamos si comiéramos sin adorar”. Es innegable en ciertas actitudes externas un profundo oscurecimiento del sentido de la fe. Se impone pues una catequesis litúrgica y doctrinal simultáneamente. La liturgia es escuela de la fe y el principio lex orandi, lex credendi sigue siendo fundamental. Hay que explicarlo todo muy bien y muchas veces y no dar nada por supuesto por elemental que parezca. No estaría de más insistir en la comunión en la boca, bien hecha, por supuesto y en la posibilidad de facilitar la comunión de rodillas a los fieles que lo prefieran y que tienen todo el derecho a recibirla.

 

Una observación muy atinada de esta pastoral de obligada lectura del Obispo de Jaén, es la importancia que tiene la actitud y los gestos del sacerdote que celebra la Santa Misa. La piedad sacerdotal siempre ha sido profundamente educadora de la piedad de todo el pueblo de Dios. No hay mejor catequesis de la Santa Misa que la celebración de la misma por parte del sacerdote. El pueblo de Dios intuye rápidamente cuando ve la piedad y reverencia en sus ministros. En esta perspectiva el Papa Francisco nos decía hace muy poco que los sacerdotes debemos favorecer el silencio en la celebración. Este silencio que brota de la adoración y de la conciencia de estar ante Dios.

 

Este silencio, como bien observa Mons. Amadeo, debe fomentarse especialmente en el momento de acción de gracias habiendo recibido la Sagrada Comunión. Por desgracia este es un tema bastante desdeñada actualmente y sin embargo, grandes teólogos como Rahner y Galot le dedicaron estudios específicos. Hay que invitar a los fieles a adorar, alabar, bendecir en profundo recogimiento, sin cantos estrepitosos ni otra distracción. Tal vez una música de órgano suave y íntima que nos ayude a unirnos profundamente al Señor, eso es, a vivir la communio. Sabias palabras las de Mons. Amadeo: “Yo propongo a que se eduque con unas buenas catequesis mistagógicas a cómo encontrarse con el Señor tras comulgar. Es importante que se recuerde que es tiempo de rezar…”. Todo un reto para teólogos y pastores. Los fieles de antaño tenían en sus misalitos preciosas plegarias para este dulce momento. Siempre recordaré la primera vez que participé en la Misa matutina de San Juan Pablo II en su capilla privada y contemplé cómo el Papa, después de comulgar se arrodillaba en su reclinatorio para una larga acción de gracias. Por cierto, proveer los bancos de cómodos reclinatorios ayudaría mucho al respecto.

 

Hay otros y ricos aspectos en la carta pastoral del Obispo de Jaén. Insisto, hay que leerla y, sobre todo, vivirla. Comulgar bien es una cuestión fundamental en la vida cristiana. Por supuesto, hay que priorizar los aspectos internos fundamentales como son la fe y la gracia y que ya consideramos en otra ocasión en este mismo blog y que Mons. Amadeo trata muy bien en la misma pastoral.

 

Adorar

Me preguntaban hace poco por la adoración eucarística y cuándo debe realizarse en una parroquia. Cada vez que celebramos la Santa Misa debemos adorar. A menudo se confunde la adoración debida a la Santísima Eucaristía y el culto eucarístico fuera de la Misa. La Santa Misa es el acto por excelencia de adoración a Dios y sería incomprensible sin la adoración de Jesucristo realmente presente en el Sacramento.

Participando de manera correcta a la Misa tributamos la debida adoración a la Eucaristía. San Agustín, hablando de la comunión eucaristica afirmaba que “pecaríamos si la comiéramos sin adorar”. La adoración brota de la fe ante la presencia de Dios a quien debemos y queremos darle el primer lugar, por encima de todo.

El Código de Derecho Canónico establece: “… el sacramento más augusto, en el que se contiene, se ofrece y se recibe al mismo Cristo Nuestro Señor, es la santísima Eucaristía, por la que la Iglesia vive y crece continuamente. El Sacrificio Eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual se perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la cruz, es el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana, por el que se significa y realiza la unidad del pueblo de Dios y se lleva a término la edificación del cuerpo de Cristo. Así, pues, los demás sacramentos y todas las obras eclesiásticas de apostolado se unen estrechamente a la santísima Eucaristía y a ella se ordenan. Tributen los fieles la máxima veneración a la santísima Eucaristía, tomando parte activa en la celebración del Sacrificio augustísimo, recibiendo este sacramento frecuentemente y con mucha devoción, y dándole culto con suma adoración; los pastores de almas, al exponer la doctrina sobre este sacramento, inculquen diligentemente a los fieles esta obligación

La Adoración Eucarística debe considerarse unida siempre a la Santa Misa, como prolongación de ella, y constituye una de las formas de culto más importantes de la vida de la Iglesia. El culto eucarístico fuera de la Misa contribuye poderosamente a vivir mejor la misma Misa. Desde los inicios hay una conciencia clara de la presencia de Cristo en las especies eucarísticas, pero fue desde el siglo XI cuando comenzó la adoración eucarística tal y como la vivimos hoy

Podemos participar también con la “comunión-adoración espiritual” y prolongando un poco la adoración y acción de gracias después de comulgar.  Recuperar la vista al Santísimo. También es bueno recordar que es posible la adoración eucarística desde casa, especialmente por parte de ancianos y enfermos, cuando no podamos hacerlo presencialmente. Y no olvidemos los gestos corporales de adoración cuando la salud nos permita hacerlos, en especial el noble gesto de arrodillarnos durante la consagración. Como decía Saint Exupery, el autor de Le Petit Prince, el hombre nunca es tan grande como cuando se arrodilla ante Dios.

Comparto con los lectores del blog esta consulta que recibí hace poco y su respuesta. Por si sirve…

Incrédulos y escépticos

¿Qué me recomendaría para vencer a incrédulos y escépticos? Tengo muchos amigos que no creen y que me dicen que la fe está superada. Incluso algunos, me parece, me miran con lástima y burla…

Su consulta me recuerda una anécdota que viví hace años. En aquellos momentos me dedicaba a impartir clase de Religión a chicos y chicas de Bachillerato. En el instituto había un personaje curioso que ejercía como profesor de Filosofía y que venía a ser una versión degenerada de la escuela de los cínicos. Un día, en la sala de profesores, yo estaba con otros compañeros trabajando y entró él un poco alterado. Sin ningún preámbulo se dirigió a mí y me dijo: «¡Qué lástima Joan! Piensa que cuando te mueras y veas que no existe Dios ni nada, considerarás que te has perdido tantas cosas buenas…».

Algunos se echaron a reír. Otros que le conocían, me miraron como diciendo que no le hiciera ni caso. Yo le dije: «Me sorprende que seas tan incompetente en filosofía que, entre otras cosas, se supone que debe enseñar a la gente a pensar con rigor.» Puso una cara indescriptible y, antes de que pudiera abrir la boca le dije: «Sí, hombre. Si no existe Dios ni hay nada después de esta vida, yo no me daré cuenta de nada, ni nada me preocupará, ni haré ninguna consideración ni lamentación, ni nada de nada, porque, simplemente, ya no existiré. Y si no existo, no pienso ni soy, como diría Descartes”.

Se puso de un color entre rojo y amarillo y su cara era todo un poema. Todos nos miraron. Y yo seguí impertérrito: «Sin embargo, piensa que quizás sí existe Dios y que después de esta vida hay cielo e infierno y tendremos que rendir cuentas del bien o del mal que hayamos hecho. Y entonces, la sorpresa puede ser desagrada- ble.» Se escapó diciendo que tenía trabajo y que ya conversaríamos en otro momento. Años después todavía espero esta conversación.

Él quería sembrar dudas sin demasiados razonamientos y yo las sembré de manera más fundamentada. En el fondo utilicé la vieja argumentación de Pascal que siempre es buena en estos casos.

Vencer a escépticos, burlones e incrédulos es complicado, por no decir imposible. Quizás lo que tendríamos que hacer es intentar «convencer», implicando al otro a superar el obstáculo de la incredulidad, aportando argumentos y testimonio de vida.

A mí, a aquellos que presumen de incredulidad y ateísmo, me gusta decirles: «Y esta forma de pensar cerrada a la trascendencia, ¿te hace más feliz?, ¿te ayuda a vivir? A mí, al menos, la fe me da alegría y esperanza…» Sé, por experiencia, que estas reflexiones muchas veces ayudan a remover actitudes cerradas y a abrir rendijas a la luz. Poco más se puede hacer. Rezar, sobre todo. Finalmente, le diría que seleccione bien a sus amigos. Un buen amigo siempre respeta y no mira con “lástima”.

 

LA TENTACIÓN DEL SILENCIO

¿Es posible hablar de moral sexual en clave cristiana sin ser lapidado?

 

 

Me comentaba hace poco una maestra de religión sobre la dificultad de hablar a adolescentes y jóvenes sobre la sexualidad en clave cristiana. Lo sucedido al Obispo de Solsona es un buen ejemplo. Esta maestra me refería el caso de un profesor de filosofía que se encuentra en situación de baja y depresión por la reacción suscitada ante una opinión suya. La maestra concluía que tal vez era mejor callar y que los padres se ocuparan de estos asuntos. Mi respuesta fue la siguiente:

 

Plantea usted un tema denso e importante. En primer lugar y atendiendo su misión educadora, le recomiendo que lea con mucha atención el apartado que el Papa Francisco dedica en la educación afectiva y sexual de niños, adolescentes y jóvenes. Los primeros protagonistas son, tendrían que ser, los padres, y con ellos la escuela católica y la catequesis. La doctrina católica reivindica la función de los padres como los primeros educadores en este delicado terreno. También hay que tener en cuenta la situación real de los padres y las acciones u omisiones de los mismos en su misión educadora. Y, en la medida de lo posible, suplir las negligencias.

 

Hay que hablar y, sobre todo, hay que hablar con acierto. No es trata de expresar simples opiniones, más bien se trata de proyectar la luz del Evangelio, la visión cristiana del ser humano, sobre esta importante dimensión de la persona. Muchos querrían que calláramos para llevar a cabo más cómodamente su tarea des-educadora.

 

No hay duda, en una visión sensata y realista de la vida, que ciertas opciones y decisiones que se toman en la adolescencia y primera juventud, afectarán a toda la vida de la persona. Para poner ejemplos muy entendedores y elementales: hábitos de vida saludables o insanos, estudios que se eligen, compañías y amistades, relaciones afectivas, experiencias sexuales…. Todo esto tiene más importancia del que pensamos y pueden marcar de por vida nuestros jóvenes.

 

Constatamos una situación curiosa: nuestros jóvenes reciben “informaciones” y propuestas en cuanto a su vida afectiva y sexual desde tantas instancias. Hay que ser muy incauto para no darse cuenta que está en marcha toda una ingeniería social para inculcar una visión de la vida que está en los antípodas del Evangelio. Estudios recientes resaltan el impacto que reciben en este campo de las redes sociales. Y no se piense que se limitan a la teoría…

 

Y nos tenemos que preguntar: ¿Quién los da una buena formación humana?, ¿Quién los desintioxica? Y como cristianos, ¿quién los presenta la visión que nace del Evangelio? Resulta que, muchas veces, todo el mundo les habla de sexo y afectividad menos los padres, la escuela católica y la catequesis. Y luego nos maravillamos  de los resultados.

A mí me parece que en este punto los hijos del mundo son más astutos y diligentes que los hijos de la luz. En la clase de religión de secundaria, para poner un ejemplo, hay un temario establecido por los Obispos que hay que desarrollar y que contiene, entre otras cosas, la visión cristiana de la afectividad y sexualidad. Hay que hablar a los chicos y chicas con claridad y hacerlos razonar que, en este aspecto tanto importante, cualquier opción y cualquier estilo de vida no los harán felices. 


Hay que practicar una misericordia hoy muy olvidada: la misericordia de la verdad. Pasar por alto la verdad nunca es positivo. Un planteamiento oscuro, dudoso o laxo en cuestiones importantes siempre dará lugar a conductas sesgadas. Hay que distinguir la exposición sistemática del tema con la formación más personal.

 

En el contexto de una clase de religión y en la catequesis no se tiene que entrar en temas muy particulares y personalizados. Hay que exponer los principios fundamentales de la antropología cristiana: la bondad de la creación, del cuerpo y del sexo, la profunda alteración que introduce el pecado original, el combate espiritual, el discernimiento y los medios para vencer la tentación, la necesidad de integrar la sexualidad en un proyecto de auténtico amor y de superar planteamientos hedonistas y sentimentalistas, el valor del autodominio como requisito fundamental para autodonación  y el compromiso. Hay que estar muy atentos a las falsificaciones del amor y la sexualidad que reciben nuestros jóvenes desde tantas instancias y ayudarlos a razonar por discernir.

 

Creo que es particularmente importante que entren en contacto con otras personas y jóvenes que los puedan dar un testigo de una vida afectiva y sexual exitosa desde planteamientos cristianos y invitarles desde la experiencia de vida a la lucha por la castidad. Esto les impacta mucho. Y a nivel más personal estar dispuestos a orientarlos con caridad y firmeza. No os podéis imaginar el bien que le puede hacer a un adolescente o joven una palabra dicha con oportunidad y caridad por una persona que el joven percibe que le quiere y se interesa por él. Recordemos a Don Bosco. Quizás parecerá que no escuchen, pero aquella palabra dicha con amor y verdad hará reflexionar.

 

Y, sobre todo, animarlos siempre con la misericordia de Dios. Cómo dice bien el Catecismo, la castidad es una lucha, una conquista. Y en este camino siempre hay derrotas y caídas. El recurso al sacramento de la misericordia es fundamental en estas edades y siempre.

 

Finalmente dos consejos: Miramos de implicar los padres facilitándolos personas y recursos que los ayuden y no dudamos de regalar a nuestros adolescentes y jóvenes libros y materiales buenos, que los hay, sobre una temática de qué van hambrientos no sólo de información, sino de formación por una vida virtuosa y feliz.

 

¿Callar? Nunca. Es la peor tentación. La catequesis del Mal es más activa que nunca y no dudo en afirmar que uno de los mayores logros del Enemigo es acabar con la inocencia de nuestros niños y jóvenes cuanto antes mejor.

 

Ofrezco hoy a los lectores del blog unas reflexiones sobre el Mensaje de Fátima a la luz de algunas enseñanzas de San Juan Pablo II. Este artículo será publicado en la revista Cristiandad y es el primero de algunos que quiero dedicar al tema cuando se cumplen los 100 años de las apariciones.

_________

Fátima: Profecía esencial para nuestro tiempo

Aportaciones de San Juan Pablo II

 

 

Dr. Juan Antonio Mateo García

Sociedad Mariológica Española

 

1. Al cumplirse los cien años de los acontecimientos de Fátima queremos acudir a uno de los pontífices que más se han involucrado en la recepción y difusión del mensaje que no dudamos en calificar como “profecía esencial” para nuestro tiempo. San Juan Pablo II cuyo lema pontificio tiene una clara resonancia de devoción y entrega a la Virgen María, vio la mano providente y maternal de María en el atentado que sufrió un trece de mayo. Poco después de recuperarse, el santo Pontífice quiso leer el texto del mensaje que se custodiaba en los archivos de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, como sabemos, pensó inmediatamente en la gestión de la consagración pedida por la Virgen.

 

Juan Pablo II hizo tres viajes apostólicos a Fátima. Por su contenido doctrinal queremos resaltar el primero de ellos, y concretamente su magisterio expresado en la homilía del 13 de mayo de 1982. La enseñanza allí expuesta continua teniendo una gran actualidad para una correcta hermenéutica de Fátima y su mensaje.

 

Juan Pablo II constataba que la maternidad que, por designio divino, se confirió a María, su maternidad espiritual para con todos los hombres y particularmente para los bautizados, se manifiesta de modo particular en los lugares donde ella se encuentra con sus hijos, las casas donde ella habita y se siente una especial presencia de la Virgen. Lugares particularmente privilegiados “donde los hombres sienten particularmente viva la presencia de la Madre” son los santuarios marianos, como Fátima y otros queridos explícitamente por la Virgen. Éste es un fenómeno muy importante en la renovación de la Iglesia. Lourdes, Fátima y otros muchos santuarios de toda la geografía mundial son como un imán poderoso que, por la mediación materna de María, atraen a millones de personas a Dios y las sustraen del mal y del pecado. Por esto, un servicio inestimable de Juan Pablo II al mensaje de la Virgen en Fátima ha sido su reiterada presencia en este importante santuario. El Cardenal Schonborn, en unas inspiradas reflexiones que hacía algunos años atrás constataba que los santuarios marianos del mundo son como el último puerto de salvación para la Iglesia. Juan Pablo II, peregrinando a Fátima, enseñaba con su ejemplo que estos lugares irradian luz, atraen a gente de todas partes y en ellos se realiza de manera admirable aquel singular testamento del Señor crucificado por el que “el hombre se siente entregado y confiado a María y allí acude para estar con Ella como la propia Madre.

 

2. En Fátima se expresa de modo intensa la maternidad espiritual de María. Según San Juan Pablo II, “maternidad expresa solicitud hacía la vida del hijo” y por esta solicitud, “María abraza a todos con una solicitud particular en el Espíritu Santo”. Es muy importante esta observación del Papa. En la economía de la salvación, es decir, en la realización histórica y concreta como Dios lleva adelante su designio de salvación, María tiene un lugar en la misión del Espíritu Santo acontecida en Pentecostés. En este sentido, Juan pablo II formuló una magistral aportación mariológica en Fátima: “La maternidad espiritual de María es una participación al poder del Espíritu Santo, de Aquél que da la vida”.

 

Así pues, María, en sus intervenciones, sean ordinarias o extraordinarias, siempre se hace presente para nuestra salvación, para nuestra vida en el sentido más pleno. Así lo expresa Juan Pablo II: “La solicitud de la Madre del Salvador es la solicitud para la obra de la salvación, la obra de su Hijo. Es solicitud para la salvación, para la eterna salvación de todos los hombres”. Y observaba que no es difícil constatar este amor salvífico de la Madre abraza con su rayo de manera particular “nuestro siglo”.

 

Otro principio hermenéutico fundamental de Fátima es expresado magistralmente así por San Juan Pablo II: “A la luz del amor materno comprendemos todo el mensaje de la Señora de Fátima. Aquello que más directamente se opone al camino del hombre hacia Dios es el pecado, el perseverar en el pecado y, finalmente, la negación de Dios”. No es casualidad que la intervención salvífica de María el año 1917 acontezca precisamente en unos momentos oscuros de la humanidad cuando por primera vez el pensamiento humano ha formulado una ateísmo teórico que trata de implantar en unos proyectos de construcción del mundo sin Dios y, hay que decirlo, en contra de Dios. Proyectos que sólo generarán y generan desolación y ruina. A esta realidad se refiere Juan Pablo II al decir: “La programada eliminación de Dios del mundo del pensamiento humano. El apartar de El toda la actividad terrena del hombre. El rechazo de Dios por parte del hombre”. Ya Pío XII había señalado como mal supremo la pérdida del sentido de Dios y del pecado.

 

3. La Virgen en Fátima viene una vez más en nuestra ayuda contra la serpiente infernal y su ilusorio proyecto de “ser como Dioses”. Juan Pablo II, recordó solemnemente en este primer viaje a Fátima que “en realidad la eterna salvación del hombre sólo se da en Dios y que el rechazo de Dios por parte del hombre, si deviene definitivo, guía lógicamente al rechazo del hombre por parte de Dios, a la eterna condenación.

 

¿Cómo no va a intervenir la Madre ante un panorama tan peligroso y pavoroso para los hijos que le han sido confiados? El Papa lo formulaba así: “¿Puede la Madre, que con toda la potencia de su amor que nutre en el Espíritu Santo desea la salvación de todo hombre, callar ante aquello que amenaza las bases mismas de esta salvación? ¡Claro que no puede!”.  Como tampoco la Iglesia puede callar con una falsa misericordia ante el mal y el pecado que amenazan la ruina de sus hijos. La incomprensión hacia estas manifestaciones de María, como Fátima, por parte de los fieles resulta incomprensible en una lógica de fe pues estas intervenciones expresan la solicitud salvífica de Dios y que se realiza en la mediación de María.

 

La intervención extraordinaria de Fátima responde a una situación de grave peligro para la humanidad, del peligro mayor que siempre consiste en la muerte espiritual y en la frustración definitiva de nuestro destino eterno. Por esto, recuerda Juan Pablo II, el mensaje de la Señora de Fátima, tan materno, al mismo tiempo es fuerte y decidido, casi pareciendo severo. Este mensaje, continuaba exponiendo Juan Pablo II en aquella homilía del primer viaje, se dirige a todos los hombres pues el amor de la Madre del Salvador alcanza hasta donde llega la obra de la salvación. En el espacio y en el tiempo, y por esto el mensaje de Fátima es actual, profecía para nuestro tiempo. Añade el Santo Pontífice que objeto de la premura materna son todos los hombres de nuestra época, y al mismo tiempo, las sociedades, las naciones y los pueblos. Las naciones amenazadas por la apostasía y por la degradación moral, precisaba en santo Pontífice con palabras que, a casi cuatro decenios después de ser pronunciadas, evidencian su alcance profético. Y Juan pablo II aseveraba: “El hundimiento de la moralidad conlleva el hundimiento de la sociedad”. Deberíamos prestar también atención a unas palabras que san Juan Pablo II utilizó el año 1991 en una fórmula de consagración realizada en su segundo viaje a Fátima: “Muestra que eres Madre, Sí, continua a mostrarte Madre para todos, porque el mundo te necesita. Las nuevas situaciones de los pueblos y de la Iglesia son todavía precarias e inestables. Existe el peligro de sustituir el marxismo con otra forma de ateísmo que, adulando la libertad tiende a destruir las raíces de la moral humana y cristiana…”. Hoy nosotros pondríamos nombres muy concretos a este nuevo ateísmo que ya no es un peligro sino una realidad y que está arruinado nuestras sociedades.

 

4. ¿Y cuál es el verdadero remedio? La Virgen propone la consagración a su Corazón Inmaculado. La última parte de la histórica homilía de Juan Pablo II en Fátima el día 13 de mayo de 1982 nos ayudará a comprender el verdadero significado de esta importante petición de  María en Fátima.

 

Para San Juan Pablo II, consagrar el mundo al Corazón Inmaculado de María, significa acercarse, mediante la intercesión de la Madre, a la misma “Fuente de la Vida”. ¿Cómo no darse cuenta de la similitud de esta expresión de Juan Pablo II con otra que hemos vivido hace muy poco? Me refiero obviamente al hilo conductor del Año Santo de la Misericordia y expresada así: “Corazón de Jesús, Fuente de Misericordia”. Para Juan Pablo II, esta Fuente brotó en el Gólgota y de manera ininterrumpida brota con la redención y con la gracia. En ella se realiza ininterrumpidamente la reparación por los pecados del mundo y de manera incesante es fuente de vida nueva y de santidad.

 

Hace algunos años, en un opúsculo breve pero profundo, un buen mariólogo español, el P. Joaquín María Alonso, explicaba que la Consagración es un acto de la virtud de la religión perfectísimo, por el que se entrega a Dios, por medio de la Virgen, la persona humana con todo lo que es y tiene. Añadiríamos en perspectiva cristocéntrica que sólo existe una Consagración perfectísima y que es la que Cristo hizo de sí mismo al Padre por todos nosotros. A ésta consagración nosotros, por medio de María, estamos llamados a incorporarnos de la manera más perfecta posible. San Juan Pablo II lo explicitó claramente en una de las fórmulas de consagración que formuló acogiendo el pedido de Fátima. Dijo: “He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que, por amor nuestro, tu Hijo hizo de sí mismo al Padre cuando dijo Yo por ellos me consagro, para que ellos sean consagrados en la verdad…Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual, en su Corazón divino tiene el poder de conseguir el perdón y de procurar la reparación”. Ésta es la fuente de todo consagración por parte nuestra. En la misma fórmula de consagración, San Juan Pablo II advertía que “el poder de esta consagración dura por siempre, abarca a todos los hombres, pueblos y naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia; y que, de hecho, ha sembrado en nuestro tiempo”. Cristo puede hacer, el único, esta consagración en representación de toda la humanidad, pues El es por derecho propio cabeza de la humanidad, Adán definitivo. Y unida indisolublemente a Cristo, María, nueva Eva, asociada a la Redención a título del todo singular.

 

5. En esta perspectiva, entendemos mejor la enseñanza de Juan Pablo II en la homilía de su primer viaje a Fátima. El Santo Pontífice insiste en que consagrar el mundo al Inmaculado Corazón de María significa retornar al pie de la Cruz del Hijo, quiere decir consagrar este mundo al Corazón traspasado del Salvador, situarlo de nuevo en la fuente misma de su Redención. Juan Pablo II recuerda una vez más que “la Redención es siempre mayor que el pecado del hombre y el pecado del mundo y que el poder de la Redención supera siempre y de manera infinita toda la gama del mal que hay en el hombre y en el mundo”. La Consagración al Corazón Inmaculado de María, instrumento del Espíritu Santo, podemos decir, nos conduce perfectamente a la acción salvífica de Cristo y por ella al Padre. 

 

María, explica San Juan Pablo II, nos llama no sólo a la conversión necesaria para acoger la Redención, sino que nos llama a dejarnos ayudar por Ella, Madre, para retornar a la fuente de la Redención. Así, consagrarse a María significa dejarse ayudar por ella para ofrecernos nosotros mismos y la humanidad a Aquel que es Santo, infinitamente Santo. Y dejarse ayudar por Ella, recorriendo a su Corazón de Madre, abierto al pie de la cruz al amor hacia todo hombre y hacia todo el mundo, para ofrecer el mundo, el hombre, la humanidad y todas las naciones a Aquel  que es infinitamente Santo y cuya santidad se ha manifestado en la Redención realizada por el Sacrificio de la Cruz. Y Juan Pablo II vuelve al texto de Jn 17, 19 donde Cristo mismo nos da la clave de comprensión: “Por ellos yo me consagro a mí mismo”. De esta forma, concluye, Juan Pablo II, es imposible no ver que el contenido de la llamada de la Señora de Fátima no esté enraizado de la forma más profunda en el Evangelio y en toda la Tradición, y, por esto, la Iglesia se siente comprometida con este mensaje.

 

6. San Juan Pablo II recuerda que se presentaba a Fátima movido por una urgencia trepidante, se presentaba ante la Virgen releyendo con inquietud la llamada materna a la penitencia y a la conversión porque “ve cuántos hombres y cuántas sociedades, cuántos cristianos, han recorrido un camino en dirección opuesta a la indicada por el mensaje de Fátima”. Y constataba que “el pecado ha ganado un fuerte derecho de ciudanía en el mundo y que la negación de Dios se ha difundido ampliamente en las ideologías, en las representaciones del mundo y en los programas de los hombres”. Por esto recordaba que la llamada evangélica a la penitencia y a la conversión hecha por la Virgen es siempre actual, y en aquel momento, sesenta y cinco años después de 1917, era todavía más urgente. ¿No lo será todavía más ahora cuando se cumple los 100 años?

 

Finalizamos con una consideración muy importante de San Juan Pablo II. Se refiere a la actualidad constante de Fátima, a lo que nosotros hemos llamado “profecía esencial”. El Papa, al final de esta histórica homilía que hemos glosado, nos decía que “la llamada de María no es puntual, sólo para una ocasión. Está siempre dirigida a las nuevas generaciones, según los siempre nuevos signos de los tiempos. Se debe por esto volver incesantemente a esta llamada y acogerla siempre de nuevo”. Y en esta perspectiva, hay que renovar una y otra vez la espiritualidad de la consagración y la práctica diligente de los pedidos de la Señora de Fátima. San Juan Pablo II prestó un inestimable servicio al mensaje de Fátima acudiendo al Santuario, difundiendo el mensaje en su totalidad, realizando la consagración pedida y promoviendo los medios para la constante vivencia del llamado de Fátima. Al final de su pontificado nos dejo, en esta perspectiva, tres perlas preciosas: la carta apostólica sobre el Rosario, la encíclica sobre la Eucaristía y  la carta en forma de motu propio, Misericordia Dei, sobre la Penitencia. Tres caminos imprescindible para transitar el camino que Dios, en Fátima, y por medio de la Virgen, nos ha dado para acoger su Salvación.

 

Benedicto XVI, el 13 de mayo de 2010, nos recordaba que “se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada”.

El impacto que puede llegar a tener una afirmación errónea lanzada desde un programa televisivo de gran audiencia es realmente increíble. Es evidente que para un católico bien formado y que conoce su fe no es un problema, pero para la inmensa mayoría que vive en una gran ignorancia religiosa, la confusión y el desconcierto pueden ser enormes. Recuerdo hace más de un año una chica que se preparaba para la confirmación, en una catequesis donde yo presentaba la importancia capital que tiene la Santa Misa para un cristiano, al final me dijo: “Pero Sor… ha dicho que podemos ser muy buenos cristianos sin ir a Misa…". Al día siguiente de aquellas desgraciadas palabras sobre la Virgen y San José recibía un montón de correos. Se ha generado mucha confusión y la labor de combatirla ha de ser paciente y prolongada. Ofrezco hoy a los lectores del blog la consulta y respuesta que he publicado en mi columna del semanario Cataluña Cristiana.

MARIA Y JOSÉ

¿Es compatible con la fe de la Iglesia afirmar que la Virgen y San José mantuvieron relaciones y engendraron hijos? ¿Tuvo Jesús hermanos y hermanas carnales? ¿Es verdad que la Iglesia nunca ha definido como dogma la virginidad de María?….

Confieso que quedé perplejo al abrir mi correo y encontrar de golpe más de diez consultas sobre el tema. Poco después descubrí la causa: unas imprudentes y atolondradas palabras expresadas en un medio televisivo por alguien que debería expresarse con más competencia y acierto.

Una consideración previa: no confundamos la fe con las opiniones personales. Como católicos nos encontramos en la fe de la Iglesia que por gracia profesamos y no precisamente en nuestros gustos y opiniones. Después de esta unidad en la fe, hay cuestiones que en la Iglesia son opinables y cada uno puede tener un criterio formado.

Hay que decir que abunda una mentalidad racionalista que quiere reconducir la fe en los limites de la pura razón. La opinión según la cual María y José tuvieron relaciones y engendraron hijos es incompatible con la fe católica. La concepción virginal de Jesús ha sido constantemente profesada por la fe de la Iglesia y está claramente atestiguada en la Sagrada Escritura. El Papa Pablo IV condenaba solemnemente a aquellos que atentaban contra “los fundamentos de la fe", entre los cuales incluía la Virginidad perpetua de María.

Si bien la virginidad perpetua de María no ha precisado una definición dogmática explícita hay que decir que se contiene plenamente incluida en definiciones dogmáticas como las de la Asunción y de la Inmaculada, y en fórmulas cristológicas fundamentales. Por tanto, la negación consciente y pertinaz constituye una clara herejía. Hay que decir que en muchos casos se trata de crasa ignorancia de la fe y tremenda superficialidad por parte del sujeto que debe ser reconducido con misericordia y firmeza a la profesión de la verdadera fe; y esto es un acto de caridad también para los oyentes confusos o escandalizados. Se requiere una retractación explicita y pública.

La Virginidad de María expresa su perfecta entrega al designio de Dios y expresa perfectamente la filiación eterna de Cristo. No supone ningún desprecio a la sexualidad humana. El tema de los “hermanos” de Jesús es bien conocido: Se trata de parientes y no hermanos carnales. Para formarse y profundizar recomiendo un libro de San Juan Pablo II: “La Virgen María". Formarnos constantemente en la fe es una tarea de lo más urgentes.

P. D. En el programa de Radio María “Aquí tienes a tu Madre” que se emitirá el próximo sábado dia 18 de febrero he profundizado en el tema. También estará disponible en la web de Radio María.

Hace pocos días recibí una consulta de un estudiante de bachillerato. Un joven cristiano y celoso por la defensa de su fe y muy activo defensor de la vida. Tuvo una discusión con su profesor de ciencias sobre el tema del aborto y se planteaba la cuestión crucial: ¿Se trata de una persona? En más de una ocasión he escrito sobre el tema y merece la mena hacerlo una y otra vez y creo que no hace falta explicitar los motivos. Ofrezco hoy en el blog la consulta y mi respuesta por si pueden ser de utilidad.

Estimado P. Mateo, hace unos días, discutiendo sobre el problema del aborto con un profesor de ciencias me dijo si podía considerarse persona un conjunto de células, refiriéndose al embrión humano en sus primeros estadios. Yo le respondí que este “conjunto de células”, si no es eliminado, en pocos meses se convertirá en un niño. No sé si mi respuesta fue la correcta y me gustaría tener más argumentos. Gracias.

 

La cuestión de fondo es lo que entendemos bajo el concepto de “persona”. Para muchos es una cuestión puramente funcional y no una realidad profunda, subyacente; filosóficamente hablando, diríamos una realidad ontológica, algo que debe ser reconocido. Así, para cierta corriente de pensamiento cuando un ser humano pierde sus facultades cognitivas, deja de ser persona. Algunos incluso, por poner un ejemplo, llegan a llamar “vegetal” a alguien que ha quedado en un como profundo e irreversible. En estas perspectivas, la realidad y dignidad de la persona, más que ser reconocidas y respetadas, son atribuidas y quitadas arbitrariamente en función de una ideología profundamente deshumanizadora. ¿El ser humano es persona porque lo decidimos nosotros o bien, porque en sí mismo es persona, nosotros debemos reconocerlo como tal?

Esta forma de pensar es contraria a la fe y a la razón. Hace unos años, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó un importante documento que le ayudará a afrontar estas cuestiones. Se trata de la instrucción “Dignitas personae” que considera  algunas cuestiones de bioética. Se publicó el año 2008 y  sigue siendo de rabiosa actualidad.

Sobre el punto que usted me consulta dice textualmente este documento que expone la posición de la Iglesia: “El cuerpo de un ser humano, desde los primeros estadios de su existencia, no se puede reducir al conjunto de sus células. El cuerpo embrionario se desarrolla progresivamente según un “programa” bien definido y con un fin propio, que se manifiesta con el nacimiento de cada niño”.

Como puede usted ver, su razonamiento no difiere mucho de esta enseñanza de la Iglesia asequible a la pura razón. Por lo que respecta al concepto de persona le comento un razonamiento muy simple que escuche hace años en una conferencia de Julián Marías: “Todos intuitivamente y sin esfuerzo diferenciamos el ser personal del ser impersonal. Si durante esta conferencia alguien llamara a la puerta todos preguntaríamos “quién” llama y no “qué” llama. Y este ser personal tiene una dignidad única que debe ser respetada”. Cuando nos referimos al ser humano nunca estamos ante un amasijo amorfo de células. Hay una presencia, una persona creada por Dios a su imagen y semejanza y con un destino de eternidad. Estamos ante tierra sagrada que nunca se puede pisotear impunemente. Sobre esta cuestión afirma la mencionada instrucción: “El fruto de la generación humana desde el primer momento de su existencia, es decir, desde la constitución del cigoto, exige el respeto incondicionado que es moralmente debido al ser humano en su totalidad corporal y espiritual. El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción”.

Establecer un momento en que el ser humano no sería “persona” conduce teóricamente a un callejón sin salida y, prácticamente, a las más brutales agresiones. Los que afirman que el ser humano en un momento dado no es persona y poco después lo es deben explicar, si pueden, en virtud de qué irrumpe el ser personal y desde qué criterios. No lo harán, porque su explicación si fuera honesta nos presentaría una concepción de la persona de una pobreza impresionante y unas perspectivas para la humanidad realmente aterradores e inquietantes…

Lea el documento. Le ayudará mucho. Y esta es la cuestión de fondo que subyace en tantos debates de bioética y si no la tenemos clara nos perdemos en un laberinto sin salida.

¿Confesionario? ¡Sí, gracias!

 

“Cada confesionario es un lugar privilegiado y bendito desde el cual, canceladas las divisiones, nace nuevo e incontaminado un hombre reconciliado, un mundo reconciliado.” ( San Juan Pablo II)

 

Por su interés ofrezco a los lectores del blog la respuesta a una consulta sobre los confesionarios que he recibido para mi columna en el semanario “Cataluña Cristiana”.

 

CONFESIONARIOS

 

¿Por qué no hay ya confesionarios en muchas iglesias? Creo que son de gran ayuda para facilitar la confesión. He de reconocer que siempre he sido muy vergonzosa y que me cuesta mucho confesar mis pecados. Hace poco fui a una iglesia y pedí al sacerdote si me podía confesar. Me dijo que me sentara en un banco y que allí me confesaría. Yo le dije que no, que deseaba el confesionario pero se ve que no tenían ninguno… ¿Dice algo la Iglesia al respecto? A mi, personalmente no me va eso de confesarme de cara a cara…

 

Hace poco respondía a una consulta sobre la vergüenza, muy natural, de confesar los pecados. Yo creo que todo lo que suponga facilitar la recepción del Sacramento de la Penitencia debe ser considerado una prioridad pastoral. En este sentido se ha pronunciado muchas veces el Papa Francisco, animando a los confesores a hacer de la confesión una experiencia gozosa de liberación y perdón. En esta perspectiva hay que decir que, efectivamente, la cuestión de la sede penitencial no es algo secundario, sino algo mucho más importante de lo que parece a primera vista. Estos días, en la Basílica de Tremp, hemos inaugurado una nueva sede penitencial que facilita la discreción y el anonimato de los fieles. Más de una persona que la ha utilizado me ha comentado que le resulta mucho más fácil la confesión. Me da la impresión que en la renovación de los espacios celebrativos realizada en los últimos decenios no se ha dado la importancia que merece a la sede penitencial o confesionario. Me pregunta usted si la Iglesia dice algo al respecto. Efectivamente. Lo dice de dos modos. Uno, de manera preceptiva y otro a modo de recomendación. El Código de Derecho Canónico establece: El lugar propio para oír confesiones es una iglesia u oratorio…Por lo que se refiere a la sede para oír confesiones, la Conferencia Episcopal dé normas, asegurando en todo caso que existan siempre en lugar patente confesionarios provistos de rejillas entre el penitente y el confesor que puedan utilizar libremente los fieles que así lo deseen”. Y también que “no se deben oír confesiones fuera del confesionario, si no es por justa causa”. A nivel de exhortación dice el Papa Francisco: “Dejen las puertas abiertas de las iglesias, así la gente entra, y dejen una luz encendida en el confesionario para señalar su presencia …". Benedicto XVI hablaba de la necesidad de volver a habitar los confesionarios y decía a los sacerdotes “queridos hermanos, es necesario volver al confesionario, como lugar en el cual celebrar el Sacramento de la Reconciliación, pero también como lugar donde habitar más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y confortación, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la Misericordia Divina…”.Confesionario

Recojo en este breve escrito de título provocativo la respuesta a una consulta sobre la dificultad de expresar verbalmente los pecados en la confesión. Algunos han malinterpretado unas palabras que el Papa dirigió a los misioneros de la misericordia, como si el Pontífice validara que ya no es necesaria la confesión de los pecados mortales  como un requisito ordinario fundamental del sacramento de la Penitencia…

Me bloqueo…

Leí́ su respuesta sobre la necesidad de confesar los pecados en el sacramento de la Penitencia. Lo entiendo y estoy de acuerdo. Pero tengo una grave dificultad. A veces, en la confesión, me bloqueo, me quedo en blanco sin saber qué decir. Nervios, vergüenza… Hay un confesor que me tranquiliza y comprende lo que quiero decir, pero también he encontrado sacerdotes que me dicen que vuelva cuando esté más tranquilo. ¿Qué piensa usted?

Mire, la practica de la confesión requiere de un aprendizaje, tanto para el penitente como para el confesor. Con mucha sabiduría, antiguamente no se daba a todo sacerdote por lo pronto las licencias para confesar.Todos recordamos nuestras primeras confesiones en la infancia, algo nerviosos y azorados y también recordamos con afecto buenos sacerdotes que nos lo ponían fácil y nos animaban. Lo normal es poder verbalizar las dificultades y pecados en un proceso que resulta muy saludable.
Recuerdo un caso de una persona de una timidez tal que casi no podía hablar y me pasaba sus pecados escritos en un papel… Pero reconozco que hay casos en los que se hace verdaderamente imposible por las circunstancias personales del penitente. En estos casos no es que no se quiera confesar los pecados sino que, simplemente, no se puede. Por una psicología específica, por una vergüenza invencible. Pienso que el sacerdote con que se confiesa habitualmente actúa con gran tacto pastoral. En los otros casos que me comenta, lo más probable es que el penitente no vuelva en otra ocasión «más tranquilo» sino que no vuelva nunca. Es verdad que no hay que hacer nunca preguntas impertinentes en la confesión pero también es verdad que existen preguntas pertinentes y prudentes que son de gran ayuda para el penitente. Todos los confesores tenemos experiencia que a menudo son los penitentes que nos piden que les ayudemos a hacer una buena confesión y esto es misericordia.
El papa Francisco, al dirigirse a los misioneros de la misericordia, y, en ellos a todos los confesores, dijo lo siguiente: «Al entrar en el confesionario, recordemos siempre que es Cristo quien acoge, es Cristo quien escucha, es Cristo quien perdona, es Cristo quien da paz. Nosotros somos sus ministros y siempre necesitamos ser perdonados por El primero. Por lo tanto, sea cual sea el pecado que se confiese —o que la persona no se atreve a decir pero con que lo dé a entender es suficiente— cada misionero está llamado a recordar la propia existencia de pecador y a ofrecerse humildemente como “canal” de la misericordia de Dios.»
En el mismo discurso, insistió́: «Recomiendo entender no solo el lenguaje de la palabra, sino también el de los gestos. Si alguien viene a confesarse es porque siente que hay algo que debería quitarse, pero que tal vez no logra decirlo, pero tú comprendes… no se atreve a decirlo, tiene miedo de decirlo y después no puede hacerlo. Pero si no puede hacerlo, nadie está obligado a lo imposible. Y el Señor entiende estas cosas, el lenguaje de los gestos. Vosotros recibís a todos con el lenguaje con el que pueden hablar”.
Evidentemente sería una aberración interpretar las palabras del Papa como una invitación a suprimir la necesidad de confesar los pecados mortales. El Papa sabe muy bien que la potestad de perdonar o retener los pecados no puede ser fruto de una decisión arbitraria. Igualmente el Pontífice contempla la posibilidad que el confesor no pueda (no que no quiera) impartir la absolución y en estos casos hay que animar al penitente con una bendición para seguir luchando hasta obtener de la gracia las disposiciones debidas para su total conversión. El papa Francisco trata muy bien estos temas en su obra “El nombre de Dios es misericordia”, obra que recomiendo vivamente y que, a mi parecer, es la mejor apología de la confesión que he leído en muchos años.

Y cuando nos encontramos con una persona que tiene una dificultad real para expresar bien con el lenguaje verbal su situación hay que decir que se trata de casos excepcionales que la praxis moral siempre ha contemplado de personas que por las razones que sean no son capaces de verbalizar sus pecados. Y, incluso en estos casos siempre hay que hacer lo posible para ayudar la persona a superar los obstáculos que le impiden verbalizar sus pecados siempre que sea posible. Y, por supuesto, como dice el papa, no pedir nunca lo que es imposible.

Finalmente, yo aconsejo no mudar innecesariamente de confesor, pues un confesor habitual sí que comprende con facilidad la situación de sus penitentes sin muchas palabras. Nuestro confesor debería ser como el médico de cabecera habitual. De hecho, en la confesión, estrictamente hablando hay que evitar hablar mucho, tanto por parte del penitente como del confesor. Y facilitar mucho las cosas también con sedes penitenciales (confesionarios) que permitan al máximo el anonimato y la preservación de la intimidad de los penitentes y también… de los confesores. Por desgracia se han abandonado prácticas probadas y prudentes que nos legó la tradición por lo que respecta a la administración de este sacramento que es absolutamente imprescindible para la vida de la Iglesia.

“Me confieso con Dios…”. –No vale.

¿Qué decir a alguien que dice «yo ya me confieso con Dios» y no quiere confesar sus pecados en la confesión sacramental? Me cuesta confesar mis pecados, incluso a veces siento vergüenza. Tal vez sí seria más fácil confesarse directamente con Dios o que la Iglesia suprimiera la obligación de confesar los pecados…

Hay que aceptar la salvación que Dios nos ofrece y de la forma con que Él nos la ofrece.

Lo que me convendría, me gustaría, me apetecería… tiene muy poca importancia cuando es Dios mismo quien nos dice lo que quiere de nosotros. Y el Señor ha establecido ofrecernos su misericordia de manera ordinaria a través de la realidad de la Iglesia y de sus sacramentos.

Voy a responderle con unas palabras textuales del papa Francisco:

«Es la comunidad cristiana el lugar donde se hace presente el Espíritu, quien renueva los corazones en el amor de Dios… He aquí por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humilde y confia- damente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa solo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él… Sí, tú puedes decir: yo me confieso sólo con Dios pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote… También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas que tanto pesan en mi corazón.»

Como ve, en la enseñanza de la Iglesia, la confesión de los pecados graves no solo es necesaria sino que es, además, muy saludable y conveniente. Para una fundamentación más dogmática me remito a una columna que escribí hace años con el título de Ex- homologesis. Y respecto a la vergüenza, también dice el Papa:

«Cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un sinvergüenza… incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona.»

No viviremos a fondo este Año de la Misericordia si no redescubrimos en nuestra propia vida la maravillosa experiencia de recibir la misericordia de Dios en el sacramento de la penitencia. En la bula El rostro de la Misericordia, dice el papa Francisco: «De nuevo ponemos en el centro con total convencimiento el sacramento de la Reconciliación porque nos permite tocar en carne propia la grandeza de la misericordia.»

Por tanto, si pudiéndote confesar no te confiesas, no vale.

Ofrezco hoy a los lectores del blog este pequeño artículo que se publica en la revista Cristiandad de este mes de diciembre, con la esperanza que la Virgen Purísima nos ayude a sacar frutos abundantes del Año Santo.

_____________

Inmaculada Madre y Fuente de la Divina Misericordia

 

Breves reflexiones sobre la Inmaculada Concepción de María y la Misericordia

 

Hace ya varios años fui invitado, en Roma, a un encuentro muy reducido de profesores de teología con el gran teólogo Leo Scheffczyk. El tema que trató con gran maestría no fue otro que el del pecado original, tema teológico denso y complicado. Recuerdo una cita de San Agustín que comentó para nosotros el insigne maestro alemán: “Nada tan oscuro para comprender, nada tan necesario de predicar”. Efectivamente, el pecado original, a pesar de su gran dificultad para ser comprendido, es del todo imprescindible no sólo para la comprensión cabal de la fe católica por lo que respecta a la realización del designio divino de salvación ,sino también para la comprensión misma del ser y del actuar del hombre.

 

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda certeramente que “aunque propio de cada uno, el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado” (CEC, 405). Es la situación de miseria en que se encuentra la naturaleza humana y, como decía bien San Juan de la Cruz, no puede entenderse la misericordia sin hablar de la miseria. El olvido de esta miseria comporta una falta de realismo que es fatal, en el significado más profundo del término, como también enseña la Iglesia: “La doctrina sobre el pecado original, vinculada a la de la Redención de Cristo, proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo. Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres” (CEC, 407). Todo esto es absolutamente imprescindible para comprender que es y que significa la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Y, obviamente, es imprescindible para saber qué significa la misericordia en su sentido más auténtico. Hay que recordar a muchos contemporáneos que “misericordia” viene de “miseria” y “corazón” y que no hay peor falsificación de la misericordia que aquella actitud que minimiza y justifica el pecado por una falsa indulgencia. Pasar por alto una situación de pecado, tranquilizar de manera engañosa al pecador, es la mayor falta de caridad posible. Dios ama profundamente al pecador pero detesta justamente su pecado. Nada más erróneo aquello de “humano es pecar”. Es lo más inhumano. Si no, Cristo y María no serían humanos. Combatamos la confusión que ofusca la mente y desvía la conducta.

 

Estos días he disfrutado mucho leyendo un excelente texto de Leo Scheffczyk recientemente traducido al español y que constituye uno de estos libros fruto de una gran sabiduría y madurez que merece ser leído y preservado de la inexorable criba que ejerce el paso del tiempo. La obra se titula “El mundo de la fe católica. Verdad y forma” y la introducción corre a  cargo, nada más y nada menos, de Benedicto XVI. En esta obra se dedican páginas luminosas a la consideración de la Virgen María en la historia de la salvación.  Cito el siguiente párrafo a propósito del tema sobre el que estamos reflexionando: “La posición de María en la teología y en la religiosidad no puede compararse con la de ningún otro santo o apóstol, ya que ningún santo o apóstol tiene como persona individual una posición o un significado en el orden salvífico. Tal significado es un privilegio  exclusivo de María debido a su relación singular con Cristo y con el misterio de la encarnación redentora a cuya expansión, crecimiento e integración ha contribuido, justo desde el lado humano”. Leo Scheffczyk advierte también con razón que esta consideración de María como privilegiada no debe entenderse en el sentido de una realización arbitraria de Dios, como una excepción singular centrada en si misma, es decir, admirable y maravillosa pero desvinculada del designio universal de salvación de Dios. En una concepción semejante “la figura de María corre el riesgo del aislamiento y de constituirse únicamente como objeto de la admiración humana”. Olvidaríamos entonces algo esencial: que Dios nos eligió en Cristo para que fuéramos santos, inmaculados en su presencia.

 

María es concebida sin pecado original, para que nosotros fuéramos arrancados de la miseria del pecado y alcanzáramos la santidad que es nuestra verdadera vocación y destino. La consideración de María en el conjunto y propósito de la historia de la salvación, según   Scheffczyk,  “nos hace comprensible cómo su ser pleno de gracia, su radical libertad respecto al pecado (“inmaculada concepción”)… no representan adornos arbitrarios, sino que corresponden a esa tarea que debía cumplir como mediadora en el evento redentor de Cristo”. La inmaculada Concepción está en función de la dispensación de la misericordia de Dios que no abandona el hombre bajo el dominio del demonio, del pecado y de la muerte y que quiere reconducirlo a su designio original. María, en definitiva, por su inmaculada Concepción, se convierte así en Madre y fuente de la Misericordia. Pablo VI lo dijo bellamente en la exhortación apostólica Marialis Cultus: “El Padre la amó para sí, la amó para nosotros”. María es la única persona humana objeto del amor de Dios en su expresión más primigenia. En Ella el Mal nunca halló nada suyo. Podríamos decir que Ella fue perfectamente amada y nunca “misericordeada”, utilizando un neologismo muy querido por el Papa Francisco. Expliquémoslo algo más.

 

San Juan Pablo II, en su célebre y digna de ser releída encíclica “Dives in misericordia” explica muy bien la diferencia entre “amor” y “misericordia”. Antes del pecado original,  la benevolencia de Dios hacia el hombre es sólo “amor”. No puede haber misericordia porque todavía no hay miseria y no olvidemos que la miseria mayor y fuente de todas las demás es el pecado. Cuando el hombre peca, pierde la gracia divina, se encuentra en una situación de extrema miseria, pero Dios le sigue amando, a pesar de su pecado e infidelidad. En el famoso fragmento de Gn 3, 15, el llamado proto-evangelio o primer anuncio de la salvación, y donde la Iglesia siempre ha reconocido la figura de la Virgen Inmaculada en la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente, podemos decir que se inaugura el tiempo de la Divina Misericordia, tiempo que perdurará hasta la consumación de los siglos. En la comunidad celeste y definitiva de los bienaventurados ya no habrá misericordia, sino sólo amor puro pues ya nos habrá miseria.

 

La Virgen Inmaculada aparece así asociada a la irrupción definitiva en el mundo de la Divina Misericordia y a la dispensación de la misma a lo largo de todo el tiempo de la Iglesia. María es Madre Inmaculada de la Divina Misericordia pues Cristo sólo podía ser recibido en el mundo por alguien limpio de todo pecado y María Inmaculada  es fuente de la Divina Misericordia porque la dispensación de la gracia que regenera del pecado esta mediada por la Iglesia cuya personificación y realización más perfecta es María en persona.

 

Un año santo extraordinario de la Misericordia, por lo que hemos visto, sólo puede vivirse desde una perspectiva mariana. Eso sí, María siempre unida a Cristo y operante por la fuerza del Espíritu Santo por designio del Padre. Es significativo el famoso sueño que tuvo Don Bosco sobre el combate arduo de la Iglesia y donde la victoria se sustenta en dos poderosas columnas indisolublemente  unidas: La Eucaristía y la Inmaculada, es decir, Cristo y María, que en palabras de Pablo VI en el famoso “Credo del Pueblo de Dios”, “están unidos de manera indisoluble por designio de Dios en los misterios de la Encarnación y de la Redención”. Y yo explicitaría: de la redención objetiva de todo el género humano y de la redención subjetiva de toda persona que acepta ser salvada.

 

Que la Virgen Inmaculada nos ayude a vivir este año santo extraordinario haciéndonos acoger la Misericordia de Dios en nuestras vidas y convirtiéndonos en apóstoles de esta Misericordia que el mundo necesita más que el aire que respiramos. Una vivencia auténtica y, por tanto, mariana del evento del año santo de la Misericordia nos debe conducir inexorablemente a la permanente conversión de vida hacia la santidad recuperando la normalidad en la recepción válida del sacramento de la Penitencia y en la recepción fructuosa de la Sagrada Comunión. Todo lo demás se nos dará por añadidura.

 

Dr. Juan Antonio Mateo García, Pbro.

Sociedad Mariológica Española

 

 

Leyendo el blog de mi colega Jorge González, recuero algo que escribi hace años a propósito del tema…

COMUNIÓN DE NIÑOS

Por motivos familiares, asistí hace poco a una tanda de primeras comuniones. Hacía años que no iba. Me sorprendió ver a los niños tan creciditos. Muchas niñas ya empezaban a transformarse en mujercitas y no digamos con la parafernalia del vestidito de novia que les ponen… En mi tiempo yo recuerdo que hacíamos la Primera Comunión más pequeños e inocentes. No sé si ando equivocado pero creo que sería mucho mejor que los niños recibieran antes a Jesús Eucaristía pues les haría mucho bien. Además serían más inocentes y angelicales. ¿Voy desencaminado?

No hace mucho leí un artículo sumamente interesante del Cardenal Castrillón, entonces Prefecto de la Congregación de Clérigos, sobre este tema. El defendía claramente la posición que usted apunta. Los niños deben recibir cuanto antes la Sagrada Comunión, decía el purpurado. Evidentemente, con una debida y apropiada preparación y que no esté subordinada a un aberrante racionalismo teológico que ha viciado tantas experiencias pastorales. Hoy los niños suelen recibir la Primera Comunión a finales de cuarto curso de primaria, cuando ya han cumplido los diez años, y, muchos, incluso la reciben más tarde. Después de varios años de constatar la actual praxis me atrevo a decir que no veo grandes frutos pastorales en la misma. La mayoría de estos niños provienen de familias que apenas practican y su perseverancia después de la Primera Comunión es casi nula. Tal vez si más pequeños, tiernos e inocentes, cuando su espíritu está más predispuesto, se les iniciara en la piedad y en una temprana formación religiosa, obtendríamos mejores frutos. Recuerdo de santos como Domingo Savio que explican con emoción su Primera Comunión en edad bien temprana. Cuanto antes se acerquen los niños al Señor, mucho mejor, y especialmente en los tiempos que nos toca a vivir. Il n’y a plus d’enfants, decía un poeta. En las Iglesias de Oriente es costumbre dar la Primera Comunión en el mismo momento del Bautismo, sin que ello obste a una Celebración  solemne de Comunión en el momento oportuno. Realmente creo que no anda usted nada desencaminado al proponer la recepción de la Eucaristía en edades bien tempranas. Estoy seguro que todo esto bien organizado daría grandes frutos de santidad en la Iglesia, cosa que nos conviene enormemente.

Post scriptum: Años después me reafirmo en esta cuestión. Personalmente, optaría por confirmar al finalizar segundo de primaria y dar la Comunión al finalizar tercero de rpimaria. Y, además, por supuesto, mucha catequesis a los padres que la necesiten…

Recibía hace poco una curiosa pregunta para la sección de mi Consultori en el semanario Cataluña Cristiana. Me preguntaban por los fieles ya no hallan habitualmente  agua bendita en los templos y sobre la posibilidad de que el sacerdote bendijera augua para que los fieles pudiesen llevársela a casa incluso para beberla. Considero que es una pregunta oportuna y actual. Más aún, en las circunstancias que nos toca vivir conviene, entre otras cosas, usar mucha agua bendita… Esta fue mi respuesta a la pregunta:

“Como a usted, a mi también me gusta, cuando entro en un templo, encontrar las pilas de agua bendita, bien limpia y dispuesta para el uso de los fieles. Es hermoso y significativo hacer con ella el señal de la Cruz, rememorando nuestro bautismo y recibiendo de Dios, por esta humilde creatura que es el agua, tantos beneficios. Cuando hago el señal de la Cruz con el agua bendita me gusta decir: Que esta agua bendita, me sea salud y vida.

Santa Teresa de Jesús decía que de nada huye tanto el demonio como del agua bendita. Podría parecer una expresión exagerada, pero si leemos con atención el ritual de la bendición del agua, entenderemos perfectamente la expresión y el aprecio que tenía la Santa por el agua bendita. El agua evoca limpieza, pureza, claridad, vida. Es la materia del gran sacramento del Bautismo.

No dude en pedir a su párroco que la tenga siempre a disposición de los fieles en la iglesia y, si fuera necesario, ayuden a su digno mantenimiento limpiando periódicamente las pilas y renovando el agua. No olvidemos que usada con fe y devoción sirve para obtener el perdón de los pecados veniales. En mi parroquia, por semana santa, hacemos una solemne bendición del agua y los fieles la llevan a casa para bendecirla y para su uso devocional. Sin duda que usted puede solicitar a su párroco o a cualquier sacerdote que le bendiga agua para tenerla en casa. Puede usarla para bendecir las estancias, para sus oraciones y también para beberla, implorando a Dios la salud del alma y del cuerpo.

Hace unos días pude realizar un viaje por tierras de Rusia y constaté el gran  aprecio que tienen los fieles ortodoxos por el agua bendita. Me llamó la atención ver en las iglesias, al entrar, unos enormes depósitos de más de quinientos litros con agua bendita. Los fieles venían con garrafas, las llenaban y se las llevaban a casa. Un monje me explicó que el uso del agua bendita es muy popular y que los fieles la utilizaban mucho y, por supuesto, la bebían. También que dedicaban solemnes ceremonias para la bendición, especialmente por Epifanía. Me pareció una forma muy original de llevar la bendición de Dios a cada familia y santificar tantos ámbitos de la vida ordinaria. No iría mal que, en este punto, los católicos aprendiéramos un poco de nuestros hermanos ortodoxos".

Desayuno hoy con horror y me lleno de “santa ira” (en el sentido que lo explica Santo Tomás de Aquino) leyendo en la portada del periódico una brutal noticia titulada “Los yihadistas decapitan a otro norteamericano” y en subtítulo dice “El Estado Islámico desafía a Obama con el asesinato de otro periodista…”. La noticia con su correspondiente foto: La víctima arrodillada como un cordero y el verdugo, engendro de los infiernos, con su antifaz y blandiendo el cuchillo. Y el mundo “civilizado” mirando hacia otra parte….


“Estado islámico”. A todos los musulmanes honestos que hay en el mundo deberían revolvérseles las tripas al oír semejante blasfemia. Es necesario que los musulmanes hagan oír este clamor ante el mundo, muy necesario. La verdadera naturaleza de este “estado” es satánica en su más pura esencia. Tanto horror, maldad y sadismo sólo pueden proceder del que Cristo llamó “homicida desde el principio”. No me cabe la menor duda que estos yihadistas son auténticos adoradores de Satanás que siempre exige la sangre de los inocentes. Con sus hechos lo acreditan. Me sorporende que aún haya gente que dude de la existencia del Maligno viendo lo que estamos viendo…


Hay que pararles los pies con los medios proporcionados. El Papa ha dicho que “es lícito detener al agresor injusto”. No sólo es lícito: es necesario y urgente. Evidentemente el Papa no precisa el “cómo” y ha apelado a esta eficientísima organización que es “Naciones Unidas” para que se ponga en marcha. Esperemos a que lo haga antes que la fiera los haya devorado a todos…


En estos días respondí a una pregunta que me llegó a mi consultorio sobre el tema. La ofrezco a los lectores del blog por si es de interés:


ARMAS Y GUERRAS


Lo que está sucediendo en Irak clama al cielo. El Papa ha dicho que “es lícito detener al agresor injusto”. Pero ¿es posible sin armas ni guerras? Un sacerdote amigo me dice que la guerra nunca es lícita ni la fabricación y comercio de armas y que los conflictos deben resolverse con diálogo. ¿Qué piensa usted?


Empezaré dándole mi opinión. Hay personas con muy buena fe y poco sentido de la realidad y ciertas propuestas me parecen de “Alicia en el país de las maravillas”. Claro está que si se puede solucionar con diálogo hay que hacerlo siempre pero también está claro que intentar dialogar con según quien es como hablar a la pared. El caso que usted concreta exige una acción inmediata para “para al agresor” y los medios deben ser proporcionados a la naturaleza y acción de dicho agresor. Lo que escandaliza es la pasividad de las cancillerías del mundo ante tanto terror y salvajismo. Por lo que respecta al tema de producción y comercio de armas le diré que es complejo. El Pontificio Consejo Iustitia et Pax afirmaba al respecto: “Ninguna transferencia de armas es moralmente indiferente. Al contrario, pone en juego toda una serie de intereses políticos, estratégicos y económicos a veces convergentes, a veces divergentes, que entrañan cada vez consecuencias morales específicas. La licitud de la transferencia –sea por venta, compra, o por cualquier otro medio– no se puede apreciar si no se toman en consideración todos los factores que la condicionan". En una humanidad herida por el pecado y con el peligro de que aparezcan constantemente “agresores injustos”, las armas son necesarias pero igual de necesario es extremar la vigilancia para que su uso sea justo, cosa que, desgraciadamente, no acontece a menudo. El mismo documento ofrece unos principios muy a tener en cuenta: 1. No a la guerra: la guerra no es solución de los problemas políticos, económicos o sociales.
2. El derecho a la legítima defensa, sin limitarse a asegurarla cada Estado en su territorio, sino en todo el mundo.
3. El deber de ayudar al inocente. No existe el derecho a la indiferencia ante un injusto agresor, una vez agotadas todas las negociaciones diplomáticas, cuando existe el riesgo de que sucumba una población.
4. El principio de suficiencia. A este principio se opone la acumulación excesiva de armas o su transferencia indiscriminada.



Según estos principios en el caso que nos ocupa se trataría de detener una guerra injusta promovida por un grupo de auténticos criminales. Defender a los inocentes que sufren este terror no sólo es un derecho sino un deber.


Concretando más podríamos decir que, del mismo modo que, por ejemplo, un policía tiene el deber de detener un agresor injusto usando los medios adecuados y, sólo procurando la muerte del agresor cuando no queda otro recurso, también en el caso de un grupo considerable de agresores injustos (como es el caso del “estado satánico”) hay que proceder de modo semejante. Proteger los inocentes y detener a los agresores según estos principios.


A.M.D.G.

En agradecimiento a tantos buenos jesuitas

Dios quiso suscitar en la Iglesia a San Ignacio de Loyola para propagar más y más la gloria de su Nombre. Para Ignacio y una multitud innumerable de jesuitas la divisa ha sido siempre Ad maiorem Dei gloriam. Hoy, memoria de San Ignacio de Loyola, quiero testimoniar mi sincera gratitud a tantos excelentes jesuitas que Dios ha puesto en el camino de mi vida. Hombres de Dios, servidores incondicionales de la Iglesia y el Papa. Quiero evocar la tarea de aquellos excelentes maestros que conocí en Sant Cugat del Vallés y más tarde en Roma: filósofos egregios como los PP. Colomer, Roig Gironella, Pegueroles… Teólogos sabios y santos como el P, Alfaro, Latourelle, Orbe, Solá, Cuyás, O,Callagan… Y muy especialmente mi gran maestro el P. Jean Galot que durante décadas enseñó buena y sana teología en la Gregoriana. Recuerdo que a veces acudía a la habitación-despacho de estos varones santos y sabios y quedaba edificado por su pobreza y sencillez. Montañas de libros, un pobre camastro, una sencilla mesa y, como no, un incómodo reclinatorio, pues aquellos religiosos sí que hacían “teología de rodillas". Se pasaban la vida estudiando, enseñando, dirigiendo almas y todo para mayor gloria de Dios. Nunca en estos jesuitas encontré la menor crítica a las enseñanzas de la Iglesia y especialmente del Papa. Es verdad que también me encontré con otros jesuitas muy diferentes y de los cuales me dijo en una ocasión un ilustre hijo de San Ignacio decano de una facultad de la Gregoriana: no representan en absoluto la Compañía de Jesús… Estos venerables padres jesuitas que hoy evoco con respeto y gratitud sufrieron lo indecible viendo la trayectoria de la Compañía en los años más oscuros del posconcilio. Recuerdo que en una ocasión y en el transcurso de una comida, le pregunté al P. Galot como veía la situación de su orden. Recuerdo su tristeza en el rostro cuando me dijo que gran parte de la Compañía poco tenía que ver con la que le acogió hacía ya más de cincuenta años. Yo le dije: estoy convencido que la Compañía de Jesús resurgirá de la crisis. Algunos dicen que no. Recuerdo que Don Bosco, en sus proféticos sueños, vio una gran crisis en los salesianos pero también vio su resurgimiento. Yo sigo teniendo el convencimiento que Dios no dejara que se hunda aquella formidable empresa que Ignacio puso en marcha para mayor gloria de Dios y que tantos frutos de santidad, apostolado y ciencia ha dado en la iglesia a lo largo de los siglos. Eso sí, el resurgimiento de la Compañía sólo se podrá realizar retornando fielmente al carisma fundacional de San Ignacio y a la obediencia perfecta a la Iglesia y al Romano Pontífice. Tal vez, el momento presente, con un hijo de San Ignacio como sucesor de Pedro, sea un verdadero “kairós” (tiempo de gracia, propicio y oportuno) para la Compañía y para toda la Iglesia.


En mi sección del Consultorio en Cataluña Cristiana recibo muchas consultas sobre temas litúrgicos y concretamente sobre cosas “raras” que pasan en algunos funerales. Hoy presento a los lectores de mi blog unade las últimas consultas con su respuesta sobre este tema. Tal vez sea de interés para muchos…


FUNERALES


Hace poco tiempo he pasado por la pena de asistir a un funeral de una prima mía, muy joven. Algunas cosas de la celebración me sorprendieron mucho, concretamente, dos: El sacerdote empezó su sermón diciendo “N. no sé donde estarás en este momento”. Me pareció de mal gusto. En segundo lugar, a la hora de comulgar, nos invitó a acercarnos a todos, diciendo que era un banquete y que todos estábamos invitados. Sé que algún participante en el funeral no estaba bautizado y a uno que yo conocía, cuando se disponía a ir a comulgar yo le dije que no podía ir. Se molestó y me dijo que a ver si yo sabía más que el cura. Al final no fue pero todo me resultó muy desagradable…


Resumo su larga carta-consulta. Si todo lo que me dice corresponde a la realidad yo también comparto su irritación y lamento la falta de competencia y de responsabilidad del sacerdote. Respecto a todo esto que comenta yo creo que lo primero que debe hacer usted es enterarse de quien fue el oficiante y hacerle una visita, comentándole todo esto que me dice. Este es el primer paso de una corrección fraterna. Luego, según vaya la entrevista, escriba al Obispo, pues él es el primer responsable de la liturgia de la Diócesis. Respecto a que el celebrante afirmo no saber dónde estaba la difunta, si bien es muy inapropiado, al menos es honesto y no hizo una canonización declarando que ya estaba en el cielo. Efectivamente no sabemos, pero confiamos en la salvación y en la misericordia de Dios y por esto rezamos y ofrecemos sufragios por los difuntos. Si yo supiera que un difunto ya está en el cielo no rezaría por él puesto que no lo necesita y, del mismo modo, si supera con certeza que esta condenado tampoco podría rezar por él. En cuanto a lo de la comunión me parece muy grave e imprudente. Personalmente yo procedo de modo muy diferente. Como sé que a los funerales viene mucho público que no es practicante y algunos, como usted dice, ni siquiera forman parte de la Iglesia, les invito a sentarse en el momento de la comunión. Así sólo vienen a comulgar los que habitualmente lo hacen. El caso particular que usted menciona pone en evidencia el erróneo modo de proceder del sacerdote oficiante. El debería saber muy bien que sólo deben acercarse a la comunión los bautizados y que se encuentren en las debidas disposiciones. Por ejemplo, nadie debe comulgar en estado de pecado grave sin haberse acercado previamente a la confesión. Son cosas muy obvias que todos deberían conocer. Usted hizo muy bien al decirle que no debía comulgar.


Agencia Catolica

Forma de Contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Con tecnología de Blogger.
Javascript DesactivadoPor favor, active Javascript para ver todos los Widgets