Artículos por "Temas de historia de la Iglesia"
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EL PAPA DE LA PAZ (I)


RODOLFO VARGAS RUBIO


El 3 de septiembre de 1914, hizo ayer cien años, en el cuarto día del cónclave reunido en la Capilla Sixtina después de la muerte de san Pío X, era elegido el cardenal-arzobispo de Bolonia, marqués Giacomo della Chiesa para suceder al pontífice que había ofrecido su vida a Dios para evitar que estallara el que él llamó “il Guerrone”. La conflagración –que iba a dar la razón al papa Sarto en lo colosal de sus dimensiones y crueldades, mereciendo el apelativo de Gran Guerra– había comenzado el 28 de julio precedente e iba a ser el terrible compás del pontificado que ahora comenzaba durante sus cuatro primeros años.


El cardenal della Chiesa emergía sorpresivamente papa tras diez escrutinios. Sus posibilidades no eran muchas cuando entraron en la Sixtina los cincuenta y siete electores (de un sacro colegio de sesenta y cinco): en efecto, era criatura del cardenal Rampolla del Tindaro, bête noire de los zelanti; su cardenalato era de recentísima data (lo había creado san Pío X prácticamente in extremis en su último consistorio, tenido el 25 de mayo de aquel año), y, lo más importante, no era el candidato del poderoso partido piano (liderado por el cardenal español Rafael Merry del Val, que había sido el secretario de Estado de san Pío X), el cual quería a toda costa un nuevo papa antimodernista. El cardenal Giacomo della Chiesa fue elegido como vía media entre el cardenal benedictino Domencio Serafini, asesor del Santo Oficio (antimodernista y candidato de los zelanti) y el cardenal Pietro Maffi, arzobispo de Pisa y muy cercano a la Casa de Saboya (liberal y candidato de los politicanti). Lo fue después de ser descartado otro hombre de su mismo talante: el cardenal Antonio Agliardi, obispo suburbicario de Albano, el cual tenía casi ochenta y dos años, lo que prometía un pontificado fugaz, lo que menos necesitaba la Iglesia (en efecto, Agliardi murió seis meses y medio más tarde).


Como el arzobispo de Bolonia había sido elegido con la diferencia de un voto, Merry del Val exigió que se revisaran las papeletas para ver que este voto decisivo no se lo hubiera dado aquél a sí mismo (a la sazón, la constitución apostólica Vacante Sede Apostolica promulgada en 1904 por san Pío X establecía una mayoría de dos tercios de los votos de los cardenales electores para ser investido papa, pero para ser válida esta mayoría no podía estar en ella incluido el voto del elegido). El resultado de este examen fue la confirmación de la probidad y la validez de la elección del cardenal della Chiesa, quien reaccionó con una cita del salmo CXVII: “Lapis quem reprobaverunt aedificantes factus est in caput anguli” (La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular). El otrora poderoso secretario de Estado repuso con el versículo siguiente: “A Domino factum est istud et hoc mirabile in oculis nostris” (Esto es obra del Señor, de lo cual se maravillan nuestros ojos).


A la pregunta ritual que le dirigió el cardenal decano Serafino Vannutelli sobre el nombre que quería adoptar como Vicario de Cristo, respondió “Benedicto”. Lo hizo movido por el ejemplo del gran Benedicto XIV (Prospero Lambertini), que había sido su predecesor en la archidiócesis de Bolonia en el siglo XVIII (y había sido, como él, un excelente canonista y un hombre de gran cultura). Se sabe que, durante las congregaciones previas al cónclave, un miembro de la Curia se dirigió a él saludándolo como lo fue el papa Lambertini en su momento, en alusión a su nombre de pila, con las palabras del salmo XLIV: “Prospere procede et regna” (“Avanza próspero y reina”). A lo que el cardenal della Chiesa, conocedor del anecdotario papal, respondió: “Sí, pero mi nombre no es Prospero, sino Giacomo”.



Cuando fue cuestión de revestirse con sus nuevos indumentos blancos, a Benedicto XV, que era tan menudo que lo llamaban “il Piccoletto” (el pequeñito), hasta la sotana de talla más reducida (de las tres preparadas en la sacristía de la Sixtina) le venía grande, de modo que hubo que ajustársela mediante alfileres e imperdibles. Después de la primera adoratio de los cardenales, fue anunciada al mundo la elección de Benedicto XV por el cardenal protodiácono Francesco Salesio della Volpe. El nuevo papa dio su primera bendición urbi et orbi siguiendo el ejemplo de sus dos predecesores en el sacro solio, es decir, desde la logia o balcón interior de la basílica de San Pedro y no desde la de la fachada exterior como protesta por la ocupación de los Estados Pontificios por la Casa de Saboya, situación que duraba desde 1870 y que se conocía como la Cuestión Romana. Seguidamente, se instaló definitivamente en su apartamento del cónclave situado en el tercer piso del Palacio Apostólico, modestamente amueblado, renunciando a ocupar el de san Pío X, “el dormitorio más sano y mejor de toda Roma” (según el profesor Ettore Marchiafava, arquíatra pontificio), que fue convertido en capilla en homenaje a la memoria del Papa Sarto.


Entre las primeras providencias del flamante pontífice, la más importante fue el nombramiento de un nuevo secretario de Estado –pues Merry del Val no fue confirmado en este altísimo y decisivo cargo– en la persona del cardenal Domenico Ferrata, secretario de la Suprema Congregación del Santo Oficio desde hacía poco menos de siete meses, el cual también había sufrido cierta postergación por su cercanía al cardenal Rampolla. Si éste hubiera vivido todavía (se había ido de este mundo en diciembre de 1913) hubiera comprobado las vueltas que da la vida. Otra decisión de Benedicto XV fue la que su coronación se llevara a cabo en la Capilla Sixtina y no en San Pedro. No cojearpocos pensaron en que ello era un nuevo recordatorio de la Cuestión Romana, pero el propio papa se encargó de explicar que simplemente quería una ceremonia con el menor protocolo y fasto posible (lo que no hubiera sido posible en el marco imponente de la basílica vaticana), en consideración al luto provocado por la guerra. El 6 de septiembre, bajo los frescos de Miguel Ángel, recibió la triple tiara de manos del cardenal protodiácono della Volpe.


Giacomo Paolo Giovanni Battista della Chiesa había nacido prematuramente en el palacio solariego familiar en Pegli, cerca de Génova (entonces parte del reino sardo-piamontés), el 21 de noviembre de 1854. Otras fuentes indican como casa natal el palacio situado en la Salita Santa Caterina del centro de Génova. Era el tercero de los cuatro hijos nacidos vivos del marqués Giuseppe della Chiesa (del patriciado genovés), presidente y oficial de la marina del reino de Saboya, y de su esposa Giovanna Filippa Vittoria Maria de los marqueses Migliorati (cuya familia, perteneciente a la nobleza napolitana) ya había dado a la Iglesia un papa en la persona de Inocencio VII en pleno cisma de Occidente). Su estado de gran fragilidad al nacer decidió al médico que atendió el parto de su madre a bautizarlo de urgencia. Al día siguiente, el 22 de noviembre del mismo año, el padre Cardinali completó las ceremonias del sacramento en la iglesia (hoy basílica) de Santa Maria delle Vigne de Génova. A su nacimiento prematuro se atribuyó más tarde la pequeña estatura, la debilidad física y una ligera cojera que hicieron que su primera educación la recibiese en casa y no le permitieron practicar deporte. Una grave enfermedad sufrida a los tres años le dejó como secuela permanente, además, la miopía,


Sus otros hermanos fueron: Giulia, la primogénita (nacida en 1850), a la que el futuro Benedicto XV guardaría siempre un afecto muy especial; Giovanni Antonio (nacido en 1853), que sería almirante de la flota del reino de Italia, y Giulio (nacido en 1864), el cual acompañaría a su hermano Giacomo a Bolonia durante su pontificado en la sede de san Petronio. El ambiente familiar era cálido y animado por la madre, a la que Giacomo siempre estuvo especialmente apegado. Parece ser que el padre, de espartanas costumbres y de estricta observancia religiosa, se mostraba más bien serio y distante. Aunque socialmente bien considerados los della Chiesa vivían modestamente. Ya papa, Benedicto XV declararía con inmensa gratitud que si no hubiera sido por los desvelos y sacrificios de sus padres no habría podido ni estudiar.


La niñez y la adolescencia de Giacomo della Chiesa transcurrieron bajo el pontificado del beato Pío IX y el reinado de Víctor Manuel II de Saboya. Las relaciones entre ambos eran muy tensas desde el viraje anticlerical del gobierno sardo presidido por el conde Camillo Benso de Cavour, viraje que culminó con la ley votada el 29 de mayo por el Parlamento de Turín, por la cual se suprimieron las órdenes religiosas, apoderándose el Estado de todos sus bienes. Por otra parte, Cavour decidió anexionar el Estado de la Iglesia a su proyectado reino de Italia, lo cual se fue verificando desde 1860. En marzo de este año los ejércitos saboyanos invadieron la Legación de la Romaña (Ferrara, Bologna, Imola, Faenza, Forlì, Cesena, Rímini y Rávena), la cual quedó incorporada mediante un supuesto plebiscito al reino de Cerdeña ante el rechazo de Pío IX a ceder voluntariamente dicho territorio. En diciembre fue el turno de las Marcas (Ancona, Pesaro, Urbino y Camerino), de modo que el poder temporal del Papado quedó reducido al Lazio. En 1861, quedaba constituido el reino de Italia con capital en Florencia (el gran ducado de Toscana había sido igualmente anexionado al reino de Cerdeña en marzo de 1860).


Pero el Risorgimento ambicionaba apoderarse de Roma y hacer de ella su centro político y administrativo, con toda la carga simbólica e histórica que ello significaba. Sólo la protección de Francia sobre el menguado Estado de la Iglesia lo impedía, pero una década más tarde el estallido de la guerra franco-prusiana obligó a Napoléon III a retirar sus guarniciones, quedando la Roma papal a merced de sus enemigos. Como se sabe, el expolio del último reducto del poder temporal del Papa se consumó con entrada de los garibaldinos por la brecha de la Puerta Pía el 20 de septiembre de 1870. Pío IX se retiró de su palacio del Quirinal al Vaticano, declarándose “prisionero” y excomulgando al rey Víctor Manuel II. Quedaba abierta la cuestión romana. El nuevo gobierno (plagado de liberales y anticlericales), en un intento de apaciguar a la Iglesia (aún poderosa en un país en su inmensa mayoría católico), sancionó la llamada “Ley de Garantías” (1871). El Papa respondió con el non expedit, prohibiendo a los católicos participar en cualquier manera en la política italiana.


En el aspecto religioso, Giacomo della Chiesa vivió en plena efervescencia del enfrentamiento de la Iglesia con el liberalismo, triunfante en las revoluciones de 1789, 1830 y 1848. Los pontificados de Gregorio XVI y el beato Pío IX se vieron marcados por esta lucha. Las encíclicas Mirari vos (1832) del primero y Quanta cura (1864) del segundo (que publicó junto a ella el célebre Syllabus) condenando los errores modernos son los documentos más significativos de esta época. Al mismo tiempo, surgía el catolicismo social como respuesta desde la óptica de la fe a los grandes problemas planteados por el desarrollo del capitalismo y la revolución industrial. Sus dos primeros representantes fueron: en Francia el laico Frédéric Ozanam, fundador en 1833 de las Conferencias de San Vicente de Paúl (con la ayuda del dominico Henri de Lacordaire); en Alemania, el sacerdote alemán Wilhelm Emmanuel Freiherr von Ketteler, que, durante el primer Katholikentag celebrado en Maguncia (de donde sería obispo) en 1848, improvisó un discurso memorable sobre las cuestiones sociales. Nuevas personalidades dieron más tarde impulso al movimiento, tales como: Albert de Mun, René de la Tour du Pin y Maurice Maignent. Del catolicismo social nacería la Democracia Cristiana.


También en la segunda mitad del siglo XIX experimentó un gran incremento la actividad misionera de la Iglesia, como fruto de la reorganización de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide por el papa Gregorio XVI (que había sido su prefecto). Desde la reforma de Pío VII la Santa Sede había ido asumiendo la dirección de la actividad misionera en todo el mundo, que iba dando sus frutos en la India, Corea, la China y el Japón, así como en Oceanía. En el campo de la unidad de los cristianos se verificó un cierto avance cuando el beato Pío IX invitó a los jerarcas de las iglesias disidentes a asistir como observadores al Concilio Vaticano I (XX de los ecuménicos). Desgraciadamente esta mano tendida fue rechazada. El mismo concilio fue un acontecimiento extraordinario, que quedaría hondamente grabado en la memoria del joven Giacomo della Chiesa, que tenía quince años cuando comenzó. Paradójicamente, al mismo tiempo en el que el poder temporal del romano Pontífice era contestado y atacado, su autoridad espiritual alcanzaba altísimas cotas con la definición dogmática de la infalibilidad y la jurisdicción universal pontificias por la constitución conciliar Pastor Æternus en 1870, justo antes de que la toma de Roma por los garibaldinos obligara al Papa Mastai a suspender el concilio sine die. Ya en 1854, la definición dogmática de la Inmaculada Concepción había puesto en evidencia la convicción mayoritaria del mundo católico sobre el poder de las llaves. Ésta es la época durante la cual el futuro Benedicto XV inició el itinerario que le llevaría al sacro solio.




HACE 75 AÑOS: EL ANGUSTIOSO GRITO DE PÍO XII POR LA PAZ


RODOLFO VARGAS RUBIO


Hace exactamente setenta y cinco años la Humanidad se hallaba al borde del inminente desastre de la guerra y hoy hace setenta años también se alzaba la voz del Vicario de Cristo para intentar conjurar el peligro, apelando a los grandes de este mundo, en cuyas manos estaba el destino de millones de vidas humanas. Pío XII había sido testigo del sufrimiento de su predecesor san Pío X al ver cernirse el fantasma bélico sobre la Europa de 1914, sufrimiento que le llevó a la tumba. También había colaborado con Benedicto XV en sus incansables esfuerzos –maliciosamente tergiversados por las potencias– para detener la maquinaria de muerte y de destrucción ya desencadenada, lo que él llamó con palabras elocuentes e inequívocas l’inutile strage (“la inútil carnicería”). Ante los oídos sordos que si hicieron a sus admoniciones, al menos intentó paliar los indecibles sufrimientos de las víctimas y en esto también le fue de valiosa ayuda el entonces nuncio Pacelli. Éste no pudo por menos de dolerse más tarde con el papa Della Chiesa no sólo de que se hiciese oídos sordos a sus palabras, sino que se excluyera a la Santa Sede de las negociaciones de paz en Versalles, donde, haciendo caso omiso de los consejos de moderación de Roma, se sembraron, en cambio, las semillas de discordia, cuyos amargos frutos estaban a punto de cosecharse en el verano salvaje de 1939. Sí, Pío XII sabía por experiencia que Europa y el mundo entero se hallaban sobre un polvorín presto a estallar si no prevalecía una última luz de razón. Queremos enmarcar el llamado que hizo el Papa aquel 24 de agosto de hace setenta años en su contexto histórico, para lo cual nos servimos de los datos proporcionados por el R.P. Pierre Blet, S.I., en su libro Pie XII et la Seconde Guerre Mondiale d’après les Archives du Vatican (Perrin, 1997).


Eugenio Pacelli había sido elegido el 2 de marzo en medio de una situación internacional muy enrarecida. El año anterior había debutado con la anexión a Austria a la Gran Alemania (el Anschlüss), pero Hitler no se había detenido en su política expansionista y ambicionaba los Sudetes (región de la entonces Checoeslovaquia con mayoría de población alemana) y el corredor de Danzig para poner en contacto la Prusia Oriental con el resto de Alemania, separados por Polonia. El canciller empleó la táctica de gritar alto en tono amenazante para lograr sus propósitos. Neville Chamberlain, primer ministro de la Gran Bretaña, partidario de la política de apaciguamiento, propició la Conferencia de Múnich, en la que los jefes de los gobiernos británico, francés, italiano y alemán aceptaron la anexión de los Sudetes a cambio de las garantías de Hitler de mantener el equilibrio europeo absteniéndose de ulteriores reclamaciones. Pero ya se sabe lo que pensaba éste de los pactos y compromisos. Así, el 15 de marzo de 1939, tres días después de la coronación de Pío XII, Alemania invadía Checoeslovaquia ocupando Bohemia y Moravia y sometiéndolas bajo régimen de Protectorado y creando con Eslovaquia un Estado títere. Esta violación de los Acuerdos de Múnich hizo cambiar la política británica y Chamberlain declaró que su país intervendría en caso de “cualquier acción que pusiera en peligro la independencia de Polonia”.


Efectivamente, la presa ambicionada por el Reich era ahora su molesto vecino del Este, al que le oponía su reivindicación de Danzig, ciudad libre bajo control polaco, con población alemana. Pero las potencias occidentales no estaban dispuestas a que se repitiera el caso de Checoeslovaquia. Italia, por su parte, que no quería ser menos que Alemania, se apoderó de Albania el Viernes Santo (7 de abril), entregando Mussolini al rey Víctor Manuel III la corona del depuesto Zog I (como había hecho en 1936, haciéndolo emperador de Etiopía). Este hecho no ayudaba ciertamente a la distensión. El presidente Roosevelt creyó su deber intervenir en la situación europea, enviando un mensaje a Hitler y Mussolini el 14 de abril. Había pedido al Papa que apoyase su iniciativa, pero Pío XII le hizo responder que, aunque seguía de cerca sus esfuerzos, la Santa Sede no se hacía ilusiones y no podía actuar ante Hitler en el sentido deseado. Los temores de aquélla resultaron tener fundamento, ya que el canciller no sólo no contestó al presidente estadounidense, sino que puso en ridículo su mensaje en un discurso al Reichstag del 28 de abril.



Pío XII intentó entonces convocar a las potencias a una nueva conferencia de paz, no sin antes obtener el apoyo de Mussolini, que veía lúcidamente la cuestión: “Alemania no puede pensar que saldrá de una invasión a Polonia como con Checoeslovaquia. Polonia se defenderá; los alemanes la aplastarán por su superioridad militar y tendremos el comienzo de una nueva guerra europea”. El 3 de mayo el cardenal Maglione, secretario de estado de Pío XII, envió sendos telegramas a los representantes papales en Francia, Alemania, Gran Bretaña y Polonia, indicándoles que explicaran a los respectivos gobiernos la intención del Papa, “vivamente preocupado por el peligro cada vez más creciente de ver estallar la guerra", de invitar a las cinco potencias -las cuatro anteriores e Italia- a una conferencia para resolver por la vía diplomática las diferencias que enfrentaban a Alemania y Polonia, por un lado, y a Francia e Italia por otro. Desgraciadamente, el llamado pontificio no tuvo éxito. Los gobiernos francés y británico, sin rechazarlo, expresaron sus reservas. El premier alemán Ribbentrop y el conde Ciano, ministro de relaciones exteriores de Mussolini, después de discutir el asunto, dieron una respuesta conjunta, comunicada al cardenal Maglione por medio del embajador de Italia ante la Santa Sede, en la que, agradeciendo al Papa su iniciativa, le pedían que renunciara a su llamado a las cinco potencias. En fin, el gobierno polaco expreso su negativa, temiendo que la conferencia fuera contraproducente y agravase aún más la situación.


Quedó claro que ni Gran Bretaña ni Francia se fiaban ya de encuentros internacionales plurilaterales, dada la experiencia de Múnich. Tampoco Alemania e Italia esperaban ya poder ganar en el juego que les había resultado exitoso en septiembre de 1938. Por otra parte, tanto Londres como París confiaban en ganar tiempo para poner a punto acuerdos con los Estados Unidos y Rusia, que reforzasen su poder de disuasión. Polonia confiaba en la protección anglofrancesa y creía que, al final, Alemania se abstendría de atacarla, pero no descartaba llegar a un acuerdo pacífico. Pío XII renunció, pues, a su propuesta, pero orientó desde entonces sus esfuerzos a favorecer negociaciones bilaterales entre Alemania y Polonia y Francia e Italia. Lo que nadie sabía era que precisamente por aquellos días, el gobierno del Reich estaba negociando en secreto con la Rusia de Stalin, cosa que Ribbentrop dejó entrever al nuncio Cesare Orsenigo cuando le aseguró que si Polonia se lanzaba a la locura de atacar a Alemania, sería invadida “desde diez puntos a la vez” en pocos días y sus aliados no tendrían tiempo de reaccionar.


La firma el 22 de mayo del Pacto de Acero entre Italia y Alemania y las seguridades de Gran Bretaña y Francia a Polonia y a Rumanía (cuyo petróleo ambicionaba el Reich) dibujaban cada vez más un panorama nada halagüeño de configuración de bloques. Sin embargo, la Santa Sede confiaba en que Mussolini podía contribuir a aplacar a Alemania, dado que había manifestado su voluntad contraria a la guerra (a Hitler le había asegurado que, si bien Italia honraría el Pacto de Acero, no podría entrar en una eventual conflagración hasta 1943). En este sentido, intentó favorecer el Vaticano un acercamiento entre Francia e Italia, pues consideraba a esta última “la única potencia con una no desdeñable influencia sobre Alemania como para poderla contener". Parecía que estas gestiones iban por buen camino cuando el conde Ciano aseguraba al nuncio Cortesi que Alemania no declararía ninguna guerra en por lo menos seis meses y que el peligro venía más bien de Polonia, cuya exasperación por el asunto de Dantzig podía llevarla a cometer alguna locura. La Santa Sede consideró útil recomendar prudencia al gobierno polaco. Ciano aseguró al nuncio Borgongini-Duca que Alemania no se movería sin el consentimiento de Mussolini.


Hitler, mientras tanto, preparaba un movimiento popular para proclamar la unión de Dantzig con Alemania. La situación en la ciudad libre era cada vez más insostenible, debido a los conflictos entre la pobalción alemana y los aduaneros polacos, cuya labor se veía constantemente saboteada. Sabedoras de estos manejos y no creyendo en el poder diasuasorio de Italia sobre Alemania, a principios de julio, tanto Gran Bretaña como Francia declararon su voluntad irrevocable de hacer honor a sus compromisos con Polonia y socorrerla por todos los medios en caso de ataque por parte de Alemania. Sin embargo el resto del mes se pasó en una relativa tranquilidad. La situación volvió a tornarse tensa cuando el 4 de agosto envió Varsovia una nota explosiva al presidente del senado de Dantzig, conminándolo a revocar la disposición que impedía a los aduaneros polacos a inspeccionar las mercaderías que pasaban por la ciudad libre. El 9 de agosto, Alemania protestaba formalmente contra esta intervención del gobierno polaco, el cual, a su vez, replicó que consideraba actos de agresión las intervenciones del Reich en detrimento de sus intereses.


En el ínterin, el senado de Dantzig ponía a la ciudad libre en estado de sitio, mientras iban llegando oleadas de “turistas” alemanes, que en realidad tenían por misión preparar la declaración de retorno de aquélla a Alemania. El 11 de agosto, Hitler recibió en Berchtesgaden al comisario de la Sociedad de Naciones en Dantzig, Burckhardt, a quien significó su extrema irritación contra los polacos y aseguró que, si bien la cuestión territorial podía esperar, no toleraría que las minorías alemanas que habitaban en Polonia siguieran siendo objeto de vejaciones, lo cual comprometía el honor de Alemania. El 14 de agosto recibió el Vaticano un telegrama del nuncio en Varsovia asegurando que tropas alemanas estaban siendo apostadas desde hacía dos semanas ante la frontera polaca. El cardenal Maglione contestó encargando a monseñor Cortesi preguntar discretamente al gobierno si la Secretaría de Estado podía hacer algo ante esta situación. El embajador de Polonia ante la Santa Sede aseguró a Maglione que la cuestión de Dantzig era un pretexto y que Alemania necesitaba un pretexto para llegar a Ucrania e invadir Rumanía. Sin embargo, su gobierno, confiado en la eficaz ayuda anglofrancesa, guardaba la calma.


Al contrario, Hitler estaba convencido de que Gran Bretaña y Francia se abstendrían de intervenir a favor de Polonia. Por eso, cuando Ciano se reunió con él y con Ribbentrop a mediados de agosto, no pudo convencerles de arreglar el asunto de Dantzig por la vía diplomática. Desde entonces, la guerra se consideró una cuestión de días. Esta convicción quedó reforzada cuando se hizo público el Pacto Germano-Soviético de No Agresión, que subscribieron, ante un complacido Stalin, Ribbentrop y Molotov el 23 de agosto. Esto echaba por tierra los esfuerzos de las potencias protectoras de Polonia de cerrar un acuerdo con el gigante del Este. Sorprendentemente, Varsovia estaba convencida de que Rusia no la atacaría. El embajador británico en Berlín viajó el mismo 23 a Berchtesgaden para decirle a Hitler de parte de su gobierno que la Gran Bretaña no se quedaría impasible ante un ataque a Polonia. De su entrevista con el canciller, el enviado inglés sacó la conclusión de que era imposible razonar con él. Fue entonces cuando lord Halifax, secretario del Foreign Office, se dirigió a Pío XII, por medio del embajador Orborne d’Arcy, para pedirle que interviniera mediante una declaración solemne para evitar el estallido de la guerra. Era ya el último recurso.


La mañana del 24 de agosto fue de febril actividad. Monseñor Tardini recibió la visita de los embajadores de Francia, Gran Bretaña, Italia y Yugoslavia, que coincidían en señalar la inminencia de la guerra. Mientras tanto, en la Secretaría de Estado se trabajaba en el texto del radiomensaje que Pío XII pensaba dirigir al mundo como el último y extremo recurso para salvar la paz amenazada. Se prepararon cuatro borradores, de los cuales fue elegido el del substituto monseñor Montini, que fue revisado y corregido por el proprio Papa. A las 19 horas era emitido por la Radio Vaticana el mensaje, que reproducimos a continuación:


RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII


DIRIGIDO A LOS GOBERNANTES Y LOS PUEBLOS


EN EL INMINENTE PELIGRO DE LA GUERRA


Jueves, 24 de agosto de 1939


A todo el mundo.


Suena nuevamente una hora grave para la gran familia humana; hora de tremendas deliberaciones, de las cuales no puede desentenderse Nuestro corazón, no debe desintersarse Nuestra autoridad espiritual, que viene de Dios, para conducir los ánimos por las vías de la justicia y de la paz.


Y henos aquí con todos vosotros, los que en estos momentos lleváis el peso de tanta responsabilidad, para que a través de la Nuestra escuchéis la voz de aquel Cristo de quien tuvo el mundo alta escuela de vida y en el cual millones y millones de almas depositan su confianza en una situación en la cual sólo su palabra puede prevalecer sobre todos los rumores de la tierra.


Henos aquí con vosotros, los combatientes de los pueblos, los hombres de la política y de las armas, los escritores, los oradores de la radio y de las tribunas, y todos cuantos tenéis autoridad sobre el pensamiento y la acción de los hermanos, y responsabilidad de su suerte.


Nos, armados no de otra cosa que de la palabra de Verdad, por sobre las públicas competiciones y pasiones, os hablamos en el nombre de Dios, de quien toda paternidad en el cielo y en la tierra toma el nombre (Eph., III, 15); de Jesucristo, nuestro Señor, que ha querido que todos los hombres sean hermanos; del Espíritu Santo, don de Dios altísimo, fuente inexhausta de amor en los corazones.


Hoy, cuando no obstante Nuestras repetidas exhortaciones y Nuestra especial preocupación, se hacen cada vez más persistentes los temores de un sangriento conflicto internacional; hoy, cuando la tensión de los espíritus parece que ha llegado al punto de hacer juzgar inminente el desecadenamiento del tremendo torbellino de la guerra, lanzamos con ánimo paternal un nuevo y más caluroso llamado a los Gobernantes y a los pueblos: a aquéllos, para que, depuestas las acusaciones, las amenazas las causas de la desconfianza recíproca, intenten resolver las actuales divergencias con el único medio adecuado para ello, o sea con comunes y leales acuerdos; a éstos, para que, en la calma y en la serenidad, sin agitaciones descompuestas, alienten los intentos pacíficos de quien los gobierna.


Es con la fuerza de la razón y no con la de las armas, como la Justicia se abre camino. Y los imperios que no se fundan en la Justicia no son bendecidos por Dios. La política emancipada de la moral traiciona a aquellos mismos que así la quieren.


El peligro es inminente, pero aún hay tiempo.


Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra. Vuelvan los hombres a entenderse. Retomen las negociaciones. Al tratar con buena voluntad y con respeto de los recíprocos derechos se percatarán que a las negociaciones sinceras y diligentes nunca se ha resistido un honorable éxito.


Y se sentirán grandes -con verdadera grandeza- si, imponiendo silencio a las voces de la pasión, sea colectiva que privada, y dejando su imperio a la razón, habrán ahorrado la sangre de los hermanos y la ruina de la patria.


Haga el Omnipotente que la voz de este Padre de la familia cristiana, de este siervo de los siervos, que, aunque indigno, es realmente portador de la persona, la palabra, la autoridad de Jesucristo, halle en las mentes y en los corazones pronta y voluntariosa acogida.


Escúchennos los fuertes, para no volverse débiles en la injusticia. Escúchennos los potentados, si quieren que su poder no signifique destrucción sino sostenimiento para los pueblos y tutela de la tranquilidad en el orden y en el trabajo.


Nos les suplicamos por la Sangre de Cristo, cuya fuerza vencedora del mundo fue la mansedumbre en la vida y en la muerte. Y, suplicándoles, sabemos y sentimos que tenemos de Nuestro lado a todos los rectos de corazón; a todos aquellos que tienen hambre y sed de Justicia; a todos aquellos que sufren ya por los males de la vida, toda clase de dolor. Tenemos con Nos a los corazones de las madres, que bate al unísono del nuestro; a los padres, que deberían abandonar a sus familias; a los humildes, que trabajan y no saben; a los inocentes, sobre los que pesa la tremenda amenaza; a los jóvenes, caballeros generosos de los más puros y nobles ideales. Y está con Nos el alma de esta vieja Europa, que fue obra de la fe y del genio cristiano. Con Nos la Humanidad entera, que espera justicia, pan, libertad, y no el hierro que mata y destruye. Con Nos aquel Cristo, que del amor fraterno ha hecho Su mandamiento fundamental, solemne; la substancia de Su religión, la promesa de la salvación para los individuos y para las Naciones.


Recordando, en fin, que las industrias humanas no valen nada sin el auxilio divino, invitamos a todos a dirigir la mirada a lo Alto y a pedir con fervientes plegarias al Señor que su gracia descienda abundantemente sobre este mundo trastornado, aplaque las iras, reconcilie los ánimos y haga resplandecer el alba de un más sereno mañana. En esta expectativa y con esta esperanza, impartimos a todos de corazón Nuestra paternal Bendición.


Benedictio Dei Omnipotentis Patris et Filii et Spiritus Sancti descendat super vos et maneat semper.


Este radiomensaje de Pío XII es un testimonio irrebatible de su vocación de paz (vocación curiosamente impresa en su apellido: Pacelli, pax coeli, la paz que viene de lo Alto), pero al mismo tiempo la reafirmación del principio cristiano de que la paz es obra de la justicia. Éste era precisamente el lema que aparecía en el blasón del Papa: Opus Iustitiae Pax. Una paz sin justicia es una paz precaria y destinada a perecer tarde o temprano. Por eso, el Pontífice quiere que la paz no sólo signifique la ausencia de hostilidades, sino que las partes en disputa se sienten a negociar con ánimo sincero y con arreglo al derecho. No se podía esperar demasiado, sin embargo, que los dirigentes del mundo se plegasen al urgente llamado apostólico, pero sí es verdad que Hitler, que tenía proyectado invadir Polonia el 24 o 25 de agosto, difirió la orden de marcha de sus tropas unos días. En este período de respiro se reanudaron los intercambios diplomáticos en un último esfuerzo por cambiar el curso que llevaban las cosas. Hitler seguía empeñado en lograr que Gran Bretaña y Francia no intervinieran a favor de Polonia. Mussolini confiaba en convencerlo de detener la maquinaria bélica, asegurándole que si estallaba la guerra Italia no estaría en condiciones de entrar en ella. Francia instó a Pío XII a que hablara públicamente a favor de la católica Polonia, pero el Papa declinó hacerlo respondiendo que en Alemania había 40 millones de católicos y que él era el Padre de todos. El 31 de agosto, Pío XII renovó su mensaje del 24, suplicando, en nombre de Dios, a los gobernantes de Alemania y de Polonia que hicieran todo lo posible para evitar cualquier incidente que pudiera desencadenar la guerra. También pedía a Gran Bretaña, Francia e Italia que apoyaran su pedido. Un último intento de negociaciones in extremis de Alemania y Polonia fracasó la tarde de ese mismo día. Al siguiente, 1º de septiembre, Polonia era invadida por el ejército alemán, en una operación que debía durar pocos días y que fue conocida como la Blitzkrieg (la “Guerra Relámpago"). El 3, Gran Bretaña y Francia declaraban la Guerra a Alemania. El 17, la Unión Soviética invadía Polonia por el Este, consumándose así el martirio del país, que iba a sufrir una nueva y cruel partición.


El 9 de septiembre, el ministro británico ante la Santa Sede, Sir D’Arcy Osborne, escribía al cardenal Maglione:


“En la última conversación que tuve con Vuestra Eminencia, me preguntó si yo creía que la Santa Sede había hecho todo lo que le fue posible en vista a salvar la paz. Yo le respondí sin dudar que estaba convencido de ello. He referido esta conversación a lord Halifax, que me ha encargado decir a Vuestra Eminencia que está totalmente de acuerdo con mi respuesta“.




A LOS 70 AÑOS DE LA MUERTE DEL BEATO NICOLAS BUNKERD KITBAMRUNG


Del continente asiático, que en el siglo XX presenció la muerte de innumerables mártires, se podrían destacar muchos ministros del Señor que dejaron huella en dicho siglo. De especial importancia, por haber sido misionero y mártir, es sin duda el Beato Nicolas Bunkerd Kitbamrung, primer sacerdote tailandés que ascendió a la gloria de los altares.


Nacido el 31 de enero de 1895 en la región de Nakhon Chaisiri, provincia de Nakkon Pathon, a unos 30 km de la capital Bangkok, sus padres, Joseph Poxang y Agnes Thieng, católicos en aquel ambiente budista, lo llevaron a bautizar recién nacido. En el bautismo se le impuso el nombre de Benedict, como aparece en su certificado de bautismo, pero años después, en su ordenación sacerdotal, cambiaría su nombre a Nicolas para evitar confusión con otro sacerdote del mismo nombre en su Congregación. Además de ser educado religiosamente en su casa, Benedict frecuentó desde niño la misión católica, como sus otros cinco hermanos, donde aprendió el catecismo e hizo la primera comunión.


Monaguillo desde pequeño en su parroquia de St. Peter, tenía trece años cuando dijo con firmeza que quería ser sacerdote y fue admitido en el seminario menor “Sacred Heart of Jesus” en Bang Xang, donde hizo sus correspondientes estudios hasta que en el año 1920 fue admitido en el seminario mayor de Penang, en Malasia, diócesis que hacía poco se había independizado de la capital, Kuala Lumpur. Seis años fue alumno de este seminario mayor y cursó en él la filosofía y la Teología, en los que mostró una inteligencia aguda y un carácter un poco testarudo, que pedía a sus formadores le ayudasen a moderar. De regreso a Tailandia fue ordenado sacerdote el 24 de enero del año 1926 en la catedral de Bangkok junto a otros cuatro compañeros por aquel que había sido su párroco en St. Peter y le había bautizado, y ahora había sido nombrado Vicario Apostólico de Siam.


Como primer encargo pastoral fue enviado a ejercer su ministerio en el pueblo de Bang Nok-Khnuek en calidad de coadjutor de un sacerdote de los misioneros de las misiones extranjeras, el P. Durand. Cuando un año después, en octubre de 1927 un grupo de salesianos italianos se hicieron cargo de esta misión, el ahora P. Nicolas continuó con ellos un tiempo dedicado a la catequesis y a enseñarles a los nuevos misioneros la lengua tailandesa, a la vez que él estudiaba chino para poder misionar en otras zonas del país. De hecho, en 1930 le dieron un nuevo encargo que denotaba gran confianza en sus cualidades y en sus virtudes: fue enviado con otro sacerdote a la zona de misión norte del país, primero a Lampnag y después a Chiang Mai, cerca ya de Laos y Birmania, donde numerosos católicos, quizás por falta de asistencia pastoral, habían abandonado la fe formal o prácticamente.


La tarea era difícil porque los cristianos estaban dispersos por muchos poblados y en una zona montañosa, muchos de cuyos pueblos eran de difícil acceso. El P. Nicolas no se arredró ante las dificultades, y a lo largo de siete años visitó casa por casa a todos los cristianos de cuyo abandono religioso tenía constancia y pacientemente los invitó a regresar a la práctica religiosa y al seno de la Iglesia. Construyó también en Chiang Mai una capilla para que facilitar la práctica religiosa de aquellos cristianos y como punto de referencia comunitario. En este tiempo y en este cargo se demostró el extraordinario temple apostólico de este sacerdote, su espíritu de sacrificio y su entrega generosa al ministerio del buen pastor que busca las ovejas descarriadas.



En 1937, con 42 años, se le nombró párroco de Khorat, donde igualmente había cristianos que habían abandonado la fe o la práctica religiosa y su celo logró recuperar a no pocos, instituyendo, además, una catequesis sistematizada para los no cristianos. En este periodo se le encomendó también la parroquia de Non Kaeo. La vida del P. Nicolás era ejemplar a los ojos de la comunidad cristiana y aun de los no cristianos que veían su mansedumbre y buena voluntad en todas las cosas. La misa diaria, el breviario, el rosario, la oración asidua y su fervorosa devoción a la Eucaristía y a la Santísima Virgen María alimentaban su sincera piedad y su continua dedicación al bien de las almas. Cuidaba con mucho interés el catecismo de los niños y fomentaba en ellos la piedad así como las señales de vocación sacerdotal o religiosa.


Hombre práctico, se dio cuenta que la causa del abandono de la práctica religiosa de muchos cristianos de aquella época estaba en la pobreza, que hacía que los padres de familia tuviesen que ir a otras partes del país en busca de trabajo, para lo que dejaban a sus hijos al cuidado de los vecinos, que en muchas ocasiones no eran cristianos y así se interrumpía la transmisión de la fe de padres a hijos. Por ello, además del cuidado espiritual, trabajó para elevar el nivel de vida de los habitantes de aquella región.


Llegada la guerra entre Francia e Indochina, la situación de los católicos en Tailandia, país que se vio afectado por la guerra, se volvió difícil. Este conflicto se retrotraía al siglo XIX, en el que Francia había conquistado una colonia en Indochina -que hoy está formada por Camboya, Vietnam, Laos, Birmania y Tailandia- compuesta de diversos territorios: Vietnam (Tonkin, Annan, Conchinchina), Laos y Camboya. Ocupado el territorio por los japoneses en 1941, la guerrilla comunista del Viet-minh, dirigida por Ho Chi Minh, proclamó el nacimiento de la República Democrática de Vietnam el 2 de septiembre de 1945, paralelamente a la capitulación japonesa. De Gaulle respondió enviando tropas al mando del general Lecrec para restaurar la soberanía francesa sobre el territorio. Tras un frustrado acuerdo, los disturbios estallan en el otoño de 1946.


La guerra había comenzado. En un principio, la guerra tenía el carácter de una guerra colonial. Francia, ante la mirada distante u hostil de las dos grandes potencias, trató de restablecer el control sobre Indochina. Para ello concedió al antiguo emperador Bao Dai la independencia de un Vietnam que quedaría integrado en la Unión Francesa. La guerra, sin embargo, entraba de lleno en el marco de la guerra fría tras la victoria comunista en China en 1949 y la Guerra de Corea. Apoyados por los chinos, el Viet-minh se convirtió en un moderno ejército comandado por el legendario general Giap. Pese a la ayuda financiera norteamericana, las tropas francesas terminaron siendo derrotadas en el 7 de mayo de 1954 en Diem Bien Fu.


Francia se vio forzada a la negociación y finalmente se llegó a los Acuerdos de Ginebra en 1954. Laos y Camboya accedieron a la independencia y Vietnam quedaba dividido en una línea de armisticio en el paralelo 17º. El Norte quedaba bajo control del Viet-minh y el Sur bajo el dominio de nacionalistas anticomunistas. Los Acuerdos recogían la previsión de que en dos años se celebrarían elecciones libres para reunificar el país. Esas elecciones nunca tuvieron lugar y fue la guerra la que continuó dominando durante muchos años la península de Indochina.


Ya antes de la guerra, con la ocupación japonesa del 1941, se empezó no solamente a sospechar de los misioneros franceses, sino también a mirar con malos ojos a los tailandeses conversos al cristianismo, a quienes se veía como traidores a su cultura y a su patria, pues ya desde el siglo XVII la evangelización de Siam había sido llevada a cabo por la Sociedad de Misiones Extranjeras francesa. Durante siglos los Vicarios Apostólicos de Siam habían sido franceses y popularmente se tenía a los cristianos como filo-franceses, por lo que se dieron medidas persecutorias que buscaban que los fieles abandonaran la religión y volvieran al budismo, la religión propia del país. Para ello, surgieron los grupos llamados “Thai Blood”, que hacían como de policía étnica bajo el lema: “Una nación, una religión”, referida al budismo. Amenazaban a los católicos, empleando una serie de tácticas, como era el negarse a venderles comida o a comprarles cualquier tipo de productos, impedirles usar los transportes públicos, etc.


Poco a poco el ambiente se fue enrareciendo cada vez más, llegándose a auténtica persecución, se cerraron las escuelas católicas y a sus alumnos se les obligó a recitar oraciones budistas en las escuelas públicas, expulsándoles si se negaban a hacerlo. Se cerraron los seminarios, hubo destrucción de iglesias, ornamentos, estatuas sagradas y libros litúrgicos, y cuando se acudía a la policía a denunciar estos hechos delictivos, ésta no hacía caso, y las autoridades afirmaban que la persecución no existía. Pronto empezó también la detención y asesinatos de católicos, comenzando por religiosos franceses, y después también del lugar.


El P. Nicolas, que a pesar de la persecución seguía ejerciendo su ministerio para confortar espiritualmente a los pocos católicos que no se habían dispersado, fue detenido junto con ocho feligreses que habían acudido a su Misa el 12 de enero de 1941 por la mañana temprano, con la excusa de no haber respetado el toque de queda que las autoridades habían establecido.

Nuestro misionero fue recluido en la cárcel de Khorat, para después ser trasladado a la cárcel militar de Bang Kwang, cerca de Bangkok, donde empezó a pasar numerosas penalidades. Llevado ante un tribunal militar y, falsamente acusado de conspirar contra la nación, fue condenado a quince años de confinamiento vigilado, sin posibilidad de apelación. Encerrado en una celda inmunda, muy pronto pudo verse que se le había declarado la tuberculosis, por lo que fue destinado a la zona de tuberculosos. El mal trato, incluso físico, las burlas, el desprecio que sufrió muchas veces lo llevó con ánimo paciente. Apoyado espiritualmente por la oración y por el rezo diario del breviario y el rosario, aprovechó para anunciarles a Jesucristo a sus compañeros de prisión y logró algunas conversiones.


No perdió la serenidad ni la confianza en Dios y no dejó de manifestar que perdonaba a sus agresores y que estaba disponible para lo que Dios quisiera de él: “Rezo siempre al Señor para que perdone la culpa de los testigos falsos que me han acusado falsamente, siguiendo el ejemplo de nuestro divino Maestro, Jesús”, escribió en una carta desde la cárcel”. Su obispo, el mismo que años atrás había sido su párroco y al que las autoridades no se habían atrevido a tocar por el escándalo internacional que se hubiese provocado, intentó por todos los medios sacarlo de la cárcel, pero no hubo manera; solo consiguió mandarle libros y revistas para aliviar su encarcelamiento, después de mucho pelear con los directores de la cárcel.


Para su tuberculosis no recibió cuidado ni medicina alguna, de modo que poco a poco la enfermedad se fue apoderando de su organismo. Ni siquiera se permitió al obispo el visitarle para administrarle los últimos sacramentos, a pesar de pedirlo a todas las instancias oficiales posibles. Esta medida de total aislamiento, que era inusualmente cruel, parece se debió a su actividad apostólica entre otros prisioneros, que fue vista con mal ojo por las autoridades. Además de su tuberculosis, testigos presenciales afirman que como castigo aprovechaban al P. Nicolas para trasfusiones de sangre a soldados enfermos, en cantidades mayores de las que sacaban de otros presos, lo cual contribuyó a debilitarle todavía más.


Justamente a los tres años de su detención, el día 12 de enero de 1944 moría en la cárcel a causa de su enfermedad, expirando con la muerte de los justos y bendiciendo al Señor. Tras morir, otros compañeros sacerdotes de la cárcel lo revistieron con vestiduras sagradas que pudieron conseguir; pero los guardias de la cárcel se las quitaron y dejaron el cadáver solamente en ropa interior. Su muerte no fue comunicada al obispo hasta cuatro días después de la muerte y entierro por parte de las autoridades de la prisión en los terrenos de un templo budista. La Iglesia de Tailandia, curtida en la persecución, conservó la memoria de este pastor insigne y de su muerte martirial. Su obispo tuvo que pedir varias veces permiso hasta que le concedieron el exhumarle y enterrarle en terreno cristiano, concretamente en la catedral de Bangkok, en la que había recibido la ordenación sacerdotal.


Fue beatificado por el papa Juan Pablo II el día 5 de marzo del año 2000, en una gran ceremonia dedicada a varios mártires en el contexto del Gran Jubileo de la Redención. En la homilía, refiriéndose a este grupo de mártires, dijo el Papa: “Sí, el Todopoderoso fue su valioso apoyo en el tiempo de la prueba, y ahora experimentan la alegría de la recompensa eterna. Estos dóciles servidores del Evangelio, cuyos nombres están escritos para siempre en el cielo, aunque vivieron en períodos históricos distantes entre sí y en ambientes culturales muy diversos, tienen en común una experiencia idéntica de fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Los une la misma confianza incondicional en el Señor y la misma pasión profunda por el Evangelio.”




DE ORDEN BENEMÉRITA A SOSPECHOSOS DE ATROCIDADES


Aquellos “Christi milites", como se apellidaron en su nacer, o “Milites Templi", según su nombre definitivo y común, en dos siglos escasos de vida desde que fuera fundada fundada en 1118 o 1119 por nueve caballeros franceses liderados por Hugo de Payens tras la Primera Cruzada, habían realizado infinitos actos de heroísmo, descollando entre todos los cruzados de Oriente por su valor casi temerario. También en las batallas contra los moros habían tenido grandes victorias, al igual que las Ordenes militares típicamente españolas.


Hacia 1300, la Orden comprendía cinco provincias en Oriente y doce en Occidente, con cerca de 4.000 socios, la mitad de los cuales residía en Francia. La décima parte, poco más o menos, eran los equites, de familia noble, consagrados a las armas; vestían el manto blanco de los cistercienses con una cruz roja. Pocos eran los sacerdotes o capellanes dedicados a los oficios litúrgicos. Para la guerra vivían también los escuderos, de la clase media, mientras los hernanos legos trabajaban en los menesteres domésticos. El gran maestre de la Milicia del Templo, con autoridad sobre todas las encomiendas y castillos de la Orden, tenía el poder de un príncipe, aunque limitado por un capítulo general.


Severa y rígida era la disciplina de los Templarios en sus primeros tiempos; más tarde, con la paz y las riquezas se fue relajando. Sus disensiones con los Hospitalarios en Palestina fueron causa de que las fuerzas cristianas se debilitasen y retrocediesen ante el avance de los turcos. Con todo, el gran maestre Guillermo de Beaujeu escribió con su sangre una de las más brillantes páginas de su historia al caer en manos de los infieles la última plaza de Tierra Santa (1291). Y, poco después, el Papa Bonifacio VIII los juzgaba “guerreros intrépidos” y “atletas del Señor".


Que existían abusos y corruptelas en la Orden templaría, no cabe duda, como también en otras órdenes, especialmente militares. Las gentes empezaron a murmurar contra ellos cuando, a la caída de Tolemaida (San Juan de Acre) en 1291, puesto su cuartel general en la isla de Chipre, volvieron sus miradas hacia Francia más que hacia los enemigos de la fe. Y es que una profunda transformación se venía operando dentro de esta Orden caballeresca. Sobre el carácter militar y religioso se iba acentuando el de sociedad bancaria y financiera, a la que reyes y pontífices se sentían obligados, puesto que más de una vez tenían éstos que pedir a los Templarios un préstamo o depositaban en sus castillos, como en el lugar más seguro, sus capitales y sus joyas.


El crédito de que gozaban los Templarios era mayor que el de los judíos y el de los banqueros lombardos y, a diferencia de éstos, nadie les acusaba de practicar la usura. Ni eran solamente los príncipes los que ponían sus tesoros bajo la custodia de los Templarios, hasta los pobres campesinos, con el fin de esquivar las exacciones y violencias de los nobles, entregaban sus propias personas a los Templarios, poniéndose bajo su dependencia y protección a cambio de un pequeño censo o tributo. Sus riquezas, aunque no tan caudalosas como a veces se ha dicho, eran muy bien administradas, circulando activamente en negocios con los mercaderes de las grandes ciudades, en donde los Templarios tenían siempre una especie de banco con cuenta corriente. De aquí un doble peligro. Primero, el de la avaricia y la soberbia, después, el de excitar envidias y ocasionar murmuraciones y calumnías. No faltaba quien les tachase de poco limosneros y de mirar más al oro que al Oriente.



Por otra parte, en las mismas prácticas rituales de la Orden se habían introducido ciertas ceremonias secretas, que fueron causa de que gente malévola concibiese sospechas sobre su moralidad y su ortodoxia. Por ejemplo, el ingreso o toma de hábito de los novicios tenía lugar en la oscuridad de la noche, en una sala o capilla cerrada y con guardas. En la investidura del manto recibía el candidato un beso en la mejilla; al hacer los tres votos de castidad, pobreza y obediencia, se ceñía la cintura con un cordón. Todo lo cual nada tenía de particular; pero, haciéndose con excesivo secreto, pudo dar motivo para que algún malicioso lo interpretase siniestramente e hiciese correr la voz de que entre los Templarios se cometían ciertas obscenidades.


Nadie los creyó reos de tales crímenes hasta que Felipe el Hermoso y su ministro Nogaret, farisaicamente escandalizados, alzaron su voz acusadora. Ni siquiera el legista Pedro Dubois, amigo del rey y enemigo de los Templarios, sabía nada de tales culpas comunes y estatutarias, pues al redactar su libro De recuperatione Terrae sanctae (1305-1307), en el que solicita la supresión de la Orden del Templo o la fusión de ella con la de San Juan, no aduce otras razones que la de su inutilidad; si hubiera sabido algo contra su moralidad o su ortodoxia, no lo hubiera callado.


Así estaban las cosas, cuando el rey de Francia, tras larga deliberación, determinó acabar con aquella Orden caballeresca, arruinándola para siempre. Y, como en el caso de Bonifacio VIII, se proclamó defensor de la Iglesia y celoso amante de la pureza de la fe y de las buenas costumbres. Desde principios de 1305 su resolución estaba tomada, había que obligar al papa a que canónicamente suprimiese aquella milicia, que había personificado los ideales más puros de la caballería medieval. ¿Qué móviles impulsaban a Felipe el Hermoso? ¿Los que él pregonaba públicamente u otros inconfesables? Algunos historiadores han sostenido que existía una profunda enemistad entre el rey y los Templarios por no seguir éstos la política de Felipe. Lo niega Finke, diciendo que en el conflicto con Bonifacio VIII se pusieron de parte del monarca francés, como todas las órdenes religiosas, excepto la de los Cistercienses; y además consta que en 1304 Felipe confirmó todos los privilegios de la Orden del Templo. Pues ¿cómo al año siguiente se tornó su enemigo capital?


Hay quien sospecha que fue Nogaret o algún otro consejero poco escrupuloso quien ideó la ruina de los Templarios para salvar la economía del reino. Era angustiosa la situación financiera. A fin de superar la crisis acaparando la mayor cantidad posible de oro y plata, Felipe IV expulsó de Francia a los judíos en 1306; todos ellos fueron arrestados súbitamente el 21 de julio y lanzados al exilio, mientras sus bienes eran confiscados. Lo mismo aconteció a los lombardos, mercaderes italianos que también gozaban fama de usureros, en 1311. Y análogo recurso, con idénticos fines, parece que quiso emplear respecto de los Templarios. En realidad, la intención del rey no consta en los documentos, pero es patente en su línea política.


Si la potencia económica de los Templarios excitó la avaricia de Felipe el Hermoso, la potencia militar de los mismos debió actuar con no menor fuerza en el ánimo de aquel monarca absolutista. Eran tiempos en que el absolutismo centralizador levantaba cabeza en los reinos más poderosos, tratando de sojuzgar y destruir al feudalismo. Ahora bien, el gran maestre de la Orden del Templo significaba en Fraricia tanto como un príncipe y era más fuerte que muchos nobles feudales, y su ruina redundaría en exaltación de la corona real. Cuando en 1300 estalló una sublevación popular por haber Felipe IV cambiado el valor de la moneda, le fue preciso al rey buscar seguro refugio en el “Templo” de París y esta misma protección y defensa que halló en los Templarios le hizo ver y palpar de modo indiscutible la potencia de aquella corporación militar, dotada de castillos inexpugnables. Y arreció los ataques que desde la coronación de Clemente V venía dando al papa sobre la conveniencia de suprimir aquella Orden.


El rey Felipe y sus dóciles ministros se dedicaron a recoger acusaciones y denuncias y no tardaron en aparecer falsos testigos y traidores, que fueron utilizados hábilmente. El primero de que tenemos noticia se llamaba Esquiu de Floyran, natural de Béziers. Un día lo vemos aparecer en Lérida, ante la corte de Jaume II, revelando crímenes enormes y secretos, que él decía saber, de los Templarios. Ignoramos qué clase de acusaciones hizo, pero podemos barruntarlas por lo que de ese personaje nos relata Amalrico Auger en su Vita Clementis:


“Aconteció que un ciudadano de Béziers, Esquiu de Floyran, y un freiré apóstata de la milicia del Templo, hallándose en un castro real de la diócesis de Toulouse, fueron apresados, a causa de sus fechorías, por los oficiales del rey y encerrados en un calabozo. Y como el dicho Esquiu y su compañero templario perdiesen, por sus crímenes, la esperanza de salir con vida, se confesaron recíprocamente los pecados. Y el templario se acusó de haber ofendido mucho a Dios, poniendo en peligro la salvación de su alma, y admitiendo errores contra la fe católica, pecados que había cometido en su ingreso en la Orden y después muchas veces. Sabido esto por el alcaide de la cárcel, llamó a un oficial mayor de un castro próximo, el cual aconsejó (a Esquiu ) denunciar uno de esos crímenes al rey de Francia, pues al rey se le originarían de ellos ventajas enormes“


Conducido a París, Esquiu de Floyran reveló a Felipe IV los crímenes que en aquella confesión laica había oído, y, en consecuencia, el rey de Francia decretó el arresto de todos los templarios. Esto tiene el sabor de una novela llena de inverosimilitudes. Pero una cosa es cierta y documentada: que ese Esquiu se presentó con el cuento al rey de Aragón y que D. Jaume II lo rechazó, sin querer darle crédito.


Sea histórico o puramente novelesco el relato de la confesión, en cualquier caso, resulta Esquiu un traidor. Y uno se pregunta: ¿Por qué se presentó a hacer la denuncia de crímenes secretos primeramente ante el rey de Aragón? ¿No sería enviado por el rey de Francia, el cual habría inventado totalmente la extraña fábula de la confesión del templario? Tampoco andaría muy errado quien descubriese en tal patraña y en los delitos y herejías que ella supone la morbosa y poco fértil imaginación de Nogaret.


Tras esta calumniosa acusación vinieron otras parecidas, procedentes de algunos Templarios que se habían fugado de la Orden o que habían sido expulsados de ella por su mala conducta. Más vergonzoso aún es lo que hizo el rey, instigando a doce falsarios a ingresar en la Orden, como espías para que después testificasen falsamente lo que él quería. Así, al cabo de casi dos años, Felipe IV había recogido un montón de testimonios, con los que pudo dirigirse al Papa Clemente V fundamentando la súplica de suprimir con autoridad pontificia la Orden del Templo o de juntarla con la de los Hospitalarios bajo el mando supremos del hijo del rey.

(continurá)




RUPERT MAYER, EL DEFENSOR DE LOS DERECHOS DE LOS CRISTIANOS


Desde la aparición en la escena pública del partido nacionalsocialista alemán, a la jerarquía católica alemana no le pasó inadvertida la verdadera naturaleza e ideas de los nazis, máxime cuando el Papa Pío XI, a la vista de las convulsiones sociales con que empezaba la década de los 30, ya había advertido públicamente de las consecuencias que traería la prevalencia de “un duro nacionalismo, es decir, el odio y la envidia en lugar del mutuo deseo del bien” (discurso de Navidad de 1930). Poco después del triunfo nazi de 1933, los obispos alemanes vieron claros dos peligros que, por desgracia, no tardaron en hacerse realidad. Por una parte, que el nuevo Estado totalitario acabase con las organizaciones católicas, especialmente las educativas; por otra, que el nuevo régimen tratara de crear una especie de iglesia nacional y quisiera englobar en ella a todos, también a los católicos. Y, si los nazis ya habían dado pasos en la primera dirección, también había indicios de que el segundo temor era real, pues en algunos círculos protestantes, sobre todo prusianos, ya se hablaba de un cristianismo nacional para arios.


En enero de 1937 se desplazaron a Roma, con la mayor discreción posible, los principales representantes del episcopado alemán (los cardenales Bertram, Faulhaber y Schulte, y los obispos Preysing y von Galen), para solicitar una nueva intervención pontificia que condenara formalmente el nazismo. De ahí nacería la encíclica Mit brennender sorge (“Con ardiente preocupación”), que hubo de ser introducida en el país de modo clandestino y fue leída el domingo 21 de marzo de 1937 en los 11.000 templos católicos alemanes. Fue un aldabonazo enorme. La denuncia de la ideología y la conducta nazis era clarísima: racismo, divinización del sistema, etc. Al día siguiente, el órgano oficial nazi, Volskischer Beobachter, publicó una primera réplica a la encíclica que, sorprendentemente, fue también la última, pues el ministro alemán de propaganda, Joseph Goebbels, advirtió enseguida la fuerza que había tenido esa declaración y, con el control total de prensa y radio que ya tenía por esas fechas, decidió que lo mejor era ignorarla completamente, pero la encíclica produjo un gran revuelo en Alemania y en la opinión pública mundial.


Poco después Hitler visitó Roma, devolviendo la visita oficial efectuada meses antes por Mussolini, y, en contra de toda costumbre y protocolo, no pidió ser recibido por el Papa. Pío XI, ostentosamente, se retiró a Castelgandolfo durante los días de la visita y ordenó que se cerraran los Museos Vaticanos. En una alocución a un grupo de peregrinos dijo que no era oportuno desplegar en Roma, en el día de la Santa Cruz, el emblema de “otra cruz que no es la Cruz de Cristo”. Es decir, la tensión entre la Iglesia y el Estado alemán alcanzó a lo largo de los años treinta proporciones desacostumbradas. Hitler encontró en la Iglesia tal vez el único adversario interno que no pudo destruir ni asimilar. Después de los intentos de compromiso que culminaron en la firma del Concordato en junio de 1933, buena parte del catolicismo opuso, a partir de 1934, una resistencia compacta a la ideología nacionalsocialista. Los momentos culminantes de esta oposición fueron la encíclica de 1937 y las polémicas homilías de Von Gallen, obispo de Westfalia.



En realidad, Hitler no tuvo nunca intención de respetar el Concordato, pues a excepción de las funciones estrictamente litúrgicas o paralitúrgicas, el resto de las actividades de la Iglesia fueron sistemáticamente obstaculizadas y, después, poco a poco suprimidas. Los periódicos, las revistas y los libros publicados por parte católica fueron enseguida severamente censurados y después eliminados. Los colegios confesionales fueron obstaculizados con métodos fraudulentos en su actividad y después cerrados. Las numerosas asociaciones católicas fueron obligadas a agregarse a las asociaciones nazis, o bien directamente prohibidas y disueltas. Los funcionarios estatales de cualquier nivel eran despedidos si existía la simple duda de que no aprobaban la ideología nazi. Con todo tipo de pretextos, los conventos y las casas religiosas fueron confiscados. Sacerdotes y religiosos fueron sistemáticamente espiados incluso en las mismas iglesias, y denunciados a la Gestapo si habían expuesto la doctrina católica de un modo que no fuera del gusto de los nazis. Cerca de un tercio del clero diocesano y regular sufrió persecuciones por parte de la policía política y un buen número de ellos terminó en las prisiones o en los campos de concentración, donde varios murieron.


Frente a un Estado totalitario los católicos fieles a Cristo y a la Iglesia disponían sustancialmente sólo de las armas del espíritu, la fe, la esperanza y la caridad. En última instancia, sólo podían sufrir la persecución, permanecer firmes para no ceder y, si fuera el caso, estar dispuestos a sufrir el martirio, como de hecho sucedió en muchos casos. Entre los eclesiásticos, junto al citado Von Gallen, uno de los grandes opositores al régimen nazi fue, sin duda, el jesuita Rupert Mayer, al cual Benedicto XVI, en su primera audiencia pública, concedida a cinco mil compatriotas alemanes, el 25 de Abril, 2005, presentó como ejemplo de vida al Beato Rupert Mayer, sacerdote que con su vida desafío al nazismo y fue internado en un campo de concentración.

El llamado “apóstol de Munich” había nacido en Stuttgart, el 23 de enero 1876, en el seno de una familia acomodada que tuvo seis hijos. Su padre era empresario. Educado finamente, en su juventud destacó por su inteligencia, su gusto por la música y su habilidad en el montar a caballo y tocar el violín. Al concluir los estudios secundarios, comunicó a su padre su deseo de ser jesuita, a lo que el padre respondió aconsejándole que se ordenase sacerdote primero y después ingresara en la Compañía si seguía con el deseo de ser jesuita. Estudió por tanto filosofía y Teología en Friburgo, en Munich y en Tubinga y fue ordenado el 2 de mayo de 1899. Tras un año de ministerio pastoral como sacerdote diocesano, que desempeñó como vicario en una parroquia, ingresó el 1 de octubre de 1900 a la Compañía de Jesús en el noviciado de Feldkirch, Austria, el mismo en que años después ingresarán también, entre otros, Martin Heidegger, Karl Rahner y Han Urs Von Balthasar.

A partir de 1906 y hasta el 1911, el P. Mayer fue destinado a predicar en diferentes lugares de Alemania, Austria y los países bajos. En 1912 fue destinado a Munich, ciudad en la que se dedicaría al trabajo pastoral hasta el final de su vida a un fecundo apostolado sacerdotal, especialmente entre los más desfavorecidos. Todavía hoy los habitantes de la hermosa ciudad bávara le recuerdan en su afán de responder a las necesidades de la gente, moviéndose en la ciudad en búsqueda de empleos para los cesantes, reuniendo alimento y ropa, y buscando trabajos y casas.

Pero su campo de acción cambió al entrar Alemania en la Primera Guerra Mundial, la “gran guerra” que tanto terror y desesperación provocó entre los europeos: En 1914 el P. Mayer ingresó al ejército como voluntario. Primero fue capellán en un hospital y después acompañó a los soldados en las campañas de Francia, Polonia y Rumanía, distinguiéndose por su valor al animar a los soldados que estaban en las primeras líneas de batalla y siendo condecorado, por su valentía, con la Cruz de Hierro en diciembre de 1915. Su permanencia en el ejército terminó abruptamente cuando fue herido en la pierna izquierda el 20 de diciembre de 1916 y tuvo que ser amputada.

Regresó a Munich, donde la gente sufría las consecuencias de la guerra y la pobreza era mucho más terrible que cuando él dejó la ciudad para asistir al ejército. No olvidemos que Alemania fue una de las economías más afectadas por la depresión de los años treinta. La retirada de los créditos bancarios que percibía de Estados Unidos, que habían contribuido a la reconstrucción de su tejido económico, se saldó con la quiebra de innumerables empresas. Los bancos alemanes cerraron sus puertas durante varias jornadas en julio de 1931 ante el temor de una avalancha de clientes desesperados por disponer de sus ahorros. Ante la imposibilidad de hacer frente a las indemnizaciones de guerra impuestas por los vencedores, el presidente americano Hoover, en un intento por evitar el colapso de la economía germana, concedió en 1931 una moratoria de un año en los pagos. La iniciativa resultó totalmente inútil, pues el sistema bancario alemán no pudo evitar el desplome.

La República de Weimar se enfrentó al problema del desempleo (6 millones de parados en 1936) y a una creciente tensión social expresada en virulentas protestas, alentadas tanto desde la izquierda como desde la derecha. La carencia de un imperio colonial propio (Alemania había sido despojada de sus dominios a raíz de la guerra) impidió la creación de un espacio comercial integrado que hubiese paliado en parte los efectos de la recesión. El desempleo creó una situación de pobreza que en las ciudades se hizo todavía más dramática.

Y una vez más, el infatigable jesuita se movió entre la población de Munich tratando de ayudar a todo el que tuviera necesidad. Como Asesor de la Congregación Mariana de hombres debió multiplicar su trabajo al aumentar extraordinariamente el número de congregantes y tener que predicar meditaciones y pláticas hasta 70 veces en el mes. Introdujo las Misas dominicales en los terminales ferroviarios para conveniencia de los viajeros. Se ha dicho del P. Mayer en aquellos años que si Munich hubiera sido una única parroquia, él, sin duda, habría sido el párroco de todos.

Eran años de mucha agitación social y política, que favorecieron el crecimiento de los extremismos. Cuando los movimientos comunista y socialista crecieron, el P. Rupert Mayer asistió a sus encuentros e incluso participó con sus sermones contradiciendo a los oradores, sosteniendo los principios católicos y mostrando lo que él veía de equivocado en lo que los otros decían. De una manera especial se opuso a los esfuerzos que hacían los partidarios de Hitler para llevarlo al poder, y siempre sostuvo que un católico no podía dar su nombre al Nacional Socialismo. Pero sus intervenciones no eran políticas, sino una denuncia de males morales que poco a poco se querían imponer en la sociedad, desde uno y otro extremo.

Como ya se ha dicho, con la designación de Hitler como Canciller del Reich, en enero de 1933, comenzó en casi toda Alemania el movimiento contra las iglesias y las escuelas católicas, y el P. Mayer usó el púlpito de la iglesia jesuita de San Miguel, en el mismo centro de Munich, para denunciar la persecución, y en algunas ocasiones también lo hizo en lugares públicos, incluso delante del Sondergericht, uno de los tribunales especiales de Hitler, lo que en modo especial hizo enfadar a los nazis. El 16 de mayo de 1937 la Gestapo le ordenó terminar con sus predicaciones en público, porque no podía seguir tolerando su influencia cada día mayor entre el pueblo. Para ello, echaron mano a unas leyes alemanas del siglo XIX que prohibían a los clérigos hablar de política en público. Él obedeció, excepto en lo que se refería al interior del templo, donde continuó predicando. Fue arrestado el 5 de junio y puesto en prisión, la primera de tres veces. Estuvo en la Prisión de Stadelheim hasta que el tribunal, seis semanas después, le suspendió la sentencia.

Los superiores eclesiásticos le pidieron entonces cautela, pero él continuó defendiendo con valentía en el púlpito a la Iglesia de los ataques de los nazis. Y de nuevo fue arrestado y la sentencia le fue diferida por varios meses, hasta que una amnistía general lo dejó libre y pudo regresar a Munich, donde con discreción continuó su trabajo.

Una tercera vez lo arrestaron los nazis el 3 de noviembre de 1939, a pesar de que tenía ya 63 años de edad, y lo enviaron al campo de concentración de Oranienburg-Sachsenhausen, cercano a Berlín. Después de siete meses en ese campo, su salud empezó a deteriorarse, tanto que hasta los oficiales a cargo del campo temieron por su vida. Y como lo último que querían era hacer un mártir de ese popular sacerdote, lo trasladaron a la Abadía benedictina de Ettal, en los Alpes bávaros, donde quedó confinado hasta que los soldados americanos lo liberaron en mayo de 1945. Fueron años de sufrimiento por no poder realizar ningún tipo de apostolado, pero a la vez fueron años de profundización en la vida interior y de conformación con Cristo crucificado. En aquel tiempo escribió a su madre: “Intento rezar y ofrecer todo en sacrificio… Dios no quiere ahora otra cosa de mí, sino habría dispuesto las cosas en modo diferente”

Incansable a pesar de la salud, una vez liberado el P. Mayer volvió de inmediato a Munich y retomó su ministerio sacerdotal en la iglesia de San Miguel. Pero los años pasados en prisión lo habían debilitado en gran manera y el 1 de noviembre de 1945, en la fiesta de Todos los Santos, sufrió un fuerte ataque cardíaco mientras celebraba la Misa. Perdió el conocimiento y murió poco después, a la edad de 69 años. El gran predicador, padre de los pobres y defensor de los derechos de los católicos ante el absolutismo hitleriano, fue enterrado en el cementerio de la Compañía en Pullach, a las afueras de Munich, pero a causa del gran número de peregrinos que acudían cada día a visitar su tumba, años más tarde los padres de la Compañía decidieron trasladar sus restos a la cripta de su querida iglesia de San Miguel, donde Juan Pablo II veneró sus reliquias y lo beatificó el 3 de noviembre de 1987, aunque el proceso de beatificación lo había comenzado ya Pío XII, que lo había conocido y tratado personalmente cuando era nuncio en Munich.

Como se puede ver, el P. Mayer no fue un mártir sino, más bien, lo que en los primeros siglos se denominó “confesor de la fe”. Antes del siglo III eran los que sufrían por ella pero no llegaban a morir, a diferencia de los mártires, que sí morían; distinción que ya recogía Eusebio de Cesarea. Y en la “Tradición apostólica” se hablaba de dos tipos de confesores: los que han sufrido seriamente por la fe y aquellos cuyo castigo ha sido ligero o privado. Incluso algunos llegaron a atribuir funciones especiales en la Iglesia, a veces exageradas e incluso heréticas, a los que habían sobrevivido a la persecución. Sin embargo, cuando llegó la paz a la Iglesia, los confesores fueron ya en sentido genérico los que se distinguieron por su virtud y ascetismo. El caso de este heroico sacerdote, como el de muchos otros del siglo XX, nos conecta directamente con el concepto clásico de “confesor”.




LA COMPLEJA HISTORIA DE ROBERTO, PRIMER ABAD DEL CISTER


De todos es conocida la historia de la fundación del monasterio de Citeaux, en Francia, que dio origen a la orden cisterciense: En 1098, veintiún monjes del floreciente monasterio de Molesme, bajo la dirección de su abad Roberto y del prior Alberico, se establecieron en la selvática soledad del remoto bosque de Citeaux con el ánimo decidido a practicar la Regla de S. Benito al pie de la letra. Los monjes del que sería llamado “Nuevo Monasterio” renunciaron a todas las costumbres introducidas posteriormente a S. Benito, a la vez que reasumieron el trabajo agrícola, que había caído en desuso entre los monjes. Así, San Roberto de Molesme, junto con sus sucesores San Alberico y San Esteban Harding, son con toda justicia considerados como los fundadores del Cister, los tres “monjes rebeldes” de la famosa novela americana que cuenta los orígenes de dicha orden.


Pero lo historia fue más complejas, como compleja fue la fundación, cuyos primeros años fueron, a todas luces, durísimos, sobre todo el primer invierno. Los fundadores se alojaban, sin ninguna comodidad, en algunas moradas rústicas existentes en la finca, que, probablemente, contaba también con una vieja capilla. Las condiciones de vida eran rudas, había que poner en estado de producción las tierras, que entretanto no rendían nada o producían poco. Los monjes pusieron enseguida manos a la obra. Desde su llegada, empezaron a desbrozar y roturar el terreno y a construir un monasterio provisional de madera, pero esto no les daba para comer. No sólo eran pobres como querían, sino que pasaban verdaderos apuros y, de no recibir ayuda, no hubieran podido sobrevivir. Pero la ayuda llegó: El arzobispo Hugo de Die seguía interesándose por ellos y obtuvo que Otón, el poderoso duque de Borgoña, les favoreciera. El duque se mostró generoso.


La fundación oficial del Novum Monasterium, según la tradición, tuvo lugar el 21 de marzo de 1098, festividad de san Benito, que aquel año coincidió con el domingo de Ramos. Probablemente en la misma fiesta de la erección del monasterio, el obispo de la diócesis, Gualterio de Conches, después de recibir la promesa de acatamiento a la Iglesia de Chalón y de obediencia a su prelado que hizo Roberto, le entregó el báculo pastoral y el cuidado de los monjes. Éstos, a su vez, prometieron obediencia a Roberto y a sus sucesores en la misma fórmula en que renovaron su profesión para incardinarse en el Nuevo Monasterio.


Pero sucedió lo que era de prever. La salida del abad Roberto, del prior Alberico y de un numeroso grupo de monjes de la abadía de Molesme causó un verdadero escándalo. El cisma redundó, evidentemente, en desprestigio del monasterio de Molesme. Las murmuraciones se cebarían sobre todo en un punto concreto: para poder practicar la Regla, los monjes tenían que abandonar el monasterio. Los religiosos de Molesme se quejaban de que eran mal vistos por los nobles y el vecindario. Pero no se limitaron a lamentarse, hicieron gestiones en la curia pontificia, en lo que ya tenían alguna experiencia, y se salieron con la suya.


En todo este lamentable asunto, no cabe la menor duda, que representaba un papel sobresaliente, único, la figura venerable y venerada del abad Roberto. Si unos monjes, por numerosos que fueran, abandonaban el monasterio, siempre se les podía acusar de díscolos, fantasiosos, testarudos, cismáticos, etc., pero que el abad Roberto se marchara con ellos y se constituyera en abad del Nuevo Monasterio era realmente grave, algo que no tenía justificación posible ante la gente. Por eso, había que conseguir que el santo varón regresara a Molesme. Cierto que Molesme tenía ya otro abad, un tal Gaufredo, pero esto no era un obstáculo, pues Gaufredo estaba dispuesto a dimitir si Roberto regresaba.



Probablemente un día de verano de 1099, el arzobispo Hugo de Die, recibió una carta del papa Urbano II que, de no estar al corriente de los manejos de los molesmenses, debió sorprenderle no poco. La carta es un modelo de discreción y suavidad. El papa no ordena nada, solamente explica: “Hemos oído en audiencia el gran clamor de los monjes de Molesme pidiendo vehementemente la vuelta de su abad. Alegaban que la observancia estaba por los suelos y que, desde la marcha del abad, eran mal vistos por los nobles y el vecindario". Urbano II expresa un deseo: “Nos agradaría mucho que, si fuera posible, el abad en cuestión vuelva del desierto al cenobio". Es la misión que encarga al legado, misión difícil, a lo que cree, pues añade: “Si no lo consigues, preocúpate de que los amantes del desierto permanezcan en paz, y que los que están en el cenobio observen la disciplina regular”


Oída, pues, la petición del obispo de Langres y de los monjes molesmenses, oído el parecer de los monjes del Nuevo Monasterio, Hugo tomó esta decisión: El abad Roberto regresaría a Molesme y “También permitimos volver con él a Molesme a todos los hermanos del Nuevo Monasterio que le quieran seguir cuando se retire de él", prosigue el Decretum legati. Y aquí entra en escena la cuestión más controvertida sobre la figura de San Roberto de Molesme, como explica el gran historiador de la orden benedictina, el P. García Mª Colombás, en su libro “La Tradición Benedictina”, pues Hugo de Die más adelante, dirigiéndose al obispo de Langres y refiriéndose al abad Roberto: “Cuando haya concluido estos trámites, le enviaremos a vuestra caridad para que le restituyáis como abad a la Iglesia de Molesme. Si en adelante abandona aquella Iglesia, a causa de su habitual inconstancia, nadie le suceda en vida de Gaufredo sin nuestro consentimiento, el vuestro y el del mismo Gaufredo… Acerca de la capella y demás cosas que llevó consigo el abad Roberto al dejar la Iglesia de Molesme y con las cuales se presentó al obispo de Chalón y al Nuevo Monasterio, establecemos que todo quede para los hermanos del Nuevo Monasterio, excepto el breviario, que con el consentimiento de Molesme pueden retener hasta la festividad de san Juan Bautista para copiarlo”


“Solita levitate“: dos vocablos molestos, explica García Colombás. Los autores devotos de san Roberto se indignan al leerlos, o intentan explicarlos ingeniosamente. Sin embargo, es evidente que tales palabras son intencionadas y en modo alguno elogiosas. Hugo de Die debía estar fastidiado de las veleidades del santo varón. Sobre todo, de la última. Roberto aboga con fervor en favor de una fundación, le compromete a él al autorizar su salida de Molesme y de golpe quiere dejar a los suyos en la estacada y regresar. ¿Por pura obediencia? Para nuestro experto historiador benedictino, no fue así la cosa.


La verdad es que el papa no se lo había mandado, y si el legado Hugo de Die se lo ordenó, fue con el asentimiento del mismo Roberto, no contra su voluntad. Guillermo de Malmesbury, que disponía e una documentación de primera mano y no tenía motivo alguno para mostrarse parcial, es claro y tajante: tras el entusiasmo de los primeros días, Roberto se cansó, se arrepintió (poenituit), pues no soportaba “tan larga escasez de alimentos", los molesenses se enteraron, no se sabe si de viva voz o por carta, del estado de ánimo del que había sido su abad, y se sirvieron de un ardid para hacerle volver honorablemente a su monasterio, so pretexto de obedecer al papa. Volentem cogentes: obligando a quien quería que le obligaran. Y así “abandonó la estrechez de la casa de pobres para recuperar la majestad de un trono”. Un siglo más tarde, Conrado de Eberbach recogía la tradición respecto a Roberto cuando, en una página realmente dura, tachaba de imprudente su partida y la atribuía a la inconstancia, al tedio que le causaba el desierto, al vicio de la tibieza, al recuerdo de los honores y comodidades que había abandonado; de haber amado de verdad la pobreza del yermo, hubiera podido evitar el regreso a Molesme, pues las letras apostólicas no le obligaban a volver; de haber perseverado en su puesto, “hubiera merecido llamarse y ser el primer padre, el primer abad, el devoto institutor y el reverenciado fundador de la sagrada Orden del Císter".


Los autores modernos tratan de exculparle. E. Mikkers, por ejemplo, explica que los cambios que presenta su existencia se debieron a la búsqueda tenaz de una vida monástica más auténtica y más adaptada a las necesidades de su tiempo que la de Cluny y de otras abadías con sus tradiciones seculares. La docilidad que demostró al regresar a Molesme -opina J.-B. Auberger-, revela que el deseo profundo del abad era transformar su monasterio desde el interior pese a los anteriores fracasos, más bien que hacer una nueva fundación. Pero no cabe duda que el regreso de Roberto a Molesme fue considerado por los fundadores de Citeaux como una deslealtad, una defección, casi como una traición. Cuando más necesaria era su presencia, los abandonaba a su suerte, los cubría de desprestigio, los entregaba a la contradicción y la burla de sus adversarios. Con todo, los testimonios más antiguos que han llegado tratan a Roberto con objetividad y respeto. El Exordio primitivo cuenta lo sucedido sin comentarios, siguiendo al pie de la letra el contenido de los documentos que reproduce.


Roberto es un abad de santa memoria, los primeros cistercienses no hablan mal de él, no critican su conducta, pero toman una decisión drástica: puesto que se ha desentendido de la todavía muy tierna fundación, quedará excluido de la lista de prelados del Nuevo Monasterio. Alberico figuraría en ella como primer abad y Esteban Harding como el segundo.


Roberto cumplió lo ordenado por Hugo de Die y regresó a Molesme. Llevaba consigo, a manera de escudo de defensa la commendatio que le entregó Gualterio, obispo de Chalón, para el obispo de Langres, Roberto de Borgoña. Gualterio le declaraba libre de toda obligación respecto a él, la diócesis de Chalón y el Nuevo Monasterio, y se lo recomendaba: “No tengáis reparo de recibirle y tratarle honorablemente” Pero el abad no necesitaba ningún escudo, pues sabía que Roberto de Borgoña lo recibiría con todos los honores ya que eran viejos amigos, el obispo se había disgustado mucho cuando se fue, y sin duda sus gestiones tuvieron mucho más peso de lo que permiten sospechar las fuentes en todo el asunto de recuperarle. El abad Roberto, como si nada hubiera sucedido, volvió a gobernar el monasterio, y el obispo siguió tan afecto al mismo que quiso vestir la cogulla en él antes de morir.




LA INQUISICIÓN DE LA IGLESIA Y LA JUSTICIA DEL REY


JOSÉ LUIS MARTÍNEZ SANZ


El público culto de nuestros días cree de buena fe que la Inquisición era una monstruosa y criminal organización destinada a torturar y quemar vivos a seres inocentes que no creían firmemente o que no cumplían los preceptos de la Iglesia Católica. Para conocer la verdad de qué pensaban y cómo vivían las personas de la Edad Moderna (ss. XVI-XVIII), y tratar así de entender mejor la función y acciones de la Inquisición, es necesario establecer una comparación entre la actuación de la Inquisición y el funcionamiento de la justicia ordinaria o los tribunales civiles de aquellos siglos (“la justicia del Rey”, como se les llamaba generalmente). Y esa comparación debe presentarse sistematizada en varios pasos o fases.


Por rigor intelectual, y por sentido común, para hacer una comparación entre instituciones históricas es preciso partir de un principio que es la norma de todo verdadero historiador serio: no se puede juzgar, ni valorar, ni explicar el pasado con los criterios y valores del presente. Ya sabemos que hay otro tipo de “historiadores” que hacen locontrario, y por eso sus teorías y curiosas ideas son las más jaleadas, repetidas y difundidas; ante este hecho hay que recordar que Emil Ludwig, en su biografía de Bismarck, recogía unas curiosas palabras del Canciller: Hay dos clases de historiadores. Los unos hacen claras y transparentes las aguas del pasado; los otros las enturbian.


En segundo lugar, es preciso recordar uno de aquellos criterios o valores: aunque el concepto y la doctrina de lo que es el Estado no estaba desarrollado plenamente (sobre todo en la mentalidad de las gentes sencillas), sí estaba universalmente entendida y extendida la idea de fidelidad al Rey, a quien se suponía el único soberano de cada territorio (en nuestros días, en los países democráticos el soberano es el pueblo, y en los países socialistas, comunistas y autocráticos [como en el Zimbawe de Mugabe] el Estado es el soberano y el propietario de los medios de producción). Para aquellas gentes, desobedecer al Rey era el delito de felonía, y abandonar, engañar, o burlar al Rey era el delito de alta traición; y ambos se pagaban con la muerte. Por eso, la conducta de traición o de engaño a Dios (superior al Rey), era aún más grave, y se castigaba no sólo con la muerte, sino con una muerte cruel como “castigo” al delincuente y espantosa para “ejemplo” y advertencia a los demás. Esas muertes solían ser en la hoguera.


En tercer lugar, contra la falsa, famosa y difundida “leyenda negra” antiespañola, hay que recordar que las condenas a muerte por cuestiones religiosas no eran exclusivas de España ni de la Inquisición, sino algo corriente en toda Europa: así ocurría en la Inglaterra anglicana (por ejemplo, con Tomás Moro), en la Francia de los calvinistas hugonotes, en la calvinista Ginebra (con Miguel Servet, y con otros muchos antes y después de él), entre los luteranos alemanes (con sus famosas “guerras de religión”, como en Francia) e incluso en la Rusia ortodoxa de los voivodas y zares.


Un cuarto punto sería recordar que la Inquisición española no fue ni la primera ni la única. La primera y modelo de todas las que vendrían después fue la inquisición judía, una institución semirreligiosa y semipolítica. La “inquisición” o averiguación sobre alguien, junto con el castigo posterior si el resultado de esa investigación mostraba que su acción era reprobable, no es un invento medieval sino de la antigua teocracia judía: en el Antiguo Testamento (Deut 17, 2-7), se determina cómo debían ser los juicios en Israel para quien ofendiese a Dios de palabra o de obra, ordenando una indagación o inquisición, un juicio y la correspondiente condena. Por eso, este sistema se aplicó a Jesucristo, que fue espiado y discutido por sacerdotes (Mt 21, 23) y fariseos (Mt 22, 15-22); luego fue apresado por ellos en el Huerto de los Olivos (Mt 26, 47-56), llevado ante el Sanedrín y condenado por los sacerdotes y autoridades judías (Mt 26, 57-66). La antigua Sinagoga distinguía tres grados de anatema o condena: la separación (niddui), la excomunión (herem) y la muerte (schammata); con arreglo a esto, juzgaron y condenaron a Jesucristo al schammata (Jn. 18, 14 y ss.), y se lo entregaron a los romanos para que le mataran.



Esta inquisición y su sistema de apresamiento y condena se ve más clara aún en los Hechos de los Apóstoles (8, 1-33 y 9, 1-30), donde se narra la persecución judía contra los primeros cristianos y cómo el Sumo Sacerdote envió a Saulo hacia Damasco para averiguar si los judíos de Siria se habían hecho cristianos, y en ese caso traerlos encadenados a Jerusalén: durante su viaje a Damasco, el inquisidor judío Saulo se convirtió al cristianismo y se trocó en San Pablo, el decimocuarto apóstol cristiano.


Más tarde, a caballo entre la Plena y la Baja Edad Media, apareció en Europa la Inquisición medieval. Europa sufría una grave conmoción: en Flandes habían aparecido unos predicadores que enseñaban extrañas doctrinas y, como el pueblo flamenco los consideró herejes, se vieron forzados a huir. Se refugiaron en el suroeste de Francia, en torno a Albi: por eso los eclesiásticos los llamaban “albigenses”, pero el pueblo los conocía como “cátaros”. El problema era que no sólo hablaban de dogmas y sacramentos religiosos, sino de instituciones sociales, como el matrimonio, la jerarquía (la eclesiástica -papado- y la civil -monarquía-). Siguiendo los precedentes judíos contenidos en las Sagradas Escrituras, la Iglesia creó también un sistema de averiguación sobre la posible herejía: en su bula Excommunicamus, de 1231, el papa Gregorio IX instituyó un Tribunal de la Inquisición para perseguir la herejía de los cátaros o albigenses.


De ese modo la Curia pontificia tomaba las riendas en el asunto de las herejías, se reducía la responsabilidad de los obispos en materia de ortodoxia, se sometía a los inquisidores bajo la jurisdicción del pontificado, y se establecían severos castigos; el cargo de inquisidor fue confiado casi exclusivamente a frailes franciscanos y dominicos por su mejor preparación teológica y su rechazo a las ambiciones mundanas. Al poner bajo dirección pontificia la persecución de los herejes, el papa se adelantó al emperador del Sacro Imperio, el suabo Federico II Stauffen, quien previsiblemente quería tomar esa iniciativa para utilizarla con objetivos políticos. Restringida en principio a Alemania y Aragón, la nueva institución entró enseguida en vigor en el conjunto de la Iglesia, aunque no funcionara por entero o lo hiciera de forma muy limitada en muchas regiones de Europa. Tiempo después, cayó en desuso y permaneció así durante siglos.


Otros herejes de la época, condenados ya en el IV Concilio de Letrán, de 1215 (Dz 434), eran los valdenses. Tras ser aplastados los albigenses en la cruzada levantada contra ellos, los valdenses fueron las siguientes víctimas de la Inquisición en Francia: en 1487, el papa Inocencio VIII organizó una cruzada contra ellos en el Delfinado y Saboya (hoy territorios de Francia).

Por estos años apareció la Inquisición española. Es sabido que, tras las persecuciones europeas contra los judíos y su expulsión de los diversos reinos (los primeros fueron los ingleses en 1290, con Eduardo I), muchos de ellos se refugiaron en los diversos reinos cristianos de España. Su preparación y su fraternidad étnico-religiosa permitieron que volviesen a detentar puestos dirigentes en todos los reinos y ámbitos. Las gentes del pueblo miraban con aversión a los que, viniendo de fuera, se adueñaban de lo de dentro; por si fuera poco, la peste negra y otros acontecimientos extraños (los martirios de Santo Dominguito del Val y del Santo niño de La Guardia -Toledo-, que no eran propiamente ritos religiosos judíos, sino ritos satánicos hechos por odio a Cristo) concitó mucha enemistad hacia sus autores.


Muchos judíos se convirtieron entonces al Cristianismo, pero parte de ellos seguía practicando su religión y ocupaba puestos hasta en la Iglesia, burlando la fe de las gentes y profanando la religión. Y esto era lo más grave: si entonces la traición al rey era el delito de felonía y lesa majestad que se castigaba con la muerte, la traición contra Dios y su religión era un sacrilegio o pecado nefando que merecía el peor castigo. De ese modo, a fines del siglo XV recibieron los Reyes Católicos las quejas de sus pueblos contra los “falsos cristianos” judíos y moriscos, que se mofaban de Cristo y de los dogmas de la Iglesia y actuaban en contra de los intereses del reino. La realidad es que hubo muchos judíos y musulmanes que se bautizaron de buena fe y con toda sinceridad, pero otros lo hicieron para no ser molestados y proseguir sus negocios: estos últimos eran los que constituían una semilla de herejías y de discordia social, y los más escandalosos eran los falsos conversos que habían llegado a sacerdotes y obispos de la Iglesia y se reían de los dogmas, devociones y ceremonias cristianas.


Además de la aversión popular, estaba la académica y erudita de los propios conversos: el Fortalitium Fidei de Fr. Alonso de Espina, y la Historia de los Reyes Católicos del cura de Los Palacios (1478), ambos judíos: sus obras eran antijudías y acusaban a los falsos conversos de haberse infiltrado en el episcopado y el sacerdocio, poniendo en peligro la cristiandad. Para depurar a los culpables y respetar a los inocentes, los Reyes pidieron al papa Sixto IV que introdujera la Inquisición también en Castilla, pues en Aragón ya había existido. La creación del Santo Oficio de la Inquisición tendría un carácter especial en España por depender los jueces inquisidores directamente de la Corona. El papa Sixto IV se lo concedió por la bula Exigit sincerae devotionis affectus (1478), siendo su primer inquisidor general el dominico judío Tomás de Torquemada, al que sucedieron otros de similar procedencia: de ahí viene la expresión “el furor de los conversos”. El investigador judío Henry Kamen ha destacado que, al ser la Inquisición española un instrumento mediatizado por la Corona, muchas de sus actuaciones deben explicarse más bajo esa perspectiva que bajo la del fanatismo de la Iglesia. Hay que destacar que la Inquisición española perseguía no sólo los delitos de herejía (recuérdese que en toda Europa se actuaba de igual forma: así Calvino con Servet, o Enrique VIII con Tomás Moro), sino también la blasfemia, la homosexualidad o sodomía, el adulterio -tanto el masculino como el femenino-, y otros pecados socialmente rechazables en la mentalidad de la época, castigando cada uno de ellos según su gravedad.


Se puede decir que la actividad de la Inquisición en España se dirigió inicialmente, desde 1478, contra los falsos conversos judíos, a pesar de que los primeros inquisidores eran también judíos. Posteriormente, desde 1502 su actividad se volcó contra los falsos conversos moriscos; más tarde, desde 1520 y tras el estallido de la reforma luterana, se dedicaría a extirpar la herejía protestante. Su lema era un versículo bíblico: Exurge Dómine, et iudica causam tuam (Sal 74, 22); su escudo o blasón, una cruz (generalmente, verde), con una rama de olivo a su derecha y una espada desenvainada a su izquierda. Y es preciso recalcar un hecho, a menudo desconocido: la Inquisición no tenía jurisdicción sobre musulmanes y judíos, sino sólo sobre cristianos, por lo que podía perseguir como criminales contra Dios y su Iglesia solamente a los falsos cristianos o falsos conversos.


La Inquisición actuaba mediante denuncia previa, que solía ser secreta. El acusado era apresado y se le tomaba declaración, pudiendo ser en ella sometido a tormento: ése era entonces el procedimiento habitual de la justicia civil en toda Europa. También podía presentar testigos de descargo, pero el testimonio de dos testigos de cargo veraces anulaba las protestas de inocencia del acusado. Las penas impuestas variaban desde la residencia en un convento para los casos leves, al público azote a los adúlteros paseados en burro y montados al revés con grandes cuernos puestos sobre su cabeza, a la exhibición pública del sambenito (un largo escapulario amarillo) en los más serios y públicos, e incluso para los más graves -predicar o escribir herejías- se podía llegar hasta la muerte; pero esta pena nunca la aplicaba la Inquisición, sino que entregaba los condenados al brazo secular o justicia del rey, que era la que ejecutaba de hecho la sentencia inquisitorial en un solemne y público auto de fe con propósito ejemplarizante. Si el reo estaba huido, se le quemaba en efigie (la mayoría de los casos), junto con sus libros si los había escrito.


Por el contrario, si los denunciados eran hallados inocentes -una vez investigados- se les ponía en libertad: en el s. XVI fueron denunciados, apresados e interrogados muchos conocidos personajes que, una vez probada su ortodoxia, fueron absueltos y canonizados por la Iglesia: San Juan de la Cruz, Santa Teresa, etc. Y lo mismo puede decirse de los teólogos (como Fr. Luis de León), de los escritores de temas religiosos (Fr. Luis de Granada), de los fundadores de grupos y congregaciones religiosas (San Ignacio de Loyola) y de otros muchos que tocaban directamente temas religiosos: casi todos fueron investigados por la Inquisición, que absolvía a los inocentes y sólo castigaba a los probadamente culpables del delito de herejía o de otros delitos sociales y religiosos. A pesar de ello, también en esa institución hubo errores e incluso abusos, como el ocurrido con el mismísimo Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo y cardenal primado de España.


La Inquisición era severa, pero generalmente muy honesta y rigurosa y no tenía la crueldad con que ha sido retratada en la “leyenda negra”: si aplicamos la visión comparativa, encontramos que a lo largo de sus más de trescientos años de existencia, la Santa -como el vulgo la llamaba- en España condenó a muerte a un número de reos similar al de las brujas quemadas en Inglaterra durante un solo año del s. XVII, como señaló H. Eric Midelfort tras estudiar 1.258 ejecuciones por brujería en el suroeste de Alemania entre 1562 y 1684, algo que “olvidan” ciertos historiadores que se autodenominan progresistas y se creen científicos. La Inquisición española pervivió hasta el s. XIX, en que fue definitivamente abolida. En nuestros días, como es lógico, la mentalidad social rechaza la Inquisición porque nadie debe ser forzado a aceptar una determinada fe religiosa, y porque hoy se condena -teóricamente- toda coacción a la libertad de pensamiento y expresión; pero Menéndez Pelayo apuntó como balance históricamente positivo de la Inquisición el que lograra evitar que España se dividiese y conociera la mortandad, el terror y la ruina producidos por las “guerras de religión” que asolaron el resto de Europa en aquellos trágicos momentos.


Más de medio siglo después que la española y ya antes de la inauguración del Concilio de Trento, ante los problemas religiosos surgidos en Alemania y las ejecuciones de católicos en el Imperio y en Inglaterra, el papa Paulo III estableció en 1542 la Inquisición romana, y se la confió a los dominicos por haber sido los primeros adversarios de Lutero. Luego se fue extendiendo por diversos Estados italianos, y posteriormente se impuso en la mayoría de los Estados católicos de Europa. Paralelamente, en los países protestantes se hacía lo mismo y con mayor intolerancia, si bien no tenían una institución establecida formada por teólogos autorizados: eran los jueces (ordinarios o religiosos) los que se encargaban de lo que entonces se consideraba el crimen más execrable, como era la ofensa a Dios. Recuérdese el caso de la quema y muerte de Miguel Servet en Ginebra (Suiza), acusado de hereje por Calvino.


Por lo que respecta a la Iglesia católica, esa labor de vigilancia del dogma ha perdurado hasta nuestros días: a mediados del siglo XX, y como fruto del Concilio ecuménico Vaticano II, la hasta entonces Congregación del Santo Oficio -que presidía el temido cardenal Ottaviani- cambió su nombre y funciones por el de Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyo “Prefecto” o director a finales del siglo XX fue el cardenal Ratzinger, un jesuita alemán y eminente teólogo, que desde 2005 es el Papa Benedicto XVI.

Ciertamente, en nuestros días vemos negativo todo tipo de imposición, incluso el control de nuestro pensamiento, ideas o conciencia, porque van contra la libertad, que para un cristiano es una cualidad puesta por Dios en el hombre, y para toda persona es un derecho inalienable e irrenunciable. Pero estos parámetros de hoy no se pueden aplicar exactamente igual a aquella sociedad de entonces: eso sería caer en el error antihistórico y acientífico del “anacronismo”, (juzgar el pasado con los criterios del presente), del que huye todo historiador serio. Por principio, un historiador explica e interpreta, pero no valora ni juzga, a pesar de que es un ser humano con sus ideas, prejuicios, convicciones, etc., y vive en un tiempo y espacio concretos, con las ideas y valores de ese tiempo y de ese lugar.


En quinto lugar, buscando la verdad, la precisión y poniendo cada cosa en su sitio, debe estudiarse en sí misma y comparativamente el fenómeno “Inquisición española”, cotejándola o contrastándola con otras instituciones similares, pues hubo muchas. En esta labor es preciso recordar los trabajos de historiadores y otros estudiosos serios, solventes y desapasionados. El antropólogo norteamericano Marvin Harris no es sospechoso de partidismo clerical ni supersticioso, sino más bien de todo lo contrario; en uno de sus libros sobre la brujería y su represión en los tribunales reales o municipales durante la Edad Moderna en Europa recoge y refleja los trabajos de otros especialistas en esos temas:


[…] Se estima que 500.000 personas fueron declaradas culpables de brujería y murieron quemadas en Europa entre los siglos XV y XVII. Sus crímenes: un pacto con el diablo; viajes por el aire hasta largas distancias montadas en escobas; reunión ilegal en aquelarres, adoración al diablo; besar al diablo bajo la cola; copulación con íncubos, diablos masculinos dotados de penes fríos como el hielo, o copulación con súcubos, diablos femeninos. A menudo se agregaban otras acusaciones más mundanas: matar la vaca del vecino, provocar granizadas, destruir cosechas, robar y comer niños. Pero más de una bruja fue ejecutada sólo por el crimen de volar por el aire para asistir a un aquelarre.


[…] Para empezar, vamos a centrarnos en la explicación de por qué y cómo las brujas volaban hasta los aquelarres. [Así lo creían muchos en aquel siglo] Pese a la existencia de un gran número de «confesiones», poco se conoce en realidad sobre historias de brujas autorreconocidas. Algunos historiadores han mantenido que todo el extraño complejo -el pacto con el diablo, el vuelo en escobas y el aquellarre- fue invención de los quemadores de brujas más que de las brujas quemadas. Pero, como veremos, al menos algunas de las acusadas tenían durante la instrucción del proceso un sentido de ser brujas y creían fervientemente que podían volar por el aire y tener relaciones sexuales con los diablos.


La dificultad con las «confesiones» estriba en que se obtenían habitualmente mediante tortura. Esta se aplicaba rutinariamente hasta que la bruja confesaba haber hecho un pacto con el diablo y volado hasta un aquelarre, y continuaba hasta que la bruja revelaba el nombre de las demás personas presentes en el aquelarre. Si una bruja intentaba retractarse de una confesión, se la torturaba incluso con más intensidad hasta que confirmaba la confesión original. Esto dejaba a una persona acusada de brujería ante la elección de morir de una vez por todas en la hoguera o volver repetidas veces a la cámara de tortura. La mayor parte de la gente optaba por la hoguera. Como recompensa por su actitud de cooperación, las brujas arrepentidas podían esperar ser estranguladas antes de que se encendiera el fuego.


Voy a describir un caso típico entre los centenares documentados por el historiador de la brujería europea, Charles Henry Lea. Ocurrió en el año 1601 en Offenburg, ciudad situada en lo que más tarde se llamaría Alemania Occidental. Dos mujeres vagabundas habían confesado bajo tortura ser brujas; cuando se les instó a identificar a las otras personas que habían visto en el aquelarre, mencionaron el nombre de la esposa del panadero, Else Gwinner. Else fue conducida ante los examinadores el 31 de octubre de 1601, y negó resueltamente cualquier conocimiento de brujería. Le instaron a evitar sufrimientos innecesarios, pero persistía en su negativa. Le ataron las manos a la espalda y la levantaron del suelo con una cuerda atada a sus muñecas, un sistema conocido como la estrapada. Empezó a gritar, diciendo que confesaría, y pidió que la bajaran. Una vez en el suelo, todo lo que ella dijo fue «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». La volvieron a aplicar la tortura pero sólo consiguieron dejarla inconsciente. La trasladaron a la prisión y la volvieron a torturar el 7 de noviembre, levantándola tres veces mediante la estrapada, con pesos cada vez mayores atados a su cuerpo. Tras el tercer levantamiento gritó que no podía aguantarlo. La bajaron y confesó que había gozado del «amor de un demonio». Los examinadores no quedaron satisfechos; deseaban saber más cosas. La elevaron de nuevo con los pesos más pesados, exhortándola a confesar la verdad. Cuando la dejaron en el suelo, Else insistió en que «sus confesiones eran mentiras para evitar el sufrimiento» y que «la verdad es que era inocente». Entretanto los examinadores habían detenido a la hija de Else, Agathe. Condujeron a Agathe a una celda y la golpearon hasta que confesó que ella y su madre eran brujas y que habían provocado la pérdida de las cosechas para elevar el precio del pan. Cuando Else y Agathe estuvieron juntas, la hija se retractó de la acusación que involucraba a su madre. Pero tan pronto como Agathe se quedó sola con los examinadores, volvió a confirmar la confesión y pidió que no la llevaran de nuevo ante su madre.


Condujeron a Else a otra prisión y la interrogaron con empulgueras [4]. En cada pausa volvía a confirmar su inocencia. Finalmente admitió de nuevo que tenía un amante demoniaco, pero nada más. El tormento se reanudó el 11 de diciembre después de haber negado una vez más toda culpabilidad. En esta ocasión se desmayó. Le arrojaron agua fría a la cara; ella gritaba y pedía que la dejaran en libertad, pero tan pronto como se interrumpía la tortura, se retractaba de su confesión. Finalmente confesó que su amante la había conducido en dos vuelos hasta el aquelarre. Los examinadores pidieron saber a quién había visto en estos aquelarres. Else dio el nombre de dos personas: Frau Spiess y Frau Weyss. Prometió revelar después más nombres.


Pero el 13 de diciembre se retractó de su confesión, pese a los esfuerzos de un sacerdote que la confrontó con la declaración adicional obtenida de Agathe. El 15 de diciembre, los examinadores le dijeron que iban a «continuar la tortura sin piedad o compasión hasta que dijera la verdad». Se desmayó, pero afirmó su inocencia. Repitió su confesión anterior, pero insistió en que se había equivocado al haber visto a Frau Spiess y Frau Weyss en el aquelarre: «Había tal muchedumbre y confusión que era difícil la identificación, especialmente por cuanto todos los presentes cubrían sus caras lo más que podían». Pese a la amenaza de nuevas torturas, rehusó sellar su confesión con un juramento final. Else Gwinner murió quemada el 21 de diciembre de 1601.


Además de la estrapada, el potro y la empulguera, los cazadores de brujas utilizaban sillas con puntas afiladas calentadas desde abajo, zapatos con objetos punzantes, cintas con agujas, yerros candentes, tenazas al rojo vivo, hambre e insomnio. Un crítico contemporáneo de la caza de brujas, Johann Mattháus Meyfarth, escribió que daría una fortuna si pudiera desterrar el recuerdo de lo que había visto en las cámaras de tortura: He visto miembros despedazados, ojos sacados de la cabeza, pies arrancados de las piernas, tendones retorcidos en las articulaciones, omoplatos desencajados, venas profundas inflamadas, venas superficiales perforadas; he visto las víctimas levantadas en lo alto, luego bajadas, luego dando vueltas, la cabeza abajo y los pies arriba. He visto cómo el verdugo azotaba con el látigo y golpeaba con varas, apretaba con empulgueras, cargaba pesos, pinchaba con agujas, ataba con cuerdas, quemaba con azufre, rociaba con aceite y chamuscaba con antorchas. En resumen, puedo atestiguar, puedo describir, puedo deplorar cómo se violaba el cuerpo humano.


Durante toda la locura de la brujería, toda confesión arrancada bajo tortura tenía que ser confirmada antes de que se dictara sentencia. Así, los documentos de los casos de brujería siempre contienen la fórmula: «Y así ha confirmado por su propia voluntad la confesión arrancada bajo tortura». Pero como indica Meyfarth, estas confesiones carecían de valor al objeto de poder separar las verdaderas brujas de las falsas. ¿Qué significa -se preguntaba- el que encontremos fórmulas como: «Margaretha ha confirmado ante el tribunal de justicia por propia voluntad la confesión arrancada bajo tortura»?


Significa que, cuando confesaba después de un tormento insoportable, el verdugo le decía: «Si pretendes negar lo que has confesado, dímelo ahora y lo haré aún mejor. Si niegas delante del tribunal, volverás a mis manos y descubrirás que hasta ahora sólo he jugado contigo, porque te voy a tratar de un modo que arrancaría lágrimas de una piedra». Cuando Margaretha es conducida ante el tribunal, está encadenada y sus manos tan fuertemente atadas que «manan sangre». A su lado se hallan carcelero y verdugo, y a sus espaldas guardianes armados. Tras la lectura de la confesión, el verdugo le pregunta si la confirma o no.


El historiador Hugh Trevor-Roper insiste en que se realizaron muchas confesiones a las autoridades públicas sin ninguna evidencia de tortura. Pero incluso estas confesiones «espontáneas» y «realizadas libremente» deben evaluarse en función de las formas de terror más sutiles de las que disponían examinadores y jueces. Era una práctica establecida entre los examinadores de brujería, amenazar primero con la tortura, después describir los instrumentos que se utilizarían, y finalmente mostrarlos. Las confesiones se podían obtener en cualquier momento del proceso. Probablemente, los efectos de estas amenazas lograron «confesiones» durante la instrucción del proceso que hoy en día nos parecen «espontáneas». No niego la existencia de confesiones verdaderas o de brujas «verdaderas», pero me parece sumamente perverso que los especialistas modernos aborden el empleo de la tortura como si fuera un aspecto secundario en las investigaciones sobre brujería. Los examinadores nunca quedaban satisfechos hasta que las brujas confesas daban nombres de nuevos sospechosos, que posteriormente eran acusados y torturados de una manera rutinaria.


Meyfarth menciona un caso en el que una vieja torturada durante tres días reconoció al hombre a quien había delatado: «Nunca te había visto en el aquelarre, pero para acabar con la tortura tuve que acusar a alguien. Me acordé de ti porque cuando era conducida a la prisión, te cruzaste conmigo y me dijiste que nunca hubieras creído esto de mí. Te pido perdón, pero si fuera de nuevo torturada te volvería a acusar». La mujer fue enviada al potro y confirmó su historia original. Sin tortura no puedo comprender cómo la locura de la brujería pudo cobrarse tantas víctimas, no importa cuántas personas creyeran realmente que volaban hasta el aquelarre. Prácticamente todas las sociedades del mundo tienen algún concepto sobre la brujería; pero la locura de la brujería europea fue más feroz, duró más tiempo y causó más víctimas que cualquier otro brote similar. Cuando se sospecha de brujería en las sociedades primitivas, tal vez se empleen ordalías dolorosas como parte del intento de determinar la culpabilidad o la inocencia. Pero en todos los casos que conozco se torturaba a las brujas hasta confesar la identidad de otras brujas. […]


Por todo ello, y en conclusión, el estudio comparativo de la Inquisición es muy revelador: muestra que en períodos especialmente conflictivos, en un solo año se quemaban en Inglaterra más brujas que ajusticiados por la Inquisición española durante los aproximadamente cuatro siglos de su existencia. Para la sensibilidad y pensamiento de nuestro tiempo tan condenable es lo uno como lo otro; pero respecto a vidas humanas, y a pesar de toda su carga negativa, la Inquisición libró a España de las guerras de religión y de matanzas como las ocurridas en Alemania, Francia, Escocia e Irlanda, que produjeron una ingente cantidad de muertos y un caos civil y social.

Sin embargo, la Inquisición española ha sido tratada con una dureza deformada, crispada y sectaria que ha exagerado sus aspectos más negativos olvidando lo ocurrido en otros países. El mismo Henry Kamen ha calculado que la Inquisición sólo hizo ejecutar al 2 % de los acusados que encausó, lo que vendría a arrojar una cifra de cerca de 1.300 condenados en todo el territorio de la monarquía hispánica, incluidos los Virreinatos de América y de Italia en los casi cuatro siglos que duró; ciertamente hubo más quemados en efigie, o cadáveres, o condenados in absentia, etc. Kamen dice que “cualquier comparación entre tribunales seculares e Inquisición arroja un resultado favorable a ésta en lo que a rigor se refiere”. Si comparamos esa exigua cifra con la de franceses muertos en la matanza de San Bartolomé, resulta cercana; si la comparamos con la de brujas quemadas vivas en Inglaterra y Alemania (300.000), éstas fueron 250 veces más; si lo hacemos con los guillotinados de la Revolución francesa entre 1792 a 1794 (34.000), los revolucionarios la superan con creces; si la relacionamos con los muertos en campos de concentración nazis, o en los comunistas de la Siberia de Stalin, es infinitamente menor; si la cotejamos con los muertos del actual terrorismo islámico (EE.UU., Madrid, Irak, etc.) o el de los judíos en Palestina y territorios ocupados, la cifra se queda demasiado corta.


Entonces, ¿por qué tiene la Inquisición (española) tan mala fama? Los judíos que la crearon y difundieron, los ingleses, holandeses y franceses que la propagaron durante siglos lo hicieron por ser entonces enemigos de España. Pero también lo hicieron para que, fijándose todos en lo que ellos decían que habían cometido los españoles, nadie prestase atención a lo que ellos mismos cometían y habían hecho en su país y fuera de él. Y lo peor es que, todavía hoy, siguen haciéndolo: las fotos de las cárceles de Irak lo evidencian. Esa mala fama que sus enemigos han atribuido a España es lo que los historiadores españoles denominan “la leyenda negra”, tan arraigada que hasta Spielberg se ha hecho eco de ella.


Por otro lado, también en España se ha dado “el furor de los conversos” de dos maneras. De forma normal, porque los primeros inquisidores eras judíos o procedentes de familias conversas conocidas y notorias, y quizás por probar su fidelidad a la Iglesia católica y a sus dogmas persiguieron con inusitados esfuerzos y dedicación a los que antes habían sido sus hermanos en la religión judía. Pero también de forma inversa: así, el P. Juan Antonio Llorente, que había sido secretario en la sede sevillana de la Inquisición, que luego se secularizó y como afrancesado huyó a París al final de la Guerra de la Independencia, escribió una Historia crítica de la Inquisición española que se publicó en París entre 1817 y 1818 en cuatro volúmenes, así como La Inquisición y los españoles, en las que cargaba las tintas contra “la Suprema”, atribuyéndole la desorbitada cifra de casi 32.000 personas quemadas: hoy nadie acepta esa exagerada cantidad, ni siquiera su más remota posibilidad. Sin embargo, a pesar de todas las calumnias y errores vertidos sobre la Inquisición, los verdaderos historiadores no olvidan el caso de Orfila.


Mateo-José Orfila y Rotger (1787-1853), médico y químico español nacionalizado francés en 1819, luego catedrático de Química en la Sorbona y decano en su Facultad de Medicina, así como presidente del Colegio de médicos, relataba que en su juventud (1805) había ganado en la universidad de Valencia un certamen público sobre Geología; alguien denunció a la Inquisición las ideas sobre la antigüedad del mundo expuestas por él, por lo que tuvo que declarar ante el inquisidor Nicolás Lasso. El mismo Orfila relató aquella entrevista:

«Me encontré delante de un sacerdote de unos cincuenta años, de buena planta y de aspecto majestuoso, de maneras nobles y distinguidas. Pronto me di cuenta de que sus conocimientos y espíritu le colocaban en primera fila de los hombres de la Ilustración. Ayer por la tarde -me dijo- tuvisteis un gran éxito que aplaudo, tanto más cuanto que aprecio a la juventud estudiosa y procuro estimularla con todos los medios de que dispongo. ¿Quién sois?¿De dónde venís?¿Qué queréis hacer? De repente, sus amistosas palabras desvanecieron el miedo que tenía y me cohibía en una conversación que podría tener consecuencias desagradables para mí. Le contesté respetuosamente, procurando demostrar que no estaba intimidado. Me preguntó: ¿Es verdad que en la sesión de ayer por la noche, cuando se os preguntó, dejasteis entrever, siguiendo los conocimientos físicos y geológicos que habéis aprendido en los libros franceses, que el mundo es más antiguo de lo que se ha creído hasta ahora, y que al mismo tiempo dejasteis traslucir que vuestras opiniones sobre la creación de tantas maravillas no son completamente ortodoxas? Decidme la verdad. Mi contestación fue clara, de modo que quedó satisfecho. Entonces se levantó y me invitó a entrar en su hermosa biblioteca, señalándome, entre otros libros, las obras completas de Voltaire, de Rousseau, de Helvetius y de otros autores modernos. Para terminar me dijo: Marchaos, joven; continuad tranquilamente vuestros estudios y no olvidéis desde ahora que la Inquisición de nuestro país no es tan rencorosa como se dice, ni se preocupa tanto en perseguir como dice la gente».



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