Artículos por "Genio femenino"
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11:59 p.m. ,

“Qué importante es para nuestras familias a caminar juntos para alcanzar una misma meta. Sabemos que tenemos un itinerario común que recorrer; un camino donde nos encontramos con dificultades, pero también con momentos de alegría y de consuelo (…) Es hermoso abrir siempre el corazón unos a otros, sin ocultar nada. Donde hay amor, allí hay también comprensión y perdón”, nos recordaba en Papa Francisco en la homilía del 27 de diciembre, fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

Y mirando a mis hijos, unos casados, otros ennoviados, y otros -Dios dirá lo que tiene preparado para ellos- , me planteaba la gran responsabilidad que tenemos cada uno de nosotros con las nuevas generaciones. Es más,  pensaba que no es suficiente proponerles una doctrina cristiana sobre el matrimonio y la familia. Es necesario vivirla intensamente y transmitirla con un ejemplo de vida alegre, viva, jovial, joven e ilusionada a pesar de los años; accesible para todo el que quiera amar, coherente, valiente, fiel, serena y segura.

¿Qué seria del mundo sin la fidelidad de muchos matrimonios que se prometieron amor eterno y  que cada día  que pasa se quieren más a pesar de las pruebas y obstáculos propios del día a día? Como dice mi amiga Sonsoles: “La fidelidad en nuestro matrimonio no es algo que busquemos, es algo que sucede por el amor comprometido que nos tenemos el uno al otro. Este compromiso crece cada día. El ser fieles es una consecuencia de cómo entendemos el amor. Nosotros entendemos nuestro matrimonio como un bien personal… Yo soy fiel porque quiero estar junto a mi marido todos los días de mi vida. Es en la permanencia a su lado como yo crezco como persona pues tengo que salir de mí para encontrarme con él.

Un matrimonio que no es fiel, se antoja complicado. Una verdadera amistad que no es fiel, se antoja complicada. Cualquier relación entre personas, si no es fiel, se antoja complicada. La fidelidad y la sinceridad van de la mano. Ninguno de nosotros quiere ser engañado en sus relaciones personales. No estamos hechos para el engaño o la mentira. No estamos hechos para la infidelidad. La prueba de ello es el dolor que sentimos cuando nos son infieles”.

Como señalaba el Santo Padre: “No perdamos la confianza en la familia (…) esta misión tan importante, de la que el mundo y la Iglesia tienen más necesidad que nunca”.

11:10 p.m. ,

Corre por la red una carta del periodista francés Antoine Leiris que tras perder a su mujer en uno de los ataques en Paris escribió: “Ustedes no tendrán mi odio…No les daré el privilegio de odiarlos…Queréis que tenga miedo, que mire a mis conciudadanos con sospecha, que sacrifique mi libertad por la seguridad. Y no, no lo conseguiréis”.

Y estas palabras, me hacen preguntarme esta mañana: ¿Cómo reaccionar ante este grandísimo mal del terrorismo? ¿Debería renunciar a la venganza, a los recelos, la indignación, a la cólera de estos actos tan dolorosos? ¿Tendría que endurecer mi corazón para que estas tragedias humanas- y otras acaecidas en otros países de los que hoy nadie habla -, no me afecten?

Es normal que la ira , el odio, la revancha, sea una primera reacción ante ciertos acontecimientos brutales contra nuestro modo de vida, nuestra libertad, nuestros valores, y la dignidad humana. La violencia y el mal no nos pueden dejar indiferentes. Debemos reconocerlo y, en lo posible, repararlo. Pero, la solución no es malgastar nuestra vida buscando resurgir de nuestras heridas a cualquier precio. “Un refrán chino dice: “El que busca venganza debe cavar dos fosas”1 .Solo respondiendo a la violencia con comprensión, sin odio, sin prejuicios podremos construir un mundo mejor. “Nosotros tenemos flores”, como le explica este padre a su hijo los atentados en París en un video recogido por un periodista del programa francés Le Petit Journal.

Como decía Juan Pablo II: “No podrá emprenderse nunca un proceso de paz si no madura en los hombres una actitud de perdón sincero. Sin este perdón las heridas continuarán sangrando, alimentando en las generaciones futuras un hastío sin fin, que es fuente de venganza y causa de nuevas ruinas. El perdón ofrecido y aceptado es premisa indispensable para caminar hacia una paz auténtica y estable (…)E l dolor por la pérdida de un hijo, de un hermano, de los propios padres o de la familia entera por causa de la guerra, del terrorismo o de acciones criminales, puede llevar a la cerrazón total hacia el otro (…) Sólo el calor de las relaciones humanas caracterizadas por el respeto, comprensión y acogida, pueden ayudarles a superar tales sentimientos. La experiencia liberadora del perdón, aunque llena de dificultades, puede ser vivida también por un corazón herido (…) A cada persona de buena voluntad, deseosa de trabajar incansablemente para la edificación de la nueva civilización del amor, repito: ¡ofrece el perdón, recibe la paz!”.2

Aun así, muchos de vosotros lo sabéis por experiencia, el dolor, las lágrimas, la herida, y el sufrimiento no desaparece de nuestras vidas.

“Quizá nunca será posible perdonar de todo corazón, al menos si contamos sólo con nuestra propia capacidad. Pero un cristiano cuenta, además, con la ayuda todopoderosa de Dios. “Con mi Dios, salto los muros,” canta el salmista. Podemos referir estas palabras a los muros que están en nuestro corazón. Con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la gracia de Dios, es posible realizar esta tarea sumamente difícil y liberarnos a nosotros mismos. Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un gran alivio. Significa optar por la vida y actuar con creatividad.

Sin embargo, no parece adecuado dictar comportamientos a las víctimas. Hay que dejar a una persona todo el tiempo que necesite para llegar al perdón. (…)

En un primer momento, generalmente no somos capaces de aceptar un gran dolor. Antes que nada, debemos tranquilizarnos, aceptar que nos cuesta perdonar, que necesitamos tiempo. Seguir el ritmo de nuestra naturaleza nos puede ayudar mucho. No podemos sorprendernos frente a tales dificultades, tanto si son propias, como si son ajenas.

Si conseguimos crear una cultura del perdón, podremos construir juntos un mundo habitable, donde habrá más vitalidad y fecundidad; podremos proyectar juntos un futuro realmente nuevo. Para terminar, nos pueden ayudar unas sabias palabras: “¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona."3

1 Jutta Burggraf, Aprender a perdonar, Nuestro Tiempo, nº 643

2 JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz Ofrece el perdón, recibe la paz, 1-I-1997.

3 Jutta Burggraf, Aprender a perdonar, Nuestro Tiempo, nº 643

12:51 a.m. ,


“Cuán importante es el papel de una familia coherente con las normas morales, para que el hombre, que nace y se forma en ella, emprenda sin incertidumbres el camino del bien, inscrito siempre en su corazón” (Juan Pablo II, Carta a las familias,n. 5)


La Iglesia recuerda hoy a una gran mujer: Santa Mónica, madre de San Agustín. Una mujer-madre a la que tengo gran devoción por su gran fe y su inmenso amor maternal. Una mujer valiente que “construyó su casa en el amor, vivió en santo temor de Dios y cumplió siempre su voluntad”( Pr 14, 1-2)


De hecho, afirmaba Benedicto XVI, recordando la memoria de Santa Mónica, “nunca dejó de rezar por él y por su conversión; y tuvo el consuelo de verlo retornar a la fe y recibir el bautismo. Dios escuchó las oraciones de esta madre santa, a la que el Obispo de Tagaste le había dicho:“Esté tranquila, es imposible que un hijo de tantas lágrimas se pierda”.


Es más, cuando pienso en ella me viene a la cabeza aquella maravillosa oración de una madre de familia de V. Gillick que dice así:


“He hecho todo lo que ha estado en mi mano y les he aconsejado lo más sabiamente que he podido. No sé qué hacer más, Dios mío. Ahora te toca a ti. Tú les amas mucho más de lo que yo pueda amarlos, y has sufrido por ellos más de lo que yo podré sufrir nunca, y sus errores te dolerán mucho más de lo que yo pueda nunca comprender. Guárdalos en tu amor; guíalos, protégelos y llévalos a un refugio seguro según tu sabiduría y en el momento oportuno”.


“¡Lo que llegué a ser y cómo, se lo debo a mi madre!”, solía decir San Agustín. Y, como he dicho en muchas ocasiones, las mujeres, sabedoras de la responsabilidad que lleva consigo el título de “guardianas del ser humano”, no dudan en poner en juego sus cualidades propias para sembrar en los corazones la grandeza, la belleza, la bondad y la verdad del rostro de Cristo. Esto es lo que hace que no se pueda escribir, por ejemplo, la historia de Agustín sin referirnos a su madre Mónica, como evoca éste en sus Confesiones:


“Es que tu mano, Dios mío, en el secreto de tu providencia, no abandonaba mi alma. Es que, día y noche, mi madre te ofrecía en sacrificio por mí la sangre de su corazón y las lágrimas de sus ojos” (Conf., V, 10-13).


Las últimas palabras de Mónica antes de morir sintetizan admirablemente la tarea esencial de toda madre cristiana: ” En lo que a mí respecta, hijo mío, ya no deseo nada de esta vida. No veo que tenga que hacer más -dijo-, ni por qué he de vivir aquí; se desvaneció ya la esperanza de este mundo. Sólo una cosa me hacía desear la vida todavía algún tiempo aquí abajo. Deseaba antes de morir verte cristiano católico. Dios me la concedió con creces. Veo que menosprecias las alegrías terrenales para ser su siervo. ¿Qué hago yo aquí? (Conf, IX, 26).



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