Artículos por "Espada de dos filos"
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Una lectora me pide que trate en el blog la importancia de los santos en la vida del cristiano y lo hago de mil amores, porque es un tema fascinante. Gracias a Dios, en mi familia, como en tantas otras familias católicas, los santos siempre han tenido un papel significativo, tanto a la hora de nombrar a los niños como de pedir su intercesión o de encontrar ejemplos de vida cristiana.

Algunos católicos, sin embargo, víctimas de modas de origen protestante que han sacudido al catolicismo europeo y norteamericano en las últimas décadas, ya no son conscientes de la importancia de los santos para su vida, algo que no había ocurrido en los diecinueve siglos anteriores de historia de la Iglesia. Qué triste es ver que hay familias católicas que han perdido la costumbre de celebrar el día del santo de cada uno de sus miembros o de invocar a esos santos y que en ciertas iglesias modernas los muros desnudos de cemento ocupan el lugar que antiguamente estaba dedicado al recuerdo de los que murieron por causa de la Palabra de Dios y por el testimonio que dieron (Ap 6,9).

La veneración de los santos no es una costumbre pasada de moda, como sugieren algunos con el atrevimiento que nace de la ignorancia. Al contrario, es la realización concreta de una de las grandes verdades de la fe cristiana, tan importante que tiene su propio artículo del Credo: creo en la comunión de los santos. No sólo estamos unidos en Cristo a los demás católicos que viven hoy en el mundo, sino también a los que vivieron en otros tiempos y que están en el purgatorio o en el cielo.

En las iglesias católicas orientales, las paredes están cubiertas por completo con iconos no solamente de Cristo y de su vida, sino también de los santos de la historia de la Iglesia, adornados con el oro que simboliza la gloria de Dios que los baña por completo. Estos iconos recuerdan poderosamente el misterio de la comunión de los santos. En virtud de esa comunión, los católicos nunca estamos solos. Como dice la Carta a los Hebreos 12,1, una nube de testigos nos rodea (recordemos que, en griego, testigo se dice “mártir”). Cristo no fundó una mera institución, sino que creó una familia, que es la Iglesia. Los mártires, los confesores, los doctores de la Iglesia, las bienaventuradas vírgenes, los santos pastores y todos los santos en general son nuestros hermanos, nos preceden en el camino de la fe y están ya en el cielo al que, si Dios quiere, también nosotros llegaremos un día.

Si sólo Dios es santo, ¿cómo puede haber santos? Como recuerda Santo Tomás, bonum diffusivum sui, es decir, el bien tiende a repartirse. Dios, que es el único Santo, nos regala generosamente su santidad a manos llenas: seréis santos como yo soy santo (Lev 19,2). Cristo se entregó por su esposa la Iglesia para santificarla y hacer de ella una nación santa, pueblo adquirido por Dios (1P 2,9). Como dice el Catecismo, “al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores” (Catecismo de la Iglesia Católica 828).

Por ello, los santos y especialmente la Virgen, que es la Reina de todos ellos, son una gracia para la Iglesia y para cada uno de nosotros. Dios nos los da como compañeros, hermanos, ejemplos, intercesores, amigos, protectores y maestros. En ellos, se nos manifiesta Cristo: quien os escucha, me escucha a mí (Lc 10,16), de manera que nosotros, que vivimos dos mil años después de la vida terrena de Jesús, podemos contemplar humanamente a nuestro Señor en aquellos que, fieles a la obra del Espíritu Santo, reflejan su Rostro y tienen los mismos sentimientos de Jesús (Flp 2,5). Ellos son los amigos de Dios, los que glorifican al Cordero en su trono celeste, los que oran incesantemente por nosotros (cf. Ap 5,8).

Al igual sucede con todas las cosas buenas, es cierto que pueden existir personas que deformen el culto a los santos e incluso lo conviertan en poco más que una superstición. Si una pobre señora pone perejil a San Pancracio para tener “buena suerte”, probablemente necesitará una catequesis que la ayude a entender que los santos están en el cielo y no necesitan nada de nosotros (bueno, y a comprender que eso de la “buena suerte” no es cristiano). Sin embargo, como dicen los juristas, abusus non tollit usus, es decir, el hecho de que alguien abuse de una práctica y la deforme no es razón para abandonar esa práctica bien entendida.

Lejos de pensar que los santos son algo sin importancia, la Iglesia ha organizado su mismo “programa de vida”, su calendario litúrgico, en torno a la memoria de los santos y a los misterios de Cristo. El martirologio romano, que es la lista oficial de santos de la Iglesia, recoge como un tesoro el recuerdo de los santos a lo largo de la historia. Además, desde su inicio, la Iglesia ha querido vincular la celebración de la Eucaristía a la conmemoración de los mártires. En cuanto comenzó a haber mártires, la Misa se celebraba sobre sus tumbas en el día de su martirio (que llamaban dies natalis, día del nacimiento a la vida verdadera) y aún hoy, se acostumbra a colocar reliquias de santos bajo los altares de las iglesias.

Por ello, la Iglesia nos anima siempre a pedir la intercesión de los santos, que rezan por nosotros desde el cielo, con la ventaja de estar contemplando ya el Rostro hermosísimo de Dios.  La oración sobre las ofrendas del día de Todos los Santos pide a Dios que nos conceda “experimentar la fraterna solicitud por nuestra salvación de aquellos que han alcanzado ya la felicidad eterna” y el prefacio de la solemnidad nos invita a alegrarnos “al celebrar hoy la gloria de los hijos más insignes de la Iglesia”, en los que Dios nos concede, “al mismo tiempo, ejemplo y ayuda para nuestra fragilidad”. Despreciar esa ayuda para nuestra debilidad es o bien un signo de ignorancia o de absurda temeridad.

Todo católico debería tener siempre una vida de santo en la mesilla de noche y empezar otra cuando la termine. Es un tipo de lectura espiritual sencilla y amena, que no exige el esfuerzo de un tratado de teología o un catecismo, ni la concentración de un libro de oración. Además, tiene un efecto muy particular contra la acedia y la tibieza.

Por un lado, las vidas de santos despiertan el deseo de seguir a Cristo como lo hicieron los santos, un deseo que ensancha el corazón y es fundamental para la vida cristiana, como decía San Agustín. Así se convirtió San Ignacio, leyendo el Evangelio y vidas de santos y notando que esas lecturas dejaban en él una paz y una alegría duraderas y profundas. ¿Qué puede haber mejor que desear la contemplación de San Bruno, la sabiduría de Santo Tomás, la ortodoxia de San Atanasio, la pobreza de San Francisco, el celo evangelizador de San Francisco Javier, la pureza de Santa Inés, la obediencia de Santa Teresa o el amor por la Escritura de San Jerónimo?

Por otro lado, contrarrestan eficazmente la tentación de la desesperanza, de pensar que no es posible vivir como Dios quiere. En efecto, en los santos vemos ejemplos concretos de personas que, de hecho, pudieron vivir haciendo la Voluntad de Dios. Si Santa Mónica pudo conseguir de Dios la gracia de la conversión de su hijo, su marido y su suegra, ¿por qué no voy a conseguirla yo? Si Santa Teresa de Lisieux, que no salía nunca de su convento, es la patrona de las misiones, ¿qué hago yo quejándome de esta enfermedad que me tiene postrado en la cama en lugar de ofrecerla a Dios por la salvación de los hombres? Si San Antonio dejó sus bienes para seguir a Cristo al escuchar una frase del Evangelio, ¿cómo voy a permanecer yo esclavo del dinero?

Venerar la memoria de los santos, leer sus vidas y pedir su intercesión nos recuerda, además, cuál es nuestra vocación principal: la vocación a ser santos. Dios no se conforma con menos. No quiere que seamos buenas personas sino perfectos en la caridad y santos como Él es santo, porque no hay otro camino para la felicidad plena ni existe nada mejor en este mundo ni en el otro. Que Dios nos lo conceda.

Todos los santos, rogad por nosotros.

Una de las características de nuestro tiempo es la valoración de la inmediatez sobre la precisión. Lo importante es la últimísima noticia, que se consume y traga a toda prisa, para pasar con rapidez a la siguiente, sin tiempo para evaluar su veracidad o su error, digerirla y asimilarla con tranquilidad.

En este contexto, me ha parecido oportuno reflexionar sobre dos declaraciones recientes del Papa que algunos no entienden bien, sino que las interpretan en el peor de los sentidos posibles, de manera ajena a la enseñanza de la Iglesia. La primera de las intervenciones corresponde, además, a una entrevista, un género literario que se presta mucho a la imprecisión de lo que dice el entrevistado y a una comprensión superficial por parte de los lectores.

En su último viaje en avión, un periodista preguntó al Papa Francisco acerca del virus Zika y la doctrina católica sobre la anticoncepción.  Por supuesto, el periodista sabía perfectamente que la doctrina católica sobre ese tema está contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica, pero, tristemente, ya estamos acostumbrados a que lo único que busquen los periodistas sea un titular sensacionalista.

En su respuesta, el Papa comenzó muy didácticamente, señalando que no es lo mismo el aborto que la anticoncepción. Evidentemente, el aborto es algo mucho más grave, al tratarse del homicidio de un niño inocente por parte de aquellos encargados por Dios de protegerlo especialmente: sus padres, los médicos y las autoridades del Estado.

Como es lógico, que el aborto sea aún más grave no quita que la anticoncepción también sea grave (Pablo VI habló literalmente de “gravísimo deber”, “grave cuestión”, “graves motivos” y “graves consecuencias”; cf. Humanae Vitae 1.6.10.17). La diferencia con el aborto tampoco quiere decir que la maldad de la anticoncepción sea un precepto meramente religioso, como no comer carne en viernes de cuaresma. La maldad de la anticoncepción corresponde a la ley natural, que es, simplemente, el camino querido por Dios para el hombre, para todo hombre, y no sólo para los católicos. Juan Pablo II mostró claramente esto, al resaltar que el anticoncepcionismo era contrario al sentido fundamental del propio amor conyugal humano y no a una norma ritual religiosa:

“Al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal” (Familiaris Consortio 32).

También debe entenderse bien un ejemplo que puso el Papa: el de monjas que, en tiempo de disturbios sociales pensaban que podían ser violadas y tomaron anticonceptivos para evitar que esas posibles violaciones dieran lugar a embarazos. Como es lógico, un caso de violación nada tiene que ver con la doctrina católica sobre la anticoncepción, que presupone una relación sexual consentida. En caso de violación, la mujer violada no está teniendo una relación sexual en sentido propio, sino que está sufriendo abusos criminales que le impone el violador, así que no existe ningún tipo de relación conyugal, ni siquiera análogamente, que se pueda desvirtuar de forma inmoral o pecaminosa. De ese caso excepcional, por lo tanto, no se puede sacar ninguna conclusión sobre las relaciones entre esposos, que son algo esencialmente diferente.

Finalmente, hay que recordar que, según enseña la doctrina católica, la anticoncepción en una relación conyugal es un mal intrínseco, es decir, no es buena en ningún caso, ni siquiera con un fin bueno. No sería posible, por lo tanto, apelar a los (aún no probados) riesgos para la salud del niño como consecuencia del virus Zika para justificar el uso de anticonceptivos.

El Papa Francisco, muy acertadamente, hizo referencia al beato Pablo VI, que dejó clarísimo el carácter de mal intrínseco de la anticoncepción en su encíclica sobre el tema (como también recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica 2730):

“no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda” (Humanae Vitae 14)

En segundo lugar, me ha parecido oportuno mencionar un tema diferente pero también necesitado de clarificación: en la declaración conjunta firmada el sábado pasado por el Papa Francisco y el Patriarca Kiril de Moscú se hace una referencia a las Iglesias católicas orientales, que, si no se entiende bien, podría dar lugar a confusión sobre este tema y, de hecho, ha despertado cierto malestar entre los ucranianos católicos.

Para evitar esos posibles malentendidos, conviene hacer de nuevo lo que siempre hace un católico: permitir que la fe católica arroje luz sobre el tema para entenderlo correctamente y disipar cualquier confusión. Como señaló la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Dominus Iesus y como confesamos en el Credo, existe solamente una única Iglesia de Cristo, que es la Católica. Cristo no tiene dos Cuerpos místicos o dos Esposas, así que no pueden existir dos “Iglesias”:

“Por eso, en conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: una sola Iglesia católica y apostólica” (Dominus Iesus 16)

En ese sentido, la fe enseña que no existe una Iglesia Ortodoxa y una Iglesia Católica porque eso sería como decir que hay dos Iglesias, contra lo que enseña el Credo. La Iglesia Católica, presidida por el Papa como Vicario de Cristo, es la única Iglesia universal.

En cambio, sí que existen muchas Iglesias locales dentro de la única Iglesia Católica universal. Es lo que, en Occidente, llamamos diócesis y en Oriente recibe el nombre de eparquías, es decir, porciones del único Pueblo de Dios reunidas en torno a su obispo, como sucesor de los Apóstoles. Además de las Iglesias locales católicas, en plena comunión con Roma, pueden existir también otras Iglesias locales en comunión dañada con la Iglesia universal, es decir, Iglesias locales cismáticas (cf. Dominus Iesus 17). Son las Iglesias locales (cismáticas) de Atenas, Kiev, Lvov, San Petersburgo, etc., es decir, básicamente obispos ortodoxos (o precalcedonianos) con su clero y sus fieles.

Así pues, no hay que entender la declaración en sentido propio cuando el documento habla de comunidades que se separan de “su Iglesia”. Como hemos visto en los párrafos anteriores, un obispo no católico que, con sus fieles, vuelve a la comunión con Roma, no se está separando de ninguna “Iglesia”, porque la única Iglesia es la Católica. De hecho, lo que está haciendo es unirse a esa única Iglesia que confesamos en el Credo. Es lo que, de una manera u otra, ha hecho el llamado “uniatismo” de cristianos orientales que se unen plenamente a la Sede de Roma. Ningún católico podría oponerse a algo así, porque lo cierto es que no hay otra forma de sanar las heridas de la unidad de la Iglesia.

Además, por supuesto, es imposible olvidar que esas Iglesias locales que volvieron a la comunión con la única Iglesia universal Cristo en muchas ocasiones han tenido que sufrir terribles persecuciones por su fidelidad. Mártires como San Josafat, San Andrés Bóbola o San Teodor Romzha dan fe de ello. En Ucrania, por ejemplo, durante la época soviética las iglesias católicas de rito oriental fueron confiscadas en su totalidad y los clérigos católicos vivieron en la clandestinidad, de modo que, cuando eran descubiertos, se les condenaba a un campo de concentración o a algo peor. Recuerdo que, cuando visité el país, me impresionó mucho que prácticamente cualquier católico con el que uno hablaba podía contarle historias de esa persecución que había presenciado o sufrido en persona.

¿Cómo hay que entender entonces lo que dice la declaración con respecto a las iglesias católicas orientales? Evidentemente, en sentido amplio y no definitorio. Es una afirmación ecuménica, de amistad con el Patriarca de Moscú y los ortodoxos rusos, a los que se les asegura que los católicos no estamos siguiendo una estrategia maquiavélica de “divide y vencerás”, que no deseamos acabar con ellos como si nos alegráramos por sus desgracias, sino que genuinamente deseamos la unidad con ellos. Los ortodoxos no son enemigos a vencer, sino hermanos separados y deseamos con todas nuestras fuerzas volver a estrecharlos en nuestros brazos.

Nada de eso puede restar el más mínimo valor a las Iglesias orientales católicas, que son un regalo del cielo, una gloria del catolicismo y un testimonio de la enorme riqueza de la Tradición católica.

Inmaculada Concepción de MurilloPor alguna razón, la gente suele pensar que la Patrona de España es la Virgen del Pilar, pero no es así. Nuestra Patrona es la Inmaculada Concepción. Fue proclamada Patrona de España por el papa Clemente XIII, mediante la bula Quantum Ornamenti, del 25 de diciembre de 1760, a solicitud del rey Carlos III. En enero del año siguiente, el Rey firmó un decreto proclamando legalmente a la Inmaculada patrona de todos sus dominios, con el título de “Universal Patronato de Nuestra Señora en la Inmaculada Concepción en todos los Reinos de España e Indias”.

Esa proclamación no se hizo a la ligera, sino que es muestra de que en España se ha defendido este dogma desde mucho antes de que fuera declarado como tal por la Iglesia. Desde el siglo VI, con el breviario de San Isidoro, se celebra en España esta fiesta, los santos padres españoles hablan de esta doctrina en sus escritos, hacer juramento de defenderla era una condición necesaria para ser admitido en las universidades españolas, además de en innumerables cofradías y otros grupos, la Inmaculada es la patrona de la Infantería española y, antiguamente en España, el Día de la Madre se celebraba hoy. La misma invocación “Mater Immaculata” se incluyó en las letanías del Rosarío a petición de Carlos III.

Antiguamente, la gente solía saludar al llegar a una casa diciendo “Ave María Purísima“, a lo que se contestaba “Sin pecado concebida". Este saludo sólo persiste ya en los conventos y en el confesionario, pero el amor a la Virgen concebida sin pecado es algo más español que los Reyes Católicos (los cuales, por cierto, eran miembros de la Cofradia de la Purísima Concepción), que el descubrimiento de américa o que la bandera rojigualda y debería conservarse y aumentarse en todos nosotros.

El Papa Pío IX, que proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción en 1854, también mandó construir la imagen de la Inmaculada que hay en la Plaza de España en Roma y, en aquella ocasión, declaró: “Fue España, la Nación, que por sus reyes y por sus teólogos, trabajó más que nadie para que amaneciera el día de la proclamación del dogma de la Concepción Inmaculada de María". Como reconocimiento por parte de la Santa Sede de este hecho, concedió a España el privilegio de usar ornamentos litúrgicos azules en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción. El azul no es un color propiamente litúrgico y sólo puede usarse en esta fiesta y en los países del antiguo Imperio Español (Hispanoamérica, Filipinas, partes de Estados Unidos, etc.).

Propongo que, como ya hicimos en otra ocasión en esta fiesta, recojamos algunas poesías sobre la Inmaculada Concepción o sobre la Virgen en general. Cada lector, que copie en los comentarios algún poema que le guste sobre este tema. Pueden ser propios o tomados de algún otro autor. Para romper el hielo, voy a empezar yo con una décima que he escrito (y que es cantada por mi mujer en el vídeo):

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El texto de la décima, que forma parte del libro Romero a Roma, es:

¿Será azul el dulce manto
De la Virgen, mi Señora,
Por el cielo donde mora
Con el Dios tres veces santo?
¿O no será que el encanto
De este cielo y su color
Vienen de que el Creador
Pensando estaba aquel día
En la Virgen que vendría
Y en su manto acogedor?

¿Alguien más se anima a alabar a la Virgen sin pecado y a bendecir a Dios, que la creó?

Lo más curioso de todas estas polémicas matrimoniales es que son una repetición, algo más virulenta, de otras que se produjeron hace un cuarto de siglo. Las mismas propuestas se defendieron ya en aquel entonces. Incluso algunos de los protagonistas eran los mismos (como el cardenal Kasper). Por supuesto, la Iglesia ya respondió a esas propuestas con toda claridad y reafirmando la fe católica en multitud de documentos magisteriales: Familiaris Consortio, Donum Vitae, Humanae Vitae, documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Catecismo de la Iglesia Católica y un largo etcétera.

Desgraciadamente, los defensores de adaptar el Evangelio al mundo en lugar de a la inversa, inasequibles al desaliento, han seguido erre que erre con lo mismo. Con una diferencia: ya no pueden decir (aunque lo digan) que actúan de buena fe. Que ellos sólo proponen hipotéticamente esas cosas pero aceptan lo que diga la Iglesia, porque de hecho la Iglesia ya se pronunció sobre todos estos temas y a ellos, aparentemente, les da igual.

Más aún, tampoco pueden decir (aunque lo digan) que sus propuestas son la solución de los problemas de la Iglesia, porque esas propuestas han demostrado ser un fracaso absoluto en todos los lugares en los que se han puesto en práctica. Como tantas veces sucede, los supuestamente modernos, progresistas y avanzados (cuyo único argumento es, precisamente, esa modernidad) no son más que los defensores de ideologías del pasado, tan apolilladas y mohosas que dan asco.

Cedo la palabra al entonces cardenal Ratzinger, en el delicioso libro-entrevista a Peter Seewald “La sal de la tierra“, escrito hace veinte años:

Peter Seewald: “[Cardenal Ratzinger,] en relación con las críticas a la Iglesia, usted dijo una vez que había un “canon de temas": la ordenación de la mujer, los anticonceptivos, el celibato y el matrimonio de los divorciados. […] Esta discusión parece seguir avanzando fatigosamente en círculos. Quizás algunas clarificaciones nos ayudarían a salir de este punto muerto […].

Cardenal Ratzinger: “Me gustaría señalar de nuevo que se trata de temas genuinos, pero también creo que estamos perdiendo el rumbo cuando los convertimos en cuestiones estándar y en las únicas preocupaciones del cristianismo. Hay una reflexión muy sencilla en contra de esto (mencionada, por cierto, por Johann Baptist Metz en un artículo sobre la Petición del Pueblo de la Iglesia). Estos temas ya se resolvieron en el luteranismo, que, en estos puntos, ha tomado el otro camino. Está muy claro que con ellos no ha resuelto el problema de ser cristiano en el mundo de hoy y que el problema del cristianismo, el esfuerzo por ser cristiano, sigue siendo tan dramático como antes.

Metz, si recuerdo bien, pregunta por qué tenemos que convertirnos en un clon del protestantismo. De hecho, dice, es bueno que ya se haya hecho el experimento, porque muestra que ser cristiano hoy no se basa en esas cuestiones, que la solución de esos temas no convierte el Evangelio en más atractivo ni hace que ser cristiano sea más fácil. Ni siquiera logra un acuerdo que favorezca la unidad de la Iglesia. Creo que debemos dejarlo muy claro: no es por estas cuestiones por lo que está sufriendo la Iglesia“.

La sal de la tierra, Joseph Ratzinger y Peter Seewald 1996

Así nos va.

En el último viaje que hice a Munich, hace un par de semanas, estuve leyendo una serie de lápidas muy antiguas colocadas en la fachada de la catedral. Los alemanes suelen ser muy cuidadosos con las cosas del pasado y generalmente se preocupan por mantener y restaurar las que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. Como es lógico, las inscripciones estaban en latín, así que ya imaginarán que no había grandes colas para leerlas y pude hacerlo con tranquilidad.

Una de las lápidas me llamó la atención. Era de Henricus Vambes de Florimont. Este Don Enrique del Monte Florido era un eques gallus, es decir, un caballero francés, y me cayó bastante simpático. El pobre hombre, fue enviado en el s. XVII desde Francia a Baviera por María Victoria, la esposa del Delfín de Francia, que era alemana. Allí gastó sus energías trabajando y fue envejeciendo: “adolevit, viguit, consenuit”. Finalmente, “mortem Christiane obiit Monachi ex morbo senectute”, murió de viejo cristianamente en Munich cuando casi había llegado ya a los noventa años.

Me gustó mucho el sano escepticismo que mostraba la lápida, a diferencia de otras muchas, con respecto al valor de los cargos y honores. Después de contar todo lo que el difunto había trabajado durante su vida y los importantes puestos que había tenido, la inscripción sentenciaba:

“Bona in vita collecta,

Religione in Deum,

Charitate in proximum,

secum tulit".

Es decir, “se llevó consigo los bienes que había recogido durante su vida: su piedad para con Dios y su caridad para con el prójimo”. No está mal como meditación para recordar de vez en cuando. Lo único que de verdad es nuestro es lo que nos dejamos querer por Dios y nuestro amor a él y al prójimo. Todo lo demás es vanidad. Los triunfos en el trabajo, el coche que nos hemos comprado, ser admirado por todos o salir en la televisión, tener un blog muy popular… vanidad de vanidades.

Y también me encantó la última frase de la inscripción:

“Tu Viator

Mortuo bene precare

Idem forte cras

Rogaturus".

O, en román paladino, como suele el vulgo hablar a su vecino:

“Caminante,

Reza por este difunto.

Quizás mañana

Tengas que pedir tú lo mismo”.

Aquel piadoso caballero francés y sus deudos eran conscientes de que rezar por los que han muerto es un deber de para todos los cristianos. Sabían perfectamente que una de las obras de misericordia, tan olvidadas en este siglo, es, precisamente, rezar por los difuntos. Y sabían que, si no rezamos por los que nos han precedido, tampoco podemos esperar que nadie rece por nosotros cuando lo necesitemos.

Hoy, en cambio, prácticamente se ha perdido en España la tradición cristiana de rezar por los difuntos. Una costumbre que era universal entre los católicos hace unas pocas décadas ha desaparecido sin dejar casi ningún rastro. Como mucho, se reza por quien ha muerto en su funeral (y, en muchos casos ni siquiera en el funeral, porque a menudo parecen más ceremonias de canonización paganas que otra cosa). Pero eso es todo. La mayoría de los niños ni siquiera han oído nunca que se pueda rezar por los que han muerto y se sorprenden agradablemente si lo oyen. Si no fuera por la liturgia, que eleva todos los días nuestra oración al Padre por “los que nos han precedido en el signo de la fe y duermen el sueño de la paz”, este olvido sería prácticamente total.

Si Dios no lo remedia, nadie o casi nadie rezará por nosotros cuando hayamos muerto. Y nos lo habremos merecido, porque no hemos sido constantes en orar por los que nos precedieron. Además, orar por los que han muerto es un signo de fe en la vida eterna y en la resurrección. Porque los difuntos viven en el Señor y, en el último día, resucitarán con él. Así pues, no sería mala idea aprovechar para recordar hoy en la oración a nuestros difuntos. Y también a Don Enrique de Monteflorido, caballero francés y hermano nuestro en la fe, que nos ha recordado que debemos hacerlo.

Ahora que, por fin, se ha acabado el Sínodo de los obispos, creo que a todos nos hace falta algo para hacernos olvidar el mal sabor de boca de ciertas intervenciones, que, por decirlo de alguna manera, no han sido precisamente edificantes. Así pues, usaremos el agere contra ignaciano: para quitar de la boca el sabor mundano a relativismo y desesperanza, nada mejor que el buen sabor de la santidad.

En mi opinión, pocas lecturas hay más recomendables que las vidas de santos, porque muestran en concreto que es posible vivir según la voluntad de Dios, aunque al mundo (dentro o fuera de la Iglesia) le parezca un ideal inalcanzable. Hoy propongo, además, leer la vida de una santa que se distinguió sobre todo por hacer esa voluntad de Dios en su familia: Santa Mónica.

En la Editorial Vita Brevis, acaba de publicarse una breve y amenísima vida de la santa de Tagaste. El libro, titulado Santa Mónica: Las lágrimas de una madre, es una traducción del original inglés de F.A. Forbes, una religiosa que escribió numerosas vidas de santos, algunas de las cuales ya fueron publicadas anteriormente por la editorial.

Generalmente, conocemos a Santa Mónica por ser la madre de San Agustín y por haberse pasado años y años rezando por la conversión de su hijo, hasta que Dios se la concedió. De ahí el subtítulo del libro: Las lágrimas de una madre. Su propio obispo le dijo un día, cuando estaba tentada de desesperanza: “Es imposible que el hijo de tantas lágrimas se pierda”. Conviene señalar que antes de convertirse, Agustín logró grandes éxitos profesionales y llegó a ser uno de los profesores y oradores más prestigiosos del imperio, pero Mónica, a pesar de que se alegraba con esos éxitos, sabía que lo verdaderamente importante era otra cosa: la fe en Cristo, que da la vida eterna. Por ello, no dejó de “molestar” al cielo hasta que Dios le dio la gracia de ver a Agustín bautizado.

La vocación de Santa Mónica, sin embargo, no se limitó a la maternidad de uno de los más grandes santos de la Iglesia. No sólo tuvo un hijo difícil, también tuvo un matrimonio lleno de problemas. Sus padres la casaron con un pagano, Patricio, que, además de ser de carácter violento y complicado, tenía una idea muy diferente de lo que era el matrimonio. Su suegra la veía como una competidora por el afecto de Patricio y contagió su antipatía por la joven esposa a los esclavos y sirvientes de la casa, que inventaban todo tipo de falsedades sobre ella. Todo esto producía grandes sufrimientos a Mónica, precisamente en la época en la que su querido hijo Agustín se había distanciado de ella al abandonar la fe y hacerse maniqueo.

La mentalidad de hoy le habría dicho a Santa Mónica que se divorciase, que estaba plenamente justificado que dejara a su marido, que era joven y podía “rehacer su vida”. Multitud de amigas, tan bienintencionadas como mundanas, le habrían dicho que tenía “derecho a ser feliz”, que su marido era un cerdo y su suegra una arpía y debía pagarles con su propia moneda. Es decir, probablemente lo mismo que le dijeron en aquel entonces, porque el paganismo romano no era muy diferente del actual.

Mónica, sin embargo, era una verdadera cristiana y su respuesta sorprendió a todo el mundo. En vez de separarse de su marido, le fue siempre fiel y reaccionó ante sus enfados y desprecios con amor y respeto. En lugar de responder a su suegra con la misma moneda, procuró hacerle la vida más fácil en todo momento y la cuidó con amor cuando fue perdiendo las fuerzas por la edad. Lejos de enfadarse con los criados por sus intrigas y maledicencias y descargar sobre ellos su frustración, se preocupaba por su bienestar, intentaba evitarles castigos y les hablaba de Cristo.

¿Resultado? Mónica sufrió y mucho, pero sus sufrimientos no fueron en vano. Los esclavos se convirtieron y comenzaron a bautizarse uno tras otro. Su suegra se convirtió y terminó queriéndola como a una hija. Su esposo se convirtió y ella tuvo el gozo de ver cómo se bautizaba antes de morir. Así se cumplió la Palabra de Dios: Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, de modo que si algunos de ellos son desobedientes a la palabra, puedan ser ganados sin palabra alguna por la conducta de sus mujeres (1P 3,1). Para su familia, sus amigos y los enfermos que cuidaba después de enviudar, Mónica fue el rostro presente y vivo de Cristo, el camino de la fe, la ocasión elegida por Dios para que su gracia tocara los corazones.

Por si eso fuera poco, el libro muestra una época muy poco conocida de la vida de Santa Mónica, después de la conversión de su hijo. Mientras se preparaba para el bautismo, Agustín se retiró a una casa en el campo, en Casiciaco, junto con algunos amigos, para dedicarse a rezar, meditar y filosofar tranquilamente. Allí acudió también su madre y, además de cuidar maternalmente de todos, participó en las discusiones de filosofía con su hijo y sus amigos, hablando de la verdad, la felicidad y, por supuesto, Dios. Todo ello poco antes de la muerte de la santa en Ostia, que es una de las escenas más conmovedoras de su vida.

Mi consejo para madres, hijas, suegras, nueras, amigas y abuelas: lean este libro (o cualquier otra vida de la santa, por supuesto). Así verán que no es teoría, sino realidad: la felicidad no está donde cree el mundo, sino en hacer la voluntad de Dios. En Mónica podrán ver que la vocación cristiana es a dar la vida y a morir por los demás, empezando por los que están más cerca. Y comprenderán que todo aquello de lo que se quejan (como todos nos quejamos) no es maldición que les destruye, sino cruz que contiene en su interior la vida eterna, la única que merece la pena.

Mi consejo para hijos, padres, yernos, suegros, amigos y abuelos: lean este libro (o cualquier otra vida de la santa, por supuesto). Además de admirarse ante la vida de una santa, comprenderán mejor el milagro de la familia cristiana, ese asombroso regalo que Dios hizo al mundo al vivir en un hogar humano en Nazaret, y el milagro de las madres cristianas, que quizá hayan conseguido más conversiones con sus sacrificios y oraciones que todos los predicadores del mundo.

Mi consejo para todos en general es leer vidas de santos. El único fracaso real en esta vida es no ser santo y leer vidas de santos nos ayuda a dar el primer paso: desear ser como ellos. Dios hará el resto, si le dejamos hacer. En lugar de convencernos de que gritemos yes, we can, como hace el mundo, los santos, humildemente, nos recuerdan que Dios sí puede hacer en nosotros maravillas, porque ya las hizo en ellos.

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El libro puede adquirirse en Amazon.com, Amazon.es, Amazon México o a través de la página web de la Editorial Vita Brevis, tanto en formato papel como electrónico.

Después de tantas polémicas matrimoniales, tantas inquietudes sobre las posturas de los obispos que participaban en el Sínodo, sólo un círculo sinodal, el germánico, se ha manifestado a favor de las propuestas del cardenal Kasper para introducir el divorcio en la Iglesia. A diferencia de sus hermanos en el episcopado, los obispos de lengua alemana (y asimilados) han votado a favor de aceptar los segundos “matrimonios” entre católicos, dando la comunión a los que, según la enseñanza de la Iglesia, viven en adulterio público y permanente (cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2384).

El cardenal Christoph Schönborn, relator del círculo germánico, ha realizado unas declaraciones a Vatican Insider explicando la propuesta que ha hecho su círculo. A mi entender, estas declaraciones, que intentan justificar las propuestas kasperianas, lo que hacen es desacreditarlas aún más, porque queda aún más claro la falta de base teológica, magisterial, bíblica y tradicional de las mismas.

Asombrosamente, el cardenal Schönborn empieza afirmando que su grupo tomó “como punto de partida el texto de la encíclica «Familiaris consortio»” de Juan Pablo II y que es una “profundización y continuación” de ese documento. Dejemos a un lado el hecho de que se trata de una exhortación apostólica postsinodal y no de una encíclica, y vayamos al centro de la cuestión. Es sorprendente que el cardenal pretenda que creamos que quiere profundizar en la Familiaris Consortio, cuando lo que propone es exactamente lo contrario que esa exhortación postsinodal de San Juan Pablo II.

En Familiaris Consortio, Juan Pablo II citaba a Pablo VI para decir que la “apología del divorcio” es una “ofensa a los valores fundamentales de la familia” y “al verdadero bien del hombre” (FC 76). Asimismo, señalaba que el divorcio de católicos unido a una nueva unión era una “plaga que, como otras, invade cada vez más ampliamente incluso los ambientes católicos”, que estaba prohibido celebrar “ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse”, que la práctica de la Iglesia era su forma de profesar “la propia fidelidad a Cristo y a su verdad” y que lo que necesitan los divorciados es “la gracia de la conversión” (FC 84). Por supuesto, rechazaba de plano que los divorciados vueltos a casar pudieran comulgar:

“La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio” (Familiaris Consortio 84).

Es sorprendente que los defensores de la “plaga” que invade los “ambientes católicos”, los que niegan que los divorciados en una nueva unión necesiten la “gracia de la conversión”, los que afirman que pueden comulgar, los que dicen que esa “fidelidad a Cristo” de la Iglesia es falta de misericordia, los que niegan que el estado de vida de esos divorciados sea objetivamente contrario a la voluntad de Dios, es decir, los que rechazan todo lo que enseñaba la Familiaris Consortio sobre este asunto, tengan la desfachatez de apelar a Juan Pablo II. Yo entiendo que decir públicamente que el objetivo es destruir todo lo que el santo Papa polaco enseñó sobre la familia no iba a granjearles muchos amigos a los obispos germanos, pero, como hemos visto, la realidad es que eso es lo que pretende en concreto la propuesta del cardenal Kasper y otros obispos alemanes, con la ayuda, al parecer, del cardenal Schönborn. En ese sentido, la hipocresía de decir públicamente que se está “profundizando” en el magisterio de Juan Pablo II es ridícula, porque es evidente que lo que se intenta es lo contrario.

Además, el cardenal afirma que Recordemos dos puntos bastante conocidos de la enseñanza de la Iglesia:

“La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos” (Catecismo de la Iglesia Católica 2353).

“El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen” (Catecismo de la Iglesia Católica 2353).

No hace falta ser cardenal para entender las consecuencias de esto. ¿El divorciado en una nueva unión está verdaderamente casado con su nueva pareja? Si la respuesta del cardenal es afirmativa, o bien está negando el dogma de fe de la indisolubilidad del matrimonio o está admitiendo la bigamia (ya que ese hombre estaría casado a la vez con su “primera” esposa y con la “segunda). Si su respuesta es negativa, entonces lo que hace el cardenal con su propuesta es decir que la fornicación y el adulterio ya no son pecados graves. Así pues, la propuesta del cardenal y sus colegas germanos obliga a legitimar la fornicación, el adulterio, el divorcio o la bigamia (de hecho, parecen elegir las cuatro opciones, según el “argumento” que estén dando en cada momento). Pero, claro, nunca lo dicen con palabras tan llanas, porque resultaría escandaloso.

Tengo ya unos cuantos años a mis espaldas y estoy bastante curado de espantos, pero pocas veces he visto a un cardenal hablar de forma tan mundana:

“Por ejemplo, evaluar cómo se han comportado los divorciados que se han vuelto a casar con los hijos que tuvieron en la primera unión, cómo quedaron con el cónyuge abandonado, cuál es el efecto de su camino en el conjunto de las familias y cuál testimonio, o tal vez cuál escándalo, dan a la comunidad cristiana”.

Parece que estoy oyendo a un pagano. ¿Cómo puede preguntar cuál es el “testimonio” que dan a la comunidad cristiana los adúlteros? Los que adulteran no dan un testimonio, dan un antitestimonio. Por definición, el pecado, especialmente cuando no hay propósito de la enmienda, es lo contrario del testimonio cristiano. Cualquier cosa buena que pueda haber en la nueva situación no es gracias a ese falso matrimonio y la relación adúltera, sino a pesar de los mismos. Esas cosas buenas son, simplemente, las que el pecado que se está intentando legitimar aún no ha conseguido destruir.

¿Cómo pueden estos obispos pretender que, si la separación ha sido “amistosa”, entonces el divorcio es admisible? ¿Alguien se imagina a Cristo diciendo “El que repudia a su esposa y se une con otra comete adulterio, excepto si lo hace amistosamente”? Es inimaginable. El nivel teológico de estas afirmaciones es realmente ínfimo. Parece como si el deseo de agradar al mundo fuese debilitando la razón hasta extremos asombrosos.

A continuación, el cardenal clava un clavo más en la tapa del ataúd de su propuesta, diciendo:

“Pero no se puede afirmar simplemente que toda la situación es de pecado grave, porque honrar la nueva realidad y las nuevas situaciones objetivas es también una exigencia de justicia”.

Es curioso que precisamente el cardenal Schönborn no recuerde el Catecismo en cuya redacción colaboró, que se ocupa expresamente de este asunto:

“El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente” (Catecismo de la Iglesia Católica 2384)

¿Cómo vamos a “honrar” el adulterio, como nos pide el cardenal Schönborn? El nuevo “matrimonio” no sólo no atenúa la gravedad de ese adulterio, sino que lo hace más grave, porque lo convierte en público y permanente. Es la actitud de quien, en vez de arrepentirse de su pecado, se enorgullece del mismo y lo proclama a los cuatro vientos, escandalizando gravemente y dando un pésimo ejemplo a los que le rodean. Alabar la persistencia impenitente en el pecado es injustificable.

Para dar un barniz de responsabilidad, este cardenal dominico deforma por completo la postura de Santo Tomás:

“hemos vivido en el Sínodo un pequeño conflicto entre un agustinismo radical y el tomismo clásico. Agustín, en la «Civitas Dei» presenta la idea de que cada acto de los paganos es vicioso, que no hay virtud en ellos. Pero santo Tomás rechazó con fuerza esta posición […] Santo Tomás explica: aunque el paganismo sea idolatría, a pesar de ello, los paganos pueden cumplir actos verdaderamente virtuosos”.

Observemos cómo el cardenal juega con las palabras, para intentar plantear su propuesta como una mera cuestión de escuelas teológicas, cuando no lo es en absoluto. Para ello, no le importa deformar por completo la enseñanza de Santo Tomás. Claro que los paganos pueden hacer actos virtuosos, igual que un adúltero, un envidioso o un asesino pueden realizar actos virtuosos, como por ejemplo dar una limosna a un pobre. Pero de eso no se sigue en absoluto que el adulterio, la idolatría, la envidia o el asesinato dejen de ser pecados y pasen a ser una mezcla de bondad y maldad. Ni a San Agustín ni a Santo Tomás se les habría ocurrido decir nunca que había algo virtuoso en el pecado. Lo que haya de bueno en el pecador no está ahí por el pecado, sino a pesar de ese pecado. Esa virtud es, simplemente, lo que el pecado, ya sea de adulterio, de envidia o de lo que sea, todavía no ha conseguido destruir del todo. Pretender que hay que legitimar el pecado porque aún no ha logrado destruir todo el bien que Dios ha puesto en una persona es como alabar al ISIS porque todavía no ha arrasado España. Un despropósito. Y que un dominico apele a Santo Tomás para decir lo contrario de lo que enseñaba el Aquinate es otro despropósito, pero, como vimos con la apelación a la Familiaris Consortio, parece ser una práctica habitual de este tipo de argumentaciones teológicas.

Como se trata de una postura evidentemente contraria a la enseñanza de la Iglesia, se adereza con algunas vaguedades y con la apelación a la conciencia, entendida al modo relativista del mundo:

“Después hablamos sobre el criterio acaso más profundo, el del discernimiento de la conciencia de cada quien. Todo esto teniendo en cuenta la situación objetiva y con la atención al discernimiento de la situación concreta. De esta manera, se puede proceder en un camino de conversión, de penitencia (porque se requiere a menudo un aspecto de penitencia), para llegar finalmente a esta palabra de San Pablo dirigida a todos, no solo a los divorciados que se han vuelto a casar: cada quien se examina antes de acceder a la mesa del Señor”.

En este párrafo, el cardenal niega de nuevo la enseñanza de la Iglesia. Es especialmente sorprendente que pretenda hacerlo en forma de propuesta en un Sínodo, porque esto que sugiere fue condenado por la Iglesia con ocasión de dos sínodos de los obispos. Además de la Familiaris Consortio ya citada, recordemos, por ejemplo, la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tras el primer Sínodo sobre las familias y después de que, precisamente los obispos alemanes encabezados por el card. Kasper, intentaran esto mismo hace dos décadas:

“Por consiguiente, frente a las nuevas propuestas pastorales arriba mencionadas, esta Congregación siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la Iglesia al respecto. Fiel a la palabra de Jesucristo, la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación” (Carta del 14 de septiembre de 1994 de la Congregación para la Doctrina de la Fe a los obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar).

Por si esto fuera poco, Benedicto XVI volvió a dejarlo claro, después del Sínodo sobre la Eucaristía:

“El Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf.  Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucaristía. Sin embargo, los divorciados vueltos a casar, […]  cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa Misa, aunque sin comulgar […]” (Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Charitatis de Benedicto XVI, 2007).

Como enseña la Iglesia, el matrimonio civil tras un divorcio es una situación objetivamente contraria a la ley de Dios. Incluso aunque una persona, por una ignorancia verdaderamente asombrosa de la moral de la Iglesia, creyera que lo que hace está bien, aun así no podría comulgar debido a su situación objetiva, que contradice la esencia misma de lo que es la comunión eucarística. No se trata, pues, de un mero asunto de conciencia, porque el matrimonio es una realidad pública y social por su propia naturaleza. Además, en el caso en que una conciencia errónea implicase que el divorciado en una nueva unión no está cometiendo un pecado, lo que debería hacer el “itinerario penitencial” que defienden los obispos alemanes es educar esa conciencia para que fuera consciente de lo pecaminoso de sus actos. En consecuencia, la apelación a la conciencia trasluce necesariamente una concepción relativista de la misma, opuesta a lo que siempre ha enseñado la Iglesia sobre ella.

Después, aplicando el último truco del manual de la propaganda más descarada, el cardenal Schönborn apela al sentimentalismo y a los niños:

“Pero, ¿si con el paso del tiempo se crea una situación que implica también exigencias objetivas, por ejemplo hacia los hijos nacidos en la nueva unión? ¿Son simplemente hijos ilegítimos, a pesar de que tienen mamá y papá?”

Aparte del hecho de que todos los niños tienen mamá y papá, es triste ver cómo el cardenal utiliza a los niños para legitimar el pecado. ¿Es que si a un niño le apena mucho que su padre sea un ladrón o un asesino la Iglesia deberá legitimar el robo o el asesinato para que ese niño se sienta bien? El chantaje emocional es impropio de un teólogo y su uso implica la desesperación de quien no encuentra argumentos para defender una conclusión que, aun así, desea desesperadamente. La realidad es que, si queremos defender a los niños, lo último que debemos hacer es legitimar el adulterio y el divorcio en la Iglesia, porque basta mirar a nuestro alrededor para ver la inmensa cantidad de daños que han causado y siguen causando en nuestra sociedad esos pecados.

Recordémoslo una vez más, para que quede claro: las propuestas de estos obispos no “profundizan” nada, sino que son la negación completa y radical de toda la doctrina anterior sobre este asunto, especialmente la de San Juan Pablo II. El truco de decir una cosa y hacer la contraria sólo puede engañar a quien desea ser engañado y prefiere tener una excusa al alcance de la mano para no enfrentarse a la verdad de lo que están haciendo: desnaturalizar la doctrina católica sobre el matrimonio y la familia.

Como hemos visto, no es que la propuesta de estos obispos de lengua germana tenga algunos puntos débiles, es que no tiene ningún punto fuerte. Se basa, única y exclusivamente, en que el Mundo lo quiere y, por lo tanto, hay que retorcer y destruir la doctrina católica todo lo que sea necesario para darle al Mundo lo que quiere.

Francamente, estoy harto de todos estos jueguecitos verbales para enmascarar lo que se quiere decir realmente, para negar sin que lo parezca, para rechazar el magisterio de San Juan Pablo II a la vez que se le elogia con la boca pequeña. Estoy harto porque ése es el lenguaje del Mundo, que todos hemos escuchado hasta la saciedad como parte de las estrategias para introducir el divorcio, el aborto, la experimentación con embriones, el “matrimonio” entre personas del mismo sexo y la eutanasia en nuestras leyes y en nuestras sociedades. Oírlo ahora de la boca de algunos pastores de la Iglesia me asquea. Que vuestro sí sea sí y vuestro no sea no. Lo que pasa de ahí, viene del diablo.

Quizá el cardenal Kasper, el cardenal Schönborn y sus aliados deberían pensar que si sus propuestas suenan impías cuando se traducen al lenguaje llano es porque, en efecto, son impías y nunca deberían manchar los labios de un sucesor de los Apóstoles. Además, contra todas las intenciones “misericordiosas” de los que las proponen, los efectos de esas propuestas están a la vista en nuestras sociedades, que llevan tiempo poniéndolas en práctica: la disolución cada vez más avanzada del matrimonio y la familia. ¿Cómo se puede querer eso para la Iglesia?

Pidamos la intercesión de San Juan Pablo II, gran apóstol de la familia, para que Dios ilumine al Papa y a los obispos reunidos en Sínodo.

A nadie sorprenderá que, en ocasiones, la sabiduría popular se muestre más sabia que los sabios. Lo triste es que, en nuestros tiempos, sea más católica que algunos obispos católicos. Digo todo esto por un brevísimo “intercambio de opiniones” entre un cardenal y un católico desconocido que he leído en Twitter y que me ha llamado la atención.

La Oficina de Prensa del Vaticano (Dios les perdone) publicitó en esa red social una declaración deplorable del Card. Marx. En ella, so capa de aparente misericordia, el cardenal reiteraba su conocida propuesta, que desprecia el matrimonio sacramental, considerado como un mero “sueño” inalcanzable y que, como todos los sueños, cuando fracasa, debe ser sustituido por otro.

La declaración que resaltaba la oficina de prensa vaticana era la siguiente:

Marx: Este es el mensaje que tenemos que dar: Tu sueño es bueno, pero cuando fracasa sigues siendo uno de nosotros, te quedas.

Y alguien, un católico más de los millones que hay en el mundo, sin capelo cardenalicio pero con fe, le responde, completando la parte de la frase que el cardenal ha preferido no pronunciar:

…pero si no quieres pagar (nuestro impuesto, el Kirchensteuer), eso es diferente. Ya puedes marcharte, porque no eres uno de nosotros.

Los lectores del blog recordarán que los obispos alemanes le niegan la comunión (y la confesión y los demás sacramentos) a cualquiera que se atreva a no pagar el impuesto religioso (Kirchensteuer) que convierte a las diócesis alemanas en las más ricas del mundo. En cambio, se escandalizan ante la posibilidad de que no deba comulgar alguien que vive en adulterio. Cosas de la lógica germana, que debe de ser diferente que la del resto del mundo.

En fin, ante esta muestra de sabiduría popular, ¿qué puedo a decir yo? Y más importante aún, ¿qué puede decir el cardenal? No lo sé, pero quizá podría sugerírsele que se reúna con sus hermanos en el episcopado alemán, reordenen sus prioridades y empiecen su respuesta con “Yo confieso, ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos…”


Retomando la costumbre de los versos en Semana Santa, ofrezco a la caritativa paciencia de los lectores este sonetillo sobre aquel beso que fue más terrible que el más terrible de los crímenes.


¿Qué es un beso? Solo eso,


Un gesto efímero y tierno


Como el leve sol de invierno,


Que roza la piel, travieso.


Mas pesa tanto este beso


Que abre el suelo hasta el infierno,


Porque tierra y cielo eterno


No soportan tan gran peso.


Azotes, clavos, lanzada,


Vinagre, insultos y hiel


Sufrió Cristo, mi Señor


Y fueron menos que nada


Al lado del beso infiel


De aquel amigo traidor.




[Con ocasión de la memoria litúrgica de San Dimas, recupero este post de hace siete años]


El otro día, nos preguntaban en el magnífico blog los Sarmientos de la Vid sobre nuestro santo favorito. No tuve que pensarlo ni un segundo: mi santo favorito siempre ha sido el Buen Ladrón, San Dimas. Me gusta especialmente este santo, porque después de haber sido toda su vida un ladrón y probablemente un asesino (literalmente un “malhechor", dice el Evangelio, alguien que ha hecho el mal), bastó que se volviera hacia Cristo en el último momento de su vida, al borde de la muerte, en el patíbulo, para que recibiera el perdón y la misericordia de Dios. Más aún, bastó para que el mismo Cristo le prometiera ir al Paraíso con él, para entrar en el número de los santos y para que hoy, nosotros, podamos tenerle como ejemplo. Un santo como San Dimas es, para mí, un signo claro de que Dios me quiere gratuitamente, de que no tengo que ganarme el amor de Dios, sino que ya como pecador Dios me ha elegido para salvarme y para ser su hijo. Dios es el único que me quiere gratis, sin exigir nada a cambio, regalándome su gracia para que pueda dar frutos de vida eterna. Así quiso a Dimas, porque ¿qué podía esperar de un ladrón crucificado? Quizás el Señor estaba pensando en él y en mí cuando dijo: No he venido a salvar a los justos, sino a los pecadores.


También me resulta esperanzador el ejemplo del Buen Ladrón porque era la persona más alejada que uno pueda imaginar y Cristo salió a su encuentro en el lugar más extraño que uno pueda imaginar: subidos ambos en la cruz. Cuántas veces resulta difícil tener esperanza al ver que un amigo o un pariente están tan alejados de Dios que, humanamente, no se puede ver una salida a su situación. Sin embargo, la gracia de Dios puede actuar de forma misteriosa y que nos supera totalmente: Como el cielo es más alto que la tierra, así mis caminos son más altos que los vuestros. Finalmente, me llama especialmente la atención que el encuentro con Cristo le convierte en evangelizador y no teme dar testimonio ante el otro ladrón crucificado. A veces, tengo la tentación de pensar que es mejor que no escriba este blog y que es mejor que no hable de Dios con lo desastre que soy y el mal ejemplo que doy, cuando caigo en los mismos pecados una y otra vez y aún caería en muchos más si Dios no me hubiera sacado de ellos. Sin embargo, San Dimas me recuerda que el principal testimonio que tengo que dar como cristiano es que Dios ha tenido misericordia de mí. La finalidad de dar testimonio no es que los demás admiren lo buenos que somos los cristianos, sino que pongan los ojos en la fuente de la misericordia, clavada en la cruz junto al Buen Ladrón. Sólo así comprenderán que también nuestras buenas obras son una gracia de Dios. Me ha alegrado ver que la oración de Nona de hoy hablaba del Buen Ladrón:

Señor Jesucristo, tú que, crucificado a la hora de nona, diste al ladrón arrepentido el reino eterno, míranos a nosotros, que como él confesamos nuestras culpas, y concédenos poder entrar, también como él, después de la muerte, en tu paraíso. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén



Me ha conmovido la sencillez de la oración, que pide a Cristo: “míranos a nosotros” como miraste al Buen Ladrón, trátanos con la misma ternura, ten misericordia de nosotros como la tuviste de él. Sólo así, viendo en hechos concretos la misericordia del Señor, podemos los cristianos confesar nuestros pecados sin miedo, sabiendo que nuestro Juez es también nuestro Salvador.




No sé si mis lectores recordarán al pobre José Arregui (o Arregi, como prefiere escribir su apellido, quizá para que tenga más Rh negativo). Digo pobre porque, después de alejarse tanto de la fe de la Iglesia que ya no podía verla ni con catalejo, le retiraron la licencia canónica en 2010 y terminó por dejar la orden franciscana y el sacerdocio. Desde entonces, sigue dedicado a escribir sobre temas de Iglesia, diciendo los mismos disparates pero ya sin que sus escritos le importen a nadie.


Aún así, yo diría que merece la pena leer lo que escribe, porque uno puede aprender mucho. Arregui tiene la admirable facultad de apostar siempre por el caballo erróneo en temas teológicos, el instinto infalible del antiprofeta para elegir invariablemente la opción menos católica entre dos posibilidades cualesquiera.


No crean que es algo sencillo ser antiprofeta. En realidad, equivocarse en todo es casi tan difícil como acertar en todo. Hay que esforzarse mucho. Es “una tarea sobrehumana”, como dice el propio Arregui.


En el último artículo que ha escrito en RD, por ejemplo, se dedica a elogiar profusamente al Papa, que, según él, todo lo hace bien… si no fuera por esa manía que tiene de ser papa y de ser católico. De pasada, aprovecha para insultar a Monseñor Rouco, reírse de la fe católica, mostrar su odio a la Iglesia, pedir la abolición del papado y promover el aborto y el despiporre teológico. Es decir, lo habitual.


En todos sus artículos, sin embargo, se puede encontrar alguna joya entre los desechos teológicos, a modo de diamante del cucharero. En su escrito más reciente, la joya es un perspicaz nombre que le pone a la Iglesia: “espejo de humanidad”. Speculum humanitatis podría haber dicho, si no considerase que el latín es una lengua muerta, enterrada, carpetovetónica y españolista, que nubla la mente y probablemente engorda. En cualquier caso, es una afortunadísima expresión para describir lo que él cree que debe ser la Iglesia (y, recordemos que, como buen antiprofeta, eso implica que es guía infalible de lo que no debe ser la Iglesia).


Arregui utiliza ese mote de “espejo de humanidad” para defender que la Iglesia debe democratizarse, siguiendo el proceso de democratización propio del último siglo. Si el mundo lo ha hecho, la Iglesia tendrá que hacerlo también, aunque sea con retraso, porque su misión es ser espejo de humanidad, imitar al mundo, seguir sus modas y pedir perdón por cualquier cosa que pueda parecer, aunque sea lejanamente, católica.


Se puede comprender la perspicacia de este eslogan sobre la Iglesia con solo ver que refleja perfectamente el pensamiento de los cardenales Kasper y Marx: si la sociedad acepta el divorcio, habrá que aceptarlo también en la Iglesia. Especialmente si no se trata de una sociedad cualquiera, de las de baratillo y piel oscura, sino de la única, auténtica y patentada Sociedad Alemana™. No hacen falta justificaciones adicionales: si el Mundo lo hace, hagámoslo nosotros también (y si también lo aconsejan los otros dos miembros del trío, el Demonio y la Carne, miel sobre hojuelas y Apfelstrudel con Dunkelbier).


¿Qué podemos aprender nosotros de todo esto? Acudiendo esperanzados al antiprofeta y pendientes de toda palabra que sale de sus labios para marchar rápidamente en dirección contraria, podremos darnos cuenta de que, en realidad, la Iglesia es espejo, pero de justicia como Nuestra Señora, de la Verdad eterna, de la gloria futura del cielo y de la belleza del Hijo de Dios. Es lo que los Padres de la Iglesia llamaban el Mysterium lunae: la Iglesia es como la luna, porque no tiene luz propia, sino que se limita a reflejar la luz del sol que es Jesucristo.


En lugar de mirar a la Iglesia y resignarnos al tedio de vernos una vez más a nosotros mismos, en ella podemos contemplar al más bello de los hombres. La misión de la Iglesia no es mostrarnos lo que queremos ver, sino reflejar a Jesucristo, para hacernos cada vez más parecidos a él. Y ese camino de parecernos al Hijo de Dios está incluido el sacramento del matrimonio que nadie puede romper, igual que el amor de Cristo por su Esposa.


Dios no permita nunca que la Iglesia abandone esa misión, por mucho que se lo pidan todos los antiprofetas de la tierra.




Cardenal BaldisseriHace unos días, se celebró en Roma un congreso de movimientos y organizaciones católicas convocado para tratar sobre los temas planteados en el Sínodo extraordinario sobre la familia del año pasado y como preparación para el de este año. En él participaron ochenta grupos diferentes y, gracias a Dios, se defendió con claridad la doctrina católica.


Como señaló el P. Santiago Martín, fundador de los Franciscanos de María: “La práctica totalidad de los movimientos presentes en Roma […] está a favor de mantener la doctrina tradicional. Todos quieren […] que se trate con el máximo amor a los divorciados para que no se sientan excluidos de la Iglesia, pero sin que eso suponga devaluar la Eucaristía y permitir que se pueda acceder a ella sin estar en gracia”.


En este congreso, sin embargo, el cardenal Baldisseri, Secretario del Sínodo, volvió a expresar opiniones impropias de su cargo y a manipular de forma inaceptable las discusiones, “guiándolas” hacia el rechazo de la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio y la aceptación de un divorcio católico. La misión del Secretario General de un Sínodo en ningún caso incluye intentar determinar cuáles van a ser las conclusiones del mismo y de las discusiones relacionadas y menos aún actuar así en contra de la doctrina de la Iglesia. Es muy difícil entender por qué el Secretario de este Sínodo ha estado haciendo precisamente eso desde el comienzo del mismo.


En su intervención inicial, a pesar de reconocer que los párrafos 52, 53 y 55 sobre los divorciados y las parejas del mismo sexo de la Relatio final del Sínodo Extraordinario no habían sido aprobados, en la práctica les dio el mismo peso que a cualquier párrafo aprobado y defendió claramente, según esos párrafos, la necesidad de buscar “opciones pastorales valientes” y “caminos pastorales nuevos” para ayudar a las familias heridas, frases que se han utilizado a lo largo de los últimos meses como código que significaba “dar la comunión a los divorciados en una nueva unión” (de la misma manera que “volver a decir lo otra vez lo mismo” era la manera despectiva de referirse a mantener la doctrina de la Iglesia). Además, reiteró estas ideas en las conclusiones de la intervención y en todo el tono de la misma.


Si esto fuera todo, podría tratarse de una simple forma poco apropiada de expresarse. Analicemos, pues, la información disponible acerca del resto de su intervención, en las preguntas y respuestas posteriores al texto preparado, para arrojar luz sobre el asunto. Por ejemplo, Maria Madise, directora de la organización católica Voice of the Family, presente en el congreso, reprochó posteriormente al cardenal su conducta en esa segunda parte de su intervención:



“El cardenal Baldisseri corrigió públicamente un delegado que protestó por los ataques a la enseñanza católica. Es notable que se negara a hacer lo mismo cuando la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción fue negada unos momentos después por un delegado diferente. La impresión que da es que el único pecado hoy es defender lo que la Iglesia siempre ha enseñado. Todo parecía puesto en duda en esta conferencia, incluyendo preguntas ya claramente resueltas por el magisterio de la Iglesia. Tal discusión distrae de la tarea de encontrar soluciones reales a los problemas que enfrentan las familias reales. Apenas se habla de graves males como el aborto, la eutanasia y los ataques a los derechos de los padres. Estas son algunas de las cuestiones clave también omitidas en el informe final del 2014 sínodo. Las familias que sufren no son asistidas por los sofismas de los disidentes profesionales, ya sea clérigos o laicos“.



El Cardenal Baldisseri respondió a esta dura crítica de Voice of the Family echando balones fuera y culpando a los traductores, asegurando que:



“las declaraciones atribuidas a mí por Voice of the Family no se corresponden con mi pensamiento. Probablemente, hablando en italiano, algunas frases podrían haber sido limitadas por la traducción simultánea. Por eso invito a leer el texto de mi discurso”.



Es muy significativa la restricción mental del cardenal en su “aclaración”, porque, como señaló Voice of the Family, el cardenal no había dicho esas cosas en su discurso, sino al responder a las preguntas posteriores. Por lo tanto, la invitación a leer el texto oficial del discurso, en el que no figuran las preguntas y respuestas posteriores, sólo puede ser un triste intento de desviar la cuestión.


El asunto habría quedado en un intercambio de afirmaciones contrarias, imposibles de verificar, de no ser porque, como en el caso del cardenal Kasper, había alguien que tenía una grabación de las declaraciones del cardenal Baldisseri y podía citarlas literalmente. Se trataba del portal informativo Aleteia, que confirmó lo que había señalado Voice of the family y mostró que, en efecto, el cardenal había reprendido al delegado que se atrevió a defender la doctrina de la Iglesia y había justificado el rechazo de esa doctrina.


Aleteia informó de que el representante de una organización católica venezolana manifestó su preocupación y asombro por la propuesta del cardenal Kasper en el consistorio de Febrero, repetida en el Sínodo, de dar la comunión a los divorciados en una nueva unión después de un “proceso penitencial”, tras el cual, a todos los efectos, esa nueva unión sería aceptada por la Iglesia, contra la Tradición de la Iglesia, los dogmas de Trento y, en general, toda la doctrina católica sobre el tema.


El cardenal Baldisseri, en este caso, no se alegró por la diversidad que existía entre su opinión y la del venezolano, sino que le reprendió, asegurando que “no deberíamos asombrarnos de que haya posturas diferentes a la ‘doctrina común’” y que “no hay razón para escandalizarse de que un cardenal o un teólogo digan algo que sea diferente de la llamada “doctrina común”. Eso no significa ir en contra. Significa reflexionar, porque el dogma tiene su propia evolución, que es un desarrollo y no un cambio”. Asimismo, señaló que “eso es exactamente lo que queremos hoy. Queremos discutir cosas, pero no para crear la duda, sino para verlas en un nuevo contexto y con una nueva conciencia. De otro modo, ¿qué está haciendo la teología sino repetir lo que se dijo en el siglo pasado o hace veinte siglos?


Es imposible no asombrarse ante un cardenal que, aparentemente, no conoce la diferencia entre teología y doctrina. Un sínodo de obispos no se convoca para hacer teología, sino para proclamar la doctrina y la pastoral de la Iglesia. Las consecuencias del sínodo no serán de especulación teológica, sino doctrinales y pastorales. Son ámbitos diferentes y, por eso, los teólogos tienen una libertad mayor en su esfera que los pastores, porque una cosa es investigar y otra enseñar la fe de la Iglesia. Si un teólogo se equivoca de buena fe, los demás teólogos le rebatirán o la Iglesia le corregirá y ya está. En cambio, si la doctrina de la Iglesia se adultera, aunque sea de buena fe, las consecuencias para los fieles son terribles, porque lo que está en juego es la vida eterna. Cuando se confunden ambas esferas, como hace el cardenal Baldisseri, lo que se está haciendo es experimentar irresponsablemente con materias gravísimas.


Por otra parte, el cardenal no puede ignorar que lo que se discute no es mera “teología”, sino que se está negando el magisterio de la Iglesia, magisterio de un altísimo nivel: Concilio de Trento, cánones sobre el sacramento del matrimonio V y VII; Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de San Juan Pablo II, número 84; Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis de Benedicto XVI, número 29; Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe a los obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar del 14 de septiembre de 1994; Catecismo de la Iglesia Católica números 1664, 2353, 2364 y 2384; o Código de Derecho Canónico, can. 1141, entre otros muchos documentos magisteriales. Si la Iglesia tiene una gran cantidad de magisterio sobre este tema, ¿cómo se puede pretender que se trata meramente de discusiones teológicas? O, mejor dicho, ¿qué se pretende al fingir que ese magisterio no existe?


Además, es evidente para cualquiera que las palabras del Secretario del Sínodo no se ajustan a la verdad. Al margen de que la propuesta del cardenal Kasper y otros obispos sea correcta o no, lo que está claro es que no se trata de un “desarrollo” de la doctrina sobre ese tema, sino una concepción diametralmente opuesta a lo enseñado por la Iglesia hasta el día de hoy. Decir exactamente lo contrario de algo no es desarrollar ese algo. ¿Dónde está el desarrollo que va de “cualquier segunda unión en vida de los cónyuges es nula y un gravísimo pecado de adulterio público y continuado” a “esa segunda unión es admisible para la Iglesia y no excluye de la comunión”? No hace falta ser un teólogo para comprender lo vergonzoso que es el intento de hacer pasar la negación de una doctrina por un desarrollo de esa doctrina, algo que condenó expresamente San Pío X (cf. Juramento Antimodernista, 1910).


Finalmente, desafía a la imaginación que el cardenal Baldisseri fuera capaz de hablar despectivamente de “repetir” lo que se dijo “hace veinte siglos”. ¿Qué es eso que sucedió hace precisamente veinte siglos? Cosillas sin importancia, como la encarnación, vida pública, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo y la predicación de los Apóstoles. Ante esta actitud del cardenal, sólo podemos reaccionar como Patrick Buckley, el representante en el congreso de la Sociedad para la Protección de los Niños No Nacidos, que afirmó:



“La enseñanza de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio se funda en las palabras de Jesucristo. Estas palabras pueden haber sido dichas hace 2.000 años, pero para los católicos siguen siendo ni más ni menos que inmutables mandatos de Dios”.



La verdad es que Iglesia no puede dar otra cosa que lo que ha recibido, aunque al cardenal Baldisseri le parezca aburrido. Digámoslo con total claridad: Sí, llevamos dos mil años repitiendo la doctrina católica y no nos avergonzamos de ello, porque en esa doctrina está la salvación que Cristo nos regala. Abandonar esa doctrina es perder la vida eterna.


No puedo evitar, sin embargo, admirar la audacia del cardenal Baldisseri al recordarnos que en el Concilio de Nicea los padres conciliares llegaron a los golpes. Lo que no parece recordar el cardenal es que los padres de Nicea llegaron a los golpes precisamente por lo contrario de lo que el propone. No se debió a que todas las opiniones pudieran discutirse libremente, sino a que, cuando los padres escucharon a Arrio negar la doctrina de la Iglesia, se taparon los oídos ante tamaña vergüenza. Y San Nicolás, no pudiendo aguantar más aquella indignidad, se enzarzó con Arrio en una pelea. Al terminar el Concilio, en lugar de felicitar a los herejes por sus “opciones pastorales audaces”, como aparentemente haría el cardenal Baldisseri, se los desterró donde no pudieran hacer más daño y los padres conciliares se divirtieron de lo lindo quemando sus obras heréticas (y, quizá, aprovechando para asar unas salchichas en el fuego, aunque eso ya no lo dicen los libros de historia). Nada que ver, por lo tanto, con el indiferentismo propuesto por el Secretario General del Sínodo.


En cuanto a los divorciados en una unión civil, el cardenal Baldisseri afirmó:



“¿Qué hacemos con esta gente? No podemos seguir como hasta ahora […] Si tienen hijos que cuidar o padres ancianos del segundo matrimonio que necesitan ayuda, ¿qué hacen? ¿Es que alguien debe quedarse solo porque un esposo o una esposa tomó otro camino? […] El único sacramento que requiere dos personas para recibirlo es el matrimonio. Y [en algunos divorcios] está la víctima, que no es culpable. Quizás el marido se marchó con su secretaria. Entonces, [la esposa] tiene que sufrir todas las consecuencias. Actualmente, somos más sensibles a estas cosas”.



He aquí, de nuevo, la misma forma engañosa de hablar, que produce una cierta vergüenza ajena en el lector. El cardenal apela conmovedoramente al cuidado de niños o ancianos, a pesar de que sabe perfectamente que la doctrina actual de la Iglesia no prohíbe en ningún caso que se cuide de esos niños o ancianos, sino que, al contrario, manda que así se haga cuando sea ése el deber del interesado. Y da a entender, aún más engañosamente, que existe algún vínculo necesario aunque invisible entre adulterar y cuidar niños o ancianos, de modo que la Iglesia debería permitir ese adulterio en defensa de los más desvalidos. ¿Cuál es ese vínculo necesario? No existe, pero eso no importa, porque basta con sugerirlo sibilinamente, dando así la impresión de que la práctica de la Iglesia produce injusticias, cuando la realidad es exactamente la contraria, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica:



El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres” (Catecismo de la Iglesia Católica 2353).



Por supuesto, esta injusticia real producida por cualquier adulterio (también el del cónyuge abandonado) desaparece mágicamente de la argumentación de los cardenales Kasper, Baldisseri y sus partidarios. No es de extrañar, porque su argumentación se basa en negar lo objetivo y afirmar la mera voluntad subjetiva, de modo que omiten cualquier realidad objetiva y la sustituyen por insinuaciones, afirmaciones confusas, medias verdades y apelaciones sentimentaloides a una falsa misericordia.


Aún son más curiosas sus conclusiones, según las cuales, puesto que un cónyuge ha adulterado, el otro tiene derecho a contraer una nueva unión. Apliquemos este razonamiento a cualquier otro pecado. Si alguien me roba mis ahorros de toda la vida, ¿alguien en su sano juicio opina que, entonces, yo puedo ir y robarle a otra persona los suyos porque no es justo que yo “sufra todas las consecuencias” del robo? ¿Acaso tenemos que aprobar la conducta de alguien que ha sufrido una dolorosa mentira de otra persona y considera que, a partir de ese momento, la sinceridad deja de tener sentido y puede mentir a placer?


Si todo esto es absurdo, ¿por qué se nos intenta hacer creer que la persona que ha sufrido un abandono tiene por ello carta blanca para adulterar? ¿O, más increíblemente aún, que puede decidir que la indisolubilidad ya no va con ella y puede casarse otra vez a pesar de que sigue estando casada? El cardenal Baldisseri lo afirma sin rubor, alegando que la persona abandonada no se va a “quedar sola” por el hecho de que el cónyuge “tome otro camino”, de modo que puede casarse de nuevo a pesar de que según la fe católica ya está casada. O nos señala que, como “el marido se marchó con su secretaria”, aparentemente la mujer puede hacer lo mismo y marcharse con el cartero, porque… porque… porque ella lo vale. En fin, son afirmaciones que no tienen el más mínimo asomo de justificación racional o teológica y que, de hecho, sólo se apoyan en formas engañosas de hablar. Es un claro caso de lo que Orwell llamaba doublespeak o, en palabras de Tolkien, wormtongue.


Por otro lado, la posibilidad planteada por el cardenal Baldisseri con respecto al cónyuge abandonado fue expresamente anatematizada por el Concilio de Trento:



“Si alguno dijere, que la Iglesia yerra cuando ha enseñado y enseña, según la doctrina del Evangelio y de los Apóstoles, que no se puede disolver el vínculo del Matrimonio por el adulterio de uno de los dos consortes; y cuando enseña que ninguno de los dos, ni aun el inocente que no dio motivo al adulterio, puede contraer otro Matrimonio viviendo el otro consorte; y que cae en fornicación el que se casare con otra dejada la primera por adúltera, o la que, dejando al adúltero, se casare con otro; sea anatema” (Concilio de Trento, Canon VII sobre el sacramento del matrimonio).



¿Qué sentido tiene discutir hoy lo que fue definido como dogma de fe hace cinco siglos? Más aún, ¿qué sentido tiene poner en duda ese dogma y sugerir su (imposible) modificación, como han hecho el cardenal Baldisseri y el cardenal Kasper? No son más que las consecuencias, tan inevitables como perniciosas, de pretender que todas las opiniones son admisibles en un sínodo de obispos, aunque sean contrarias a la fe católica.


Finalmente, el cardenal Baldisseri se apoyó en que, si bien lo esencial no puede modificarse, la disciplina sí que es susceptible de modificación. Como ilustración de este principio, señaló la facilidad actual para la secularización de los sacerdotes. Aunque el principio es cierto, la afirmación del cardenal es contradictoria con sus afirmaciones anteriores. ¿No nos había dicho que se trataba de “evolución del dogma”? ¿Cómo es que ahora, mágicamente, se trata de disciplina y no de dogma? ¿No proponía el propio Baldisseri apartarse de la “doctrina común”? ¿Cómo puede ahora pretender que se trata meramente de temas disciplinarios y no doctrinales? A la postre, la argumentación del Secretario del Sínodo parece ser: cara gano yo, cruz pierdes tú. Aparentemente, da igual que los argumentos que presenta sean mutuamente contradictorios y por lo tanto se anulen unos a otros, lo único que importa es la victoria de una agenda que defiende a capa y espada y que debe triunfar cueste lo que cueste, por más que la fe de la Iglesia se quede por el camino como víctima colateral.


Todo esto, después de un planteamiento relativista del Sínodo y de una manipulación sin precedentes de su funcionamiento. Como señaló Juanjo Romero sobre el tema:



“Transparencia que se manifestó en la decisión de no publicar los discursos/comunicados de los Padres Sinodales. Transparencia para muñir una relatio intermedia con tres puntos [que] no respondían a lo hablado en el Sínodo, tal como relataron varios cardenales. Trasparencia que se manifestó en distribuir esa ‘relatio’ antes a la prensa que a todos los Padres sinodales, intentando presionar desde fuera. Como afirmó el Cardenal Napier, daba igual que se pudiese corregir dentro de las sesiones, el mal ya no se podría controlar. Transparencia a la que se acogió para no publicar las conclusiones de los ‘círculos menores’, a lo que fue obligado por la petición al Papa de varios cardenales”.



En resumen, además de una forma turbia y partidista de organizar el Sínodo y las reuniones conexas y de pretender corregir a los que defienden la fe de la Iglesia, hemos visto como se rechazan públicamente los dogmas de Trento, el magisterio de San Pío X, San Juan Pablo II y Benedicto XVI, las declaraciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Catecismo de la Iglesia Católica, por no hablar de la doctrina inmemorial de la Iglesia y las palabras del mismo Cristo. Todo ello, en palabras del Papa Francisco, haciendo gala de un “buenismo destructivo, que en nombre de una misericordia engañosa venda las heridas sin primero curarlas y medicarlas".


Dios quiera que los resultados del Sínodo sean buenos, aunque temo que para ello hará falta un milagro, porque, hasta el momento, la forma de organizarlo y dirigirlo no ha podido ser peor ni menos acorde con la Tradición de dos milenios de historia de la Iglesia.



6:41 p.m. ,

Cardenal Martínez Sistach


En general, creo que los obispos deberían ser muy cautelosos a la hora de conceder entrevistas. No todo el mundo vale para hacerlo. Es más, yo diría que la mayoría de la gente no vale para hacerlo, porque no es fácil hablar con rapidez y sin preparación previa sobre temas complicados, evitando hacer afirmaciones confusas o erróneas.


Un obispo tiene una gran responsabilidad y no puede decir lo primero que le pase por la cabeza, porque el escándalo que pueden crear sus palabras entre los fieles es muy grande, especialmente en temas tan importantes como el sacramento del matrimonio. Digo todo esto por una entrevista que concedió el cardenal de Barcelona hace unos días y en la que, a mi juicio, hizo unas declaraciones bastante desafortunadas sobre la indisolubilidad del matrimonio y la nulidad.


Por ejemplo, el cardenal Sistach dice en la entrevista:



“Los católicos que se encuentran en estas situaciones que quieren disolver un matrimonio deberían tener más facilidades para poder llevar adelante una nulidad”.



Supongo que la intención del cardenal es buena, pero esta frase es una barbaridad. Un matrimonio sacramental no se puede “disolver”. La nulidad no disuelve un matrimonio, porque eso es algo que excede infinitamente el poder de la Iglesia. La declaración de nulidad simplemente certifica que un matrimonio fue nulo desde el principio, es decir, que nunca existió aunque lo pareciera.


Por ejemplo, si durante la boda el padre de la novia embarazada escondía una escopeta bajo la gabardina para que el novio no escapara, nunca hubo realmente matrimonio por falta de libertad de los contrayentes, aunque los novios dijeran las palabras, firmasen y hubiese banquete y todo lo demás. En ese caso, después podría pedirse a la Iglesia que reconociese que el matrimonio nunca existió, es decir, que lo declarase nulo.


En cambio, un matrimonio sacramental válido es indisoluble. Los novios se casan “hasta que la muerte los separe”. Y esto no es una mera convención, norma o disciplina, sino que “la unidad, la indisolubilidad, y la apertura a la fecundidad son esenciales al matrimonio” (Catecismo de la Iglesia Católica 1664). La Iglesia no puede declarar nulo un matrimonio que existió, pase lo que pase después del matrimonio, incluidos los malos tratos, los adulterios, los alejamientos entre los cónyuges, los divorcios civiles y los intentos de “rehacer su vida”. El matrimonio es para toda la vida y la Iglesia no puede cambiar eso.


Curiosamente, Su Eminencia pregunta después:



“¿y no existe la posibilidad, respetando la indisolubilidad, que haya una nulidad más ancha o que el Papa tuviera, por ejemplo, unas facultades, una dispensa, para disolver un matrimonio que era válido en determinadas circunstancias?”



Esta propuesta me dejó atónito cuando la leí por primera vez. En primer lugar, por la falta de la lógica más elemental. ¿Qué sentido tiene decir que “respetando la indisolubilidad” alguien va a “disolver un matrimonio”? No se trata simplemente de que sea una postura errónea, sino que no tiene sentido alguno, porque disolver lo indisoluble no significa absolutamente nada.


Esta falta de lógica básica nos permite entender otra afirmación de la entrevista, con respecto a las propuestas presentadas en el Sínodo de los obispos contra la indisolubilidad del matrimonio:



“Yo diría que no hay bandos sino que hay dos maneras de pensar que hasta cierto punto son complementarias”.



Creo que está claro que, una vez que decimos que se puede disolver lo indisoluble, no cuesta nada decir que dos posturas contradictorias son complementarias. La falta de lógica es la pendiente resbaladiza por excelencia. Si abandonamos la lógica, todo puede ser complementario, compatible, compaginable, comparable y todo lo demás que empieza por “comp”. Sin embargo, la testaruda realidad es que dos posturas contradictorias no son complementarias, sino excluyentes, que es precisamente lo contrario de “complementario”. Indisoluble y disolver se excluyen mutuamente, no son términos complementarios y pretender que lo son es, simplemente, un intento de hacernos comulgar con ruedas de molino. Las propuestas de introducir el divorcio católico no son ni pueden ser complementarias con la postura de defender la fe católica en la indisolubilidad del matrimonio. “¿Qué tiene en común la justicia con la injusticia? ¿O qué relación puede haber entre la luz y las tinieblas?”


Volviendo a la propuesta recogida por el cardenal Martínez Sistach, hay que señalar también que es frontalmente opuesta a la doctrina católica sobre el matrimonio. La idea de que el Papa pueda disolver un matrimonio sacramental es contraria a la fe de la Iglesia. Basta recordar lo que dijo Cristo y se repite en cada matrimonio católico: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. No hace falta ser premio Nobel para entender lo que esto significa. ¿El Papa es un hombre? Sí. Luego no puede separar lo que Dios ha unido.


Por si a alguien no le bastan las palabras de Cristo y de la lex orandi litúrgica, recordemos una vez más que la propuesta que recoge D. Lluis niega un dogma de fe, infalible e irreformable, definido por el Concilio de Trento:



“CAN. V. Si alguno dijere que se puede disolver el vínculo del Matrimonio por la herejía, o cohabitación molesta, o ausencia afectada del consorte; sea anatema.


CAN. VII. Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando ha enseñado y enseña, según la doctrina del Evangelio y de los Apóstoles, que no se puede disolver el vínculo del Matrimonio por el adulterio de uno de los dos consortes; y cuando enseña que ninguno de los dos, ni aun el inocente que no dio motivo al adulterio, puede contraer otro Matrimonio viviendo el otro consorte; y que cae en fornicación el que se casare con otra dejada la primera por adúltera, o la que, dejando al adúltero, se casare con otro; sea anatema” (Denz. 1805 y 1807).



¿Tan difíciles son de entender estas tres palabras? “No se puede”. Repitámoslo, por si no queda claro: No se puede. Y lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible. Todos los cardenales de la tierra pueden proponer lo contrario y seguirá siendo imposible.


En este mismo sentido, hay que señalar el circunstancialismo que permea toda la propuesta. El cardenal dice: “… para disolver un matrimonio que era válido en determinadas circunstancias”. Desde el punto de vista moral, esto es otra barbaridad. La moralidad de algo que es intrinsecamente malo y perverso no puede de ningún modo ser modificada por “determinadas circunstancias”.


Por ejemplo, una familia está muriéndose de hambre y de sufrimientos por pobreza total y el abuelo, que al morir les va a dejar una fortuna, se obstina, a sus 90 años, en seguir vivo. Mientras tanto sus hijos y nietos pasan hambre, frío en invierno. Muere, entretanto, una hija, que podría haberse librado con un tratamiento clínico carísimo y dos hijos han tenido que dejar sus prometedoras carreras a medias por no poder pagar los estudios, una madre está en depresión profunda, lo que la pone en peligro de divorcio, etc. etc. etc. Un dramón tremendo… ¿No habría algún modo de acelerar la muerte del abuelo (un empujoncito mínimo, y que ruede escaleras abajo), de tal modo que esa acción (intrínsecamente perversa) se vea libre culpa “en determinadas circunstancias” extremas, que ciertamente se dan en el caso? Pues no, evidentemente no.


Ningunas circunstancias pueden hacer lícito lo que es intrínsecamente un pecado mortal. El adulterio sigue siendo adulterio, cualesquiera que sean las circunstancias. Un matrimonio válido sigue siendo indisoluble, cualesquiera que sean las circunstancias. El circunstancialismo, condenado por la Veritatis Splendor (cf. VS 80) y otros documentos magisteriales anteriores no es un criterio moral válido.


También es llamativo comprobar la concepción artificial de la nulidad que subyace a la propuesta:



“¿y no existe la posibilidad […] [de] que haya una nulidad más ancha?”.



De nuevo, esto sólo tiene sentido si entendemos de algún modo la nulidad como una disolución jurídica del matrimonio según criterios disciplinares más o menos estrictos. La realidad, en cambio, es que la nulidad no es un concepto meramente jurídico, sino principalmente ontológico. Es decir, se limita a reconocer algo real: que un matrimonio no existe ni nunca existió. Por lo tanto, no puede ser “más ancha” ni más estrecha, sino que sólo puede ser o no ser. Sería posible (aunque no necesariamente aconsejable) acelerar y simplificar el proceso de nulidad matrimonial, asegurarse de que es gratuito o incluso subrayar la importancia en nuestra época de alguno de los criterios de nulidad, como la inmadurez, pero no tiene sentido hablar de una “nulidad más ancha”, como si la nulidad fuera obra de la Iglesia y no una realidad objetiva.


Por último, hay que subrayar la forma que tiene la propuesta de razonar:



“¿y no existe la posibilidad […] [de] que el Papa tuviera, por ejemplo, unas facultades, una dispensa, para disolver un matrimonio?”.



La teología católica no razona así. La Iglesia no inventa cosas, sino que se limita a proclamar lo que recibió de una vez para siempre y a profundizar en ello. El Papa no podría sacarse una nueva prerrogativa de la manga como un prestidigitador. No podemos añadir nada a la Revelación, sin base ninguna en la Escritura ni en la Tradición, como una mera concesión al espíritu de la época. Pretender inventar una facultad del Papa de la nada para evitar las consecuencias de una doctrina católica que nos resulta poco moderna es completamente inaceptable desde un punto de vista teológico.


Además, como se aprende en primer curso de derecho canónico, el Papa tiene poder para dispensar de cualquier norma meramente eclesial, pero no para dispensar de lo que es de derecho divino, como la indisolubilidad del matrimonio. Igual que el Papa no puede hacer que el asesinato de un inocente sea algo bueno, tampoco puede hacer que un matrimonio sacramental sea disoluble. El Papa no puede hacer lo que se le antoje, porque no es el dueño, sino el servidor y el custodio de la Revelación.


Es muy difícil evitar la impresión de que, en realidad, las razones que se dan no tienen importancia, sino que lo único que se desea es introducir, sea como sea, el divorcio en la Iglesia. De otro modo, la lógica básica que todos empleamos en nuestra vida cotidiana no brillaría por su ausencia en estas propuestas y lo mismo podría decirse de los principios básicos de la fe y la moral.


Con todo el respeto por nuestros pastores, los fieles católicos tenemos la obligación de “dar testimonio de la verdad”, incluso cuando ello implique señalar errores graves de esos pastores, como enseñaba Santo Tomás: “Habiendo peligro próximo para la Fe, los prelados deben ser argüidos incluso públicamente por los súbditos”. Desgraciadamente, es difícil imaginar un peligro más próximo para la fe que todas estas propuestas recientes que pretenden consagrar un “divorcio católico”. Por ello, es necesario señalar, a tiempo y a destiempo, que estas propuestas son contrarias a la fe católica y no pueden aceptarse de ningún modo.


Como es lógico, preferiría dedicarme a hablar de temas más agradables en estos días navideños pero, a fin de cuentas, el Niño de Belén es la Verdad, así que proclamar esa Verdad es una forma de honrarlo tan buena como cantar villancicos (aunque sea menos divertida). No es casualidad que hoy, día 26 de diciembre, se celebre la memoria de San Esteban, el primer mártir, que dio su vida por la verdad del Evangelio.



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