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4:55 p.m.

El autor de "Entre la Casa Blanca y el Vaticano" comenta para ZENIT el encuentro del presidente Obama con el papa Francisco


Roma,  (Zenit.org) Rafael Navarro-Valls


Todo un espectáculo. En una Roma blindada por razones de seguridad, llena de zonas off limits, la entrevista del hombre más influyente del mundo (Francisco, según Fortune) con el más poderoso de la Tierra (Obama), se ha celebrado en un clima de cordialidad, pero de extraordinaria expectación. No todos los días puede verse un encuentro entre el hombre más nombrado en Google (Francisco, 49 millones de menciones en trece meses) y la persona con más followers en las redes sociales (Obama, 31 millones en Facebook y más de 20 millones Twitter).

Desde enero 1919, en que Woodrow Wilson, visitara por primera vez a un Papa en el Vaticano, mucha agua ha pasado bajo los puentes del Tiber y del Potomac. En la época de Wilson raro era el católico con poder en la política norteamericana. Hoy los católicos “invaden” la Cámara de Representes (135 congresistas), el Senado (26), el Tribunal Supremos Federal (6 católicos de los 9 magistrados), e incluso el staff del propio Obama : vicepresidente Biden, secretario de Estado Kerry , jefe de gabinete McDonough, o Kathleen Sebelius, secretaria (ministra) del Departamento de Sanidad. Cuando un Obama muy sonriente estrechaba la mano de Francisco tenía presente que el 85% de católicos norteamericanos y el 70% de los que no lo son tienen una visión favorable del papa.

La posición de Obama durante los 50 minutos de la entrevista (casi el doble de lo previsto) ha sido más pasiva que activa. Sus primeras palabras:”Gracias por recibirme, Santidad. Es maravilloso conocerle”, no eran de simple cumplido. Definen muy bien el planteamiento de esta entrevista por Obama : “Vengo a escuchar”, había dicho. Y no solo por deferencia al Pontífice. El presidente es consciente de que han pasado los días de vinos y rosas, al principio de su mandato, cuando comentaba entre bromas y veras: “ seré tan escrupuloso en cumplir mis promesas que se dirá de mí : en seis días lo hizo…y el séptimo descansó” . Así, cuando el papa le hablaba de “inmigrantes”, Obama sabía que una de sus promesas incumplidas (“lo haré en mis 100 primeros dias”) ha sido la ley de inmigración. Sabe que los obispos americanos van a celebrar el próximo domingo una misa “gigante” a lo largo del Rio Grande, para llamar la atención sobre la frontera de México “que hoy es la Lampedusa de Estados Unidos”. Sabe que su popularidad está bajo mínimos (43%), frente a un interlocutor que está por encima del 80%.

Por eso la entrevista entre los dos poderosos, aun en su cordialidad, recuerda más la de un discípulo que escucha que la de un poderoso que preguntara: “Perdón, Santidad, ¿de cuantas divisiones me ha dicho que dispone?” No es que estén de acuerdo en todo, basta echar una ojeada a la página web de los obispos norteamericanos para cotejar los temas conflictivos, pero la valentía de Francisco al encarar los desafíos económicos y sociales –“sin pelos en la lengua”, según Obama– produce tal admiración, que cualquier sensación de discrepancia en otras cuestiones se atenúa. Lo cual no quiere decir que en las conversaciones se hayan eludido los temas “vidriosos”. En las entrevistas Francisco/Obama/Parolini/Kerry se ha hablado con claridad de las lesiones a la libertad religiosa,a la vida y a la objeción de conciencia y de la reforma en materia de emigración, materias de fuertes discrepancias entre la Iglesia y el gobierno Obama. Y también de las coincidencias, como el respeto del derecho humanitario en las zonas de conflicto y la lucha contra la pobreza.

El Vaticano se ha volcado: el protocolo ha ganado a la espontaneidad. No podía ser de otro modo: el poder requiere una cierta majestad. Es la atmósfera que respira. En este contexto, el semblante serio de Francisco después del encuentro, aun contrastando con el risueño de Obama, no significa distanciamiento, sino comprensión de la significación del momento. Una entrevista en la que Obama ha invitado al Papa a Estados Unidos, le ha regalado – para obligarle a venir- semillas del jardín de la Casa Blanca, y le ha pedido oraciones por él y su familia. Un buen final.

Catedrático, académico y autor de “Entre la Casa Blanca y el Vaticano".


(28 de marzo de 2014) © Innovative Media Inc.

1:06 a.m.

«Este santo apóstol de las vocaciones, como lo denominó Pablo VI, amó profundamente su vocación sacerdotal y tuteló la de los seminaristas. Es el fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos»


Madrid,  Isabel Orellana Vilches | 0 hits


Hoy la Iglesia celebra la conversión de san Pablo apóstol, y entre otros, la vida de este beato.

Es impagable la labor de tantos sacerdotes diocesanos que han nutrido con su oración ante el sagrario (y continúan haciéndolo) la vocación que recibieron encaminada a llevar la fe al corazón de las gentes sencillas, a veces en lugares apartados e inhóspitos, multiplicando el tiempo para atender a varias parroquias y estar presente en los momentos de gozo y de duelo de los fieles. Son albaceas de hermosos sueños y han sido capaces de transitar por las frías veredas de la desidia ajena sin dejarse atrapar por el sentimiento de fracaso. Con su admirable tesón y sacrificio han cosechado numerosos frutos apostólicos a lo largo de los siglos. Manuel, considerado por Pablo VI «santo apóstol de las vocaciones», fue uno de ellos.

Vino al mundo el 1 de abril de 1836 en Tortosa, Tarragona, España. Y creció amando profundamente el sacerdocio en el que veía un campo fecundo de grandes proporciones evangelizadoras. En plena adolescencia ingresó en el seminario, y en 1862 comenzaba a dar rienda a sus anhelos en una modesta población, La Aldea, perteneciente a la demarcación de Tortosa, un destino en el que permaneció un año hasta que tomó posesión de la parroquia de Santiago de esta ciudad en la que había nacido. Combinó su misión pastoral con la atención espiritual a religiosas y la docencia en el Instituto. Entre las obras que emprendió a lo largo de 13 años se hallan tres conventos de clausura para religiosas, un centro juvenil y la fundación de la revista católica dirigida a este colectivo El Congregante, pionera en España. Pero la honda impresión de que podía hacer mucho más le acompañaba y portando este sentimiento en lo más recóndito de su ser, afán que ponía a los pies de Cristo en su oración, un día halló la respuesta.

¡Cuántos seminaristas han malvivido y sufrido carencias de distinto calado para materializar su vocación! En febrero de 1873 Manuel se encontró con un grupo de generosos jóvenes que actuaron en conformidad con el Evangelio despojándose de todo con auténtica fruición para obtener la perla preciosa, fieles al llamamiento de Cristo. El eslabón de este importantísimo hallazgo, de suma trascendencia en su vida, fue el seminarista Ramón Valero, quien informó al beato de la existencia de otros compañeros que se hallaban en su misma situación. Impresiona la grandeza de corazón de este colectivo aspirante al sacerdocio que sobrevivía casi clandestinamente en Tortosa, sin lugar donde guarecerse de forma digna, por haber sido destruido el seminario durante la guerra de 1868, y no tenían más comida que la que obtenían de la caridad ajena o de la que se procuraban en el basurero, ni más luz que una simple vela. Entre tantas necesidades incluían la falta de formadores.

Manuel se puso manos a la obra y en septiembre de ese mismo año ya contaba con un grupo de 24 seminaristas que habían vivido en precarias condiciones y tres años más tarde se había engrosado el número llegando casi al centenar. A este primer centro que denominó «Casa de san José» siguió en 1878 el «Colegio de san José para vocaciones sacerdotales», cuya apertura tuvo lugar en 1879 y en el que se alojaron 300 seminaristas que habían conocido en carne propia la indigencia. A ellos había que sumar otro centenar que tenía acogidos en el palacio de San Rufo.

Pero el horizonte de un apóstol es inmenso, su fe no tiene fronteras, y su oración insistente ante Dios para conocer su voluntad, termina por recibir respuestas. El 29 de enero de 1883, después de oficiar la Santa Misa, tuvo una honda impresión que pocos días más tarde emergió con claridad y dio lugar a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos que se centrarían en la formación de los seminaristas. Desde el primer momento, el espíritu que animó a los sacerdotes que inicialmente se unieron a esta labor era la Reparación al Corazón de Jesús, toda vez que Manuel tenía gran devoción por la Eucaristía que había convertido en el centro de su vida y quehacer apostólico.«Si descendiéramos al fondo, al manantial de los sentimientos de nuestra espiritualidad, tal vez encontraríamos lo que no habíamos reparado ni discurrido: que el origen de nuestro deseo por el bien y promoción de las vocaciones sacerdotales, de que Dios tenga muchos y buenos sacerdotes, ha sido nuestro instintivo amor a Jesús eucarístico», solía decir.

La profunda sensibilidad del beato revertió en los seminaristas que comenzaron a recibir una formación integral extraordinaria. Abarcaba todas las facetas: humana, espiritual, intelectual, pastoral, etc., una manera de proceder que signó la tarea de los Sacerdotes Operarios. Manuel vio con inmensa alegría cómo brotaban las vocaciones y llovían las demandas de prelados de distintas diócesis para contar con la inestimable ayuda de la Hermandad.

Siempre con el sello del amor a Jesús Eucaristía recordaba: «una de las cosas que nos avergonzarían en el cielo, si pudiese haber confusión, sería el pensar que le hemos tenido en la tierra, y no nos absorbió toda la vida, todo nuestro corazón». Y con este espíritu siguió trabajando por el reino de Dios sin desfallecer, con la convicción de que entre sus manos tenían la delicadísima tarea de formar sacerdotes revestidos por la auténtica y genuina entrega evangélica: «la formación de los sacerdotes es lo que podríamos decir ‘la llave de la cosecha’ en todos los campos de la gloria de Dios. Nosotros, más que apóstoles parciales, hemos de ser moldeadores y formadores de apóstoles». Entre sus grandes sueños alimentó la idea de erigir templos de Reparación en todas las diócesis. Uno de los dos construídos, a instancias suyas, fue el de Tortosa, y en él se custodian sus restos. Murió el 25 de enero de 1909. Juan Pablo II lo beatificó el 29 de marzo de 1987.


(25 de enero de 2014) © Innovative Media Inc.

1:06 a.m.

Texto completo de las palabras del Santo Padre en la oración de las vísperas en la Basí­lica San Pablo Extramuros


Roma


El Santo Padre ha presidido esta tarde la oración de las vísperas por la solemnidad de la Conversión de san Pablo Apóstol y la conclusión de Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que este año ha reflexionado sobre la cita de san Pablo a los Corintios: "¿está dividido Cristo?" En las vísperas celebradas en la Basílica San Pablo Extramuros han participado también representantes de otras Iglesias y Comunidades eclesiales presentes en Roma.

Publicamos a continuación las palabras que el Papa ha pronunciado durante la celebración:

Queridos hermanos y hermanas:

«¿Está dividido Cristo?» (1 Co 1,13). La enérgica llamada de atención de san Pablo al comienzo de su Primera carta a los Corintios, que resuena en la liturgia de esta tarde, ha sido elegida por un grupo de hermanos cristianos de Canadá como guión para nuestra meditación durante la Semana de Oración de este año.

El Apóstol ha recibido con gran tristeza la noticia de que los cristianos de Corinto están divididos en varias facciones. Hay quien afirma: «Yo soy de Pablo»; otros, sin embargo, declaran: « Yo soy de Apolo»; y otros añaden: «Yo soy de Cefas». Finalmente, están también los que proclaman: «Yo soy de Cristo» (cf. v. 12). Pero ni siquiera los que se remiten a Cristo merecen el elogio de Pablo, pues usan el nombre del único Salvador para distanciarse de otros hermanos en la comunidad. En otras palabras, la experiencia particular de cada uno, la referencia a algunas personas importantes de la comunidad, se convierten en el criterio para juzgar la fe de los otros.

En esta situación de división, Pablo exhorta a los cristianos de Corinto, «en nombre de nuestro Señor Jesucristo», a ser unánimes en el hablar, para que no haya divisiones entre ellos, sino que estén perfectamente unidos en un mismo pensar y un mismo sentir (cf. v. 10). Pero la comunión que el Apóstol reclama no puede ser fruto de estrategias humanas. En efecto, la perfecta unión entre los hermanos sólo es posible cuando se remiten al pensar y al sentir de Cristo Jesús (cf. Flp 2,5). Esta tarde, mientras estamos aquí reunidos en oración, nos damos cuenta de que Cristo, que no puede estar dividido, quiere atraernos hacia sí, hacia los sentimientos de su corazón, hacia su abandono total y confiado en las manos del Padre, hacia su despojo radical por amor a la humanidad. Sólo él puede ser el principio, la causa, el motor de nuestra unidad.

Cuando estamos en su presencia, nos hacemos aún más conscientes de que no podemos considerar las divisiones en la Iglesia como un fenómeno en cierto modo natural, inevitable en cualquier forma de vida asociativa. Nuestras divisiones hieren su cuerpo, dañan el testimonio que estamos llamados a dar en el mundo. El Decreto sobre el ecumenismo del Concilio Vaticano II, refiriéndose al texto de san Pablo que hemos meditado, afirma de manera significativa: «Con ser una y única la Iglesia fundada por Cristo Señor, son muchas, sin embargo, las Comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo; ciertamente, todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y marchan por caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido». Y, por tanto, añade: «Esta división contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura» (Unitatis redintegratio, 1). Todos nosotros hemos sido dañados por las divisiones. Todos nosotros no queremos convertirnos en un escándalo. Por esto todos nosotros caminamos juntos fraternalmente hacia la unidad también haciendo unidad en el caminar, esa unidad que viene del Espíritu Santo que nos lleva a una singularidad especial que solamente en Espíritu Santo puede hacer, la diversidad reconciliada. El Señor nos espera a todos, nos acompaña a todos y con todos nosotros en este camino de la unidad.

Queridos amigos, Cristo no puede estar dividido. Esta certeza debe animarnos y sostenernos para continuar con humildad y confianza en el camino hacia el restablecimiento de la plena unidad visible de todos los creyentes en Cristo. Me es grato recordar en este momento la obra de dos grandes Papas: los beatos Juan XXIII y Juan Pablo II. Tanto uno como otro fueron madurando durante su vida la conciencia de la urgencia de la causa de la unidad y, una vez elegidos a Obispos de Roma, han guiado con determinación a la grey católica por el camino ecuménico. El papa Juan, abriendo nuevas vías, antes casi impensables. El papa Juan Pablo, proponiendo el diálogo ecuménico como dimensión ordinaria e imprescindible de la vida de cada Iglesia particular. Junto a ellos, menciono también al papa Pablo VI, otro gran protagonista del diálogo, del que recordamos precisamente en estos días el quincuagésimo aniversario del histórico abrazo en Jerusalén con el Patriarca de Constantinopla, Atenágoras.

La obra de estos predecesores míos ha conseguido que el aspecto del diálogo ecuménico se haya convertido en una dimensión esencial del ministerio del Obispo de Roma, hasta el punto de que hoy no se entendería plenamente el servicio petrino sin incluir en él esta apertura al diálogo con todos los creyentes en Cristo. También podemos decir que el camino ecuménico ha permitido profundizar la comprensión del ministerio del Sucesor de Pedro, y debemos confiar en que seguirá actuando en este sentido en el futuro. Mientras consideramos con gratitud los avances que el Señor nos ha permitido hacer, y sin ocultar las dificultades por las que hoy atraviesa el diálogo ecuménico, pidamos que todos seamos impregnados de los sentimientos de Cristo, para poder caminar hacia la unidad que él quiere. Caminar juntos ya es hacer unidad.

En este ambiente de oración por el don de la unidad, quisiera saludar cordial y fraternalmente a Su Eminencia el Metropolita Gennadios, representante del Patriarcado Ecuménico, a Su Gracia David Moxon, representante del arzobispo de Canterbury en Roma, y a todos los representantes de las diversas Iglesias y Comunidades Eclesiales que esta tarde han venido aquí. Estos dos hermanos en representación de todos hemos rezado en el sepulcro de Pablo. Y hemos dicho entre nosotros, 'recemos para que Dios nos ayude en este camino, este camino de la unidad, del amor, haciendo camino de unidad'. La unidad no vendrá como un milagro al final, la unidad viene en el camino, la hace el Espíritu Santo en el camino. Si nosotros no caminamos juntos, si nosotros no rezamos los unos por los otros, si nosotros no trabajamos juntos en tantas cosas que podemos hacer en este mundo por el Pueblo de Dios, la unidad no vendrá. Se hace en este camino, en cada paso. Y no la hacemos nosotros, la hace el Espíritu Santo que ve nuestra buena voluntad.

Queridos hermanos y hermanas, oremos al Señor Jesús, que nos ha hecho miembros vivos de su Cuerpo, para que nos mantenga profundamente unidos a él, nos ayude a superar nuestros conflictos, nuestras divisiones, nuestros egoísmos. Y recordamos que la unidad siempre es superior al conflicto. Y nos ayude a estar unidos unos a otros por una sola fuerza, la del amor, que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones (cf. Rm 5,5 ). Amén.


(25 de enero de 2014) © Innovative Media Inc.

1:06 a.m.
Desafíos y perspectivas del diálogo interreligioso a la luz del pontificado de Bergoglio. Entrevista a monseñor Marco Gnavi, director de la Oficina para el ecumenismo del Vicariato de Roma

Roma, 25 de enero de 2014 (Zenit.org) Salvatore Cernuzio | 0 hits


Se concluye hoy, en la fiesta de la Conversión de San Pablo, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Han sido muchos los llamamientos del Papa en estos días para superar el "escándalo" de la división entre cristianos, y numerosas las iniciativas de las diferentes confesiones para profundizar el conocimiento y la acogida recíprocas. Todo siguiendo como hilo conductor el interrogante del apóstol a la comunidad de Corinto: "¿está Cristo dividido?" Los desafíos surgidos por el camino ecuménico y las relaciones entre los cristianos son múltiples, como también las grandes novedades que se ven en el horizonte. Cabe destacar también el viaje del Papa a Tierra Santa, donde se reunirá con el patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomeo. De todo esto ZENIT ha hablado con monseñor Marco Gnavi, director de la Oficina para el ecumenismo y el diálogo interreligioso del Vicariato de Roma.

***

Hoy, ¿a qué punto se ha llegado en el diálogo ecuménico? ¿Cuáles son los desafíos que se esperan?

--Mons. Gnavi: Nunca como en el momento actual se ha alcanzado una conciencia tal de las diferencias de cada uno. Se trata ahora de dar testimonio juntos, delante de un mundo que mira a los discípulos de Evangelio, de los que se espera ver una esperanza. La búsqueda de la unidad hoy no puede ser prerrogativa solo de los académicos, de los teólogos, sino que debe involucrar a todos en una nueva inspiración, en una nueva pasión, recordándonos la llamada urgente a la unidad que viene de la oración sacerdotal de Jesús en el Evangelio de Juan, el testamento espiritual que Cristo nos ha dejado.

¿Cuál es, según usted, la contribución del papa Francisco al desarrollo del diálogo ecuménico?

--Mons. Gnavi: Gran escucha y disponibilidad al encuentro. Lo demuestran las numerosas audiencias del primer día de su pontificado: Bartolomeo, Tawadros, Theodoros II y muchos otros. Como también las palabras de Siria, Egipto y todas esas zonas de mundo incendiadas por movimientos de la historia: un llamamiento continuo a la solidaridad, al encuentro con las iglesias en minoría, a dar esperanza a estos hermanos. Creo que el Santo Padre está ayudando a todos a centrarse en el Evangelio: en un mundo secular como el nuestro, tentado por divisiones, presentarse como Obispo de Roma es un signo a reencontrarse en la esencialidad de las raíces cristianas, sin olvidar las propias diferencias.

¿Francisco ha indicado una enfoque diferente con los ortodoxos para facilitar la relación entre el primado de Pedro y la 'sinodalidad'?

--Mons. Gnavi: El papa Francisco se coloca en la línea de sus predecesores: pone el ministerio petrino al servicio de la unidad. El Santo Padre ha hablado de 'sinodalidad' pensando en la comunión interna de la misma Iglesia católica, como indicación de encuentro entre las iglesias locales con la fe de Roma. El ejemplo de la sinodalidad ortodoxa es por tanto una provocación para estimular a los obispos católicos en la búsqueda de una verdadera comunión. El Papa lo ha subrayado como una pregunta abierta: por ahora no tiene respuesta, quizá se realizará en la historia.

El Papa, en la última audiencia general de los miércoles, ha afirmado que "la división de los cristianos es un escándalo".

--Mons. Gnavi: Creo que el Papa haya querido estimular a todas las iglesias y las comunidades eclesiales, en primer lugar a nosotros católicos, a considerar la urgencia de un testimonio creíble y alegre que debemos dar del Evangelio en cada contexto en el que vivimos. La división es más dolorosa donde los cristianos son minoría, donde las armas pacíficas del diálogo se enfrentan al mal de la violencia. Hay zonas en el mundo en las que los cristianos buscan "recomponerse", aún en sus divisiones y diferencias, para darse apoyo recíproco. Pienso en particular en Nigeria, donde los católicos, anglicanos, etc., resisten juntos a las agresiones y mueren inocentemente mientras rezan en las iglesias.

En una entrevista el Papa ha hablado de hecho de “ecumenismo de sangre”…

--Mons. Gnavi: Exacto. Es el ecumenismo de los mártires que es celebrado por estos hermanos de Asia, África, América Latina, que viven las bienaventuranzas evangélicas al precio de la sangre, mueren en el ejercicio de la caridad, en la búsqueda de la paz. Esta humildad les hace grandes.

En su opinión, ¿la búsqueda de la comunión con otras iglesias es realmente una prioridad para los cristianos de hoy o es una "forma de hablar" mientras se remarcan todavía las diferencias?

--Mons. Gnavi: Es una prioridad porque la vocación de los cristianos a la unidad está escrita en su DNA. Los cristianos viven en la historia, y a pesar de que se ha perdido el sentido de la unidad y del bien común, esto es un rasgo distintivo. Somos hijos del Evangelio y nuestra raíz es la comunión. Sin unidad, de hecho, el testimonio evangélico es débil y la división se convierte en una brecha abierta al mal en todas sus expresiones. La búsqueda de la unidad por tanto no solo es, sino debe ser una prioridad. Juan XXIII pedía buscar lo que une y dejar de lado lo que nos divide. Hemos vivido momentos en los que se ha hecho lo contrario, y continuamos sufriendo; hoy, sin embargo, estamos llamados a dejarnos atravesar por el Espíritu para buscar una comunión plena. El tema de Semana de este año es "¿Cristo está dividido?". La respuesta es sencilla: Cristo no puede estar dividido, cada uno de nosotros debe dar signos eficaces de esto.

A la luz de lo que ha dicho hasta ahora, ¿de qué forma el viaje del Papa a Tierra Santa podrá favorecer un salto de calidad en el diálogo ecuménico?

-- Mons. Gnavi: Es un gran signo que esta visita suceda cincuenta años después del histórico abrazo de Pablo VI y Athenagora. Un gesto que ha representado la cancelación de todas las excomuniones, después de una distancia secular, en 1054. Un evento extraordinario sucedido precisamente en la Tierra de Jesús. El Papa también se encontrará con el patriarca Bartolomeo, y este encuentro - como también la elección de las tres etapas -muestra su confianza en el futuro. El viaje de Francisco no quiere marcar una nostalgia del pasado, sino una esperanza tenaz en la posibilidad de fecundar el mundo junto a los hermanos ortodoxos. Y, en mi opinión, es un llamamiento para los cristianos a comenzar de Jerusalén un nuevo camino. El mundo está atravesando una época difícil, marcada por crisis económicas, sociales, de valores, pero esto debe convertirse en una ocasión para los cristianos para hacer brillar con humildad la esperanza de la que son portadores, sin dejarse tentar por las insidias del mal. También porque el mundo espera precisamente esto de ellos.

Traducido por Rocío Lancho García


(25 de enero de 2014) © Innovative Media Inc.

1:02 a.m.
«Ofreció su vida y su incesante oración por una vocación sacerdotal, esperando que el díscolo prelado se reconciliara con la Iglesia, como así fue. Fue masacrada en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau»

Por Isabel Orellana Vilches

Celestina, nombre tomado al profesar en la congregación de las Pequeñas Siervas de la Inmaculada Concepción, fue beatificada junto a Natalia Tulasiewicz por Juan Pablo II el 13 de junio de 1999. Fueron las dos únicas mujeres que componían el grupo de 109 mártires. ¡Quién le iba a decir a la religiosa que compartiría ese altísimo honor con su fundador, Edmundo Bojanowski! Pero así lo determinó la divina Providencia que fue conduciéndola desde pequeña al camino de la plena consagración.

Nació en la ciudad polaca de Zabrzeży el 24 de abril de 1913. A los 5 años perdió a su madre y se trasladó al domicilio de unos familiares que cuidaron de ella con verdadera ternura. En este nuevo hogar alumbrado por la fe se impregnó del amor de Dios sintiéndose cada vez más cerca de María, a la que había elegido como Madre en su corazón. Su afecto por Teresa del Niño Jesús iba a tener gran trascendencia espiritual en su vida. A los 16 años dispuesta a ofrendar pobreza, obediencia y castidad, particularmente ésta última hasta la muerte, pidió ser admitida en la congregación de las Pequeñas Siervas. Y en 1930 inició el noviciado en la casa madre. Una de las líneas de este carisma se halla en el entorno rural donde proporcionan educación a los campesinos y a sus hijos a través de escuelas gratuitas y talleres de formación profesional. Al tiempo inculcan los principios de la fe. Así que la beata realizó cursos en Lviv, Poznań y Przemyśl que le permitían ayudar a los demás con el rigor debido, sin descuidar la catequesis.

En 1936 obtuvo la capacitación en jardinería. Iba dejando el poso de su delicadeza con su forma de trato dispensado a los demás, siempre colmado de atenciones. En 1938 fue destinada a Brzozow donde tenían un jardín de infancia. Se puso al frente del mismo. Los niños fueron «sus grandes tesoros». Compartían su corazón junto a los enfermos, otra de sus debilidades. Por su excelente quehacer con ellos fue reconocida y respetada en la ciudad. Era una mujer inteligente, discreta y valerosa. Estaba al tanto de las vicisitudes de la historia y, cómo no, de lo que acontecía en la Iglesia. Le animaba el celo apostólico con ese visible afán de conquistar a las personas para Cristo.

Hallándose en Lviv aconteció un hecho doloroso al que dio una respuesta similar a la ofrecida por Teresa de Lisieux. Supo que un antiguo obispo católico, Władysław Marcin Faron, cuyo apellido coincidía con el suyo aunque no les unía parentesco alguno, había apostatado de la Iglesia. Y ante sus hermanas de comunidad ofreció su vida por la conversión del prelado. De forma taxativa, consciente de las consecuencias de tan magnánimo gesto, confesó que se disponía a morir por él. En 1938 había sido elegida superiora de la comunidad. Y su gran labor fue más que ostensible en el orfanato que dirigía. Durante unos años trató de paliar las graves carencias que trajo consigo el nazismo y de infundir esperanza en los corazones atemorizados de tantos. En 1942 fue delatada a la Gestapo. El propietario del edificio que ocupaban era un activista político que había prestado una de las habitaciones a miembros principales de la organización y la labor que llevaban a cabo quedó al descubierto. Una de las hermanas le aconsejó huir, pero ella pensó en los que no tuvieron posibilidad de escapar y en la repercusión que su desaparición podría tener para el resto de su comunidad. Y se dispuso a materializar la promesa que hizo abrazándose a la cruz. Sin dudarlo, se presentó ante la Gestapo.

Le esperaba un camino de atroces sufrimientos. Desde que se produjo su detención a finales de agosto de 1942 pasó por las prisiones de Jaslo y de Tarnow hasta que el 6 de enero de 1943 fue trasladada a Auschwitz-Birkenau. Condenada a ser menos que un número –el que le tatuaron fue el 27989–, quedó recluida en el bloque 7. La muerte iría llegándole lentamente, aunque el acero del odio que acompañaba a sus hostigadores no logró penetrar en su corazón. El látigo, el barro, el frío, la inanición, nauseabundos roedores e insectos en medio de un inmundo espacio habitado por el terror y la angustia eran compartidos por otros congéneres injustamente atrapados en el lúgubre campo de concentración. Contrajo el tifus, la sarna, y vio como se abría la cicatriz de una antigua intervención dejando al descubierto en la ingle una llaga supurante que no podía cerrarse y que apenas le permitía mantenerse en pie.

Conducida al bloque 24, abandonada en su dolor por los crueles carceleros, afrontó una tuberculosis con hemorragias recurrentes que se unían a la peste, la falta de alimentos y de agua acentuando su calvario. Los más afectados por las plagas eran los que se hallaban en las literas a ras de tierra, como la suya. Pero ella, en medio de tanto sufrimiento, se esforzaba por animar a los que tenía al lado y agradecía las muestras de solidaridad y bondad que recibía de sus desdichados compañeros. Los que sobrevivieron, impresionados por su conformidad, confianza, mansedumbre, humildad y fortaleza ante tanta calamidad, serían testigos de su causa. Agradecía a Dios poder ofrecerle su infortunio. Consideraba que estaba cumpliendo su voluntad.

Solía rezar el rosario que había realizado con migas de pan, y ofrecía sus oraciones por la conversión de los pecadores, su congregación, su país y los sacerdotes del campamento que eran torturados y llevados al crematorio; se afligía de que no pudieran oficiar la misa. Además, oraba por el artífice de tanta tragedia: Hitler. Lo más importante para ella era recibir la comunión. Un sacerdote que la llevó clandestinamente se la dio el día 8 de diciembre 1943. La consideró su viático. Y movida por una antigua convicción de que no moriría antes de tomarla, al comulgar supo que su fin estaba cerca. Falleció el 9 de abril de 1944. El prelado por el que dio su vida, más tarde se reconcilió con la Iglesia.


(09 de abril de 2014) © Innovative Media Inc.

1:00 a.m.
«La pasión por Cristo crucificado marcó su vida. Fue agraciada con los estigmas y otros muchos dones. Sus múltiples padecimientos, rodeados de hechos inexplicables, no fueron comprendidos. Se ofreció como víctima por los pecadores»

Madrid

Sus 25 años de vida estuvieron marcados en su mayoría por fenómenos místicos ante los cuales hubo disparidades, incomprensiones y numerosos desprecios. Nació en Borgonuovo de Capannori, Italia el 12 marzo de 1878. Era la cuarta de ocho hermanos y la primera niña que alegraba el hogar. Su madre no quería bautizarla con el nombre de Gemma, que fue sugerido por un tío de la pequeña, porque en el martirologio no existían ascendentes de ninguna mujer canonizada que se hubiera llamado así. El párroco Olivio Dinelli con inspirado juicio alegó: «Muchas gemas hay en el cielo; esperemos que también ella sea un día otra Gemma del paraíso».

Cuando tenía un mes de vida la familia se trasladó a Lucca, donde la santa pasó el resto de su existencia. A los 4 años oraba tiernamente a María, amor que le inculcó Aurelia, su madre, junto a la devoción por Jesús crucificado: «De lo primero que me acuerdo es que mi mamá, cuando yo era pequeñita, acostumbraba a tomarme a menudo en brazos y, llorando... me enseñaba un crucifijo y me decía que había muerto en la Cruz por los hombres». La catequesis materna dio sus frutos sembrando en el corazón de Gemma una pasión desbordante por Cristo: «Jesús; yo quiero llegar con mi voz hasta los últimos confines del universo para alcanzar a todos los pecadores y gritarles que entren todos dentro de tu Corazón». Intuyendo Aurelia su inminente muerte, quiso que preparasen a la niña para la confirmación. Y mientras la recibía entendió que Jesús le pedía el sacrificio de verse privada de su madre.

Aurelia murió el 17 de septiembre de 1885 a los 39 años. Gemma tenía 7 y se refugió en la Virgen: «Al perder a mi madre terrena me entregué a la Madre del cielo. Postrada ante su imagen, le dije: ‘¡María!, ya no tengo madre en la tierra; se tú desde el cielo mi Madre’». Por fortuna, tuvo la certeza de que Ella le amparaba porque su personal calvario no había hecho más que empezar. A los 9 años inició sus estudios en el colegio de Santa Zita fundado por la beata Elena Guerra. Por esa época, al conocer la Pasión de Cristo sintió un dolor que le desgarraba por dentro acompañado de fiebre alta. El 17 de junio de 1887, festividad del Sagrado Corazón, determinó ser religiosa, sentimiento unido a «un ardiente anhelo de padecer y de ayudar a Jesús a sobrellevar la cruz». Se cumpliría con creces este deseo.

En 1894 pereció Gino, el primogénito de la familia, al que ella amaba de forma singular. En 1896 fue intervenida de una lesión en el pie, que se efectuó sin anestesia, debiendo soportar inmenso dolor, y el 25 de diciembre de ese año privadamente consagró a Dios su castidad. En 1897 falleció su padre Enrico, que había sido farmacéutico, y con su deceso llegó un periodo de sinsabores al hogar de los Galgani. Perdieron todo y los hermanos se separaron. Gemma fue acogida por unos tíos y pasó por un breve y convulso periodo. Relegó las prácticas religiosas y las reemplazó por diversiones. Pero el sufrimiento la perseguía. Y sin darle apenas tregua, a los 20 años se le presentó una osteítis en las vértebras lumbares que la dejó imposibilitada para caminar. Los dolores en la cabeza eran insoportables, la enfermedad avanzaba y los médicos la desahuciaron.

Aunque se había propuesto llevar la cruz, no ocultó su contrariedad: «Le dije a Jesús que no rezaría más si no me curaba. Y le pregunté qué pretendía teniéndome así. El ángel de la guarda me respondió: ‘Si Jesús te aflige en el cuerpo es para purificarte cada vez más en el espíritu’». Sanó con la mediación de santa Margarita María de Alacoque. La cortejaron dos caballeros que se prendaron de su belleza, pero no tuvieron nada que hacer; Dios era su único dueño. En los círculos del vecindario la conocían como «la jovencita de la gracia».

El año 1899 fue crucial. El 8 de junio se le manifestaron por vez primera los estigmas de la Pasión. Serían ostensibles en numerosas ocasiones cuando oraba, momento en que sudaba sangre. Meses más tarde, en el transcurso de una misión, conoció a los padres pasionistas. Entonces sintió que Cristo le decía: «Tú serás una hija predilecta de mi Corazón». Estos religiosos la condujeron a la familia Gianni, cuya ayuda fue decisiva para afrontar lo que iba a sobrevenirle. Había caído en sus manos la vida de san Gabriel de la Dolorosa, escrita por el padre Germán de San Estanislao, C.P., que sería su director espiritual, y a partir de entonces su vida dio un giro radical. Las visiones, éxtasis y vaticinios comenzaron a sucederse mientras su salud empeoraba. Su virtud traspasaba la morada y los hechos inexplicables formaban parte de su día a día. Los estigmas invariablemente se le reproducían del jueves al viernes. Para que no viesen sus llagas usaba guantes negros y se ataviaba con un discreto vestido del mismo color. Aún así, no pudo evitar que estos favores saltaran a la calle. Y la misma gente que antes la admiró, se burlaba de ella y la tildaban de histérica y farsante. También el obispo Volpi, que fue su confesor, tuvo sus dudas. Paralelamente, los científicos no hallaban explicación a los hechos que le acontecían.

El padre Germán la sostuvo espiritualmente ante la exigencia de pruebas y el arrecio de las dificultades. Gemma sobrellevaba su dolor en silencio. Por su mediación se obraban grandes conversiones. Con todo, en su trayectoria espiritual hubo muchas incursiones violentas del diablo. En 1901 su director le indicó que redactase su biografía: «El cuaderno de mis pecados». En ella se percibe su profundo sentido victimal: se había ofrendado en holocausto por los pecadores. Instada por Cristo a fundar un monasterio para los pasionistas en Lucca, en 1901 enfermó gravemente. En el último periodo de su vida la oscuridad y la angustia por sus pecados le pesaron como una losa. Murió el Sábado Santo, 11 de abril de 1903, en medio de espantosos dolores que ofreció con carácter expiatorio. Ese año Pío X autorizó la erección del monasterio. Pío XI la beatificó el 14 de mayo de 1933. Pío XII la canonizó el 2 de mayo de 1940.


(11 de abril de 2014) © Innovative Media Inc.

12:40 a.m.

El Santo Padre recibe al Movimiento por la Vida italiano e indica que el derecho a la vida no puede estar sujeto a ninguna condición

El Papa Francisco ha recibido esta mañana al Movimiento por la Vida italiano. En las palabras que les ha dirigido, el Santo Padre ha afirmado que la vida humana es sagrada e inviolable y que los derechos civiles se basan en el reconocimiento del derecho fundamental de la vida, “que no está subordinado a ninguna condición, ni cualitativa ni económica ni ideológica”.

Asimismo el Pontífice ha recordado que es necesario confirmar la más firme oposición de cualquier atentado a la vida, especialmente inocente e indefensa; señalando que el feto en el seno materno es el inocente por antonomasia.

Finalmente ha indicado que el cristiano debe proteger la vida con valentía y amor en todas sus fases. Al finalizar el discurso, Francisco ha pedido a las madres presentes que si los niños comenzaban a llorar por hambre, no dudaran en darles de comer.

El Movimiento por la Vida es una asociación italiana que en su estatuto propone "promover y defender el derecho a la vida y a la dignidad de cada hombre, desde la concepción hasta la muerte natural, favoreciendo una cultura de la acogida en lo relacionado con los más débiles e indefensos y, antes de todos, el niño concebido aún no nacido". El actual presidente es Carlo Casini, uno de los fundadores de Ciencia y Vida.

Publicamos a continuación el discurso que el Papa ha pronunciado durante el encuentro

Queridos hermanos y hermanas, cuando he entrado he pensado que me había equivocado de puerta, que había entrado en una guardería... ¡Lo siento! Doy mi cordial bienvenida a cada uno de vosotros. Saludo al honorable Carlo Casini y le doy gracias por sus palabras, pero sobre todo le expreso reconocimiento por todo el trabajo que ha hecho en tantos años del Movimiento por la Vida. ¡Le deseo que cuando el Señor le llame sean los niños los que le abran allí arriba! Saludo a los presidente de los Centros de Ayuda a la Vida y los responsables de varios servicios, en particular del “Proyecto Gemma”, que en estos 20 años ha permitido, a través de una forma particular de solidaridad concreta, el nacimiento de tantos niños que de otra forma no habrían visto la luz. ¡Gracias por el testimonio que dais promoviendo y defendiendo la vida humana desde su concepción!

Nosotros lo sabemos, la vida humana es sagrada e inviolable. Todo derecho civil se basa en el reconocimiento del primer y fundamental derecho, el de la vida, que no está subordinado a ninguna condición, ni cualitativa ni económica ni tampoco ideológica. “Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la iniquidad». Esa economía mata.... Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve”. (Esort. ap. Evangelii gaudium, 53). Y así es descartada también la vida.

Uno de los riesgos más graves a los cuáles se expone esta nuestra época, es el divorcio entre economía y moral, entre las posibilidades ofrecidas por un mercado provisto de toda novedad tecnología y las normas éticas elementales de la naturaleza humana, cada vez más descuidada. Es necesario por tanto confirmar la más firme oposición de cualquier atentado a la vida, especialmente inocente e indefensa, y el feto en el seno materno es el inocente por antonomasia. Recordamos las palabras del Concilio Vaticano II: “la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables” (Cost. Gaudium et spes, 51). Recuerdo una vez, hace mucho tiempo, que tenía una conferencia con médicos. Después de la conferencia saludé a los médicos -esto ha sucedido hace mucho tiempo. Saludaba a los médicos, hablaba con ellos, y uno me ha llamado aparte. Tenía un paquete y me dijo: "Padre, yo quiero dejarle esto. Estos son los instrumentos que he usado para hacer abortos. Me he encontrado con el Señor, me he arrepentido, y ahora lucho por la vida". Me ha entregado todos esos instrumentos. ¡Rezad por este hombre bueno!

A quien es cristiano compete siempre este testimonio evangélico: proteger la vida con valentía y amor en todas sus fases. Os animo a hacerlo siempre con el estilo de la cercanía, de la proximidad: que cada mujer se sienta considerada como persona, escuchada, acogida, acompañada.

Hemos hablado de los niños: ¡hay muchos! Pero quisiera también hablar de los abuelos, ¡la otra parte de la vida! Porque nosotros debemos cuidar también a los abuelos, porque los niños y los abuelos son la esperanza de un pueblo. Los niños, los jóvenes porque lo llevarán adelante, llevarán adelante este pueblo; y los abuelos porque tienen la sabiduría de la historia, son la memoria de un pueblo. Cuidar la vida de un tiempo donde los niños y los abuelos entren en esta cultura del descarte y son pensados como material que se descarta. ¡No! ¡Los niños y los abuelos son la esperanza de un pueblo!

Queridos hermanos y hermanas, el Señor apoye la acción desarrolláis como Centros de Ayuda a la Vida y como Movimiento por la Vida, en particular el proyecto “Uno de nosotros”. Os confío a la intercesión de la Virgen Madre María y de corazón os bendigo a vosotros y a vuestras familias. ¡Recordad también rezar por mí!

Cuando se habla de vida enseguida el recuerdo a la madre. Nos dirigimos a nuestra Madre para que nos cuide a todos. Ave María...

Bendición


Una última cosa. Para mí cuando los niños lloran, cuando los niños se lamentan, cuando gritan, es una música bellísima. Pero algunos niños lloran de hambre. Por favor, dadles de comer aquí tranquilamente.


(11 de abril de 2014) © Innovative Media Inc.

12:40 a.m.
P. Fernando Pascual, L.C.

Siempre ha sido un reto educar. Porque cada época tiene una mentalidad, porque cada ser humano vive en un mundo de experiencias complejas, porque en ocasiones hay confusión sobre las metas hacia las que orientar al educando. El P. Marko Rupnik, jesuita, director de ejercicios espirituales y artista, busca, con este volumen (El arte de la vida. Lo cotidiano en la belleza, Fundación Maior, Madrid 2013), abrir espacios a la vida espiritual desde una serie de diálogos imaginarios con varios personajes que tienen como eje de unión a una joven llamada Natasha.

El texto comienza de modo sorprendente: presenta la escena de una fiesta en la que una chica que se desvanece y queda abandonada en el suelo, mientras los demás jóvenes se retiran sin darse cuenta del estado de gravedad de quien hasta hacía pocos momentos era simplemente una más en la alegría común (pp. 7-8). A partir de este hecho, Natasha, especialista en neurocirugía y sobrina del padre Vassilij, empieza a reflexionar sobre la situación de los jóvenes de nuestro tiempo.

La protagonista va a un monasterio, mientras cae una continua nevada, para encontrarse con el padre Boguljub, su director espiritual. La mayor parte del libro recoge la grabación que Natasha realiza de su diálogo-entrevista con Boguljub. Otra parte reproduce el diálogo de la misma Natasha con dos sacerdotes ucranianos a los que acoge en su casa, y que luego conduce al encuentro del padre Vassilij, discípulo de Boguljub y artista.

La primera sección está dedicada al tema del «educar y formar». Natasha pregunta al padre Boguljub sobre «cómo educar para la vida. ¿Qué hacer para formar a los jóvenes, que parecen desconectados de todo valor y de todo el mundo real?» (p. 11). El monje ofrece sus reflexiones en voz alta y con pocas interrupciones, si bien Natasha no le escucha de modo pasivo, pues interviene continuamente, sobre todo con pequeños resúmenes para averiguar si ha comprendido las reflexiones del anciano. En los momentos iniciales de la obra, se elabora un agudo análisis del mundo moderno y sus errores, y se dan continuas indicaciones de posibles vías para la curación. Por ejemplo, la invitación a escuchar a los ancianos, menos aptos para la técnica pero poseedores de una sabiduría que tiene que transmitirse de generación en generación (pp. 23-24).

Al llegar al tercer capítulo, Natasha, entusiasmada por las enseñanzas de Boguljub, propone un método de «pequeños pasos» para introducir cambios que ayuden a reavivar el corazón de las personas y abrirlas a Dios. Desde ese método se comprenden en buena parte las reflexiones y consejos de los capítulos 2-5, dedicados a varios argumentos: la imaginación, la habitación (y otros espacios del hogar), el vestido y el alimento. El capítulo 6 trata de los fracasos (desde un diálogo entre Natasha y los dos sacerdotes ucranianos que no han podido iniciar una carrera universitaria eclesiástica). El último capítulo trata de la conversión de la mente a la vida, en un diálogo entre el padre Vassilij, Natasha y los dos sacerdotes antes mencionados.

Al final de toda la obra, ante la pregunta de dónde aprender un «nuevo paradigma» que permita descubrir el camino en la Iglesia hacia una nueva unidad, el padre Vassilij responde lacónicamente con un nombre: Vladimir Sergeevic Solov'ev (p. 221, aunque quizá en castellano sería mejor escribir tal nombre como Solovev).

Se podrían señalar muchos aspectos e intuiciones ofrecidos por el P. Rupnik a lo largo del volumen, así como destacar diagnósticos especialmente acertados sobre diversos males del mundo y de los mismos miembros de la Iglesia. Como botón de muestra, recojo algunos ejemplos. Natasha recuerda lo vivido en una reunión que tenía como objetivo preparar un sínodo. En la misma reinada un ambiente de rivalidades, un deseo de autoafirmación, «una lucha despiadada, una envidia devastadora, hacer carrera por cualquier medio sin evitar golpes...» (p. 53). De esa experiencia surge la pregunta de la joven al anciano monje: «¿cómo es posible elaborar un programa pastoral, que en su núcleo tendría que tener la búsqueda común de la voluntad de Dios y se debería basar en la lectura espiritual de una realidad, de un contexto?» (p. 53).

Otro ejemplo, sencillo y muy práctico: al hablar sobre las comidas, y precisamente cuando los protagonistas están iniciando una frugal y sabrosa merienda, Boguljub explica a Natasha cómo con un acto así de sencillo, vivido de modo justo (en apertura a Dios y a los demás), puede iniciarse una acción sobre el mundo entero. «¡Cuanto más envejezco, más creo que todo discurso sobre la evangelización comienza por estas cosas!» (p. 166).

También destaca una hermosa oración que hace Natasha ante un pequeño icono pintado por su tío Vassilij: «Otro día se ha cumplido. Cada día, con su conclusión, por la noche, nos recuerda la eternidad. El día de hoy ya no volverá, y lo que he vivido ya no es alcanzable para mí, excepto en Ti. En Ti, en cambio, el tiempo es un paso hacia tu eternidad» (p. 185).

La lista de ideas sugestivas podría ser muy larga. Para recordar otras, destaco estas: la invitación a hacer la teología no con ideas sino desde lo que es cada persona (p. 190); la mirada dirigida al inicio del cristianismo como paradigma para comprender el camino de renovación que necesita nuestro tiempo: desde hombres y mujeres como los Padres de la Iglesia, que procedían no del mundo académico sino desde las pequeñas comunidades cristianas de aquel tiempo (p. 215). Especialmente tiene valor el recuerdo de los mártires recientes: «El siglo XX ha tenido millares de mártires y testigos. Sólo por esto tenemos en nuestras arcas una riqueza inaudita para realizar el Cuerpo de Cristo en la historia contemporánea» (p. 216).

El padre Rupnik ofrece, con esta obra, una invitación, desde la mirada constante a los Padres y a algunos autores orientales (basta con observar las fuentes citadas en las notas), a renovar una fe que necesita horizontes de espiritualidad encarnada, próxima, sostenida por «pequeños pasos», atenta a cosas tan sencillas como el modo de disponer los muebles de la casa o de construir templos capaces de suscitar en los corazones la apertura al misterio de Dios.


(05 de abril de 2014) © Innovative Media Inc.

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