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Autor, destinatarios y fecha de composición de la carta. La carta comienza con empaque y solemnidad: doble nombre del remitente, hebreo y griego; doble título, «siervo y apóstol». A lo largo del escrito se refiere a otra carta precedente (3,1), recuerda su presencia en la transfiguración (1,18), llama hermano a Pablo (3,15), se siente a punto de morir (1,14). ¿No está claro el autor?
Lo que está demasiado claro es la ficción de la pseudonimia, comúnmente practicada entonces. El autor quiere presentar el escrito como si fuera el apóstol Pedro. Ya en la antigüedad se discutió bastante sobre la autenticidad del autor. Hoy son raros los que la defienden. Las razones son convincentes. El autor se traiciona repetidas veces, como cuando se incluye en la generación post-apostólica (3,4), o se distingue de los apóstoles (3,2), o al discutir el retraso de la parusía (3,8). A lo cual hay que añadir diferencia de lengua, estilo y vocabulario.
Pero si el autor no es Pedro, sí nos dice cómo imaginaba al apóstol un cristiano de la segunda generación. Este autor escribe a creyentes convertidos del paganismo, como lo sugieren el estilo, los influjos de la filosofía estoica y el tipo de herejías que combate. Es probable que se trate del último escrito del Nuevo Testamento, compuesto hacia finales del s. I o comienzos del II.

Género y finalidad de la carta. Aunque se presenta y comienza como carta, el texto es más bien una exhortación. Teniendo en cuenta que se dice próximo a la muerte (1,3-15), se podría catalogar el escrito como uno de esos testamentos espirituales tan corrientes entonces y de ilustre ascendencia bíblica. El autor se enfrenta con dos problemas principales: el retraso de la parusía o segunda venida del Señor y las herejías, preocupaciones comunes de la segunda generación cristiana.
La aparente tardanza de la victoria definitiva de Jesús enfriaba los ánimos de los creyentes y cundía el desaliento y la incertidumbre ante el gran acontecimiento que, con el correr de los años, aparecía cada vez más lejano. Los enemigos se burlaban de ellos: «¿Qué ha sido de su venida prometida?... todo sigue igual que desde el principio del mundo» (3,4).
El autor responde invitando a sus oyentes a mirar la historia con los ojos de la fe. El tiempo presente es el tiempo de la «paciencia de Dios», pues «no quiere que se pierda nadie, sino que todos se arrepientan» (3,9). Por otra parte, el calendario de Dios es distinto del calendario de los hombres, pues para el Señor «un día es como mil años y mil años como un día» (3,8).  De esta lectura de los signos de los tiempos, el autor saca su conclusión: una conducta irreprochable y santa no sólo sitúa al cristiano en el camino de la esperanza, sino que apresura la «la venida del día de Dios» (3,12), viviéndolo ya como inminente y convirtiendo la espera no en una actitud pasiva, sino en activa colaboración que acelere la transformación final.  
En cuanto a las herejías o falsas doctrinas, todo induce a pensar que se trata de una forma de gnosticismo, con sus historias de mitos y la insistencia en conocimientos arcanos. El autor no las nombra, sólo insiste en el libertinaje de los herejes. Ese «día» para ellos llegará como un ladrón en la noche.



1,1s Saludos. El apóstol Pedro o, con seguridad, el autor posterior desconocido que pertenece al círculo de Pedro y en cuyo nombre escribe, se presenta con el mismo título de autoridad apostólica que leemos en las epístolas de Pablo. Los destinatarios son designados con dos calificativos que, ya desde el principio de esta carta circular, dejan sentados el tono y el contenido de la misma: «elegidos» y residentes «fuera de su patria».
La expresión «que residen fuera de su patria», alude a una doble marginación. Una, social y económica a causa de la política de dominación del imperio romano, que obligó a una gran masa humana de los territorios conquistados a una forzada emigración. Los cristianos a los que se dirige esta carta pertenecían a esta ola de emigrantes pobres y desarraigados, agrupados en pequeñas comunidades rurales esparcidas a finales del s. I por las mencionadas cinco provincias de Asia. La otra marginación es la que les imponía su misma vida de cristianos, incompatible con muchas de las costumbres y modos de vivir paganos (4,3), razón por la cual se convertían en sospechosos y, con frecuencia, en perseguidos (4,14). Es esta situación la que pone de relieve el hecho de haber sido precisamente ellos, los pobres y marginados, los «elegidos» por Dios Padre, los «consagrados» por el Espíritu y los «rociados» con la sangre de Jesús.
Hoy es difícil imaginarnos la emoción y la sorpresa agradecida que debían sentir aquellos cristianos y cristianas al reflexionar sobre esta elección gratuita de Dios, que los había convertido en su nuevo pueblo. Una elección divina que era, al mismo tiempo, fuente de exigencias y compromisos a los que el autor alude con la frase «obedecer a Jesucristo» (2), y a imitación de Él enfrentarse con el sufrimiento y la tribulación. A ellos les desea: «Gracia y paz en abundancia» (2).
1,3-12 Esperanza cristiana. Después del saludo, se abre la carta con una bendición solemne al estilo de las bendiciones judías (cfr. 2 Cor 1,3). Bendecir a Dios equivale a darle gracias. El autor o discípulo de Pedro, lo hace por la salvación que han recibido las comunidades al renacer a una nueva vida. El himno es como una profesión de fe, recitada en un clima de oración, en la que toca los principales temas de la catequesis bautismal en que ya han sido iniciados sus oyentes (cfr. Tit 3,5). Esta vida nueva del cristiano tiene su fuente en el designio misericordioso de Dios Padre realizado en la muerte y resurrección de Jesucristo (3) y está alimentada por la fe, custodiada por Dios y animada por la esperanza de «una herencia que no puede destruirse, ni mancharse, ni marchitarse, reservada para ustedes en el cielo» (4). Estos pobres emigrantes, despreciados y perseguidos, no habían conocido ni visto personalmente a Jesús, y sin embargo «lo aman… creyendo en él… con gozo indecible y glorioso» (8), de acuerdo con las palabras del Evangelio: «dichosos los que sin ver creyeron» (Jn 20,29). La situación en que viven ahora es dura y difícil, «aunque por el momento» (6), por eso el discípulo compara su fe con «el oro… purificado por el fuego» (7), tomando la imagen bíblica de Sab 3,5s: «Dios los puso a prueba y los encontró dignos de él, los probó como oro en crisol» (cfr. Sal 66,10).
Esta «pasión de Cristo y su posterior glorificación» (11) es la que barruntaron y vieron en lontananza los profetas del Antiguo Testamento (cfr. Is 53) y la que cantaron los Salmos (cfr. Sal 22) guiados por el Espíritu. Y es la que, al cumplirse ahora el tiempo de la promesa, han recibido los destinatarios de esta carta (12). Hasta los ángeles, dice el discípulo, se asoman desde el cielo para contemplar maravillados la Buena Noticia hecha realidad en la vida de aquellos cristianos, gente pobre y sencilla.
Así termina el himno de alabanza en el que el discípulo de Pedro establece ya el tema fundamental de la carta, que se repite continuamente en cada sesión y en cada argumento, quizás como en ningún otro escrito del Nuevo Testamento: la pasión de Cristo y su glorificación, que continúa en la pasión del cristiano y en su futura y definitiva liberación.
Sería un error, sin embargo, leer en clave puramente espiritualista todo lo que nos va a decir a continuación, ya que «el cielo futuro» no es la única respuesta a los sufrimientos de una comunidad sumida en la marginación y tentada por el desaliento. Por el contrario, el cielo futuro debe hacerse ya realidad presente a través del compromiso cotidiano de los creyentes. Su tarea es construir en el mundo hostil que los rodea una «sociedad alternativa» o «casa de Dios», a la que el autor se va a referir constantemente y con variedad de expresiones.
 1,13-25 Conducta cristiana. La seguridad del bien prometido hace que el cristiano viva el tiempo de la espera como tiempo ya de salvación y, por tanto, tiempo de alegría, de «sentirse uno ya como en la gloria», como se dice en nuestro lenguaje popular. Y esto no sólo a pesar de los sufrimientos presentes, sino justamente a causa de ellos. Es la paradójica alegría de los perseguidos de que hablan las Bienaventuranzas (cfr. Mt 5,12).
«Vivan sobriamente» (13), así ve el discípulo la conducta de sus oyentes para este tiempo de espera. Los caminantes son ya hijos de Dios por el bautismo, por eso apela a la obediencia filial (cfr. Is 63,8) que no es otra cosa que una llamada a asemejarse a Dios, según el mandato de Lv 11,44: «sean santos, porque yo soy santo». El Dios que exigía la santidad en el Antiguo Testamento se ha revelado en Jesucristo como Padre y un día se revelará como Juez, por lo cual es necesario proceder siempre con «respeto durante su permanencia en la tierra» (17). Hay que tomarse la vida cristiana en serio, como seria fue la prueba del amor que nos trajo la salvación.
La pasión y la gloria de Cristo es «la Buena Noticia que se les ha anunciado» (25), de la que el discípulo de Pedro afirma que es «palabra incorruptible y permanente del Dios vivo» (23), la que purifica las conciencias abriéndolas a la verdad, la que produce el amor mutuo entre los hermanos, un amor intenso y sin fingimientos. La Palabra de Dios, en definitiva, regenera y da nueva vida al que la escucha y obedece, construyendo así la comunidad.
2,1-10 La piedra viva. De la «leche espiritual» de la Palabra de Dios que alimenta a la comunidad de recién nacidos, el discípulo pasa a otra imagen preñada de resonancias bíblicas: la piedra, que puede ser «piedra de cimiento» (cfr. Is 28,16) en la que se apoya el creyente por la fe, o «piedra angular» (cfr. Sal 118,22), que es clave y remate del edificio (cfr. Zac 4,7). El desarrollo y la aplicación que hace de esta imagen constituyen la parte central de la carta y una de las más hermosas enseñanzas del Nuevo Testamento sobre la comunidad cristiana.
El discípulo llama a Jesucristo «piedra viva» rechazada por los constructores, pero escogida y apreciada por Dios (4), en alusión a su pasión, muerte y resurrección. Sobre esta piedra viva se construye el «nuevo templo» que acoge la verdadera y definitiva presencia de Dios. Los cristianos son estas «piedras vivas» con las que se construye dicho templo, al que el discípulo llama «espiritual», no para indicar una realidad que perteneciera a otro mundo, sino para afirmar que, al contrario del templo «material» de Jerusalén, este nuevo templo lo constituyen las personas mismas, reunidas por el bautismo en una comunidad de fe, es decir, el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia que debe caminar con los pies bien plantados en la sociedad en que vive.
Con referencia a este nuevo pueblo de Dios, el discípulo evoca los títulos de dignidad que exaltaban la función del pueblo de Israel (cfr. Is 43,20; Éx 19,6), para aplicarlos como si se tratara de profecías que tienen su completo cumplimiento en la comunidad cristiana: «raza elegida, sacerdocio real, nación santa y pueblo adquirido» (9) por la muerte y resurrección de Jesús. Es probable que el creyente de hoy, que ya no está acostumbrado al lenguaje simbólico de la Biblia, no se tome muy en serio esta maravillosa descripción de la vida cristiana que hace el autor de la carta, ni que alcance a comprender la fuerza revolucionaria evangélica que lleva dentro. Por desgracia, así ha ocurrido durante mucho tiempo, hasta que el Concilio Vaticano II ha puesto de nuevo las palabras de esta carta en el centro mismo de la vida y del compromiso de toda la Iglesia.
¿Qué significa, pues, que todos y cada uno de los cristianos formemos un «sacerdocio santo» (5)? El discípulo lo explica dos veces en este apartado. En primer lugar, significa ofrecer «sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo» (5). Con ello se refiere a la vida misma del cristiano, hombre o mujer, se encuentre donde se encuentre y cualquiera que sea su profesión, ofrecida a Dios como don de amor y portadora de la memoria de Jesús, tal y como nos la presentan los evangelios: su obediencia filial al Padre, su amor incondicional que no conoció barreras, su opción por los pobres, débiles y marginados, su lucha por la igualdad y la justicia hasta derramar su sangre en la cruz por todos nosotros. En esto consistió el sacerdocio de Cristo, y en esto consiste el sacerdocio del cristiano recibido en el bautismo. En segundo lugar, significa proclamar «las maravillas del que los llamó de las tinieblas a su maravillosa luz» (9). La primera maravilla fue el testimonio de vida; la segunda, el anuncio, la proclamación de la palabra viva de la Buena Noticia portadora de la luz de la liberación. O sea, todo cristiano es o debe ser misionero de la Palabra de Dios. La predicación y proclamación del Evangelio no está reservada para unos cuantos expertos, como los obispos y presbíteros. Todo cristiano tiene el derecho y la obligación de anunciar a Jesús, el Salvador, con sus palabras y con el testimonio de su vida.
Si esto es así, ¿para qué sirven, entonces, los obispos y presbíteros? El ministerio de estos responsables y pastores de la Iglesia ha sido instituido por el mismo Jesucristo para que, a imitación suya, estén justamente al servicio de la comunidad cristiana y para que ésta siga fiel a su compromiso sacerdotal de vida y testimonio. Como personas bautizadas, son sacerdotes como los demás; como ministros ordenados, representan a Jesús en su función de guía y pastor de la comunidad. El discípulo va a hablar de ellos en la última parte de su carta.
 2,11-25 Vocación cristiana y ejemplo de Cristo. El discípulo de Pedro contempla con preocupación a sus cristianos y cristianas esparcidos por las cinco provincias de Asia como «huéspedes y forasteros» (11) en medio de una sociedad pagana que los observa con ojos críticos, los difama y los tiene como malhechores, es decir, los típicos prejuicios de siempre contra los pobres y marginados. El discípulo anima a sus oyentes a que «tapen la boca a los necios e ignorantes» (15) con la fuerza del testimonio de su vida cristiana. El ejemplo que den en la vida social es capital, no sólo como protección contra posibles represalias, sino como testimonio evangélico: «al presenciar las buenas obras de ustedes, glorificarán a Dios el día de su visita» (12).
Un buen cristiano será siempre un buen ciudadano. El discípulo da normas claras de conducta ciudadana, apelando a la motivación superior que debe presidir todo el comportamiento del creyente: «por amor al Señor» (13), «tal es la voluntad de Dios» (15), «con el pensamiento puesto en Dios» (19), pero sobre todo, «como hombres (y mujeres) libres» (16), conscientes de que ante todo somos servidores de Dios (16), pues en esto consiste su libertad. Bajando a detalles concretos, exhorta a que todos respeten a las autoridades legítimas, y los criados a sus amos, aunque tengan «mal genio» (18).
Hasta ahora ha hablado a cristianos que viven más o menos en paz con los paganos, pero es en tiempos de persecución injusta cuando hay que dar el supremo testimonio de la fe y cuando la vocación cristiana de seguimiento del Crucificado alcanza su máxima expresión. El ejemplo impresionante de la pasión de Cristo que expone el discípulo en los versículos 21-25 constituye el mensaje central de toda la carta. El discípulo contempla toda la vida de Jesús –un don continuo e incondicional de amor– en su momento cumbre: su pasión salvadora, presentándola con los rasgos más resaltantes del Siervo de Yahvé (cfr. Is 53): «cuando era insultado no respondía con insultos, padeciendo no amenazaba» (23). Así «llevó sobre la cruz nuestros pecados cargándolos en su cuerpo» (24) e hizo posible que toda la vida del cristiano sea ya una vida portadora de salvación, bajo el cuidado del «pastor y guardián de sus almas» (25). El ejemplo del Crucificado que propone el discípulo de Pedro va más allá de la sola aceptación de los propios sufrimientos a imitación de Jesús; también es una invitación a cargar solidariamente los sufrimientos de todas las víctimas del pecado del mundo: los que pasan hambre, los marginados, los excluidos, los perseguidos, los débiles, para llevar a todos el anuncio cristiano de la liberación. La pasión del mundo debe ser la pasión del cristiano, incluso hasta la muerte. En esto consiste nuestra identidad como continuadores de la memoria de Jesús.
 3,1-7 Matrimonios. El más importante testimonio cristiano es el dado en el seno de la familia. Dirige primero una larga exhortación a la esposa, pensando seguramente en las mujeres cristianas casadas con paganos. Después se dirigirá brevemente a los maridos cristianos. A éstas les exige la castidad conyugal, el «sometimiento» al marido y la modestia y serenidad interiores que pueden mantener el matrimonio unido en convivencia pacífica, e incluso atraer al esposo a la fe. En la exhortación a los maridos cristianos afirma la mayor debilidad corporal de la mujer y la igualdad espiritual en compartir la herencia del cielo.
El discípulo de Pedro es hijo de la cultura de su tiempo y, aunque el Evangelio trajo la igualdad de todos ante Dios (cfr. Gál 3,28), todavía se regía por los prejuicios machistas de la sociedad patriarcal en que vivía. En este sentido hay que tomar también el recelo del discípulo respecto a los adornos de la mujer. Sobre el exagerado ornato de éstas pronuncia Isaías una sátira divertida (cfr. Is 3,18-23).
3,8-22 Paciencia a ejemplo de Cristo. El ideal de concordia familiar se extiende a toda la comunidad cristiana, cuyos miembros, como hermanos de una sola familia, comparten la bendición de una herencia común. Los versículos 10-12 están inspirados en Sal 34,12-16; esta amplia cita en una carta breve muestra que los salmos se iban incorporando a la piedad cristiana e inspiraban la conducta.
A continuación, el discípulo vuelve a su tema favorito: el sufrimiento en razón de la fe que profesan. Más que a una persecución concreta, el autor de la carta parece referirse de nuevo a la marginación social que les imponía su misma condición de cristianos, la cual les apartaba de las prácticas y costumbres paganas, como las que señalará después en 4,3, conducta que les hacían parecer gente rara a los ojos de sus conciudadanos paganos. Es posible que la extrañeza ante el proceder de los cristianos fuera acompañada, a veces, de hostilidad y agresividad, sobre todo por ser los creyentes de clase humilde. Es comprensible, pues, que vivieran atemorizados.
El discípulo les anima a no tener miedo y conservar la calma. Es más, la situación puede convertirse en ocasión de dar testimonio de «su esperanza» (15). Es interesante que fuera la esperanza el aspecto llamativo de los cristianos y lo que causara extrañeza a los paganos, a quienes Pablo se refiere en Ef 2,12 como gente sin «esperanza y sin Dios en el mundo». La recomendación que el discípulo de Pedro les hace es una lección práctica de evangelización misionera en un contexto de pluralismo religioso, como el nuestro de hoy: estén dispuestos a defender –su esperanza– «con modestia y respeto, con buena conciencia» (16), pero firmes en la fe.
Si el testimonio evangélico lleva consigo la persecución y el sufrimiento, sufrir por hacer el bien les asemejará a Jesucristo. Para darles ánimo y esperanza en la victoria final, el discípulo les propone el ejemplo del sufrimiento inocente del Señor, cuya resurrección por el Espíritu trajo la oferta de salvación universal a todos, incluso a las «almas encarceladas» (19) de los pecadores de antaño, a los que el pensamiento mítico-religioso del Antiguo Testamento asignaba un lugar en el mundo subterráneo y tenebroso de los muertos, al que denominaban «infierno», cuyo significado no tiene nada que ver con el concepto cristiano de infierno como condenación eterna. También allí el Señor resucitado «fue a proclamar» (19) su mensaje de salvación. Jesucristo, compartiendo la suerte de todos los hombres y mujeres, baja al mundo de los muertos, no para quedarse, sino para proclamar la liberación (cfr. Is 61,1).
El versículo 19 es uno de los textos más enigmáticos de todo el Nuevo Testamento, el cual ha encontrado eco hasta en nuestro Credo cristiano: «Descendió a los infiernos». Este descenso salvador debió ser muy importante para los primeros cristianos, como lo atestiguan las referencias de Ef 4,8-10 y Rom 10,7; les preocupaba la suerte de los pecadores y, en general, la de todos los que vivieron y murieron antes de Cristo. ¿Entraron también ellos en el plan salvador de Dios? ¿Se salvaron aunque no habían conocido a Cristo ni recibido el bautismo? Esta preocupación sobre la posible salvación de los antepasados ha estado presente en toda la historia de la evangelización de la Iglesia, especialmente en Asia, cuya cultura dio y sigue dando tanta importancia al mundo de los ancestros. La respuesta ambigua o negativa de los primeros evangelizadores de aquellas tierras constituyó entonces un grave obstáculo para la propagación del Evangelio. Con esta imagen enigmática de Cristo descendiendo y proclamando, el discípulo nos quiere decir simplemente que, en virtud de su muerte y resurrección, Jesucristo vino a ofrecer su salvación a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.
4,1-19 Hostilidad del mundo. El discípulo de Pedro retoma ahora el tema del sufrimiento en su aspecto medicinal o de sanación: es imposible que siga pecando quien asocia por el bautismo sus propios sufrimientos al sufrimiento de Cristo. Esa incompatibilidad con el pecado la pueden ver comparando la vida que llevaban antes, entregada a todo género de maldades, con la que llevan ahora. De ahí que su conducta contra corriente produzca la extrañeza y la hostilidad de sus antiguos camaradas de vicios.
Las comunidades de Pedro nos dan una buena lección a los creyentes de hoy. Una conducta cristiana que no produzca ningún impacto en la sociedad es señal de que se ha dejado arrastrar por la corriente de aquellos que no organizan sus vidas de acuerdo con las exigencias del Evangelio. Lo peor que nos puede suceder como seguidores de Jesús es que nuestro comportamiento no diga nada a nadie, que no ofrezca ninguna alternativa al mundo de injusticia que nos rodea. El discípulo subraya la seriedad de su exhortación con la inminencia del «fin del universo» (7), cuando venga Jesucristo a juzgar a todos de acuerdo con los valores del Evangelio, tanto a los que aún estén con vida como a los que hayan muerto. No se trata de una inminencia de días o años, sino de la urgencia del cambio que lleva en sí el mensaje evangélico. ¿Quién no calificaría como «final del universo» a los acontecimientos que estamos viviendo en nuestros días, como la pobreza y el hambre de millones de seres humanos o la catástrofe ecológica a la que nos lleva un desenfrenado consumismo?
Amor intenso que pasa por alto y perdona la ofensa del otro, hospitalidad sin murmuraciones, moderación y sobriedad, servicio a los demás compartiendo los dones que cada uno ha recibido es la vida alternativa evangélica que propone el discípulo a sus humildes comunidades y que también dirige a la Iglesia de hoy con la misma fuerza profética. Son los comportamientos cristianos que hacen de la comunidad de creyentes la «casa de Dios» a la que todos son llamados. Dos servicios merecen la atención del discípulo: el servicio de la Palabra y la atención a los necesitados. El término utilizado para «palabra», es «oráculo», es decir, sentencia profética, pues lleva consigo la fuerza del Espíritu que penetra los corazones con la fuerza de la verdad.
Sorprendentemente, vuelve otra vez sobre el tema del sufrimiento, como si los padecimientos inmerecidos e imprevistos de las páginas precedentes se materializaran ahora en una persecución violenta: un «incendio que ha estallado» (12). ¿Se trata de alguna persecución concreta? ¿O más bien quiere presentar de nuevo el tema central de la carta en un modo dramático? Sea como fuere, la situación real de padecimiento existía y el discípulo les anima a valorar y a confrontar la prueba: es la ocasión de compartir los sufrimientos de Cristo (cfr. Col 1,24; Flp 3,10) que conducirá a compartir su gozo (cfr. Jn 15,11), incluso por adelantado (cfr. 2 Cor 7,4).
 5,1-11 A los responsables. Antes de despedirse les da su testamento espiritual. El discípulo de Pedro se dirige, en primer lugar, a los «ancianos», término con que se designaba a los responsables y líderes de la comunidad –presbíteros–, no necesariamente entrados en años. Aunque se presenta con el título que le confiere su autoridad apostólica, «testigo de la pasión de Cristo» (1), los considera colegas, situando así su autoridad en el plano de la corresponsabilidad, como era corriente en la Iglesia de los primeros tiempos. Contempla el ministerio de estos líderes como la labor y el servicio de un buen pastor, en referencia siempre al Pastor Supremo, único pastor del rebaño. Sus consejos pastorales son válidos para todos los tiempos, especialmente para muchos pastores de nuestra Iglesia de hoy, quienes aún no acaban de asimilar el verdadero sentido de la autoridad apostólica. Toda la vida de un pastor debe ser entrega generosa al rebaño, guiándolo con el modelo y ejemplo de su vida, sin otros intereses espúreos.
Después se dirige a todos los miembros de la comunidad, tanto jóvenes como viejos, y les pide que sean humildes. Esta humildad, referida a la relación de los cristianos con Dios, lleva a la confianza por la que ponemos en sus manos los afanes y los sufrimientos. En una última llamada a la vigilancia, compara al enemigo supremo, el Diablo, a un león rugiente dando vueltas alrededor de su presa. Todas estas recomendaciones del discípulo evocan la realidad de una comunidad cristiana que, soportando la prueba y la persecución, vive de la esperanza de la venida liberadora del Señor, consolada por «el Dios de toda gracia que por Cristo los llamó a su gloria eterna» (10).
5,12-14 Saludos finales. Pedro, o su discípulo, menciona en su saludo final a dos personas conocidas que han desempeñado un papel importante en la vida de la Iglesia primitiva.
Finalmente, les comunica los saludos de la comunidad de «Babilonia», nombre de Roma en clave simbólica, es decir, el lugar del destierro y de la persecución en un mundo hostil a Dios.


Saludos

1  1 Pedro, apóstol de Jesucristo, a los elegidos que residen fuera de su patria, dispersos en Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, 2 elegidos según el designio de Dios Padre, y consagrados por el Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre: Gracia y paz en abundancia a ustedes.

Esperanza cristiana

3 Bendito sea Dios, padre de nuestro Señor Jesucristo, que, según su gran misericordia y por la resurrección de Jesucristo de la muerte, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, 4 a una herencia que no puede destruirse, ni mancharse, ni marchitarse, reservada para ustedes en el cielo. 5 Porque gracias a la fe, el poder de Dios los protege para que alcancen la salvación dispuesta a revelarse el último día. 6 Por eso alégrense, aunque por el momento tengan que soportar pruebas diversas. 7 Así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba será mucho más preciosa que el oro perecedero purificado por el fuego y se convertirá en motivo de alabanza, honor y gloria cuando se revele Jesucristo. 8 Ustedes lo aman sin haberlo visto y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con gozo indecible y glorioso, 9 ya que van a recibir, como término de [su] fe, la salvación personal.
10 Esta salvación ya fue objeto de la búsqueda y de las investigaciones de los profetas que profetizaron la gracia que ustedes iban a recibir. 11 Investigaban para averiguar el tiempo y las circunstancias que indicaba el Espíritu de Cristo, que habitaba en ellos, y anunciaba anticipadamente la pasión de Cristo y su posterior glorificación. 12 A ellos les fue revelado que aquello que anunciaban no era para ellos mismos, sino para el bien de ustedes, y ahora han recibido el anuncio de ese mensaje por obra de quienes, inspirados por el Espíritu Santo enviado desde el cielo les transmitieron la Buena Noticia que los ángeles querrían presenciar.

Conducta cristiana

13 Por lo tanto, tengan listo su espíritu, vivan sobriamente y confiadamente esa gracia que se les concederá cuando se revele Jesucristo. 14 Como hijos obedientes no vivan de acuerdo a los deseos de antes, cuando vivían en la ignorancia; 15 por el contrario como el que los llamó es santo, sean también ustedes santos en toda su conducta; 16 porque así está escrito: Sean santos, porque yo soy santo. 17 Y si llaman Padre al que no hace diferencia entre las personas y juzga cada uno según sus obras, vivan con respeto durante su permanencia en la tierra. 18 No olviden que han sido liberados de la vida inútil que llevaban antes, imitando a sus padres, no con algún rescate material de oro y plata 19 sino con la preciosa sangre de Cristo, cordero sin mancha ni defecto, 20 predestinado antes de la creación del mundo y revelado al final de los tiempos, en favor de ustedes. 21 Por medio de él creen en Dios, que lo resucitó de la muerte y lo glorificó; de ese modo la fe y la esperanza de ustedes se dirigen a Dios. 22 Al hacerse discípulos de la verdad ustedes se han purificado para amar sinceramente a los hermanos; ámense intensamente unos a otros, de corazón 23 porque han vuelto a nacer, no de semilla corruptible, sino por la palabra incorruptible y permanente del Dios vivo. 24 Porque toda carne es hierba y su belleza como flor del campo; la hierba se seca, la flor se marchita, 25 pero la Palabra del Señor permanece para siempre. Esa palabra es la Buena Noticia que se les ha anunciado.

La piedra viva

2  1 Ahora, despojados de toda maldad, engaño e hipocresía, de toda envidia y difamación, 2 busquen, como niños recién nacidos, la leche espiritual, no adulterada, para crecer sanos; 3 ya que han gustado qué bueno es el Señor. 4 Él es la piedra viva, rechazada por los hombres, elegida y estimada por Dios; por eso, al acercarse a él, 5 también ustedes, como piedras vivas, participan en la construcción de un templo espiritual y forman un sacerdocio santo, que ofrece sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo. 6 Por eso se lee en la Escritura: Miren, yo coloco en Sión una piedra angular, elegida, preciosa: quien se apoya en ella no fracasa. 7 Es preciosa para ustedes que creen; en cambio, para los que no creen, la piedra que rechazaron los arquitectos es ahora la piedra angular 8 y piedra de tropiezo, roca de escándalo. En ella tropiezan los que no creen en la palabra: tal era su destino. 9 Pero ustedes son raza elegida, sacerdocio real, nación santa y pueblo adquirido para que proclame las maravillas del que los llamó de las tinieblas a su maravillosa luz. 10 Los que antes no eran pueblo, ahora son pueblo de Dios; los que antes no habían alcanzado misericordia ahora la han alcanzado.

Vocación cristiana y ejemplo de Cristo

11 Queridos hermanos, como a huéspedes y forasteros les ruego se mantengan alejados de los malos deseos, que hacen guerra al espíritu. 12 En medio de los paganos procedan honradamente, y así los que los calumnian como malhechores, al presenciar las buenas obras de ustedes, glorificarán a Dios el día de su visita. 13 Por amor al Señor, sométanse a cualquier institución humana: al rey como soberano, 14 a los gobernadores como enviados por él para castigar a los malvados y premiar a los honrados. 15 Tal es la voluntad de Dios, que, haciendo el bien, le tapen la boca a los necios e ignorantes. 16 Como hombres libres, que no usan de la libertad para encubrir la maldad, sino más bien como servidores de Dios, 17 honren a todos, amen a los hermanos, respeten a Dios, honren al rey. 18 Los empleados sométanse a sus patrones con todo respeto, no sólo a los bondadosos y amables, sino también a los de mal genio. 19 Es una gracia soportar, con el pensamiento puesto en Dios, las penas que se sufren injustamente. 20 ¿Qué mérito tiene aguantar golpes cuando uno es culpable? Pero si, haciendo el bien, tienen que aguantar sufrimientos, eso es una gracia de Dios. 21 Ésa es su vocación, porque también Cristo padeció por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas. 22 No había pecado ni hubo engaño en su boca; 23 cuando era insultado no respondía con insultos, padeciendo no amenazaba, más bien se encomendaba a Dios, el que juzga con justicia. 24 El llevó sobre la cruz nuestros pecados cargándolos en su cuerpo, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus cicatrices nos sanaron. 25 Antes andaban como ovejas extraviadas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus almas.

Matrimonios

3  1 Así también ustedes, las esposas, respeten a sus maridos, de modo que, aunque algunos de ellos no crean el mensaje, por la conducta de sus esposas, aun sin palabras, queden ganados 2 al observar el proceder casto y respetuoso de ustedes. 3 Que el adorno de ustedes no consista en cosas externas: peinados rebuscados, joyas de oro, trajes elegantes; 4 sino en lo íntimo y oculto: en la modestia y serenidad de un espíritu incorruptible. Eso es lo que tiene valor a los ojos de Dios. 5 Así se adornaban en otros tiempos las santas mujeres que esperaban en Dios y se sometían a sus maridos: 6 Como Sara, que obedecía a Abrahán llamándolo señor. Obrando bien y no dejándose inquietar por ninguna clase de temor, ustedes se hacen hijas de ella.
7 Los maridos, a su vez, sean comprensivos con sus esposas, denles el honor que les corresponde, no sólo porque la mujer es más delicada sino también porque Dios les ha prometido a ellas la misma vida que a ustedes. Háganlo así para que nada estorbe sus oraciones.

Paciencia a ejemplo de Cristo

8 Finalmente, vivan todos unidos, tengan un mismo sentir, sean compasivos, fraternales, misericordiosos, humildes; 9 no devuelvan mal por mal ni injuria por injuria, al contrario bendigan, ya que ustedes mismos han sido llamados a heredar una bendición. 10 Si uno quiere vivir y pasar años felices, guarde su lengua del mal y sus labios de la falsedad, 11 apártese del mal y haga el bien, busque la paz y corra tras ella. 12 Porque los ojos del Señor se fijan en el honrado, sus oídos escuchan sus súplicas; pero el Señor se enfrenta con los malhechores. 13 ¿Quién podrá hacerles daño si ustedes se preocupan siempre en hacer el bien? 14 Y si padecen por la justicia, dichosos ustedes. No teman ni se inquieten, 15 sino honren a Cristo como Señor de sus corazones. Estén siempre dispuestos a defenderse si alguien les pide explicaciones de su esperanza, 16 pero háganlo con modestia y respeto, con buena conciencia; de modo que los que hablan mal de su buena conducta cristiana queden avergonzados de sus propias palabras. 17 Es mejor sufrir por hacer el bien, si así lo quiere Dios, que por hacer el mal. 18 Porque Cristo murió una vez por nuestros pecados, el justo por los injustos para llevarlos a ustedes a Dios: sufrió muerte en el cuerpo, resucitó por el Espíritu 19 y así fue a proclamar también a las almas encarceladas: 20 a los que en un tiempo no creían, cuando la paciencia de Dios esperaba y Noé fabricaba el arca, en la cual unos pocos, ocho personas, se salvaron atravesando el agua. 21 Para ustedes, todo esto es símbolo del bautismo que ahora los salva, que no consiste en lavar la suciedad del cuerpo, sino en el compromiso con Dios de una conciencia limpia; por la resurrección de Jesucristo, 22 que subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios después de poner bajo su dominio a los ángeles, a las potestades y a las dominaciones.

Hostilidad del mundo

4  1 Como Cristo padeció en su cuerpo, ármense ustedes con la misma actitud: quien ha sufrido en la carne ha roto con el pecado 2 y lo que le queda de vida corporal, ya no sigue los deseos humanos, sino la voluntad de Dios. 3 Bastante tiempo en el pasado han vivido como los paganos, practicando el libertinaje, vicios, borracheras, orgías, comilonas e intolerables idolatrías. 4 Ahora, como ustedes ya no los acompañan en los excesos de su mala vida ellos los insultan. 5 Pero tendrán que rendir cuentas al que está dispuesto a juzgar a vivos y muertos. 6 Para ello se llevó también a los muertos la Buena Noticia: para que condenados como hombres a morir corporalmente, vivieran espiritualmente como Dios.
7 Se acerca el fin del universo: por eso tengan la moderación y sobriedad necesarias para poder orar. 8 Ante todo, haya mucho amor entre ustedes, porque el amor perdona una multitud de pecados. 9 Practiquen la hospitalidad mutua sin quejarse. 10 Cada uno, como buen administrador de la multiforme gracia de Dios, ponga al servicio de los demás los dones que haya recibido. 11 Quien predica, hable como quien entrega palabras de Dios; el que ejerce algún ministerio hágalo como quién recibe de Dios ese poder; de modo que en todo sea glorificado Dios por medio de Jesucristo. A quien corresponde la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
12 Queridos, no se extrañen del incendio que ha estallado contra ustedes, como si fuera algo extraordinario; 13 alégrense, más bien, de compartir los sufrimientos de Cristo, y así, cuando se revele su gloria, ustedes también desbordarán de gozo y alegría. 14 Si los insultan por ser cristianos, dichosos ustedes, porque el Espíritu de Dios y su gloria reposan en ustedes. 15 Que ninguno de ustedes tenga que padecer por ladrón o asesino o criminal o por meterse en asuntos ajenos. 16 Pero si padece por ser cristiano, no se avergüence, antes dé gloria a Dios por tal título.
17 Llega el momento de comenzar el juicio por la casa de Dios. Y, si empieza por nosotros, ¿cuál será la suerte de los que rechazaron la Buena Noticia de Dios? 18 Si el justo apenas se salva, ¿qué será del impío y del pecador? 19 Por lo tanto, los que padecen por voluntad de Dios, sigan haciendo el bien y confíen sus vidas al Creador, que es fiel.

A los responsables

5  1 A los ancianos que están entre ustedes les ruego como colega, testigo de la pasión de Cristo y partícipe de la gloria que se ha de revelar: 2 apacienten el rebaño de Dios que les han confiado, [cuidando de él] no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por ambición de dinero, sino generosamente; 3 no como tiranos de los que les han asignado, sino como modelos del rebaño. 4 Así, cuando se revele el Pastor supremo, recibirán la corona eterna de la gloria.
5 Lo mismo ustedes, jóvenes, sométanse a los ancianos. Que cada uno se revista de sentimientos de humildad para con los demás, porque Dios resiste a los soberbios y otorga su favor a los humildes. 6 Por tanto, humíllense bajo la mano poderosa de Dios, y a su tiempo él los elevará. 7 Encomienden a Dios sus preocupaciones, que él se ocupará de ustedes. 8 Sean sobrios, estén siempre alertas, porque su adversario el Diablo, como león rugiendo, da vueltas buscando [a quien] devorar. 9 Resístanlo firmes en la fe, sabiendo que sus hermanos por el mundo sufren las mismas penalidades. 10 El Dios de toda gracia que por Cristo [Jesús] los llamó a su gloria eterna, después que hayan padecido un poco, los restablecerá y fortalecerá, los hará fuertes e inconmovibles. 11 A él sea el poder y la gloria por los siglos. Amén.

Saludos finales

12 Les escribo estas breves letras por medio de Silvano, a quien considero un hermano fiel, para aconsejarlos y asegurarles que ésa es la verdadera gracia de Dios: manténganse en ella. 13 Los saluda la comunidad de elegidos de Babilonia y también Marcos, mi hijo. 14 Salúdense mutuamente con el beso fraterno. Paz a todos ustedes, los que están unidos a Cristo.


Autor, fecha de composición y destinatarios de la carta. El autor se introduce en el saludo como «Pedro, apóstol de Jesucristo»; al final, dice que escribe desde Babilonia, denominación intencionada de Roma. A lo largo de la carta se presenta como anciano, testigo presencial de la pasión y gloria de Cristo (5,1); cita, aunque no verbalmente, enseñanzas de Cristo.

La tradición antigua ha atribuido la carta a Pedro desde muy pronto. Hoy no estamos tan seguros por una serie de razones. He aquí algunas: ante todo, el lenguaje y estilo griegos, impropios de un pescador galileo; la carta cita el Antiguo Testamento en la versión de los Setenta, no en hebreo, y lo teje suavemente con su pensamiento. Faltan los recuerdos personales de un compañero íntimo de Jesús. Y así, otras objeciones a las que los partidarios de la autoría de Pedro responden con respectivas aclaraciones. El balance de la argumentación deja, por ahora, la solución indecisa.

Una posibilidad: el autor es Pedro, anciano y quizás prisionero, cercano a la muerte. Escribe una especie de testamento, cordial y muy sentido. Su argumento principal es la necesidad y el valor de la pasión del cristiano a ejemplo y en unión con Cristo. Encarga la redacción a Silvano (5,12). La escribió antes del año 67, fecha límite de su martirio, a los cristianos que sufrían la persecución de Nerón.

Otra posibilidad: la carta es de un autor desconocido perteneciente al círculo de Pedro, que, en tiempos difíciles, quiere llevar una palabra de aliento a otros fieles, y para ello se vale del nombre y de la autoridad del apóstol. La escribiría a mitad de la década de los 90, para comunidades cristianas que atraviesan tiempos difíciles y quizás también de persecución bajo el emperador Domiciano.

Contenido de la carta. Aunque tenga más apariencia de carta que, por ejemplo, la de Santiago, como lo demuestra el saludo, la acción de gracias y el final, en realidad se parece más a una homilía, al estilo de la carta a los Hebreos.

El tema dominante del escrito es la pasión de Cristo, en referencia constante a los sufrimientos de los destinatarios, comunidades pobres y aisladas que estaban experimentando una doble marginación; por una parte, el ostracismo y la incomprensión de un ambiente hostil, y por otra, el aislamiento a que les conducía su mismo estilo de vida cristiano, incompatible con el modo de vivir pagano.

Aquellos hombres y mujeres sabían lo que les esperaba cuando, por medio del bautismo, se convirtieron en seguidores de Jesús. De ahí que el autor haga referencia constante a la catequesis y a la liturgia bautismal, que marcaron sus vidas para siempre. Ahora se lo recuerda para que en la fe y en la esperanza se mantengan firmes en medio de la tribulación.

El autor pone insistentemente ante sus ojos el futuro que les aguarda si permanecen fieles, es decir: «una herencia que no puede destruirse, ni mancharse, ni marchitarse, reservada para ustedes en el cielo» (1,4), pero no para que se desentiendan de los deberes de la vida presente, sino todo lo contrario, para que con una conducta intachable: «Estén siempre dispuestos a defenderse si alguien les pide explicaciones de su esperanza» (3,15). Esta vida de compromiso cristiano viene comparada en la carta a un «sacerdocio santo, que ofrece sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo» (2,5).


Algún tiempo después, el Santo se hallaba en la ciudad imperial de Poggibonzi, sobre el camino de Florencia a Siena. En esta ciudad vivía un hombre llamado Luquesio quien, poco antes de la visita de Francisco, se había convertido a una vida mejor; renunció al lujo y a las prácticas comerciales fraudulentas, para vender la mayor parte de sus bienes y distribuir generosamente su producto a los pobres. El también se presentó al predicador en demanda de una regla de vida. Leyendo en su corazón, como Cristo en el del joven del Evangelio (Mt 19, 16 y ss), descubrió su sincero deseo de perfección y lo aceptó como hijo espiritual.

Prescribiéndole el traje que de allí en adelante sería el hábito de los terciarios; un sayal de color ceniza, modesto en sus medidas, y una simple cuerda. La Crónica que nos ha conservado estos detalles, añade que el Pobrecillo le enseñó “algunas oraciones de viva voz” (Wadding, Annales Minorum, al año 1221, XIII)

Francisco dio él mismo el hábito a Luquesio Modestini –la tradición lo venera como el primer terciario- y a numerosos fieles de la ciudad y lugares vecinos del valle de Elsa. La historia recuerda algunos nombres: Bonadonna, esposa de Luquesio, convertida a instancias de su marido; Bruno de Colle y su mujer; su pariente Pedro de Colle. Así se completó la Orden de Penitencia, el año de gracia de 1221.

Pero debía hacerse sentir la necesidad de poseer una regla escrita para la buena marcha de estas fraternidades nacientes. El Santo mismo cayó en la cuenta de que sus consejos y exhortaciones eran provisorias, poco apropiadas para el gobierno de una obra llamada a sobrevivirle.

Al separarse de estos cristianos que había atraído y, posteriormente comprometido a profesar la vida de la perfección, compuso una “carta a los fieles”; en donde trazaba algunas prácticas de la vida religiosa, según el Santo Evangelio.

¿Débese ver en este escrito “el preámbulo y principio” de la regla de la Tercera Orden? (Cf P. Fr. De Amberes O.M. Cap. La Tercera Orden de San Francisco de Asís).

Sea de ello lo que fuere es verdad que esa epístola resultaba aún insuficiente para quienes aspiraban a una existencia cristiana más ferviente y de mayor unión con Cristo Jesús, en la fraternidad común de sus oraciones y de sus actividades.

Cardenal Hugolino. Fresco en la Capilla de San Gregorio, Subiaco. 
El santo Patriarca, indudablemente afectado por esta preocupación, manifestándosela a su gran amigo y protector de su obra, el Cardenal Hugolino de Segni, obispo de Ostia. Ayudado por los consejos de este gran hombre de estado, el Pobrecillo, en 1221, compuso el texto de la primera regla de la III Orden.

Este documento, de tan extraordinaria importancia para nosotros, no nos ha llegado. El año de 1901 Pablo Sabatier, protestante, el renovador de los estudios críticos sobre los orígenes franciscanos, descubrió una copia de la regla de la III Orden, cuyo texto se aproxima mucho al de 1221.

Publicólo por primera vez en 1903, en el I Fascículo de sus “Opúsculos de Crítica Histórica” (París 1903). Posteriormente se han descubierto otros dos textos de la misma Regla y han sido publicados en el Archivum Franciscanum Historicum de 1913 y 1921 respectivamente, según los códices de Koenigsberg (Alemania) y de Venecia.

El texto descubierto personalmente por Sabatier, procedía del convento franciscano de Capistrano (Abruzos, Italia). A la luz de estos descubrimientos, diversos especialistas, como el P. Mandonnet, O.P., Carlos Müller y particularmente el P. Fidencio Van der Borne, O.F.M, han hecho muy interesantes estudios y nos han permitido conocer mejor los orígenes de la Tercera Orden Franciscana.

He aquí el título de ese documento, traducido a nuestra lengua: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amen. Memorial de lo que se proponen LOS HERMANOS Y HERMANAS DE LA PENTENCIA que viven en sus propias casa, a comenzar del año de 1221”. Así principiaba la regla que Francisco proponía a sus hijos espirituales que vivían en el siglo (“en sus propias casas”) y querían seguir sus huellas.

Contenía esa regla trece capítulos, referentes unos a la santificación individual de los terciarios, otros a la vida social, otros, en fin, a la organización de las fraternidades.

DE LA SANTIFICACION INDIVIDUAL DE LOS TERCIARIOS.

Los hermanos y hermanas, decía la Regla, debían vestir modestamente, conforme al estado de penitencia que habían abrazado. Y el Capítulo I determinaba la materia, la forma, el color y aún el precio del los vestidos. Las pieles de los penitentes habían de ser de cordero; las bolsas y los cinturones, de simple cuero, sin ribetes ni cinta de seda.

Les estaba vedado asistir a convites, espectáculos, danzas y otras diversiones mundanas; y se habían de contentar con dos comidas al día guardando abstinencia cuatro veces por semana y ayuno todos los viernes y, además, cien días al año.

En caso de necesidad, el “Visitador” concedía las oportunas dispensas a los enfermos, menestriles y mujeres embarazadas.

Los Terciarios que sabían leer, debían diariamente recitar las siete horas canónicas; cuando no, rezar cincuenta y cuatro padresnuestros con el gloria patri; y durante la Cuaresma, a no estar impedidos, acudir todos a maitines. Habían de hacer examen de conciencia por la noche, confesarse y comulgar tres veces al año y reunirse cada mes para asistir a la Misa, oir el sermón y participar en la oración común.

DE LA VIDA SOCIAL.

Los penitentes cuidarían de pagar los diezmos señalados, de satisfacer las deudas contraídas y de restituir los bienes mal adquiridos. Tenían la obligación de instar a sus familiares al servicio de Dios, de exhortar a los enfermos a la penitencia, y de denunciar ante los Ministros o el Visitador, a los miembros de la Fraternidad que dieren escándalo.

Debían asistir a los funerales de los cofrades y recitar por ellos cierto número de salmos o de padrenuestros con el Réquiem aeternam.

En la reunión mensual se mandaba en la Regla hacer una colecta a favor de los pobres y de los enfermos; y estos nunca han de ser abandonados, antes bien los Ministros cuidarán de procurarles visitas reconfortantes y toda clase de auxilios necesarios.

Ordenaba también la Regla que todos hicieran testamento dentro de los tres meses, que se reconciliaran con sus enemigos y evitaran hacerse otros nuevos. Finalmente, se prohibía a los hermanos tomar las armas y prestar juramento solemne sin consentimiento del Soberano Pontífice.


Lecturas: Evangelio San Mateo 7, 1-6
          Evangelio San Mateo 24, 45-50

Murmuración, difamación y calumnia

Por Genara Castillo, Profesora de la facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad de Piura.

Una persona que estuvo en una conferencia en que me tocó tratar sobre la convivencia social, me pidió que escribiera un artículo sobre algunos puntos abordados en aquella ocasión: murmuración, difamación y calumnia.

En realidad, estos temas son parte de una serie de atentados o vicios respecto a la justicia, que es una gran virtud social y uno de los fundamentos de una sana convivencia social. Aunque ha pasado tiempo desde aquella conferencia, su contenido sigue vigente, por lo que paso a exponerlo.

La murmuración es la acción de comentar, divulgar o criticar temas en los que no tenemos ingerencia o derecho a entrar. Por ejemplo, el color del edificio del centro de trabajo. Si no es un asunto en el que se nos haya pedido opinión, entonces nos la guardamos. No nos incumbe.

Cuando a uno no le piden la opinión no está obligado a darla, salvo que sea en asuntos de mucha importancia y eso incluso llevaría a hablarlo con la persona en capacidad de arreglar aquel asunto......  y con nadie más.

La difamación consiste en la revelación injusta de defectos ocultos e infamantes de otro. Aclaremos que puede haber una justa revelación de los defectos infamantes de otra persona; esto sucede en el menor de los casos, por ejemplo, tratándose de la gestión pública de políticos o personas que ejercen el gobierno.

En estos casos se debe hacer la denuncia en la instancia correspondiente. Y en general, si uno ve un defecto ajeno debe decirlo a quien esté en condiciones de ayudar y a nadie más. El comentarlo con otros sin más motivo que la murmuración o todavía peor, con el deseo de quitar la fama o dejar mal a alguien es una injusticia.

La calumnia se diferencia de la difamación en que no se trata de sacar de la intimidad esos defectos –reales– y airearlos públicamente, sino que se basa en la mentira y se dice de alguien que ha hecho o dicho tal cosa cuando en realidad no ha sido así. En la difamación se trata de hechos verdaderos; en cambio, en la calumnia, de falsedades. Igual que la murmuración y la difamación, la calumnia es una injusticia, pero su gravedad es mayor porque se trata de un inocente.

Por eso, cuando debido al cargo que uno posee le llegan noticias de hechos o dichos malos de alguien es de justicia elemental tratar de averiguar rigurosamente lo sucedido: escuchar las dos campanadas, conocer bien al campanero, averiguar “todos” los datos pertinentes, pues no hay peores mentiras que las medias verdades.

En general, la convivencia social sufre gran mella con la mentira, que tiene un efecto letal: desune, aísla, sólo la verdad une y acerca. Como toda justicia lleva consigo también la reparación en caso de no haberla vivido.

Es decir que si uno ha sido injusto, ha murmurado o ha calumniado tiene obligación estricta de restituir la buena fama del agraviado. Esto no sólo en atención a librarse de la sentencia evangélica de que “aquel que a hierro mata, a hierro muere”, no es sólo tema de justicia divina, sino también es una sana costumbre en la convivencia social: si uno ha quitado algo a alguien se lo tiene que devolver. Por tanto, si se trata de la fama de otro, hay que ir a aquellos a los que se les ha comentado y decirles: “lo que dije de fulanito no es exacto, me faltaban datos, no averigüé suficiente, me dejé llevar de rumores”, etc.

Pero además de la convivencia social, de sanear los ambientes o elevarlos, hay que restituir por uno mismo, porque intrínsecamente uno se ha hecho mal al obrar mal y la manera de restituir ese orden interior es restituyendo, para que el valor de la justicia se vuelva a poner en su sitial dentro de uno.

De lo contrario, un sujeto se hace malo y si no se arrepiente, con ese corazón abrazará a los suyos y en algún momento escurrirá ese veneno que normalmente tiene motivaciones profundas cuyo desorden hay que arreglar.

Por ejemplo, una de ellas es la envidia, otra el mecanismo de defensa para “tapar” las propias corruptelas, ya que si se embarra a todos, él piensa que lo suyo se justifica, etc. Pero esto tiene mal pronóstico, muchas psicopatologías nacen y se alimentan de envidias, proyecciones psicológicas, deseos inconscientes, etc.

En suma, que por todos lados conviene vivir la justicia, ser muy cuidadosos con la fama ajena y cuando se la haya quitado a alguien habrá que restituirla prontamente. Una sociedad así, es más justa, tiene un nivel más elevado, y propicia un ambiente de nobleza y rectitud  necesarias para que respiren sanamente nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.

¿Qué es la murmuración?

«Os suplico, carísimos hermanos, con todo el afecto de mi alma y por el mucho amor que me profesáis nos dice nuestro venerado padre os afanéis por lograr que reine siempre la caridad entre vosotros. Amaos unos a otros como Cristo os amó'.

 Tened todos un solo corazón y una sola alma. ¡Ojalá pueda decirse de los hermanitos de María como de los primeros cristianos: ¡Mirad cómo se aman!. Es el anhelo más vehemente de mi corazón en el último instante de mi vida».

El amor que el padre Champagnat deseaba que se profesasen mutuamente los hermanos, ha de ser efectivo. Pedía, para ello, que se le hiciese consistir especialmente en cuatro cosas:

1.a Prestarse mutuos servicios en cualquier ocasión.

2.a Avisarse caritativamente de los defectos e infracciones de la regla.

3.a Soportarse mutua y caritativamente.

4.a Buscar excusa y manto para los defectos de los demás.

Deseaba que se ocultasen los defectos de los hermanos no sólo a la gente de fuera, sino también a los miembros de la comunidad. Por esa razón dejó una regla que prohíbe a todos los hermanos referir lo que de reprensible haya ocurrido en la comunidad, comunicarse las leves antipatías que hayan podido sentir para con ciertos hermanos y los roces que haya podido haber entre ellos.

«No es menos indispensable agregaba guardar la reputación de los hermanos entre los miembros de la comunidad que frente al público. Un hermano tiene aún más derecho a la estima de sus colegas que a la de la gente extraña. A un religioso desacreditada ante el público, le puede consolar la satisfacción de contar con la estima y confianza de sus hermanos; pero si ha perdido la fama ante los suyos, con quienes se ve obligado a vivir, la estancia en la comunidad se le hace un suplicio: es imposible que la aguante, a no ser que posea una virtud extraordinaria».

A modo de explanación de esa sentencia del venerado padre, nos atrevemos a afirmar:

1. La murmuración es uno de los peores escollos de la vida religiosa.
Uno de los mayores beneficios del estado religioso es que nos pone a cubierto de casi todos los peligros exteriores de ofender a Dios.

 Sin embargo, el hombre es tan débil, que no halla en sitio alguno el remedio infalible y absoluto contra el pecado, ni siquiera contra el pecado mortal. Así, el ángel sucumbió en el cielo, el hombre en el paraíso terrenal, Judas en la compañía de Jesús y de los apóstoles. Es más, confesemos la verdad íntegra: «Hay pecados graves dice Bourdaloue a los que se puede incluso estar más expuesto en la religión que en el mundo; tales son, por ejemplo, el abuso de la gracia, el sacrilegio, los pecados que malhieren la caridad.

En la religión está uno más resguardado contra la avaricia y la ambición; pero está más expuesto a las murmuraciones, quejas, maledicencia, etc. Poco importa perderse por este o por aquel pecado, lo malo es merecer la desgracia de la condenación».

«De todos los pecados afirma san Juan Crisóstomo, el de la murmuración es el que más fácilmente se comete, en el que se incurre con menos remordimiento y por el que se recibirá castigo más severo. Para los demás pecados se necesitan medios externos, extraños a la persona, mientras que la murmuración no necesita más que la voluntad, ni otro instrumento sino la lengua. Por eso se incurre tan fácilmente en esa falta».

San Jerónimo asevera: «Hay muy pocas personas, incluso entre religiosos, que no se dejen arrastrar a la murmuración. Tiene el hombre tal comezón de hablar de todo el mundo y criticar actos ajenos, que incluso los exentos de otros vicios caen en éste como en el último y más peligroso lazo del demonio». Y agrega el santo doctor: «No se crean a salvo los monjes ni digan: No cometemos pecados graves en el monasterio, pues ni somos adúlteros ni homicidas. Os aseguro que cometéis un verdadero crimen cuando denigráis a un hermano: le matáis con la lengua. Feo vicio es no querer callarse y andar de celda en celda murmurando de los demás».

No te acompañes con los detractores (Pr 24,21), dice el Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque ese vicio según la Glosa pone a muchos en trance de naufragio.

«¡Ay! exclama san Juan Crisóstomo, con la vista ofuscada para ver los defectos propios, no se ven más que los ajenos, se murmura por el mero placer de murmurar: ¡triste placer! Hay quien va al infierno, no por camino ancho, sino por sendas y desvíos secatones: fiel a los mandamientos difíciles, se condena por los pecados que más fácilmente podría evitar»

En las casas religiosas afirma Saint Jure ocurre con frecuencia esta desgracia: tras haber hablado mal del prójimo, desvelado sus defectos, propalado sus faltas e infamado su conducta, se queda uno con conciencia falsa, errónea: no se hace caso de tal falta, no se confiesa o se confiesa muy superficialmente, sin escrúpulo, contrición ni reparación. Es un engaño grave: se fomentan así pecados secretos y se pone en gran peligro la salvación».

El padre Acquaviva, quinto propósito general de la Compañía de Jesús, en consulta secreta, preguntó a todos los padres de su instituto, de qué modo y por dónde estaban los miembros de la Compañía de Jesús más expuestos a perder la caridad y hacerse reos de pecados graves.

La inmensa mayoría de las respuestas apuntaron al vicio de la detracción. Era la opinión personal del reverendo padre Acquaviva, y estaba tan convencido del riesgo que corre un religioso en ese punto, que recomienda, en un tratado que escribió sobre los remedios para curar los males del alma, que, si uno se ha descuidado en tal materia, no vaya de ningún modo a la cama sin antes haberse confesado.

«En opinión de hombres prudentes y sabios dice Cornelio a Lápide muchas personas se condenan por el pecado de murmuración y calumnia. La maledicencia es tanto más grave y peligrosa cuanto que se la pondera poco y se la toma por una bagatela».

2. La murmuración es un pecado grave.

La maledicencia según santo Tomás es de por sí pecado grave. La parvedad de la materia o la falta de consentimiento disminuyen la gravedad de ese pecado, pero siempre es pecado venial de los más serios, porque ataca a la caridad y ofende a la justicia.

«A mi juicio opina san Juan Crisóstomo, la malicia del detractor es más grave que la del ladrón. La ley cristiana, en efecto, que tanto se interesa por el amor del prójimo, mira mucho más a las almas que a la bolsa, y la detracción quita al prójimo el más preciado de todos los bienes, la buena fama».

Habrá quien diga: No pongo malicia en ello y lo que digo del prójimo es verdad. «Por muy convencido que estés responde san Juan Crisóstomo de la verdad de lo que afirmas y aunque no te mueva la menor intención de venganza, hieres la caridad, eres culpable. Se te juzgará no por lo que los demás hicieron, sino por lo que tú dijiste».

«Y un agravante más de la falta del detractor sigue diciendo san Juan Crisóstomo es que no le vale excusa alguna». Los demás desórdenes, si bien condenados todos por la razón, pueden disculparse o por lo menos explicarse por ciertas causas que los provocan: el disoluto alega la violencia de su temperamento, el ladrón se escuda en la indigencia, el homicida en el arrebato de la cólera. El detractor no puede presentar ningún pretexto: no le mueve la codicia del dinero, ninguna pasión le ciega. No tiene excusa.

Y, sin embargo, con una sola palabra, el murmurador produce con la lengua una llaga más honda que si le clavara a uno los dientes. Al quitar la fama al prójimo, le hace un daño que nunca podrá reparar. Por eso me atrevo a decir que es más criminal que un asesino, y que le espera un castigo más riguroso.

«La lengua maldiciente dice san Bernardo es una espada, una garrocha; con un solo hálito mata a tres personas: la que murmura, la que escucha y la que es objeto de la maledicencia. Es víbora ponzoñosa que inficiona mortalmente a tres almas».

«Estamos tanto más obligados dice nuestro venerado fundador a evitar cualquier maledicencia cuanto que es facilísimo incurrir en culpa grave al propalar los defectos o faltas de los hermanos:

«a) Porque, a menudo, una cosa baladí se convierte en falta grave, o al menos va subiendo de tono al pasar de boca en boca y divulgarse.

«b) Porque cualquier defecto o falta, incluso leve, que se da a conocer, puede hacer concebir mala opinión de un hermano, malquistarle con las personas con quienes vive, robarle su estima y originar desavenencias, discordias, turbación y desorden durante todo un año.

«c) Porque semejante maledicencia puede engendrar contra su autor, en el corazón de la víctima, un odio, una aversión, un resentimiento que no podrán borrarse en muchos años.

«d) Porque dichas faltas se cometen sin escrúpulo, tomándolas por pequeñeces; con frecuencia ni se acusa uno de ellas en la confesión, exponiéndose así a cometer sacrilegios; pues ocurre a menudo que una maledicencia, una palabra contra la caridad, tenida por leve, es pecado mortal.

«Mírense como se miren, las faltas contra la caridad son, pues, peligrosísimas; por cuya causa, los hermanos han de evitarlas con suma diligencia».

Finalmente, la maledicencia es un pecado que desagrada muchísimo a Dios, como se ve por estas palabras de la sagrada Escritura: El murmurador, y el hombre de dos caras es maldito; porque mete confusión entre muchos que vivían en paz (Eclo 28, 15). Seis son las cosas que abomina el Señor y otra además le es detestable:... el que siembra discordias entre los hermanos (Pr 6, 1619). ¿Quién es el que siembra discordias sino el detractor? Jesucristo rechaza del altar al detractor: Ve primero le dice a reconciliarte con tu hermano, y después volverás a presentar tu ofrenda (Mt 5, 24).

La gravedad de la murmuración se mide:

1.° Por la gravedad de la culpa en que incurre el que murmura y la intención o pasión que le mueve.

2° Por el mal propalado. Es evidente que dar a conocer una falta grave es pecado mayor que si se tratara de una falta leve.

3° Por el número de los que lo oyen. Es obvio que murmurar en presencia de cuatro personas es falta más grave que hacerlo ante una sola.

4° Por los efectos y consecuencias de la murmuración.

5° Finalmente, por la dignidad de la persona contra quien se murmura.

Acerca de este último punto trae Rodríguez una consideración pavorosa. «Enseñan los teólogos dice que el referir una falta leve del prójimo no llega a pecado mortal si se trata de seglares, porque no se les quita fama con semejante manifestación; pero, tratándose de un religioso o de un sacerdote, puede incurrirse en pecado grave. La razón de ello estriba en que algunos pecados veniales causan más deshonra a un eclesiástico o a un religioso, que varias faltas graves a un seglar.

Al decir de un sacerdote, un párroco, un religioso, un superior, que es mentiroso, falto de juicio, carente de piedad, casquivano, etc., se le perjudica más en el aprecio de los que lo escuchan, que afirmando de un seglar que no observa el ayuno eclesiástico, que no oye misa los domingos, etc.».

La malicia del pecado de murmuración depende, pues, en gran parte, de la dignidad de la persona objeto de la maledicencia. Motivo poderoso para no hablar nunca mal de los superiores ni de los sacerdotes.

3. La murmuración es causa de un sinnúmero de males.

La murmuración es fuente de males. «No hay uno solo que no emane de ella, afirma san Juan Crisóstomo. De ella provienen las riñas, desconfianzas, disensiones, odios, enemistades, la ruina de las familias y el trastorno de los pueblos.

Es lo que nos enseña el Espíritu Santo con estas palabras: La lengua del murmurador ha alborotado a muchos, y los ha dispersado de un pueblo a otro. Arruinó ciudades fuertes y ricas, y destruyó desde los cimientos los palacios de los magnates. Aniquiló la fuerza de los pueblos, y disipó gentes valerosas (Eclo 28, 1618)22.

El murmurador es un hombre temible en una casa: alborota a todos los que en ella viven; es un enredador, un sembrador de cizaña. Según san Bernardo, «es una raposa que todo lo estraga y arruina».

¿Qué opináis de la maledicencia?, preguntaba un monje al santo abad Agatón.

La maledicencia, contestó el santo, es viento abrasador y enfurecido que todo lo derriba y consume, tira al suelo todos los frutos del árbol de la caridad y lo trastorna todo en todas partes.

«El murmurador dice san Bernardo es un apestado, un leproso que pega su achaque a los demás y echa a perder sus almas». «Es un azote público añade san Ambrosio que pasa arrasándolo todo, cual río que sale de madre y asuela totalmente una comarca».

«Los religiosos murmuradores afirma Saint Jure son como las cloacas de una ciudad, a las que van a parar todas las inmundicias, toda la basura.

 Cuantas imperfecciones y faltas hay en la comunidad van a dar a la mente de los religiosos murmuradores; éstos despiden luego una hediondez que inficiona la casa entera; su boca es un sepulcro abierto, repleto de cadáveres que despiden una infección mortal».

¿Sabéis de qué ralea es el que habla mal de los superiores y de los hermanos? De la raza de Cam, tercer hijo de Noé, el cual, en vez de cubrir la desnudez de su padre, se mofaba de ella. Por tal motivo recibió la maldición del padre, como la recibirán de Dios los murmuradores.

El religioso murmurador es el peor enemigo que tienen la unión y la concordia; nada hay más peligroso en una comunidad que un miembro murmurador; una casa religiosa no puede subsistir cuando en ella se tolera la desordenada licencia de hablar mal del prójimo. Porque estaban convencidos de esta verdad, fueron los fundadores tan severos cuando se trataba de la detracción.

«Las casas religiosas decía san Francisco de Asís perecerán si se da entrada en ellas a un vicio tan nefasto. Pido, pues, y prescribo a guardianes y superiores que pongan el mayor empeño en impedir que tan terrible plaga se propague entre nosotros. Y para ello mando que se castigue severamente al hermano que hable mal de otro hermano». ¿Qué penitencia se le habrá de imponer? «Quien despoje de su fama al hermano, se le despojará a él del hábito religioso y se le prohibirá rezar con los hermanos hasta que repare su culpa».

Cuando el abad Pacomio oía a alguien hablar mal del prójimo, se desviaba en el acto y huía del murmurador como se huye de un enfermo rabioso o apestado.

San Bernardo no quería que se retuviera en el convento al religioso murmurador. «Se le ha de castigar dice y despedir, en el caso de que no se enmiende»

San Basilio separaba de la comunidad a los detractores como a enfermos contagiosos, y castigaba severamente a quienes les escuchaban.

San Jerónimo manda que se huya del murmurador como de una serpiente: «Si oís a uno que habla mal de otro dice en la Regla, huid lejos de él, como de una víbora».

«A los religiosos de lengua viperina dice san Alfonso de Ligorio se les ha de echar del convento, o dejarlos toda la vida encerrados en un calabozo; pues perturban el silencio, la devoción, la concordia, la unión y la paz de los demás hermanos. Si se les deja libres, acaban por arruinar la comunidad».

San Agustín había puesto en el comedor una sentencia para avisar que nunca se hablara mal del prójimo. Unos eclesiásticos, que estaban comiendo un día con él, cayeron en esa falta y el santo procuró dar otro giro a la conversación. Al no lograr hacer callar a los culpables con ese reproche indirecto, se levantó y les dijo con santa libertad: «Una de dos: o calláis, o me retiro».

El hombre murmurador va tejiéndose una vida miserable: se le teme, nadie le tiene simpatía, pasa por este mundo sin amigos verdaderos, porque no tiene caridad. Por esa razón san Pedro, que deseaba la dicha y tranquilidad de todos los cristianos, les escribía: El que de veras ama la vida y quiere vivir días dichosos, refrene su lengua del mal, y sus labios no se desplieguen a favor de la falsedad (1 P 3, 10).

Pero no basta con evitar la detracción. Es preciso, además, no escucharla. «Consentir en la denigración o escucharla es lo mismo», dice san Juan Crisóstomo. «El que murmura agrega san Bernardo tiene el demonio en la lengua, y el que le escucha lo tiene en el oído».

¿Qué se ha de hacer al oír murmurar?

1.° Huir del murmurador y aprovechar el mejor pretexto para dejarle solo.

2.° Incluso reprenderle, si se tiene autoridad sobre él; y, tratándose de un igual, hacerle observar que no obra bien.

3.° Hacerse el desentendido y no prestar atención a lo que se dice, cuando no sea posible retirarse. Para conseguir que se calle el murmurador, también es buen remedio acoger sus palabras con profunda tristeza, pues como dice Beda el Venerable, «si aparentáis alegraros, animáis al murmurador a seguir denigrando; pero si le mostráis tristeza, dejará de contar complacido lo que escucháis apenados».

No hará falta recordar ahora que dar a conocer al superior, conforme a la regla, las faltas o defectos de los hermanos, no es maledicencia sino acto de caridad con miras al bien del prójimo.

Saber callar, saber hablar

¡Cuánto tenemos que aprender de Jesús! Hablar con valentía y decisión ante la injusticia y el atropello; callar ante la calumnia o la murmuración. ¿Qué debemos hacer para aplicar en la vida ordinaria las enseñanzas del Maestro?

I. Durante treinta años, Jesús llevó una vida de silencio; sólo María y José conocían el misterio del Hijo de Dios. Cuando vuelve de nuevo al pueblo donde había vivido, sus paisanos se extrañan de su sabiduría y de sus milagros, pues sólo habían visto en Él una vida ejemplar de trabajo.

Durante los tres años de su ministerio público vemos cómo se recoge en el silencio de la oración, a solas con su Padre Dios, se aparta del clamor y del fervor superficial de la multitud que pretende hacerle rey, realiza sus milagros sin ostentación y recomienda frecuentemente a los que han sido curados que no lo publiquen...

El silencio de Jesús ante las voces de sus enemigos en la Pasión es conmovedor: Él permaneció en silencio y nada respondió [1]. Ante tantas acusaciones falsas aparece indefenso. «Dios nuestro Salvador -comenta San Jerónimo-, que ha redimido al mundo llevado de su misericordia, se deja conducir a la muerte como un cordero, sin decir palabra; ni se queja ni se defiende. El silencio de Jesús obtiene el perdón de la protesta y excusa de Adán» [2]. Jesús calla durante el proceso ante Herodes y Pilato, y lo contemplamos en pie, sin decir palabra, ante Barrabás y delante de enemigos clamorosos, excitados, vigilantes, sirviéndose de falsos testimonios para tergiversar sus palabras.

 Está en pie ante el procurador. Y aunque le acusaban los príncipes de los sacerdotes, nada respondió. Entonces Pilato le dijo: ¿No oyes cuántas cosas alegan contra ti? Y no le respondió a pregunta alguna, de tal manera que el procurador quedó admirado en extremo [3].

El silencio de Dios ante las pasiones humanas, ante los pecados que se cometen cada día en la Humanidad, no es un silencio lleno de ira, ni despreciativo, sino rebosante de paciencia y de amor. El silencio del Calvario es el de un Dios que viene a redimir a todos los hombres con su sufrimiento indecible en la Cruz. El silencio de Jesús en el Sagrario es el del amor que espera ser correspondido, es un silencio paciente, en el que nos echa de menos si no le visitamos o lo hacemos distraídamente.

El silencio de Cristo durante su vida terrena no es en modo alguno vacío interior, sino fortaleza y plenitud. Los que se quejan continuamente de las contrariedades que padecen o de su mala suerte, quienes pregonan a los cuatro vientos sus problemas, los que no saben sufrir calladamente una injuria, quienes se sienten urgidos a dar continuamente explicaciones de lo que hacen y lo que dejan de hacer, los que necesitan exponer las razones y motivos de sus acciones, esperando con ansiedad la alabanza o la aprobación ajena..., deberían mirar a Cristo que calla.

Le imitamos cuando aprendemos a llevar las cargas e incertidumbres que toda vida lleva consigo sin quejas estériles, sin hacer partícipes de ellas al mundo entero, cuando hacemos frente a los problemas personales sin descargarlos en hombros ajenos, cuando respondemos de los propios actos sin excusas ni justificaciones de ningún tipo, cuando realizamos el propio trabajo mirando la perfección de la obra y la gloria de Dios, sin buscar alabanzas... [4].

Iesus autem tacebat. Jesús callaba. Y nosotros debemos aprender a callar en muchas ocasiones. A veces, el orgullo infantil, la vanidad, hacen salir fuera lo que debió quedar en el interior del alma; palabras que nunca debieron decirse. La figura callada de Cristo será un Modelo siempre presente ante tanta palabra vacía e inútil. Su ejemplo es un motivo y un estímulo para callar a veces ante la calumnia o la murmuración. In silencio et in spe erit fortitudo vestra, en el silencio y en la esperanza se fundará vuestra fortaleza, nos dice el Espíritu Santo, por boca del Profeta Isaías [5].

II. Pero Jesús no siempre calla. Porque existe también un silencio que puede ser colaborador de la mentira, un silencio compuesto de complicidades y de grandes o pequeñas cobardías; un silencio que a veces nace del miedo a las consecuencias, del temor a comprometerse, del amor a la comodidad, y que cierra los ojos a lo que molesta para no tener que hacerle frente: problemas que se dejan a un lado, situaciones que debieron ser resueltas en su momento porque hay muchas cosas que el paso del tiempo no arregla, correcciones fraternas que nunca se debieron dejar de hacer... dentro de la propia familia, en el trabajo, al superior o al inferior, al amigo y a quien cuesta tratar.

La Palabra de Jesús está llena de autoridad, y también de fuerza ante la injusticia y el atropello: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! porque exprimís las casas de las viudas con el pretexto de hacer largas oraciones... [6]. Jamás le importó ir contra corriente a la hora de proclamar la verdad.

San Juan Bautista, cuyo martirio leemos hoy en el Evangelio de la Misa [7], era voz que clama en el desierto. Y nos enseña a decir todo lo que deba ser dicho, aunque nos parezca alguna vez que es hablar en el desierto, pues el Señor no permite en ninguna ocasión que sea inútil nuestra palabra, porque es necesario hacer lo que debe hacerse, sin preocuparse excesivamente de los frutos inmediatos, ya que si cada cristiano hablara conforme a su fe, habríamos cambiado ya el mundo. No, podemos callar ante infamias y crímenes como el del aborto, la degradación del matrimonio y de la familia, o ante una enseñanza que pretende arrinconar a Dios en la conciencia de los más jóvenes...

No podemos callar ante ataques a la persona del Papa o a Nuestra Señora, ante las calumnias sobre instituciones de la Iglesia cuya verdad y rectitud conocemos bien de sobra... Callar cuando debemos hablar por razón de nuestro puesto en la sociedad, en la empresa o en la familia, o sencillamente por la condición de cristianos, podría ser en ocasiones colaborar con el mal, permitiendo que se piense que «el que calla, otorga».

Si los católicos hablasen cuando han de hacerlo, si no contribuyeran con una sola moneda a la difusión de la prensa o de la literatura que causan estragos en las almas, difícilmente podrían sostenerse esas empresas.

Hablar cuando debamos hacerlo. A veces, en el pequeño grupo en el que nos movemos, en la tertulia que se organiza espontáneamente a la salida de una clase, o con unos amigos o vecinos que vienen a nuestra casa a visitarnos; entre los amigos o clientes..., ante un vídeo indecente en el autobús en el que viajamos..., y desde la tribuna, si ése es nuestro lugar dentro de la sociedad. Por carta cuando sea preciso para animar con nuestro aliento o para agradecer un buen artículo aparecido en un periódico o manifestar nuestra disconformidad con una determinada línea editorial o un escrito doctrinalmente desenfocado.

Y siempre con caridad, que es compatible con la fortaleza (no existe caridad sin fortaleza), con buenas maneras, disculpando la ignorancia de muchos, salvando siempre la intención, sin agresividad ni formas cerriles o inadecuadas que serían impropias de alguien que sigue de cerca a Jesucristo... Pero también con la fortaleza con que actuó el Señor.

III. Si en los momentos en que el Bautista vio en peligro su vida hubiera callado o se hubiera mantenido al margen de los acontecimientos, no habría muerto degollado en la cárcel de Herodes. Pero Juan no era así; no era como una caña que a cualquier viento se mece. Fue coherente con su vocación y con sus principios hasta el final.

Si hubiera callado, habría vivido algunos años más, pero sus discípulos no serían quienes primero siguieron a Jesús, no habría sido quien preparara y allanara el camino al Señor, como había profetizado Isaías. No habría vivido su vocación y, por tanto, no habría tenido sentido su vida.

A nosotros, muy probablemente, no nos pedirá Jesús el martirio violento, pero sí esa valentía y fortaleza en las situaciones comunes de la vida ordinaria: para cortar un mal programa de televisión, para llevar a cabo esa conversación apostólica que debemos tener y no retrasarla más...

Sin quedarse en quejas ineficaces, que para nada sirven, dando doctrina positiva, soluciones..., con optimismo ante el mundo y las cosas buenas que hay en él, resaltando lo bueno: la alegría de una familia numerosa, el profundo gozo que produce realizar el bien, el amor limpio que se conserva joven viviendo santamente la virtud de la pureza...

Existe un silencio cobarde, contra el que debemos luchar: el del que enmudece ante quien Dios ha puesto a su lado para que le ayude y le fortalezca en su caminar hacia Dios. Difícilmente podríamos ser valientes en la vida si no lo fuéramos en primer lugar con nosotros mismos, siendo sinceros con quien orienta nuestra alma.

Muchos de nuestros amigos, al ver que somos coherentes con la fe, que no la disimulamos ni escondemos en determinados ambientes, se verán arrastrados por ese testimonio sereno, de la misma manera que muchos se convertían al contemplar el martirio -testimonio de fe- de los primeros cristianos.

Pidamos en el día de hoy, que dedicamos especialmente a Nuestra Señora, que Ella nos enseñe a callar en tantas ocasiones en que debemos hacerlo, y a hablar siempre que sea necesario.

[1] Mc 14, 61.
[2] SAN JERÓNIMO. Comentario sobre el Evangelio de San Marcos, in loc.
[3] Mt 27, 12-14.
[4] F. SUÁREZ. Las dos caras del silencio, en Revista Nuestro Tiempo, nn. 297 y 298.
[5] Is 30, 15.
[6] Mt 23, 14.
[7] Mt 14, 1-12.

Meditación extraída de la serie "Hablar con Dios", Tomo IV, Sábado de la 17ª. Semana del Tiempo Ordinario por Francisco Fernández Carvajal.

Frases celebres sobre la Murmuración

"Si todo el mundo supiese lo que todo mundo dice de todo mundo, nadie hablaría de nadie.": André Maurois

"De lo que se dice en sociedad, lo que importa es que se tenga gracia; lo de menos es que sea verdad.": Jacinto Benavente

"Entre las muchas cosas feas, la más fea es una lengua afilada.": Friederich Von Schiller

"¿Qué no acometiera el poder, si no tuviera delante a la murmuración?": Diego de Saavedra

"Corrientemente más se murmura por vanidad que por malicia.": La Rochefoucauld

"Aquél murmura hoy de aquel que de otro ayer murmuró.": Lope de Vega

"Dejadlos murmurar, pues nos dejan mandar.": Sixto V

"Es querer atar las lenguas de los maledicientes lo mismo que querer poner puertas al campo": Miguel de Cervantes Saavedra

"El malediciente no se diferencia del malvado sino por la ocasión.": Marco Fabio Quintiliano

"Si te vienen a decir que alguno ha hablado mal de ti: no te embaraces en negar lo que ha dicho; responde solamente que no sabe todos tus otros vicios, y que de conocerlos hubiera hablado más.": Epicteto

El octavo mandamiento

El octavo mandamiento de la Ley de Dios dice: No dirás falso testimonio ni mentirás.

Decir falso testimonio es declarar en un juicio algo que no es verdad y perjudica al prójimo.

Mentir es decir lo contrario de lo que se piensa, con intención de engañar.

Jesús nos enseña a decir siempre la verdad. El Sumo Sacerdote le preguntó:  "Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios? y Jesús respondió: Yo soy." (Marcos 14, 61-62). Confesó la verdad, aunque por decirla sufrió tantos ultrajes (maltratos y desprecios) y la muerte.

En otra ocasión dijo Jesús: "Sea vuestro hablar: si, si, o no, no. Lo que excede de esto viene del Maligno." (Mateo 5,37).  Hay que imitar a Jesús, que nunca mintió.

El hombre es por naturaleza un ser social, y eso obliga a ser sinceros: con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Sin verdad, no es posible la buena convivencia entre los hombres. Igual que nos gusta que nos digan la verdad y no nos engañen, debemos ser siempre sinceros.

El mentiroso acaba perdiendo la amistad y la confianza de los que lo rodean. El humor popular ridiculiza la vergüenza de la mentira: antes se coge al mentiroso que al cojo.

2. Respetar la fama de los demás

La fama es un bien más importante que los bienes materiales. Todos los hombres tienen derecho a su buena fama u honor. Por eso no podemos robar o destruir la fama de los demás. Si se ha perjudicado la fama de alguien hay que reparar en lo posible el daño causado.

Se nos prohíbe la calumnia, que es atribuir al prójimo pecados o defectos que no tiene. Tampoco podemos difundir injustamente los defectos ocultos de los demás. Esto es la murmuración.

Como norma general no hemos de hablar mal de nadie ni pensar mal de los demás. También hemos de guardar el secreto de los demás.

3. Preguntas de los catecismos

1. ¿Qué ordena el octavo mandamiento?  El octavo mandamiento ordena decir la verdad y respetar la fama del prójimo.

2. ¿Qué prohíbe el octavo mandamiento?  El octavo mandamiento prohíbe la mentira, la calumnia, la murmuración, el falso testimonio y toda ofensa contra el honor y la fama del prójimo.

3. ¿A qué están obligados los que han perjudicado al prójimo en su fama?  Los que han perjudicado al prójimo en su fama están obligados a reparar en lo posible el daño causado.

Propósitos de vida cristiana

- No hablar mal de los demás ni permitir que lo hagan los otros; si se ha faltado reparar en seguida los daños causados.

- Reconocer las propias faltas, sin disculparse. Decir siempre la verdad.

Paz y Bien.


por Mª. Victoria TRIVIÑO, OSC

Simposium - Balaguer (Lleida)

I. Introducción.
II. Celebraciones litúrgicas.
III. Formas populares de devoción.
IV. Patronazgos.
V. Arte, propuesta de ejemplaridad.
VI. Conclusión.
VII. Bibliografía.

I. INTRODUCCIÓN

Clara de Asís es una maestra medieval, fundadora de la Orden que lleva su nombre. La mujer que dio forma femenina al movimiento evangélico renovador iniciado por san Francisco de Asís. Es también una santa muy popular.

Llevan su nombre tantas doncellas, que se oye pronunciar en todos los idiomas. Se le han dedicado calles, plazas, fuentes, islas, ciudades, playas, tiendas, escuelas, templos, monasterios, etc…
Acogiendo la invitación siempre grata de P. Javier Campos, ofrecemos un rápido recorrido por las manifestaciones de devoción, litúrgicas y populares, hacia una santa que suma siglos en la historia de la Iglesia. Y deseamos que sea grato conocerlas a los participantes de este Simposium.

1.1. Presentación de Santa Clara de Asís

Nació Clara Favarone el 13 de diciembre del año 1193 en una familia noble de Asís. A los 17 años huyó de la casa paterna, en la medianoche del Lunes Santo 28 de marzo de 1211, para consagrarse a Dios. Vivió en la ermita de San Damián, emulando la forma de vida evangélica de Francisco de Asís. La siguieron gran número de doncellas de todas las clases sociales, fundando una forma de vida colegial en pobreza y santa unidad, buscando la experiencia de Dios y teniendo como misión la ejemplaridad de vida.

Fue su tránsito el 11 de agosto de 1253 y fue canonizada por el Papa Alejandro IV el 26 de septiembre de 1255 en la Catedral de Anagni. El reconocimiento de santidad colocó a Clara en el coro de las Vírgenes y de las fundadoras. Es fundadora en sentido estricto, por haber creado y dado Regla (1) a una familia religiosa, la Orden de las Hermanas Pobres.

En torno a la muerte de Clara se generan varios documentos; Testamento; Bendición; Notificación de la muerte, Proceso de Canonización; Bula de Canonización; Leyenda; Leyenda versificada. El Proceso de Canonización es un documento de inapreciable valor por la inmediatez de los testimonios, dados por los vecinos de Asís que la conocieron desde la infancia, y por las hermanas que más años habían convivido con ella en el convento de San Damián. Normalmente los Procesos, después de servir a la causa, se entregaban al autor de la Leyenda oficial y se perdían.

Nadie se encargaba de conservarlos. Así se perdió el de san Francisco. Sin embargo, las clarisas
de Florencia cuidaron de rescatar y guardar el de santa Clara. La Leyenda se cree fue escrita por fray Tomás de Celano, buen latinista, biógrafo también de san Francisco. Con esto se puede afirmar, que entre las santas mujeres de la Italia central del siglo XIII, Clara es la única cuya biografía se conoce exactamente. Citaré estos documentos en cuanto ayudan a conocer el origen de las devociones desarrolladas en torno a la figura de la Santa.

Existen no pocos colectivos que la tienen por patrona. Pero sin duda lo más importante es la Orden que lleva su nombre, con todo el caudal de santidad, patrimonio artístico, literario y documentación histórica que ha generado durante ocho siglos. Caudal que desde diversos aspectos se va presentando cada año en estas jornadas escurialenses de investigación artística e histórica.

1.2. Fundamento de la devoción a los Santos

La devoción a los santos se fundamenta en el dogma de la comunión de los santos. En el Credo profesamos esta fe: “Creo en la santa Iglesia católica, la comunión de los santos”. En la liturgia maronita, antes de distribuir la comunión, se eleva el santísimo diciendo: “Lo Santo para los santos”. “Santos” es uno de los nombres que se daba a los cristianos en los primeros siglos, entendiendo por Iglesia “la asamblea de los santos”. Por tanto, “La expresión “comunión de
los santos” tiene dos significados estrechamente relacionados: “comunión en las cosas santas” y “comunión entre las personas santas” (2).

Ahora bien, después de la muerte sigue existiendo esta doble relación. “La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los
bienes espirituales” (LG 49) (3). El pueblo de Dios venera a los bienaventurados que ya gozan de Dios, imita sus virtudes y se confía a su poderosa intercesión con oraciones y formas diversas de manifestar su devoción.

El reconocimiento de la santidad de Clara de Asís significa una ejemplaridad y un poder intercesor en la Iglesia. Pero, salta a la vista que no es igual para una clarisa que para una persona inmersa en los afanes del mundo. En la Bula de canonización (4) hay unas palabras muy esclarecedoras, cuando distingue:
1) la alegría de la madre Iglesia que ha engendrado a Clara y proclama: “A nuestro siglo se le apareció en Clara un claro ejemplo de conducta”;
2) el discipulado de las hijas que la tienen por madre y con su magisterio se forman en la perfección del santo Evangelio;
3) el regocijo del “pueblo fiel y devoto por esta hermana y compañera suya” cuyo poder intercesor “alumbra a los mortales con señales magníficas”. Esta distinción marca una diferencia entre ciertas prácticas conventuales y las manifestaciones de devoción popular.

II. CELEBRACIONES LITURGICAS

Nos referimos, en primer lugar, a las celebraciones litúrgicas, Misa y Liturgia de las Horas. Incluimos las celebraciones del Tránsito y otros ritos, en cuanto preceden o siguen inmediatamente a una liturgia.

2.1. La fiesta de Santa Clara de Asís

Esta es la exhortación del Papa Alejandro IV, el que conoció y admiró profundamente a Clara, el día de la canonización: “Por lo cual os recomendamos y exhortamos con interés a todos vosotros, y por estas líneas os mandamos, que celebréis con devoción y solemnidad la fiesta de esta santa Virgen el 12 de agosto y que la hagáis celebrar por vuestros súbditos con toda reverencia, a fin de que merezcáis contar delante de Dios con su ayuda piadosa y constante” (5).

Clara murió el 11 de agosto y ese día se celebra actualmente su fiesta. Durante siglos se celebró el día 12, por celebrarse el 11 el patronazgo del mártir san Rufino.

2.1.1. Novena a Santa Clara

Como la mayoría de las fiestas de los santos se preparaba con un novenario. Existen libros con lecturas y oraciones para este ejercicio, en diversos idiomas. La costumbre pedía que en los conventos de clarisas fuese muy solemne, con sermón a cargo de un fraile menor. Con el tiempo se ha
pasado a celebrar la novena o triduos con la misa y homilía.

2.1.2. Celebración del día de la fiesta

El centro de la fiesta es la celebración de la Misa y Liturgia de las Horas. Como solemnidad para la Orden de Santa Clara, fiesta para la familia franciscana, y memoria obligatoria para toda la Iglesia.

2.1.3. Veneración de la reliquia

Se ilumina y se expone a la veneración de los fieles.

2.2. Tránsito de Santa Clara

Consiste en el memorial de la muerte de Clara. Se celebra el 10 de agosto por la tarde. Puede adaptarse al mismo día de la fiesta. A través de los años han ido fraguando tres modalidades que podríamos llamar: antigua, renovada y actual.

2.2.1. Forma antigua

Llamamos antigua a la que aparece en la primera versión castellana del Ritual de la II Orden, del 1915. En 1933 fue ajustado al Ritual Romano-Seráfico de 1931. Tras los cambios del año 1956, se aprobó en 1959 la versión adaptada de las religiosas (6).

Se celebra el Tránsito el día de la fiesta o bien la tarde anterior inmediatamente después del rezo de las I Vísperas de Santa Clara. Se reparten velas que las religiosas y los fieles han de tener encendidas. El celebrante precedido por el turiferario se dirige al altar de santa Clara, si lo hay, o al altar mayor, donde estará expuesta la reliquia. Inciensa la reliquia con dos golpes dobles haciendo inclinación antes y después. Todos en pie cantan la antífona que recoge las últimas palabras de Clara antes de morir:

“Vade secura, anima mea benedicta, quia bonum habes conductum iteneris.
Vade quiniam qui te creavit et sanctificavit, velut mater filium tenero amore
dilexit. Tu, Domine, benedictus sis qui me creasti”.

Sigue el Salmo 115 y se repite la antífona. Se arrodillan, apagan las velas y rezan cinco Padrenuestros. Después en pie se canta la antífona:

“Salve, Sponsa Dei, Virgo sacra, planta Minorum: Tu vas munditiae, tu praevia
forma Sororum. Clara, tuis precibus duc nos ad regna polorum”.
–“Pretiosa in conspectu Domini”.
–“Mors Sanctae Clarae Virginis”

El celebrante recita el Oremus, inciensa la reliquia, y concluye bendiciendo al pueblo con ella y dándola a venerar.

2.2.2. Forma renovada en 1986

El Ritual actualizado y aprobado en 1986, coloca la celebración del Tránsito al inicio de la Misa, antes de la colecta. El orden seguido es: Saludo del Celebrante, monición. Lectura de la muerte de santa Clara. Antífona y salmo 115 del ritual anterior. Concluye con una exhortación y pasa a la
Misa (7).

2.2.3. Relato y representación desde 1992

Comencé a difundir esta forma de celebrar el Tránsito desde el año 1992 en España y en once países latinos. Significa un paso más a partir de las formas anteriores. El hilo conductor es la lectura del relato de la muerte de Santa Clara, por un cronista. No es una simple lectura, puesto que se va abriendo al diálogo, al mimo, al gesto, a la danza, y a la representación. Los asistentes no son meros espectadores. Reciben candelas encendidas, cantan, rinden homenaje a Clara, la cubren de pétalos, la rodean de lámparas, etc.

Termina con unos minutos de adoración, recogiendo el legado de Clara: su fe viva en la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento, y se da a venerar la reliquia. O bien, se procede a la celebración de la santa misa.

2.3. Hallazgo del cuerpo de Santa Clara

Se celebra con oficio propio el 23 septiembre. Es memoria libre.

2.4. Prácticas comunitarias de las clarisas

2.4.1. Renovación comunitaria de Votos

El 18 de marzo, día en que San Francisco consagró a Sta. Clara, se hace renovación comunitaria de la profesión, cada año.

2.4.2. Aspersión después de Completas

Canto del Vidi aquam y aspersión con agua bendita.
“Clara, habiendo oído cantar después de Pascua: “Vidi aquam egredientem de templo a latere dextro”, se alegró tanto y se le grabó en la mente de tal modo, que siempre, después de comer y de Completas se hacía rociar con agua bendita, ella y las hermanas, y les decía: Hermanas e hijas mías, debéis recordar siempre y conservar en vuestra memoria aquella bendita agua que brotó del costado derecho de nuestro Señor Jesucristo colgado en la cruz” (8).

2.4.3. Lectura del Testamento de Santa Clara

Se hace los viernes después de cenar.

III. FORMAS POPULARES DE DEVOCIÓN

3.1. Visita al sepulcro

El Papa Alejandro IV, con la exhortación a visitar el sepulcro de Santa Clara, concedía indulgencias:
Y para que los pueblos cristianos acudan en tropel con más vivo deseo y en mayor número a venerar su sepulcro, y para que su fiesta se celebre con más esplendor: Nos, fiados en la misericordia de Dios todopoderoso y en la autoridad de sus bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, concedemos un
año y cuarenta días de indulgencia a cuantos arrepentidos de veras y confesados acudieren cada año a venerar su sepulcro, impetrando humildemente su intercesión, el día de la fiesta de esta virgen o dentro de su octava” (9).

Por motivos de seguridad fue sepultada Clara en la iglesia de San Jorge, que pertenecía a los Canónigos de San Rufino, dentro de las murallas de Asís. Allí se podía visitar su sepulcro, en el mismo lugar donde había estado enterrado san Francisco durante cuatro años, desde su muerte en 1226
hasta 1230, fecha que fue trasladado a la Basílica. También el enterramiento de la Hermana Clara sería provisional. El Papa Alejandro IV, después la canonización, quiso que en el lugar donde estaba
la iglesia de San Jorge se edificara una basílica a la Santa, según el modelo de la basílica superior de San Francisco, y un convento para que la comunidad de San Damián se trasladara dentro de la muralla. La construcción de la Basílica de Santa Clara duró ocho años (1257 al 1265), pero el 3 de octubre de 1260 ya fue sepultada bajo el altar mayor.

Después de seis siglos se excavó durante ocho noches, hasta hallar y exhumar el cuerpo incorrupto de la Santa el 23 de septiembre de 1850. Desde entonces se instauró la fiesta del “Hallazgo del cuerpo de santa Clara”.
Preparada la cripta neogótica el año 1872, se expuso a la veneración de los fieles en una urna de bronce y vidrio. Por fin, el año 1988 se hizo un reconocimiento de los restos y volvió a quedar expuesta en una urna de cristal más sencilla. El descenso a la cripta se hace desde la nave, y se ve a Clara desde un corredor. El interior de la cripta tiene acceso solamente desde el convento. Muy cerca están los nichos de su madre Sor Hortulana y de sus dos hermanas Sor Inés y Sor Beatriz.

En un principio la multitudinaria visita al sepulcro de Santa Clara, en los días 11 y 12 de agosto, estuvo vinculada a los milagros otorgados por su intercesión, y a las indulgencias otorgadas por el Papa Alejandro IV. Se incrementó con la fiesta del 23 de septiembre y el hecho de quedar expuesta a la devoción.

3.2. Pan bendito de Santa Clara

Se reparte después de la Misa, o del Tránsito, el día de su fiesta. Esta costumbre recuerda un hecho de la vida de Clara narrado en la Flor 33. He aquí:

“Santa Clara, discípula devotísima de la cruz de Cristo y noble planta de messer San Francisco, era de tanta santidad, que no sólo los obispos y cardenales, sino aun el papa, deseaba, con grande afecto verla y oírla, y la visitaba con frecuencia personalmente. Una vez entre otras, fue el Santo Padre al monasterio donde ella estaba para oírle hablar de las cosas celestiales y divinas, y mientras se hallaban así entretenidos en divinos razonamientos, santa Clara hizo preparar las
mesas y poner el pan en ellas, para que el Santo Padre lo bendijera. Concluido el coloquio espiritual, santa Clara, arrodillada con gran reverencia, le rogaba tuviera a bien bendecir el pan que estaba sobre la mesa.

Respondió el Santo Padre: Hermana Clara fidelísima, quiero que seas tú quien bendiga este pan y que hagas sobre él la señal de la cruz de Cristo, a quien tú te has entregado enteramente.

– Santísimo Padre, perdonad –repuso la Santa-; sería merecedora de gran reproche si, delante del Vicario de Cristo, yo pobrecilla, me atreviera a trazar esta bendición.

– Para que no pueda atribuirse a presunción –insistió el Papa- sino a mérito de obediencia, te mando por santa obediencia que hagas la señal de la cruz sobre estos panes y los bendigas en nombre de Dios. Entonces santa Clara, como verdadera hija de obediencia, bendijo muy devotamente aquellos panes con la señal de la cruz. Y al instante ¡cosa admirable! apareció en todos los panes la señal de la cruz bellísimamente trazada”.

El Santo Padre Gregorio IX tomó aquel pan y marchó dando gracias a Dios. Con los que sobraron acontecieron muchos milagros. Actualmente los fieles también llevan con alegría estos panes, amasados por las clarisas, como es nuestro caso en Balaguer.

3.3. Bendición de los niños

Se trata de una práctica que hemos hallado documentada en los escritos del siglo XVII del Convento de la Purísima, de Clarisas Descalzas10 (Salamanca). En los días de Navidad las madres llevaban a sus niños. Las religiosas los recibían dentro del coro, donde los pequeños contemplaban el Belén y
recibían la bendición de las clarisas. Es un hecho que las madres de Asís y las ciudades vecinas llevaban a sus niños para recibir la bendición de la hermana Clara. En el Proceso se recogen
testimonios de niños milagrosamente sanados, cuando ella intercedió y les signó con la señal de la cruz.

“Un niño hijo de messer Juan, procurador de las hermanas, tenía una fiebre altísima, por lo que fue llevado a la Madre santa Clara; y nada más recibir de ella la señal de la cruz, quedó curado” (11).
“Un niño de la ciudad de Espoleto llamado Mattiolo, de tres o cuatro años de edad, introdujo un guijarro en uno de sus orificios nasales, de manera que no se le podía extraer de ninguna manera, y el niño parecía estar en peligro. Llevado a Santa Clara, al trazar ella sobre el niño la señal de la cruz, enseguida salió la piedrecilla de la nariz y el niño quedó libre” (12).

“Un niño de Perusa tenía una nube en el ojo que lo cubría todo. Por lo que fue llevado a Santa Clara, que tocó el ojo del niño y luego le hizo la señal de la cruz… Hecho lo cual el niño se curó" (13).

Basten estos testimonios para apreciar la compasión de Clara hacia las madres y sus niños, y con cuanto amor los acogía y sanaba con la señal de la Cruz. Con la noticia de las Descalzas de Salamanca, se ha revivido esta práctica en ocasiones especiales y en diversos lugares.

3.4. Fiesta del Voto

Se celebra anualmente el 26 de junio en la ciudad de Asís, dando gracias por un hecho histórico, la liberación del asedio del año 1241 por la intercesión de la hermana Clara. La fiesta fue renovada por el alcalde, e historiador, Arnaldo Fortini a los inicios del siglo XX. El hecho que se recuerda es el siguiente.

“Cuando Vital de Aversa, enviado por el emperador Federico II, se presentó con un gran ejército para asediar la ciudad de Asís…, se temía mucho que fuese tomada la ciudad -según se lo habían dicho a madonna Clara-, pues Vital había asegurado no levantar el cerco hasta tomarla.

Habiendo oído estas cosas la madonna, confiando mucho en el poder de Dios, mandó llamar a todas las hermanas y pidió que le llevasen ceniza, con la que se cubrió toda la cabeza, la cual se había hecho rapar. Y luego ella misma impuso la ceniza en las cabezas de todas las hermanas, y les mandó que fuesen todas a orar para que el Señor librase la ciudad. Y así fue; porque al día siguiente por la noche, el citado Vital se marchó con todo su ejército” (14).

“Y de tal modo cumplieron (las hermanas) que al día siguiente, de mañana, huyó aquel ejército, roto y a la desbandada. Y en aquel día de oración, las hermanas hicieron penitencia, ayunando a pan y agua, y algunas no probaron bocado” (15).

La comitiva se inicia en la Plaza de San Rufino donde estaba la casa natal de Santa Clara y se dirige a la Plaza del Común. Allí esperan las autoridades locales con los maceros del Ayuntamiento, llevando cirios para ofrendar a la Dama Pobre. Desde allí prosigue la comitiva hasta la iglesia
de Santa Clara, donde rinden homenaje y depositan flores en la cripta, junto a la urna que contiene sus restos. De allí van al convento de San Damián. Como ya declina la tarde, el trayecto está iluminado a ambos lados con “fiaccole” o antorchas de sebo. Llegados a San Damián celebran la Misa en la placeta.

3.5. Los granaderos rinden honores a Santa Clara en Argentina

Patrón de Buenos Aires es San Martín de Tours; pero, por haber protegido la ciudad en dos importantes ocasiones, fue nombrada Santa Clara Patrona menor. La Infantería le rinde honores en su día. El pueblo hace ofrenda floral. A principios del XIX Buenos Aires pertenecía al Virreinato español del Río de la Plata. En los años 1806/1807 sufrió dos invasiones inglesas. La defensa armada era escasa y los criollos ayudaron con palos, aceite y agua hirviendo.

Las clarisas, recordando la liberación del asedio de Vital de Aversa, empeñaron su intercesión con la Madre Santa Clara. Más aun, abrieron el claustro como hospital de sangre, cuidaron a los heridos, y excavaron una fosa común al pie de la imagen de santa Clara, en el centro del claustro, para enterrar a los caídos de ambos bandos. La invasión fue rechazada, atribuyendo la victoria a la intercesión de Santa Clara por la oración de las clarisas.

Desde 1807 cada año, el día 12 de agosto, se hace memoria de este hecho dando gracias a su Patrona. La compañía de granaderos, en uniforme de gala y a toque de corneta, rinden honores a Santa Clara en el claustro del convento. Ofrecen coronas de flores, y la Banda interpreta marchas militares.
3.6. Clara, faro de navegantes Desde antiguo los navegantes se acogieron a la protección de Santa Clara.

Se conservan dos tradiciones de los siglos XIII y XV que en diversos mares y puertos acreditan el feliz patronazgo de la Dama Pobre. La más antigua comenzó en Ciudadela de Menorca cuando aun no había faro. El año 1256 se edificó el convento de clarisas, con su iglesia y su torre. Una hermana
subía cada tarde al último piso de la torre, a encender una lámparilla de aceite ante una imagen de la Virgen del Toro, patrona de la isla. Al anocher, pescadores y navegantes se orientaban con aquella luz. Cuando el mal estado de la mar no permitía ver la “luz de Santa Clara”, pedían su protección.

Obtenida la gracia subían a dar gracias al convento con toda la familia, presentando la vela de la barca ante Santa Clara. Así fue como se extendió el patronazgo de Santa Clara sobre los hombres
del mar. Marinos, comerciantes y pescadores buscaban la “luz de Santa Clara” y ¿quién sabe si no la invocaron también los piratas que merodeaban por las aguas del Mare Nostrum? En Ciudadela queda el dicho: “Ya puedes llevar la vela a Santa Clara”, cuando uno recibe un favor grande. El dicho se ha popularizado extendiéndose a toda suerte de peligros, en tierra y mar, y la ofrenda de la vela del
barco ha pasado a una vela de cera.

El segundo relato viene del siglo XV. El almirante Cristóbal Colón, en un viaje de retorno desde el Nuevo Mundo sufrió una tempestad muy peligrosa y se encomendó a Santa Clara. Hizo un voto: Si volvían con vida echarían a suertes, el marino al que tocase, velaría a la Santa una noche
dándole gracias en nombre de la tripulación. El mar se calmó. Cuando tocaron tierra se dispusieron a cumplir el voto. La suerte recayó sobre el Almirante Colón y él mismo veló a la Santa en
nombre de la tripulación en la iglesia del convento de Santa Clara de Moguer (Cádiz). No contento con esto, cambió el nombre a la carabela Santa María, que en adelante se llamó “la Santa Clara”.

3.7. Ofrenda de huevos

Está muy extendida la costumbre de ofrecer huevos a Santa Clara pidiendo el buen tiempo. Se entregan a las clarisas, comprometiendo así nuestra oración. El huevo simboliza la fecundidad, por lo que el sentido inicial de la ofrenda era pedir la fecundidad en el matrimonio. Y con este favor, del que tantas veces depende la felicidad y fidelidad en el matrimonio, se pide el buen tiempo para el día de la boda.

Es bien conocida y acreditada la poderosa protección de la Santa sobre los matrimonios estériles que desean tener hijos. Yo misma podría dar testimonio de varios casos que he conocido en España, México y África. La devoción tiene su origen en un hecho histórico. Messer Hugolino de Pedro Girardone, caballero de Asís dijo…, que habiendo dejado a su mujer, llamada madonna Guiduzia, y habiéndola devuelto a casa de su padre y de su madre, estuvo separado de ella por espacio de veintidós años o más, sin que nadie hubiese podido inducirle a ir a buscarla, o recibirla. A pesar de haber sido exhortado a ello muchas veces, incluso por personas religiosas.

Finalmente se le dijo de parte de la mencionada santa madonna Clara, que ella había entendido en visión que messer Hugolino iba a recibir pronto a su esposa Guiduzia y engendraría un hijo de ella, del que se alegraría mucho y recibiría consuelo. Por lo que el testigo al oír esto se enojó bastante.

A los pocos días se sintió forzado por un deseo tan grande, que fue a buscar a su mujer, a la que había dejado tanto tiempo atrás. Y luego, como había sido revelado en visión a madonna Clara, engendró de Guiduzia un hijo, el cual aun vive, y del que se goza mucho y recibe un gran consuelo” (16).

Por tradición oral de quien lo vio en su día, tuve noticia de una anécdota curiosa sucedida en Zamora. Pudo suceder alrededor de los años 45 - 50 del siglo XX, calculando desde la edad de la ya venerable Sor María, que me lo explicó.

Era Viernes Santo. La procesión del Santo Entierro estaba preparada pero llovía copiosamente. Los cofrades no querían suspenderla y reunieron bajo la lluvia. Entonces enviaron por delante dos monaguillos llevando el cesto de huevos. Y dijo Sor María que la lluvia cesó, salió el sol, y pudo salir también la procesión “detrás del cesto de huevos”… Los cofrades quedaron contentos y llevaron su ofrenda a las clarisas. RNE transmitió la noticia. Un uso, vinculado a la gracia de la fecundidad, era pedir al convento un cordón con el que la madre rodeaba su cintura en el momento del parto. No conozco ahora ningún caso, aunque en el pasado fue muy habitual. Tuvo esa devoción la madre de san Francisco de Borja.

IV. PATRONAZGOS

Invocan el patronazgo de Santa Clara desde tiempo inmemorial los vidrieros, jueces y modistas en lencería. En Francia es patrona de los invidentes. En Chile es invocada como “Santa Clara de los pobres”. Su altar, en el convento de San Francisco, está siempre abarrotado de cirios, cartas y
exvotos.

4.1. Patrona de la Televisión

El año 1958 fue declarada por Pio XII, patrona de la TV. Se le dio este patronazgo recordando el rapto en que vio sin estar presente. Fue en la Navidad de 1252. “Contaba aún la referida madonna Clara cómo, en la última noche de la Natividad del Señor al no poder levantarse del lecho para ir a la capilla, por causa de la grave enfermedad, las hermanas todas se fueron a maitines, como
de costumbre, dejándola sola. Entonces la madonna suspirando, dijo:

“Señor aquí me han dejado sola y contigo”.

Entonces de repente, empezó a oir el órgano y responsorios y todo el Oficio de los frailes en la iglesia de san Francisco, como si hubiese estado allí presente” (17).

“No estaba tan próximo el lugar como para que pudiera alcanzar todo esto por humano recurso; la resonancia de aquella solemnidad había sido amplificada hasta ella por el divino poder… Pero lo que a este prodigio de audición es que la santa mereció también ver el pesebre del Señor. En España concurren artistas como Salzillo, Scipione Pulzoni, Diego de Urbina, en el siglo XVI; Juan Valdés, Martínez Montañes, Pedro Roldán, Claudio Coello, Pedro de Mena en el XVII, etc.

Tiene diversos atributos:

Báculo.- Se inspira en el cayado de los pastores. Es atributo de obispos y fundadores. Acaba en cruz de doble travesaño, el del Papa es triple.

Azucena.- Se vincula a la pureza y virginidad cristiana. Es atributo de la Santa Virgen en la iconografía de la Anunciación. Se extiende a las santas vírgenes.

Palma.- Aunque muy vinculada al martirio, es atributo de la santidad, en general.

Corona y aureola.- Son atributos de santidad. En la iconografía más antigua, Clara ciñe corona de oro. Recuerda la promesa de San Francisco: “Seréis coronadas con la Virgen María”. Algunas veces, la aureola lleva siete soles significando la gracia septiforme del Espíritu Santo.

Libro.- Simboliza el conocimiento de la persona que lo lleva. En manos de Clara unas veces es el Evangelio que ella vivió de forma profética, y otras la Regla, como fundadora.

Ostensorio.- La custodia significa la fe de Clara en la presencia real de Jesucristo en sacramento, manifiesta en la defensa del convento en el asalto sarraceno de 1240.

5.2. Libros

La Dama Pobre ha entrado en la historia, literatura y poesía. Las biografías divulgativas han ido jalonando los siglos. En el último cuarto de siglo ha salido de la sombra de San Francisco y cada vez es más valorada como maestra de espiritualidad.

España fue el primer país que tuvo reunidas y traducidas las fuentes documentales de santa Clara. Preparadas por Ignacio Omaecheverría, las publicó la Bac el año 1970.

5.3. Teatro

Se han hecho representaciones de aficionados:
Un amor diferent, de Sor María Massana, osc. Mataró 1982;
Una mujer llamada Clara, Buenos Aires 1994.
Y giras de profesionales con motivo de los centenarios celebrados en los últimos años:
Clara, por la Compañía “Carasses Teatre” de Elda (Alicante). Año 1993. 5.4. Musical

Uno de los espectáculos más bellos creado sobre Clara es el musical Chiara di Dio, de “Compagnia teatrale di Carlo Tedeschi” (2004). (también en DVD). Con el despliegue de belleza de esta obra en la danza clásica, coreografías, música y cantos, se experimenta cómo el artista creyente conduce
al deseo de Dios, “La belleza del testimonio cristiano expresa la belleza del cristianismo y, por ende, la hace visible” (21).

5.5. Cine, Videos, dvd

Hay bastantes películas, entre las más logradas mencionamos: Historia de una cristiana, de Serafino Rafayani, ofmcap. (1993); y sobre todo Chiara i Francesco, de Fabrizio Costa (2007). Entre los documentales, Chiara d´Assisi (1993).

5.6. Cantos

Existían en gregoriano. Se han multiplicado los cantos en las últimas décadas. Para la liturgia, de Mn. Doménec Cols, Rosa Mª. Riera y Assumpta Ludela, osc. Otros más populares de grupos como Kairoi (CD), autores modernos Luis Alfredo, y compositoras clarisas como Isabel Robledo, osccap
y Mª Belén, osc, en Argentina (Cassettes). Y otras grabaciones, incluso una International. Todas estas obras constituyen otras tantas catequesis con los medios actuales.

VI. CONCLUSIÓN

He aquí las tres vertientes de la devoción a Santa Clara. La litúrgica, la popular y la artística. Culto, devoción y divulgación de su vida y ejemplo.

“El encuentro con Cristo y sus discípulos, en particular con María su Madre y con los santos, sus testigos, tiene que poder transformarse siempre, en todas las circunstancias, en un acontecimiento de belleza, un momento de gozo, el descubrimiento de una nueva dimensión de la existencia, una exhortación a ponerse en camino hacia la patria celeste y gozar de la visión de la verdad toda entera, de la belleza y del amor de Dios; la belleza es esplendor de la verdad y florecimiento del amor” (22).

La Liturgia y el arte sacro, tienen poder para conducir a ese momento, en que no se sabe si se está en el cielo o en la tierra. Las formas populares ungen el sentimiento por la experiencia de confianza que entrañan. El arte en sus diversas formas, mueve el deseo para aspirar a lo más noble al impacto de la Belleza divina vivido por Clara.
“Clara, preclara en méritos clarísimos, brilla en el cielo esclarecida con claridad de insigne gloria, y en la tierra con esplendor de sublimes milagros” (BC 2)
Santa Clara de Asís nos ilumine con la claridad celeste que hace sabios y santos.

VII. BIBLIOGRAFÍA

Arte
CASTRO BRUNETTO, C. J., “Variantes iconográficas de Santa Clara en el barroco
ibérico” En: Las clarisas en España. Actas del Congreso Internacional, Salamanca
1993, I, Vol. II, pp. 637-647.

“Convento de Santa Clara de Montilla”, Catálogo. Obras y enseres de arte. Montilla
1993.

GARCÍA SANZ,A. – TRIVIÑO, Mª.V., Iconografía de Santa Clara en el Monasterio
de las Descalzas Reales. Madrid 1993.

GONZÁLEZ, M. A., Santa Clara en el arte de Galicia y León. En: Las clarisas en
España. Actas Congreso Internacional, Salamanca 1993. I, Vol. II, pp. 649-666.

HERRANZ MIQUELÁÑEZ, J., Iconografía de Santa Clara en España. Monasterios
y conventos. Ávila 2004.

MASSANA I MOLA, M., Un amor diferent: Francesc i Clara d´Assis. Mataró
1982. (Obra teatral para niños).

Vida de la Seráfica Madre Santa Clara, que escribía sor Mariana Sallent, monja
profesa del religiosísimo convento de la ciudad de Borja. 2ª edición en Valencia.
Año 1703. (En verso).

TERRON REYNOLDS, Mª. T. “La iconografía de Santa Clara en las artes plásticas
extremeñas”. En: Las clarisas en España. Actas Congreso Internacional,
Salamanca 1993. I, Vol. II, pp. 667-677.

TORRES BALLESTEROS, N., “Iconografía de Santa Clara en la España Medieval”.
En: Las clarisas en España. Actas Congreso Internacional, Salamanca
1993. I, Vol. II, pp. 597-635.

TRIVIÑO, Mª.V., “El rostro de Clara”. Selecciones de Franciscanismo 95, Valencia
2003, pp. 299-307.

VARIOS, Pedralbes. Els tresors del Monestir. Barcelona 2005.
Fuentes y estudios

“Santa Clara de Assis”. Fontes Franciscanas II. Escritos. Biografías. Documentos.
Por J.A. Correia Pereira. Braga 1996.

Santa Clara de Asís, Escritos y Fuentes documentales, México 1994; Bs.As 2001,
ed. de Mª. V. Triviño.

SAN FRANCISCO DE ASÍS. Escritos. Biografías. Documentos de la época. Por
J.A. Guerra. Madrid 2003.

TRIVIÑO, Mª. V., Santa Clara de Asís. Escritos y Fuentes biográficas. México
1994;. La Vía de la Belleza, Temas espirituales de Santa Clara. Madrid 2003;
Clara de Asís ante el Espejo. Historia y Espiritualidad, Madrid 1991; Braga
1994; Pan y Hermosura, Clara de Asís. Madrid 1992, 1993, Bs.As 2002;

ZAVALLONI, R. La personalità di Chiara d´Assisi. Assisi 1993

NOTAS:

1. Aprobada por Inocencio IV el año 1252. Bulada el 9 de agosto de 1253.
2. Catecismo de la Iglesia Católica. Madrid 1992, n 948.
3. Catecismo de la Iglesia Católica. Madrid 1992, n 954.
4. “Bula de Canonización”, en Santa Clara de Asís, Escritos y Fuentes Biográficas, ed.
de Mª. V. Triviño, México 1994, nn 3, 19, 2.
5. “Bula de Canonización”, en Santa Clara, Escritos…n 21.
6. Ritual de la Segunda Orden Franciscana. Barcelona 1959, pp 237-240.
7. Ritual Romà-Seràfic de les monges de l´Orde de Santa Clara. Barcelona 1987. Tránsito,
pp 45-49. Otra versión parecida, en SEGARRA, J.M., ofmcap. Pregar amb Santa Clara.
Barcelona 1992, p 53-56.
8. “Proceso de Canonización de Santa Clara”, en Santa Clara de Asís, Escritos…, XIV, 8.
9. “Bula de Canonización”, en Santa Clara de Asís. Escritos…n. 21.
10. Tomamos esta noticia de un cuaderno anónimo del siglo XVII, Vida de nuestra Venerable
Madre Soror Manuela de la Santísima Trinidad. Religiosa en el convento de la Purísima
Concepción de Franciscas descalzas desta Ciudad de Salamanca. Ms. 35 pp. de
21x14,5 cm.
11. “Proceso de Canonización”., en Santa Clara de Asís, Escritos… III, 19.
12. “Proceso de Canonización”, en Santa Clara de Asís, Escritos… II, 18.
13. “Proceso de Canonización”, en Santa Clara de Asís, Escritos… IV, 11.
14. “Proceso de Canonización”, en Santa Clara de Asís, Escritos…, III, 19.
15. “Proceso de Canonización”, en Santa Clara de Asís, Escritos…, IX, 3. Cf. “Leyenda
de Santa Clara”, o.c., n 23.
16. “Proceso de Canonización”, en Santa Clara de Asís, Escritos… XVI, 1.4.
17. “Proceso de Canonización”, en Santa Clara de Asís, Escritos… III, 30.
18. “Leyenda de Santa Clara”, en Santa Clara de Asís, Escritos… n 29.
19. Vía Pulchritudinis, Pontificio Consejo de Cultura. Asamblea. Plenaria 2006, BAC,
Madrid 2008, Introd. p. 20.
20. Vía Pulchritudinis, III, 3b, p. 70.
21. Vía Pulchritudinis… III, 3b, p. 70.
22. Vía Pulchritudinis… III, 3b, p. 72.

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