Lo más curioso de todas estas polémicas matrimoniales es que son una repetición, algo más virulenta, de otras que se produjeron hace un cuarto de siglo. Las mismas propuestas se defendieron ya en aquel entonces. Incluso algunos de los protagonistas eran los mismos (como el cardenal Kasper). Por supuesto, la Iglesia ya respondió a esas propuestas con toda claridad y reafirmando la fe católica en multitud de documentos magisteriales: Familiaris Consortio, Donum Vitae, Humanae Vitae, documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Catecismo de la Iglesia Católica y un largo etcétera.
Desgraciadamente, los defensores de adaptar el Evangelio al mundo en lugar de a la inversa, inasequibles al desaliento, han seguido erre que erre con lo mismo. Con una diferencia: ya no pueden decir (aunque lo digan) que actúan de buena fe. Que ellos sólo proponen hipotéticamente esas cosas pero aceptan lo que diga la Iglesia, porque de hecho la Iglesia ya se pronunció sobre todos estos temas y a ellos, aparentemente, les da igual.
Más aún, tampoco pueden decir (aunque lo digan) que sus propuestas son la solución de los problemas de la Iglesia, porque esas propuestas han demostrado ser un fracaso absoluto en todos los lugares en los que se han puesto en práctica. Como tantas veces sucede, los supuestamente modernos, progresistas y avanzados (cuyo único argumento es, precisamente, esa modernidad) no son más que los defensores de ideologías del pasado, tan apolilladas y mohosas que dan asco.
Cedo la palabra al entonces cardenal Ratzinger, en el delicioso libro-entrevista a Peter Seewald “La sal de la tierra“, escrito hace veinte años:
“Peter Seewald: “[Cardenal Ratzinger,] en relación con las críticas a la Iglesia, usted dijo una vez que había un “canon de temas": la ordenación de la mujer, los anticonceptivos, el celibato y el matrimonio de los divorciados. […] Esta discusión parece seguir avanzando fatigosamente en círculos. Quizás algunas clarificaciones nos ayudarían a salir de este punto muerto […].
Cardenal Ratzinger: “Me gustaría señalar de nuevo que se trata de temas genuinos, pero también creo que estamos perdiendo el rumbo cuando los convertimos en cuestiones estándar y en las únicas preocupaciones del cristianismo. Hay una reflexión muy sencilla en contra de esto (mencionada, por cierto, por Johann Baptist Metz en un artículo sobre la Petición del Pueblo de la Iglesia). Estos temas ya se resolvieron en el luteranismo, que, en estos puntos, ha tomado el otro camino. Está muy claro que con ellos no ha resuelto el problema de ser cristiano en el mundo de hoy y que el problema del cristianismo, el esfuerzo por ser cristiano, sigue siendo tan dramático como antes.
Metz, si recuerdo bien, pregunta por qué tenemos que convertirnos en un clon del protestantismo. De hecho, dice, es bueno que ya se haya hecho el experimento, porque muestra que ser cristiano hoy no se basa en esas cuestiones, que la solución de esos temas no convierte el Evangelio en más atractivo ni hace que ser cristiano sea más fácil. Ni siquiera logra un acuerdo que favorezca la unidad de la Iglesia. Creo que debemos dejarlo muy claro: no es por estas cuestiones por lo que está sufriendo la Iglesia“.
La sal de la tierra, Joseph Ratzinger y Peter Seewald 1996
Así nos va.

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