En su cuna, el gobierno de los pueblos fue teocrático, es decir, ejercido por un mismo representante de las potestades civil y religiosa. Es más: ésta legitimaba aquella: el gran tlatoani mexica, el Pontífice Máximo romano, el hijo del Sol japonés…
El ascenso del cristianismo derrumbó este esquema en el mundo Occidental, si bien, de los escombros del Imperio Romano el filósofo africano neoplatónico, Agustín de Hipona producirá en su tratado ‘La ciudad de Dios’, una reelaboración del paradigma pagano, esto es, si en ese ámbito el príncipe sólo por serlo ostentaba el rango de primer sacerdote, en el nuevo, nada impedirá a un eclesiástico, precisamente por serlo, desempeñar las tareas del príncipe.
Eso fue lo que pasó al restaurarse en el siglo VIII, con Carlomagno, la hegemonía imperial en Occidente: se le dio carta de naturalización a un postulado merced al cual se fueron multiplicando obispados que eran también señoríos de modo que su titular aparejaba a su ministerio apostólico el gobierno temporal de su circunscripción. Tan especioso argumento permitió a la Santa Sede fundamentar su ascendiente aun por encima del Emperador.
De tal estratagema derivaron situaciones tan incómodas como entreveradas, siendo la más sonada la querella por las investiduras, causa remota del cisma luterano de hace 500 años, que sólo tocará fondo con la Revolución Francesa, si bien, irónicamente, sus ideólogos sólo atinaron a darle a la razón y a la ley los mismos atributos que tanto reprocharon al maridaje entre el altar y el trono, generando, en contraparte, ese individualismo acendrado que ha deshumanizado las instituciones y abolido el voluntariado.
Polvo de aquellos lodos es el rango de monarca absoluto que ostenta el Papa del Estado más pequeño del mundo, en la Ciudad del Vaticano, o el de copríncipe de Andorra —un “paraíso fiscal”—, del obispo de Urgel…
No deja de ser curioso que un número cada día más nutrido de académicos asuma que la modernidad no es tanto una ruptura con el orden antiguo como un capítulo más en la historia del cristianismo…
Respecto a lo dicho, en su larga historia de 469 años la Iglesia de Guadalajara tuvo dos casos curiosos: la promoción al episcopado de un laico representante supremo de la potestad civil en estos lares en su calidad (nada menos que el Presidente de la Real Audiencia de la Nueva Galicia), don Francisco Gómez de Mendiola (1574), de edificante memoria, y la del alcalde obispo, es decir, la del Obispo Alcalde, que lo fue por antonomasia, secundando los proyectos del colegio edilicio a favor de la comuna.
Hoy, en su aniversario luctuoso 225, la ciudad recuerda el legado de Alcalde a favor de Guadalajara y la continuidad sin fisuras que de su benéfica gestión retomó su sucesor, don Juan Cruz Ruiz de Cabañas, mancuerna que dio a Guadalajara la nota que le sigue distinguiendo como casa común, incluso en lo que hoy va siendo una densa y enmarañada zona metropolitana, a la que urge articular con el espíritu de estos dos gestores de medio siglo de bien común.

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