Lo que distingue a un benefactor de un santo

Apreciables hermanas y hermanos:

Quienes conozcan un poco de la vida y de la obra del obispo benefactor fray Antonio Alcalde, saben que durante los veinte años de su gobierno eclesiástico en Guadalajara, de 1771 a 1792, hizo operativa una mejora sustancial en la calidad de vida de los habitantes de esta ciudad, aplicando íntegramente la parte proporcional que le correspondía del diezmo, tributo que gravaba las cosechas y aumento de ganado de los habitantes de estas tierras que no eran indios con el diez por ciento de sus frutos, empleados por la Iglesia para atender las instituciones educativas y de salud entonces a su cargo.

Por ese concepto, fray Antonio, que antes había sido obispo de Yucatán, una diócesis pobre en lo material comparada con la de Guadalajara, que en ese tiempo llegaba hasta el suroeste de lo que hoy son los Estados Unidos, recibió anualmente entre 70 mil y 90 mil pesos anuales, que usó, dijimos, para atender las necesidades de toda su Iglesia, resultando especialmente beneficiada la ciudad episcopal. Sin embargo, si sólo eso hubiera hecho nada distinguiría al Obispo Alcalde de los muchos filántropos y bienhechores de la humanidad, que afortunadamente nunca faltan. Fray Antonio hizo algo más.

Hace algunos meses, el Papa Francisco describió eso que podríamos llamar el ‘secreto’ de fray Antonio: “Para encontrar al Dios vivo es necesario besar con ternura las llagas de Jesús en nuestros hermanos hambrientos, pobres, enfermos y encarcelados”. Eso hizo al pie de la letra un varón que arribó a esta ciudad colmado de años, de virtud y de un ansia sin límite de amar a Dios en los demás.

No basta buscar al Dios vivo por el camino de la meditación, de la mortificación, de la austeridad y de la penitencia. El camino para encontrarlo, insiste el Santo Padre, es el de encontrar sus llagas entre quienes tienen hambre, sed, carencias vitales, servidumbres indignas, opresión… No basta ser filántropos: “Debemos tocar las llagas de Jesús, debemos acariciar las llagas de Jesús, debemos curar las llagas de Jesús con ternura, debemos besar las llagas de Jesús, y esto literalmente”.

Pues bien, por testimonios irrefutables consta que el siervo de Dios fray Antonio Alcalde ofreció por caridad y heroicamente no sólo su patrimonio a favor del prójimo, sino su vida y su salud, pues aun cuando Dios le concedió una existencia muy longeva para su tiempo, sobrellevó sus muchos quebrantos de salud del mismo modo como eligió vivir de la manera más austera y sobria, por amor a Dios.
Con lo dicho, el epitafio de su tumba nos parece luminoso: “fue varón eminente en su munificencia: a Dios rindió culto, dio a los enfermos remedio, educación a la niñez y a la juventud, protección a las mujeres desamparadas, techo al pueblo; fue solícito en su consuelo para todos”. Fue todo eso, pero también, añadimos, alguien que supo besar con amor las llagas de Jesús, lo cual distingue al benefactor del santo.

Yo les bendigo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

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