José Marcial Ambriz Pérez
4 Teología
¡Que bueno que está sufriendo! ¡No merece el perdón de Dios! ¡Ojalá que se muera, se portó muy mal con su mujer e hijos! ¡Bien merecido lo tiene! ¡El infierno le espera!
Con estas expresiones me encontré hace cerca de un año, el pasado mes de julio. Sin duda calaban dentro en mi entendimiento, al tratar de comprender el por qué los habitantes de esa localidad, en la cual me encontraba de misiones se manifestaban así, con tanto ahínco.
Fue cuando decidí ir en busca de aquel “ser mal querido” por la mayoría de la comunidad, una persona que se encontraba en cama debido al cáncer estomacal que lo consumía unos meses atrás.
Al tocar a la puerta de aquella pequeña casa donde me comentaron que encontraría a ese hombre, inundaba mi ser un sentimiento de incertidumbre que no podía controlar, pero que Dios fue eliminando al ser recibido por la familia de don Jesús Peralta. Les manifesté que me encontraba visitando los hogares de la pequeña comunidad, igual a los enfermos para poder llevarles a Nuestro Señor Jesús, en la forma consagrada. Sin más, me llevaron a la habitación donde se encontraba postrado don Jesús, un hombre indefenso, débil, desahuciado, con un rostro triste, un hombre que necesitaba del tanque de oxígeno para respirar con cierta dificultad (era difícil concebir y digerir esa imagen, ya que platicando con los pueblerinos del lugar, afirmaban que don Jesús Peralta era un hombre alto, fornido, de gran presencia, con carácter fuerte y hasta explosivo, de esas personas que es mejor tenerlas como “amigos” ya que como enemigos era de armas tomar, como se dice por ahí). Me acerque a la cabecera, tras un silencio no pude más que preguntar a los ahí presentes si gustaban de la presencia de un sacerdote para confesar a don Chuy y así poder hacerlo participe del Alimento Celestial. Todos a una voz dieron respuesta afirmativa.
A la mañana siguiente me hice acompañar de un sacerdote que nos asistía en la misión con la consigna de acercar a un fiel a la gracia por medio del sacramento de la Penitencia. Sin más, ya en la habitación el Padre acercó una silla junto a la cabeza de don Jesús y tras saludarlo comenzó a confesarlo (has de saber que el enfermo solo balbuceaba, el cáncer se había propagado hasta su garganta, dejándolo sin habla). El padre Miguel al comprender la situación en la que encontraba a don Jesús, siguió con el rito de la unción para los enfermos preparándolo para el bien morir, ofreciendo la gracia de Dios por medio de la bendición papal (bendición que se permite dar a los enfermos desahuciados) para concluir con esta obra de misericordia consumiendo el Cuerpo de Cristo.
El rostro del enfermo cambió radicalmente, de tristeza a una alegría incomparable, irradiando el esplendor de la gracia a la familia, gran paz inundó aquel lugar con los ahí presentes.
Pero todo no terminó en ese acto de misericordia, sino que dos días después, en aquella comunidad de misión, nos visitaba el obispo Leopoldo González, encargado de esa diócesis en Nogales, motivo de su visita pastoral. Al preguntarnos sobre alguna persona a la cual pudiera visitar por su enfermedad, no dudé en llevarlo con el señor Jesús Peralta. Acto seguido, el Obispo tuvo a bien orar tomándolo de la cabeza pidiendo a Dios le llenara de paz, así como a su familia. ¿Qué tenía Jesús Peralta para recibir tan magnifico regalo de Dios?
La misericordia de Dios es infinita, a pesar de nuestras limitantes humanas y de los juicios que puedan expresar los demás de nosotros, Él siempre nos ofrece su amor y perdón desinteresado.
A los que sentimos el llamado de Dios, nos debe comprometer a entregarnos sin reservas, ya que la gracia que se recibe en el Sacerdocio ministerial es incalculable. Nadie es digno de dicho don, sólo basta responder al llamado de Jesús que nos invita a estar con Él.
Nunca olvidaré aquella imagen que marcó mi decisión de seguir a Cristo por el camino del sacerdocio ministerial, un camino de servicio desinteresado con miras a la salvación de las almas.
El sacerdocio no es un privilegio, querido lector. Sí es, entrega total, desinteresada, amable, respetuosa, atenta, compasiva, misericordiosa, alegre, humilde, confiable, mostrando el rostro amoroso de Jesús. Es servicio como camino de santidad.

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