Fabián Acosta Rico
En el 2011 estallaron las protestas contra el sistema financiero, la simulación democrática, las desigualdades sociales y los abusos y excesos de las élites del poder y del dinero. Los manifestantes del 15 mayo que tomaron en Madrid, España, la plaza de la Puerta del Sol, o los que se sumaron al movimiento Ocupemos Wall Street, eran mayoritariamente jóvenes urbanos; muchos desempleados preocupados por la falta de oportunidades, y con ganas de emprender una revolución que pintara con los colores de la justicia, la inclusión y la igualdad, la vetusta fachada de una sociedad socavada por los dictados de un modelo económico neoliberal que, por consigna y naturaleza, sólo favorece a los dueños de los grandes capitales.
Mucho tenían de soñadores estos indignados, que creían que otro orden mundial era viable y posible; sin embargo, por falta de un organización sólida simplemente desaparecieron como movimiento. Hoy, los que portan chalecos amarillos y salen en masas a las calles a protestar contra el presidente de Francia, Emmanuel Macron, no están emparentados ni son los sucesores de los indignados. Quizá tengan en común con ellos que son también un movimiento anti-neoliberal y contra-sistémico; pero, su conformación social es distinta: los chalecos amarillos son, mayoritariamente, adultos y viejos que alzan la voz y protestan contra decisiones del gobierno tan impopulares como el elevar los precios de los combustibles.
Su distintiva prenda, la que les dio nombre e identificación, el chaleco amarillo es la prenda fosforescente que viene con todo auto y cuyo uso es obligado en algún incidente carretero; da visibilidad sobre todo de noche; y eso es lo que pretende estos hombres y mujeres de las zonas rurales y los suburbios: hacerse notar y oír por su gobierno al que acusan y le recriminan el tenerlos marginados e ignorados.
El movimiento de los chalecos amarillos se fue gestando en las redes sociales y se puede decir que carece de líderes protagónico o de prestigio (al menos político o económico); son más un colectivo de personas organizadas espontáneamente sin una ideología fija pero con muchas razones y causas por las cuales protestar. Reprueban que la administración de Macro siga implementando una política tributaria que sólo beneficia a los ricos. En ciertos sectores el movimiento prende, y tiene eco el discurso anti-inmigrante que le recrimina al estado el cuidar más del extranjero que del nativo.
Es una rebelión de los pequeños propietarios; de la clase media baja trabajadora, cuya indignación e inconformidad con el sistema y el estado no encontró domicilio ni plataforma en ninguno de los partidos; aunque por su perfil social y económico, el movimiento sería muy bien acogido por el Frente Nacional, la organización ultra derechista de Marine Le Pen; digamos que los Chalecos amarillos son la clientela política a la que espera reclutar y movilizar política y electoralmente el Frente. El movimiento de los Chalecos amarillos ha tenido réplicas en otros países como España, y cuenta con el respaldo de gobiernos como el de Italia, aunque en sus últimas protestas ha bajado de 300 mil manifestantes, como los que logró reunir en noviembre del 2018; a 100 mil personas en enero de este año.

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