No adulterarás… excepto si hablas en alemán

Después de tantas polémicas matrimoniales, tantas inquietudes sobre las posturas de los obispos que participaban en el Sínodo, sólo un círculo sinodal, el germánico, se ha manifestado a favor de las propuestas del cardenal Kasper para introducir el divorcio en la Iglesia. A diferencia de sus hermanos en el episcopado, los obispos de lengua alemana (y asimilados) han votado a favor de aceptar los segundos “matrimonios” entre católicos, dando la comunión a los que, según la enseñanza de la Iglesia, viven en adulterio público y permanente (cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2384).

El cardenal Christoph Schönborn, relator del círculo germánico, ha realizado unas declaraciones a Vatican Insider explicando la propuesta que ha hecho su círculo. A mi entender, estas declaraciones, que intentan justificar las propuestas kasperianas, lo que hacen es desacreditarlas aún más, porque queda aún más claro la falta de base teológica, magisterial, bíblica y tradicional de las mismas.

Asombrosamente, el cardenal Schönborn empieza afirmando que su grupo tomó “como punto de partida el texto de la encíclica «Familiaris consortio»” de Juan Pablo II y que es una “profundización y continuación” de ese documento. Dejemos a un lado el hecho de que se trata de una exhortación apostólica postsinodal y no de una encíclica, y vayamos al centro de la cuestión. Es sorprendente que el cardenal pretenda que creamos que quiere profundizar en la Familiaris Consortio, cuando lo que propone es exactamente lo contrario que esa exhortación postsinodal de San Juan Pablo II.

En Familiaris Consortio, Juan Pablo II citaba a Pablo VI para decir que la “apología del divorcio” es una “ofensa a los valores fundamentales de la familia” y “al verdadero bien del hombre” (FC 76). Asimismo, señalaba que el divorcio de católicos unido a una nueva unión era una “plaga que, como otras, invade cada vez más ampliamente incluso los ambientes católicos”, que estaba prohibido celebrar “ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse”, que la práctica de la Iglesia era su forma de profesar “la propia fidelidad a Cristo y a su verdad” y que lo que necesitan los divorciados es “la gracia de la conversión” (FC 84). Por supuesto, rechazaba de plano que los divorciados vueltos a casar pudieran comulgar:

“La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio” (Familiaris Consortio 84).

Es sorprendente que los defensores de la “plaga” que invade los “ambientes católicos”, los que niegan que los divorciados en una nueva unión necesiten la “gracia de la conversión”, los que afirman que pueden comulgar, los que dicen que esa “fidelidad a Cristo” de la Iglesia es falta de misericordia, los que niegan que el estado de vida de esos divorciados sea objetivamente contrario a la voluntad de Dios, es decir, los que rechazan todo lo que enseñaba la Familiaris Consortio sobre este asunto, tengan la desfachatez de apelar a Juan Pablo II. Yo entiendo que decir públicamente que el objetivo es destruir todo lo que el santo Papa polaco enseñó sobre la familia no iba a granjearles muchos amigos a los obispos germanos, pero, como hemos visto, la realidad es que eso es lo que pretende en concreto la propuesta del cardenal Kasper y otros obispos alemanes, con la ayuda, al parecer, del cardenal Schönborn. En ese sentido, la hipocresía de decir públicamente que se está “profundizando” en el magisterio de Juan Pablo II es ridícula, porque es evidente que lo que se intenta es lo contrario.

Además, el cardenal afirma que Recordemos dos puntos bastante conocidos de la enseñanza de la Iglesia:

“La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos” (Catecismo de la Iglesia Católica 2353).

“El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen” (Catecismo de la Iglesia Católica 2353).

No hace falta ser cardenal para entender las consecuencias de esto. ¿El divorciado en una nueva unión está verdaderamente casado con su nueva pareja? Si la respuesta del cardenal es afirmativa, o bien está negando el dogma de fe de la indisolubilidad del matrimonio o está admitiendo la bigamia (ya que ese hombre estaría casado a la vez con su “primera” esposa y con la “segunda). Si su respuesta es negativa, entonces lo que hace el cardenal con su propuesta es decir que la fornicación y el adulterio ya no son pecados graves. Así pues, la propuesta del cardenal y sus colegas germanos obliga a legitimar la fornicación, el adulterio, el divorcio o la bigamia (de hecho, parecen elegir las cuatro opciones, según el “argumento” que estén dando en cada momento). Pero, claro, nunca lo dicen con palabras tan llanas, porque resultaría escandaloso.

Tengo ya unos cuantos años a mis espaldas y estoy bastante curado de espantos, pero pocas veces he visto a un cardenal hablar de forma tan mundana:

“Por ejemplo, evaluar cómo se han comportado los divorciados que se han vuelto a casar con los hijos que tuvieron en la primera unión, cómo quedaron con el cónyuge abandonado, cuál es el efecto de su camino en el conjunto de las familias y cuál testimonio, o tal vez cuál escándalo, dan a la comunidad cristiana”.

Parece que estoy oyendo a un pagano. ¿Cómo puede preguntar cuál es el “testimonio” que dan a la comunidad cristiana los adúlteros? Los que adulteran no dan un testimonio, dan un antitestimonio. Por definición, el pecado, especialmente cuando no hay propósito de la enmienda, es lo contrario del testimonio cristiano. Cualquier cosa buena que pueda haber en la nueva situación no es gracias a ese falso matrimonio y la relación adúltera, sino a pesar de los mismos. Esas cosas buenas son, simplemente, las que el pecado que se está intentando legitimar aún no ha conseguido destruir.

¿Cómo pueden estos obispos pretender que, si la separación ha sido “amistosa”, entonces el divorcio es admisible? ¿Alguien se imagina a Cristo diciendo “El que repudia a su esposa y se une con otra comete adulterio, excepto si lo hace amistosamente”? Es inimaginable. El nivel teológico de estas afirmaciones es realmente ínfimo. Parece como si el deseo de agradar al mundo fuese debilitando la razón hasta extremos asombrosos.

A continuación, el cardenal clava un clavo más en la tapa del ataúd de su propuesta, diciendo:

“Pero no se puede afirmar simplemente que toda la situación es de pecado grave, porque honrar la nueva realidad y las nuevas situaciones objetivas es también una exigencia de justicia”.

Es curioso que precisamente el cardenal Schönborn no recuerde el Catecismo en cuya redacción colaboró, que se ocupa expresamente de este asunto:

“El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente” (Catecismo de la Iglesia Católica 2384)

¿Cómo vamos a “honrar” el adulterio, como nos pide el cardenal Schönborn? El nuevo “matrimonio” no sólo no atenúa la gravedad de ese adulterio, sino que lo hace más grave, porque lo convierte en público y permanente. Es la actitud de quien, en vez de arrepentirse de su pecado, se enorgullece del mismo y lo proclama a los cuatro vientos, escandalizando gravemente y dando un pésimo ejemplo a los que le rodean. Alabar la persistencia impenitente en el pecado es injustificable.

Para dar un barniz de responsabilidad, este cardenal dominico deforma por completo la postura de Santo Tomás:

“hemos vivido en el Sínodo un pequeño conflicto entre un agustinismo radical y el tomismo clásico. Agustín, en la «Civitas Dei» presenta la idea de que cada acto de los paganos es vicioso, que no hay virtud en ellos. Pero santo Tomás rechazó con fuerza esta posición […] Santo Tomás explica: aunque el paganismo sea idolatría, a pesar de ello, los paganos pueden cumplir actos verdaderamente virtuosos”.

Observemos cómo el cardenal juega con las palabras, para intentar plantear su propuesta como una mera cuestión de escuelas teológicas, cuando no lo es en absoluto. Para ello, no le importa deformar por completo la enseñanza de Santo Tomás. Claro que los paganos pueden hacer actos virtuosos, igual que un adúltero, un envidioso o un asesino pueden realizar actos virtuosos, como por ejemplo dar una limosna a un pobre. Pero de eso no se sigue en absoluto que el adulterio, la idolatría, la envidia o el asesinato dejen de ser pecados y pasen a ser una mezcla de bondad y maldad. Ni a San Agustín ni a Santo Tomás se les habría ocurrido decir nunca que había algo virtuoso en el pecado. Lo que haya de bueno en el pecador no está ahí por el pecado, sino a pesar de ese pecado. Esa virtud es, simplemente, lo que el pecado, ya sea de adulterio, de envidia o de lo que sea, todavía no ha conseguido destruir del todo. Pretender que hay que legitimar el pecado porque aún no ha logrado destruir todo el bien que Dios ha puesto en una persona es como alabar al ISIS porque todavía no ha arrasado España. Un despropósito. Y que un dominico apele a Santo Tomás para decir lo contrario de lo que enseñaba el Aquinate es otro despropósito, pero, como vimos con la apelación a la Familiaris Consortio, parece ser una práctica habitual de este tipo de argumentaciones teológicas.

Como se trata de una postura evidentemente contraria a la enseñanza de la Iglesia, se adereza con algunas vaguedades y con la apelación a la conciencia, entendida al modo relativista del mundo:

“Después hablamos sobre el criterio acaso más profundo, el del discernimiento de la conciencia de cada quien. Todo esto teniendo en cuenta la situación objetiva y con la atención al discernimiento de la situación concreta. De esta manera, se puede proceder en un camino de conversión, de penitencia (porque se requiere a menudo un aspecto de penitencia), para llegar finalmente a esta palabra de San Pablo dirigida a todos, no solo a los divorciados que se han vuelto a casar: cada quien se examina antes de acceder a la mesa del Señor”.

En este párrafo, el cardenal niega de nuevo la enseñanza de la Iglesia. Es especialmente sorprendente que pretenda hacerlo en forma de propuesta en un Sínodo, porque esto que sugiere fue condenado por la Iglesia con ocasión de dos sínodos de los obispos. Además de la Familiaris Consortio ya citada, recordemos, por ejemplo, la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tras el primer Sínodo sobre las familias y después de que, precisamente los obispos alemanes encabezados por el card. Kasper, intentaran esto mismo hace dos décadas:

“Por consiguiente, frente a las nuevas propuestas pastorales arriba mencionadas, esta Congregación siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la Iglesia al respecto. Fiel a la palabra de Jesucristo, la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación” (Carta del 14 de septiembre de 1994 de la Congregación para la Doctrina de la Fe a los obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar).

Por si esto fuera poco, Benedicto XVI volvió a dejarlo claro, después del Sínodo sobre la Eucaristía:

“El Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf.  Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucaristía. Sin embargo, los divorciados vueltos a casar, […]  cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa Misa, aunque sin comulgar […]” (Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Charitatis de Benedicto XVI, 2007).

Como enseña la Iglesia, el matrimonio civil tras un divorcio es una situación objetivamente contraria a la ley de Dios. Incluso aunque una persona, por una ignorancia verdaderamente asombrosa de la moral de la Iglesia, creyera que lo que hace está bien, aun así no podría comulgar debido a su situación objetiva, que contradice la esencia misma de lo que es la comunión eucarística. No se trata, pues, de un mero asunto de conciencia, porque el matrimonio es una realidad pública y social por su propia naturaleza. Además, en el caso en que una conciencia errónea implicase que el divorciado en una nueva unión no está cometiendo un pecado, lo que debería hacer el “itinerario penitencial” que defienden los obispos alemanes es educar esa conciencia para que fuera consciente de lo pecaminoso de sus actos. En consecuencia, la apelación a la conciencia trasluce necesariamente una concepción relativista de la misma, opuesta a lo que siempre ha enseñado la Iglesia sobre ella.

Después, aplicando el último truco del manual de la propaganda más descarada, el cardenal Schönborn apela al sentimentalismo y a los niños:

“Pero, ¿si con el paso del tiempo se crea una situación que implica también exigencias objetivas, por ejemplo hacia los hijos nacidos en la nueva unión? ¿Son simplemente hijos ilegítimos, a pesar de que tienen mamá y papá?”

Aparte del hecho de que todos los niños tienen mamá y papá, es triste ver cómo el cardenal utiliza a los niños para legitimar el pecado. ¿Es que si a un niño le apena mucho que su padre sea un ladrón o un asesino la Iglesia deberá legitimar el robo o el asesinato para que ese niño se sienta bien? El chantaje emocional es impropio de un teólogo y su uso implica la desesperación de quien no encuentra argumentos para defender una conclusión que, aun así, desea desesperadamente. La realidad es que, si queremos defender a los niños, lo último que debemos hacer es legitimar el adulterio y el divorcio en la Iglesia, porque basta mirar a nuestro alrededor para ver la inmensa cantidad de daños que han causado y siguen causando en nuestra sociedad esos pecados.

Recordémoslo una vez más, para que quede claro: las propuestas de estos obispos no “profundizan” nada, sino que son la negación completa y radical de toda la doctrina anterior sobre este asunto, especialmente la de San Juan Pablo II. El truco de decir una cosa y hacer la contraria sólo puede engañar a quien desea ser engañado y prefiere tener una excusa al alcance de la mano para no enfrentarse a la verdad de lo que están haciendo: desnaturalizar la doctrina católica sobre el matrimonio y la familia.

Como hemos visto, no es que la propuesta de estos obispos de lengua germana tenga algunos puntos débiles, es que no tiene ningún punto fuerte. Se basa, única y exclusivamente, en que el Mundo lo quiere y, por lo tanto, hay que retorcer y destruir la doctrina católica todo lo que sea necesario para darle al Mundo lo que quiere.

Francamente, estoy harto de todos estos jueguecitos verbales para enmascarar lo que se quiere decir realmente, para negar sin que lo parezca, para rechazar el magisterio de San Juan Pablo II a la vez que se le elogia con la boca pequeña. Estoy harto porque ése es el lenguaje del Mundo, que todos hemos escuchado hasta la saciedad como parte de las estrategias para introducir el divorcio, el aborto, la experimentación con embriones, el “matrimonio” entre personas del mismo sexo y la eutanasia en nuestras leyes y en nuestras sociedades. Oírlo ahora de la boca de algunos pastores de la Iglesia me asquea. Que vuestro sí sea sí y vuestro no sea no. Lo que pasa de ahí, viene del diablo.

Quizá el cardenal Kasper, el cardenal Schönborn y sus aliados deberían pensar que si sus propuestas suenan impías cuando se traducen al lenguaje llano es porque, en efecto, son impías y nunca deberían manchar los labios de un sucesor de los Apóstoles. Además, contra todas las intenciones “misericordiosas” de los que las proponen, los efectos de esas propuestas están a la vista en nuestras sociedades, que llevan tiempo poniéndolas en práctica: la disolución cada vez más avanzada del matrimonio y la familia. ¿Cómo se puede querer eso para la Iglesia?

Pidamos la intercesión de San Juan Pablo II, gran apóstol de la familia, para que Dios ilumine al Papa y a los obispos reunidos en Sínodo.

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