Juan López Vergara
El santo Evangelio que nuestra madre Iglesia ofreció el domingo anterior giraba en torno al misterio del mal, enfrentado por Jesús con la fuerza de la Palabra de Dios. Hoy, segundo domingo de Cuaresma, en la escena de la Transfiguración del Señor, nos es revelado el inefable misterio de su soberana majestad, al tomar conciencia de su filiación (Lc 9, 28-36).
El evangelista de la oración
Muchos rasgos distinguen el relato lucano de sus paralelos sinópticos (compárese Mt 17, 1-9; Mc 9, 2-10). De entre éstos nos referimos a la oración, por la crisis de interioridad que informa el espíritu de la época. Es una descripción original. Muestra a Jesús invitando a tres discípulos a subir “a un monte para hacer oración” (v. 28; compárese con Mt 17, 1; Mc 9, 2). Lucas subraya que precisamente cuando Jesús “oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes” (v. 29; compárese con Mt 17, 2 y Mc 9, 2-3).
El tercer Evangelio destaca por mostrar nueve veces a Jesús orando; de las cuales solo dos tienen paralelo en los otros evangelios sinópticos: Lc 10, 21-22 // Mt 11, 25-27; Lc 22,41 // Mc 14, 35; Mt 26, 39. Y las siete restantes se hallan cuidadosamente situadas: durante su Bautismo (véase 3, 21); después de realizar varias curaciones (véase 5, 16); antes de la elección de los Doce (véase 6, 12); en el relato de la confesión de fe de Pedro (véase 9, 18); en el momento de la Transfiguración (véase 9, 28-29); antes de la enseñanza del Padrenuestro (véase 11, 1); y en la crucifixión (véase 23, 34.46).
Jesús, maestro supremo de la oración
Lucas tiene interés en presentar a Jesús como un asiduo orante, quien se retiraba a lugares solitarios para comunicarse con su Padre. A partir de Él, hemos aprendido a invocar a Dios, con la misma confianza e intimidad con que se relaciona un hijo con su papá: “Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino […]” (Lc 11, 2).
R. Voillaume, en un libro precioso, un clásico: En el corazón de las masas, STVDIVM ediciones, Madrid 1968 (Sexta edición), págs. 92-93, que puso en mis manos el padre José María Miñambres, uno de esos tantos sacerdotes humildes y compasivos y sabios, exhortándome a meditar:
“Jesús seguirá siendo siempre el maestro supremo de la oración, no tan sólo porque habló de ella con pleno conocimiento de causa, sino por el ejemplo de su vida, porque oró mejor que cualquier otro hombre. Jesús vivió la oración perfecta en una vida particularmente atropellada, a veces agotadora. Pero por encima de todo, sigue siendo el Maestro de vuestra oración, ya que Él sólo, gratuitamente y por amor, puede introducir en la inteligencia, en la memoria y en el corazón, el verdadero espíritu de la oración. Nadie sabrá orar mientras que Jesús mismo no se lo haya enseñado en su interior”.
El Padre, centro de gravedad de la vida de Jesús
En la comunión de un amor filial absoluto, la vida y las enseñanzas de Jesús nos reenvían una y otra vez al verdadero centro de gravedad de su vida, que es su Padre (compárese Lc 2, 49).
En el Horeb, Dios se manifestó a Moisés, en la zarza ardiente (véase Ex 3, 1-3). El pueblo elegido vio el monte Sinaí cubierto de humo, pues Dios había descendido sobre él en el fuego (véase Ex 19, 18). Lucas describe que Jesús se retiró a orar al monte, y aunque no especifica su nombre, destaca que en aquel lugar «vino una voz desde la nube, que decía: ‘Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle’» (v. 35).
Es un significativo momento de la vida interior de Jesús: La revelación y toma de conciencia de Hijo, que coincide con el momento de su bautismo, y todo ello ocurrió mientras se hallaba en oración (compárese v. 29 y Lc 3, 21).

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