Declaración de París/ Intelectuales alzan la voz por una Europa ‘en la que podamos creer’

Dibujo sobre las diferencias entre los países europeos

Reconocidos intelectuales como Rémi Brague, Chantal Delsol, Ryszard Legutko, Roger Scruton o Robert Spaemann han firmado un manifiesto por el futuro del continente que pretenden convertir en una invitación a sus conciudadanos para promover la verdadera Europa frente a la ofensiva de utopías progresistas que la están ahogando. El origen de esta declaración es un encuentro el pasado mes de mayo en París en el que se expresó la preocupación común por el estado actual de una Europa desilusionada y desorientada por ideologías contrarias a su legado. En vez de limitarse a quejarse, los promotores de este manifiesto decidieron que era necesario hacer un llamamiento público a redescubrir la verdadera Europa. El manifiesto entero puede leerse aquí, pero desde Actuall resumimos en 15 puntos las ideas principales que propugna.

1. Europa nos pertenece y nosotros pertenecemos a Europa.

Estas tierras son nuestro hogar; no tenemos otro. Los motivos por los que amamos a Europa superan nuestra habilidad para explicar o justificar nuestra lealtad. Es cuestión de historias, esperanzas y amores compartidos. Ésta es la Europa real, nuestra preciosa e irreemplazable civilización.
La falsa Europa se felicita a sí misma como la precursora de una comunidad universal que no es ni universal ni comunidad

2. Europa es nuestro hogar

Europa, con todas sus riquezas y grandezas, está amenazada por una falsa comprensión de sí misma. Esta falsa Europa se imagina a sí misma como la culminación de nuestra civilización, pero en realidad quiere confiscar nuestro hogar. Sus partidarios son huérfanos por elección y pretenden que ser huérfano, no tener hogar, es un noble logro. De este modo, la falsa Europa se felicita a sí misma como la precursora de una comunidad universal que no es ni universal ni comunidad.

3. Una falsa Europa nos amenaza

Los patrocinadores de la falsa Europa están fascinados por la superstición de un progreso inevitable. Están convencidos de que la Historia está de su lado y esta fe les hace arrogantes y desdeñosos, incapaces de reconocer los defectos del mundo post-nacional y post-cultural que están construyendo. Al mismo tiempo tienen un enorme cuidado de no ofender a los musulmanes, quienes imaginan que adoptarán alegremente su visión secular y multicultural. Y todo esto lo hace, por supuesto, en nombre de la libertad y la tolerancia.  

4. Debemos defender la Europa real

La verdadera Europa espera y anima la participación activa en el proyecto común de la vida política y cultural. El ideal europeo es de solidaridad basada en el asentimiento a un cuerpo de leyes que se aplica a todos pero es limitado en sus demandas. En el pasado, los europeos lucharon para hacer nuestros sistemas políticos más abiertos a la participación popular y estamos justamente orgullosos de esta historia. Esta dedicación a la reforma hace de Europa un lugar que busca siempre una mayor justicia. Este espíritu de progreso nace de nuestro amor y lealtad hacia nuestras tierras patrias.  

5. No somos sujetos pasivos

La verdadera Europa es una comunidad de naciones. Tenemos nuestras lenguas, tradiciones y fronteras. Sin embargo siempre hemos reconocido un parentesco común, incluso cuando hemos estado en desacuerdo o nos hemos enfrentado en guerras. La fascinación de la forma imperial perduró, pero el estado-nación prevaleció como la forma política que une personalidad con soberanía. De este modo el estado-nación se convirtió en el distintivo de la civilización europea.

6. El estado-nación es una marca distintiva de Europa

Una comunidad nacional se enorgullece de gobernarse a sí misma a su modo, a menudo presume de sus grandes logros nacionales en las artes y las ciencias, y compite con otras naciones, a veces en el campo de batalla. Por el contrario, el cosmopolitismo europeo reconoce que el amor patriótico y la lealtad cívica se abren a un mundo mayor

7. No apoyamos una unidad impuesta y forzada

La verdadera Europa ha sido marcada por el cristianismo. El imperio espiritual universal de la Iglesia trajo la unidad cultural a Europa, pero lo hizo sin un imperio político. Esto ha permitido que florezcan lealtades cívicas dentro de una cultura europea compartida.
La falsa Europa no promueve realmente una cultura de la libertad. Promueve una cultura de homogeneidad de mercado
No es ningún accidente que el declinar de la fe cristiana en Europa haya estado acompañado por renovados esfuerzos para establecer una unidad política, un imperio de dinero y regulaciones, recubierto con sentimientos de universalismo pseudo-religioso, que está siendo construido por la Unión Europea.        

8. El individualismo, el aislamiento y la falta de sentido se generalizan

Al mismo tiempo que escuchamos alardes de una libertad sin precedentes, la vida europea está más y más regulada hasta el último detalle. Las normas, a menudo confeccionadas por tecnócratas sin rostro coordinados con poderosos intereses, gobiernan nuestras relaciones laborales, nuestras decisiones empresariales, nuestras calificaciones educativas, nuestros medios de comunicación y entretenimiento. La corrección política impone fuertes tabúes que consideran desafíos al status quo más allá de lo aceptable. La falsa Europa no promueve realmente una cultura de la libertad. Promueve una cultura de homogeneidad de mercado y conformidad políticamente impuesta.  

9. El multiculturalismo es inviable

La mayoría de nuestra clase dirigente asume la superioridad de la cultura europea, que no debe de ser afirmada en público de modo que pueda ofender a los emigrantes. Dada esa superioridad, piensan que la asimilación ocurrirá de modo natural y de forma rápida. En un eco irónico del pensamiento imperialista de la vieja clase dirigente europea, asumen que, de alguna manera, por las leyes de la naturaleza de la historia, “ellos” se convertirán necesariamente en “nosotros”, y no conciben que lo contrario pueda ser verdad.  

10. La tiranía tecnocrática aumenta

Privadas de altos ideales y desalentada toda expresión de orgullo patriótico por la ideología multiculturalista, nuestras sociedades tienen ahora dificultades para aglutinar una voluntad de autodefensa. Tenemos que ser, una vez más, francos: las sociedades europeas se están descomponiendo. Si abrimos los ojos, vemos un uso cada vez mayor del poder del gobierno, la ingeniería social y el adoctrinamiento educativo.  

11. Ha arraigado una cultura del repudio

Nuestras clases gobernantes están promoviendo los derechos humanos. Trabajan para combatir el cambio climático. Están construyendo una economía de mercado más integrada globalmente y armonizando las políticas fiscales. Están supervisando los movimientos hacia la igualdad de género.
Para recuperar nuestra voluntad política e histórica es imperativo que re-secularicemos la vida pública europea
¡Están haciendo tanto por nosotros! ¿Qué importa cuáles sean los mecanismos por los que han ocupado sus puestos? ¿Qué importa si los pueblos europeos son cada vez más escépticos acerca de su generosa ayuda?  

12. Existe una alternativa

La tarea de renovación empieza con la reflexión teológica. Las pretensiones universalistas y universalizadoras de la falsa Europa revelan que estamos ante una empresa que es un sucedáneo religioso, con sus inflexibles credos y anatemas. Éste es el potente opiáceo que paraliza el cuerpo político europeo. Debemos insistir en que las aspiraciones religiosas tienen su lugar correcto en la esfera de la religión, no en el de la política, y mucho menos en el de la administración burocrática. Para recuperar nuestra voluntad política e histórica es imperativo que re-secularicemos la vida pública europea.      

13. Deberíamos renovar la unidad nacional y la solidaridad

Después de la Segunda Guerra Mundial, en la Europa Occidental surgieron vigorosas democracias. Después del colapso del Imperio Soviético, las naciones centroeuropeas restauraron su vitalidad civil. Estos son algunos de los logros más valiosos de Europa. Pero se perderán si no abordamos la inmigración y el cambio demográfico en nuestras naciones. Sólo los imperios pueden ser multiculturales; la Unión Europea lo será si no logramos consagrar una solidaridad renovada y unidad cívica como criterios para encauzar las políticas de inmigración y las estrategias para su asimilación.        

14. El matrimonio y la familia son esenciales

El matrimonio es el fundamento de la sociedad civil y la base para la armonía entre hombres y mujeres. Es el vínculo íntimo organizado para sustentar un hogar y criar a los hijos. Afirmamos que nuestros roles más importantes en la sociedad y como seres humanos son los de padres y madres. El matrimonio y los hijos son integrales a cualquier visión del progreso humano. Los hijos requieren sacrificios de aquellos que los traen al mundo. Este sacrificio es noble y debe de ser reconocido. Apoyamos políticas sociales prudentes encaminadas a fomentar y fortalecer el matrimonio, la maternidad y la educación de los hijos. Una sociedad que falla al dar la bienvenida a los niños no tiene futuro.  

15. Nuestro futuro es la verdadera Europa

En este momento, pedimos a todos los europeos que se unan a nosotros en el rechazo de la fantasía utópica de un mundo multicultural sin fronteras. Amamos, y es justo que así sea, nuestras patrias y buscamos entregar a nuestros hijos todo lo noble que hemos recibido como patrimonio nuestro. Como europeos también compartimos una herencia común y esta herencia nos exige vivir juntos en paz como una Europa de las naciones. Renovemos la soberanía nacional y recuperemos la dignidad de una responsabilidad política compartida para el futuro de Europa. Firmantes del manifiesto en España: Dalmacio Negro Pavón Francisco J. Contreras Peláez Rafael Sánchez Saus Juan Bautista Fuentes Elio A. Gallego García Jerónimo Molina Serafín Fanjul Francisco Javier García Alonso Macario Valpuesta Bermúdez Emili Boronat Ignacio Ibáñez Ferrándiz Pedro Fernández Barbadillo Javier Ruíz Portella Arnaud Imatz Álex Rosal Ángel David Martín Rubio Enrique García Máiquez Jorge Soley Climent Jorge Sánchez de Castro Carlos Ruiz Miguel

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