Homilía del Cardenal Aguiar en el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario

Se atiborran de vino, se ponen los perfumes más costosos, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos (Amós 6, l. 4-7).

Estas son duras palabras dirigidas a los poderosos del Reino de Israel por el profeta Amós. Debemos centrarnos en qué es lo que denuncia el profeta, podría alguien decir que está denunciando a los ricos, a los que acumulan dinero y bienes, o ¿qué piensan ustedes?

Lo que está denunciando es la falta de sensibilidad hacia los que sufren desgracias, es decir, no se condena a quien como fruto de su trabajo, honesto y constante, va creciendo en disposición económica, sino al despilfarro de la misma sin atender a las necesidad del prójimo.

Este es el punto que tanto el profeta Amós nos recuerda y le exhortó a su pueblo, pero no le hicieron caso, y el Reino de Israel -como también lo señaló el profeta- quedó devastado, desapareció hacia el 722 antes de Cristo. Nunca volvió a resurgir ese Reino del norte.

Nosotros después hemos escuchado a Jesús en el Evangelio de hoy (Lc 16, 19-31), que propone esta parábola en la misma línea del Profeta Amós, cuando muestra que el rico no tuvo ni siquiera la deferencia de darle algo mínimo, a quien en la puerta de su casa todos los días se encontraba, enfermo, llagado, y él pasaba sin advertirlo.

La insensibilidad hacia las necesidades del prójimo es lo que está señalando Jesús, Él lo hizo en vida, su testimonio en los Evangelios nos muestra cómo se acercaba a todos los que acudían a Él y a todos los necesitados. Rompiendo también incluso señalamientos de la ley, buscando siempre centrar a la persona como prioritaria en la atención, según el espíritu de la misma ley. Las leyes son para servir al hombre y no el hombre para servir a las leyes.

Por eso es tan interesante esta propuesta, que siguiendo el llamado del Papa Francisco, les he hecho hoy, aquí, para iniciar la Megamisión en nuestra Arquidiócesis. No vamos a hacer una misión general, de visitar a quien nos toca de vecinos, sino a cinco ambientes de necesitados, como ustedes lo escucharon.

Ambientes de pobreza, de quien está privado en las cárceles de su libertad por la causa que sea, ambientes de migrantes, ambientes también de quienes sufren con constancia desastres ecológicos. Son ambientes, como los enfermos en los hospitales, que nos necesitan.

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Por eso agradezco de corazón a todos los que se han ido inscribiendo para participar en esta Megamisión todo el mes de octubre. Pidámosle al Señor que estas acciones nos ayuden también a que en la colaboración con los más necesitados crezcamos en esa solidaridad y fraternidad que necesita tanto nuestra Ciudad de México y el País en general.

No es el camino de las confrontaciones violentas lo que nos da la paz, la tranquilidad; es el camino del diálogo, de la puesta en común, de la concertación y de alcanzar que a todos nos llegue el bienestar para una vida digna.

Hermanos, pidámosle esto hoy aquí en esta Eucaristía, el fruto de esta gran misión y la consecuencia de mirar por los más necesitados para que nuestra sociedad sea más solidaria y fraterna.

También pidamos por estas otras intenciones que nos han dicho, porque el turismo sea una industria que ofrezca empleo y porque atendamos al migrante y al refugiado.

Digámosle a María de Guadalupe, madre, tú eres nuestra madre, tú eres amablemente misericordiosa, te manifiestas como tu hijo Jesús, y te tenemos tanto amor y confianza que aquí estamos reunidos en torno a tu bendita imagen. Ayúdanos para crecer y poder llegar a ser un México digno, un México fraterno, un México solidario.

Que así sea.

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