En ese sentido matizó que al referirnos a la Virgen no debemos hacerlo "solo a base de emotividades, corazonadas o cosas bonitas", sino "fundamentando" ese amor.
Centrándose primero en los evangelistas el Obispo subrayó que "San Mateo escribe lo que los familiares de San José le dicen, y presenta a María como el milagro de Dios", mientras que "San Lucas es el depositario de los secretos de la Virgen y la introduce como alguien en quien se cumplen las dos primeras bienaventuranzas: dejar a Dios ser Dios y dejar que Dios entre en nuestra vida".
Mons. Berzosa explicó también que tanto el dogma de la Virginidad Perpetua y el de la Maternidad Divina "reafirman que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre", mientras que los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la Asunción a los Cielos "enseñan dos cosas muy importantes para el hombre: que el pecado no arruina nuestra naturaleza y que en este mundo estamos de paso".
El Prelado también recordó el amor a la Virgen que han tenido los últimos papas. Por eso tomó una frase de San Juan XXIII en la que hablaba a los sacerdotes y decía: "Cada uno de nosotros tiene que ser como la Virgen María: Jesucristo, en el corazón; la cabeza, en la eternidad; las manos, una en la Eucaristía y otra en los pobres; y los pies, pisando la tierra, pero sobre la tierra, para no enfangarnos en ella".
Para el Beato Pablo VI, la vida cristiana debía consistir en tres ‘M’: "Reconocer nuestra miseria para pedir misericordia y cantar el Magnificat".
Con San Juan Pablo II el Obispo recordó que fue él quien instituyó los misterios Luminosos del Rosario y apuntó que el Papa emérito Benedicto XVI resumía la mariología en cinco verbos: "Fiat (hágase), Magnificat (alegrarse), conservabat (meditaba), stábat (fidelidad) y gaudebat (testimonio)", verbos referidos a la Anunciación, la visita a Santa Isabel, la alusión del evangelista San Lucas de que la Virgen meditaba en su corazón los hechos de la vida del Señor, la firmeza de la Madre a los pies de la Cruz y la alegría final de la Resurrección.
Mons. Berzosa también insistió en que las apariciones de la Virgen nos advierten de que "nos hemos convertido en dioses", y por eso "frente a la muerte, el odio y la desunión que caracterizan un mundo contrario a lo que Dios quiere, la Virgen nos llama a hacer realidad el sueño de Dios por medio de la vida, el amor y la comunión".
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