El Arzobispo de Barcelona aseguró en su carta semanal que al vivir en un mundo globalizado, donde todo se mueve a gran velocidad, también se acelera el deseo de gastar dinero a costa de lo que sea, “hasta el punto de perder los escrúpulos y considerar a las personas una mera mercancía”.
“Tenemos muchos ejemplos extremos de esta falta de estima y sensibilidad hacia el ser humano. La explotación y el tráfico de personas es un ejemplo y una triste realidad, que a veces no queremos ver”, precisó.
En ese sentido el Purpurado aseguró que según la Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Crimen Organizado, existen diversas formas de explotación humana que vulneran los derechos fundamentales de las personas: la mendicidad, los matrimonios forzados o fraudulentos, el tráfico de órganos.
Sin embargo precisó que “la explotación sexual, conjuntamente con la explotación laboral, es la más extendida” y apuntó que según la Oficina de las Naciones Unidas, “la prostitución y el turismo sexual son el segundo negocio del mundo por el dinero que mueve, después del tráfico de drogas”.
“El mercadeo con seres humanos es una actividad económica ilegal, que a menudo observamos desde la distancia, aunque la tenemos muy cerca. Tristemente hay un gran silencio sobre este gran drama que afecta directamente a muchas personas, pero que, en realidad, también afecta a toda la sociedad”, subrayó el Cardenal Omella.
Señaló que “la explotación sexual es difícil de identificar porque estamos hablando de personas, la mayoría mujeres, que han sido captadas y forzadas a ejercer la prostitución bajo amenazas, el uso de la fuerza u otras formas de coacción que ponen en peligro la propia vida o la de sus familiares”.
Precisamente por estar involucrada su familia, “a las víctimas les resulta muy difícil expresar y explicar la situación que padecen”, asegura el Purpurado y subraya que se calcula que “en la ciudad de Barcelona el 90% de las mujeres que ejercen la prostitución son inmigrantes, la mayoría víctimas potenciales del tráfico de seres humanos. Muchas de ellas malviven por las calles, carreteras y pisos de toda la ciudad, donde se hace aún más difícil el acceso y la detección de explotación”.
Ante esta dramática situación, el Cardenal agradeció el trabajo que realizan “de manera discreta y tenaz entidades de Iglesia especializadas en atender a estos colectivos, como es el caso de la congregación de las Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor y las Hermanas Adoratrices”.
Según explica, desde hace unos treinta años estas instituciones atienden a mujeres “que viven en contextos de prostitución y/o que son víctimas de trata con fines de explotación sexual”.
“No es una misión sencilla, pero trabajan por la construcción de espacios de acogida, de protección y de promoción humana que favorezcan la autonomía, la libertad, la realización personal y la integración a nivel social y laboral de estas hermanas nuestras”, precisó el Purpurado.
Además aseguró que “trabajan también en la transformación de las estructuras sociales que generan exclusión, injusticia, estigmatización y explotación, realizando acciones de denuncia y de sensibilización sobre su situación”.
El Cardenal hizo un llamamiento para que “esta realidad silenciada nos sacuda y conmueva” y animó a que “en la medida que podamos, no seamos cómplices de este silencio”. “Hagamos que las víctimas de cualquier tipo de explotación no vivan más en la oscuridad. Démosles luz y esperanza”, pidió.
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