Cfr. www.almudi.com)
Domingo de la semana 24 de tiempo ordinario; ciclo A

(Eccli 27,33-28,9) "Perdona la ofensa a tu prójimo"
(Rm 14,7-9) "En la vida y en la muerte somos del Señor"
(Mt 18,21-35)"Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?
Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía durante la Misa en Westover Hills, en San Antonio (Estados Unidos) (13-IX-1987)
--- Las postrimerías
--- La experiencia del pecado
--- El Sacramento del perdón
--- Las postrimerías
Hoy es domingo: día del Señor. Hoy es como el “séptimo día” del cual el libro del Génesis dice que “descansó Dios el séptimo día de cuanto hiciera (Gen 2,2). Habiendo completado la obra de la creación, Él “descansó”. Dios se complació en su obra: “y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Gen 1,31). “Y bendijo el día séptimo y lo santificó” (Gen 2,3).
En este día estamos llamados a reflexionar más profundamente sobre el misterio de la creación, y por lo tanto sobre nuestras propias vidas. Estamos llamados a “descansar” en Dios, el Creador del universo. Nuestro deber es alabarlo: “Bendice, alma mía, al Señor... bendice, alma mía al Señor y no olvides sus beneficios” (Sal 102/103, 1-2). He aquí la tarea de todo hombre. Sólo la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, es capaz de elevar un himno de alabanza y de acción de gracias al Creador. La tierra, con todas sus criaturas, y el universo entero, invitan al hombre a ser su portavoz. Sólo la persona humana es capaz de elevar desde lo profundo de su ser ese himno de alabanza, proclamado sin palabras por toda la creación: “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre” (Sal 102/103,1).
¿Cuál es el mensaje de la liturgia de hoy? San Pablo nos dice: "Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos” (Rm 14,7-8).
Estas palabras son concisas pero encierran un mensaje conmovedor. “Vivimos” y “morimos”. Vivimos en este mundo material que nos rodea, limitados por los horizontes de nuestra peregrinación terrena a través del tiempo. Vivimos en este mundo, con la perspectiva inevitable de la muerte, ya desde el momento de la concepción y el nacimiento. Y, sin embargo, debemos mirar más allá del aspecto material de nuestra existencia terrena. Sin duda, la muerte corporal es un paso necesario para todos nosotros; pero también es cierto que lo que desde su propio principio ha nacido a imagen y semejanza de Dios no puede volver completamente a la materia corruptible del universo. Esta es una verdad y una actitud fundamental de nuestra fe cristiana. Con las palabras de San Pablo “si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos”. Vivimos para el Señor, y también el morir es para nosotros vida en el Señor.
Os invito a no olvidar nuestro destino inmortal: la vida después de la muerte, la eterna felicidad del cielo, o la terrible posibilidad del castigo eterno, la separación eterna de Dios en lo que la tradición cristiana ha llamado infierno (cfr. Mt 25,41; 22,13; 25,30). No puede haber una vida verdaderamente cristiana sin una apertura a esta dimensión trascendente de nuestras vidas. “En la vida y en la muerte somos del Señor” (Rm 14,8).
La Eucaristía que celebramos constantemente confirma nuestro vivir y morir “en el Señor”: “Te entregaste a la muerte y, resucitando, destruiste la muerte, y nos diste vida nueva”. En efecto, San Pablo escribió, “Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14,9). Sí, ¡Cristo es el Señor!
El misterio pascual transforma nuestra existencia humana para que no siga estando bajo el dominio de la muerte. En Jesucristo, nuestro Redentor, “vivimos para el Señor” y “morimos para el Señor”. Por Él, con Él y en Él pertenecemos a Dios en la vida y en la muerte. Existimos no sólo “para morir” sino “para Dios”. Por esta razón, en este día “que hizo Yavé” (Sal 117/118,24), la Iglesia por todo el mundo da su bendición desde las mismas profundidades del misterio pascual de Cristo: “Bendice... y no olvides sus beneficios” (Sal 102/103,1-2).
--- La experiencia del pecado
“¡No olvides!”. La lectura de hoy del Evangelio de San Mateo nos da un ejemplo de un hombre que ha olvidado (cfr. Mt 18,21-35). Ha olvidado los favores que le ha dado su Señor, y, en consecuencia, se ha mostrado cruel y despiadado con su prójimo. De esta manera la liturgia nos presenta la experiencia del pecado que se ha desarrollado desde el principio de la historia del hombre paralelamente a la experiencia de la muerte.
Morimos corporalmente cuando todas las energías de nuestra vida se extinguen. Morimos por el pecado cuando el amor muere en nosotros. Fuera del Amor no hay Vida. Si el hombre se opone al amor y vive sin amor, la muerte se arraiga en su alma y crece. Por esta razón Cristo exclama, “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13,34). La llamada al amor es una llamada a la vida, al triunfo del alma sobre el pecado y la muerte. La fuente de esa victoria es la cruz de Jesucristo: su muerte y resurrección.
De nuevo, en la Eucaristía, nuestras vidas quedan afectadas por la victoria radical de Cristo sobre el pecado, pecado que es la muerte del alma y -en definitiva- la razón de nuestra muerte corporal. “Para esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos” (cfr. Rm 14,9), para que pudiera dar vida nuevamente a los que están muertos en el pecado o por el pecado.
Por eso la Eucaristía comienza con el rito penitencial. Confesamos nuestros pecados para obtener el perdón por medio de la cruz de Cristo y así participar en su resurrección de entre los muertos. Pero si nuestra conciencia nos reprocha por algún pecado mortal, nuestra participación en la Misa sólo puede ser totalmente fructífera si antes recibimos la absolución en el sacramento de la penitencia.
--- El Sacramento del perdón
El misterio de la reconciliación es una parte fundamental de la vida y la misión de la Iglesia. Sin pasar por alto ninguna de las muchas maneras en las cuales la victoria de Cristo sobre el pecado se hace una realidad en la vida de la Iglesia y del mundo, considero importante hacer hincapié en que es sobre todo en el sacramento del perdón y la reconciliación donde el poder de la sangre redentora de Cristo se hace eficaz en nuestras vidas personales.
En diferentes partes del mundo existe una gran negligencia del sacramento de la penitencia. Ello va a menudo asociado a un oscurecimiento de la conciencia moral y religiosa, a una pérdida del sentido del pecado o a una carencia de instrucción adecuada sobre la importancia de este sacramento en la vida de la Iglesia de Cristo. A veces la negligencia surge porque no tomamos en serio nuestra falta de amor y de justicia y el correspondiente ofrecimiento de Dios de misericordia reconciliadora. A veces hay una duda o una renuncia a aceptar con madurez y responsabilidad las consecuencias de las verdades objetivas de la fe. Por estas razones es necesario recalcar una vez más que “sobre la esencia del sacramento ha quedado siempre sólida e inmutable en la conciencia de la Iglesia la certeza de que, por voluntad de Cristo, el perdón es ofrecido a cada uno por medio de la absolución sacramental, dada por los ministros de la penitencia” (Reconciliatio et Paenitentia 30).
Pido a todos los obispos y sacerdotes que hagan todo lo posible para que la administración de este sacramento sea un aspecto primario de su servicio al Pueblo de Dios. Nada puede sustituir los medios de gracia que Cristo mismo ha puesto en nuestras manos. El Concilio Vaticano II nunca intentó que este sacramento de la penitencia fuera practicado con menor frecuencia. Lo que el Concilio expresamente pidió fue que los fieles pudieran entender más fácilmente los signos sacramentales y recurrieron a los sacramentos con mayor deseo y frecuencia (cfr. Sacrosanctum Concilium, 59). Y precisamente porque el pecado toca muy de cerca a la conciencia individual, comprendemos por qué la absolución de los pecados debe ser individual y no colectiva, salvo en circunstancias extraordinarias aprobadas por la Iglesia.
Os pido que no veáis la Confesión como un mero intento de liberación psicológica -por más legítimo que esto pueda ser- sino como un sacramento, un acto litúrgico. La Confesión es un acto de honradez y valentía: un acto de entrega a nosotros mismos, más allá del pecado, a la misericordia de un Dios que ama y perdona. Es un acto del hijo pródigo que regresa a su Padre y es recibido por él con un beso de paz. Es fácil entender por qué “cada confesionario es un lugar privilegiado y bendito desde el cual, canceladas las divisiones, nace nuevo e incontaminado un hombre reconciliado, un mundo reconciliado” (Reconciliatio et paenitentia 31).
El potencial de una renovación auténtica y vibrante de toda la Iglesia católica a través de un uso más fiel del sacramento de la penitencia es inconmensurable. ¡Fluye directamente del corazón amoroso de Dios mismo! Esta es una certeza de fe que ofrezco a cada uno de vosotros y a toda la Iglesia en Estados Unidos.
Hago esta llamada a todos los que han estado alejados del sacramento de la reconciliación y del amor clemente: ¡Regresad a esta fuente de gracia; no tengáis miedo! Cristo mismo os espera. ¡Él os sanará y vosotros estaréis en paz con Dios!
A todos los jóvenes de la Iglesia les hago una invitación especial a recibir el perdón de Dios y su fuerza en el sacramento de la penitencia. Es un signo de grandeza ser capaces de decir: he cometido un error; he pecado, Padre; te he ofendido, mi Dios; estoy arrepentido: te pido perdón; lo intentaré nuevamente, porque confío en tu fuerza y creo en tu amor. Y sé que el poder del misterio pascual de tu Hijo -la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo- es más grande que todas mis flaquezas y que todos los pecados del mundo. ¡Iré y confesaré mis pecados, seré curado y viviré tu amor

Publicar un comentario