Comentarios sobre el Instrumentum Laboris (I)


El pasado jueves se presentó el “Instrumetum Laboris”, documento de trabajo previo al próximo Sínodo Extraordinario sobre la Familia. Como quiera que me ocupa 62 páginas en un archivo de Word, es imposible que lo comente punto por punto. Pero sí compartiré con vosotros mis impresiones sobre algunos párrafos. Pondré el punto donde se encuentran. Las negritas, siempre son mías:



8. En las zonas en las que sigue viva una tradición cristiana y una pastoral bien organizada, se encuentran personas sensibles a la doctrina cristiana sobre el matrimonio y la familia. En otras partes, por motivos distintos, se encuentran numerosos cristianos que incluso ignoran la existencia de estas enseñanzas.



Obviamente hay que llevar esa pastoral bien organizada allá donde los fieles ni siquiera conocen lo que la Iglesia enseña. Porque si no lo conocen, ¿cómo van a poder ponerlo por práctica o usarlo como guía para sus vidas?



9. En general, se puede decir que hoy la enseñanza de la Biblia, sobre todo de los Evangelios y las Cartas paulinas, es más conocida. Sin embargo, de parte de todas las Conferencias Episcopales se afirma que queda mucho por hacer para que tal enseñanza se convierta en el fundamento de la espiritualidad y la vida de los cristianos también en relación a la familia. Asimismo, en no pocas respuestas, se observa entre los fieles un gran deseo de conocer mejor la Sagrada Escritura.



La Palabra de Dios no basta con conocerla. Tiene que ser guía para la vida del cristiano. Si no, se queda en papel mojado, en texto muerto. Dice Hebreos que “la palabra de Dios es viva, eficaz y tajante, más que una espada de dos filos, y penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta las coyunturas y la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb 4,12). Hagamos que eso sea algo más que una bonita definición.



10. En esta perspectiva, resalta cuán decisiva es la formación del clero y en particular la calidad de las homilías, sobre lo que recientemente el Santo Padre Francisco ha insistido (cfr. EG 135-144). En efecto, la homilía es un instrumento privilegiado para presentar a los fieles la Sagrada Escritura en su valor eclesial y existencial. Gracias a una predicación adecuada, se pone al pueblo de Dios en la condición de apreciar la belleza de la Palabra que atrae y conforta a la familia.



Muy bien. ¿Se hace? Y si no se hace, ¿qué se piensa hacer para que se haga? ¿deberían los obispos dar instrucciones claras a sus sacerdotes para que ofrezcan una predicación adecuada, conforme a lo que enseña la Escritura y la Iglesia?



11. El conocimiento de los documentos conciliares y postconciliares del Magisterio sobre la familia, de parte del pueblo de Dios, en general es escaso. Ciertamente, los entendidos en ámbito teológico los conocen. Sin embargo, al parecer estos textos no impregnan profundamente la mentalidad de los fieles. También hay respuestas que reconocen con franqueza que, entre los fieles, dichos documentos no se conocen en absoluto. En algunas respuestas, se observa que a veces los documentos se perciben como realidades un poco “exclusivas”, especialmente entre los laicos que no gozan de una preparación previa. Se nota un cierto cansancio a la hora de tomar estos textos y estudiarlos. A menudo, si no hay alguien preparado, que sea capaz de hacer una introducción a su lectura, estos documentos se consideran difíciles de abordar. Sobre todo, se siente la necesidad de mostrar el carácter existencial de las verdades que se afirman en los documentos.



Volvemos al mismo problema. Si no se conoce lo que enseña la Iglesia, difícilmente se puede vivir conforme a esas enseñanzas. Es cierto que los documentos magisteriales suelen ser largos, con una terminología que no se usa comúnmente en la vida diaria, y que finalmente leen muy pocos en su integridad. Pero no hay nada que impida a las parroquias, diócesis, movimientos, etc, hacer resúmenes con lo esencial del magisterio.




12. Algunas de las observaciones recibidas imputan la responsabilidad de la escasa difusión de este conocimiento a los pastores, que, según el juicio de algunos fieles, no conocen en profundidad el tema matrimonio-familia de los documentos, ni parece que tengan los instrumentos para desarrollar esta temática. De otras observaciones recibidas, se deduce que los pastores, a veces, se sienten inadecuados y faltos de preparación para tratar problemáticas relativas a la sexualidad, la fecundidad y la procreación, de manera que con frecuencia se prefiere no afrontar estos temas. En algunas respuestas, se encuentra también una cierta insatisfacción respecto a algunos sacerdotes que parece que sean indiferentes respecto a determinadas enseñanzas morales. Su desacuerdo con la doctrina de la Iglesia genera confusión en el pueblo de Dios. Por esto, se pide que los sacerdotes estén más preparados y sean más responsables a la hora de explicar la Palabra de Dios y de presentar los documentos de la Iglesia concernientes al matrimonio y la familia.



Leemos en el evangelio de Lucas: “Les dijo también una parábola: ¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?” (Luc 6,39). ¿Qué podemos esperar de un pueblo de Dios al que sus sacerdotes no solo no enseñan la verdad, sino que en ocasiones les enseñan la mentira? ¿y de quién es responsabilidad de arreglar esa situación? Porque de los fieles, ya les digo yo, no es. Obviamente esto no cursa para aquellos que tienen buenos sacerdotes en sus parroquias.



13. Un buen número de Conferencias Episcopales observa que, si se transmite en profundidad la enseñanza de la Iglesia con su genuina belleza, humana y cristiana, ésta es aceptada con entusiasmo por gran parte de los fieles. Cuando se logra mostrar una visión global del matrimonio y la familia según la fe cristiana, se percibe su verdad, bondad y belleza. La enseñanza es mayormente aceptada donde los fieles hacen un auténtico camino de fe, y no sienten sólo una curiosidad improvisada sobre lo que piensa la Iglesia acerca de la moral sexual.



Es decir, que el que quiere andar de verdad en la fe, anda en ella si se le predica y enseña adecuadamente. Pues, señores míos, ya sabemos lo que hay que hacer. Hecho de menos una referencia a la gracia en este pasaje. Porque esos fieles solo pueden obrar así por gracia.



13. Por otra parte, numerosas respuestas confirman que, incluso cuando se conocen las enseñanzas de la Iglesia sobre matrimonio y familia, muchos cristianos manifiestan dificultades para aceptarlas integralmente. En general, se mencionan elementos parciales de la doctrina cristiana, aunque relevantes, con respecto a los cuales se observa una resistencia, de distintos grados, como por ejemplo respecto al control de los nacimientos, el divorcio y las nuevas nupcias, la homosexualidad, la convivencia, la fidelidad, las relaciones prematrimoniales, la fecundación in vitro, etc. Muchas respuestas confirman que, por el contrario, la enseñanza de la Iglesia sobre la dignidad y el respeto por la vida humana es más amplia y fácilmente aceptada, al menos en principio.



El beato Newman describe antológicamente esta cuestión: “Lejos de mí negar que todas y cada una de las verdades de la fe cristiana, tal como son interpretadas por anglicanos o católicos, rebosan por todos lados problemas intelectuales que, personalmente, me veo incapaz de resolver, pero nunca he logrado ver la relación entre captar esas dificultades —con toda la pasión imaginable y con todas las ramificaciones que se les quiera buscar— y admitir dudas sobre la doctrina de que tratan. Tal y como yo lo veo, diez mil dificultades no hacen una sola duda “.


Yo me pregunto, ¿hay dificultades en aceptar lo que enseña la Iglesia o en ponerlo por práctica? ¿No será más bien que la dificultad en dicha práctica lleva al pecador a negar la enseñanza que está detrás de la misma? Y, sobre todo, ¿se explica a los fieles que una cosa es tener dificultad para comprender una enseñanza y otra negarla o rechazarla? Quizás deberíamos empezar por ahí. Por formar la conciencia de los fieles en la idea de que “las cosas no son como a mí me parecen sino como Dios lo indica y la Iglesia lo enseña". Es literalmente IMPOSIBLE vivir en santidad si no se parte de ese principio.


Por otra parte, no es casual que esos fieles se oponen a esas enseñanzas porque son, precisamente, aquellas que menos gustan al “mundo”, en el sentido bíblico del término. Son, por tanto, fieles mundanizados a los que les cuesta amoldar su vida a la voluntad de Dios expresada por su Revelación y su Iglesia. Esto no significa que yo pretenda que la solución a esa situación sea decirles: “soy cristianos mundanos y ahí os quedáis con vuestra increencia". No, más bien creo que hay que reforzar las explicaciones que lleven a esos fieles a entender y aceptar la verdad que los hace libres.



15. Algunas Conferencias Episcopales ponen de relieve que el motivo de tanta resistencia a las enseñanzas de la Iglesia acerca de la moral familiar es la falta de una auténtica experiencia cristiana, de un encuentro personal y comunitario con Cristo, que ninguna presentación —aunque sea correcta— de una doctrina puede sustituir. En este contexto, se lamenta la insuficiencia de una pastoral preocupada sólo de administrar los sacramentos, sin que a esto corresponda una verdadera experiencia cristiana atrayente.



Señores, yo alucino. No se puede oponer sacramentalidad, fuente de gracia, a vida cristiana. ¿Se les ocurre a ustedes un sacramento más capaz de favorecer una experencia cristiana íntegra que el de la Confesión? Si tenemos buenos confesores que no se limiten a escuchar pecados y dictaminar penitencias ridículas, sino que comprendan que en el confesionario se forja la santidad de los fieles, ¿no veríamos desaparecer buena parte de esas resistencias?


Por otra parte, ¿por qué no aprovechamos mejor la ocasión para predicar bien la verdad sobre la familia durante el sacramento del bautismo, el del matrimonio y el de la Eucaristía en momentos especiales -primeras comuniones-, cuando muchos alejados del Señor y de la Iglesia asoman por nuestras parroquias?



15. Además, la gran mayoría de las respuestas pone de relieve el creciente contraste entre los valores que propone la Iglesia sobre matrimonio y familia y la situación social y cultural diversificada en todo el planeta. Existe unanimidad en las respuestas también en relación a los motivos de fondo de las dificultades a la hora de acoger la enseñanza de la Iglesia: las nuevas tecnologías difusivas e invasivas; la influencia de los medios de comunicación de masas; la cultura hedonista; el relativismo; el materialismo; el individualismo; la creciente secularización; el hecho de que prevalgan concepciones que han llevado a una excesiva liberalización de las costumbres en sentido egoísta; la fragilidad de las relaciones interpersonales; una cultura que rechaza decisiones definitivas, condicionada por la precariedad, la provisionalidad, propia de una “sociedad líquida”, del “usar y tirar”, del “todo y en seguida”; valores sostenidos por la denominada “cultura del descarte” y de lo “provisional”, como recuerda frecuentemente el Papa Francisco.



¿Nos sorprende ahora que “el juicio consiste en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3,19)? ¿Qué le dijo Cristo a San Pablo sino que le enviaba “para que les abras los ojos, se conviertan de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios, y reciban la remisión de los pecados y la herencia entre los santificados por la fe en mí” (Hch 26,18)?


Por supuesto que estamos rodeados de un mundo que vive en tinieblas. Por supuesto que todo arrastra hacia el pecado, hacia la vida alejada de Dios. Ahora bien, ¿creemos o no creemos en el poder de la gracia divina para librarnos de la esclavitud del pecado? No caigamos en el error de pensar que ser cristiano hoy es especialmente más difícil que cuando nació el cristianismo en medio de un mundo pagano y entregado a Satanás. Necesitamos apóstoles de la gracia, siervos de Dios entregados a la apasionante tarea de ser instrumentos del Espíritu Santo, quien, como dijo Cristo, “argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn 16,8).


No somos soldados de un ejército derrotado por un mundo entenebrecido por el pecado y el error, sino miembros la milicia de Aquél que es Luz del mundo, Verdad que nos hace libres, Señor que vence al pecado en la cruz, obteniendo para nosotros el perdón de Dios y el triunfo sobre nuestra naturaleza caída.



17. Muchas respuestas plantean el tema de la necesidad de encontrar nuevos modos para transmitir las enseñanzas de la Iglesia sobre matrimonio y familia. Mucho depende de la madurez de la Iglesia particular, de su tradición al respecto y de los recursos efectivos disponibles sobre el territorio. Sobre todo, se reconoce la necesidad de formar agentes pastorales capaces de mediar el mensaje cristiano de modo culturalmente adecuado.



Reconozco que cuando me encuentro lo de “nuevos modos para transmitir las enseñanzas de la Iglesia", me pongo a la defensiva, pero comprendo que si no somos capaces de hacer que el evangelizado entienda lo que le explicamos, difícilmente podrá aceptarlo. Hay que “abajarse” a su realidad para, partiendo de ella, ayudarle a subir a la realidad del lenguaje evangélico.



19. Por último, es una consideración común que la catequesis sobre matrimonio y familia hoy no se puede limitar solamente a la preparación de la pareja al matrimonio; es necesaria una dinámica de acompañamiento vinculado a la experiencia que, mediante testigos, muestre la belleza de lo que nos transmiten el Evangelio y los documentos del Magisterio de la Iglesia sobre la familia. Mucho antes de que se presenten para el matrimonio, los jóvenes necesitan que se les ayude a conocer lo que la Iglesia enseña y por qué lo enseña.



Preparar a los cónyuges para el matrimonio y luego dejarles abandonados a su suerte una vez casados, es como enseñar a conducir a un joven y ponerle en la parrilla de una carrera de Fórmula 1. Formación, ayuda, consejo espiritual, apoyo cuando llegan las crisis -que siempre llegan-, son elementos imprescindibles. La tarea de los sacerdotes es fundamental, pero también pueden colaborar, y mucho, aquellos matrimonios que tengan años de experiencia conviviendo juntos. Para ello las parroquias deben ser verdaderas comunidades de fe y de vivencia cristiana. Una parroquia que funciona como una familia es lugar seguro para las familias cristianas, sobre todo cuando llegan las dificultades.



19. Muchas respuestas ponen de relieve la función de los padres en la catequesis específica sobre la familia. Los padres tienen un rol insustituible en la formación cristiana de los hijos en relación al Evangelio de la familia. Esta tarea requiere una profunda comprensión de su vocación a la luz de la doctrina de la Iglesia. Su testimonio ya es una catequesis viviente, no sólo en la Iglesia, sino también en la sociedad.



Si los padres no están formados para vivir en la fe, difícilmente pueden ayudar a sus hijos a andar por el camino de la vida cristiana. Consigamos que los padres sean buenos cristianos y, en buena lógica, querrán para sus hijos lo mismo.


Hasta aquí llegamos por hoy. En futuros días, Dios mediante, más.


Luis Fernando Pérez Bustamante



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