La propuesta supone una analogía que presenta a la Iglesia como «la más antigua multinacional del mundo». The Economist subraya más que el éxito mundial de Jorge Mario Bergoglio, el breve lapso de tiempo en que lo ha logrado. Partiendo de una supuesta crisis de la Iglesia recuerda los obstáculos que Papa Francisco ha logrado ir superando: ponerse otra vez al tú por tú con la competencia (que The Economist identifica con los pentecostales), acercar nuevamente a los «clientes» que se habían ahuyentado tras los escándalos de los últimos años, etc.
El artículo destaca la popularidad a la que ha llegado el Papa Francisco y pone como muestra el 85% de aprobación que tiene en los Estados Unidos, un país bastante crítico. Y es así que llega a decir que la Iglesia está teniendo una visibilidad positiva cada vez mayor y mejor a nivel planetario. En este contexto pone la pregunta: ¿cómo un argentino septuagenario ha logrado todo esto? The Economist individua tres principios de gestión.
El primer principio referido es calificado como lección clásica: centrarse en la propia misión. Francisco lo ha hecho poniendo a los pobres otra vez al centro. Este enfoque, según la revista, ha hecho que se gasten menos fuerzas en temas secundarios. Además, esto permite llegar a los «mercados emergentes» -en alusión a los países con economías emergentes- en los que el crecimiento del catolicismo puede ser mayor.
Como segundo factor se habla de un reposicionamiento de la marca. En este punto The Economist reconoce que el Papa «sigue apoyando la enseñanza tradicional sobre el aborto y el matrimonio gay, pero de una manera menos censuradora».
La individuación de los principios referidos son puestos en suspenso al no saber contestar si, a la larga, las medidas tendrán éxito y, por así decir, lo mantendrán. Pero que desde una de las revistas más leídas en el ámbito diplomático y de los negocios se dedique un artículo a analizar estos detalles y se rete a estudiar más en profundidad el caso de Papa Francisco desde la óptica de la empresa, no pasan desapercibidos. Desde luego que la Iglesia no es una empresa pero considerando que se trata sólo de una analogía, resulta del todo válida y, para los entendidos, también útil.


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