Mi viaje a París I


Como este año me quedan días libres de mis vacaciones que no voy a usar en dar conferencias, los voy a emplear en hacer algunos viajes. Por favor, no penséis que el clero siempre está holgando siempre; por lo menos, siempre no. Cada año solo salgo 31 días de vacaciones. Siempre me ha parecido demasiado, nunca he perdonado ni un solo día.
El caso es que como me quedan unos días libres, sin pensarlo mucho, he comprado un billete y me he ido a París. Me refiero al París de Francia, no al París de Illinois ni al París de Iowa. Tenía la amable invitación de un amigo que trabaja en una cancillería ante la UNESCO. Voy a dejar en la sombra su nombre. Este blog siempre ha sido muy mirado en este tipo de asuntos.
Llegué por la tarde el primer día. Nos dio tiempo a ver la iglesia de Saint Severin (gótica a más no poder) y ver la procesión de entrada (magnificente) de la misa de la catedral: obispo, concelebrantes, acólitos, cruz procesional, de todo. De todo, pero muy bien. La catedral de París goza de un culto muy cuidado y diario. Así como otras sufren un culto languideciente y lamentable, gobernadas por rectores formados en los gloriosos años 60 y 70.
Después, cenamos en un restaurante típico francés: sopa de cebolla, magret de pato y creme brulée. Se dice que alguna secta calvinista metía sentimientos de culpabilidad por comer bien. Yo, desde luego, no pertenezco a esa secta. Tengo muchos defectos, pero no los de esa secta puritana contraria a El festín de Babette. (Película aburridísima, por otra parte. Aunque haya hecho las delicias del actual pontífice.) Así que por una noche, cené como el cardenal Burke. Mañana seguiré con el viaje. París bien vale otro post.

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