Cardenal José Francisco Robles Ortega,
Arzobispo de Guadalajara
Muy apreciados hermanos y hermanas:
No olvidemos la centralidad de Jesucristo en la vida de su Iglesia. Gracias a Él, formamos parte del Pueblo de Dios, su familia; somos hijos de Dios en Jesucristo.
No tenemos otra persona en la que podamos esperar el perdón de nuestros pecado si no es el Nombre y la Persona de Jesús. Es el único Salvador, nuestro Mesías, nuestro Dios y Señor. No hay vida cristiana auténtica y verdadera si no está fundada en esta acentuación, en su Persona, y si no está fundada en su Palabra.
Pero, además, no basta que, como Iglesia, lo reconozcamos y lo aceptemos, sino que, como comunidad, es fundamental anunciarlo, que lo demos a conocer, como en su tiempo hizo Juan el Bautista, que lo anunció y dio testimonio de Jesús.
El testimonio del Bautista lo basó en lo que vio el día del Bautismo del Señor: que el Espíritu Santo se posó sobre el Mesías en forma de paloma. Era la prueba del Padre acerca de su Hijo.
Nosotros, como Pueblo de Dios y como Iglesia, no tenemos otra razón de ser en el mundo, sino para dar a conocer, a todos los hombres, que Jesucristo es el Cordero de Dios.
¿Cómo podemos dar a conocer a Jesucristo de una manera efectiva? Viviendo lo que Él vivió, como Él vivió, de tal manera que en lo ordinario de nuestra vida diaria (hogar, trabajo, amigos, etc.), actuemos como Él actuaba, dándolo a conocer con nuestras palabras amables, sencillas, respetuosas; con nuestras actitudes de servicio, de atención, de caridad, de perdón, de misericordia (en lugar de venganza y agresión); en nuestro trabajo por la verdad (en lo que decimos y hacemos); por nuestro empeño en favor de la justicia, para que a nadie le sea quitado lo que le pertenece.
Con estas actitudes estamos anunciado que Jesús es el Señor de mi vida, es el Cordero que limpia del Mal mi vida, que es el Salvador que me hace vivir el Bien, practicando siempre el Bien y evitando todo aquello que daña mi dignidad y la de los demás. Nuestra misión es aceptar a Jesucristo, pero también anunciarlo con nuestra vida.
¡Cómo hace falta en nuestra Nación, que se precia de ser mayoritariamente cristiana, que pongamos en práctica lo que Jesús nos enseña con su Palabra y con sus obras! Sólo así podremos mejorar las condiciones de vida de los que habitamos este país.
Sólo participando y haciéndonos responsables, cada uno, de nuestra vida y de nuestros actos, podemos transformar nuestro país y hacer que sea justo, que viva en la verdad, en la justicia, en la transparencia, en la oportunidad para todos. Que cese la ambición desbordada de unos, que hace que la inmensa mayoría viva careciendo, muchas veces, de lo esencial.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
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