El Compromiso Social de los Ciudadanos Católicos

¿Debe o no involucrarse el cristiano en la vida social, económica y política? ¿Es parte de su fe comprometerse en la transformación de las estructuras sociales? Sin duda son cuestiones que el cristiano se ha planteado o le han planteado diferentes foros de estudio y de opinión.
Son también diversas las respuestas que se han ofrecido a lo largo de la historia del cristianismo, desde las que reflexionan y actúan con tal de conservar el statu quo del sistema social, o las que buscan cambiar radicalmente todo tipo de estructura, o aquella acusada vehementemente por el Papa Francisco caracterizada por la indiferencia. La doctrina social de la Iglesia tiene respuesta a estos interrogantes, sitúa en el justo medio al cristiano y lo impulsa a la vivencia de su compromiso social como protagonista, por medio de la participación en los diferentes ámbitos de la vida social. Recordando que el cristiano es también un ciudadano.
Estos cuestionamientos se hacen más fuertes cuando existen las coyunturas sociales, por ejemplo, los procesos electorales que llevan al cambio de gobernantes en una sociedad de orden democrático. ¿Hasta dónde le corresponde involucrarse al cristiano? Indudablemente, su participación es de vital importancia para construir una sociedad en la base firme de la verdad, la libertad y la justicia que llevan a la consecución de la tan anhelada paz social, o como lo llama el Magisterio Social, la civilización del amor.
La misión evangelizadora de la Iglesia incluye los diferentes ámbitos de la vida social en los que se desarrolla la existencia del cristiano, y en todos ellos, está llamado a hacer presente al Resucitado. Particularmente, al laico corresponde «iluminar y organizar los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados» .
La indiferencia de muchos,  se vence con la solidaridad. Con la participación de cada uno en el mejoramiento de las estructuras se garantiza el acceso a una vida digna. La solidaridad despierta la necesidad de estar en relación y al cuidado del otro. «Hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos» .
Un mundo mejor y una sociedad mejor son posibles, solo hace falta que cada quien haga la parte de bien que le corresponde y ayudar a otros a realizar la suya. La solidaridad, aparte de ser un principio ordenador de la sociedad, es también una virtud, por lo tanto, es una actitud constante que exige una firme determinación de la persona para consolidarla, eliminando así la creencia que con actos esporádicos de ayuda o intervención queda saldada la deuda con la sociedad o con la propia comunidad.

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