Comencé la visita de renovación a las comunidades de Filipinas el día 3 de febrero. Me reuní en el Convento de San Sebastián, en Manila, con los religiosos de la isla de Luzón. Luego iniciaría las visitas a las comunidades. Invité a los hermanos a considerar la revitalización de nuestras comunidades desde el encuentro con Jesucristo, nuestra identidad y sentido de pertenencia, la evangelización y el necesario proyecto de Orden. Hace 50 años, el Concilio convocó a la renovación de la Iglesia, y a los religiosos nos pidió volver con espíritu evangélico al carisma de los orígenes.
Qué bien sintetizaban nuestras inquietudes las palabras que el papa Francisco había dicho en la homilía el día anterior. Era el Día de la Vida Consagrada y fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, cuando los dos ancianos, Simeón y Ana, encuentran al Niño Jesús, llevado en brazos por sus padres, los jóvenes esposos María y José: «En la vida consagrada –resumía Francisco‑ se vive el encuentro entre los jóvenes y los ancianos, entre observancia y profecía. ¡No pensemos que son dos realidades que se contraponen! ¡Dejemos más bien que el Espíritu Santo anime la una y la otra! La señal de esto es la alegría: la alegría… de caminar en una regla de vida; y la alegría de ser guiados por el Espíritu, nunca rígidos, jamás cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que conduce, que nos invita a ir hacia el horizonte».
No podía dejar de visitar la basílica de San Sebastián, el edificio recoleto más representativo de todo el Archipiélago. Su estilo neogótico hace que sus torres se eleven con aire de trascendencia. Y el acero de que está enteramente hecha le ha permitido superar terremotos y tifones desde su construcción, en 1891. Sin embargo, ahora su estructura se ve amenazada por la herrumbre y la corrosión. Requiere una ingente obra de restauración y para ello se realizan estudios muy minuciosos y especializados. Al ver las zonas de las columnas más afectadas por la corrosión pensaba que, ciertamente, el tiempo es sólo de Dios. Es tarea de los hombres narrar la historia, cuidar, restaurar y proyectar nuevos caminos de esperanza, pero no podemos pretender ser dueños de la vida y de la eternidad.
Amigos on line: ¿No percibimos en nuestra sociedad una nueva necesidad de espiritualidad, de misericordia, de justicia y de paz?.
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