Entregarnos a Jesús por María (parte II)

Pbro. Francisco Flores Soto*

Repasemos algunas ideas de nuestro primer artículo publicado el 07 de abril pasado. María desea nuestra santidad, que imitemos a su Hijo, consagrándonos a su Inmaculado Corazón. Así nos lo recordó en sus apariciones en Fátima, Portugal, hace casi 102 años.

San Luis María Grignion de Monfort (†1716), el gran maestro y promotor de la verdadera devoción a María, escribió que la devoción más perfecta es la que nos haga más semejantes a Cristo, María es la más semejante a Él, por lo tanto, la verdadera devoción a Ella, la consagración a Ella, nos ayudará mejor que ninguna otra a conseguirlo.

Consagrarse a Ella significa entregarle todo nuestro ser, incluidos los méritos de nuestras buenas obras, para que Ella disponga de ellos conforme a la voluntad de Dios, pero eso no debe preocuparnos porque Ella atenderá nuestras necesidades y no se dejara ganar en generosidad para con sus hijos a Ella consagrados.

También el Padre de Montfort ha dicho que la consagración a Ella es una renovación de nuestras promesas bautismales. Y desde aquí deseo partir en este nuevo artículo. Estamos en el tiempo pascual, iniciado en la Vigilia Pascual, en la que hemos sido invitados a renovar esas promesas bautismales, pues eso es entregarnos a Jesús por María, vivir más y mejor nuestro ser bautismal, nuestro ser hijos de Dios en el Hijo, miembros de la Iglesia, e hijos también de María Santísima.

Para tomar más conciencia de esto escuchemos las palabras de San Juan Pablo II en su primera visita papal a su tierra natal el 07 de junio de 1979:

Cuando miro hacia atrás veo como el camino de mi vida a través de este entorno, a través de la parroquia, a través de mi familia, me lleva a un lugar: a la pila bautismal en la iglesia parroquial de Wadowice. En esta pila fui admitido a la gracia de Dios y la fe de mi Redentor, a la comunidad de su Iglesia el día 20 de junio de 1920. Ya una vez he besado solemnemente esta pila bautismal en el milenio del bautismo de Polonia, en ese entonces como arzobispo de Cracovia. Después lo hice una segunda vez, en el 50 aniversario de mi propio bautismo, como cardenal y hoy la he besado por tercera vez, viniendo desde Roma como sucesor de San Pedro.

San Juan Pablo II nos enseña como su profundo amor a Dios y su consagración a María lo llevó a tomar cada vez más conciencia de la gracia bautismal y a saberla agradecer con una vida de santidad. 

Y también en su tercera visita papal (16.06.1999) a esa misma iglesia parroquial, en la que se venera una imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, que él coronó en esa ocasión, dijo:

Y a ese regalo material (la corona) han añadido el don del espíritu, la oración de consagración a la Madre de Cristo que visitó sus casas. Estén seguros de que su amor ardiente a María nunca quedará sin recompensa. Precisamente este vínculo recíproco de amor es, en cierto sentido, portador de gracias y prenda de una ayuda incesante, que, por obra de María, recibimos de su Hijo divino.

En esa última visita, el Papa, apoyado en su propia experiencia, nos dice: “su amor ardiente a María nunca quedará sin recompensa”. Habla también de esa oración de consagración a la Madre de Cristo, como un vínculo recíproco de amor portador de gracias y prenda de ayuda incesante, que, por obra de María, recibimos de su Hijo divino. Muchos ya hemos hecho esa consagración y muchos otros se están preparando para hacerla próximamente. Ojala que esa consagración la sepamos vivir en el día a día y produzca tanto fruto en nuestras vidas como en la de San Juan Pablo II.

Quiero terminar este artículo invitando a todos los hermanos de esta arquidiócesis a conocer e integrarse a alguno de los varios movimientos marianos presentes en nuestra iglesia diocesana, pues vivir el bautismo y la consagración a Ella implica caminar y trabajar juntos, en sinodalidad. Gracias.

*Asistente de la dimensión de los Movimientos Marianos.

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