Eduardo Escoto Robledo
El concepto de un corredor que terminará por unir los extremos norte y sur del trazo histórico de la ciudad tiene connotaciones que evidentemente van más allá de la cuestión espacial y material. Es decir, la única forma de que se haga patente la profundidad ontológica del proyecto es establecer con toda claridad su vinculación con la comunidad y el patrimonio cultural intangible de la ciudad, así se delimitará la esencia del paseo Fray Antonio Alcalde, y se evitarán confusiones o apropiaciones inmediatas o tardías en cuanto a usos y objetivos.
Esta reflexión tiene como objetivo incidir en la importancia de justificar, bajo este enfoque, la selección de las diferentes propuestas de actividades artísticas o culturales que pudieran tener lugar en el paseo, así se explica por qué no pueden hacerse en este sentido planteamientos que surjan por capricho o pragmatismo, sino que deben entenderse como elementos de una configuración simbólica del espacio, orientada a definir su identidad, que debe ser reflejo de la complejidad identitaria de una ciudad con casi 500 años de historia.
Con esto no se propone una suerte de museo al aire libre, tanto como, aquilatar y aprovechar la oportunidad de contar con un entorno propicio para la valoración y revaloración, difusión y expresión cultural que le han sido propias.
Un paisaje acústico
Una de las manifestaciones culturales distintivas de la capital de Jalisco, luego de la segunda mitad del siglo xix, es la música ejecutada en espacios públicos. Las crónicas de viajeros nacionales y extranjeros dejaron siempre registro de lo admirable que resultaba encontrar en la Guadalajara decimonónica una gran actividad y demanda por la música ejecutada en plazas, parques y calles.
Vinculadas en un inicio a la actividad militar, las serenatas, con bandas de alientos, celebradas en la Plaza de Armas de la ciudad eran toda una ocasión. El performance tenía connotaciones artísticas, políticas y socioculturales por demás trascendentes.
El punto más destacado se alcanzó con el regreso a la ciudad del maestro Clemente Aguirre, quien conformó y pulió el desarrollo artístico de la Banda de Gendarmería, y de la Escuela de Artes y Oficios, que terminaron por fundirse. La citada demanda por este tipo de manifestaciones hizo que Aguirre pudiese experimentar componiendo para plantillas aumentadas, combinando varias bandas y orquesta en la ejecución de una sola pieza. Tan profusa actividad amplió al final la función de aquellos ensambles, solicitados para interpretar música en ocasiones oficiales, religiosas, de entretenimiento o directamente artísticas.
Lo expuesto con anterioridad guarda perfecta concordancia con las características del medio urbano al que se hace referencia, pero por otra parte, conforme se acercaba la llegada del siglo xx, los espacios públicos fueron abiertos ocasionalmente a la presentación de música popular; hablando sobre todo de músicos indígenas y de aquellos cuartetos mestizos que ejecutaban sones y jarabes, conocidos poco después de forma unánime como mariachis. Tales prácticas musicales eran frecuentes en las haciendas, caminos y poblaciones del interior del Estado, pero eran admitidas y/o demandadas en su capital sobre todo con motivo de las festividades patrias.
Entre lo sacro y lo profano
La música procesional, de corte religioso y los llamados “gallos” (serenatas y recorridos por las calles) son otras de las prácticas musicales comúnmente referidas en la cotidianidad tapatía previa al estallido de la Revolución.
Durante el siglo xx, las manifestaciones referidas se transformaron. El espacio público dejó de ser preponderantemente real, para ser sustituido por el entorno de los recién aparecidos medios masivos de comunicación, lo cual marginó la cotidianidad acústica de los espacios públicos, que se redujo a su mínima expresión, máxime que el uso del espacio público fue invadido por otros factores sonoros, cacofónicos como los provenientes de los automotores o arbitrarios, como el de los altavoces y electrófonos.
Plantear y ofrecer la ocasión para rescatar de la incuria, la posibilidad de recuperar los espacios sonoros históricos de la ciudad no puede plantearse en mejor momento que en el de la inminente apertura del Paseo Fray Antonio Alcalde, como tendremos la oportunidad de acotarlo en una siguiente colaboración.
(En la siguiente edición:
Criterios Operativos)
Se le cumplió llegar a los 100 años
Siendo yo Capellán del Templo de Santa María de Gracia, en pleno Centro de Guadalajara, un Padre con evidente cara de hombre bueno me pidió un día celebrar Misa ahí los sábados y estuvo yendo durante algún tiempo. Yo le daba algunos centavos, cien pesos para ser más exactos, y enseguida se dirigía a La Merced para confesar.
Ya por la tarde, se regresaba a su casa, siempre en camión, pese a su avanzada edad y limitaciones físicas. Creo que vivía por el rumbo de Talpita en algún jonuco que le había prestado el Arzobispado. Después me di cuenta de que había una señora que lo atendía y que estaba dizque cuidándolo, y que esperaba, más que nada, los cien pesos para comprar algo qué comer.
Pasado un corto tiempo, empezaron a olvidársele las cosas. Si a Misa debía ir los sábados, llegaba el lunes, y el sacristán me decía que ya no recordaba oraciones o partes de la Misa; incluso sufría de incontinencia al estar celebrando, por lo que el sacristán estaba al pendiente de eso y de otros detalles. Muy pronto dejó de ir.
Fue cuando el Padre Ecónomo de la Arquidiócesis, Juan González, también Capellán de La Merced, echó de ver que el Padre Fernando Navarro Escoto dejó de acudir a confesar y no resultaba por ningún lado. Entonces fue a buscarlo a su casa y lo encontró caído de la cama y hecho todo un desastre. Entonces, lo llevó al Hospital San Francisco, donde le pusieron una prótesis, creo que en la cadera, además de que tenía lastimado un brazo.
El Padre Fernando era demasiado estricto en cuanto a las normas de la Iglesia. Cuando llegaba al Arzobispado a dar cuentas, no dejaba de repetir: “Debo dos binaciones, tres binaciones, cuatro binaciones”, y en la caja reportaba exactas sus dos binaciones, sus tres binaciones, sus cuatro binaciones. Tenía fijado un día para pagar y nunca le fallaba. Lo regular era que en eso, en la honradez, cifrara su salvación, y él era así, como también los de su generación (se ordenó sacerdote en 1940).
Acostumbraba cargar un morralito de lana; quizás de más joven usó maletín o alguna valijita, pero empezó a ver a los de las comunidades de base y la Nueva Evangelización con morral, anillo y huaraches. Hasta eso, él no usaba anillo ni huaraches; sólo se le quedó de esos movimientos, el portar morral.
Llegamos aquí al Albergue Trinitario Sacerdotal casi al mismo tiempo (mediados de 2010). De manera gradual, él se fue aliviando de su cadera y de su brazo, de modo que le daba por cantar “La donna e mobile” parodiándola con una tonadilla: “Los automóviles”, y así hasta llegar a Dios. También otro canto, cuya letra no se me grabó completa, así como tarareaba la canción de “Tiro lo tiro, lo tiro liro liro, tiro, lo tiro, lo tiro lirolán; el piojo y la pulga se iban a casar, y no se casaron por falta de maiz”…
El Padre “Navarrito”, como otros le decían, fue Vicario en Arandas; aquí en Guadalajara, en San Felipe de Jesús y en San Juan Bautista de Mexicaltzingo, aparte de Capellán Auxiliar y confesor en Nuestra Señora de las Mercedes.
Repetía su deseo de llegar a los cien años y vestido de charro. Esto último no se le concedió, pero sí cumplir un siglo de vida, y por eso en El Trinitario se le hizo una fiesta muy solemne y una comida. Jamás vi a un familiar que lo visitara o acompañara. Pero, como quiera que sea, el 14 de enero de 2014 vio cumplida su ilusión de llegar a los cien años.

Publicar un comentario