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1:21 p.m.
No vayas a tu oración sin gafas: Mi oración es muchísimas veces miope porque busco entender a Dios de modo razonable, Dios tiene que responderme según yo quiero y no es así. // Autor: P. Juan Antonio Ruiz J., L.C. | Fuente: www.la-oracion.com

Mi mente recibió con alegría esta enseñanza del misterio de Dios al elevarse a Dios por medio de la carne; por la fe había sido llamado a un nuevo nacimiento y se le había concedido la posibilidad de obtener la regeneración celeste [...] Juzgaba que estas cosas están más allá de la capacidad de la inteligencia humana, porque el modo común de razonar es incapaz de entender los designios divinos, y piensa que sólo tiene existencia lo que por sí mismo puede entender o lo que por sí puede probar. Pero las acciones de Dios, en la magnificencia de su poder eterno, no las hacía depender de la propia experiencia, sino de la infinitud de la fe; de modo que no porque no lo entendiese dejaba de creer que Dios estaba en el principio junto a Dios y que la Palabra hecha carne había habitado entre nosotros; más bien se daba cuenta de que podría entenderlo si tenía fe. (San Hilario de Poitiers, De Trinitate, I, 12).

Un niño se me acercó un día y me preguntó con una sonrisa dibujada en su rostro: «¿Sabes por qué los miopes no son creyentes?». Por mi mente, pasó veloz el rostro de mi padre con sus gafas; sonreí. «No -respondí- ¿Por qué?». «Porque no pueden ver el más allá» y así como respondió, se tiró al suelo a carcajada limpia.


Es un mal chiste... lo sé. De hecho, le sonreí a mi joven contador de chistes para que no se sintiese mal. Pero un poco después, sus palabras resonaban en mi mente: «no pueden ver el más allá… no pueden ver el más allá». Me detuve en seco. ¡Caramba, cuántos miopes en caminan hoy por nuestro mundo!

Pensando en esto, me dirigí a una capilla y me puse de rodillas. Y entonces comprendí: mi oración es muchísimas veces miope. ¿Por qué? Pues porque busco entender a Dios de modo razonable, matemáticamente: si cumplo ciertos pasos, Dios tiene que responderme según yo quiero; si soy humilde, Dios tiene que concederme todo lo que le pido, etc. Y no es así.

Gracias a Dios, San Hilario salió en mi auxilio con el texto que les comparto arriba: mi razón nunca podrá abarcar a Dios o entender sus dones, pues para la razón sólo tiene existencia, dice el Santo Obispo «lo que por sí mismo puede entender o lo que por sí puede probar».

¿Entendemos siempre a Dios? ¿Podemos probar en todo momento su existencia? No. Matemáticamente, no. ¡Cómo decir que Dios existe ante una realidad como el sufrimiento! No siempre es fácil. Y, ¿entonces, qué hacer? San Hilario nos propone la solución a nuestra miope razón: las gafas de la fe.

Por la fe, uno ve más allá de lo que sólo nos deja ver la razón: descubre la mano de Dios en todo lo que nos sucede, descubre la acción de Dios en nuestra oración. Nunca me ha gustado esa expresión que dice «ve a tu oración y háblale a Dios como si lo tuvieses a tu lado». Ese "como" sobra: Dios ESTÁ a mi lado en la oración. Por eso, santos como la Madre Teresa de Calcuta podían orar aunque no sentían nada: la fe les permitía confiar que Dios les escuchaba.

Sólo un botón de muestra del mismo Hilario, que creo puede ayudarnos. Miren qué preciosidad de fe tenía este gran Obispo: «Dios sólo sabe ser amor, y sólo sabe ser Padre. Y quien ama no es envidioso, y quien es Padre lo es totalmente. Este nombre no admite componendas, como si Dios sólo fuera padre en ciertos aspectos y en otros no» (San Hilario de Poitiers, De Trinitate, 9, 61). ¡Verdad que es fácil imaginar lo bella que debía ser la oración de San Hilario! Descubre que Dios es siempre amor, pase lo que pase… ¡Eso sólo puede darlo la fe!

Pidamos a Dios, de todo corazón, estas "gafas", este don. Y roguemos para que lo mantengamos siempre vivo, tal y como lo hizo el mismo Hilario: «La fidelidad a Dios es un don de su gracia. Por ello, san Hilario, al final de su tratado sobre la Trinidad, pide la gracia de mantenerse siempre fiel a la fe del bautismo. Es una característica de este libro: la reflexión se transforma en oración y la oración se hace reflexión. Todo el libro es un diálogo con Dios» (Benedicto XVI, Catequesis del 10 de Octubre del 2007).

Comentarios al autor

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera

11:31 a.m. ,
El Padre nuestro (Primera parte)

Hijos de Dios que es Padre

Dios nos ha llamado en Cristo a ser sus hijos. “Yo seré para él padre y él será para mí hijo” (2 Sam 7, 14). El Padrenuestro es el momento en que gozamos de ser hijos. Estás llamado a sentir en tu corazón la ternura de Dios que es Padre y es Madre (Sal 27, 10). Es importante que te dejes conquistar por su amor que se derrama sin cesar. Recitar cada una de las frases del Padrenuestro con cariño de hijo, te puede ayudar a darte cuenta de la grandeza del amor de tu Dios.

Padre nuestro

Ésta es la primera frase que decimos con amor. Para quien se sabe hijo, para quien ha experimentado el amor de Dios Padre, estas dos palabras son suficientes. Él es mi padre, de quien vengo y a quien voy (Gen 2, 7). Es un padre bueno que no pide nada de mí, solo quiere que me deje amar por Él. Dice el Evangelio que Jesús se llenaba de gozo en el Espíritu cuando se elevaba en oración al Padre (Lc 10, 21). Intenta llenarte de gozo en el Espíritu tú también y decir con fuerza: “Padre Nuestro”. En silencio puedes decir “Padre mío”.

Que estás en el cielo

Cuando pensamos en Dios, levantamos la mirada a lo alto para encontrarlo. Nos da una sensación de estar elevando el alma hacia Él. “A ti, Yahveh, levanto mi alma.” (Sal 25, 1). Sin embargo, sabemos que el cielo no está arriba sino que es otra dimensión. Esa dimensión la podemos vivir ya en la tierra.

Es por eso que cuando decimos que Dios está en el cielo tenemos que mirar en nuestro corazón. Dios ha puesto su morada en nosotros. “La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Jn 1, 14).

La presencia de Dios ya no está en el arca de la alianza, ni en el templo. La presencia de Dios está en nosotros. Somos templos del Espíritu Santo. “¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1Cor 3, 16). Si estás en vida de gracia puedes mirar hacia dentro de tu corazón y encontrarte con tu Dios que es Padre. El cielo está en tu corazón.

Santificado sea tu nombre

Santo, Santo, Santo (Is 6, 3). Dios es el tres veces Santo. Él es el único que podemos llamar santo, puro, perfecto. Todo lo demás participa de esta perfección. Es necesario que nos dirijamos a nuestro Padre con el respeto que se merece. A Él le agrada que lo reconozcamos como Dios y Señor de nuestras vidas, pues lo es. Dejar a Dios ser Dios es santificar su nombre en nuestra vida.

Venga a nosotros tu Reino

El Reino de Dios es el reino de la justicia y de la paz. Deseamos profundamente vivir en paz y en justicia. El Reino de Dios vino en Jesucristo pero los hombres no lo recibieron, prefirieron las tinieblas a la luz (Jn 1, 9-11). Es por eso que invocamos a Dios para suplicarle que venga su Reino (Mt 6, 10). Queremos la paz, queremos la concordia, la fraternidad, la justicia. Cristo Rey Nuestro, venga Tu Reino.

Nosotros podemos vivir el Reino de Dios si vivimos conforme a las bienaventuranzas. Cuando pensamos en las bienaventuranzas, podemos quedarnos solamente en las exigencias. Esas exigencias son la verdad de nuestra condición de criaturas. Todos vivimos la pobreza, ya sea material o moral. Todos lloramos. Todos tenemos hambre y sed de justicia. Todos tenemos necesidad de perdonar, de ser misericordiosos. Todos deseamos trabajar por la paz (Mt 5, 3-12). La diferencia entre las personas del Reino de la luz y las del Reino de las tinieblas radica en el modo de afrontar estas realidades propias de la condición de seres creados.

Las personas que hacen presente el Reino de la luz, el Reino de Dios, son aquellas que aceptan su realidad y viven felices en ella. Ellos son los dichosos, los bienaventurados. Aquellos que han sabido mirar y gozar del fruto de las bienaventuranzas en lugar de detenerse a querer cambiar su realidad. Los bienaventurados gozan ya, desde ahora, de ser hijos del Padre, de ver a Dios, de alcanzar misericordia, de recibir la herencia de Dios, de ser consolados (Mt 5, 3-12). Eso les hace dichosos. ¡Qué bienes mayores se pueden tener!

En cambio, las personas que deciden vivir en el Reino de las tinieblas (Jn 1, 5) son las que no aceptan que son criaturas y las consecuencias que ello conlleva. Son las que no están conformes con su realidad y no pueden ser felices hasta que la vida sea perfecta, su frustración y su tristeza durarán por siempre, ya que la felicidad no se encuentra en cambiar las cosas, sino en aceptarlas y saber que Dios, en su omnipotencia, puede sacar un bien de cualquier mal. “Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rom 8, 28).

Es por eso que suplicamos a Dios que venga Su Reino y que nos reine Él, no nosotros mismos ni el enemigo, sino Él, que es juez justo y misericordioso (Is 33, 23).


El contenido de este artículo puede ser reproducido total o parcialmente en internet siempre y cuando se cite su autor y fuente originales: http://www.la-oracion.com y no se haga con fines de lucro.

  • oración
  • padrenuestro

Leyendo el blog de mi colega Jorge González, recuero algo que escribi hace años a propósito del tema…

COMUNIÓN DE NIÑOS

Por motivos familiares, asistí hace poco a una tanda de primeras comuniones. Hacía años que no iba. Me sorprendió ver a los niños tan creciditos. Muchas niñas ya empezaban a transformarse en mujercitas y no digamos con la parafernalia del vestidito de novia que les ponen… En mi tiempo yo recuerdo que hacíamos la Primera Comunión más pequeños e inocentes. No sé si ando equivocado pero creo que sería mucho mejor que los niños recibieran antes a Jesús Eucaristía pues les haría mucho bien. Además serían más inocentes y angelicales. ¿Voy desencaminado?

No hace mucho leí un artículo sumamente interesante del Cardenal Castrillón, entonces Prefecto de la Congregación de Clérigos, sobre este tema. El defendía claramente la posición que usted apunta. Los niños deben recibir cuanto antes la Sagrada Comunión, decía el purpurado. Evidentemente, con una debida y apropiada preparación y que no esté subordinada a un aberrante racionalismo teológico que ha viciado tantas experiencias pastorales. Hoy los niños suelen recibir la Primera Comunión a finales de cuarto curso de primaria, cuando ya han cumplido los diez años, y, muchos, incluso la reciben más tarde. Después de varios años de constatar la actual praxis me atrevo a decir que no veo grandes frutos pastorales en la misma. La mayoría de estos niños provienen de familias que apenas practican y su perseverancia después de la Primera Comunión es casi nula. Tal vez si más pequeños, tiernos e inocentes, cuando su espíritu está más predispuesto, se les iniciara en la piedad y en una temprana formación religiosa, obtendríamos mejores frutos. Recuerdo de santos como Domingo Savio que explican con emoción su Primera Comunión en edad bien temprana. Cuanto antes se acerquen los niños al Señor, mucho mejor, y especialmente en los tiempos que nos toca a vivir. Il n’y a plus d’enfants, decía un poeta. En las Iglesias de Oriente es costumbre dar la Primera Comunión en el mismo momento del Bautismo, sin que ello obste a una Celebración  solemne de Comunión en el momento oportuno. Realmente creo que no anda usted nada desencaminado al proponer la recepción de la Eucaristía en edades bien tempranas. Estoy seguro que todo esto bien organizado daría grandes frutos de santidad en la Iglesia, cosa que nos conviene enormemente.

Post scriptum: Años después me reafirmo en esta cuestión. Personalmente, optaría por confirmar al finalizar segundo de primaria y dar la Comunión al finalizar tercero de rpimaria. Y, además, por supuesto, mucha catequesis a los padres que la necesiten…

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