Para una persona que contenga algo de fe es difícil vivir en México y no convertirse al guadalupanismo; entendido esto casi como una religión distinta. En efecto, en el país azteca se vive más fuertemente la devoción hacia esta advocación mariana que la propia fe católica. Siempre me dio la impresión que los mexicanos creían que la Virgen morena era “la mera jefa”, (de la misma forma como mucho denominan a sus propias madres) y Dios era un simple subordinado a los designios de la Madre de Jesús.
Siempre se explica que la devoción popular hacia la Virgen de Guadalupe es la adaptación cultural, que hicieron los mexicas de su Diosa Tonatzin hacia la imagen con rasgos arabescos que trajeron los conquistadores. Para mí la razón va mucho más allá de eso. La Virgen de Guadalupe es la más genuina representación de lo que Jesús nos legó en su Cruz: a su propia madre para que se convirtiera en la mamá de todos. Ella se hizo humana para vivir junto a sus hijos: los más pobres y abandonados. Nadie nos mira con esa dulce mirada de compasión. Su piel morena es la misma de tantas madres pobres de nuestra América. La Virgen de Guadalupe es esa indiecita que trata de cobijar a sus hijos del hambre y del frío. Es la mujer que soporta con estoicismo extenuantes horas en los metros y autobuses de Sao Paulo, Buenos Aires, Bogotá y también Santiago. Es la chica joven, aún confundida, que trata de cuidar a su hijito “huacho” de un mundo que aún la ve con desprecio. Y también esa abuela, ya casi sin fuerza, que sigue adelante cuidando a sus nietos.
Este día, en el que se recuerda a la Santa Patrona de América, es también ocasión para ver con otros ojos a todas esas madres sufrientes, que vemos en las calles de nuestras ciudades, porque en cada una de ellas está la mirada compasiva de esa Virgen morena.
Fuente: Felipe Nesbet Montecinos
Departamento de Comunicaciones - Obispado de Valdivia

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