La Palabra del Domingo

Hazme, Señor, instrumento de tu paz

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El Evangelio que nuestra madre Iglesia ofrece hoy en la Eucaristía, nos invita a meditar la segunda aparición de Cristo resucitado reseñada por el cuarto evangelista en la que el Señor reprocha a Tomás por no haber creído en el testimonio de sus hermanos; y la primera conclusión de su obra donde Juan confiesa que su objetivo es suscitar la fe en Jesús para tener vida en su nombre (Jn 20, 19-31).

Las heridas de Jesús se convierten en sus señas de identidad
La ausencia del Maestro provocó en los suyos gran temor. Estaban con las puertas cerradas cuando “se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘La paz esté con ustedes’” (v. 19). La paz es el don del Resucitado; en ella está comprendida la reconciliación que abraza al mundo entero. La iniciativa es de Jesús. Juan resalta la identidad entre el Crucificado y el Resucitado, “les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría” (v. 20). Este encuentro produjo una transformación radical. Al final del cuarto evangelio, una vez más se nos sugiere que dirijamos nuestra mirada creyente hacia la llaga del costado (compárese 19, 34). Las heridas de Jesús se convierten en sus señas de identidad.

La alegría es algo muy serio
Justo en el momento de ‘ver al Señor’ los discípulos reafirmaron su fe y su alegría; alegría generada por su reencuentro con el Señor de la Vida. El lenguaje del relato denota miedo y cerrazón así como la superación de todo esto por la transformación radical causada por el Resucitado. Estamos llamados a ser testimonios de fe y alegría. Qué lindo nos aconseja la Madre Teresa, una santa tan nuestra, tan actual: “Nunca dejes que nada te llene tanto de pena que te haga olvidar la alegría de Cristo Resucitado”. ¡La alegría es algo muy serio!

El reencuentro motivó la confesión de fe
Jesús reiteró la paz a sus discípulos confiriéndoles el don del Espíritu y la capacidad de perdonar los pecados (véanse vv. 21-23). Juan califica el perdón de los pecados como aspecto decisivo de la pascua. Cristo resucitado obsequia a los discípulos el Espíritu que efectúa una recreación de la comunidad, ¿acaso no es el principio de una escatología ya realizada? Tomás que no estaba en el momento de la aparición, dudó del testimonio de sus hermanos y exigió pruebas (véanse vv. 24 25). Jesús se presentó de nuevo y mostrándole los estigmas de su sacrificio redentor lo exhortó: “No sigas dudando, sino cree” (v. 27). El reencuentro dio pie a la confesión de fe neotestamentaria más maravillosa: “¡Señor mío y Dios mío!” (v. 28).
Jesús insiste en el saludo de paz para afirmar que el fin de la misión de sus discípulos consistirá en transmitir al mundo entero la paz lograda por Él (compárese v. 19, v. 21 y v. 26). Ese es el mensaje pascual: Dios ha operado por medio de Jesús la reconciliación, suscitadora de la gran paz para el mundo, ofrecida como nueva oportunidad de vida. Amigo lector o lectora, te invito a cumplir la encomienda de Jesús de ser instrumentos de su paz, haciendo vida una oración preciosa, atribuida a San Francisco de Asís:
Señor,
haz de mí un instrumento
de tu paz.

Donde haya odio,
ponga yo el amor.

Donde haya ofensa,
ponga yo el perdón.

Donde haya discordia,
ponga yo la unión.

Donde haya duda, ponga yo la fe.
Donde haya error, ponga yo la verdad.

Donde haya desesperación,
ponga yo la alegría.

Donde haya tinieblas,
ponga yo luz.

Señor, haz que no busque ser
consolado, sino consolar;

ser comprendido,
sino comprender;

ser amado, sino amar.

Porque:
Sólo dando, se recibe;
sólo perdonando se es perdonado;

sólo muriendo se resucita
a la vida eterna.

Amén.

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