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7:30 p.m. ,
El silencio de la mente

Escuchar todo para descubrir la verdad

Hemos hablado del silencio de la memoria, recuerdo del pasado, y del silencio de la imaginación, anticipo del futuro. Ahora reflexionemos sobre el presente: el silencio de los juicios.

Del mismo modo que se dijo de las facultades de la memoria y de la imaginación, el silencio mental no es parálisis ni pobreza de ideas. Silenciar la mente no es inhibirla o bloquearla, sino darle la capacidad de recibir y producir, capacidad de escuchar todo y seleccionar lo que se desea.

La mente ruidosa es una mente cerrada, que no deja oír otras cosas distintas de las que ya posee. Pensamientos ruidosos son los pensamientos o ideas que se vuelven repetitivas u obsesivas. Para evitarlo hay que hacer silencio de estos ruidos.

Silencio de los prejuicios

Uno de los principales aspectos de la higiene mental es la eliminación de los prejuicios, que son juicios anticipados de las personas y cosas, sin haber tomado en cuenta, primero, la realidad. Los prejuicios son ruidos poderosos que nos impiden llegar a la verdad y al amor. En efecto, los prejuicios predeterminan la visión sobre las personas, impidiendo descubrir la acción transformante de la gracia en ellas. “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” es un típico prejuicio humano. Ahora sabemos que aunque la ciudad de Galilea era despreciable en aquella época, de allá salió el Salvador del mundo.

Silencio de las preocupaciones

La confusión, la distracción y la dispersión mental son señales de una mente ruidosa. Los hechos golpean con tal fuerza nuestros sentimientos que nos impiden reflexionar. Lo sabemos muy bien, ante una emergencia el modo normal de actuar es con pánico. En cambio, enseñan la necesidad de controlar el nerviosismo provocado por el incidente para actuar y escapar de la situación creada. En la vida ordinaria, debemos controlar la provocación que producen los acontecimientos, para obrar en cada momento del modo más prudente. No hay que preocuparse, sino ocuparse. En efecto, la mente silenciosa es libre y sabe gobernar, es disciplinada, sabe poner orden y unidad en el pensamiento. La tempestad calmada es un ejemplo de silencio de las preocupaciones. Los apóstoles estaban angustiados cuando tenían en sus manos la solución: el maestro que dormía. Jesús, sin alterarse, dio la paz externa e interna que sus apóstoles necesitaban.

El ruido de las propias opiniones

Tener opinión propia de personas y acontecimientos es señal de cierta madurez. Pero el inmovilismo en la propia opinión es signo de pobreza y de mucho ruido interior. Hay un principio claro: cada uno tiene razón en lo que piensa, pero no toda la razón, cosa que corresponde solo a Dios. Nosotros solamente participamos en cierta media de la razón divina. Por lo tanto, sin negar la parte de razón que tengamos, debemos hacer silencio de nuestras opiniones para abrirnos a la razón que pueda haber en las opiniones ajenas. Solamente así podremos crecer y perfeccionar la propia razón y opinión. Los discípulos de Emaús son un ejemplo paradigmático de falta del silencio de las propias opiniones. Ante los acontecimientos vividos, se habían formado la opinión de que todo lo de Jesús de Nazaret fue una ilusión. Ni la promesa de resurrección del maestro, ni las palabras de las mujeres, ni el testimonio apostólico del sepulcro vacío, ni la conversación ardiente con el desconocido caminante lograban silenciar sus propias opiniones.

El silencio de las quejas

Ni las mejores vacaciones que puedas nunca soñar, ni las consultas con el mejor terapeuta, podrán darte paz y felicidad, como el dejar de quejarte por todo y durante todo el tiempo. Renegamos del tráfico, del clima, del exceso de trabajo, del peso, de la comida, de las empleadas… de todo. Para colmo, el ruido de las quejas en vez de hacernos sentir mejor, genera más ansiedad en uno mismo y en las personas que nos rodean. El Evangelio nos muestra las quejas de Judas. Su queja por el mal uso que se hace del ungüento derramado sobre los cabellos de Jesús no le permite descubrir el amor de dos corazones que se unen por el arrepentimiento y la misericordia. Hay que hacer silencio de quejas, y si algo está mal y se prevé que puede mejorar, se hablará directamente y solo con la persona que puede proveer el cambio que se está buscando, esto no es quejarse.

El silencio es creativo

Los prejuicios, las preocupaciones, las propias opiniones, las quejas son pensamientos ruidosos, cerrados en sí mismos y que, con facilidad, caen en el riesgo de repetir frases hechas, consecuencia de juicios premeditados y lamentos insuperables. Por el contrario, el silencio es creativo. No se puede ser creativo si no se silencia lo que ya poseemos.

Sabemos muy bien que la virtud del silencio no se puede reducir a sus aspectos restrictivos. El que calla oye las voces que armónicamente hablan en su interior. El silencio es expresión de un estado interior que prepara a la elaboración del pensamiento. El pensamiento es un diálogo interior y silencioso del alma consigo misma. Surge la palabra interior, silenciosa y secreta, que oímos nosotros solos.

En otras palabras, silenciados los pensamientos ruidosos, la mente inicia un trabajo positivo. A partir de ahora, silenciar la mente es poner en orden y paz los pensamientos. Para lograr este silencio hay que reflexionar, es decir, captar una idea y tomar distancia de ella para acomodarla en su lugar propio, no dejando que ocupe un lugar importante o exclusivo sólo porque grita más que las demás.

Frutos del silencio de la mente

Cuando la mente ha hecho el silencio de los pensamientos ruidosos, y ha dejado resonar nuevos pensamientos, se alcanza la capacidad de comprender nuevas verdades. En este silencio somos capaces de escuchar al otro, descubrir las razones que incluyen sus palabras, haciendo el silencio de las apariencias, y acogerlas. Comprender algo es captarlo en su totalidad y en su realidad misma. Solamente si hay silencio de nuestro propio pensar seremos capaces de comprender, y si es oportuno acoger, las razones del otro.

Es entonces cuando la mente silenciosa es libre y sabe gobernar lo que pasa en su corazón, es disciplinada porque sabe poner orden y unidad en sus pensamientos. Y, en consecuencia, el silencio nos hace señores de nuestras decisiones importantes.

Obviamente, si dijimos antes que los pensamientos ruidosos llevan a la repetición de las mismas frases y quejas, el silencio de la mente, al acoger otros pensamientos y descubrir otros aspectos de la verdad, genera en la propia mente una riqueza nueva de pensamientos, que antes no existían ni eran reconocidos por nuestra mente.

Por el mismo motivo, el silencio de la mente ayuda a ser tolerante con las opiniones ajenas, no impone el propio parecer. ¿Por qué? Porque sabe que verdaderamente sus palabras serán acogidas en la medida que su interlocutor haga silencio en su interior. Y para ello, necesita que, una vez expuestas las propias razones, le deje en paz para que alcance el silencio necesario.

Se debe aprender a callar para saber hablar a tiempo. El silencio que medita no es egoísmo intelectual. El silencio ha de ser preparación fecunda para hablar. El que calla y medita para aprender a hablar y para saber hablar a tiempo, tiene siempre el pensamiento despierto, activo, abierto a la creatividad.

En resumen, la mente silenciosa está siempre abierta al diálogo interior y exterior. Silenciar una idea, recuerdo o imaginación, no es negarlos ni condenarlos, sino tomar conciencia de ellos, reconocerlos, aceptar su realidad y luego darles su lugar.


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  • oración
  • silencio
  • paz interior

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 

Los que obran la justicia sufrirán persecución, como Jesús. No hemos de querer mandar, sino servir.

«Una vez que salieron de allí cruzaban Galilea, y no querían que nadie lo supiese; pues iba instruyendo a sus discípulos y les decía: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto, resucitará a los tres días». Pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle.
Y llegaron a Cafarnaun. Estando ya en casa les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?». Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: «Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos». Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió». (Marcos 9, 30-37)

1. Jesús, hoy no te entienden los apóstoles cuando les dices: -«El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» No saben cómo decírtelo, pues “les daba miedo preguntarle”. Por eso, al llegar a Cafarnaúm, en casa, les preguntaste: -«¿De qué discutíais por el camino?» Nos dice el Evangelio que “ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante”. Entonces tú te sentaste, llamaste a los Doce y les dijiste: -«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Y, acercando a un niño, lo pusiste en medio de ellos, lo abrazaste y les dijiste: -«El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»
Por segunda vez, revelas a tus discípulos tu muy próxima pasión, y siempre que hablas de sufrir dices que es necesario para entrar en el Reino. Además, es preciso estar disponible como un niño, es decir, ser sencillo y no pretender los primeros puestos. Dentro del Reino es preciso hacerse el servidor de todos y ofrecer nuestro amor a los más pequeños. Jesús, has bendecido a los niños para que aprendamos la lección, quieres que tus discípulos se parezcan a los niños en aceptar la dependencia de los otros: no puedo salvarme solo. He de pensar en los demás, no basta que me porte bien con los demás en el trabajo, en clase o con los amigos y en casa sea un desastre y con mal humor. No basta que sea aplicado cuando me miran y luego en el tiempo libre sea un perezoso adicto a la tele o cualquier otro aparato, y no obedezca o no esté atento a los de la familia o no sepa ayudar cuando me lo pidan… ser cristiano no es rezar avemarías sino ayudar como lo haría Jesús. Por eso, te pedimos, Señor, aprender a servir, no ser prepotentes, no marginar a nadie y no dejar de lado a nadie en los juegos, como a nosotros nos gustaría que hicieran.
No queremos entender lo de ser servidores de los demás: el evangelista nos hace ver que los que oyen a Jesús están hablando de lo contrario de lo que acaban de oír: "Por el camino habían discutido quién era el más importante". Así somos: queremos ser más que los demás, ser los primeros, ocupar los mejores puestos, "salir en la foto", prosperar nosotros, y pasar de los demás. Jesús nos enseña a desear ser los últimos, disponibles, servidores y así somos felices, alegres como Jesús, que "no ha venido a ser servido sino a servir", que ayuda a todos y no pide nada, y que al final entrega su propia vida por la vida de los demás. Cada vez que comulgamos en la Eucaristía, comemos "el Cuerpo entregado" y le pedimos a Jesús una vida llena de amor, y para esto vivir libres, con corazón de niños: en la confianza en su padre (el niño pequeño se abandona plácidamente en los brazos de su madre, o de su padre, en paz); viviendo el momento presente sin agobios por el qué pasará ni qué pasó (a los niños no les angustia el futuro, ni tampoco viven anclados en su pasado angustiados, lo que han vivido o tendrán que vivir no les preocupa, sencillamente viven el momento presente)…
Disfrutar del presente, como los niños, que se acercan a lo que santa Teresa del Niño Jesús decía: «La santidad es vivir amando en el momento presente». Por último, los niños son sencillos. Conforme se van haciendo mayores, comienzan las eternas complicaciones y vergüenzas. El Evangelio es para los sencillos, pues los razonamientos complicados nos alejan de Dios: el Señor ama a los niños porque confían. Viven el momento presente y no son enrevesados ni complicados. Viven con gozo el Evangelio.  

2. El Libro de la Sabiduría dice que los malos se meten con el bueno, que les resulta incómodo: porque el que se porta bien “se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada”; es como una bofetada para su mala vida, y ellos lo atacan con la excusa de a ver si Dios se pone a ayudarle: “veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.» No tienen bastante con disfrutar de los placeres de los que son esclavos, los malvados, sino que hacen la vida imposible al “hijo de Dios”.
El Salmo reza: “El Señor sostiene mi vida”. “Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mí con tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras”. A veces nos vemos en peligro: “Porque unos insolentes se alzan contra mí, y hombres violentos me persiguen a muerte, sin tener presente a Dios”, como en la primera lectura, nos quieren hacer daño: “Pero Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida”, y damos gracias a Dios: “Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre, que es bueno”. Poniendo este salmo en labios de Jesús encontramos un sentido de la Misa, que se ofrece por nosotros y nos salva: Jesús "dio gracias" (=Eucaristía) al Padre por su Alianza en el gran combate contra su enemigo principal, la muerte, y nos consigue la verdadera liberación, la resurrección.

3. Santiago nos pide que dejemos “envidias y rivalidades”, “desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia. ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones”. Quiere que dejemos todo egoísmo y lo pidamos en la Eucaristía, la escuela de Cristo, para ir asimilando, esta sabiduría de Dios. El "deseo", siempre querer más, incluso a costa de los demás; es acabar en continuas insatisfacciones porque siempre queremos más, y acabamos en guerras.

Llucià Pou Sabat

(Cfr. www.almudi.org)

 

(Sab 2,17-20) "Acechemos al justo, que nos resulta incómodo”
(St 3,16-4,3) "Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males"
(Mc 9,30-37) "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos"


--- Servir a todos
“Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mt 9,35).
Ser servidor de todos es la misión que el Hijo de Dios abrazó, convirtiéndose en “siervo” sufriente del Padre por la redención del mundo.
Jesús ilustra con un gesto admirable el significado que quiere dar a la palabra “siervo”: y a los discípulos preocupados por saber “quién era el más importante”, les enseña que es necesario ponerse en el último lugar, al servicio de los más pequeños: “Acercando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí” (Mc 9,37).
Acoger a un niño podía significar, especialmente en aquel tiempo, dedicarse a las personas de menor consideración; preocuparse con profunda estima, con corazón fraterno y con amor, de aquellos a quienes el mundo no tiene en cuenta y la sociedad margina.
Así Jesús revela el modelo de los que sirven a los más pequeños y a los más pobres. Se identifica con el que está en el último nivel de la sociedad, se oculta en el corazón del humilde, del que sufre, del abandonado, y por eso afirma: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí”.
El Señor sabe acercar con indecible amor a su cruz algunas almas elegidas valiéndose de las contradicciones de la vida, de las contestaciones de los hombres, de las humillaciones que brotan de la miseria moral del mundo. De este modo purifica el espíritu de sus santos, los hace capaces de recoger el mensaje de la cruz, hacerlo propio, vivirlo con intensa generosidad. Este acercamiento a la cruz de Cristo es un don que nace de la misteriosa actuación de la gracia divina y, a veces, desconcierta las perspectivas de quien piensa en términos terrenos. Y sin embargo, en verdad, Cristo anuncia siempre su misericordia precisamente a través de estas almas, a las que transforma en testigos excelsos de caridad, porque en las pruebas supieron “refugiarse en Él”, y pudieron “dar con alegría”, como hemos cantado en el Salmo.

--- Llamada de Cristo y fascinación del mundo
“El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres” (Mc 9,31).
En el Evangelio de hoy Jesús anuncia sus discípulos su pasión, los prepara a la comprensión de este misterio siempre presente en la historia de la salvación.
Sin embargo ellos no comprenden sus palabras. Pero nosotros ¿las podemos entender? Lo que sucede en Galilea, en el coloquio que nos refiere el Evangelista Marcos, es un hecho perenne que se realiza siempre. Es el mensaje del Calvario que aparece siempre que se presenta al hombre el dolor, la pobreza, el sufrimiento.
Jesús, pues, mientras anuncia que Él “va a ser entregado”, nos enseña una realidad perenne y dolorosa: Él será siempre entregado al hombre, a la historia de los hombres, a la sociedad, a la cultura, a la humanidad, a las generaciones siempre nuevas, que se interrogan como en un difícil desafío, sobre el significado de la vida y de la cruz de Cristo.
En la historia que sigue a la muerte y resurrección de Cristo, se propone siempre de nuevo un apremiante dilema entre la llamada de Cristo y la fascinación del mundo, entre las opciones consiguientes a la fe y las que están vinculadas a una concepción inmanentista de la vida. Nosotros nos damos cuenta de que hay una difícil confrontación entre el bien continuamente anunciado por la Palabra de Dios, por Cristo y por sus siervos y testigos, y otro bien aparente, que lucha contra el primero y está alentado por justificaciones o éxitos de carácter puramente terreno y humano, encarnado como está en las instancias de la estructura técnica de la vida. Parece que de aquí nacen como dos vías morales, dos éticas que son divergentes, y el alma cristiana, como la de cada uno de los hombres honestos, se desgarra en sus difíciles opciones.

--- Fuerza transformadora de la gracia
Pero la Palabra de Cristo ¿acaso está entregada a la debilidad del corazón de los hombres, a sus pecados, a la impresionante oleada de amenazas morales que crecen en el mundo, o es capaz de transformar también el corazón humano, sosteniendo su fragilidad impulsándolo a buscar valores auténticos fundados sobre el ser, la libertad, la verdad?
Estoy seguro de que también en nuestros días, como en el pasado, la levadura evangélica puede suscitar discípulos de Cristo capaces de realizar esfuerzos generosos, de intentar caminos nuevos y comprometidos en todos los sectores de la vida organizada, para poder dar al hombre una esperanza nueva y cierta, fundada sobre la fe viva en Jesús Crucificado. El cristiano debe saber cumplir con alegría su deber de servicio al hombre, convencido de que tanto en el nivel natural como en el divino el crecimiento del propio bien existencial se realiza y se articula con el esfuerzo por el crecimiento del bien de los otros.
Pero estemos vigilantes y seamos sinceros, porque también los que están cercanos a Cristo pueden ser engañados acerca del sentido de su función en el mundo. “Pues, por el camino habían discutido quién era el más importante” (Mc 9,34).
También los que están cercanos a Cristo pueden ser envueltos por la tentación de un tipo de existencia que, queriendo pasar por moderna, se deja llevar del furor técnico y de la embriaguez de sus transformaciones, acabando por definirse materialista, laica, extraña a los problemas del espíritu; aparentemente más libre, pero en realidad, sujeta a la esclavitud que nace de una mayor pobreza del alma. No se ayuda al hombre a evolucionar en su condición de criatura social, si luego se le deja en condiciones de mayor pobreza por lo que se refiere a su espíritu.
Jesús nos invita con el ejemplo a una elección concreta del último puesto para servir a los que han perdido en el tormentoso camino de la vida el sentido de la riqueza que viene de Dios.

Ubicado en Tecpán (Chimaltenango), en el kilómetro 84 de la Carretera
Interamericana, se encuentra el Centro de Capacitación para la Mujer
Ixoqi’; un centro de formación integral para mujeres, en su mayoría
indígenas de la etnia kakchiquel, que promueve su formación humana y su
incorporación al proceso productivo para que, a través de sus esfuerzos,
contribuyan al sustento y bienestar de sus familias.

12:32 p.m.
Salir de lo pequeño, respirar en grande: Salir de lo pequeño y buscar aquello que da sentido a la vida, en el tiempo y en lo eterno. // Autor: P. Fernando Pascual LC

Hay aficiones que pueden convertirse en obsesivas. Coleccionar sellos, aprender programas electrónicos, participar en un chat, compartir fotos en redes sociales, leer novelas...

Existe el peligro de quedar encerrados en lo pequeño, en aislarnos en un mundo de intereses y de actividades que nos ahogan. Eso ocurre cuando algo nos absorbe tanto que perdemos de vista lo esencial.

La vida humana no está hecha ni para jugar, ni para leer, ni para caminar, ni para escuchar música, ni para ordenar ficheros de papel o de archivos digitales. La vida humana necesita respirar en grande, tiene sentido si "sirve” para acoger y dar amor.


En un mundo de pequeñeces, de intereses excesivos por cosas triviales, algunas incluso ridículas, hace falta aire fresco. No podemos vivir agobiados por los chismes de cada día. No podemos sucumbir a preocupaciones que nos impiden volar hacia horizontes magníficos.

Cada uno de nosotros necesita salir de lo pequeño y buscar aquello que da sentido a la vida, en el tiempo y en lo eterno. Para ello, basta poco: abrir el corazón a Dios, escuchar su Evangelio, acoger a los hermanos.

¿Así de sencillo? ¿No parece imposible en un mundo como el nuestro? Desde luego, resulta difícil si nuestro corazón está ya encadenado. Pero Cristo puede romper cadenas, dar fuerzas a los cojos, abrir los oídos a los sordos, devolver la vista a los ciegos.

De modo más radical, Cristo puede sacarme del pecado, acogerme con su misericordia e introducirme en el mundo del amor auténtico. Entonces empiezo a respirar plenamente.

Un aire fresco llegará a mi corazón y me lanzará a temas importantes: justicia, misericordia, renuncia, humildad, cielo, familia, servicio, fe, esperanza, caridad...

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera

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