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VATICANO, 01 Ene. 18 (ACI).- El Papa Francisco subrayó la función de María como Madre: “se sitúa entre su Hijo Jesús y los hombres en la realidad de sus privaciones, sus indigencias y sus sufrimientos. Intercede, consciente de que como madre puede y debe hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres, especialmente de los más débiles y necesitados”.

Antes de rezar el primer Ángelus del año 2018, este lunes 1 de enero en la Plaza de San Pedro del Vaticano, el Santo Padre recordó que “sobre la primera página del calendario del nuevo año que el Señor nos regala, la Iglesia pone, como una estupenda miniatura, la solemnidad litúrgica de Santa María Madre de Dios”.

“En este primer día del año solar, fijamos la mirada sobre ella para retomar, bajo su maternal protección, el largo camino por los senderos del tiempo”.

“El Evangelio de hoy nos lleva de nuevo hacia el portal de Belén”, señaló el Santo Padre. “Los pastores llegaron y se encontraron a María, José y al Niño y cuentan el anuncio que les hizo el ángel, que aquel recién nacido era el Salvador”.

En este contexto, “la Virgen nos hace comprender cómo debe acogerse el evento de la Navidad: no superficialmente, sino en el corazón. Nos indica el verdadero modo de recibir el regalo de Dios: conservarlo en el corazón y meditarlo”.

“Es una invitación dirigida a cada uno de nosotros para rezar contemplando y disfrutando de este regalo que el mismo Jesús nos da”.

“Es por medio de María que el Hijo de Dios asume la corporeidad. Pero la maternidad de María no se reduce a esto: gracias a su fe, Ella es también la primera discípula de Jesús y esto amplía su maternidad”.

Ejemplo de esto es el milagro de las bodas de Caná: “Será la fe de María la que provoque en Caná el primer signo milagroso que contribuye a suscitar la fe de los discípulos”.

“Mediante la misa fe, María está presente a los pies de la Cruz y recibe como hijo al apóstol Juan. Finalmente, tras la Resurrección, se convierte en madre orante de la Iglesia, sobre la cual desciende con fuerza el Espíritu Santo el día de Pentecostés”, finalizó el Papa.

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— ACI Prensa (@aciprensa) 1 de enero de 2018

Imagen de 'Cuentos clásicos para niñas y niños de hoy'

Los periodistas sevillanos Manuel Calvente y Kike de los Reyes han adaptado las historias de 'Cenicienta', 'Blancanieves' y 'Caperucita Roja' para publicar 'Cuentos Clásicos para niñas y niños de hoy' (Editorial Ocala), un libro que da la vuelta a las fábulas tradicionales para destacar el papel de las protagonistas y aludir a la diversidad de razas. "Hay que cambiar los micromachismos o las cosas que chirrían hoy en día y que aparecen en los cuentos clásicos", ha señalado Calvente en declaraciones a Europa Press. El autor ha revelado que fueron sus hijas, Lola de nueve años y Noelia de cuatro las que le dieron la idea de reescribir los cuentos que leían juntos. "Me dijeron que cómo siendo las princesas las protagonistas de los cuentos, siempre había un príncipe o un cazador que acababa haciendo lo más chulo", ha explicado Calvente.
"Mientras que aludimos a temas como la diversidad de razas o la corresponsabilidad en el hogar, también tenemos hadas, buenos y malos"
Así, junto con Kike de los Reyes, los amigos seleccionaron algunos de los cuentos más populares y los "adaptaron a la actualidad de los niños". En este sentido, Calvente destaca que eligieron estos tres títulos en particular, pues son "los que están en el ideario colectivo, en cualquier casa y los que todos los padres se saben y cuentan a sus hijos". "Hemos querido mantener el espíritu y la magia que tiene un cuento infantil y mientras que aludimos a temas como la diversidad de razas o la corresponsabilidad en el hogar, también tenemos hadas, buenos y malos o lobos", ha relatado el autor. Blancanieves no se cura con el beso del príncipe sino con la sabiduría de los libros, a Caperucita Roja no la rescata un cazador sino su madre que trabaja de veterinaria y Cenicienta ya no va al baile para casarse sino porque le gusta bailar y, "porque le da la gana", según ha explicado Calvente. "Nosotros estamos en la retaguardia en esta lucha por la igualdad y las mujeres nos prestan las gafas moradas para detectar muchas cosas que es necesario cambiar", ha apuntado Calvente. Así, según ha destacado, en su caso las gafas moradas se las "prestan" su madre y su mujer, quien "las gradúa" para que se ajusten a la realidad actual. Este tipo de acciones, a su jucio, son "el granito de arena" que los escritores quieren poner en la lucha por la igualdad de género y por "cambiar esas cosas que no están bien". Sin embargo, Calvente ha denunciado que "problemas tan graves" como la violencia de género deberían "trabajarse más en la escuela y la educación". "Los niños tienen que ver como algo natural el que haya protagonistas activas y los cuentos deberían empezar por eso", ha añadido. Además, los cuentos también reflejan "varios puntos de vista" sobre los clásicos "malos" o antagonistas de la historia, tal y como explica. "Las cosas no son blancas o negras y los niños son los primeros en detectar esto -ha asegurado el autor-. Siempre tienen la empatía de ponerse de parte del que no sale tan bien parado en la historia". Esto, en su opinión, proporciona "una nueva gama de matices".

Diversidad de culturas

Los relatos incluyen también una nueva perspectiva a la diversidad cultural: Cenicienta viene de una familia de raza negra; Blancanieves es de origen asiático; y el padre de Caperucita es latino. Esta idea, según ha explicado Calvente, surgió durante el proceso creativo para adaptarlos cuentos "a las nuevas realidades culturales". "En la clase de mis hijas hay gente de muchas razas, de origen asiático, negros o latinos, cosa que a mi edad no pasaba tanto en Sevilla -ha relatado-. Esta gente nunca antes se había sentido reflejada en estos cuentos tan populares". En ellos, ha prevalecido hasta ahora, según recuerda, "el discurso blanco, caucásico y occidental".
Calvente ha lamentado el desconocimiento que existe hacia ciertas figuras históricas de mujeres que "no aparecen en los libros de texto"
Además, los tres relatos finalizan con una pequeña dedicatoria para tres mujeres que tuvieron un papel protagonista en la historia por algunas acciones que llevaron a cabo. Así, los cuentos están dedicados a Rosa Parks, en la lucha por la igualdad de las personas de color; a Youyou Tu, que recibió el Premio Nobel de Medicina por descubrir una cura contra la malaria; o a Irena Sendler, por su papel en el rescate de niños del guetto de Varsovia durante la II Guerra Mundial. En esta línea, Calvente ha lamentado el desconocimiento que existe hacia ciertas figuras históricas de mujeres que "no aparecen en los libros de texto". "Hay una película sobre la lista de Schindler pero de Irina Sendler no hay nada", ha denunciado. Por último, el escritor ha adelantado que ambos autores del cuento se encuentran trabajando en adaptar "tres cuentos más, todos basados en cuentos clásicos" y que espera "poder tener terminados para verano". "Andamos liados con 'Los tres cerditos' a ver qué vuelta le damos", ha concluido.

La entrada Cenicienta, Caperucita y Blancanieves, reescritos para acabar con los ‘micromachismos’ aparece primero en Actuall.

REDACCIÓN CENTRAL, 01 Ene. 18 (ACI/EWTN Noticias).- Cada 1 de enero la Iglesia celebra la Jornada Mundial de la Paz y, como es costumbre, se propone para la reflexión de todos los fieles el mensaje del Papa Francisco que este 2018 lleva por título: “Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz”.

En su mensaje, el Santo Padre desea la “paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra. La paz, que los ángeles anunciaron a los pastores en la noche de Navidad, es una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia, y a los que tengo presentes en mi recuerdo y en mi oración”.

“De entre ellos quisiera recordar a los más de 250 millones de migrantes en el mundo, de los que 22 millones y medio son refugiados. Estos últimos, como afirmó mi querido predecesor Benedicto XVI, ‘son hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz’”.

Para encontrarlo, prosigue Francisco, “muchos de ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas a través de un viaje que, en la mayoría de los casos, es largo y peligroso; están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino”.

Tras reconocer que los migrantes buscan un nuevo destino de modo regular, también hay de aquellos que lo hacen de modo desesperado ante circunstancias complejas. Por ello, alertó ante quienes “fomentan el miedo hacia los migrantes, en ocasiones con fines políticos”, ya que “en lugar de construir la paz siembran violencia, discriminación racial y xenofobia, que son fuente de gran preocupación para todos aquellos que se toman en serio la protección de cada ser humano”.

Francisco resaltó asimismo que observando a los migrantes y a los refugiados, es posible ver “que no llegan con las manos vacías: traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen”.

Ante los migrantes y refugiados, prosiguió, se hace necesario asumir cuatro actitudes: acoger, proteger, promover e integrarlos en la sociedad a la que llegan.

El Papa también expresa su deseo de que en este año 2018, se llegue a la “definición y aprobación por parte de las Naciones Unidas de dos pactos mundiales: uno, para una migración segura, ordenada y regulada, y otro, sobre refugiados”.

Para concluir su mensaje, Francisco recordó a San Juan Pablo II, quien alentó a que la humanidad se transforme en “familia de todos”, y a Santa Francisca Javier Cabrini, quien con su ejemplo mostró como acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y refugiados.

Plegaria de San Juan Pablo II por la Paz

Al Creador de la naturaleza y del hombre, de la verdad y de la belleza, suplico:

Escucha mi voz, pues es la voz de las víctimas de todas las guerras y de la violencia entre los individuos y las naciones.

Escucha mi voz, pues es la voz de todos los niños que sufren y sufrirán cuando las gentes pongan su fe en las armas y en la guerra.

Escucha mi voz cuando te ruego que infundas en el corazón de todos los hombres la sabiduría de la paz, la fuerza de la justicia y la alegría de la confraternidad.

Escucha mi voz, pues hablo por las multitudes de todos los países y de todos los períodos de la historia que no quieren la guerra y están preparados a caminar por sendas de paz.

Escucha mi voz y concédenos discernimiento y fortaleza para que podamos responder siempre al odio con amor, a la injusticia con la dedicación total a la justicia, a la necesidad compartiendo de lo propio, a la guerra con la paz.

¡Oh Dios! Escucha mi voz y concede en todo el mundo tu eterna paz.

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— ACI Prensa (@aciprensa) 1 de enero de 2018

 

VATICANO, 01 Ene. 18 (ACI).- El Papa Francisco reflexionó sobre el significado y la trascendencia de la Virgen María como Madre de Dios.

En la homilía que pronunció durante la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, al comienzo de este año 2018, el Santo Padre explicó que “desde que el Señor se encarnó en María, y por siempre, nuestra humanidad está indefectiblemente unida a Él. Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno”.

A continuación, el texto completo de la homilía del Papa:

El año se abre en el nombre de la Madre. Madre de Dios es el título más importante de la Virgen. Pero nos podemos plantear una cuestión: ¿Por qué decimos Madre de Dios y no Madre de Jesús? Algunos en el pasado pidieron limitarse a esto, pero la Iglesia afirmó: María es Madre de Dios.

Tenemos que dar gracias porque estas palabras contienen una verdad espléndida sobre Dios y sobre nosotros. Y es que, desde que el Señor se encarnó en María, y por siempre, nuestra humanidad está indefectiblemente unida a él. Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno.

La palabra madre (mater) hace referencia también a la palabra materia. En su Madre, el Dios del cielo, el Dios infinito se ha hecho pequeño, se ha hecho materia, para estar no solamente con nosotros, sino también para ser como nosotros. He aquí el milagro, la novedad: el hombre ya no está solo; ya no es huérfano, sino que es hijo para siempre. El año se abre con esta novedad. Y nosotros la proclamamos diciendo: ¡Madre de Dios! Es el gozo de saber que nuestra soledad ha sido derrotada.

Es la belleza de sabernos hijos amados, de conocer que no nos podrán quitar jamás esta infancia nuestra. Es reconocerse en el Dios frágil y niño que está en los brazos de su Madre y ver que para el Señor la humanidad es preciosa y sagrada. Por lo tanto, servir a la vida humana es servir a Dios, y que toda vida, desde la que está en el seno de la madre hasta que es anciana, la que sufre y está enferma, también la que es incómoda y hasta repugnante, debe ser acogida, amada y ayudada.

Dejémonos ahora guiar por el Evangelio de hoy. Sobre la Madre de Dios se dice una sola frase: «Custodiaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Custodiaba. Simplemente custodiaba. María no habla: el Evangelio no nos menciona ni tan siquiera una sola palabra suya en todo el relato de la Navidad. También en esto la Madre está unida al Hijo: Jesús es infante, es decir «sin palabra».

Él, el Verbo, la Palabra de Dios que «muchas veces y en diversos modos en los tiempos antiguos había hablado» (Hb 1,1), ahora, en la «plenitud de los tiempos» (Ga 4,4), está mudo. El Dios ante el cual se guarda silencio es un niño que no habla. Su majestad es sin palabras, su misterio de amor se revela en la pequeñez. Esta pequeñez silenciosa es el lenguaje de su realeza. La Madre se asocia al Hijo y custodia en el silencio.

Y el silencio nos dice que también nosotros, si queremos custodiarnos, tenemos necesidad de silencio. Tenemos necesidad de permanecer en silencio mirando el pesebre. Porque delante del pesebre nos descubrimos amados, saboreamos el sentido genuino de la vida. Y contemplando en silencio, dejamos que Jesús nos hable al corazón: que su pequeñez desarme nuestra soberbia, que su pobreza desconcierte nuestra fastuosidad, que su ternura sacuda nuestro corazón insensible.

Reservar cada día un momento de silencio con Dios es custodiar nuestra alma; es custodiar nuestra libertad frente a las banalidades corrosivas del consumo y la ruidosa confusión de la publicidad, frente a la abundancia de palabras vacías y las olas impetuosas de las murmuraciones y quejas.

El Evangelio sigue diciendo que María custodiaba todas estas cosas, meditándolas. ¿Cuáles eran estas cosas? Eran gozos y dolores: por una parte, el nacimiento de Jesús, el amor de José, la visita de los pastores, aquella noche luminosa. Pero por otra parte: el futuro incierto, la falta de un hogar, «porque para ellos no había sitio en la posada» (Lc 2,7), la desolación del rechazo, la desilusión de ver nacer a Jesús en un establo.

Esperanzas y angustias, luz y tiniebla: todas estas cosas poblaban el corazón de María. Y ella, ¿qué hizo? Las meditaba, es decir las repasaba con Dios en su corazón. No se guardó nada para sí misma, no ocultó nada en la soledad ni lo ahogó en la amargura, sino que todo lo llevó a Dios. Así custodió. Confiando se custodia: no dejando que la vida caiga presa del miedo, del desconsuelo o de la superstición, no cerrándose o tratando de olvidar, sino haciendo de toda ocasión un diálogo con Dios. Y Dios que se preocupa de nosotros, viene a habitar nuestras vidas.

Este es el secreto de la Madre de Dios: custodiar en el silencio y llevar a Dios. Y como concluye el Evangelio, todo esto sucedía en su corazón. El corazón invita a mirar al centro de la persona, de los afectos, de la vida.

También nosotros, cristianos en camino, al inicio del año sentimos la necesidad de volver a comenzar desde el centro, de dejar atrás los fardos del pasado y de empezar de nuevo desde lo que importa.

Aquí está hoy, frente a nosotros, el punto de partida: la Madre de Dios. Porque María es exactamente como Dios quiere que seamos nosotros, como quiere que sea su Iglesia: Madre tierna, humilde, pobre de cosas y rica de amor, libre del pecado, unida a Jesús, que custodia a Dios en su corazón y al prójimo en su vida. Para recomenzar, contemplemos a la Madre. En su corazón palpita el corazón de la Iglesia. La fiesta de hoy nos dice que para ir hacia delante es necesario volver de nuevo al pesebre, a la Madre que lleva en sus brazos a Dios.

La devoción a María no es una cortesía espiritual, es una exigencia de la vida cristiana. Contemplando a la Madre nos sentimos animados a soltar tantos pesos inútiles y a encontrar lo que verdaderamente cuenta. El don de la Madre, el don de toda madre y de toda mujer es muy valioso para la Iglesia, que es madre y mujer.

Y mientras el hombre frecuentemente abstrae, afirma e impone ideas; la mujer, la madre, sabe custodiar, unir en el corazón, vivificar. Para que la fe no se reduzca sólo a una idea o doctrina, todos necesitamos de un corazón de madre, que sepa custodiar la ternura de Dios y escuchar los latidos del hombre. Que la Madre, que es el sello especial de Dios sobre la humanidad, custodie este año y traiga la paz de su Hijo al corazón de todos los hombres y al mundo entero.

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— ACI Prensa (@aciprensa) 1 de enero de 2018

REDACCIÓN CENTRAL, 01 Ene. 18 (ACI).- Un nuevo año comienza y la Iglesia, cada 1 de enero, lo inicia celebrando la Solemnidad de “María, Madre de Dios” para pedir la protección de aquella que tuvo la dicha de concebir, dar a luz y criar al Salvador. Conoce aquí cómo es que surge este título en honor a la Virgen y lo que hicieron los primeros cristianos para defenderlo.

La Fiesta de “María, Madre de Dios” (Theotokos) es la más antigua que se conoce en Occidente. En las Catacumbas o antiquísimos subterráneos de Roma, donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Santa Misa, se encuentran pinturas con esta inscripción.

Según un antiguo testimonio escrito en el siglo III, los cristianos de Egipto se dirigían a María con la siguiente oración: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen gloriosa y bendita" (Liturgia de las Horas).

En el Siglo IV el término Theotokos se usaba con frecuencia en Oriente y Occidente porque ya había entrado a formar parte del patrimonio de la fe de la Iglesia.

Sin embargo, en el siglo V, el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, afirmando: “¿Entonces Dios tiene una madre? Pues entonces no condenemos la mitología griega, que les atribuye una madre a los dioses”.

Nestorio había caído en un error debido a su dificultad para admitir la unidad de la persona de Cristo y su interpretación errónea de la distinción entre las dos naturalezas – divina y humana – presentes en Él.

Los obispos, por su parte, reunidos en el Concilio de Éfeso (año 431), afirmaron la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única persona del Hijo. A su vez declararon: "La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios".

Luego, acompañados por el pueblo y portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".

San Juan Pablo II, en noviembre de 1996, reflexionó sobre las objeciones planteadas por Nestorio para que se comprenda mejor el título “María, Madre de Dios”.

“La expresión Theotokos, que literalmente significa ‘la que ha engendrado a Dios’, a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina”, dijo el Pontífice.

“El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz”, añadió.

Asimismo, señaló que la maternidad de María “no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana”. Además, “una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra”, enfatizó San Juan Pablo II.

Para terminar, es importante recordar que María no es sólo Madre de Dios, sino también nuestra porque así lo quiso Jesucristo en la cruz. Por ello, al comenzar el nuevo año, pidámosle a María que nos ayude a ser cada vez más como su Hijo.

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VATICANO, 01 Ene. 18 (ACI).- En su primera homilía del año, pronunciada durante la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios este lunes 1 de enero, el Papa Francisco invitó a los cristianos a mirar en su corazón para comenzar el nuevo año “desde el centro, dejar atrás los fardos del pasado y empezar de nuevo desde lo que importa”.

El Santo Padre planteó la siguiente cuestión: “¿Por qué decimos Madre de Dios y no Madre de Jesús?”. Recordó que, en el pasado, algunas voces dentro de la Iglesia pedían que se limitara a reconocer a Jesús únicamente como Madre de Jesús, “pero la Iglesia afirmó: María es Madre de Dios”.

“Desde que el Señor se encarnó en María, y por siempre, nuestra humanidad está indefectiblemente unida a Él. Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno”.

En su homilía, el Pontífice también subrayó que “la palabra madre (mater) hace referencia también a la palabra materia. En su Madre, el Dios del cielo, el Dios infinito se ha hecho pequeño, se ha hecho materia, para estar no solamente con nosotros, sino también para ser como nosotros”.

“He aquí el milagro, la novedad: el hombre ya no está solo; ya no es huérfano, sino que es hijo para siempre. El año se abre con esta novedad. Y nosotros la proclamamos diciendo: ¡Madre de Dios!”.

“Nuestra soledad ha sido derrotada”, continuó. Por ello, “servir a la vida humana es servir a Dios”.

El valor del silencio

El Papa Francisco también destacó una de las principales características del relato evangélico de la Navidad: el silencio.

En concreto, llamó la atención sobre esta frase del Evangelio de San Lucas: “Custodiaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

“Custodiaba. Simplemente custodiaba. María no habla: el Evangelio no nos menciona ni tan siquiera una sola palabra suya en todo el relato de la Navidad. También en esto la Madre está unida al Hijo: Jesús es infante, es decir ‘sin palabra’. Él, el Verbo, la Palabra de Dios que ‘muchas veces y en diversos modos en los tiempos antiguos había hablado’, ahora, en la ‘plenitud de los tiempos’, está mudo”.

El Pontífice destacó que también esto tiene un sentido en la historia de la salvación, y pone de relieve la realeza de Jesús: “El Dios ante el cual se guarda silencio es un niño que no habla. Su majestad es sin palabras, su misterio de amor se revela en la pequeñez. Esta pequeñez silenciosa es el lenguaje de su realeza. La Madre se asocia al Hijo y custodia en el silencio”.

El misterio del silencio en el nacimiento de Jesús supone una oportunidad para la meditación del cristiano, y el Papa explicó cómo: “El silencio nos dice que también nosotros, si queremos custodiarnos, tenemos necesidad de silencio. Tenemos necesidad de permanecer en silencio mirando el pesebre. Porque delante del pesebre nos descubrimos amados, saboreamos el sentido genuino de la vida. Y contemplando en silencio, dejamos que Jesús nos hable al corazón”.

Así, invitó a dedicar unos instantes al día a contemplar a Dios en silencio: “Reservar cada día un momento de silencio con Dios es custodiar nuestra alma; es custodiar nuestra libertad frente a las banalidades corrosivas del consumo y la ruidosa confusión de la publicidad, frente a la abundancia de palabras vacías y las olas impetuosas de las murmuraciones y quejas”.

También explicó que las cosas que María custodiaba en su corazón eran los “gozos y dolores” de aquellos días: “el futuro incierto, la falta de un hogar, la desolación del rechazo, la desilusión de ver nacer a Jesús en un establo”.

María “meditaba” todas estas cosas, “es decir las repasaba con Dios en su corazón. No se guardó nada para sí misma, no ocultó nada en la soledad ni lo ahogó en la amargura, sino que todo lo llevó a Dios. Así custodió”.

“Este es el secreto de la Madre de Dios: custodiar en el silencio y llevar a Dios. Y como concluye el Evangelio, todo esto sucedía en su corazón”.

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