VIDEO: ⭕️ PENTECOSTÉS 2020

Desde la Catedral Metropolitana de Monterrey Preside S. E. Mons. Rogelio Cabrera López Arzobispo de Monterrey

A continuación, el texto completo del mensaje del Papa Francisco:
Queridos hermanos y hermanas:
Doy gracias a Dios por la dedicación con que se vivió en toda la Iglesia el Mes Misionero Extraordinario durante el pasado mes de octubre. Estoy seguro de que contribuyó a estimular la conversión misionera de muchas comunidades, a través del camino indicado por el tema: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”.
En este año, marcado por los sufrimientos y desafíos causados por la pandemia del COVID19, este camino misionero de toda la Iglesia continúa a la luz de la palabra que encontramos en el relato de la vocación del profeta Isaías: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: «¿A quién enviaré?» (ibíd.).
Esta llamada viene del corazón de Dios, de su misericordia que interpela tanto a la Iglesia como a la humanidad en la actual crisis mundial. «Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa.
Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos» (Meditación en la Plaza San Pietro, 27 marzo 2020).
Estamos realmente asustados, desorientados y atemorizados. El dolor y la muerte nos hacen experimentar nuestra fragilidad humana; pero al mismo tiempo todos somos conscientes de que compartimos un fuerte deseo de vida y de liberación del mal.
En este contexto, la llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo se presenta como una oportunidad para compartir, servir e interceder. La misión que Dios nos confía a cada uno nos hace pasar del yo temeroso y encerrado al yo reencontrado y renovado por el don de sí mismo.
En el sacrificio de la cruz, donde se cumple la misión de Jesús (cf. Jn 19,28-30), Dios revela que su amor es para todos y cada uno de nosotros (cf. Jn 19,26-27). Y nos pide nuestra disponibilidad personal para ser enviados, porque Él es Amor en un movimiento perenne de misión, siempre saliendo de sí mismo para dar vida.
Por amor a los hombres, Dios Padre envió a su Hijo Jesús (cf. Jn 3,16). Jesús es el Misionero del Padre: su Persona y su obra están en total obediencia a la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34; 6,38; 8,12-30; Hb 10,5-10).
A su vez, Jesús, crucificado y resucitado por nosotros, nos atrae en su movimiento de amor; con su propio Espíritu, que anima a la Iglesia, nos hace discípulos de Cristo y nos envía en misión al mundo y a todos los pueblos.
«La misión, la “Iglesia en salida” no es un programa, una intención que se logra mediante un esfuerzo de voluntad. Es Cristo quien saca a la Iglesia de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu te empuja y te trae» (Sin Él no podemos hacer nada, LEVSan Pablo, 2019, 16-17).
Dios siempre nos ama primero y con este amor nos encuentra y nos llama. Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en esa caridad que Jesús nos testimonia.
Sin embargo, todos tienen una dignidad humana fundada en la llamada divina a ser hijos de Dios, para convertirse por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe en lo que son desde siempre en el corazón de Dios.
Haber recibido gratuitamente la vida constituye ya una invitación implícita a entrar en la dinámica de la entrega de sí mismo: una semilla que madurará en los bautizados, como respuesta de amor en el matrimonio y en la virginidad por el Reino de Dios.
La vida humana nace del amor de Dios, crece en el amor y tiende hacia el amor. Nadie está excluido del amor de Dios, y en el santo sacrificio de Jesús, el Hijo en la cruz, Dios venció el pecado y la muerte (cf. Rm 8,31-39). Para Dios, el mal —incluso el pecado— se convierte en un desafío para amar y amar cada vez más (cf. Mt 5,38-48; Lc 23,33-34). Por ello, en el misterio pascual, la misericordia divina cura la herida original de la humanidad y se derrama sobre todo el universo.
La Iglesia, sacramento universal del amor de Dios para el mundo, continúa la misión de Jesús en la historia y nos envía por doquier para que, a través de nuestro testimonio de fe y el anuncio del Evangelio, Dios siga manifestando su amor y pueda tocar y transformar corazones, mentes, cuerpos, sociedades y culturas, en todo lugar y tiempo.
La misión es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios, pero podemos percibirla sólo cuando vivimos una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia.
Preguntémonos: ¿Estamos listos para recibir la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, para escuchar la llamada a la misión, tanto en la vía del matrimonio como de la virginidad consagrada o del sacerdocio ordenado, como también en la vida ordinaria de todos los días?
¿Estamos dispuestos a ser enviados a cualquier lugar para dar testimonio de nuestra fe en Dios, Padre misericordioso, para proclamar el Evangelio de salvación de Jesucristo, para compartir la vida divina del Espíritu Santo en la edificación de la Iglesia? ¿Estamos prontos, como María, Madre de Jesús, para ponernos al servicio de la voluntad de Dios sin condiciones (cf. Lc 1,38)?
Esta disponibilidad interior es muy importante para poder responder a Dios: “Aquí estoy, Señor, mándame” (cf. Is 6,8). Y todo esto no en abstracto, sino en el hoy de la Iglesia y de la historia.
Comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan.
Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida. Ahora, que tenemos la obligación de mantener la distancia física y de permanecer en casa, estamos invitados a redescubrir que necesitamos relaciones sociales, y también la relación comunitaria con Dios.
Lejos de aumentar la desconfianza y la indiferencia, esta condición debería hacernos más atentos a nuestra forma de relacionarnos con los demás. Y la oración, mediante la cual Dios toca y mueve nuestro corazón, nos abre a las necesidades de amor, dignidad y libertad de nuestros hermanos, así como al cuidado de toda la creación.
La imposibilidad de reunirnos como Iglesia para celebrar la Eucaristía nos ha hecho compartir la condición de muchas comunidades cristianas que no pueden celebrar la Misa cada domingo.
En este contexto, la pregunta que Dios hace: «¿A quién voy a enviar?», se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: «¡Aquí estoy, mándame!» (Is 6,8). Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para testimoniar su amor, su salvación del pecado y la muerte, su liberación del mal (cf. Mt 9,35-38; Lc 10,1-12).
La celebración la Jornada Mundial de la Misión también significa reafirmar cómo la oración, la reflexión y la ayuda material de sus ofrendas son oportunidades para participar activamente en la misión de Jesús en su Iglesia.
La caridad, que se expresa en la colecta de las celebraciones litúrgicas del tercer domingo de octubre, tiene como objetivo apoyar la tarea misionera realizada en mi nombre por las Obras Misionales Pontificias, para hacer frente a las necesidades espirituales y materiales de los pueblos y las iglesias del mundo entero y para la salvación de todos.
Que la Bienaventurada Virgen María, Estrella de la evangelización y Consuelo de los afligidos, Discípula misionera de su Hijo Jesús, continúe intercediendo por nosotros y sosteniéndonos.
Roma, San Juan de Letrán, 31 de mayo de 2020, Solemnidad de Pentecostés.
FRANCISCO
Al finalizar el rezo del Regina Coeli en la Plaza de San Pedro del Vaticano este domingo 31 de mayo, Solemnidad de Pentecostés, el Santo Padre recordó que “hoy en Italia se celebra la Jornada Mundial del Auxilio, para promover la solidaridad con los enfermos”.
“Renuevo mi aprecio a todos aquellos que, especialmente durante este período, han ofrecido y ofrecen su testimonio de curación al prójimo”, señaló.
A continuación, recordó “con agradecimiento y admiración a todos aquellos que, sosteniendo a los enfermos en esta pandemia, han dado su vida. Recemos en silencio por los médicos, los voluntarios, los enfermeros, todos los profesionales de la salud y tantos que han dado su vida durante este período”.
Al finalizar el rezo del Regina Coeli este domingo 31 de mayo, Solemnidad de Pentecostés, desde el Palacio Apostólico del Vaticano, el Papa Francisco recordó que “hace siete meses concluía el Sínodo Amazónico”.
“Hoy, fiesta de Pentecostés, invocamos el Espíritu Santo para que de luz y fuerza a la Iglesia y a la sociedad en la Amazonía duramente probada por la pandemia. Se han producido muchos contagios y fallecimientos, también entre los pueblos indígenas, particularmente entre los más vulnerables”.
También pidió que, “por intercesión de María, Madre de la Amazonía, rezo por los más pobres e indefensos de aquella querida región, pero también por los de todo el mundo, y hago un llamado para que no le falte a nadie la asistencia sanitaria”.
Por último, hizo un llamado a “sanar a las personas” antes que la economía. “Curar a las personas, que son más importantes que la economía. Nosotros, personas, somos templo del Espíritu Santo. La economía, no”.
“Tenemos mucha necesidad de la luz y de la fuerza del Espíritu Santo”, afirmó el Pontífice. “La necesita la Iglesia para caminar concorde y con valentía testimoniando el Evangelio. Y la necesita la entera familia humana, para salir de esta crisis más unida y no más dividida”.
En sus palabras, el Pontífice subrayó que “de una crisis como esta no se sale igual que antes. Se sale o mejor o peor. Tengamos la valentía de cambiar, de ser mejores que antes y poder construir positivamente la post crisis de la pandemia”.
En su mensaje previo al rezo del Regina Coeli, que presidió por primera vez desde hace meses desde la ventana del Palacio Apostólico del Vaticano y con la presencia de fieles en la Plaza de San Pedro este domingo 31 de mayo, Solemnidad de Pentecostés, el Pontífice explicó cómo el Resucitado reunió a los discípulos e hizo de ellos su Iglesia.
“El Evangelio de hoy nos lleva a la tarde de Pascua y nos muestra a Jesús resucitado que se aparece en el cenáculo, donde se habían refugiado los discípulos. Tenían miedo”, explicó el Papa.
Jesús se sitúa en medio de ellos y “les dice: ‘Paz a vosotros’. Estas primeras palabras pronunciadas por el Resucitado son más que un saludo. Expresan el perdón a los discípulos que lo habían abandonado. Son palabras de reconciliación y de perdón”.
“También nosotros, cuando deseamos paz a los demás, estamos dando nuestro perdón y también pidiendo perdón”, aseguró.
Con ese saludo, “Jesús ofrece su paz a aquellos discípulos que tenían miedo, que incluso les cuesta creer en lo que han visto, es decir, el sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de María Magdalena y de las otras mujeres. Jesús perdona y ofrece su paz a sus amigos”.
“Perdonando y reuniendo en torno a Él a sus discípulos, Jesús hace de ellos su Iglesia: una comunidad reconciliada y preparada para la misión. Cuando una comunidad no está reconciliada, no está preparada para la misión, sólo está preparada para discutir dentro de ella. El encuentro con el Señor Resucitado da un vuelco a la existencia de los apóstoles y los transforma en valientes testigos”.
“De hecho, inmediatamente después, dice: ‘Como el Padre me ha enviado, así os envío yo’. Estas palabras hacen entender a los apóstoles que son enviados a prolongar la misma misión que el Padre confió a Jesús”.
“No es tiempo de quedarse encerrados ni llorar por los buenos tiempos pasados con el Maestro. La alegría de la resurrección es grande, pero es una alegría expansiva que no debe guardarse para sí mismo. Es para darla”.
“Precisamente, para animar la misión, Jesús entrega a los apóstoles su Espíritu”. “El Espíritu Santo es el fuego que quema los pecados y crea hombres y mujeres nuevos. Es el fuego de amor con el que los discípulos podrán ‘incendiar’ el mundo. Ese amor de ternura que prefiere a los pequeños, a los pobres, a los excluidos”.
“En los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación recibimos el Espíritu Santo con sus dones: entendimiento, sabiduría, ciencia, consejo, piedad, fortaleza y temor de Dios”.
“Este último don, el temor de Dios, es, precisamente, lo contrario del miedo que paralizaba a los discípulos: es el amor por el Señor, es la certeza de su misericordia y de su bondad, es la confianza de poder moverse en la dirección por Él indicada sin que no nos falte nunca su presencia y su apoyo”.
“La fiesta de Pentecostés renueva la conciencia de que en nosotros habita la presencia vivificante del Espíritu Santo. Él también nos entrega la valentía de salir fuera de los muros protectores de nuestros ‘cenáculos’, sin caer en el descanso de una vida tranquila o encerrarnos en costumbres estériles”.