No sé si mis lectores recordarán al pobre José Arregui (o Arregi, como prefiere escribir su apellido, quizá para que tenga más Rh negativo). Digo pobre porque, después de alejarse tanto de la fe de la Iglesia que ya no podía verla ni con catalejo, le retiraron la licencia canónica en 2010 y terminó por dejar la orden franciscana y el sacerdocio. Desde entonces, sigue dedicado a escribir sobre temas de Iglesia, diciendo los mismos disparates pero ya sin que sus escritos le importen a nadie.
Aún así, yo diría que merece la pena leer lo que escribe, porque uno puede aprender mucho. Arregui tiene la admirable facultad de apostar siempre por el caballo erróneo en temas teológicos, el instinto infalible del antiprofeta para elegir invariablemente la opción menos católica entre dos posibilidades cualesquiera.
No crean que es algo sencillo ser antiprofeta. En realidad, equivocarse en todo es casi tan difícil como acertar en todo. Hay que esforzarse mucho. Es “una tarea sobrehumana”, como dice el propio Arregui.
En el último artículo que ha escrito en RD, por ejemplo, se dedica a elogiar profusamente al Papa, que, según él, todo lo hace bien… si no fuera por esa manía que tiene de ser papa y de ser católico. De pasada, aprovecha para insultar a Monseñor Rouco, reírse de la fe católica, mostrar su odio a la Iglesia, pedir la abolición del papado y promover el aborto y el despiporre teológico. Es decir, lo habitual.
En todos sus artículos, sin embargo, se puede encontrar alguna joya entre los desechos teológicos, a modo de diamante del cucharero. En su escrito más reciente, la joya es un perspicaz nombre que le pone a la Iglesia: “espejo de humanidad”. Speculum humanitatis podría haber dicho, si no considerase que el latín es una lengua muerta, enterrada, carpetovetónica y españolista, que nubla la mente y probablemente engorda. En cualquier caso, es una afortunadísima expresión para describir lo que él cree que debe ser la Iglesia (y, recordemos que, como buen antiprofeta, eso implica que es guía infalible de lo que no debe ser la Iglesia).
Arregui utiliza ese mote de “espejo de humanidad” para defender que la Iglesia debe democratizarse, siguiendo el proceso de democratización propio del último siglo. Si el mundo lo ha hecho, la Iglesia tendrá que hacerlo también, aunque sea con retraso, porque su misión es ser espejo de humanidad, imitar al mundo, seguir sus modas y pedir perdón por cualquier cosa que pueda parecer, aunque sea lejanamente, católica.
Se puede comprender la perspicacia de este eslogan sobre la Iglesia con solo ver que refleja perfectamente el pensamiento de los cardenales Kasper y Marx: si la sociedad acepta el divorcio, habrá que aceptarlo también en la Iglesia. Especialmente si no se trata de una sociedad cualquiera, de las de baratillo y piel oscura, sino de la única, auténtica y patentada Sociedad Alemana™. No hacen falta justificaciones adicionales: si el Mundo lo hace, hagámoslo nosotros también (y si también lo aconsejan los otros dos miembros del trío, el Demonio y la Carne, miel sobre hojuelas y Apfelstrudel con Dunkelbier).
¿Qué podemos aprender nosotros de todo esto? Acudiendo esperanzados al antiprofeta y pendientes de toda palabra que sale de sus labios para marchar rápidamente en dirección contraria, podremos darnos cuenta de que, en realidad, la Iglesia es espejo, pero de justicia como Nuestra Señora, de la Verdad eterna, de la gloria futura del cielo y de la belleza del Hijo de Dios. Es lo que los Padres de la Iglesia llamaban el Mysterium lunae: la Iglesia es como la luna, porque no tiene luz propia, sino que se limita a reflejar la luz del sol que es Jesucristo.
En lugar de mirar a la Iglesia y resignarnos al tedio de vernos una vez más a nosotros mismos, en ella podemos contemplar al más bello de los hombres. La misión de la Iglesia no es mostrarnos lo que queremos ver, sino reflejar a Jesucristo, para hacernos cada vez más parecidos a él. Y ese camino de parecernos al Hijo de Dios está incluido el sacramento del matrimonio que nadie puede romper, igual que el amor de Cristo por su Esposa.
Dios no permita nunca que la Iglesia abandone esa misión, por mucho que se lo pidan todos los antiprofetas de la tierra.

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