Homilía del Cardenal Aguiar en San José del Altillo

“Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. (Jn. 21,6)

En esta escena del Evangelio que acabamos de escuchar, vamos a descubrir las actitudes que necesita un discípulo de Cristo, actitudes que vivió nuestra beata María de la Concepción. Es bueno ver cómo ella fue una excelente discípula de Jesús.

El texto nos introduce diciéndonos que ya es la tercera vez que Jesús se aparecía después de resucitado; sin embargo, un párrafo adelante nos dice que estos siete discípulos se encontraban con Pedro, quien los invita a pescar. Ellos van también a pescar, que precisamente era el oficio que tenían antes de conocer a Jesús. Ya han conocido a Jesús, ya lo han encontrado; sin embargo, siguen en el mismo oficio.

Salieron a pescar, y en eso, a la orilla del lago escuchan una voz. No distinguen el rostro, pero esa voz les dice: “¿Muchachos, han pescado algo?”. Ellos contestaron: “No”. Entonces Él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces. (Jn. 21,6). En cuanto escucharon la voz de Jesús y lo obedecieron, encontraron tal cantidad de peces que ya no podían jalar la red.

Con Jesús se pesca, sin Jesús no se pesca. Pero todavía más, nos dice el texto que el discípulo a quien Jesús amaba le dijo a Pedro: “Es la voz es del Señor”. Ya han pescado, han obedecido a la voz, pero no han distinguido quién les ha dado la clave. Esta presencia escondida, discreta, misteriosa, es como Él se suele presentar en esta etapa de Cristo resucitado.

Tenemos que aprender a distinguir la voz de Jesús. En cuanto Pedro, que era la cabeza, oyó que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los discípulos llegaron en la barca arrastrando la red. Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas, y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: Traigan algunos pescados de los que acaban de sacar (Jn. 21, 1-19). Jesús tenia preparada ya la comida, pan y pescado. Pero les pide que también lo que ellos habían pescado lo pongan junto con lo que Él había preparado

Aquí podemos descubrir que esta es la manera como realiza Dios su obra en el mundo: Él pone, pero también pide que pongamos de nuestra parte; si no, no hay almuerzo. Es decir, si no, no hay fruto de la misión.

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Jesús les dice: “Traigan algunos de esos pescados, y es Simón Pedro quien arrastró hasta la orilla los pescados grandes. El texto señala reiteradamente a Pedro. Pedro es el que les dijo a los otros: “Vamos a pescar”. Pedro es quien escucha del discípulo amado, Juan, que es el Señor, y se tira para ir rápido junto a Él. También es Pedro el que va y trae los pescados.

A pesar de que eran tantos pescados, no se rompió la red. Nunca vamos a desbordar el trabajo de la iglesia y de la misión de Jesús. La red, como dice el Papa Francisco, es la Iglesia en que cabemos todos, todos tenemos lugar.

“Vengan a almorzar, les dice Jesús”, y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle “¿quién eres?”. Sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan, se lo dio, y también el pescado. La misma actitud de Jesús, de partir el pan, queda en la Iglesia como signo eucarístico.

Después de almorzar, Jesús le dice a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” (Jn. 21,15-19). Muchas veces esta parte del texto se ha interpretado como que con esto Jesús le ha perdonado las negaciones; pero hay una cosa más profunda desde mi punto de vista: no es simplemente el perdón. Si fuera sólo perdonarlo le habría dicho: “No te preocupes, sé que me amas, estamos en paz. Pero Jesús no le dice eso, sino: “Apacienta mis ovejas”. Es decir, no te pierdas, te volviste a meter en tu oficio de pescador; ya te había dicho que ibas a ser pescador de hombres; si me amas, apacienta mis ovejas, lo cual también nos indica que la conducción de la iglesia, de los pastores, tiene que estar cimentada en el amor, no hay otra base. Si no la cimentamos en el amor, si simplemente la cimentamos en el cumplimiento de normas y mandatos, no somos fieles al Señor.

En esto el Papa Francisco está insistiendo mucho, porque veníamos de una cultura de cristiandad, donde estaba explicita en las normas la conducta que debía conservar un discípulo; eso se ha quebrado hoy, se ha fracturado, ya no hay un consenso de valores. En estos tiempos lo más importante es renovarnos desde la raíz. Tanto los pastores como quienes nos ayudan a hacer realidad la misión de la iglesia en el mundo de hoy, tenemos que volver a esta raíz, base de la evangelización: partir de la comprensión del otro, de la experiencia de amor que tenga para reconducirlo al verdadero Amor.

Finalmente, Jesús le dice: “Cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas adonde querías, pero cuando seas viejo extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras” (Jn. 21,18).

Quien quiere ser discípulo de Jesús, tiene que ser anciano. Hoy todos quieren ser jóvenes, se quitan las arrugas y se ponen cremas, nadie le gusta llegar a ser anciano en el mundo de hoy. Pero Jesús no están hablando de la apariencia de la cara, sino de la frescura del corazón, y eso es lo que da la madurez, el caminar en la vida, la relación con los demás, el entender a los demás, el escucharlos, el orientarlos en nombre del Señor, para que escuchen su voz y den a conocer a Cristo.

Pero sobre todo, le dice Jesús: “Otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras” (Jn. 21,18). Es decir, tenemos que pasar por ese trago amargo, como lo hizo Jesús en Getsemaní: “Padre, si te es posible aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22,42). Ese es el discípulo de Cristo, el que acepta la voluntad de Dios por encima del propio deseo, de la propia manera de ver las cosas, y acepta las condiciones en que Jesús nos pide realizar la misión

Eso el lo que vemos en la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, que tienen la valentía para resistir azotes que no merecen, tormentos que nos son justificables. Lo hacen no solamente aceptándolos, sino alegremente, felices. ¿Cómo es posible eso? Sólo cuando sabemos que lo que estamos haciendo es lo que Dios quiere que hagamos. Es el discernimiento de la voluntad de Dios.

A Conchita así le fue, pero llegó a anciana con la madurez suficiente y esa frescura de corazón para amar. Por eso su herencia: la espiritualidad de la cruz. Este es el camino: aceptar mi cruz y ayudar a los demás, orientarlos y acompañarlos para llevar su propia cruz. Una cruz que es camino a la vida, no una cruz que conduce a la muerte, esa no es la cruz en que creemos nosotros, sino una cruz como la de Cristo, una cruz que es paso a la verdadera vida, para estar, como decía la segunda lectura del libro del Apocalipsis, disfrutando del reino de Dios por los siglos de los siglos.

Cardenal Carlos Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México


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