22 de diciembre 2013
Domingo 4º Adviento (A)
Mt 1, 18-24: Homilía de san Agustín (S. 343, 3)
«Así pues, aquel que libró a Susana, mujer casta y esposa fiel, del falso testimonio de los ancianos, ese mismo libro también a la Virgen María de la falsa sospecha de su esposo, pues aquella virgen, a la que no se acercó varón alguno, fue hallada en estado (cf. Mt 1, 19). Su vientre, en efecto, había aumentado con la criatura, aunque permaneció su integridad virginal. Había concebido por su fe al sembrador de la misma fe. Asumió en su propio cuerpo al Señor, sin permitir que su cuerpo fuese violado. Al esposo, sin embargo, como hombre, le asaltó la sospecha. Pensaba que vendría de otra parte lo que sabía que no venía de él; y así sospechaba que ello fuera adulterio. Es corregido por el ángel. ¿Por qué fue hallado digno de ser corregido por un ángel? Porque su sospecha no era malévola, como aquellas que el Apóstol llama sospechas malévolas, que nacen entre los hermanos (cf. Tim 6, 4).
Sospechas malévolas son las de los calumniadores, benévolas las de los que nos gobiernan. Se puede sospechar mal del hijo, pero no es lícito calumniar al hijo. Sospechas el mal, pero deseas encontrar el bien. Quien sospecha benévolamente, desea ser vencido, pues entonces se alegra mucho al descubrir que sus sospechas eran falsas. Así le sucedió a José acerca de su esposa, a la que no se había unido en el cuerpo, pero con la que estaba ya unido en la fe. Así pues, la Virgen fue objeto también de una falsa sospecha, pero así como a favor de Susana se hizo presente el Espíritu de Daniel, así a favor de María se hizo presente el ángel a José: No temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo (Mt 1, 20). Desapareció la sospecha, porque se descubrió la redención».
(Trad. de Javier Ruiz, oar)
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