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6:40 a.m.
La Plata (Buenos Aires) (AICA): Corpus Christi es una fiesta típicamente católica, que nos recuerda una verdad central de nuestra fe, es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, comenzó su semanal reflexión el sábado 28 de mayo, el arzobispo de La Plata, Mons. Héctor Aguer, quien quiso asociar la fiesta del Corpus con la celebrada el domingo pasado: la Santísima Trinidad porque tenía la impresión de que para muchos católicos Dios se convierte en una especie de nebulosa lejana y no verdaderamente personal. Nosotros creemos que Dios es uno en esencia y tres en las personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
“Esta tarde, con las primeras vísperas, comienza la celebración de Corpus Christi, una fiesta típicamente católica, que nos recuerda una verdad central de nuestra fe. Una fiesta central y cordial porque suscita en nosotros muchos recuerdos muy bellos que es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo”, comenzó diciendo en su habitual reflexión en el programa televisivo Claves para un Mundo Mejor, el sábado 28 de mayo, el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer.

“Es una verdad de la fe -expresó-, en ella afirmamos que creemos que nuestro Señor Jesucristo está verdadera, real y sustancialmente presente en el Santísimo Sacramento del altar, bajo las especies consagradas. Vemos pan pero no es pan sino que es el Cuerpo de Cristo, vemos vino pero no es vino sino que es la Sangre de Cristo. Es lógico que ante este misterio admirable tratemos de vivirlo con alegría del modo que podamos todos participar”.

Después el prelado dijo que quería asociar la fiesta del Corpus con la solemnidad celebrada el domingo pasado: la Santísima Trinidad porque tenía “la impresión de que para muchos católicos Dios se convierte en una especie de nebulosa lejana y no verdaderamente personal. Nosotros creemos que Dios es uno en esencia y tres en las personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es algo que todo el tiempo lo estamos afirmando. Hacemos la señal de la cruz “a los piques”, rezamos el Gloria “a los piques” y a veces no nos damos cuenta de lo que estamos diciendo, cuando estamos enunciando el misterio admirable de Dios”.

Explicó que los cristianos recibieron “la revelación de que Dios es así, porque el Padre envió a su Hijo y porque el Hijo, a lo largo de toda su enseñanza y de los milagros que realizó y sobre todo con su Muerte y su Resurrección, dio testimonio de la verdad del Padre. Además nos envió al Espíritu Santo. Podemos decir que hay un movimiento de descenso: el Padre envía al Hijo y el Hijo, cumpliendo la voluntad del Padre y la obra redentora que el Padre le encargó, envía al Espíritu Santo, que es el que anima a la Iglesia y a cada uno de nosotros. Pero hay también un movimiento de ascenso en que el Espíritu Santo, que habita en nuestro corazón, cuando estamos en gracia de Dios, nos une a Jesús, nos hace comprender lo que Jesús enseñó y, entonces sí por medio de Jesús, podemos dirigirnos al Padre ya que nosotros somos hijos de Dios porque participamos de la filiación divina de Jesús. Por eso asocio el misterio de la Santísima Trinidad al hecho de la Encarnación y la Redención, la Pascua”.

Recordó que al adorar el Cuerpo y la Sangre de Jesús no se debe olvidar que “él es uno de los miembros de la Santísima Trinidad y por medio de él podemos llamar Padre a Dios porque además por medio de Él tenemos al Espíritu Santo”.

“Sobre estas ideas -dijo monseñor Aguer- quisiera hacer un comentario de mucha actualidad. Lo que les acabo de decir es Catecismo puro, y equivale a recordar lo que aprendimos de chicos. Ocurre hoy que, en muchos ambientes católicos, existe como una especie de tentación por el oriente no cristiano, tentación por el budismo y por el budismo zen. Hay gente muy elegante, muy ilustrada y demás, que se interesa por el budismo y cree que todo es lo mismo”.

“Primero digamos que el budismo no es una religión sino que es una filosofía. En todo caso una moral o una ética, una manera de vivir, pero el budismo no cree en un Dios personal. Nosotros creemos en un Dios tripersonal, uno en esencia y tres en las personas. Por eso Dios no es esa especie de nebulosa que es todo o nada. Dios es lo que es: Padre, Hijo y Espíritu Santo y nosotros podemos entablar una relación personal con las personas divinas”.

Las macanas de un monje benedictino
“Digo esto -aclaró- porque cada tanto nos llega algún experto, algún especialista, que viene a hacer propaganda del budismo. Hace poco, con motivo de la Feria del Libro y luego con motivo de Tecnópolis, estuvo un monje benedictino austríaco llamado Daniel Steindl-Rast que pasó tres años en un monasterio budista y vino a decirnos que todo es lo mismo. Dice que existe una especie de río subterráneo de la espiritualidad y que cada uno de los aljibes o las religiones, o las maneras de encontrarse con Dios, se conecta con ese río. O sea que, prácticamente, es todo lo mismo. Les leo lo que ha dicho en un reportaje en un diario importante de Buenos Aires: “La espiritualidad humana es como el agua subterránea. Cada tradición crea un aljibe diferente pero todos llegan al mismo lugar. Si en los diálogos religiosos se comparan los diferentes aljibes no se llega a ningún lado porque todos son distintos pero si en lugar de hablar de los aljibes se los usa para llegar hasta donde te quieren llevar que es la espiritualidad entonces se da la comunión”. Quiere decir que lo mismo da si vos creés que Dios es uno en tres personas, si vos creés que Dios es el todo, creés que Dios es la nada, creés en un Dios que no es personal o que no es un ser lo mismo da. Yo digo, este hombre tiene 89 años, la tradición benedictina detrás, la gran tradición de la Iglesia, se pasa tres años en un monasterio budista y viene a decir estas macanas. Acá algo no funciona”.

El arzobispo platense manifestó que notaba que “estas cosas caen bien a la paquetería o a la burguesía, pero no las entiende la gente sencilla. Esto no es pastoral popular sino que es un macaneo para pseudointelectuales, para gente que cree que tiene una gran espiritualidad. Fíjense como, de un modo sutil, este monje está reemplazando la verdadera espiritualidad cristiana que tiene que ver con el don del Espíritu Santo, por una especie de espiritualidad general, todos somos espirituales… Todo es lo mismo y la verdad es que todo no es lo mismo”.

Al final de su reflexión, monseñor Aguer señaló que “la solemnidad de la Santísima Trinidad que celebramos el domingo pasado y la solemnidad del Corpus Christi nos muestran la realidad de la revelación cristiana. No hay una espiritualidad genérica. Nosotros tenemos el don del Espíritu Santo y tenemos una gran tradición de santos y de místicos, de textos que podemos leer empezando por los Padres de la Iglesia, siguiendo por los grandes medievales y luego Santa Teresa o San Juan de la Cruz, y por los místicos del Siglo XX y los grandes escritores y santos del Siglo XX”.

“Por eso -concluyó- el diálogo religioso es una cosa y debemos dialogar con todos pero no mezclarnos, no confundirnos. Nosotros guardamos nuestra identidad católica y creemos que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo y lo creemos porque el Hijo se hizo hombre, se encarnó, murió y resucitó por nosotros y está presente en el Santísimo Sacramento del Altar”.+

Texto completo de la reflexión

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6:24 a.m.

Obispos patagónicos advierten sobre el fuerte impacto del “tarifazo” en la región

Neuquén (AICA): Los obispos de la Región Patagonia-Comahue enviaron una carta a los ministros Juan José Aranguren, de Energía, y Rogelio Frigerio, del Interior, para transmitirles preocupación por el fuerte impacto producido por los aumentos “desmesurados” del gas y de la electricidad en las provincias que comprende a las provincias de Chubut, Neuquén, Río Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Advierten sobre el “reclamo doloroso” de los vecinos patagónicos, sobre todo de los más pobres, y piden la reconsideración de las medidas tomadas a fin de evitar “situaciones insostenibles”.
Los obispos de la Región Patagonia-Comahue enviaron una carta a los ministros Juan José Aranguren, de Energía, y Rogelio Frigerio, del Interior, para transmitirles preocupación por el fuerte impacto producido por los aumentos “desmesurados” del gas y de la electricidad en las provincias que comprende a las provincias de Chubut, Neuquén, Río Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego.

“No nos cabe duda son aumentos que en algún momento debían darse, particularmente en los grandes centros urbanos que contaban con servicios subsidiados por el Estado, pero lamentamos que estos aumentos no hayan sido hechos gradualmente, sobre todo teniendo en cuenta que el invierno no es benévolo en la Patagonia y que en las provincias más australes del país se prolonga durante todo el año. Por eso se necesita imperiosamente gas y electricidad”, reclamaron en la misiva.

Los prelados patagónicos advirtieron que “el reclamo doloroso de nuestra gente” llega a diario a través de sacerdotes, agentes de Pastoral y Cáritas parroquiales que “se sienten impotentes frente a las angustias de los más pobres y necesitados y de tantas Pymes, que ven peligrar su continuidad comercial con la consiguiente pérdida de empleos que ello significaría”.

Firman la misiva los obispos Virginio Bressanelli SCJ (Neuquén), Fernando Croxatto (auxiliar de Comodoro Rivadavia), Marcelo Cuenca (Alto Valle del Río Negro), Juan José Chaparro CMF (San Carlos de Bariloche), Miguel Ángel D’Annibale (Río Gallegos), Joaquín Gimeno Lahoz (Comodoro Rivadavia), Esteban Laxague SDB (Viedma), José Slaby C.ss.R. (Esquel), Fernando Bargalló (emérito de Merlo-Moreno), Marcelo Melani SDB (emérito de Neuquén), Néstor Navarro y José Pedro Pozzi SDB (eméritos de Alto Valle del Río Negro).

Texto de la carta
Los Obispos de la Región Patagonia-Comahue, que comprende a las Provincias de Chubut, Neuquén, Río Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego, decíamos en el mensaje de Pascua de este 2016: “A la luz de Cristo Resucitado re-proponemos la ‘Opción Preferencial por los Pobres’, como compromiso de que en el centro de nuestra mente, de nuestras actitudes, de nuestros gestos y de las políticas públicas ha de estar siempre la persona humana, y no un desarrollo a cualquier precio. Queremos re-proponerla como hilo conductor que guíe un progreso humano, justo, integrador y fuente de felicidad para todos, libre de intereses partidarios o corporativos que suelen ocultar mezquindad, injusticias y marginación de personas”.

Precisamente desde este punto de vista nos dirigimos a ustedes para compartirles nuestra profunda inquietud por los alcances, ciertamente no buscados pero sí causados, por los aumentos desmesurados de los servicios esenciales como son el gas y la electricidad.

No nos cabe duda son aumentos que en algún momento debían darse, particularmente en los grandes centros urbanos que contaban con servicios subsidiados por el Estado, pero lamentamos que estos aumentos no hayan sido hechos gradualmente, sobre todo teniendo en cuenta que el invierno no es benévolo en la Patagonia y que en las provincias más australes del país se prolonga durante todo el año. Por eso se necesita imperiosamente gas y electricidad.

El reclamo doloroso de nuestra gente nos llega a diario a través de nuestros Sacerdotes, Agentes de Pastoral y Caritas Parroquiales que se sienten impotentes frente a las angustias de los más pobres y necesitados y de tantas Pymes, que ven peligrar su continuidad comercial con la consiguiente pérdida de empleos que ello significaría.

Señores Ministros: con ánimo confiado nos dirigimos a ustedes a fin de hacerles llegar el pedido de reconsideración de las medidas tomadas a fin de evitar situaciones insostenibles que generan angustia en las familias e inclusive en Escuelas y obras de Promoción Social de muy escasos recursos, injustamente gravadas por un peso insoportable.

Nos sumamos además así a los reclamos y pedidos que se están haciendo desde nuestras Gobernaciones, Instituciones Civiles y Comerciales y no pocas ONG, que perciben que este ajuste para la gran mayoría de nuestra Región Patagónica resulta imposible de pagar y atenta a la paz social.

Pedimos al Señor Jesús los ilumine en sus decisiones y los saludamos atentamente.+

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La familia: la discusión en curso

IGLESIA Y SOCIEDAD | Por Raúl LUGO RODRÍGUEZ |

La discusión sobre lo natural y lo antinatural está de moda otra vez. Los límites y la pertinencia del llamado iusnaturalismo también. Todo debido al anuncio emitido desde Los Pinos de la promoción de una reforma constitucional que reformularía el concepto de matrimonio civil para hacerlo accesible a todas las personas, independientemente de su orientación sexual.

Comprendo que, siendo un asunto tan delicado y que toca fibras tan íntimas, las pasiones se desborden cuando el tema del matrimonio y la familia se discute. Tenemos, sin embargo, que serenarnos y tomar en consideración la palabra de quienes piensan distinto de nosotros, o de lo contrario la discusión se convierte en un diálogo de sordos o en una diatriba en la que prevalece el insulto y la descalificación por sobre los argumentos.

Es hora de decirlo con claridad: existe en la iglesia católica una gran cantidad de personas que no concuerdan en que el reconocimiento del derecho de las personas no heterosexuales a casarse y formar una familia sea un ataque a la familia tradicional. Mucho menos están de acuerdo con calificar la lucha de las personas con orientaciones y prácticas no heteronormativas como un asunto demoniaco, tal como insinúa una desafortunada oración que circula en las redes sociales (con todo y su vade retro). Hay dentro de nuestras iglesias un gran debate que está lejos de resolverse y que permite, al menos por el momento, que dentro de la misma estructura eclesial haya gente en acuerdo o en desacuerdo con que cualquier ciudadano/a pueda ver reconocida su unión de vida, independientemente de su orientación sexual, y que esto no sea motivo de exclusiones mutuas o de excomuniones. La norma fundamental de la fe católica está contenida en el Símbolo de los Apóstoles. Y entre quienes recitan el credo con convicción cada domingo, hay personas que están de acuerdo en que el Estado reconozca y proteja a todos los tipos de familia. Y eso no los hace menos católicos.

Y es que la discusión tiene muchos más matices que las posiciones en blanco y negro. Hay personas que, a pesar de estar de acuerdo en que el Estado reconozca a las parejas conformadas por personas del mismo sexo, no terminan de convencerse de que sean llamadas matrimonios. Hay otras, en cambio, para quienes la disputa por la palabra es claramente un pretexto para proclamar que las personas homosexuales no merecen el mismo trato ante la ley, porque son un sub-producto social, un error en el diseño original de la especie.

Hay quienes no terminan de ver por qué tanta molestia de algunos creyentes, dado que la discusión no se refiere al matrimonio religioso, un sacramento dentro de la iglesia católica, sino a una cuestión de carácter civil y un asunto, no deberíamos olvidarlo, de derechos humanos. La iglesia tiene todo el derecho de reservar el sacramento del matrimonio solamente a parejas heterosexuales con plena disposición a procrear. Sería una intromisión intolerable de parte del Estado que quisiera meterse a revisar las definiciones o normas de una institución religiosa. Lo hizo en otro tiempo, cuando eran autoridades civiles (reyes y príncipes) quienes influían en el nombramiento de papas y arzobispos, y le costó mucho trabajo a la iglesia garantizar su independencia en este campo. Pero también es cierto que, por lo mismo, en una sociedad secular y plural como la que vivimos, la iglesia no puede pretender que sus concepciones sean norma para todos los individuos que conforman el Estado.

Por otro lado, esa es quizá la ventaja mayor del Estado laico y de la autonomía de los dos órdenes, el religioso y el civil, autonomía tan valorada por el Concilio Vaticano II en la Gaudium et Spes, aunque ahora se olvide tanto. Tal como, en palabras más coloquiales, lo expresara un antiguo arzobispo de Yucatán: “no queremos ni una iglesia política, ni un estado sacristán”. La definición o re-definición del matrimonio en el ámbito civil no tiene por qué obligar a la iglesia a modificar nada en su disciplina eclesiástica. Cualquier variación, como las ha habido en otros ámbitos a lo largo de la historia, deberá ser fruto del discernimiento de los fieles y sus jerarquías. El Estado, en cambio, tiene que cumplir con la obligación de proteger y defender los derechos de todos los tipos de familias existentes, aunque al hacerlo no se amolde a la definición de una determinada visión religiosa. Eso significa vivir en un Estado laico.

Enrique Peña Nieto, en mi opinión, cumple a cabalidad la tarea que el nuevo orden mundial le ha dejado a los gobernantes: ser los sirvientes del gran capital, manejar más o menos eficientemente el negocio de la acumulación y controlar los brotes de inconformidad que puedan surgir ante un sistema que produce desigualdades atroces y causa grandes sufrimientos. Bajo el discurso del crecimiento, del desarrollo y la atracción de inversiones, toca a los políticos subastar el país y sus riquezas al mejor postor. El amor por la Patria se termina cuando llega la hora de firmar los acuerdos comerciales. Y es esta política económica criminal, mantenida a toda costa como la receta única que lleva al “desarrollo”, la que ha favorecido el crecimiento de la violencia delincuencial y, como bien lo ha demostrado el caso Ayotzinapa y los 43 desaparecidos, ha convertido al Estado en cómplice de los delincuentes.

Que Peña Nieto se encarame ahora sobre una demanda largamente sostenida por algunos grupos sociales y quiera aparecer como un presidente progresista porque apoya el reconocimiento de todo tipo de familias, es deleznable y merece todo mi repudio. A todos nos queda claro el oportunismo presidencial. Pero ese hecho no debe desviarnos de la otra discusión fundamental que estamos dando como sociedad.

En la iglesia, algunos han tomado la indignación contra Peña Nieto como arma dirigida, no contra el presidente, sino contra las personas homosexuales, que es a quienes directamente beneficiaría la reforma de ley. Hay muchas cosas en el país más urgentes e importantes, claman, que dar vía libre a una reforma constitucional sobre el matrimonio. Debería mejor Peña Nieto dedicarse a encontrar a los 43, o a mejorar las condiciones económicas de la gran masa de pobres, o acabar con la corrupción. Algunos lo dicen, estoy seguro, de buena voluntad, aunque nunca antes hubieran manifestado públicamente esta reciente indignación por la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa.

De todas maneras, cuando esta reflexión se escucha proviniendo de jerarcas católicos, es normal que levante sospechas y que mucha gente vea en ella sólo una estrategia para jalar agua a su molino. Para la mayoría de tales jerarcas el recurso a la ineficacia de Peña Nieto es solo verbal: aunque el combate a la corrupción fuera real, aunque se aclarara el paradero de los 43 y Peña Nieto fuera un gobernante ejemplar, de todas maneras seguirían pensando que no es tiempo para esta reforma. En realidad, nunca lo será, porque contraviene el modelo heterosexista de sociedad que defienden. Bueno, en honor a la verdad, hay que decir que no son todos los jerarcas: a la ya conocida audacia evangélica de don Raúl Vera, se ha sumado recientemente la mesura del arzobispo de Monterrey, que deja bien en claro en su discurso que una cosa es el matrimonio civil y otra el religioso, y que los católicos tenemos que acostumbrarnos a convivir civilizadamente con diferentes formas de ver la vida y de vivirla.

Eso nos lleva a que la discusión actual sobre el matrimonio está asentada sobre otro diferendo aún más de fondo que todavía tenemos que plantearnos en la iglesia: el estatus de las personas homosexuales. Por ello comencé diciendo que iba a plantear algunas reflexiones sobre lo natural y lo antinatural, pero eso tendrá que quedar para una futura columna. La introducción al tema me ha quedado ya bastante larga. Así que aquí le paro… por el momento.

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El yo que me identifica

Por Fernando PASCUAL |

La maestra pregunta: “¿Quién tiró ese papel?” Jaime responde: “Fui yo, maestra”.

Jaime puede responder porque recuerda quién es y qué ha hecho. Como también responden millones de veces los seres humanos cuando les preguntan sobre el causante de accidentes, de arreglos, de compras o de descuidos.

El yo es uno de los temas más apasionantes de la filosofía y de la psicología. Sobre todo, es una de las experiencias más profundas y sencillas de la vida cotidiana.

Porque tengo conciencia de ser un yo recuerdo el ayer, con sus momentos de luz y de oscuridad. Miro al hoy, con sus nubes y sus vientos, sus compromisos y sus dolores. Pienso al mañana, con sus tinieblas y sus esperanzas.

El yo me acompaña cuando abro la puerta y dejo pasar a “otro yo”. Me precede cuando temo la llamada del médico que me comunicará el resultado de los análisis. Me sigue mientras camino hacia una cita y confío en que está vez hablaré con más seguridad que la vez pasada.

El yo me identifica al darle un nombre y un apellido, al evocar quiénes son mis padres y parientes, al responder al mensaje que me llega de un amigo, al preguntar en la tienda cuánto debo pagar por ese libro.

Ese yo vive en el tiempo y se proyecta más allá del tiempo, porque no todo acaba en esta vida. Algo queda de ese yo en el recuerdo de algunos. De un modo decisivo, mucho de ese yo queda en la Mente y el Corazón de un Dios que conoce mi origen, que me acompaña en el presente y que me espera en la eternidad…

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Si respondemos bien a la pregunta quién es Dios, podremos enfocar acertadamente la respuesta a la pregunta quién es el Diablo. Aquél que crea en un Dios primitivo, cruel, iracundo, vengativo, tenderá a tener una visión igual de simplista respecto al demonio.
Muchos se rién de mí, considerándome el cura de los demonios con una sonrisita burlona. Se imaginan unos seres parecidos a los goblins o a los brownies escoceses o a los gremlins del folclore. Soy comprensivo con ellos, porque la edad me ha hecho comprensivo con los prejuicios de esos simios sin pelo en los que se han convertido bastantes de mis congéneres.
Pero hemos de entender que mi reflexión acerca del demonio la hubiera podido hacer perfectamente un ateo. Una vez que comprendemos el concepto de Ser Absoluto, podemos preguntarnos las posibilidades de existencia de un ser cerrado absolutamente al Ser Infinito. Es una especie de matemáticas con conceptos.
No tengo constancia de que otro humano con sotana haya jugado tanto a este ajedrez celestial como yo. De la valoración de todas las jugadas posibles (el tablero es el ser) dan fe mis libros, escritos menores y conferencias. Lo cierto es que si respondemos correctamente a la pregunta de quién es Dios, a qué Dios estamos adorando, qué Dios es posible -sólo un Dios es posible-, entonces las posibilidades se acotan extraordinariamente.
En mis libros, he llegado a la conclusión de que del mismo modo que sólo un Ser Infinito es posible, del mismo modo la cerrazón al Bien Absoluto sigue unas reglas tan fijas como las matemáticas. Sólo es posible un tipo de ser condenado eternamente. Se multiplique este tipo por millones o no, y esos individuos se sumerjan más en el abismo del Mal o menos. Todo esto me parece formidable: la altura de las cumbres del Bien y la profundidad de los abismos del Mal.
Pero eso sí, si alguno persiste en su ateísmo, calificando destempladamente de trogloditas a los que crean que hay algo más que esas células y esas moléculas, les dejaremos en el sueño de su razón. Sin duda, Dios no será muy duro con ellos. Sólo hay que tener cuidado de que no se hagan daño a ellos mismos y a otros. La Historia demuestra lo dados que son al uso de la guillotina. El siglo XX ha sido prolijo en ese tipo de mentes científicas guillotinitas.

4:04 p.m.
Ese gran amor de esposa, de madre, de amiga que se respiraba en torno suyo, estaba entretejido con mil y un detalles.// Autor: P. Marcelino de Andrés LC | Fuente: Catholic.net

Entre los muchos títulos con los que nos referimos a María está el de Madre del Amor misericordioso. Es la Madre de Cristo, la Madre de Dios. Y Dios es amor. Dios quiso, sin duda, escogerse una Madre adornada especialmente de la cualidad o virtud que a Él lo define. Por eso María debió vivir la virtud del amor, de la caridad en grado elevadísimo. Fue, ciertamente, uno de sus principales distintivos. Es más, Ella ha sido la única creatura capaz de un amor perfecto y puro, sin sombra de egoísmo o desorden. Porque sólo Ella ha sido inmaculada; y por eso sólo Ella ha sido capaz de amar a Dios, su Hijo, como Él merecía y quería ser amado.

Fue ese amor suyo un amor concreto y real. El amor no son palabras bonitas. Son obras. "El amor es el hecho mismo de amar”, dirá San Agustín. La caridad no son buenos deseos. Es entrega desinteresada a los demás. Y eso es precisamente lo que encontramos en la vida de la Santísima Virgen: un amor auténtico, traducido en donación de sí a Dios y a los demás.


María irradiaba amor por los cuatro costados y a varios kilómetros a la redonda. La casa de la sagrada familia debía estar impregnada de caridad. Como también su barrio, el pueblo entero e incluso gran parte de la comarca... Las hondas expansivas del amor, cuando es real, se difunden prodigiosamente con longitudes insospechadas.

El amor de la Virgen en la casa de Nazaret, como en las otras donde vivió, haría que allí oliese de verdad a cielo. Ese gran amor de esposa, de madre, de amiga que se respiraba en torno suyo, estaba entretejido con mil y un detalles.

Con qué sonrisa y ternura abriría la Santísima Virgen cada nuevo día de José y del niño con su puntual y acogedor "buenos días”; y de igual modo lo cerraría con un "buenas noches” cargado de solicitud y cariño. Cuántas agradables sorpresas y regalos aguardaban al Niño Dios detrás de cada "feliz cumpleaños” seguido del beso y abrazo de su Madre.

Cómo sabía Ella preparar los guisos que más le agradaban a José; y aquellos otros que le encantaban al niño Jesús. Qué bien se le daba a Ella eso de tener siempre limpia y arreglada la ropa de los dos hombres de la casa. Con cuánta atención y paciencia escucharía las peripecias infantiles que le contaba Jesús tras sus incansables aventuras con sus amigos; y también los éxitos e infortunios de la jornada carpintera de José. Cuántas veces se habrá apresurado María en terminar las labores de la casa para llevarle un refrigerio a su esposo y echarle una mano en el trabajo.

Era el amor lo que transformaba en sublimes cada uno de esos actos aparentemente normales y banales. Donde hay amor lo más normal se hace extraordinario y no existe lo banal. En María ninguna caricia era superficial o mecánica, ningún abrazo cansado o distraído, ningún beso de repertorio, ninguna sonrisa postiza.

"En Ella -afirma San Bernardo- no hay nada de severo, nada de terrible; todo es dulzura”. Todo lo que hacía estaba impregnado de aquella viveza del amor que nunca se marchita.

¡Qué mujer tan encantadora la Virgen! ¡Qué madre tan cariñosa y solícita! ¡Qué ama de casa tan atenta y maravillosa!

No sería tampoco difícil encontrar a María en casa de alguna vecina. Hoy en la de una, más tarde o mañana en la de otra. Porque a la una le han llovido muchos huéspedes y la Virgen intuye que allí será bienvenida una ayudita en el servicio. Porque la otra está enferma en cama y, con cinco chiquillos sueltos, la casa necesita no una sino dos manos femeninas que pongan un poco de orden. Porque a la de más allá le llegó momento de dar a luz y la Virgen quería estarle cerca y hacerle más llevadero ese trance que para Ella, en su momento y por las circunstancias, fue bastante difícil.

Y todo eso lo adivinaba e intuía Ella y se adelantaba a ofrecerse sin que nadie le dijera o pidiera nada. ¡Qué corazón tan atento el suyo!

En fin, que no era raro el día en que la Virgen prepararía y serviría no una sino dos o más comidas. No era desusual que además de ordenar y limpiar en su casa, lo hiciese en alguna otra de la vecindad. Como no era tampoco extraño comprobar que entre la ropa que Ella dejaba como nueva en el lavadero del pueblo, había prendas demás; y a veces muchas...

Ni siquiera debió ser insólito sorprender a María consolando y aconsejando a una coterránea que había reñido con su esposo; o visitando y atendiendo, en las afueras de la aldea, a los indeseables leprosos; o dando limosna a los pobres, aun a costa de estrechar un poco más la ya apretada situación económica de su hogar.

Todo eso lo aprendió y practicó María desde niña. La Virgen estaba habituada a preocuparse de las necesidades de los demás y a ofrecerse voluntariosa para remediarlas. Sólo así se comprende la presteza con la que salió de casa para visitar a su prima Isabel, apenas supo que estaba encinta e intuyó que necesitaba sus servicios y ayuda.

Su exquisita sensibilidad estaba al servicio del amor. Da la impresión de que llegaba a sentir como en carne propia los aprietos y apuros de todos aquellos que convivían junto Ella. Por eso no es de extrañar que en la boda aquella de Caná, mientras colaboraba con el servicio, percibiera enseguida la angustia de los anfitriones porque se había terminado el vino. De inmediato puso su amor en acto para remediar la bochornosa situación. Ella sabía quién asistía también al banquete. Tenía muy claro quién podía poner solución al asunto. Ni corta ni perezosa, pidió a Jesús, su Hijo, que hiciera un milagro. Y, aunque Él pareció resistirse al inicio, no pudo ante aquella mirada de ternura y cariño de su Madre. El amor de María precipitó la hora de Cristo.

El amor de María no conoció límites y traspasó las fronteras de lo comprensible. Ella perdonó y olvidó las ofensas recibidas, aun teniendo (humanamente hablando) motivos más que suficientes para odiar y guardar rencor. Perdonó y olvidó la maldad y crueldad de Herodes que quiso dar muerte a su pequeñín. Perdonó y olvidó las malas lenguas que la maldecían y calumniaban a causa de su Hijo. Perdonó y olvidó a los íntimos del Maestro tras el abandono traidor la noche del prendimiento. Perdonó y olvidó, en sintonía con el corazón de Jesús, a los que el viernes Santo crucificaron al que era el fruto de sus entrañas. Y también hoy sigue perdonando y olvidando a todos los que pecando continuamos ultrajando a su divino Jesús.

¡Cuánto tenemos nosotros que imitar a nuestra Madre! Porque pensamos mucho más en nosotros mismos que en el vecino. A nosotros nos cuesta mucho estar atentos a las necesidades de los demás y echarles una mano para remediarlas. Nosotros no estamos siempre dispuestos a escuchar con paciencia a todo el que quiere decirnos algo. Nosotros distinguimos muy bien lo que "en justicia” nos toca hacer y lo que le toca al prójimo, y rara vez arrimamos el hombro para hacer más llevadera la carga de los que caminan a nuestro lado. Nosotros en vez de amor, muchas veces irradiamos egoísmo. En vez de afecto y ternura traspiramos indiferencia y frialdad. En vez de comprensión y perdón, nuestros ojos y corazón despiden rencor y deseo de venganza. ¡Qué diferentes a veces de nuestra Madre del cielo!

María, la Virgen del amor, puede llenar de ese amor verdadero nuestro corazón para que sea más semejante al suyo y al de su Hijo Jesucristo. Pidámoselo.



Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera

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