Ecuador es una tierra especialmente bella. No digo simplemente bella, sino bella de un modo singular. Además, la gente allí es amable y bondadosa. En otros países de Latinoamérica hay más agresividad.
Por otra parte, viajar me es útil como escritor. Buena parte de mi vida la he dedicado y la dedico a escribir. El trabajo es mucho, pero después encontrarse con los lectores es un modo en el que el mundo real te muestra que ha valido la pena. Me admira comprobar que mis obras han llegado a lugares que están en la frontera entre Ecuador y Perú, en la frontera entre México y Guatemala.
No es lo mismo comprobar (cosa que he hecho) que hoy he tenido lectores de mis libros en Honduras, Paraguay y Chile, entre otros países, que dar la mano y conversar con el joven, el anciano, el profesor, el sacerdote que ha leído tu obra, que ha penetrado en el mundo que creaste, que ha recorrido el edificio de palabras que erigiste, que ha descendido a los túneles que cavaste.
Sea dicho de paso, el sacerdote de la izquierda fue compañero mío en el seminario en Pamplona, me hizo mucha ilusión el encontrarme con él. El de la izquierda fue el amable párroco en cuya rectoría me hospedé el último día, porque caía justo al lado del aeropuerto y tenía que tomar un vuelo nacional muy temprano. El de en medio soy yo.


Publicar un comentario