Vinka Jackson: “Solo la mirada del amor te lava el espejo”

Por primera vez, tras décadas de silencio y terapia, se encontraba con el prójimo reconociéndose en ella: “Yo viví lo mismo que tú”, le expresaba gente que se acercaba, ya no susurrando, su propia historia, una como la de la sicóloga y escritora Vinka Jackson, un itinerario de abuso, perdón y sanación.

¿Por qué decidiste romper el silencio?


Creo que fue muy determinante mi hija mayor, que tenía 16 años, porque se acababa de abrir el tema con ella. Si esto sirve para una persona, me dijo, entonces hay que hacerlo. Porque la gente no se encuentra con la intimidad de su dolor desde la estadística, se topa con eso en el encuentro con otro. Lo que me acompañó fue esta idea de que si mi historia podía servirle a un niño, a un papá o a una mamá, valía la pena escribirla.


Es común que en casos como el tuyo las víctimas se sientan, en algún grado, culpables de lo que han vivido. ¿Te ocurrió?


Para la mayoría de las personas que pasamos por esto, una pregunta que ronda es: ¿Hice algo que haya traído esto sobre mí? ¿Dejé de hacer algo? Una serie de interrogantes sobre la posible responsabilidad de la víctima que, en una experiencia que está completamente cruzada por la asimetría de poder entre adulto y niño, es siempre ninguna. Ninguna responsabilidad: eso hay que tenerlo muy claro.


¿Cómo te liberaste de ese sentimiento?


Solo la mirada del amor, del respeto y el cuidado de un otro significativo te lava el espejo y te devuelve otra imagen de ti. Tenía que tener muy claro que nada que hubiera hecho o dejado de hacer tenía nada que ver con lo que había vivido. La primera persona que me lo dijo fue mi terapeuta, y yo, como le había conferido autoridad y confianza, le creí. Yo no tenía ningún recurso para haberme opuesto, resistido, peleado, cuestionado, entendido siquiera, lo que me había pasado durante la niñez. Lo otro que ayuda mucho al perdón con uno mismo es darse cuenta de que, a pesar de todo lo que pasó, de todos los sentimientos confusos, sobreviviste, seguiste tratando de hacer cosas. No me gusta la culpa, pero creo que volverla enemiga es una pérdida de energía enorme. Creo que hay darle sepultura, ponerle flores y adiós. Algo que ayuda mucho, y que es un tremendo pilar de resiliencia, es la gratitud. No se trata de andar agradeciendo como premio de consuelo, sino de estar muy consciente de dónde estás, y desde ahí encontrar gracia, regalos. Sí, las cosas pueden ser mejores y necesitan serlo, pero siempre hay algo que uno puede agradecer.


¿Cómo y de dónde sacaste la fuerza para sanar?


Creo que mi primer pilar de resiliencia fue la lectura. Los libros fueron una proposición a otros mundos, otras vidas: historias de bondad, de amor, de esperanza, historias donde las relaciones entre adultos y niños podían ser diferentes. Allá fuera, más allá de las paredes de mi hogar, estaba todo eso esperando, y era solo cosa de tiempo y paciencia para que llegara a mí. Y cayeron en mis manos, en momentos muy críticos, libros muy especiales. Es como si hubiese habido un ángel tirando libros del cielo, porque eran justo los que necesitaba. Luego estuvo el ballet, que fue una sanación corporal no pensada ni planificada. Quizás las huellas serían mucho más hondas, si no hubiera tenido ese espacio de reconocimiento del cuerpo como algo que podía ser mío, de gobierno propio. Y, también, el colegio, donde tuve profesores preocupados, que sentía que les importaba, que tomaban en cuenta mis intereses y preguntas, que me alentaban a soñar.


¿Fue necesario el perdón?


En algún minuto enfrenté a mi papá y le hice una pregunta imposible: por qué. No sé si hay una respuesta a eso, no la hubo. Yo estaba en cuarto medio y comprendí que el proceso no iba a tener nada que ver con él, que no me iba a entregar respuestas ni pedir perdón. La elección era mía. O me quedaba pegada en la pena, en la rabia, en el resentimiento, o le ponía un punto de término a la historia yo misma, porque ese señor, que era mi padre, en ese momento estaba solo, en la miseria, enfermo, y la mirada sobre el ser humano más frágil, en ese minuto, creo que pesó mucho más que la mirada sobre el ser humano que antaño había infligido el daño. Y no sé si mi papá hubiese podido hacer algo capaz de reparar en algo ese daño. Tal vez hubiese sido un aporte escuchar un “lo siento”. Pero no alcanzó a ser parte de la historia, ni del tiempo que fue breve antes de su muerte. Yo agradecí la tranquilidad de no haber terminado con algo completamente irresuelto por mi lado. Siento que es súper jodido poner el perdón, como sea que lo quieras concebir, en dependencia del otro, porque si el otro no pide perdón nunca, entonces qué… Quizás, creo yo, ganó un poco esa rebeldía juvenil de decir: no, este es un acto autónomo, esto es mío, al menos en esto sí tengo la posibilidad de ejercer mi voluntad.


¿Tuvo algo que ver la fe en esa decisión?


Entendiendo la espiritualidad desde el habitar tu mundo interno y externo como algo súper misterioso que elude completamente las palabras, creo que sí hay valores que son universales, y que tienen que ver con la compasión, que para mí fueron súper determinantes. Esto de que llegara un libro como el Diario de Ana Frank o El Principito, en un momento dado, o sentir que estaba medio desprotegida y que alguien me tendiera una mano, y el valor que eso tuvo para mí, en el sentido de disponerme también a hacer algo por otro. Cuando chica me regalaron un microscopio, porque yo era súper nerd, me gustaba mucho la ciencia. Empecé a ver alas, plumas y, paradojalmente, mi padre, que en sus momentos de sobriedad y humanidad era un tipo súper lúcido, que sabía de muchas cosas, me contagió mucho de su interés por las manifestaciones de la vida, por descubrir que había algo profundamente misterioso y precioso en las pequeñas cosas. Eso, acompañado de una ética de la compasión, de la hospitalidad hacia el prójimo, de las bondades gratuitas, empezó a ser súper determinante. Así se fue armando un cauce para el misterio, de una serie de preguntas para las que no tengo respuesta, y una sensación de que hay algo súper sagrado e inmenso en la vida de lo que yo también participo. Eso me ha acompañado mucho y siento que es el espíritu vivo, es decir, el espíritu de la vida misma. Hay algo también muy musical en el trabajo espiritual, de afinación incesante de tus verdades, de tus guitarras internas, de tus vínculos con los otros.


La importancia de la comunidad en el proceso de resiliencia


“Como especie hemos olvidado que los hijos son de todos —opina Jackson—, y todo logro por la infancia, es para todos los niños sin distinción, así como cada niño que pasa hambre, o es abusado, o se enferma o muere, podría ser nuestro propio hijo. Si no tuviéramos a nadie, y mañana desparecemos el papá y la mamá de un chiquito, ¿quién queda? Queda la comunidad, el clan, el todos nosotros. Olvidar que estamos en esto, en la vida, todos juntos, nos expone y, lo peor, expone a los más indefensos, a los niños. En el todos juntos, en cambio, está nuestra fortaleza, nuestra mejor capacidad de cuidar, de cuidarnos unos a los otros”.


Fuente: Periódico Encuentro.

www.periodicoencuentro.cl



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