No debéis pensar los que habéis leído el post de ayer que no sigo amando la ortodoxia. Creo que en el esplendor de la verdad. La doctrina recta que hemos recibido debe ser custodiada.
Pero, desde la lectura del evangelio de ayer domingo, me he dado cuenta de un modo más profundo de que sin querer caemos en actitudes defensivo-ofensivas, de que nuestros hechos y palabras traicionan nuestros deseos: no amamos como Él ama a todos. Respetamos a Dios, pero atacamos a sus criaturas.
Cuando digo esto, ya sé que nos limitamos a argumentar contra las doctrinas falsas o desviadas. Es la postura clásica de amar al que yace en el error. Nos limitamos a eso, creemos que nos limitamos a eso, pero nuestro estilo más veces de lo que pensamos no es el estilo de Dios. Cierto que no atacamos directamente a las personas, pero en nuestros miligramos de ira encontramos el veneno de inquisiciones peores, de la soberbia, de la crueldad, de creernos superiores.
Está bien que amemos y nos aferremos a la ortodoxia. Pero nuestras palabras segregan más toxinas de las que pensamos. Y cuando nos damos cuenta de ellas, las justificamos: es por una buena causa.
No somos conscientes de hasta qué punto por querer ser atanasios perdemos el espíritu del Vaticano II. Nos convertimos en pequeños lefebvres sin reconocerlo. Creemos que lo hacemos por la luz de la Verdad, pero todo está mezclado con nuestras pasiones.


Publicar un comentario