Cuando la misa acaba en el convento donde celebro, se queda un buen número de personas en silencio, en acción de gracias por la comunión. Pero conforme pasan diez minutos, ya sólo queda la mitad de la gente. Veinte minutos después, sólo quedan cuatro o cinco personas. Media hora después, sólo dos señoras polacas. Las cuales se quedan hasta la hora de la cena en que yo ya cierro la iglesia conventual.
Me he dado cuenta de que estas dos señoras son un regalo de Dios. Son un regalo, porque no es lo mismo quedarse solo en una iglesia, día tras día, que el que haya dos personas devotas rezando. Uno se siente más acompañado. La sensación de soledad desaparece.
Además, si estas personas son devotas, el fervor de ellas se te transmite. He tardado dos años y medio en darme cuenta de que no sería lo mismo todos los días cerrar un templo vacío, que cerrar la puerta charlando con alguien. El Señor puso a estas buenas mujeres allí como un regalo de la Providencia. Gracias, Señor, por estas pequeñas cosas que tanto nos cambian la vida a mejor.


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