En el discurso que les dirigió, Francisco recordó el mandamiento nuevo que Jesús confío a sus apóstoles en la Última Cena, que se amaran unos a otros como Él los había amado, y subrayó que esa había sido, además, la última voluntad del Señor. “Amándose unos a otros -dijo el Papa- los discípulos continúan la misión para la que el Hijo de Dios vino al mundo. Y entienden, ayudados por el Espíritu Santo, que este mandamiento implica el servicio a nuestros hermanos y hermanas”.
Pero, para atender concretamente a las personas y a sus necesidades los apóstoles eligieron algunos “diáconos”, es decir servidores.
“Los diáconos manifiestan de modo particular el mandamiento de Jesús: imitar a Dios en el servicio a los demás, imitar a Dios que es amor y nos empuja incluso a servirnos -reiteró el pontífice- El modo de actuar de Dios, con su paciencia, su benevolencia, su compasión y su disponibilidad para hacernos mejores, también deben distinguir a todos los ministros: los obispos como sucesores de los Apóstoles, los sacerdotes, colaboradores suyos y en concreto -en el “servir a las mesas”- a los diáconos.
Los diáconos, que son efectivamente “el rostro de la Iglesia en la vida cotidiana, de una comunidad que vive y camina entre la gente, y donde no es grande el que manda sino el que sirve”. +

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