Cardenal José Francisco Robles Ortega,
Arzobispo de Guadalajara
A Cristo le debemos agradecer el don del Sacerdocio pleno, que me fue conferido hace 25 años. Quiero que me ayuden a agradecer este don, que no ha sido sólo para mí, sino también para el bien de la Iglesia, de todo el pueblo de Dios. Quiero decir con el Salmo: “Grandes maravillas has hecho, Señor y Dios nuestro. Nadie se te puede comparar” (40,5).
La primera maravilla que Dios ha hecho por nosotros, es darnos a su Hijo Jesucristo, por nuestra salvación. Puso su Ser al servicio de la Humanidad. El Señor, dándose plenamente por nosotros, en el Misterio de su Pasión, de su Muerte y de su Resurrección.
Otra maravilla que ha hecho Dios por nosotros es que Jesucristo se quedara en el Misterio del Pan partido y del Cáliz entregado, la Eucaristía. Cada vez que celebramos la Misa, se actualiza nuestra salvación.
En este contexto, del Hijo de Dios hecho hombre, que permanece en la Eucaristía, es que se entiende el Sacerdocio. Jesús dejó instituido el Sacerdocio, a su Iglesia, para que su Amor y su salvación se distribuyera por el bien de todos. No tiene otra razón de ser el Sacerdocio sino administrar el Misterio de la Salvación de Dios en favor de todos.
No sólo así lo he entendido, sino que así lo he experimentado. Por su designio, Él ha querido que administre su salvación. Primero, en Toluca (12 años), al servicio del Pueblo de Dios, dándoles el Evangelio, y administrándoles la única salvación, que es la de Jesucristo.
Después, el Señor quiso que peregrinara a Monterrey (9 años), dedicado solamente a anunciar el Evangelio y administrar la salvación en favor de todos. Y hace poco más de 4 años, el Señor me ha traído a esta Sede de Guadalajara, para seguir haciendo lo mismo. No me pongo a considerar qué otras cosas me pide Dios como sucesor de los Apóstoles y como signo de unidad en su Iglesia, sino predicar el Evangelio, santificar con los Sacramentos y para pastorear a su Pueblo.
Cristo, el único y Sumo Sacerdote, ha querido perpetuar su presencia en todas las comunidades de la Tierra, en personas concretas, que tenemos un nombre, que tenemos una historia, que tenemos defectos, limitaciones, pero que, con el poder de su Espíritu, nos ha enviado para anunciar la salvación a su pueblo.
Vivo permanentemente agradecido porque el Señor quiso mirarme con Amor y Misericordia, quiso ungirme con la fuerza de su Espíritu, enviarme, y quiere sostenerme. Siempre me he sentido sostenido por su mano poderosa. Por eso quiero agradecer y pedirles que me ayuden a agradecer la multitud de dones que Dios me ha conferido, principalmente por la mediación de tantas personas, de tantos acontecimientos.
Agradezco a toda la comunidad diocesana que peregrina en Guadalajara. Agradezco a mi familia, a mi querida mamá; a mi padre, en el Cielo; a mis hermanos, que me han apoyado con su oración, con su ejemplo, con sus consejos, con su ánimo. Y, por supuesto, de manera especial, la presencia del Papa Francisco, en el fraterno y cálido mensaje que me dirigió, no sólo por lo que me expresa personalmente, sino porque hace memoria de lo que los Papas San Juan Pablo II y Benedicto XVI han significado en mi ministerio episcopal. Siento una gran distinción de la Gracia de Dios que mi vida sacerdotal esté vinculada a estos Pontífices. Juan Pablo II me hizo Obispo para Toluca, y luego me trasladó a Monterrey. Benedicto XVI me distinguió llamándome al Colegio Cardenalicio, y luego, trasladándome a esta Sede de Guadalajara.
Y es el Papa Francisco el que me anima a seguir adelante con fidelidad al Señor, nuestro único Pastor, nuestro único verdadero Sacerdote. Por todo esto, damos gracias a Dios, y les pido que me ayuden a hacerlo.

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